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«"Bebé malo" es una exploración fascinante del poder de la profecía, de las etiquetas y de la determinación de una mujer por desafiarlas a todas ellas. Blair es rebelde, artista y, tal y como se desprende de este libro, escritora». —Glennon Doyle, autora de Indomable, superventas número 1 del New York Times y fundadora de Together Rising.
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Seitenzahl: 444
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Bebé malo
memorias del crecer
Selma Blair
traducción de rubén r. cubiella
Bebé malo
Memorias del crecer
Título original: Mean Baby: A Memoir of Growing Up
© 2022 Selma Blair
Copyright de esta edición: 2022 Ediciones Camelot, S. R. L
edicionescamelot.com · @edicionescamelot
Copyright de la traducción © 2022 Rubén R. Cubiella
Todos los derechos reservados.
Cualquier forma de explotación de esta obra, en especial su reproducción, distribución, comunicación pública o transformación, solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar, escanear, distribuir o poner a disposición algún fragmento de esta obra (www.cedro.org; 91 702 19 70 / 93 272 04 45).
Fotografías del interior proporcionadas por la autora
Fotografía de la autora en la solapa: Raul Romo
Fotografía de portada: Penny Sirota
Diseño de cubierta: Rubén Rodríguez, a partir del diseño de portada de Janet Hansen
Maquetación: Andrea Rubio
Revisión: Pablo Solares Acebal y Rubén Rodríguez
Primera edición, mayo de 2022
ISBN: 979-13-991403-8-5
A mi queridísima mamá
mientras estuvimos separadas
Y a mi amor más grande,
Arthur Saint Bleick
«Fragmento tardío»
¿Y aun así obtuviste
cuanto querías de esta vida?
Así es.
¿Y qué querías?
Considerarme querido, sentirme
querido en la tierra.
raymond carver,Un nuevo sendero hacia la cascada
«Apenas odio, y cuando amo, lo hago durante mucho tiempo. Un amor tan grande que o bien debería declararse ilegal, o debería poseer capital y su propia moneda».
carrie fisher, Shockaholic
«Déjame volver a empezar»
ocean vuong,En la tierra somos fugazmente grandiosos
En el otoño de 2002, me vi con una tarotista en Los Ángeles. Acababan de contratarme para una película que se rodaría en Praga durante seis meses. Tenía treinta años, ansiosa y con ganas de respuestas. Mi mente era un vacío y quería que alguien lo llenara. Quería oír la historia de la persona en la que me convertiría, de las señales que debería buscar a lo largo del camino. Quería un guion, por no decir una epifanía. Al fin y al cabo, es por eso por lo que les abrimos nuestras carteras a los adivinadores. Cuéntanos un cuento. Hazlo alocado. Hazlo entretenido. Pero hazlo nuestro.
La tarotista se llamaba T., y se parecía un poco a una profesora de Berkeley, muy delgada, muy intelectual ella. Con unos ojos grandes enmarcados por un flequillo negro que le cruzaba la frente. En la palma de una mano llevaba metido un pañuelo de tela. El aliento le olía a caramelos de menta. Un gato negro esmirriado se acurrucaba a sus pies. Mientras hablábamos, me enteré de que T. era abogada, una profesión que abandonó para aprovechar al máximo sus dotes. En todos los aspectos, parecía una buena capitana con la que contar en este viaje metafísico, la persona adecuada que me transmitiera el drama de mi vida.
T. no fue mi primera vidente. Durante gran parte de mi vida, había buscado historias parecidas en místicos y sanadores de chakras, en médiums y numerólogos, en astrólogos y en terapeutas de vidas pasadas. Mi fascinación por todo aquello se remonta a cuando era pequeña y crecía en Southfield (Michigan). En una fiesta de cumpleaños en segundo curso, la glamurosa madre de mi amiga Melissa Stern se disfrazó de adivina, una imagen resplandeciente con turbante y capas de collares y pulseras. La madre de Melissa era preciosa y vivía en una casa gigante, lo cual parecía una prueba de suficiente peso para aportarle la capacidad de ver el futuro, o como mínimo, de que sus palabras tuvieran algo de mérito. Cuando llegó mi turno, miró a una bola de cristal, me trazó las líneas de las manos, cerró los ojos, me cogió las manitas y me dijo que de mayor iba a ser una actriz preciosa.
«Habrá tantos chicos a lo largo de tu vida que tendrán que hacer cola», dijo la Sra. Stern mientras barría el aire con el dedo para indicar una larga lista de hombres esperando para hacer que cayera a sus pies. Mi yo de siete años no podía imaginarse por qué narices pensaba esto ella: tenía las cejas gruesas, el pelo hirsuto y no me consideraba una niña especialmente atractiva. Y aunque era propensa a tener arranques dramáticos, me aterrorizaba la idea de actuar delante de un público. Pero quería creerlo desesperadamente. Tanto me habían convencido las dotes adivinatorias de la Sra. Stern que interioricé cada una de sus palabras. Me moría de ganas de decírselo a mi madre, a la que le encantaría la noticia.
En cuanto llegó mi madre en su Corvette azul marino de 1979, con la banda sonora de Evita a todo volumen, entré de un salto por la puerta trasera. Nuestro vecino Todd, muy mono y un poco mayor que yo, se sentó en el asiento de cuero blanco teñido de amarillo por el humo de los cigarrillos. Quería que ambos supieran lo que me habían predicho, así que lo solté todo. «La Sra. Stern me leyó el futuro y me dijo que voy a ser una actriz preciosa», alardeé. Quería impresionar a mi madre. Quería que Todd me prestara atención. Incluso con siete años, la belleza era un premio difícil de conseguir.
«Anda ya…», se mofó Todd.
«Menuda tontería», dijo mi madre mientras salía de la larga entrada de los Stern. Una vez que estábamos a salvo y fuera de su vista, le dio una calada a su cigarrillo Vantage. Echó el aire contra el salpicadero, llenando el coche de tirabuzones de humo. «¿Para qué te dice eso? Además… Si de mayor eres guapa —énfasis en Si— y alta —énfasis en y—, serás modelo. O te casarás con un señor del petróleo y pasarás tus días en su yate». Ahí quedó la cosa. La palabra de mi madre era como el evangelio. Fin del debate. Miré por la ventanilla.
Quién me iba a decir que, al menos en parte, se haría realidad la predicción de la Sra. Stern: era actriz. Y para entonces, ya había pasado por unos cuantos hombres. Incluso un petrolero, al que acabé encontrando carencias. Pero seguía buscando, seguía insatisfecha, seguía inquieta y estancada, seguía desesperada por complacer, propensa a periodos de una desesperación abrumadora. Seguía bebiendo de forma compulsiva cuando era incapaz de dilucidar qué hacer o cuando necesitaba escapar de mi cuerpo. Quería pistas, señales, buena suerte. Quería que alguien me dijera cómo se desarrollaba la trama. Quería que alguien me explicara con todo lujo de detalles lo que me depararía el futuro.
