Aquella noche de pasión - Grace Green - E-Book

Aquella noche de pasión E-Book

Grace Green

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Beschreibung

Meg se puso furiosa cuando se dio cuenta de que Sam Grainger ni siquiera la había reconocido. Era cierto que su único encuentro había sucedido hacía trece años, pero aquella noche de ardiente pasión había cambiado su vida para siempre. Aquella noche Sam se había convertido en el padre de su hijo. Meg nunca llegó a decírselo, pero ahora que Sam había vuelto, la joven empezaba a plantearse si no sería tremendamente egoísta privar a Andy de su padre. Y, antes de que pudiera darse cuenta, empezó secretamente a esperar que Sam aceptase tanto el papel de padre como el de marido...

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Seitenzahl: 218

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 1999 Grace Green

© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Aquella noche de pasión, n.º 1424 - agosto 2021

Título original: The Fatherhood Secret

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.:978-84-1375-881-7

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

 

 

 

 

MEG estaba mirando distraídamente por la ventana, mientras su hermana daba las últimas puntadas a su vestido de novia, cuando de pronto el sonido de un poderoso motor turbó el silencio de aquella tranquila tarde de agosto. Se asomó justo a tiempo de ver un deportivo negro entrando en el sendero de la casa, cubierto de polvo y con el parabrisas decorado con flores secas. Bostezó perezosamente.

—Dee, los Carradine tienen visita.

La única respuesta de su hermana fue el ruido que hizo al colgar su vestido en el armario.

—Unos visitantes muy ricos, a juzgar por el coche que poseen —añadió Meg—. ¿Conoces a alguien que tenga un deportivo negro…?

Se abrió la puerta del conductor y salió un hombre, que se volvió hacia el mar estirando los brazos para relajar los músculos. Era alto, moreno, esbelto, con una actitud de confianza que… Meg se quedó sin aliento.

—¿Cariño? —Deidre se le acercó—. ¿Qué te pasa? ¡Oh, querida! Ha venido temprano. James me dijo que su padrino no llegaría hasta la misma víspera de la boda. Sé lo difícil que todo esto va a ser para ti…

—Ha venido solo —a Meg le temblaba la voz—. Creía que su esposa iba a venir también.

—Alix probablemente aparecerá a última hora… ahora mismo se encuentra en el Medio Este. Yo… la vi anoche en los informativos de la televisión. Está cubriendo la guerra de…

Pero Meg no la estaba escuchando; demasiado ocupada estaba mirando a Sam Grainger. Hacía más de trece años que no lo veía… pero en aquel instante se había quedado literalmente helada, a pesar del calor de aquella tarde.

Cuando él se volvió ligeramente, Meg se escondió con rapidez tras la cortina; por fortuna, no levantó la mirada. Sacó su equipaje del maletero y ya se encaminaba hacia la casa cuando, de pronto, pareció cambiar de idea y volvió al coche. Dejó dentro sus cosas y se alejó de allí, caminando por el sendero, por la ancha calle desierta, por el césped que bordeaba la costa… hasta que llegó a la misma playa.

—Se ha ido a pasear —dijo Deidre en voz baja, observando cómo se quitaba su chaqueta color gris oscuro y se la echaba al hombro—. Probablemente esté agotado del viaje y quiera disfrutar de la brisa del mar.

Meg contempló entonces las alborotadas olas del pacífico. Las gaviotas chillaban y blancos veleros surcaban las aguas azules de reflejos plateados, mientras un puñado de windsurfs añadía su pincelada de vívidos colores. Aquella imagen era la de una postal perfecta. Desde su antigua casa familiar en las afueras de aquella pequeña ciudad, en la misma costa de Seaside Lane, Meg y Dee disfrutaban de una maravillosa vista de la playa y del puerto deportivo. Esa era la vista que Meg siempre había atesorado en su memoria y cuya contemplación, en aquel mismo instante, ¡era turbada por aquel hombre alto que caminaba por la arena!

