Atrevi2 - Manuel Fernández Bolvarán - E-Book

Beschreibung

Hubo un momento decisivo en la vida de estos emprendedores que definió su mirada sobre los negocios y que forjó el sello que convertiría a sus pequeñas empresas en las más destacadas del país (y del mundo). A través de una mirada ágil y cercana, este libro reconstruye la historia de los últimos ganadores del premio "Emprendedor del año", e indaga en las razones de su éxito. Historias humanas que revelan la compleja transición de emprendedor a empresario, y que sin duda servirán de inspiración a otros para perseverar en sus ideales y concretar sus sueños.

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Seitenzahl: 261

Veröffentlichungsjahr: 2022

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© 2022, Manuel Fernández

© De esta edición:

2022, Empresa El Mercurio S.A.P.

Avda. Santa María 5542, Vitacura,

Santiago de Chile.

ISBN: 978-956-9986-94-9

ISBN Digital: 978-956-9986-95-6

Inscripción N° 2022-A-7931

Primera edición: octubre de 2022

Edición general: Consuelo Montoya

Diseño y producción: Paula Montero

Diseño portada: Francisco Javier Olea

Fotografías interiores:Empresa El Mercurio S.A.P.excepto página 135 de NotCo y 179 de Betterfly

Todos los derechos reservados.

Esta publicación no puede ser reproducida ni en todo ni en parte, ni registrada en, o transmitida por, un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia, o cualquier otro, sin el permiso previo por escrito de Empresa El Mercurio S.A.P.

Diagramación digital: ebooks [email protected]

Dedicado a Carla, Antonia y Amador.

ÍNDICE

Prólogo

Introducción

José Rosenberg Villarroel.

Un sueño familiar

Pedro Ibáñez Santa María.

La esencia de un explorador

Juan Manuel Casanueva Préndez.

Con fibra y con óptica

Karim Pichara y Matías Muchnick.

¿Por qué no?

Cristóbal y Eduardo della Maggiora.

Las cuatro fases de una mariposa

PRÓLOGO

Emprendimiento con impacto social y ambiental

En EY consideramos que el éxito de un negocio no solo depende de sus resultados económicos, sino también del equilibrio que logra entre los actores involucrados, ya sea en su desarrollo actual como en el futuro. Creemos que las compañías deben crear valor tanto para sus clientes como para sus colaboradores, sus proveedores, las comunidades donde están insertas y para sus accionistas; y al mismo tiempo respetar los límites medioambientales y no dañar al planeta.

Cuando las organizaciones alinean sus objetivos con los de la sociedad, son más valiosas, resilientes y viables a futuro, prueba de lo anterior es que, según el estudio Future Consumer Index de EY 2022, el cincuenta y ocho por ciento de las personas señala que en el largo plazo prestaría más atención al impacto medioambiental que genera lo que consume, mientras que un sesenta y un por ciento entregaría más relevancia al impacto social.

Desde el 2000 a la fecha, más de la mitad de las empresas que han quedado fuera de la lista de la revista Fortune 500 es porque no incorporaron procesos digitales en su gestión. Estimamos que a futuro las compañías que no consideren criterios Ambientales, Sociales y de Gobernanza (ASG o ESG por sus siglas en inglés) podrían correr el mismo destino que las organizaciones que no se subieron al carro de la tecnología y de la transformación digital.

Para los accionistas y dueños de las empresas, ya no basta con obtener utilidades y generar riquezas, sino que buscan además ser un agente de cambio, que aporte a la sociedad y a las comunidades en las que se encuentran.

Las grandes corporaciones que hoy encabezan estos afamados rankings o mediciones, partieron en su mayoría hace décadas atrás como un sueño de un emprendedor o emprendedora que se la jugó por sacar adelante su proyecto. Algunos comenzaron desde la cochera, otros desde la cocina, espacio de cowork, aula universitaria o incluso vendiendo su producto en la calle.

Por lo anterior, creemos que los emprendedores son fundamentales para generar y crear un mejor mundo; ellos aportan, de forma significativa, a la generación de empleos y poseen una habilidad para ver más allá del horizonte y darle forma al futuro. Por esto en EY nos inspira poder apoyar diversas iniciativas en el ámbito de la sostenibilidad, pues entendemos que esto es un elemento clave en el crecimiento del negocio.