Ahora, muchos años y muchos videntes más tarde, volvía a estar aquí. T. pasó un buen rato estudiando las cartas y luego las fue apilando en un mazo ordenado. Juntó los dedos en forma de tienda de campaña, con sus uñas sin esmalte rozándose y con la clase de convicción que una se espera de una tarotista me dijo: «En Praga va a cambiar tu vida». El gato que tenía a sus pies levantó la vista hacia mí como si se mostrara de acuerdo con ella.
Sonreí. Ahí estaba: mi vida iba a cambiar en Praga. Luego pasó a decir que conocería a un hombre menudo que se convertiría en alguien importante para mí, y que allí se revelaría el verdadero sentido de mi vida. Sonaba bien. De hecho, pareció que el desarrollo de la visita sería mucho mejor que la de la última médium a la que había visto, la cual me informó de que en mi vida pasada me había tenido cautiva mi propio padre y me había encerrado en una tumba de cemento en el bosque hasta mi muerte, una vida en la que me quemaron viva, sin que nadie me conociera.
Me iba a Praga para rodar la película Hellboy, para la que me habían fichado como Liz Sherman, una chica con habilidades piroquinéticas que, en un arranque de ira, había hecho arder a toda su familia y debía aprender a controlar sus poderes. El director, Guillermo del Toro, me había visto en una película independiente titulada Storytelling y le pareció que mi cara albergaba un gran gesto de pérdida. Dicha pérdida era la esencia de Liz, me dijo. No podía tocar a nadie. Cualquier sentimiento la hacía arder. El papel encajaba conmigo porque, durante años y desde los veintipocos, solía tener la sensación de que me ardían los brazos. Aquella sensación iba y venía de forma inexplicable: un cosquilleo que me bajaba hasta las yemas de los dedos, como pequeñas descargas eléctricas, y después un ardor tan intenso que sentía que iba a explotar… Y después, desaparecía. Aunque era un incordio, nunca le hablé a nadie de aquello, ni siquiera a mi madre. Tan solo era un misterio más sobre mi cuerpo que no lograba entender.
Así que me marché a Praga, donde esperé a que llegara el momento mágico que me cambiaría la vida y que había predicho la tarotista. Un hombre bajo me buscó, un refugiado de la antigua Yugoslavia —T. tenía razón en ese tema— y pasamos las noches juntos, bebiendo slivovitz y champán en bares. Nos peleamos, nos reconciliamos, nos emborrachamos, nos peleamos, nos reconciliamos, nos enrollamos y volvimos a beber. Me sentía como si viviera en una novela de Bukowski. Por la mañana, me levantaba preguntándome quién era este hombrecito de ojos azules tatuado, atractivo y tranquilo que tenía a mi lado. Preguntándomelo para acabar dándome cuenta de que ahora era mío. Este no era el cambio que deseaba.
Cuando terminamos el rodaje, volví a Los Ángeles, dando tumbos una vez más. Mi vida no se había transformado en Praga, solo que me había vuelto incluso mejor, y también peor, en aquello de la bebida, una habilidad en la que ya era excelente. Volviendo la vista atrás, ahora veo que sí aprendí algunas cosas. Cómo interpretar a una mujer que intentaba conseguir el control de su propio cuerpo desobediente. Cómo distraerme del dolor de mis brazos cuando notaba que empezaban a arder. Cómo pasar largas y solitarias noches en bares y, de algún modo, superar el día siguiente.
Pero en aquel entonces, sentía que había perdido la esperanza.
Lo que no sabía en aquel entonces, algo que estoy empezando a aprender ahora, es que no necesito que un adivino me cuente una historia sobre quién soy o hacia dónde voy. No necesito que un vidente o un médium conecte mi pasado y mi presente. Ahora sé cómo se desarrolla la trama. He visto cómo encajan las piezas. Y quiero ser yo quien lo cuente todo.
primera parte
No estoy segura de cómo encauzar mis pensamientos caóticos para convertirlos en palabras y oraciones con sentido. Por eso empezaré con lo que sé:
Todos nosotros buscamos una historia que explique quiénes somos.
Como escribió Joan Didion, «Nos contamos historias para vivir». No solo estamos hechos de las historias que nos contamos, también de las de otras personas: las historias que nos cuentan y las que estos cuentan sobre nosotros.
La primera historia que me contaron sobre mí —aparte de la de cómo mi madre se quedó mirando mientras el médico me sacaba de sus entrañas— es que de bebé era mala, malísima.
Vine a este mundo con la boca arrugada, en un gruñido perpetuo. Nací con el ceño fruncido, con la cara definida por unas cejas gruesas que los adultos codiciaban. Pero en una niña —en un bebé nada más y nada menos— parecía que mi cara juzgaba, que lo analizaba todo. Nadie sabía qué pensar de ella.
Cuando llegué a casa del hospital, mis tres hermanas se apresuraron a saludarme: Mimi, de once años; Katie, de cinco y Lizzie, de casi dos. Mi madre me sostuvo en su regazo y Katie le preguntó si yo era su bebé. No, no lo era, decía mi expresión. Unos pocos días después, algunos niños del barrio pasaron por casa a conocer a la nueva niña de los Beitner. En cuestión de minutos, se marcharon gritando, advirtiéndole a quien los escuchara: «NO vayáis allí. Los Beitner tienen un bebé con malas pulgas». ¡Imaginaos! ¿Alguna vez habéis oído que describieran así a una niña? ¿Qué podría haber hecho yo? ¡Si solo tenía unos días de vida! Un bebé gruñón. Solo quería que alguien me cogiera en sus brazos, creo. Quería que me tuvieran en brazos. Pero en lugar de eso, se marchaban y cotilleaban. Desde el mismísimo principio, era una incomprendida.
No obstante, la etiqueta se quedó conmigo, algo propio de ellas. Lo que la gente te llama sí que importa. Las palabras que empleamos tienen peso. A veces lo decimos por decir, pero es cierto. Es como si te colocaran una pegatina en la espalda que puede leer el resto del mundo. Pero tú no puedes leerla. Antes de poder hablar siquiera, me dijeron quién y qué era. Era mala.
En mi defensa, no tuve un nombre de verdad durante mis primeros años de vida. Mi partida de nacimiento tan solo dice: «Baby Girl Beitner». De bebé, me pusieron el apodo «Baby Bear». Mi madre me dijo que me llamaban Bear porque tenía tanto pelo en la cabeza que tenían que frotarla para hacerle sitio a mi frente. (Esta parte de mi historia me hacía sentir mal, hasta que leí que Brooke Shields nació con la misma aflicción.)