—Meg —Dee le tocó un brazo—, ya sabes que esta tarde tenía que ir a la barbacoa de Elsa, pero no tienes ninguna obligación si…

—No puedo esconderme para siempre de ese hombre —replicó Meg—. Será mejor que lo supere de una vez. Al menos Andy no está aquí —se pasó una mano temblorosa por su sedoso pelo rubio, del color de la miel—. ¡Dispongo aún de unos días para prepararme para ese terrible encuentro!

Dee se mordió entonces el labio, mirando preocupada a su hermana.

—¿Crees que Sam…?

—¿Que encontrará alguna semejanza? —Meg esbozó una mueca—. Lo dudo. ¡Nadie podría encontrarles ningún parecido! Sus rasgos son tan distintos… Andy es un Stafford, y tiene la fisionomía de la familia, excepto el pelo negro y, por supuesto… su sonrisa.

—Sí, tiene la misma sonrisa de su padre. Pero últimamente la expresión de Andy es más ceñuda que sonriente —añadió Dee, esperanzada—. Desde que cumplió los doce años se ha tornado un poco… ¡bueno, tú lo sabes mejor que yo!

—Dee, voy a ir a buscarlo.

—Pero si el campamento está a kilómetros de aquí y…

—No, voy a ir a buscar a Sam. Será mucho más… seguro… que tengamos nuestro primer encuentro solos. Otra gente… James, o su madre… podrían notar mi… incomodidad. Si puedo superar ese primer contacto inicial, me sentiré mucho más confiada para controlar la situación —se levantó.

—¿Quieres que te acompañe?

—Gracias, pero es algo que tengo que hacer sola —Meg se metió los faldones de la camiseta debajo de los pantalones azules del chándal, recogió del alféizar de la ventana su sombrero de algodón y se dirigió a la puerta.

—¿No vas a cambiarte, o a maquillarte?

Meg resopló de desprecio mientras se calaba el sombrero.

—Si hay algún hombre en el mundo que no esté interesada en impresionar… ¡ese es Sam Grainger!

 

 

«Eres un fracasado», se dijo Sam Grainger por enésima vez desde que partió de Portland hacia aquella pequeña ciudad costera del estado de Washington. No había manera de escapar de ello, porque era la verdad: era un fracasado y su vida estaba vacía. Al cabo de dos meses cumpliría cuarenta años… ¿y qué tenía para demostrarlo? No tenía esposa, ni hijos, ni familia… Ni alegría. Esbozó una mueca mientras se quitaba la corbata de seda para guardársela en un bolsillo de sus pantalones grises. La único que tenía, aparte de la empresa familiar que había pasado a administrar el año anterior, a la muerte de su padre, era su trabajo: abogado especialista en divorcios. Qué ironía.

Se acercó hasta el mismo borde del agua, relajándose con el murmullo de las olas. La marea estaba bajando. Casi deseó poder retirarse con ella. Qué fácil sería seguirla, dejarse llevar y…

—¡Hola!

Por un momento, creyó haber imaginado que lo llamaban. Pero, entonces, un perro de pelaje dorado se lanzó al agua justo enfrente de él, salpicándole los pantalones. Reprimiendo la irritación que sentía por haber sido molestado, se volvió.

Una mujer joven, ¿una adolescente?, se encontraba a pocos pasos, mirándolo fijamente. No la había oído acercarse. Había algo extrañamente defensivo en su apariencia; aunque sus ojos azules estaban medio ocultos por la sombra de su pamela blanca, Sam distinguía en ellos un brillo de recelo. Tenía los labios apretados y hundía las manos en los bolsillos de sus pantalones de deporte. ¿Qué querría? Aquélla era una playa lo suficientemente grande para los dos. Si recelaba tanto de los forasteros, ¿por qué no se mantenía alejada de él?

—Hola —le devolvió el saludo con tono brusco justo en el momento en que el perro salía del agua y se sacudía enérgicamente, volviéndole a salpicar los pantalones y la camisa. Sam miró nuevamente a la chica, y vio que se había ruborizado.