Nuestra historia junto a los emprendedores comenzó hace treinta y seis años en Estados Unidos, y desde 2001 en todo el mundo, cuando Ernst & Young global, creó el premio «Entrepreneur of the Year» (EOY o «Emprendedor del Año»), que hoy se extiende en más de sesenta países y ciento cincuenta ciudades, impulsando la transformación de emprendedores éticos, innovadores y con potencial de crecimiento para la creación de nuevas compañías.

En este contexto, EY Chile se sumó a esta iniciativa y desde el año 2007, elige al «Emprendedor del Año», quien participa como nominado en Mónaco, donde se realiza la premiación del ganador entre todos los candidatos de los distintos países donde existe el programa EOY.

A este importante reconocimiento, actualmente se suman otros tres que EY Chile ha incorporado gracias a una alianza con El Mercurio, buscando destacar a quienes generan valor en otros ámbitos de gestión a nivel corporativo y social en Chile. De esta manera, se premia también al «Empresario del año», «Ejecutivo del año» y a la «Empresa destacada en criterios ASG» (como una actualización del reconocimiento a la «Empresa destacada en Diversidad, Equidad e Inclusión», incorporado en 2020), galardones que son entregados en la gala empresarial anual que se realiza en conjunto con dicho importante medio de comunicación.

Así, junto a El Mercurio hemos cumplido quince años premiando a los emprendedores cuyas historias nos inspiran a seguir destacando el talento. Por esto, queremos en esta oportunidad compartir estos testimonios con la segunda entrega de este libro, que rescata las historias de soñadores que supieron dejar el nombre de Chile en lo más alto del mundo corporativo, ya sea a través de alianzas con grandes multinacionales o internacionalizando el uso de tecnología, siendo dignos embajadores de este país.

Macarena Navarrete

Socia principal EY Chile

INTRODUCCIÓN

Si emprender es descubrir una oportunidad donde nadie parecía verla o imaginar un producto o servicio absolutamente inédito e innovador, los protagonistas de esta acción tienen, necesariamente, que ser soñadores.

Personas que no solamente son capaces de vislumbrar nuevas posibilidades, sino también con el coraje suficiente para apostar por esa visión, arriesgarse, endeudarse y sobreponerse a los inicios difíciles o a las dificultades que el entorno pone en el camino, para iniciar una obra que nunca parece estar del todo acabada. Ni aquellas que tienen cinco, ni aquellas que suman más de sesenta años desde sus inicios.

No por nada la Real Academia Española, cuando define el verbo «emprender», asegura que se trata de «acometer y comenzar una obra, un negocio, un empeño, especialmente si encierran dificultad o peligro». La definición es excelente, pero a juzgar por las experiencias que se recogen en este libro, hay que añadir un elemento: la capacidad de empujar, permanentemente, para que las ideas se conviertan en realidad. Y luego, quizás lo más difícil, persistir; seguir trabajando cada día para liderar y no perder la fuerza, la flexibilidad ni la capacidad de sorprender al mercado.

Eso es lo que demuestran los protagonistas de estos relatos, que recogen las historias de los proyectos empresariales nacidos en Chile y que han sido reconocidos con el premio al Emprendedor del Año, que desde 2007 entregan EY y El Mercurio. Este galardón busca resaltar la épica detrás de estos emprendimientos, para que, ojalá, sirvan de referente e inspiración para las miles de personas que, cada año, se aventuran a iniciar sus propios proyectos.

Los ganadores representan a Chile en un evento global que la consultora convoca en Mónaco, denominado EY World Entrepreneur Of The Year, donde emprendedores de todo el mundo exponen ante un jurado que selecciona a un ganador mundial.

En Atrevidos. Historias de emprendedores y cómo construyeron su futuro, publicado en 2017 por Ediciones El Mercurio, se relataban las trayectorias de los primeros diez emprendedores chilenos que obtuvieron este reconocimiento.