Finalmente, mi familia empezó a llamarme Blair, por Blair Moody, según nos contó mi madre. Un senador y juez estadounidense de Michigan al que admiraba. Me hacía gracia, por lo moody que era yo dadas mis malas pulgas. (Y en cuanto a esto os digo: ¡Cuidado con el nombre que le ponéis a vuestros hijos!) Recuerdo que era Blair, porque lo deletreaban cada vez que hablaban de mí, como si yo no pudiera componerlo. «B-L-A-I-R fue una borde» o «B-L-A-I-R quiere venir».
Esto continuó hasta que cumplí tres años, cuando fui a preescolar y me dijeron que debía tener un nombre legal. Mi madre decidió llamarme Selma, por su adorada amiga que murió en torno a cuando nací yo. En la tradición judía, a los bebés nunca se les pone el nombre de una persona viva, por lo que le pareció un homenaje adecuado. Los otros nombres que se barajaron fueron Ethel, Gretel —nombre que me habría gustado—, Marta, Martha y Gwyneth. (¡Gwyneth! ¡Y pensar que yo podría haber sido una Gwyneth más!). Llegó un punto en que proclamé a pleno pulmón: «¿Cuándo voy a tener uno de esos nombres de verdad?», refiriéndome a los apodos que me pusieron mis hermanas: Ducky, Precious y Princess. Quería un nombre bonito. Pero no iba a ser así. A partir de este momento, era Selma Blaire Bear Beitner, aunque mi madre acabó quitando la «e» de Blaire porque le pareció «demasiado pretencioso». Y ahí lo tenéis.
Durante toda mi vida he sido ambas. Selma y Blair. Mis dos nombres acabarían definiéndome, al igual que las historias que los rodean.
De niña nunca acepté el nombre de Selma. Me parecía un nombre de señora mayor, no uno que encajara con una niña pequeña. Cuando me daban a elegir, siempre pedía que me llamaran Blair, pero en la escuela elemental me llamaron «Selma» un montón de veces. Cada vez que la profesora pasaba lista, me daba demasiado reparo preguntar: «¿Me puedes llamar Blair?». Así que durante toda la jornada lectiva era Selma; en casa, Blair. A mi madre siempre le dio lástima que no me gustara Selma. Una versión femenina de San Anselmo, el monje benedictino. O una referencia a Selma (Alabama). Era un buen nombre, me recordaba ella a menudo.
Cuando tenía cinco años, mamá, papá y yo nos fuimos de excursión de fin de semana, donde forjé una amistad con una familia que tenía un bebé. Mientras pasábamos el rato cerca de la piscina, la madre preguntó cómo me llamaba, y yo como si nada le respondí que Lisa: un nombre bonito y normal. Como Lisa, jugué con aquel bebé durante tres horas, ayudándola a navegar por la piscina del hotel con sus manguitos. Cuando el sol de la tarde se hundió en el cielo, la mujer se acercó a mi madre y le dijo que su hija Lisa había sido muy servicial.
«¡Lisa! —se lamentó mi madre— ¡No se llama Lisa! ¡Menuda chalada! ¡Menuda mentirosa!».
La mujer me miró como si me estuviera viendo por primera vez. Se había borrado mi tarde agradable. Ya no era Lisa, y ahora era una mentirosa, para variar.
Mi madre me apodó Saintly, pero lo hizo con picardía. De santa no tenía nada. A veces era una santa con mi madre, pero para todos los demás, era un bebé malo.
De pequeña, compartía habitación con mi hermana Lizzie, ya que éramos las que menos años nos llevábamos. Nuestros padres nos dejaron elegir el papel pintado, y como a Lizzie le daba igual, elegí un estampado con florecitas blancas. Lo elegí porque era exactamente como el papel pintado que Jessica Lange describió que tenía en su infancia en la película Tootsie. Incluso en aquel entonces, las ideas y las esperanzas me las daban las películas. .
Nuestra habitación tenía dos camas de 90 y esos estores de vinilo de los que tenías que tirar para subirlos o bajarlos. Cada mañana, salía de la cama muy, muy rápido. Nunca me ha gustado quedarme en un sitio. (Increíble, ¿verdad?) Me apresuré a bajar el estor, para que hiciera clic y se subiera con gran estruendo, mandando el sol difuso de la mañana directo a los ojos de Lizzie.
—Yehi or! —gritaba desgañitada, citando las primera líneas del Génesis, la expresión hebrea para decir «¡Hágase la luz!».
—¡Blair! —graznaba ella frotándose los ojos—. ¿Por qué haces esto?
Después recorría la habitación, abría la puerta de un golpe, encendía la televisión de encima de la cómoda de arce de la infancia de mamá, de su madre antes que suya, y encendía las luces. Necesitaba vida de inmediato. Necesitaba cada pedazo de todo, cada pedazo de ayuda, cualquier cosa que pudiera alcanzar para motivarme a aceptar mi día. Incluso en aquel entonces, hacía esto.
Así era como empezaban nuestros días. Sacaba de quicio a Lizzie. Pero ella me aguantaba. Cada noche, nos dábamos las buenas noches una y otra vez hasta que una de las dos se dormía. Siempre estaba ahí conmigo.
Tenía tres años y estaba saltando en la cama con Lizzie cuando le hundí los dientes en la espalda sin motivo aparente que yo recuerde y le arranqué un trozo de piel, dejándole una marca azulada-rojiza en la piel. Por esto también me perdonó.
Cuando murió Abraham, el padre de mi padre, yo estaba al lado de mi padre mientras él recibía el pésame en el funeral y le di un puñetazo en la entrepierna a cada hombre que se nos acercó. Les llegaba a la entrepierna, y de alguna forma me pareció que tenía sentido lo que hacía. (Tras aquello me prohibieron la entrada a funciones familiares y me hicieron quedarme en casa con nuestra niñera.)
Luego tenemos la vez que nuestro vecino de al lado, el Sr. Glen, estaba ajustando los aspersores con una vara larga de metal, la llave de la válvula de agua, y con el fervor de un perro que persigue a un intruso, fui corriendo hasta su jardín, le quité la vara de la mano, le di un meneo y le golpeé directamente en las pelotas. Puente quemado al instante. Le dijo a mis padres que «mantuvieran a aquella alimaña fuera de su jardín».
Por un momento, cuando tenía seis años, tuve una niñera que era la hija de un amigo de la familia. Tenía una amputación a la altura del nudillo del dedo anular. Se lo cortó con una cizalla, me dijo después de que le preguntara. Me quedaba mirándole el dedo mientras me leía Lassie, imaginándome cómo debía de ser ser ella.
Una tarde, mientras jugábamos a las damas, decidí hacer que se sintiera mejor. Doblé el dedo anular, fingiendo que parte de él se había ido. De manera equivocada, intentaba crear una conexión con ella. Pensaba que me creería y pensaría «¡Somos iguales!» y que eso nos uniría. En cambio, le contó a mi madre que me estaba burlando de ella.
