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Un extrano error provocado por un servidor de correo electronico provoca el encuentro entre un hombre y una mujer. Roberto, un soltero bastante mujeriego y algo cansado de su vida rutinaria, se ve envuelto de forma misteriosa en el intercambio de mensajes entre dos psicologos que hablan sobre el amor y la pareja. Poco a poco, se sentira cada vez mas atraido por la historia y querra ser participe de ella, dando lugar a una situacion fascinante a traves de la cual Jorge Bucay y Silvia Salinas reflexionan sobre el sentido de estar en pareja y el verdadero significado del amor.
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Seitenzahl: 259
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Índice
Portadilla
Portadilla Autores
Legales
Dedicatoria
Prólogo
LIBRO PRIMERO
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
LIBRO SEGUNDO
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
LIBRO TERCERO
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Epílogo
amarseconlosojosabiertos@
Amarse
con los ojos abiertos
Jorge Bucay
Silvia Salinas
Amarse
con los ojos abiertos
Bucay, Jorge
Amarse con los ojos abiertos / Jorge Bucay ; coordinado por Mónica Piacentini ; dirigido por Tomás Lambré. - 1a ed. - Buenos Aires : Del Nuevo Extremo, 2013.
E-Book.
ISBN 978-987-609-395-8
1. Psicología. 2. Superación Personal. I. Piacentini, Mónica, coord. II. Lambré, Tomás, dir.
CDD 158.1
Fecha de catalogación: 23/04/2013
© Jorge Bucay - Silvia Salinas
© de esta edición: Editorial del Nuevo Extremo S.A., 2009
A. J. Carranza 1852 (C1414COV) Buenos Aires, Argentina
Tel/Fax: (54-11) 4773-3228
e-mail: [email protected]
www.delnuevoextremo.com
ISBN 978-987-609-395-8
Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida por ningún medio sin permiso del editor. Hecho el depósito que marca la ley 11.723
A Roberto Francisco Gómez,
sin cuya ayuda
hubiera sido imposible
escribir este libro.
prólogo
ESCRIBIR sobre terapia de parejas es un desafío que muy pocos han enfrentado con éxito. Jorge Bucay y Silvia Salinas muestran a lo largo de este libro no solo que conocen el tema, sino que además tienen la experiencia y la capacidad de ayudar efectivamente a las parejas en crisis —que quieren resolver su situación— a que lo puedan hacer desde un verdadero darse cuenta.
Conozco muy bien el trabajo de Silvia Salinas, por haber tenido la oportunidad de supervisar varias de sus primeras terapias de parejas. Sé de la seriedad con que trabajaba y de los éxitos obtenidos. Parejas extremadamente difíciles lograron en su presencia y con su ayuda lo que parecía casi imposible. Con Jorge he trabajado en talleres didácticos y terapéuticos. Y tengo profunda valoración por los aportes que sus libros anteriores han representado para la difusión de la Gestalt en la Argentina.
Favorecer un verdadero encuentro entre dos que inicialmente se encontraron y se amaron y que empiezan a distanciarse porque no son capaces de soportar y menos de superar sus propias limitaciones, requiere algo más que una técnica; es un verdadero arte de escuchar en el aquí y ahora. La manera que Jorge y Silvia encuentran para abordar este tema tan complejo es simplemente genial. El contrapunto entre la vida de Roberto y los e-mails de Laura, que constituye la trama básica de la novela, logra que los autores expresen de un modo sumamente original y fácil de captar aspectos esenciales de su propuesta para parejas.
La computadora, a veces como un personaje que aporta suspenso y tensión, otras veces como un recurso que se ex-pande modificando el desarrollo mismo de la acción, es un verdadero hallazgo. A cada paso, lo entretenido del libro da lugar a la reflexión, y los temas —el contacto, el estar enamorado, los acuerdos, las peleas, la sexualidad, la identidad, los malos entendidos— urden un tejido inesperado en el que la ficción —tan parecida a la realidad— pone eficazmente en escena la teoría.
Uno de los aspectos esenciales de empezar a ver al otro tan alejado de nuestro ideal y distante de lo que fue nuestra imagen inicial, es nuestra propia incapacidad de aceptar en nosotros algo de aquello que criticamos. En el corto tiempo del enamoramiento no logramos aceptar ni reconocer ese aspecto en no-sotros. Me refiero al aspecto o rasgo de carácter que negamos aun en su más mínima expresión, y que nos ha permitido extrapolar en sentido opuesto.