Cinco años más tarde, en este volumen, se presentan los testimonios de los líderes que fueron elegidos Emprendedores del Año en el quinquenio 2017-2021. Es un grupo que tiene la peculiaridad de ser muy variado, tanto en término de origen, como de ámbito de trabajo y edades. Hay protagonistas con décadas de trayectoria y otros con solo un lustro. Y, sin embargo, todos tienen la misma ética de trabajo, la misma obsesión por ofrecer el mejor producto y el mismo interés en que sus proyectos trasciendan y cambien la vida de las personas; ya sean sus trabajadores, sus clientes o las comunidades donde están inmersos.

Septiembre de 2022

EMPRENDEDOR DEL AÑO 2017

JOSÉ ROSENBERG VILLARROEL

Fundador de Rosen

Un sueño familiar

«Partí en una época en que ser colchonero no era bien visto, a diferencia de quienes se dedican al calzado o a la agricultura, porque no tenía un campo que mostrar. Una vez invité a un grupo de ganaderos a la fábrica y me preguntaron cuánto valía un colchón. Les dije que unos trescientos mil pesos de la época y ellos se sorprendieron. ¿Lo mismo que un animal? No se lo imaginaban. ¿Y cuántos hace? Dos mil diarios. ¡¿Dos mil animales diarios?! Ahí ya no se lo podían creer. Hoy hacemos más de cuatro mil».

«Me da una tremenda satisfacción lo que he conseguido. Es que, cuando pienso en todo lo que ha pasado, la verdad es que hay muchas cosas que todavía no entiendo. Casualidades. Como si Dios me hubiera ido guiando en este camino y poniendo en mi vida, en el momento justo, a las personas exactas que necesitaba».

Colchones Rosen es, en 2022, no solo la empresa más grande de la Región de La Araucanía, sino la principal de su rubro en Latinoamérica. Según sus propios registros, sus productos se venden en Chile, Argentina, Colombia, Perú, Bolivia, Uruguay y Ecuador, a través de una red de seiscientos puntos de venta detallistas, además de su propia cadena de tiendas, que suma treinta ubicaciones. Toda su producción, que asciende a más de cuatro mil colchones diarios, se genera en una enorme fábrica ubicada en el acceso norte a Temuco.

Y hoy su producción se ha diversificado, con líneas de ropa de cama, muebles de dormitorio, almohadas y una empresa llamada Glover, que produce muebles de madera. Una trayectoria que ha convertido a su fundador, José Rosenberg, en acreedor de una serie de reconocimientos. En 1989 fue nombrado Hijo Ilustre de Temuco y su palmarés incluye el Premio Icare 1991; el Premio de Diego Portales Palazuelos 1991, de la Cámara Nacional de Comercio; el Premio Hernán Briones al Empresario del Año 2008, de la Sociedad de Fomento Fabril, y el Emprendedor del Año 2017, entregado por EY y El Mercurio, que lo llevó a presentar su historia a Mónaco en 2018, junto a emprendedores de todo el mundo.

Cuesta imaginar que un proyecto empresarial de esta envergadura naciera prácticamente de la nada. Y eso explica el orgullo que siente José Rosenberg al recordar cómo, partiendo de la pobreza, logró forjar un destino que le ha cambiado la vida a miles de familias en su región (sus trabajadores) y ha redefinido el concepto de buen dormir en el país.

Incluso más difícil es concebir que, si no hubiera sido por una cadena de «casualidades», como él mismo las describe, nada de esto habría pasado.

El primer eslabón de esa cadena de casualidades es que José Rosenberg haya nacido en la Región de La Araucanía que tanto ama.

***

Una foto, posiblemente del pasaporte, es la única imagen que José Rosenberg conserva de su padre. Tomada en blanco y negro, en ella se ve un hombre de frente amplia, mirada en el horizonte, perfectamente afeitado, de camisa, corbata y chaqueta, con los párpados un tanto caídos. Es Baruch Rosenberg Meilijson, nacido en 1888 en Edinet, una localidad ubicada en el entonces principado de Besarabia, que hoy pertenece a Rumania. Zona convulsionada a inicios del siglo XX, que en pocos años pasó del dominio otomano al de la Rusia zarista, embarcada de manera cada vez más frecuente en persecuciones contra los judíos, como la familia Rosenberg Meilijson.