Nunca volvió.
A veces, pasaba el rato sola en el parque de detrás de mi casa después de clase, practicando mi gimnasia. Una de mis especialidades era el suicida o cherry drop, un truco en el que enganchas las rodillas sobre una barra de metal, te balanceas y te balanceas, y luego te das la vuelta y caes de pie. «Impresionante», decía la madre de algún otro niño, a lo cual respondía: «Sí, estoy entrenando para las Olimpiadas». Luego hacía la pose, con los brazos estirados y al vuelo, los dedos extendidos, como si acabara de terminar mi rutina de suelo ganadora. Por si eso no bastara, seguí con aquel cuento y le dije que mi entrenadora llegaría en un rato.
Cuando tenía dos o tres años, en unas vacaciones en Puerto Rico, me separé de mis padres en una plaza concurrida. Una mujer mayor me encontró vagando sola; se me acercó y me preguntó: «¿Te has perdido, pequeña?». La fulminé con la mirada con mi cara de niña mala y cuando se negó a irse le grité: «¡Cállate!». Cuando volvió a preguntarme si necesitaba ayuda, le chillé: «¡Largo de aquí!». Sobresaltada, la amable mujer esperó hasta que me reencontré con mi familia, momento en el cual le dijo a mi madre de lo horrible que era y huyó del lugar rauda y veloz. «¡Cállate! ¡Largo de aquí!» se convirtió en una frase que se repetiría con asiduidad en nuestra casa durante los años venideros.
En cuarto curso, reté a Ilyssa Wolin a tragarse una fila de grapas para quedarme con sus vaqueros cuando muriera. La recuerdo vagamente doblando hacia adentro los extremos puntiagudos con sus uñas pintadas de morado y tragándose las grapas. Aunque quería esos vaqueros, debí de sentirme aliviada cuando el día siguió su curso sin una muerte repentina.
Uno de mis peores triquiñuelas recurrentes de niña mala era fingir que había perdido un pendiente. De niña, siempre los perdía al probarme jerséis de cuello cisne y quitármelos. En alguna parte había aprendido que esta era una forma consistente de obtener la atención que ansiaba. En la guardería, gritaba: «¡Madre mía! ¡Oh no! ¡Perdí un pendiente! ¡Se me cayó de la oreja al suelo!». Como un reloj, todo el mundo dejaba lo que estuviera haciendo y se arrastraba por el lugar buscando mi joyería «desaparecida», una que nunca iba a encontrarse porque estaba a salvo en mi bolsillo.
Una vez que ya había ejecutado este truco en suficientes ocasiones para un público familiar, decidí llevarlo de gira. Un niño de mi antigua guardería celebraba su fiesta de cumpleaños y me invitaron. Una vez más, le dije a todos los presentes que había perdido un pendiente. «¡Mi madre me va a matar si no lo encuentro!», me lamenté, enviando a la pobre madre del niño a revolver por ahí para localizarlo. Se puso de rodillas, a cuatro patas, revolviendo el lugar para encontrar mi tachuela desaparecida, dando toquecitos por debajo de los zapatos y apartando trozos de chicle cuando debería haber estado disfrutando de la fiesta de su hijo. Todo el mundo pasó la mayor parte del tiempo buscando.
Cuando mi madre vino a recogerme, la madre del chico se le acercó y le prometió calmada que intentarían encontrar el pendiente.
—Selma, ¿pero qué demonios…? —gritó mi madre.
—Lo siento mucho, Molly —le dijo la mujer a mi madre en un tono sosegado—. Selma dijo que tienes bastante pronto…
—¡No perdió ningún pendiente! ¡Es una mentirosa!
Y así se descubrió el pastel.
Hasta ese momento, la madre del niño no había sido más que amable conmigo, pero en ese instante todo cambió. Los paquetes de caramelos estaban todos en hilera en una mesa. Al ir a por el mío, me miró a los ojos y me dijo: «De eso nada». Ahí está una buena madre.
Al volver la vista atrás, creo que tenía celos de lo mucho que aquella madre quería a su hijo. Se esforzó muchísimo para organizarle a su precioso niño una preciosa fiesta a su altura, y yo deseaba que me cubrieran del cálido brillo de esa clase de atención. Anhelaba entender cómo se sentía. Creía que tenía que haber alguna emergencia para recibir atención, y ante la ausencia de una emergencia de verdad, la fabricaba yo.
No me di cuenta de que estaba destrozando la fiesta de alguien, o de que le estaba arrebatando algo a este niño, hasta que se acabó. Ese fue solo una de mis costumbres de mala, una afición por aguarle la fiesta a todo el mundo. Importunaba a la gente, según decía mi madre, pero era una incomprendida en realidad. Lo único que quería era ser amiga de aquel niño, y en vez de eso frustré mis oportunidades de serlo. Aún me pregunto si alguien sabe que soy la misma Blair que puso a todo el mundo a buscarle un pendiente.
Y para colmo, también les dije a todos los niños de la fiesta que los perritos calientes —minisalchichas— se parecían a la pilila de mi padre. Mi madre me abordó en el aparcamiento en cuanto se cercioró de que no nos oyera nadie.
—Selma, ¿cuándo le has visto tú el pene a tu padre?
—No se lo he visto. —le dije. Nunca se lo había visto. Solo me pareció algo que podía decir. Algo gracioso.
Mi madre se echó a reír, le hizo muchísima gracia que ahora todos los niños pensaran que mi padre iba equipado con una salchicha envuelta. Cuando llegamos a casa, me hizo contarle la historia para que mi padre supiera cómo lo había difamado. No creo que le importara especialmente, aunque estoy segura de que él no habría elegido ese discurso.
Una y otra vez, mis impulsos tan solo me consolidaban como una mala pécora, malvada, terrible, pero cuqui y decidida. Me sentó… no demasiado bien. Y me siento culpable y avergonzada por todo aquello, fatal incluso, una vez que me di cuenta de lo que había hecho. Pero sin ningún plan real para cambiar la persona que era. Lo que decía mi etiqueta. Bebé malo. No sabía cómo mejorar las cosas. No entendía cómo ser empática. O paciente. A decir verdad, no era perversa; era sencillamente una niña que no planeaba bien sus acciones. Pero no importaba. Vivía a la altura de mi nombre.
Era un bebé malo. Como si hubiera tenido elección…
Mis tres hermanas y yo nacimos todas a las nueve menos cuarto un viernes por la mañana, programadas adrede para que mi madre tuviera el fin de semana para recuperarse, según nos cuenta ella, y volver a trabajar el lunes. Mi madre siempre nos dio mucho la murga con esta historia, sea verídica o no. Mi hermana Katie dice que es un mito, que mi madre se quedó en casa por una baja por maternidad estándar de unas seis semanas. Pero a mí me gusta más la versión de mi madre, porque me parece un reflejo más acertado de ella. La versión de sí misma que quería que se viera. Fuerte, decidida, notable, formidable, seguramente la impresión que quería entre sus compañeros de trabajo. (Y creo que, para cuando llegue yo, era tal profesional que puede que incluso hubiera vuelto al trabajo a los tres días de dar a luz.)