—Lo lamento —murmuró ella—. Es el perro de un vecino… y me ha seguido hasta la playa.

—No se preocupe.

Sam estaba concentrado en otros problemas. Sería mejor que volviera. Los Carradine probablemente habrían visto su coche en la entrada, y se estarían preguntando qué había pasado. Debió haberles avisado de que llegaría temprano, pero cuando salió de los juzgados, tenía unas ganas locas de abandonar la ciudad.

—Que disfrute de su paseo —y se dispuso a marcharse.

Parecía tan tensa… no quería causarle ningún motivo de alarma…Pero cuando volvió a mirarla, se dio cuenta de que había fracasado en aquel intento. Sus grandes ojos azules lo miraban con sorpresa, con verdadero asombro, y también con otra emoción que no acertaba bien a precisar. «Furia», reflexionó mientras a regresaba la casa. Pero, por supuesto, aquello no tenía sentido. No conocía de nada a aquella chica, ¡por lo que no tenía absolutamente ninguna razón para odiarlo!

Concluyendo que aquel enigma no se merecía gastar más pensamientos, se olvidó de aquel extraño encuentro.

 

 

—¡No puedo creerlo, Dee! —exclamó Meg mientras paseaba nerviosa por la cocina—. ¡Ni siquiera se ha acordado de mí! Y yo que me he pasado los últimos trece años de mi vida pensando en él, en su insensibilidad, en…

—Cariño, lo sé —Dee abrió el horno para sacar los panecillos que acababa de preparar, con lo que subió la temperatura de la cocina, ya de por sí bastante alta—. ¿Pero no te das cuenta de que es mejor así? Si él ni siquiera se acuerda de ti, entonces cuando vea a Andy… ¡no se le ocurrirá, ni remotamente, que el niño es hijo suyo!

—¡Ya he pensado en eso! Pero la verdad es que me revuelve las tripas que para Sam Grainger yo sea tan…

—¿Prescindible? ¿Olvidable? —le sugirió Dee con tono suave.

—Sí —Meg sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas, y suspiró de furia, de frustración, de dolor—. Sí, supongo que es eso —forzó una sonrisa de desprecio—. Eso ha herido mi orgullo… ¡y me duele, maldita sea!

Dee no volvió a hablar hasta que hubo colocado los panecillos en una bandeja del mostrador.

—Tengo la sensación de que su venida a este lugar es lo mejor que podía suceder… por lo que a ti respecta. Siempre has vivido temiendo el día en que volvieras a verlo otra vez; ahora ese día ha llegado. Estoy de acuerdo en que la manera en que te trató hace trece años fue vergonzosa…

—¡Por decirlo con buenas palabras!

—… pero, Meg, tienes que olvidarte de ello. No todos los hombres son como Sam Grainger. No puedes permitir que lo que te sucedió con él contamine el resto de tu vida, que te aleje para siempre de los hombres.

—¡Jack no era mejor! —le espetó Meg con amargura.

—Pero superaste lo de Jack. Mientras que con Sam…

—¿Cómo puedo superar lo de Sam Grainger? ¿Cómo puedo olvidarlo, cuando cada vez que miro a Andy… —se interrumpió, angustiada.

En ese instante, el reloj del vestíbulo dio las seis, y Dee exclamó:

—¡Cielos, mira qué hora es! Meg, no vamos a tener más remedio que dejar esta conversación para más tarde. Tenemos que prepararnos, o llegaremos tarde a la barbacoa.

—Usa tú primero la ducha.

Mientras Dee salía de la cocina Meg se acercó a la ventana, desde la que podía ver la blanca valla del patio trasero de los Carradine. Distinguió a James colocando juntas las dos mesas de picnic. Afortunadamente para Meg, Elsa había invitado a un montón de gente. Cuantos más invitados, mejor. Así le resultaría más fácil evitar a Sam Grainger.