Con cierto ingenio, Baruch logró evitar sistemáticamente ser enrolado en el ejército, donde por su ascendencia, arriesgaba convertirse en simple carne de cañón. Sin embargo, la situación se volvió más compleja hacia la década de 1910. Fue entonces cuando sus padres tomaron la decisión separarse de sus hijos, y ocupar sus limitados recursos para salvarlos a él y a su hermano. Consiguieron embarcarlos, rumbo a América cuando ambos bordeaban los veinte años, con la promesa de un futuro más tranquilo.

Una vez en Nueva York, su hermano, Luis, fue admitido en Estados Unidos. Sin embargo, el asma que padecía Baruch le cerró las puertas y se vio obligado a probar suerte en el sur, cada vez más al sur. Nunca más volverían a verse.

Después de errar por Brasil y Argentina, terminó llegando a Chile junto a Pedro Klerman, un amigo que conoció en el país trasandino. Por motivos desconocidos, se afincó en Traiguén, donde partió explotando la única herramienta de trabajo que tenía: una flauta. Él tocaba y Pedro pasaba el sombrero.

Luego encontraría empleo como vendedor viajero, labor que lo llevó a recorrer los alrededores de Traiguén. En esas travesías, se enamoró de Blanca Villarroel Montoya, quien trabajaba en el Hotel Savoy del centro de Angol. En paralelo, con su amigo inició una tienda de muebles en Traiguén, llamada La Besarabia. Las cosas parecían mejorar.

Baruch decidió seguir su corazón y dejó Traiguén para mudarse a Angol y formar familia con Blanca. Sería en esa ciudad donde empezarían a nacer sus hijos: Gil, Juan, Rebeca, Miguel, José y Luis. El primogénito, Gil, era un niño que Blanca recordaría siempre como inteligente y despierto. Sin embargo, una meningitis le causó la muerte cuando apenas tenía dos años.

La tragedia afectó de forma tan fuerte a Baruch que incluso pareció dañar directamente su salud. Murió en 1936, a los cuarenta y ocho años, y José Rosenberg, que había nacido en 1933, apenas pudo conocerlo. Tras esta pérdida, Blanca y sus cinco hijos quedaron solos y en una situación económica extremadamente precaria.

***

Una de esas personas que José Rosenberg cree que Dios puso en su camino fue, precisamente, Blanca Villarroel, su madre. Ella misma relató su historia en un artículo publicado el 16 de septiembre de 1990 en El Mercurio. Tenía noventa años recién cumplidos.

«Mi marido no me dejó fortuna. Pero me dejó hijos que han sido mi mayor riqueza. Juan, el mayor, tenía nueve años y Lucho, el menor, un año y cuatro meses. Y no sabía hacer nada y no sabía adónde ir».

Cuando se mudó a Angol, Baruch —o Bernardo, como se hizo llamar en Chile— convenció al dueño del Hotel Savoy de que lo contratara como administrador del recinto. Ese empleo fue el que le dio cierta estabilidad a la familia. Sin embargo, la pérdida de su esposo fue un golpe demasiado duro para Blanca. Pasó cuatro meses encerrada por el dolor y, cuando intentó retomar su vida, volvió al Savoy.

«Hice tres intentos de regresar a ese lugar, pero no pude. Cada vez que me acercaba, me parecía ver a Bernardo y me echaba a llorar. Trabajaba todo el día con los ojos nublados de lágrimas. Hasta que comprendí que tenía que alejarme de allí por el bienestar de mis hijos».

De a poco fue rearmándose para lograr sacar adelante a sus hijos. Una amiga de su familia le arrendó una casa en Angol, para lo cual debió abonar cinco meses por adelantado, lo que consumió gran parte de sus ahorros. De lo poco que le quedaba, depositó dos tercios en la Caja Nacional de Ahorros (una de las instituciones que más tarde conformarían el BancoEstado) y un tercio lo invirtió para instalar un local de abarrotes en la misma casa. Cada mañana, partía en la madrugada a comprar el pan que ofrecía a sus clientes.

«Regresaba a casa con un canasto lleno de pan calientito y a las ocho de la mañana ya no me quedaba. Con eso, tenía ganado el sustento para mis hijos. El resto era ahorro. Cada peso que juntaba lo depositaba en el banco».

José nunca olvidaría las incontables veces que acompañó a su madre al cementerio para visitar las tumbas de Baruch y Gil. Y tampoco se le borraría la imagen de verla llorar en silencio en las noches por sus pérdidas.