Vine a este mundo el 23 de junio de 1972 en el Hospital Sinai de Detroit. El médico responsable se llamaba Dr. Liptschitz, hecho que siempre me ha parecido muy gracioso (al igual que a mi hijo). Al igual que con gran parte de mi folclore, descubrí este dato por una lectura tiempo después, en un libro de bebé que encontré en el sótano. Con su cubierta mullida de tafetán rosa con manchas de humedad por una de las veces que se inundó el sótano, parecía viejo, incluso la primera vez que me topé con él cuando era niña, las páginas manchadas de moho y con marcas de agua, la tinta ya cambiando de colores. Hay una foto mía de recién nacida, y debajo de ella mi madre había escrito: «Tiene los ojos tan azules…, ¡y todo el mundo dice que es clavadita a su mami!».
Estas palabras me emocionaron en aquel entonces y lo siguen haciendo en la actualidad. Deseé ser como mi madre desde el segundo que nací.
Lo verdaderamente increíble de mi nacimiento fue que mi madre, que nunca había visto una de sus cesáreas antes, les dijo a las enfermeras: «Esta es mi última oportunidad. Quiero verla». Así que se quedó, apoyada sobre los codos, y observó mientras le cortaban la barriga. Le encantaba contarme esta historia, normalmente después de cenar, una vez que se había tomado un par de copas de vino. Mi historia de nacimiento me enorgullecía. Orgullosa de que mi madre fuera testigo y decidiera serlo.
—¡Selma, fue una locura! ¡Me sacaron los intestinos y todo! —me decía— ¡Y los pusieron en la mesa!
—¿Y te dolió? —le preguntaba.
—No, doler lo que se dice doler no —me decía—. Era como si te pincharan en distintos sitios. ¡Estaba superentusiasmada por ver a mi bebé!
Me recordaba que todas las enfermeras lloraron —esta parte también me encantaba— porque nunca habían visto a una madre tan involucrada con la experiencia de verse mientras le cortan el vientre y de observar mientras levantan al bebé totalmente cocinado.
—Y luego te sacaron y dije: «¡Ay, qué preciosidad!».
Algunas personas miran a su familia para descubrir el origen de ciertos rasgos físicos. ¿Qué han heredado del pasado? ¿Tienen la nariz de la tía Joan? ¿Los ojos de su tío Fred?
Yo miro a mi familia buscando indicios de enfermedad, pruebas de tristeza. Miro a mi historia para trazar de dónde proceden mis afecciones y si se pueden superar. También los miro a ellos para encontrar indicios de resiliencia, pruebas de fuerza.
Para entender el transcurso de cualquier ciclo, debemos remontarnos a su comienzo. Antes de mí estuvo mi madre, Molly. Y antes de ella, estuvo su padre, James Cook, el hombre al que conocí como PopPop. Cuando abro la puerta al pasado para tratar de entender quién soy, mi abuela materna es la primera a la que veo. Soy hija de mi madre, creada a su imagen y ella es era hija de su padre, creada a su imagen y semejanza. En cuanto cierro los ojos e imagino, ahí está él, hecho un pincel, con su pajarita, con esa misma sonrisa torcida que heredé yo.
PopPop nació en una familia judía en Kiev, donde su padre regentaba un exitoso negocio de sastrería conocido por su ojo exquisito para la confección. Cuando empezaron los pogromos a comienzos del siglo xx, su padre trasladó a la familia a Estados Unidos. PopPop tan solo tenía dos años. La familia siempre se aseguró de decir que viajaban en segunda clase hasta Ellis Island. ¡De tercera clase nada! A mis familiares les importaban las apariencias, aun cuando estaban escapando de una persecución.
La familia se instaló en Filadelfia y se fue desviando del judaísmo para integrarse —para convertirse en estadounidenses—, aunque hace poco me enteré de que PopPop hablaba yidis con fluidez. De hecho era miembro del Kohamin, descendientes del Aarón bíblico a los que se les conceden privilegios especiales en la sinagoga. Son elegidos más allá de los elegidos. Aun así, se consideraba judío étnico y no religioso. Y estadounidense ante todo.
Mi abuelo era uno de once hermanos, y de niño trabajó con su hermano mayor Sam vendiendo guisantes en Dock Street en Filadelfia. Me enteré de lo de vender guisantes hace muy poco por mi prima Joana. «Espera, ¿que PopPop tenía un carrito de verduras?» Mi PopPop elegante y cosmopolita. Me parecía imposible de creer. «¡A lo My Fair Lady, solo que yidis!». Ese detalle me cautivó.
Cuando PopPop era adolescente, su hermano Paul estaba de paseo con su padre y no vio el tranvía que se dirigía hacia ellos. Su padre levantó la vista justo a tiempo para empujar a Paul fuera de la trayectoria del tranvía antes de que este lo golpeara y lo matara al instante. Según me cuentan, mí bisabuela chilló y lloró mientras bajaban el ataúd de su marido al interior de la tierra. Estaba sola. en un país extranjero, con once niños a los que alimentar. En su cara quedó escrito el duelo para toda su vida. A Paul y algunos de sus hijos más pequeños los enviaron a un orfanato, mientras que a PopPop lo consideraron lo suficientemente mayor para vivir solo.
PopPop y su hermano Sam llegaron a convertirse en los exitosos propietarios de una cadena nacional de supermercados llamada Penn Fruit. Como hombre rico, PopPop se reinventó. Se mudó cerca de la elegante Main Line de Filadelfia y adoptó el uniforme de blanco anglosajón protestante de tweed y sirsaca.
Solo conocía a PopPop como un hombre estadounidense inusualmente urbano y sofisticado, amante de Shakespeare y Saul Bellow, adinerado y de vestir impecable, con pajaritas que iban a juego con sus adorables piernas arqueadas. Era un abuelo cariñoso que firmaba las cartas que me enviaba con «Océanos de amor, PopPop». Para mí, aquellas palabras albergaban todo tipo de posibilidades. Un océano de amor. Aquellas palabras eran lo opuesto a no sentirse querida. La promesa de algo exótico y grandioso. Es una frase preciosa. Sigo usándola, muy de vez en cuando, para las mejores personas.