 

 

—Debí haber avisado de que venía antes de dejar Portland, señora Carradine. No querría crearle ningún problema…

—No te preocupes, Sam —repuso sonriente Elsa Carradine, ocupada como estaba en adornar la tarta de queso en la cocina, mientras Sam Grainger tomaba una cerveza apoyado en el mostrador—. Le pediré a Dee que te instale en su casa durante dos o tres días hasta que el pintor termine con la habitación de invitados.

—¿No le importará?

—Cielos, no. ¡Es la persona más hospitalaria del mundo! Los Stafford ocupan tres dormitorios, y Dee usa la otra habitación como cuarto de costura. Podrá darte la de Andy, ya que el chico estará fuera hasta la misma víspera de la boda y, para entonces, nuestra habitación de invitados ya estará disponible.

Antes de que Sam pudiera preguntarle quién era Andy, la puerta de rejilla se abrió de repente y entró James procedente del patio. Alto y delgado, con el mismo cabello y ojos castaños de su madre, era un hombre tranquilo y afable, con un gran sentido del humor. Sam y él se habían convertido en grandes amigos durante su primer año en la universidad y, aunque sus caminos se habían separado después de graduarse en leyes, nunca habían llegado a perder el contacto. James había sido el padrino de Sam cuando se casó con Alix; y ahora le estaba devolviendo aquel honor…

—¡Ya está! —se acercó a la nevera—. Las mesas ya están colocadas, la barbacoa preparada… ya es hora de que me tome una cerveza. ¿No ha llegado nadie todavía?

Como si hubiera estado preparado, en aquel preciso momento sonó el timbre de la puerta.

—Abriré yo —dijo Elsa—. Vosotros dos podéis salir fuera.

Mientras James acompañaba a Sam al patio, le preguntó:

—¿Cuánto tiempo hace que no ves a Dee?

—Oh, quizá unos… dieciséis años. No llegué a verla cuando llegué a la ciudad hace trece…

—No, te quedaste en la Posada Seashore… y sólo estuviste allí una sola noche. ¡Aquella fue una época muy mala para ti! Qué horrible lo que sucedió… a menudo pienso en ello, y ahora que tengo a Dee, me pregunto qué habría hecho yo de haber estado en tu pellejo. Enterarse de una noticia así y luego…

Se abrió la puerta de rejilla, poniendo fin a su conversación. Elsa hizo entrar a los primeros invitados: los Fairchilds, una pareja de mediana edad que vivía al final de la calle. Luego, desde el fondo del jardín, aparecieron las parlanchinas hermanas Barnley, que llevaban alojadas en la casa de Elsa los últimos diez años, desde la muerte del padre de James. Los siguientes invitados en llegar fueron Tom y Janine Madison, que acababan de comprar una casa muy cerca de la de Elsa.

Poco después de que se los presentaran, Sam oyó el crujido de una puerta al abrirse a su espalda. Y se volvió para ver a las dos mujeres que acababan de entrar por la puerta del patio… A la pelirroja la reconoció inmediatamente como Deidre Stafford, la prometida de James. Advirtió que, pese a que debía de andar por los treinta y tantos años y había engordado algo desde la última vez que la vio, seguía tan hermosa como siempre.

Su compañera, sin embargo, era una belleza impresionante; alta, esbelta, absolutamente sensual.

—¡Ah, aquí está Dee! —exclamó James, pero Sam seguía concentrado en la mujer que la acompañaba.Tenía el pelo rubio color miel, corto, y los rasgos muy finos, con los labios exquisitamente pintados en un color rojo fresa. Llevaba una camiseta negra con escote ovalado, y una falda amplia y larga, a juego. Cuando volvió a levantar la mirada hasta su rostro, aunque no pudo verle bien los ojos, se dio cuenta de que lo estaba mirando de soslayo… ¡y haciéndole un mohín de desdén!

Sorprendido, Jack arqueó las cejas. ¿Qué diablos habría hecho para ganarse esa actitud? En ese instante, la chica se volvió para recoger la bandeja de panecillos de mano de su compañera:

—Yo llevaré esto dentro, Dee —y se dirigió hacia la puerta de la cocina.