El negocio fue prosperando lentamente y los ahorros le permitieron mudarse a una casa propia, donde siguió con la venta de productos, además de ofrecer vino a los parroquianos que llegaban a jugar rayuela. Fueron tiempos difíciles y de estrechez. De hecho, la falta de recursos la obligó a aceptar las ofertas de amigos y familiares de hacerse cargo de algunos de sus hijos. Ella siguió con José y Luis. Miguel vivió un tiempo con una pariente en Angol y Juan y Rebeca partieron a Valdivia, donde los recibió Pedro Klerman, quien había llevado a esa ciudad sus conocimientos como mueblista.

Pero la situación seguía frágil y quedó claro en 1939. El terremoto que destruyó Chillán el 24 de enero de ese año, también se sintió más al sur; de hecho, devastó Angol, incluyendo la casa de Blanca y las escuelas de sus hijos. A sugerencia de Klerman, Blanca partió con su prole a Valdivia.

Llegaron a una pequeña vivienda con dos habitaciones, situada frente a la estación de trenes de la ciudad. En una de esas piezas, la madre cocinaba pescado frito con papas cocidas para quienes quisieran comer algo barato. En la otra, vivía la familia, todos apretados en una sola cama.

La estrechez de esos años pareció aliviarse ligeramente en 1941, cuando Klerman le consiguió un trabajo en el Centro Israelita. Ahí, con un sueldo fijo y a punta de rezarle a San Sebastián (ella y sus niños eran católicos), pudo darles una educación a sus hijos. El pequeño José entró a la Escuela Pública N°1 de Valdivia y recibió el único regalo de Navidad de su infancia: una pelota de tenis de mesa.

Esa humilde prosperidad, si es posible llamarla de esa manera, duraría poco. La dueña de la casa que arrendaba en Valdivia le pidió la vivienda, por lo que debió emigrar. Siguiendo un nuevo consejo de Pedro Klerman, arribó a Temuco. Alquiló una pieza y consiguió trabajo con una vecina, como costurera. Y si alguien le pedía lavar ropa o cuidar casas, lo hacía para obtener algo más de dinero.

Con los ahorros que fueron generando, compró un sitio en la ciudad, en calle Janequeo. Ahí vivían en un rancho con piso de tablas. Sin baño, ni ducha. Blanca criaba cerdos y gallinas, así que tenían manteca, longanizas y huevos para comer y vender.

A Temuco no se había movido toda la familia. Juan, el mayor de sus hijos se quedó en Valdivia para terminar sus estudios nocturnos en el liceo y durante el día trabajaba en un taller eléctrico. Sin embargo, las necesidades de la familia eran grandes y no logró acabar el colegio. A los diecisiete años se consiguió un trabajo pegando afiches de la empresa Sydney Ross, luego ascendió a chofer y aportaba su sueldo a la familia. Más tarde, Rebeca también entró a trabajar y contribuía a la economía familiar.

Los más chicos decidieron que también tenían que cooperar. «Debo haber tenido como doce años cuando empecé a trabajar. Mi primer negocio fue hacer volantines. Los ponía en la ventana de la pieza y la gente que pasaba por la calle los veía y me los compraba», recuerda José Rosenberg.

No se quedó ahí. Con su hermano Luis, se les ocurrió ir a los basurales a recoger fierros y huesos, que entonces se molían para hacer abono. También cortaban leña o iban a la estación a ayudar a los pasajeros a cargar bultos a cambio de una propina. Y luego, pegaba afiches de Aliviol, Mejoral y píldoras Ross, los productos estrella de Sydney Ross.

Todo esto, José Rosenberg lo compatibilizaba con sus estudios en el Instituto Superior de Comercio, donde esperaba sacar el título de contador. Como siempre le gustaron los fierros, inicialmente quería entrar a la Escuela Industrial, pero terminó siguiendo el consejo de su madre, azuzado por sus recién descubiertas aptitudes para las matemáticas.

***

«¿Por qué terminé cuarto? ¿Por qué se fijaron en mí?...», repasa José Rosenberg cuando recuerda lo que pasó cuando estaba terminando su estudio escolar.