Al crecer, mi hermosa madre Molly fue definitivamente una niña de papá. Era el orgullo y la alegría de PopPop pero al igual que muchas relaciones fue complicada. Él conocía perfectamente las inseguridades de ella y podía ser una persona muy crítica. Cuando yo tenía 10 u 11 años tuvieron una discusión terrible después de la cual su relación nunca volvió a ser la misma. Empezó cuando él comentó que ella tenía la cara humedecida de sudor, un insulto que ofendió a mi madre muchísimo, ya que ella atendía a su apariencia de una forma muy meticulosa. «¡Que lo encierren!», gritó mi madre entre lágrimas. La oí hablando de esta «pulla» por teléfono con una amiga. «Yo nunca sudo —dijo—. Mi padre más que nadie debería saberlo». Esto era cierto, al menos por lo que yo podía notar. La cara de mi madre siempre estaba mate, su piel perfectamente empolvada. Sin signos de transpiración, jamás, al igual que no había signos de debilidad.
PopPop murió unos pocos años más tarde, cuando yo estaba en noveno curso. Hicimos el trayecto en coche desde Michigan hasta Pensilvania para enterrarlo. Mi hermana Lizzie me metió un bastón de caramelo por la nariz y salió la sangre a borbotones al partirse. Mi madre miró hacia el asiento de atrás para ver lo que había pasado. Yo tuve la consideración de no quejarme. Su padre había muerto. Sabía lo mucho que lo quería, a pesar de todo.
Cuando le echamos tierra a su ataúd, mi madre lloró, se lamentó aquel oscuro día de invierno. «¡Papá! ¡Mi papá!».
Siempre hay una persona que nos hace perder los papeles, que conoce nuestras debilidades y nuestras neuras y que no puede evitar ir a degüello. Son las personas que más nos hieren, porque nos importa muchísimo lo que piensan.
Para mi madre, esa persona era PopPop.
Para mí, esa persona es mi madre.
¿Era mi madre una niña de papá porque a su madre no le caía bien? ¿O era su madre quien la menospreciaba por su devoción a PopPop? Siempre me decían que mi abuela Goggy era una sádica con mi madre, pero los detalles siguen sin estar claros. Nunca sabré si fue un incidente aislado o solo una larga retahíla de desprecios e insultos que se fueron acumulando con el tiempo. En mi familia, parece que nadie recuerda con exactitud lo ocurrido, tan solo que Lillian siempre favorecía a mi tía Sally, y PopPop, a mi madre.
Según las leyendas familiares de los Cooke, la primera cosa de la que se percató PopPop en Lilian Minor fueron sus piernas. «¿Quién es la señorita de espectaculares piernas?», preguntó sobre la chica nueva y guapa que trabajaba de cajera en el supermercado que dirigía él. Tenía dieciséis años; ella, quince. Se casaron poco después y tuvieron dos hijas.
A mi madre le pusieron el nombre de una tía de Lillian que murió por complicaciones tras un aborto: una historia trágica que no se edulcoró y que tuvo la consecuencia intencionada de provocarme pavor al sexo y a quedarme embarazada.
Al igual que PopPop, Lillian era hija de inmigrantes de primera generación, y su hermano James murió a los trece años debido a una fiebre reumática. Cuando llegó el embalsamador para preparar el cuerpo para el entierro, mi madre observó mientras le drenaban la sangre en un caldero. Desarrolló un miedo a la sangre que le duró el resto de su vida, y que transmitió a mi madre. (Ahora mi hijo también tiene esta aversión. Un golpe en un dedo del pie o un roce en la rodilla basta para dejarlo sin respiración.)
Con los años, Lillian se volvió más seria e infeliz; no estoy segura de qué llegó primero. Al final PopPop, que juzgaba a las mujeres con dureza por su peso, dejó de interesarse por ella. Su matrimonio dio bandazos, y acabaron distanciándose y luego divorciándose.
Cuando era pequeña, Lillian vivía sola en un edificio de apartamentos lujoso no muy lejos de nuestra casa de Southfield (Michigan), e invitaba a sus nietas —Katie, Lizzie y yo— a pasar la noche. (Mimi era demasiado leal a PopPop y ya estaba mayor para pijamadas en aquel entonces.) Pero a nosotras tres nos encantaba. Se ocupaba de nosotras de una forma que nuestra madre no hacía. Nos dejaba comer dulces, nos llevaba a ver The Wiz, jugábamos al parchís. Le tenía bastante cariño. Aun así, siempre me preparaba para el día que me pusiera en evidencia o me hiciera daño, porque mi madre me dijo que eso era lo que hacía Goggy.
Esperé. Nunca ocurrió.
Quería a mi madre y quería a mi abuela. Quería entender lo que había pasado entre ellas, en parte porque no quería que pasara lo mismo entre mi madre y yo. Por eso, un sábado por la noche cuando estaba con Goggy, le pregunté: «¿Crees que fuiste buena madre?».
Hizo una pausa, pensándoselo, y luego me dijo: «Sí, lo intenté. ¿Por qué?».
Lo admití. «Mi madre dijo que no».
No me dijo nada, y nos fuimos a dormir.
De camino a casa al día siguiente, mi hermana Lizzie informó a mi madre de lo que había dicho. Nunca nos volvieron a permitir visitar el apartamento de Goggy. Después de aquello, apenas la vimos, excepto en reuniones familiares en casa de la tía Sally con el tío Jim y los primos. Nuestra alianza era con nuestra madre.
Cuando Lillian vivía sus últimos años en una residencia, mi madre y ella se reconciliaron. Lo suficiente. Mi madre en aquel entonces bebía con moderación, y para Navidad le dejaba cajas de bebidas alcohólicas a Goggy, suficientes para una boda de tamaño considerable. «Ahí va, debería durarle un año a Goggy», decía. Literalmente, llevó a su madre a la bebida. Pero puede que mi madre lo considerara una señal de amor. El alcohol era el mayor bálsamo que conocía.
Cuando mi madre era adolescente, contrajo una infección vírica que puso su vida en peligro, y Lillian la envió a una institución para su convalecencia. Mi madre se puso tan enferma que a su familia le dijeron que se prepararan para su muerte. Se recuperó, pero la infección hizo que perdiera todo el pelo. Una noche se había ido a dormir con una melena oscura, y cuando se despertó, cada uno de sus mechones estaba en la almohada. El pelo le volvió a crecer, dañado y fino. El pelo, y mi madre, nunca volvieron a ser los mismos.
Este era un periodo de su vida sobre el que rara vez hablaba. Incluso se puso un nombre distinto durante aquella época: Roseanne. Quería fingir que todo aquel episodio le había ocurrido a otra persona.
Solo me enteré de esto cuando encontré un dibujo escondido entre sus recuerdos. La firma decía: «Roseanne».
«Esto está muy bien, mamá. ¿Quién lo hizo?», pregunté.
Y me dijo: «Ah, lo hice yo, después de la secundaria».
«Pero el nombre dice “Roseanne” —ladeé la cabeza—. ¿Quién es Roseanne?».
Mi madre me lo explicó como si fuera algo totalmente normal. Era su intento de crear un yo separado, casi como un personaje que había interpretado en una obra. Eso fue todo cuanto me dijo. Al interior de su cajón se marchó, una cajón que nunca volvería a abrirse.
A PopPop le importaba mucho mantener las apariencias, y mi madre siguió su ejemplo. Siempre iba de punta en blanco con un traje de Ungaro y tacones de 10 centímetros de Charles Jourdan, nunca sin la cara llena de cosméticos. Solo una vez la vi en deportivas —unas Ked chic de un estilo que quizá hubiera llevado su ídolo Jackie O—, conjuntados con sus característicos labios rojos.
Era una verdadera belleza; parecía una Anne Bancroft joven. Tenía buena altura, una buena figura y estaba delgada. A lo demás, según entendía, podía dársele glamur. Quería dejar huella.
A mis hermanas y a mí no nos dejaban entrar en la habitación de nuestros padres hasta que mi madre estuviera «completa», es decir, totalmente vestida y arreglada. Ni siquiera abría la puerta del dormitorio a menos que tuviera el pelo arreglado, los labios rojos, la cara contorneada por los mapas de maquillaje de Pattie Boyd y un colorete rosa. Mantenía tenues las luces de la casa para disimular los signos de su envejecimiento, llegando incluso a quitar algunas bombillas. «Me veo mejor con iluminación baja», decía. Una amiga de Mimi dijo una vez que mi madre parecía una loca porque usaba demasiado colorete y me enfadé tanto que no volví a hablarle.
La pérdida de densidad capilar de mi madre a causa del virus permaneció oculta como el mayor de los secretos. Siempre llevaba un postizo bien arreglado mezclado con su pelo, algo que descubrí por mero accidente. Un día, estaba escondida en su cama, debajo de una manta, cuando la vi salir del vestidor. Al principio, no la reconocí; necesité un rato para entenderlo. Estaba tan impactada que no pude moverme. Hasta ese momento, no tenía ni idea de que su pelo era una peluca. No estoy segura de si sabía que yo estaba allí, si sabía que yo sabía su secreto. Nunca lo hablamos.
Roseanne estaba calva. Molly no. Ahora me gustaría pensar que aquello no habría sido algo tan serio o tan importante. Pero era distinta a su generación, y una familia que consideraba que la enfermedad era equivalente a la debilidad, y la debilidad suponía arriesgarse a convertirse en una víctima, y por ello protegía su fachada de fuerza por encima de todo.
Una vez, la vi tumbada en la cama sin peluquería y maquillaje. Me quedé atónita al verla de esa forma, con un camisón de algodón, un turbante de rizo, pálida, sin rímel o pintalabios. Parecía una faraona. En verdad, estaba bastante hermosa de aquella manera. Pero también me asustaba, porque esta no era la madre que conocía. Qué impactante descubrir que por debajo de todo aquello, parecía una joven encantadora.
Mi madre era capaz de convertirse en el centro de todas las miradas. Igual que hizo con PopPop, poseía una cualidad de estrella, un foco inherente que la seguía allá donde iba. Era una esfinge; la gente la consideraba de lo más misteriosa porque su mirada albergaba tristeza y diversión a la vez. E iba bien vestida. Mi madre entendía que la presentación lo es todo. PopPop tenía sus trajes a medida. Mi madre siempre iba vestida con elegancia. No es de extrañar que a mí también me encante la alta costura.
Si pasábamos por delante de una niña vestida como una muñequita por su madre, mi madre tomaba nota y decía «A esa niña la quieren». Que yo no estuviera bien arreglada era la mayor decepción de mi madre. «Selma, por favor, ponte guapa —me decía—. Significa mucho para mí». Una vez que era capaz, de verdad que me esforzaba. Y me ganaba su beneplácito, porque nada era más importante que presumir de sus hijas. Nos quería. Y nos quería más cuando teníamos buen aspecto.
Teníamos muy pocas cosas, pero eran cosas bonitas. Mi madre me compró mi primer abrigo de Burberry cuando tenía doce años. (Recuerdo que a la dependiente se le salieron los ojos de las cuencas al ver la etiqueta de mil dólares cuando registró nuestra compra en la caja. «¡Qué niña más afortunada!», exclamó.) Mi madre incluso pidió que me bordaran mi nombre en el interior, al igual que hacía ella en sus visones, sus martas y sus zorros árticos. (Corrían los setenta.)
Para mi madre, la moda era mucho más que un armario. Era un personaje. Fue de ella de quien aprendí que la ropa adecuada podía protegerte de un mundo que quiere despedazarte, que te tratarán con mayor respeto cuando tu aspecto refleja que te cuidan. Cada día ella se vestía para interpretar un papel. En muchos aspectos, fue la primera actriz que observé bien de cerca.
En cuanto mi madre se marchaba al trabajo a las cinco de la mañana, para las dos horas de coche hasta la capital, Lansing, yo iba directa a su inmaculado armario. Me probaba su maquillaje en su tocador, examinaba sus camisas de seda de Yves Saint Laurent y sus vestidos de Givenchy, me ponía sus tacones de Maud Frizon. Todo lo que le pertenecía era de calidad. Siempre nos advertía en contra de las tendencias, diciéndonos que solo compráramos lo que siguiera siendo un clásico diez años después. Entendía el poder de un uniforme, otra lección que me transmitió. La gente le preguntaba: «¿Cómo te mantienes tan delgada?» y ella decía: «¡Así me caben más cosas en el armario!». Un chascarrillo suyo que no llegué a entender hasta más adelante en mi vida. Pero también entendí que era parte de su frugalidad. Si vas a comprar ropa cara, quieres que te dure toda la vida. Su filosofía era gastar todo cuanto te puedas permitir; luego hacer lo necesario para que te siga entrando. Era muy práctica en ese aspecto.
Al mismo tiempo, me advirtió sobre ceñirme demasiado a mis ideales. Si estábamos por ahí y se percataba de alguien con un look pasado de moda —si nuestra camarera en la steak house era una dama de antaño, con el pelo teñido de negro y un delineado de ojo de gato— usaba a esa persona como ejemplo. «Cuidado, chicas —decía—. Conseguís vuestro look, pero tenéis que adaptarlo a tiempo».
Mi madre ahorraba su dinero. Cuando gastaba, lo hacía con sumo cuidado. Se ofendía si me compraba algo barato que fuera tendencia. «¿Por qué no puedes gastar un poco más y parecer alguien importante, Selma?».