El “Yo Idealizado” —de acuerdo con Perls, Horney, etc.— lo hemos construido especialmente negándonos o no dejando surgir en nosotros aspectos rechazados. La energía que gastamos en mantener una “autoimagen idealizada” libre de esos “defectos” que el otro exhibe abiertamente, es muy grande. Esta es la maravilla del enamoramiento: dejamos de pelear con nosotros mismos por un tiempo. Todo aquello que rechazábamos y no queríamos admitir está en un contexto diferente y no solo es aceptable sino querible. Muchas veces lo admiramos, incluso, y desde ahí podría empezar el proceso de dejar crecer ese aspecto en uno mismo. Cuando este camino se bloquea, la admiración se transforma en envidia y ese es un tema básico para explorar en una pareja.
En este libro, nada esencial referente al tema que nos interesa ha quedado afuera, todo ha sido aunque más no sea mencionado y para ser llevado a una reflexión mayor.
Tengo conciencia de que mi propio enfoque de lo que es una terapia de parejas no podría haber sido mejor asimilado, transmitido, completado y corregido, como en este libro. Y eso me hace tener una deuda con los autores, porque es un tema muy querido para mí. Yo no me di el trabajo de corregir viejos apuntes sobre la experiencia de laboratorios de pareja que fueron absolutamente reveladores para los participantes y para nosotros, los que nos esforzábamos en encontrar el modo de poner en evidencia lo obvio y descubrir lo dinámico de un proceso tan central en nuestras vidas.
Lo mejor de este libro es que deja y abre las posibilidades de dialogar sobre el tema. Nada es dicho de un modo trascendental y docto, todo lo expuesto se puede volver a pensar y cuestionar.
El espejo, como muy bien se muestra en este libro, nos devuelve una imagen querible y verdadera de nosotros. No perfecta, verdadera. Es en el amor donde trascendemos nuestro ego. Cuando empiezan las críticas y las descalificaciones y empezamos a cultivar el desamor, el espejo nos muestra lo peor de nosotros, justamente aquello con lo que nos peleamos y por lo que nos odiamos a nosotros mismos y al espejo. El verdadero que algún día fuimos aparece como una fantasía o un delirio, pero nunca estuvimos tan cerca de la verdad como entonces. Tal vez eso haga perdurar lo que produjimos en ese tiempo: hijos, obras, empresas.
Es cierto que todo eso ocurre cuando se transciende el enamoramiento y llega el amor... Como dice Laura en este libro, el amor se construye entre dos y basta uno que juegue en contra para que lo conseguido se destruya.
La presente obra tiene el inmenso valor de incluir todas las posturas, las dudas, las críticas. Mi único temor es que se lea demasiado rápido, ya que tiene la virtud de atraparnos desde el primer capítulo, incluso a los que no navegamos en Internet y apenas usamos las computadoras para escribir.
En algún momento me han comentado que existe un software para Depresión. Eso me hizo pensar que a raíz de este libro alguien pudiera inventar un software para Crisis de parejas. Podría suceder. Pero lo que jamás podrán inventar es el efecto perdurable y mágico de la escucha desprejuiciada y amorosa de terapeutas que creen en las parejas, que saben que en una relación elegida y adulta hay una posibilidad ilimitada de crecimiento.
Jorge Bucay y Silvia Salinas saben eso, y han tenido la increíble creatividad y capacidad para mostrarlo de un modo ameno que lo hace accesible a todo el mundo.
Por último, el desenlace de la historia que guía este libro es como el de toda buena novela: sorprendente y original.
ADRIANA SCHNAKE (NANA)
Anchilanen (Chiloé), febrero de 2000
LIBRO PRIMERO
rofrago@
capítulo 1
COMO de costumbre, encendió su computadora y fue a servirse un café. Detestaba esa tiránica decisión de su PC, o de los ingenieros en sistemas o de la realidad, de hacerlo esperar sin derecho al pataleo.