Antes de comenzar el último año de la secundaria, fue llamado al servicio militar. Decidió hacerlo y eso provocó que se reincorporara al liceo en mayo de 1952. A su juicio, eso fue lo que causó que no terminara entre los tres primeros de su curso, sino cuarto. «¡Afortunadamente!», exclama setenta años después.

Es que la tradición era que los primeros tres alumnos del Instituto Superior de Comercio recibían tentadoras ofertas laborales de la Tesorería o de Ferrocarriles. Al terminar cuarto, debió seguir en Temuco y trabajar para realizar su memoria y obtener el título de contador general.

Como quería trabajar en la Caja de Crédito Agrario —otra de las instituciones que se terminaron fusionando para dar forma al BancoEstado—, decidió hacer su memoria sobre esa organización. Tomó el tren a Santiago y estuvo un mes trabajando en la Biblioteca Nacional hasta que la terminó. Ese informe, que casi pierde en regreso al sur por culpa de un pasajero que confundió su equipaje, no solo le permitió acceder al título, sino que también fue su carta de presentación para solicitar un empleo en la Caja.

Mientras esperaba una respuesta a su postulación laboral, empezó a tener sus primeros encargos como contador y consiguió un cupo como garzón en un restaurante ubicado en pleno cerro Ñielol. En febrero de 1954, atendió una mesa en la que había cinco hombres sentados y, por algún motivo que desconoce, se fijaron en él.

—¿Cómo se llama usted?

—José Rosenberg, señor.

—¿Qué estudios tiene?

—Soy contador general, mi diploma me lo entregan en marzo.

Resultaron ser oficiales de la Fuerza Aérea (FACh) que esa noche vestían de civil. Era una comisión que había viajado desde Santiago para evaluar interesados en ingresar a la Escuela de Aviación. Estaban el comandante de la institución en Temuco, el médico Antonio Said, un par de integrantes de la comisión y el dentista de la FACh, René Pedro de Jourdan. Fue este último quien dirigió las preguntas.

—Tú nos atendiste muy bien. Estábamos comentando que se nota que eres un joven con ganas de hacer cosas. Y estábamos pensando que podríamos tomarte examen si quieres entrar a un curso especial a la Escuela de Aviación, de dos años —le dijo.

Motivado por la invitación, esa noche apenas durmió. Al día siguiente, a las siete de la mañana, estaba en la dirección que le dieron. Said y de Jourdan lo revisaron y confirmaron que su salud era compatible con la Escuela de Aviación. Quedaron de notificarlo si su postulación era aceptada.

En cosa de días, Rosenberg se vio con dos ofertas muy distintas en la mano. Una carta de la Caja de Crédito Agrario aceptando su postulación para entrar a trabajar el 1 de marzo de 1954 a su oficina de Temuco, y un telegrama de la FACh comunicándole que había sido aceptado como cadete en la Escuela de Aviación Capitán Ávalos, en Santiago. La primera le permitía generar un ingreso económico, la segunda implicaba dos años más sin tener un sueldo y, además debía costear una fianza.

Su madre y su hermana Rebeca le recomendaron que tomara el camino militar. En su entrevista de 1990, Blanca Villarroel explicó el motivo de su consejo.

«A Santiago te vas, le dije. Porque andaba pololeando y la niña no me gustaba».

Pero José piensa que, en realidad, su mamá estaba pensando en el largo plazo. Sabía que era una carrera mejor para su hijo y estuvo dispuesta a sacrificarse un tiempo más.

***

«¿Por qué salí con la segunda antigüedad?...».

La Escuela de Aviación no solo fue una buena instrucción en las artes militares. Vestir el uniforme le sirvió para aprender el respeto por la autoridad, a superar su timidez y, sobre todo, adquirir el roce social que no había tenido la oportunidad de forjar en su infancia.

El curso especial al que había ingresado duró menos que lo previsto y él terminó el proceso como segunda antigüedad. Otra casualidad que marcaría su vida. Si hubiera sido la primera, habría sido enviado a continuar en la escuela matriz; si hubiera sido la tercera, habría partido al Ministerio de Defensa. Pero la segunda implicaba ser destinado a la Escuela de Especialidades Mecánicas, como subteniente.