Una vez, cuando estaba en la secundaria, mi madre me llevó al mostrador de Chanel para comprarme un labial. No me quedan bien los labiales y nunca me han quedado bien. Mi cara no los tolera; parezco tosca, no delicada. Pero a mi madre siempre le encantaba verme con los labios pintados y yo quería hacerla feliz. Cuando la persona del mostrador de maquillaje me dijo que costaba veinte dólares, recuerdo cómo siguió. «¡¡¿¿Veinte dólares??!! ¡Me gustan las cosas bonitas, pero veinte dólares…!». Lo compró de todas formas. Era rosa chillón. Después de tantos remilgos, olía mucho a perfume y tenía un sabor tan fuerte a labial de Chanel que nunca me lo puse. Me lo puse solo una vez, en Mackinac Island, con un chaleco de ante verde y el pelo decolorado con raya al lado, justo como le gustaba a ella.
Mi madre tenía reglas. Seguía cada una de ellas a rajatabla.
«No te pongas nada que no te pondrías dentro de diez años.»
«Lo clásico es lo mejor».
«Dale gran dramatismo a todo, que merezca la pena.»
«Lo mismo da librarse por poco que por mucho.»
«Nunca mastiques chicle en público.»
«La gente que dice que algo “tiene clase” no tiene clase.»
«Nunca bebas y conduzcas.»
«La gente que camina con un cigarrillo encendido tiene un gusto pésimo… Apesta.»
«Cuando llegues a la puerta antes de irte, quítate una cosa.»
Pero la regla en la que pensaba todo el tiempo era: «Una buena chica se peina la raya a un lado». Si me hacía la raya al medio, me decía que parecía una renegada de un manicomio. «Selma. Las chicas malas van con la raya al medio. Las buenas se peinan con la raya al lado».
Al recordarlo, veo que mi madre se parecía muchísimo a su padre. Podía ser, al mismo tiempo, afectuosa e hiriente; como PopPop, sabía cómo herir a quienes quería más que a nada. Sus cuatro hijas eran objetivos frecuentes para ella.
Se burlaba de mí por mi ojo vago, por los horribles flancos de mis mejillas, y por lo que denominaba mi cualidad de «jolie laide», de «guapa fea». «¿Cómo puedes ser tan hermosa de perfil pero tan fea de frente?». Mi madre me decía que me parecía a Lauren Bacall, pero solo con la cabeza girada tres cuartos, nunca de frente. «No mires a la gente de frente, Selma, o sabrán que tienes cara de sartén». Siempre, siempre tres cuartos. Esa pasó a ser mi cara ante el espejo y, finalmente, la forma en la que aprendería a posar.
A diferencia de otras madres, que les decían a sus hijas que eran preciosas sin una gota de maquillaje, ella quería que yo tuviera buen aspecto.
«Maquíllate un poco, Selma, ¡que esos ojos parecen hoyos en la nieve!»
«¡Selma! Tienes vello encima del labio. Pero es chic. Muy europeo.»
«Ay, Selma, arréglate el pelo. Parece un plato de lombrices.»
«Selma, ponte las pilas. Ponte presentable, por favor.»
Si alguien me decía que era hermosa, mi madre entrecerraba los ojos, como si me viera por primera vez. «¿Eso crees? El labio se le sale un poco demasiado». Pero cuando me arreglaba, los elogios eran de lo más gratificantes. Los cumplidos eran muy pocos; los repartía con mucho cuidado. Me desvivía por su aprobación.
Llamaba a mis pies zarpas de oso, porque pese a ser planos, tengo los arcos caídos. «¡Ay, Selma! ¡Camina de puntillas!», proclamaba, cada vez que salía de una piscina. «¡Vas por ahí dejando huellas de oso! ¡Es una vergüenza!». Lo planteaba como una broma, pero yo entendía que iba en serio. Mi madre nunca me hacía sentirme avergonzada con facilidad. Aun cuando me criticaba, ya fuera en público o en privado, siempre le quitaba hierro al asunto. De todas formas, todo eso se te mete en la cabeza. Ahora estoy en un momento de mi vida en el que ya no puedo caminar de puntillas, y eso me destroza.
Mi madre siempre se comportaba con aires de aristócrata o de actriz de escenario, aun pese a no serlo. Pero era una persona educada, galante y elocuente.
«Conocer las reglas es romperlas», decía. Eso siempre me parecía fascinante. Era una jueza; ella era las reglas.
La quería y la temía a partes iguales. Al volver la vista atrás, puedo ver que así lo diseñó ella.
«Eres bruja como yo, Selma», me dijo una vez mi madre. No era bruja, o al menos no en la práctica. Tengo la absoluta certeza de que nunca creó una sola poción. Pero sí que me dio cierto poder al decir que nos parecíamos.
A la hora de contar historias, mi madre era la más talentosa de todas. Pintaba el mundo con profecías que se cumplían. Empezando cuando tenía unos cinco o seis años, cada vez que venía alguien a casa, mi madre nos ponía en fila a las cuatro, como los niños von Trapp, y nos presentaba.
«Aquí está Marie, la estudiante», decía de Mimi.
«Katherine, la que destaca sin que nadie lo espere». Esto sacaba de quicio a Katie, y sigue reaccionando igual. «¡No me creo que mi madre me llamara eso! —se lamentaba—. De verdad que es una mierda. Significa que no eres capaz, pero que aun así has hecho cosas. Todo el mundo quiere evitar someterse a las expectativas de otros, ser una persona buena y talentosa que aún no lo ha descubierto o que no he recurrido a su talento». (Katie, y que conste aquí: no eres una de esas personas.)
«Esta es Lizzie, la deportista popular», lo cual a veces alternaba con «Lizzie, la masculina».
«Y por último, pero no por ello menos importante, Selma, la maniacodepresiva».
Esto siempre me hizo gracia porque yo no tenía nada de maniaca. Tan solo había sido una depresiva. Pero no me atrevía a protestar. Me pareció una suerte interpretar el papel que me había asignado. «Ah, ¡pero si es cierto!» decía mi madre, por si a alguien le cabía alguna duda.
Y así, fue fortaleciendo nuestras identidades en nosotras.
A veces también decía crueldades. Una vez, sobre la pizpireta de Lizzie, dijo: «Podrías taparle el alma con una moneda de diez centavos». No era cierto, pero cómo no, Lizzie lo interiorizó. ¿Cómo no iba a hacerlo?
Como mi madre me presentaba a sus amistades como la maniacodepresiva, no solo se convenció a sí misma de que eso era yo; me convenció a mí. Ese papel fue escrito para mí; quería que lo interpretara bien, y yo quería hacer que se sintiera orgullosa. ¿Podremos huir en algún momento de las etiquetas que nos ponen nuestras familias?
Para mi sexto cumpleaños, me llevó a Goldfingers, la boutique de joyería de lo más chic en Applegate Square, un estupendo centro comercial de los 80, y eligió un regalo: un collar de oro que aún me pongo. En un lado había una chica con el pelo cortado a lo bacinilla y una sonrisa, en el otro, la misma chica con el ceño fruncido.
¿La cara informa sobre la personalidad, o era al contrario? Es algo tipo lo de la gallina y el huevo, creo. Pasara como pasara, me hice a mi destino.