Cuando escuchó el arpegio de apertura del programa se acercó, movió el cursor sobre el icono que mostraba el pequeño teléfono amarillo y apretó dos veces el botón izquierdo del mouse. Luego volvió a la cocina, esta vez con la excusa de espiar en la heladera para confirmar que allí no había nada tentador, aunque en realidad para evitar que su máquina lo viera ansioso e impotente esperando la apertura de su conexión con Internet.
Roberto tenía con su computadora ese vínculo odioso que compartimos los cibernautas. Como todos, él sobrevivía con más o menos dificultad —según los días— a esa relación ambivalente que se tiene con aquellos que amamos cuando nos damos cuenta de que dependemos de sus deseos, de su buena voluntad o de alguno de sus caprichos.
Pero hoy la PC estaba en uno de sus buenos días; había cargado los programas de distribución con velocidad y sin ruidos extraños, y lo más agradable, ninguna advertencia “de rutina” había aparecido en la pantalla:
No se puede encontrar el archivo dxc.frtyg.dll
desea buscarlo manualmenteSí?No?
La unidad C no existe.
Reintentar,Anular oCancelar?
El programa ha intentado una operación no
válida y se apagará.
CeRrar
Error irreparable en el archivo Ex_ oct. Put.
Reintentar oIgnorar?
Nada de eso.
Hoy era, pues, un día maravilloso.
Entró en su administrador de correo electrónico y tipeó automáticamente su password. La pantalla tintineó y se abrió la ventana de recepción al programa.
“Hola rofrago, tiene seis (6) mensajes nuevos”
rofrago era el nombre de fantasía con el que había conseguido registrarse en el freemail de su servidor. Hubiera querido ser simplemente roberto@..., pero no, otro Roberto se había registrado antes, también un Rober... y un Bob... y un Francisco... y Frank... y Francis... Así que combinó las primeras sílabas de sus nombres y apellido (Roberto Francisco Gómez) y se registró: [email protected]
Tomó un sorbo de café e hizo clic en la bandeja de entrada. El primer e-mail era de su amigo Emilio, de Los Ángeles.
Lo leyó muy complacido y lo guardó en la carpeta Correspondencia.
El segundo era de un cliente que finalmente encargaba un estudio de marketing para una nueva revista de cine y teatro.
Le gustó la idea y mandó la carta a la carpeta Trabajo.
Los dos siguientes eran publicidad intrusiva. No se sabe quién quería vender vaya a saber qué a cualquiera que fuera tan idiota como para querer comprarlo... no se requería experiencia previa.
¡Cuánto le molestaban esas invasiones no autorizadas a sus espacios privados! Odiaba esos e-mails casi tanto como odiaba las llamadas impersonales a su teléfono celular:
“Usted ha salido favorecido en un sorteo y ha ganado dos pasajes a Cochimanga, debe pasar por nuestras oficinas y completar sus datos, firmar los formularios y darnos su consentimiento para poder hacerle llegar SIN NINGÚN CARGO a su domicilio un maravilloso set de...”
Borró esos dos mensajes rápidamente y se detuvo en el siguiente; era una carta de su amigo Ioschua.
Leyó con atención cada frase e imaginó cada gesto de la cara de Iosh cuando escribía. Hacía tanto que no se veían... Pensó que debía escribirle una larga carta. Pero ese no era el momento. Dejó el e-mail en la bandeja de entrada para que actuara como un recordatorio automático de su deseo.
El último mensaje era llamativo, llegaba de un desconocido remitente: [email protected], y el tema del envío figuraba como “Te mando”. Roberto tenía la dirección electrónica en su tarjeta laboral, así que pensó que llegaba otra propuesta de trabajo. ¡Maravilloso!, se dijo.
Abrió el mensaje. Era un e-mail dirigido a un tal Fredy en el que alguien mandaba saludos y divagaba sobre no se entendía qué propuesta acerca del tema parejas. Firmaba: Laura.
Roberto no recordaba a ninguna Laura ni a ningún Carlos que pudieran escribirle, mucho menos le concernía la temática de la carta, así que rápidamente se dio cuenta de que era un error y borró el mensaje de su computadora y de su mente. Apagó la PC y salió para su trabajo.
A la semana siguiente le llegó un segundo e-mail proveniente de [email protected]; Roberto tardó menos de cinco segundos en apretar la tecla Eliminar.
Aquellos episodios habrían sido absolutamente intrascendentes en la vida de Roberto si no fuera porque tres días más tarde otro “Te mando” de Carlos traía a su computadora otra carta de Laura. Un poco fastidioso eliminó el mensaje sin siquiera leerlo.
El tercer mensaje de Laura llegó a la cuarta semana. Roberto decidió abrirlo para descubrir dónde estaba el error. No quería seguir sintiendo esa pequeña satisfacción y excitamiento que siempre le producía recibir correspondencia para luego frustrarse al comprobar que él no era el verdadero destinatario.
El mensaje decía:
Querido Fredy:
¿Qué te pareció lo que te escribí?
Podríamos charlar o cambiar lo que no estés de acuerdo.
¿Hablaste ya con Miguel?
Estoy tan excitada con la idea del libro, que no puedo parar de escribir.
Aquí va otro envío.
Y seguía un largo texto sobre relaciones de pareja.
Roberto tenía algo de tiempo así que lo leyó rápidamente.
Cuando las personas se encuentran con dificultades en la relación, tienden a culpar a su pareja.
Ven claramente cuál es el cambio que necesita hacer el otro para que la relación funcione, pero les es muy difícil ver qué es lo que ellas hacen para generar los problemas.
Es muy común preguntarle a una persona en una sesión de pareja:
—¿Qué te pasa?
Y que conteste:
—Lo que pasa es que él no entiende...
Y yo insisto:
—¿Qué te pasa a vos?
Y ella vuelve a contestar:
—¡Lo que me pasa es que él es muy agresivo!
Y yo sigo hasta el cansancio:
—Pero... qué sentís vos, ¡¿qué te pasa a vos?!
Y es muy difícil que la persona hable de lo que le está pasando, de lo que está necesitando o sintiendo.
Todos quieren siempre hablar del otro.
Es muy diferente encarar los conflictos que surgen en una relación con la actitud de revisar “qué me pasa a mí”, que enfrentarlos con enojo pensando que el problema es que estoy con la persona inadecuada.
Muchas parejas terminan separándose a partir de la creencia de que con otro sería distinto y, por supuesto, se encuentran con situaciones similares, donde el cambio es solo el interlocutor.
Por eso, frente a los desencuentros vinculares, el primer punto es tomar conciencia de que las dificultades son parte integral del camino del amor. No podemos concebir una relación íntima sin conflictos.
La salida sería dejar de lado la fantasía de una pareja ideal, sin conflictos, enamorados permanentemente.
Es sorprendente ver cómo la gente busca esta situación ideal.
“...Y cuando el Señor X se da cuenta de que su pareja no se corresponde con ese modelo romántico ideal y novelesco, insiste en decirse que otros SÍ tienen esa relación idílica que él está buscando, solo que él tuvo mala suerte... porque se casó con la persona inadecuada...” (?)
¡¡¡NO!!!
No es así.
No se casó con la persona inadecuada.
Lo único inadecuado es su idea previa sobre el matrimonio, la idea de la pareja perfecta. En cierto modo, me serena saber que esto que no tengo, no lo tiene nadie, que la pareja ideal es una idea de ficción y que la realidad es muy diferente.
El pensamiento de que el pasto del vecino es más verde o que el otro tiene eso que yo no alcanzo parece generar mucho sufrimiento.
Quizás el aprender estas verdades pueda liberar a algunas personas de estos tóxicos sentimientos.
La realidad mejora notoriamente cuando me decido a disfrutar lo posible en lugar de sufrir porque una ilusión o una fantasía no se dan.
La propuesta es: Hagamos con la vida posible... lo mejor posible.
Sufrir porque las cosas no son como yo me las había imaginado no solo es inútil, sino que además es infantil.
“Estos psicólogos nunca van a aprender a manejar una computadora”, pensó Roberto recordando las consultas técnicas que cada tanto le hacía su amiga Adriana, la psicóloga.
Revisó cuidadosamente el destinatario: rofrago@yahoo. com, R-O-F-R-A-G-O. ¡No había dudas! El mensaje estaba dirigido a su casilla.
Se quedó algunos minutos inmóvil mirando la pantalla, quería encontrar una respuesta más satisfactoria para el misterio de los e-mails, pues le parecía que la ineptitud de Laura no era suficiente explicación.