Ahí pudo hacer clases de contabilidad, enseñando lo que había aprendido en el liceo y también se formó en contabilidad mecanizada, gracias a un curso que dictaba IBM, dado que la FACh estaba modernizando sus procesos y dejando atrás los tiempos del lápiz y papel.

Sus habilidades llamaron la atención del director de la escuela, quien un día le dijo que estaba reclutando veinticinco personas para formar una cooperativa de vivienda, llamada Los Cóndores, y lo necesitaba como aportante y como contador. La idea era contribuir con una parte de su sueldo —que ya había empezado a ganar— y ahorrar para una casa.

—No puedo, mi coronel.

—¿No? ¿Por qué?

—Porque tengo que ayudar a mi familia, a mi madre.

—Es una orden. Si quiere ayudar a su familia, búsquese otra manera.

Y ahí, obligado por la necesidad, empezaron los negocios en serio.

Un compañero se fue a Iquique enviado en comisión de servicio y vio entonces una oportunidad. Juntó a un grupo de cinco o seis compañeros solteros, pidieron anticipos de sueldo, reunieron un capital y se lo dieron al viajero para que comprara mercadería importada: medias de nylon, relojes Ronson, encendedores... de todo.

Rosenberg se encargaba de vender todos los artículos y con eso empezó a complementar sus ingresos.

***

«¿Por qué colchones?...».

Un día, uno de los capitanes de la escuela lo mandó a llamar. Partió asustado, porque pensaba que iban a regañarlo por su actividad comercial. Pero no: era para avisarle que iba a haber una revisión de los dormitorios y que se preparara, porque el suyo era un desastre.

El problema con su dormitorio era el colchón. Seguía usando el de su etapa de cadete, que era mucho más pequeño que la marquesa. Necesitaba comprar uno nuevo y salió a buscarlo con urgencia. Dio con una fábrica donde lo vendían por ocho mil escudos.

—¿Y no me puede hacer un descuento?

—A ver... ¿cómo se llama?

—José Rosenberg.

—¡¿Rosenberg?!

De atrás del local, salió un hombre a atenderlo. Era el dueño de la fábrica, Federico Selman, quien, coincidentemente, era un judío asquenazí, al igual que Baruch. Venía del norte de Rumania. Conversaron, se cayeron bien y le hizo un descuento: le dejó el colchón en cuatro mil escudos y le dio la facilidad de pagarlo con dos mil al contado y cuatro letras de quinientos.

Al día siguiente, una camioneta llegó a la escuela con su colchón nuevo. Al verlo, partió a buscar al sargento Gaona, que era el cocinero.

—¡Gaona!

—Diga, mi teniente.

—¿Me ayuda a subir el colchón al segundo piso?

—¡A su orden, mi teniente!

Partieron a buscarlo y, de repente, Gaona le dijo:

—Oiga, mi teniente, ¿no me va a decir que ahora también vende colchones?

Rosenberg lo miró y sin dudar un instante, le respondió:

—Sí.

—¿Y a cuánto?

—Ocho mil escudos. Y si quiere, aprovechamos la camioneta y se lo llevamos a la casa.

La cadena de coincidencias seguía.

Ese fue el primer colchón que vendió en su vida. Gaona vivía en una población cercana, se consiguió un préstamo y, en cosa de días, le pagó.

Igual que con la mercadería traída de Iquique, rápidamente se corrió la voz dentro de la escuela de que Rosenberg vendía colchones. Y la demanda era significativa: en una semana vendió veinte y ganó el equivalente a ocho meses de sueldo. De esa manera, descubrió un insospechado nicho de mercado.

***

«¿Por qué me retiré de la Fuerza Aérea? ¡Si tenía apenas veinticuatro años!...».

Su relación con los colchones partió como comerciante minorista. Se los compraba a Federico Selman, que le daba un precio conveniente, y los ponía en el mercado. Pero decidió que para aumentar sus márgenes era mejor aprender a fabricar los propios. Así es que le pidió permiso a Selman para estudiar la pequeña máquina que escarmenaba el relleno e intentar realizar su propia versión, cosa que logró. Además, arrendó una pieza en la calle Berlín, en el paradero nueve de Gran Avenida y la convirtió en un pequeño taller.