Sam ya estaba pensando que tenía el trasero más atractivo del mundo, cuando James la llamó, deteniéndola:

—¡Espera! Antes quiero presentarte a…

—¡Espera tú un momento, James! Tu madre quería untar de mantequilla estos panecillos antes de servirlos —y desapareció tras la puerta de rejilla.

—Es como intentar capturar un torbellino —le comentó James a Sam, sacudiendo la cabeza—. Meg siempre ha sido así, ¿La recuerdas, Sam? ¿La hermana pequeña de Dee?

—«Espárrago» —exclamó Sam, incrédulo—. ¿Esa chica es… «Espárrago»?

—Cielos —rió Dee—, me había olvidado de su apodo. Bueno, Meg finalmente dejó de crecer.

—Pero sólo hasta que llegó al metro setenta y cinco —dijo James—. Y engordó algo también.

«No lo dudo», pensó Sam mientras intercambiaba el saludo de rigor con Dee. No había visto a Meg Stafford desde que ella tenía trece o catorce años, cuando era una chiquilla alta y larguirucha, con el rostro medio cubierto por una larga y descuidada melena rubia. ¡Quién habría sospechado que acabaría convirtiéndose en aquella belleza!

—Mi madre va a pedirte que alojes a Sam por un par de días, Dee… —estaba diciendo James—… hasta que terminen las obras en la habitación de invitados.

James se había inclinado sobre la barbacoa y sólo Sam pudo ver la expresión consternada de Dee.

—¿Dee? —James se volvió para mirarla cuando ella no respondió—. No será ningún problema, ¿verdad? Sam podrá ocupar el dormitorio de Andy… él no volverá hasta…

—Hasta el viernes —Dee sonrió a Sam con evidente tensión—. Nos encantaría que te quedases.

—No quiero molestaros —repuso Sam con tono suave—. Conseguiré una habitación en la posada Seashore; allí fue donde me quedé la última vez….

—¡Olvídalo! —James desechó en seguida su sugerencia—. La última vez que estuviste aquí estabas convaleciente y necesitabas tu propio espacio. Esta vez… bueno, queremos tenerte más cerca.

Sam sabía que no se había imaginado la expresión de consternación de Dee, pero ya nada podía hacer para ahorrarle ese disgusto. En ese momento, Janine se le acercó para hablarle de la película que había visto el día anterior, y ya no se volvió a hablar del tema de su alojamiento.

 

 

—Gracias por haber untado de mantequilla los panecillos, querida.

—¿Qué más puedo hacer, Elsa? —le preguntó Meg, reacia a retirarse.

—El vino está en la nevera. ¿Podrías servirlo? Ya sabes dónde guardo el sacacorchos. Usa esos vasos, querida —le indicó una bandeja de vasos en el mostrador.

Mientras Elsa salía con los panecillos, Meg sacó el vino y advirtió, mientras llenaba el primer vaso, que le temblaba la mano. No era de extrañar. La mirada de admiración que le había lanzado Sam Grainger cuando la vio entrar en el patio de Elsa la había dejado impresionada. Afortunadamente, en aquel momento llevaba puestas sus gafas de sol; de otra manera, él habría podido leer en sus ojos una expresión muy similar.

Cuando poco antes se encontró con él en la playa, se había sentido tan dolida que no llegó a reparar en su apariencia. Pero hacía tan sólo unos minutos, cuando deslizó la mirada por sus maravillosos ojos color verde oscuro, por sus cejas negras y bien delineadas, sus rasgos duros y angulosos y su pelo oscuro y bien cortado, con las sienes plateadas… el corazón le había dado un salto en el pecho. Sam Grainger siempre había sido un hombre de complexión atlética, devastadoramente guapo, pero la madurez había imprimido a su físico una elegancia especial.

Era innegablemente atractivo. Pero también estaba innegablemente casado, y era un tipo innegablemente despreciable. Meg tuvo que recordarse eso mientras servía el último vaso de vino, antes de asomarse a la ventana que daba al patio. Lo descubrió en seguida, vestido con una camiseta azul cobalto y unos vaqueros desteñidos, destacando entre la multitud de invitados. Estaba con Janine, que le estaba diciendo algo divertido, riendo. Y Sam le sonreía con su sensualidad acostumbrada.