Decidió entonces que el tal Fredy debía tener una casilla con un nombre de cuenta o e-mail parecido al suyo. La asignación de las casillas libres se hacía automáticamente y, por lo tanto, pequeñas diferencias bastaban para que el servidor aceptara las nuevas cuentas. Fredy (como él mismo) tampoco había podido registrarse con su nombre, así que había utilizado su apellido o el nombre de su perro o vaya a saber qué. Su dirección electrónica era entonces rodrigo, rodrago o rofraga... y Laura la había anotado mal. Un tipo no estaba recibiendo un material y una psi estaba escribiendo para él algo que nunca le llegaría.
Muy bien, todo aclarado. ¿Y ahora?
En algún rato libre del fin de semana resolvería el problema; alertaría a Laura de su error y ella encontraría la verdadera dirección de Fredy Rofraga (había decidido que ese era su apellido).
Roberto apagó su PC y se fue a la oficina.
Las pocas líneas de la tal Laura le rondaron la cabeza todo el día, y cuando hacia el final de la tarde lo llamó su novia, se enredó con ella como tantas otras veces en esas discusiones infinitas que solían tener.
Cristina se quejaba de que él nunca tenía tiempo para salir. Cuando no estaba trabajando estaba descansando por haber trabajado y cuando no hacía ninguna de esas dos cosas estaba sentado en su escritorio frente a su PC “conectado” literal y simbólicamente con la realidad virtual.
Roberto también se quejaba; Cristina era demasiado demandante. Ella debía comprender que Internet era su único momento de descanso y que él tenía derecho a disfrutar un poco de su tiempo libre.
—Ah, claro, estar conmigo no es disfrutar —había dicho Cristina.
—Y... A veces no... —contestó Roberto, lo cual (después pensó) era un exceso de sinceridad.
—¿Por ejemplo?
—Por ejemplo cuando me llenás de reclamos y quejas.
Cristina había cortado.
Con el auricular en la mano Roberto recordó la última discusión con Carolina, su pareja anterior, y sintió cómo venía a su mente una frase que había leído esa mañana en el e-mail de Laura:
...situaciones similares donde el cambio es solo el interlocutor...
Y recordó aún:
...uno siempre se la pasa hablando del otro...
¡Era cierto! Eso era lo que Cristina y él hacían en cada discusión. Y era eso mismo lo que había dado fin a su relación con Carolina. De hecho se había separado de ella en la creencia de que con otra sería distinto.
Esa tarde se fue de la oficina un poco más temprano; quería releer el texto sobre parejas.
Apenas llegó a la casa tiró la campera en el viejo sillón gris de la entrada y encendió la PC. Esta vez la carga de los programas estaba más lenta que nunca, pero la esperó. Finalmente abrió su administrador de correo y cliqueó en el Te mando.
Ahí estaba.
Editó el escrito y lo copió en el procesador de texto. Desde allí abrió el archivo temando.doc y buscó las frases que recordaba. Usó el resaltador amarillo para remarcarlas y también marcó otras.
Dejar de lado la fantasía de la pareja ideal.
Esto que yo no tengo, no lo tiene nadie.
Hacer con la vida posible... lo mejor posible.
Las dificultades son parte integral del camino del amor.
Lo invadía una extraña mezcla de sensaciones: sorpresa, excitación, pudor, confusión. Algunas veces en su historia había pasado por esta extraña impresión de que la vida le acercaba de una manera misteriosa justo lo que él necesitaba. Se acordó del día en que conoció a Cristina, hacía ya más de un año. Él estaba bastante triste y algo desesperado. Con el dolor de la partida de Carolina había aparecido la punta del iceberg de su depresión y durante tres semanas no había sentido el más mí-nimo deseo de salir a la calle. Recluido en su casa había dejado sonar el teléfono hasta que el contestador automático se hacía cargo de los llamados: mensajes acumulados que de vez en cuando borraba sin siquiera escuchar. Aquella tarde, aburrido de aburrirse, había decidido cambiar el texto de bienvenida de su contestador por otro que dijera: “Estoy de viaje, no deje mensaje, nadie los recogerá”. Le sonaba heroico y asertivo sincerarse de ese modo con sus amigos y no crearles expectativas de respuesta. Pero cuando levantó la tapa para grabarlo, una voz apareció en el contestador:
—Hola, soy Cristina, vos no me conocés, me dio tu teléfono Felipe. Te voy a decir la verdad: el sábado tengo una fiesta repaqueta y sería dramático ir sola, o mejor dicho SUELTA. Dice Felipe que sos un gran tipo, divertido e inteligente (justo lo que mi médico me recomendó). Si es cierto y tenés ganas de bancar buena compañía y maravillosa fiesta llamame al 6312 4376 antes del viernes. Si Felipe miente y no sos como él cree, perdón, número equivocado.
¿Por qué se había reproducido el mensaje si él no había tocado ninguna tecla?
Misterio.
¿Por qué Felipe, al que poco conocía, había dicho semejantes pavadas de él? Misterio. ¿Quién se creía esa mina para desafiarlo a él? Misterio.
Llamó...
Y aquí estaba otra vez esa conjunción inexplicable. Una psicóloga que él no conocía, desde alguna parte del mundo, le mandaba a decir a un tipo, en alguna otra parte del mundo, unas cosas sobre vínculos de pareja; esas cosas llegaban a él sin ninguna justificación y eran justamente las que él necesitaba escuchar.
Magia.
Siempre había pensado que estas coincidencias hacían a los supersticiosos creyentes y a los esotéricos, fanáticos. Más allá de la existencia de un dios o de cien mil, estos y aquellos solo usaban su fe en El Todopoderoso para explicar (acaso de un modo fantástico) aquello que la lógica no podía resolver; buscando refugio en la idea de la divinidad para poder aliviarse, seguros así de que su destino individual no está simplemente ligado al azar, ni tampoco atado solo a algunos aciertos o errores humanos. Roberto pensaba que hasta él mismo se tranquilizaría si pudiese creer que alguien o algo se haría cargo finalmente de su futuro, o si pudiese convencerse de que el destino, en toda su inmensidad, ya está escrito. Por desgracia no era su caso. Él no podía hacer otra cosa que aceptar la existencia del azar, de la casualidad, de lo inexplicable.
Coincidencias... Fortuna... Energías cruzadas... Buscaba en su mente la palabra que lo ayudara a definir lo que estaba sintiendo. En terapia había aprendido que es imposible tener do-minio de la propia existencia si ni siquiera se les puede poner nombre a los hechos.
Se acostó pensando en la palabra faltante. Así, ensayando frases y combinaciones de sílabas, se quedó dormido.
De madrugada se despertó sobresaltado, debió haber tenido un sueño muy desagradable porque la cama estaba revuelta y las sábanas hechas un ovillo habían terminado arrojadas en el otro extremo del cuarto.
Se quedó en la cama sin moverse y volvió a cerrar los ojos para rescatar imágenes del sueño. Recordaba solo algunas muy confusas: palabras y palabras aparecían en los monitores de cientos de computadoras, se reproducían vertiginosamente y crecían dentro de las pantallas hasta llenarlas todas... después las desbordaban y caían hacia afuera invadiendo toda la realidad tangible...
Un mundo lleno de palabras —pensó—, demasiadas palabras. Tragó saliva y se levantó. En la ducha decidió que no iría a la oficina, de hecho tenía mucho para ordenar y podía hacerlo desde su casa.
Trabajó un rato en sus papeles hasta que empezó a sentir sobre los hombros el peso del aburrimiento, ese fantasma demasiado presente en su vida.
Levantó el teléfono y llamó a Cristina, con un poco de suerte la encontraría a punto de salir de su casa.
—Hola —contestó Cristina impersonalmente.
—Hola —dijo Roberto, con voz de apaciguar la historia.
—Hola —repitió Cristina en tono de fastidio.
—Tenemos que hablar —dijo Roberto.
—¿De qué? —contestó ella, decidida a ponerse difícil ante el acercamiento de él.
—De la situación política de Tanzania —ironizó él.
—Ja —fue la seca respuesta al otro lado del teléfono.
—De verdad Cris, juntémonos esta noche, tengo mucho para decirte y quiero leerte un texto que me llegó por Internet.
—¿Un texto de qué?
—De parejas.
—¿Cómo que “te llegó”?
—Después te cuento... ¿a las ocho en el bar?
—No, pasame a buscar por el departamento —dijo Cristina, estableciéndose por una vez en el lugar del poder.
—Bueno —dijo Roberto—, chau.
—Chau.
“Después te cuento”, había dicho. ¿Le contaría a Cristina el verdadero origen del texto de Laura? Seguramente no. ¿Por qué no? Las cartas encontradas eran correspondencia personal y su actitud podría ser vista como una clara violación de privacidad. No quería que ella supiera que él había sido capaz de fisgonear a otro. Seguramente lo reprobaría, se enojaría con él y despreciaría toda utilidad del contenido de la carta.
Pero como diría Laura —pensó Roberto—, más allá de Cristina, ¿qué me pasa a mí?
¿Tenía él derecho a violar correspondencia ajena?
Soy yo quien lo reprueba en realidad —se contestó.
Se levantó del sillón y encendió la computadora. Abrió su procesador de texto y escribió:
Laura:
Estoy recibiendo en mi casilla de correo las cartas que Usted le envía a Fredy con los textos de lo que aparentemente es un libro sobre parejas.
Seguramente debe usted tener un error en el address de destino.
Atentamente.
Roberto Francisco Gómez
Abrió el administrador de correo para enviar el e-mail. El programa emitió automáticamente un beep y abrió la ventana de recepción que decía:
“Hola rofrago, tiene un (1) mensaje nuevo”.
Sintió un pequeño estremecimiento. Hizo un clic en la bandeja de entrada y encontró en negrita el remitente y el asunto del mensaje recibido:
[email protected]: Te mando
Su cuerpo —particularmente la espalda, los hombros y el brazo derecho— registró el conflicto entre su deseo y sus principios. Roberto dudó. “Es un espacio privado”, se dijo, pero de inmediato recordó el slogan de tapa de la revista de computación:
“Internet: el infinito sin privacidad”.
Y pensó en los hackers, esa legión de jóvenes que dedican gran parte de su vida a surfear por Internet entrando en cuanta base de datos encuentran en su camino, y para quienes el gran desafío es poder acceder a toda computadora que esté protegida, así sea de la Biblioteca Nacional, de la farmacia de la esquina o del Pentágono. Chicos y chicas de todo el mundo dedicando horas y trabajo mental a descubrir códigos secretos, claves de acceso y sistemas de encriptamiento de información para acceder a los datos y curiosear o incluso infectar con virus esas centrales a las que han accedido.
Era mucho más que una travesura adolescente.
“Internet es libre y cualquier freno que nos pongan es una restricción a nuestra libertad de navegar. Derrumbaremos esas barreras y dañaremos lo que hay detrás de ellas como protesta por querer ponerle límites a nuestra libertad. Ellos, los encriptadores, se ponen cada vez más creativos... nosotros también”.
“Anarquistas cibernéticos”, había dicho Roberto a un cliente unos días atrás. Si bien él era bastante más parecido a un anarquista que un hacker, en ese momento se sintió representado por ellos.
Desplazó el puntero sobre la C de Carlos y apretó dos veces el botón izquierdo del mouse:
Esta es, pues, la nueva propuesta, empezar a pensar la pareja desde otro lugar, desde el lugar de lo posible y no de lo ideal.
Por eso es que vamos a intentar ver los conflictos no solo como un camino para superar mis barreras y poder acercarme así al otro, sino también como un camino para encontrarme con mi compañero y, por supuesto, a partir de lo dicho, como un camino para producir el transformador encuentro conmigo mismo.
Estar en pareja ayuda a nuestro crecimiento personal. A ser mejores personas, a conocernos más.
La relación suma.
Por eso vale la pena.
Vale... la PENA (es decir, vale penar por ella).
Vale el sufrimiento que genera.
Vale el dolor con el que tendremos que enfrentarnos.
Y todo eso es valioso porque cuando lo atravesamos, ya no somos los mismos, hemos crecido, somos más conscientes, nos sentimos más plenos.
La pareja no nos salva de nada, no debería salvarnos de nada.
Muchas personas buscan pareja como medio para resolver sus problemas. Creen que una relación íntima los va a curar de sus angustias, de su aburrimiento, de su falta de sentido.
Esperan que una pareja llene sus huecos.
¡Qué terrible error!
Cuando elijo a alguien como pareja con estas expectativas, termino inevitablemente odiando a la persona que no me da lo que yo esperaba.
¿Y después? Después quizás busque a otra, y a otra, y a otra... o tal vez decida pasarme la vida quejándome de mi suerte.
La propuesta es resolver mi propia vida sin esperar que nadie lo haga por mí.
La propuesta es, también, no intentar resolverle la vida al otro.
Encontrar a otro para poder hacer un proyecto juntos, para pasarla bien, para crecer, para divertirnos, pero no para que me resuelva la vida.
Pensar que el amor nos salvará, que resolverá todos nuestros problemas y nos proporcionará un continuo estado de dicha o seguridad, solo nos mantiene atascados en fantasías e ilusiones y debilita el auténtico poder del amor, que es transformarnos.
Y nada es más esclarecedor que estar con otro desde ese lugar, nada es más extraordinario que sentir la propia transformación al lado de la persona amada.
En vez de buscar refugio en una relación, podríamos aceptar su poder de despertarnos en aquellas zonas en que estamos dormidos y donde evitamos el contacto desnudo y directo con la vida. La virtud de ponernos en movimiento hacia adelante mostrándonos con claridad en qué aspecto debemos crecer.
Para que nuestras relaciones prosperen, es menester que las veamos de otra manera; como una serie de oportunidades para ampliar nuestra conciencia, descubrir una verdad más profunda y volvernos humanos en un sentido más pleno.
Y cuando me convierto en un ser completo, que no necesita de otro para sobrevivir, seguramente voy a encontrar a alguien completo con quien compartir lo que tengo y lo que él tiene.
Ese es, de hecho, el sentido de la pareja.
No la salvación, sino el encuentro.
O mejor dicho, los encuentros.
Yo contigo.
Tú conmigo.
Yo conmigo.
Tú contigo.
Nosotros, con el mundo.
Roberto sintió otra vez el desborde de la sorpresa. Ideas e imágenes de su vida reciente y pasada se agolpaban en su mente. La cabeza le estallaba, Laura escribía como si le hablara a él.
Un camino para producir el transformador encuentro conmigo mismo.
La relación suma. Vale... la PENA.
El sentido de la pareja: no la salvación, sino el encuentro.
Laura decía exactamente lo que él necesitaba escuchar, como si realmente lo conociera. De hecho el e-mail parecía escrito por su terapeuta de hacía años, para despertarlo del infinito letargo de su ignorancia sobre el significado de estar en pareja.
A lo mejor Laura ni siquiera era psicóloga, quizás ni siquiera se llamaba Laura. Acaso no tenía ni idea de lo que decía y en realidad solo transcribía párrafos de algún famoso libro o de una revista barata. Poco importaba. Lo cierto es que la claridad y la pertinencia del texto con relación a su vida actual volvieron a conmoverlo.
Pensaba en el encuentro de esa noche con Cristina. ¿Cómo transmitirle en palabras?... Algo se había acomodado en él de un modo diferente, algo se había corrido de lugar. De eso estaba seguro.
Pero ¿puede acaso una carta de un desconocido ser tan reveladora? Él mismo no tenía respuesta a su pregunta. Sin embargo, intuía que algo misterioso y trascendente estaba ocurriendo.
Y de pronto se dio cuenta:
¡Sincronía!
Esa era la palabra que había estado buscando despierto y dormido, eso era lo que había logrado conmoverlo: la sincronicidad de los hechos.
Recordaba ahora claramente haber leído sobre esa idea de los jungianos, la idea de que las cosas confluyen sincrónicamente en la vida para traer el mensaje necesario, el aprendizaje preciso, los recursos indispensables.
Y se acordó también de la frase mística:
Solo cuando el alumno está preparado el maestro aparece.
El maestro había aparecido.
Sus mensajes llegaban electrónicamente y él no podía renunciar a su palabra. O mejor dicho: No quería.
Decididamente, no mandaría aquel mensaje a Laura.
“Sincronía”, se dijo mientras copiaba el e-mail en su procesador de texto a continuación del anterior y le ordenaba a su PC que imprimiera los dos juntos.
Mientras miraba la hoja de papel que la máquina escupía obedeciendo su orden, una emoción diferente lo poseyó. Con el puño cerrado dio dos o tres golpes breves sobre la mesa al acordarse de los mensajes anteriores que borró sin siquiera leerlos.