Compraba colchones desarmados y trataba de armarlos. Cada día, terminaba sus funciones en la FACh a las cinco de la tarde, se subía a una moto y partía a su taller y se dedicaba a aprender el oficio. De lunes a viernes e incluso los días sábado.

La dueña de la pieza era la mamá de un soldado y este además tenía una hermana que estaba permanentemente en el taller, ayudándolo a coser. Con sus manos y las de ella, alcanzaron un ritmo de producción de un colchón a la semana.

«¿Sabe qué? En un momento me empecé a obsesionar. Yo soñaba con colchones, con resortes... era algo que me perseguía... como que se me pegó. Algo muy fuerte me decía que tenía que hacer colchones».

No era una obsesión muy comprensible por aquel entonces. De hecho, recuerda que ser colchonero no era un negocio bien visto. Prueba de ello es el tango «Cambalache», compuesto en 1934 por Enrique Santos Discépolo: «Los inmorales nos han iguala’o /Si uno vive en la impostura /y otro hala en su ambición /Da lo mismo que sea cura, /colchonero, rey de bastos, /caradura o polizón /¡Qué falta de respeto! /¡Qué atropello a la razón!».

Rosenberg explica esta mala fama: «En esos tiempos, las fábricas de colchones estaban cerca de los basurales. De ahí se recogían los géneros que se usaban. Yo lo vi... montones de género a la intemperie y, al lado, las máquinas que los trituraban. Con eso se ablandaban y se podían rellenar los colchones. Incluso había una regulación que decía que había que lavar los rellenos, pero nadie lo hacía, porque lavar implicaba secar y ahí ya no era negocio. En cambio, mis colchones eran de algodones que desechaban las fábricas de textiles, que salían con alguna imperfección, y también usaba remanentes de fábricas de blue jeans, así que era otra calidad».

El negocio empezó a ir bien, así es que decidió formalizarlo para emitir facturas. Para que pareciera un emprendimiento respetable, creyó necesario incorporar un socio y, como no tenía uno real a mano, se inventó uno, inspirado en un antiguo compañero de estudios: Octavio Pino Pino. De hecho, bautizó el taller como Fábrica de Colchones Octavio Pino Pino.

Su fama dentro de la FACh creció a tal punto, que un día se le acercó el comandante responsable de la infraestructura de la escuela.

—Necesitamos renovar los colchones de los alumnos. Son ochocientos y tengo una cotización de CIC en que me los ofrecen a dieciocho mil quinientos escudos. ¿Tú me los podrás dar a un mejor precio?

Era un negocio redondo. Pero no quiso mostrar ansiedad.

—Lo voy a hablar con mi socio —le respondió.

Obviamente, no fue donde su socio ficticio, sino que, dada la cantidad, recurrió a Federico Selman y accedió a hacer el negocio. Rosenberg se llevó una comisión del diez por ciento.

Las cosas iban bien para el joven sureño. Recuerda que los colchones estaban siendo una actividad bastante rentable. A tal punto que pudo comprarse un auto, un Chevrolet 52 con cincuenta mil kilómetros recorridos.

Por esos días, su hermano mayor, debió viajar a Santiago. Juan Rosenberg había hecho carrera en Sydney Ross, donde había sido promovido a vendedor, por lo que debía ir de pueblo en pueblo, de botica en botica, ofreciendo los productos de la marca. Lo hacía bien y un día, en Osorno, impresionó favorablemente al dueño de Alfombras Winner, quien rápidamente le ofreció trabajo. Su desempeño prometedor hizo que, en determinado momento, su nuevo jefe lo citara a la capital para que conversaran. José le dijo que se quedara con él.

—Yo te llevo donde tu jefe, o si prefieres, te presto el auto.

—¿Auto?

—Sí.

—¿Y de dónde lo sacaste?

Se preocupó. El sueldo de un subteniente no daba para tener ese auto. ¿No estaría metido en algo raro José? La inquietud fue tal que partió a la escuela a averiguar de dónde salía la plata.

«Fue donde mi jefe. Y él, simplemente, le dijo: ‘Su hermano es un comerciante’. Entonces él quiso que yo entrara al negocio de las alfombras con él. Pero le dije que no, que yo iba a hacer colchones. Pero, si me iba mal, le aceptaba la invitación a entrar a las alfombras», recuerda José Rosenberg.