Meg pensó que Sam Grainger era un rompecorazones: tan tentador como el mismo pecado. Una extraña sensación la asaltó cuando se enfrentó al hecho de que aquel hombre tan devastadoramente atractivo era el padre de su hijo. Por supuesto, él lo ignoraba, y seguiría ignorándolo. Al día siguiente de que hicieran el amor en la playa, Sam dejó Seashore al amanecer sin volver a molestarse en llamarla… y, desde entonces, Meg ni siquiera recibió una mísera postal suya.

A través de la ventana abierta, la risa de Janine llegó hasta sus oídos… acompañada de la de Sam. El corazón de Meg se endureció como si fuera pura piedra y, furiosa, recogió la bandeja con los vasos. Sam era un seductor impenitente; allí estaba divirtiéndose, mientras su esposa arriesgaba su vida en el extranjero. ¡Si Alix Grainger pudiera verlo en aquel momento! Seguro que le resultaría más complicado disculpar la actitud de su marido que viajar por todos aquellos países en guerra…

 

 

Sam se frotó la mandíbula mientras Janine se alejaba para reunirse con Elsa; le dolían los músculos de la cara de tantas sonrisas como había tenido que forzar. Miró a su alrededor buscando a James… y vio a Meg que salía por la puerta trasera sosteniendo una bandeja llena de vasos. Dejando a un lado su cerveza, se dirigió hacia ella.

—Hola, Meg. Me alegro mucho de que nos hayamos vuelto a ver. Permíteme que te lleve la bandeja.

—Gracias, pero no hace falta —levantó la barbilla—. Se me da muy bien hacer de camarera, ¿sabes? ¿Por qué no te vas y sigues haciendo aquello que a ti se te da tan bien?

—¿Y qué es? —inquirió Sam, intentando adoptar un tono divertido para disimular su sorpresa.

—¡Seducir a las mujeres! —y se marchó, dejándolo plantado.

Cuando se recuperó de su asombro, Sam suspiró y fue a buscar su cerveza, que apuró de un solo trago. Pensó que era muy difícil comprender a las mujeres; él, desde luego, había fracasado completamente en eso. Acababa de romper legalmente con una y no estaba dispuesto a empezar a relacionarse con otra… por muy atractiva que fuera.

Porque no iba a negar que encontraba atractiva a la nueva Meg Stafford. Físicamente atractiva. En cuanto a su personalidad… diablos, prefería el carácter de un jabalí.

 

 

—Cariño —le susurró Dee a Meg mientras ésta le servía una copa de vino—. Tengo algo que decirte.

Meg se quedó con la última copa y dejó la bandeja vacía sobre el césped, apoyada contra el tronco del manzano bajo el cual se encontraban. Le lanzó una mirada interrogante.

—Meg, James ha dispuesto que Sam Grainger se quede en nuestra casa durante los próximos días.

—¿Qué?

—Sshhh, no grites… oh, todo el mundo nos está mirando.

Meg desvió la mirada con tan mala fortuna… que se encontró con la de Sam Grainger. Se volvió rápidamente, dándole la espalda.

—¡Dime que no es cierto! —siseó—. Dee, dime que me estás mintiendo, bromeando, lo que sea —llevó a su hermana detrás del árbol, y apuró de tres tragos su copa de vino—. ¡No puede entrar en nuestra casa! Eso está fuera de toda cuestión. No quiero que ese hombre…

—¿No estaréis, por un casual, hablando de mí?

Meg se volvió, conteniendo el aliento: Sam Grainger estaba asomando la cabeza por detrás del tronco del manzano. Un destello travieso brillaba en sus ojos color verde oscuro. Unos ojos increíbles, no pudo evitar pensar pese a su consternación; alarmantemente hipnóticos. El tipo de ojos que podrían hipnotizar a una mujer si…

—Nosotras… —se interrumpió Meg, víctima repentinamente de un ataque de hipo—… nosotras no tenemos espacio para ti en… —hipó de nuevo—. Lo lamento.

Sam rió entre dientes, y Dee intervino de forma conciliadora:

—No digas tonterías. Claro que tenemos espacio. Meg… bueno, lo que pasa es que no está acostumbrada a beber vino. Al menos, no con el estómago vacío; se le ha subido directamente a la cabeza.

—Bueno, bien —dijo Sam—. Espero que sea así, porque lo último que querría sería causaros algún tipo de problema. Gracias, Dee. Y Meg… siento lo de tu… especial sensibilidad al vino. Quizá deberías pasarte a la limonada —y se marchó antes de que ella tuviera alguna oportunidad de replicarle algo.

—Todo saldrá bien —intentó consolarla Dee, abrazándola—. Tienes que tratarlo con normalidad, con la cortesía acostumbrada. ¿Podrás hacerlo?

—¡Claro! —exclamó Meg, cínica—. Tratarlo como si fuera un extraño; ese es el truco, Dee. ¿Por qué no se me había ocurrido antes?

«Porque es el padre de tu hijo», pudo haberle contestado Dee. Pero no lo hizo.

 

 

—Entonces… ¿cuándo viene Alix? —le preguntó Dee a Sam mientras el grupo se sentaba en el salón a tomar el café, después de una larga cena.

Sam estuvo a punto de refunfuñar en voz alta. Había tenido la esperanza, evidentemente vana, de que nadie le preguntara por Alix.

—Ahora mismo se encuentra fuera del país.

—Anoche la vi en televisión —Elsa se estremeció—. Es tan valiente al meterse en todas esas guerras… En mi humilde opinión, es una auténtica heroína.

—¿Quién es Alix? —inquirió Janine.

—La esposa de Sam —contestó James—. Es reportera de guerra en una cadena de televisión.

—¿Alix Grainger es tu esposa? —Janine miraba a Sam con los ojos brillantes—. ¡Debes de sentirte muy orgulloso de ella!

—Alix es una mujer… asombrosa —Sam se sirvió azúcar en el café y lo removió con movimientos enérgicos.

—¿Y vendrá a la boda? —inquirió Tom.

—Estoy seguro de que lo intentará —intervino James—. Todo depende de si puede o no volver a casa.

—Tú vives en Portland, ¿verdad, Sam? —le preguntó Angelina, la mayor de las hermanas Barnley—. En una casa muy lujosa, con espacio suficiente para albergar a una familia de seis, según James.

—Pero no tienes hijos, ¿verdad? —se adelantó Monique, la hermana mediana, y frunció el ceño cuando la menor, Emily, le clavó un dedo en las costillas a modo de advertencia.

—No a todo el mundo le gustan los niños —declaró Emily—. Algunos hombres… bueno, quieren tener a sus esposas para ellos mismos, sin compartirlas.

Sam se alegraba de tener las manos debajo de la mesa; de esa manera nadie podía darse cuenta de que estaba apretando los puños. Le encantaban los niños; lo que más había ansiado en el mundo era haber podido llenar su casa de niños. Habría querido darles la infancia que él no había tenido la suerte de disfrutar. Habría querido tener hijos e hijas de los que sentirse orgulloso, a los que dedicar su vida…Pero a causa de Alix, de su imperdonable traición… sus esperanzas y sus sueños se habían visto defraudados.

—Oh, a mí me gustan los niños —declaró con tono ligero—. Pero a veces una pareja se deja llevar por el sentido competitivo de la vida y, antes de que te des cuenta… —se encogió de hombros, sin terminar la frase.

Quizá, Dee percibió su tensión, porque se levantó de la mesa y le puso una mano en el hombro, diciéndole:

—Sam, será mejor que te instalemos de una vez. ¿Querrías recoger tu equipaje y acompañarme a casa?

—Claro, estupendo…

Meg también se levantó: