Bemberg - Celina Arreseygor - E-Book

Bemberg E-Book

Celina Arreseygor

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María Luisa Bemberg fue una mujer que se animó a vivir sus ideas. En una sociedad en la que hacer cine era tarea de hombres, supo abrirse camino y atreverse a construir grandes éxitos, tales como Camila; Señora de nadie y Yo, la peor de todas; con personajes femeninos reales que emocionaron a multitudes.   En esta biografía, Celina Arreseygor presenta material exclusivo acerca de la vida y obra de Bemberg, una cineasta con estilo propio que impactó con su mirada única en la historia del cine nacional.

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Seitenzahl: 198

Veröffentlichungsjahr: 2023

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A aquellos que se sienten invisibles con los años.

Prólogo

Un fin de semana de junio de 2018, mientras esperaba un vuelo atrasado, conversé con otra pasajera en el aeropuerto Martín Miguel de Güemes, en la provincia de Salta. A simple vista tendríamos la misma edad, y a mitad de la charla, como suele suceder entre extrañas, nos presentamos. Su nombre era Camila. Le pregunté si su nombre era por una película. “¿Qué película?”, preguntó. No lo sabía, pero bastó que le enviara un mensaje a su mamá para constatarlo.

Efectivamente, Camila tenía mi edad, y habíamos nacido siete años después de uno de los máximos cimbronazos del cine nacional. Camila de María Luisa Bemberg vendió más de dos millones quinientas mil entradas, y aumentó la cantidad de argentinas llamadas Camila. Según el Registro Nacional de las Personas, una de cada diez mil argentinas nacidas en 1982 se llamaba Camila. En 1994, tres de cada mil argentinas nacidas se llamaban así.

En ese momento, no sabía mucho de María Luisa Bemberg, pero había visto dos películas y los cortos. Me parecía natural que la gente se llamara Camila, por su versión de la historia de Camila O’Gorman.

En la cuarentena me puse al día con sus películas. Empecé a buscar videos sobre ella, porque me di cuenta de que no había reflexionado sobre lo inusual de su historia y su persona. Me cautivó rápidamente. Comencé a leer todo lo que había sobre ella, artículos y papers académicos. En los videos, su tono de voz, la contundencia y claridad con la que se expresaba me impresionaron. Entonces, quise leer más sobre su vida, pero no había una biografía.

El dato que me cambió para siempre fue que, a los 58 años, María Luisa Bemberg se propuso que su nombre significara algo más que su persona. Ella, que influyó en el nombre de tantas mujeres, hizo de su capacidad de narrar una obra maestra de la empatía. Se negó a ser invisible con la edad y “decidió vivir sus ideas”, como la había invitado Malraux en sus tantas lecturas de La condición humana.

Investigué y trabajé en este libro casi tres años, y nunca me dejó de impresionar que estuviera dispuesta a abandonar su statu quo por un sueño, a una edad en la que pocos se atreven a salir de las costumbres.

Bemberg vivió con posibilidades, eso es cierto, pero no es menos cierto que tuvo carencias. Parece fácil juzgar una vida como un ejercicio de contabilidad: cuáles fueron sus deudas y sus haberes. Requiere un esfuerzo mayor intentar comprenderla sin prejuicios, como si su ejercicio vital fuera similar al nuestro. Alguien que amó, sufrió, creó, discutió, disfrutó de la vida y trató de comprender lo que sucedía a su alrededor.

Fue hija y madre de los hombres más ricos de su tiempo. Pero escribió y dirigió historias que emocionaron a multitudes. Nació en una Argentina en expansión económica, en el seno de una familia tan acaudalada como poderosa. Viajó por el mundo y fue educada por institutrices, fuera del sistema educativo. También sufrió el peso del poder político y se construyó a sí misma. Buscó cómo ser mujer y en las orillas del siglo XXI intentó darle sentido a esa condición. La de María Luisa Bemberg es una historia compleja que avanza con el siglo, llena de curvas y precipicios.

En las páginas que siguen trazaremos un recorrido por la vida y obra de esta mujer que venció sus miedos para seguir su destino. Indagaremos sobre sus orígenes, su vida familiar, su relación con el arte y su filmografía, para desentrañar el camino que la convirtió en una de las directoras de cine más importantes de América Latina.

Nacer en un mundo que se desvanece

Yo era diferente de mis hermanas y de mis primas. Era la transgresora de la familia, mi madre me decía que no hablara como lo hacía porque iba a espantar a los hombres.

El origen de los Bemberg

María Luisa Marta Carlota Bemberg nació en Buenos Aires en 1922 y se dice de ella, quizás demasiado, que nació “en el seno” de una familia poderosa. “Nacer en el seno” es una expresión un poco imprecisa pero muy utilizada en las biografías. Es en esa vaguedad que se confunde el origen con la dirección. De ese lugar común no trasciende el hecho de que en toda familia hay seres más centrales y otros que van a su propio ritmo por las diagonales que, a veces, desentonan.

Los Bemberg se remontan al siglo XIX en el Río de la Plata, cuando el bisabuelo de María Luisa, el alemán Otto Friedrich Bemberg, llegó a los 24 años al puerto de Buenos Aires al final del gobierno de Rosas, cuando Urquiza todavía no lograba que se aceptara la Constitución Nacional. Aquí fundó una empresa dedicada a la importación de tejidos y exportación de granos. Sabía leer y escribir, no era un hombre pobre pero tampoco rico. Y se ocupó de que eso cambiara.

Ya asentado, se casó con una argentina de clase alta y familia tradicional, María Luisa Ocampo Regueira. María Luisa era hermana de Angélica Ocampo Regueira, abuela de Victoria Ocampo y de Enrique Ocampo Regueira, trágicamente famoso por asesinar a Felicitas Guerrero. Promediando el final, fue cónsul argentino en París y quien se ocupó de repatriar los restos de Juan Bautista Alberdi, quien había muerto allí el 19 de junio de 1884.

Cuando en 1888 creó en París la Brasserie Argentine Societé Anonyme (“Cervecería Argentina Sociedad Anónima”), le pidió a su hijo, Otto Sebastián, que se encargara de los negocios y la operación de la cervecería. Es Otto Sebastián quien ve en la localidad de Quilmes el lugar ideal para montar la fábrica, porque el partido en ese entonces tenía una red de ferroviaria que le permitiría llevar el producto a todos lados; además, había muchos pozos artesianos que proveían agua de buena calidad.

Así nació la leyenda de los Bemberg y la de una de las marcas de cerveza argentina más representativas. Con Otto Sebastián, la empresa creció en dimensiones inimaginables. Al incorporar más marcas de cervezas, crearon un verdadero emporio industrial. Otto Sebastián tuvo seis hijos, y casó a sus hijas con hombres prominentes y nobles europeos. Su segundo hijo, Otto Eduardo, estudió en Francia Ingeniería en Arceuil y en el instituto Tannemberg y en Weihenstephan en Alemania.

En 1947, Otto Eduardo era el presidente de la Cervecería Quilmes, de Santa Rosa Estancias Limitada y del banco Crédito Industrial y Comercial Argentino. Se había casado en 1913 con Sofía Bengolea, con la cual tuvo cinco hijos. Su cuarta hija –como era de esperar por ser mujer– no se dedicó al negocio familiar, pero años después encontró en el cine su gran pasión. Se llamaba María Luisa, como su tatarabuela, en esa tradición casi dinástica en que los Bemberg repiten sus nombres.

Sofía Bengolea y cuatro de sus cinco hijos, c. 1924. María Luisa Bemberg es la niña más pequeña.

Una infancia en soledad entre una multitud de institutrices

María Luisa Bemberg nació en 1922, cuando gobernaba Hipólito Yrigoyen, y creció junto con el siglo XX. Presenció los vaivenes del país a lo largo de las décadas: nació en la belle époque, fue joven durante la década infame y estuvo entre quienes padecieron al peronismo. Nació bajo la presidencia de Hipólito Yrigoyen y murió en la de Carlos Menem. Ella perteneció a un mundo que se desvanecía. Un mundo en el que ser argentino significaba riqueza para las clases acomodadas y para los inmigrantes que habían logrado prosperidad, y en el que su círculo social pasaba temporadas en París y “las mujeres tenían que hablar lo mismo que las gallinas”.

La María Luisa adulta y cineasta recompone la infancia como un lugar esquivo, complejo y lúgubre. En un entrevista que le hizo Beatriz Iacoviello en el diario Clarín explica:

El pasado me agobia, me trae malos recuerdos. A estos los tengo metidos en un cono de sombra y considero que no aportan demasiado a mi presente. Algunas referencias hice a ellos en MissMary, con esa niña, con esa casa muy grande donde prevalecían las buenas maneras y el poquísimo afecto, mucho protocolo y extrema indiferencia.

María Luisa pasó su infancia entre Buenos Aires y París. Fue educada por institutrices, siempre fuera del sistema educativo formal. Nunca se sentó en un pupitre de la escuela, no tuvo un recreo lleno de niñas corriendo, no tuvo amigas. No fue al colegio y menos a la universidad. Fue educada en su casa para casarse y tener hijos, como muchas mujeres de su generación.

Parece difícil el reencuentro con la niña que fue, que podemos aspirar a conocer parcialmente como espectadores en Miss Mary. Más de veinticinco institutrices pasaron por su vida. En las entrevistas difiere el número, a veces son veintisiete, a veces veintidós. La productora de sus películas, Lita Stantic, recuerda en una entrevista con John King que cuando la cuidaba en el plató de filmación la llamaba “mi gobernanta número 23”. Existe un atisbo pícaro en este comentario, como si se riera de la niña que fue antes de que otros lo hagan:

Aun cuando tenía 11 o 12 años, yo era muy consciente de la locura de la vida de estas mujeres, qué vidas desperdiciadas y tristes, cuidando hijos ajenos en casas de otras personas, muy lejos de casa. Viviendo como ricas, sintiéndose fuera de lugar en la cocina y en el living. Estaban en el medio y cargaban todas sus pertenencias en un solo baúl.

Hay algo refrescante en ella, ya que no desconoce su posición de privilegio, pero aun así no se contenta con ella. La vida simplemente no basta de un modo convencional. No la podríamos identificar como una “pobre niña rica”, porque no hay autocompasión en sus historias, las sabe llenas de privilegios y no los niega. Así se lo comenta a Hugo Beccacece en una entrevista en el diario La Nación en marzo de 1990:

Mis hermanos y yo vivíamos en manos de niñeras. Tuvimos veintitrés nurses. Una duró siete años; otra, apenas veinticuatro horas. Nos encariñábamos con ellas. Cuando ya las queríamos como si fueran de la familia, se iban. Eso nos hizo duras, caprichosas e insolentes. Una vez en París estábamos en la casa de nuestro abuelo, ese día había llegado una niñera nueva. Ordenamos que nos sirviera el té en el jardín. Se echó a llover y nosotras para molestarla, le dijimos que en Buenos Aires acostumbrábamos –aun cuando lloviera– tomar el té al aire libre, sentadas junto a nuestras gobernantas. Ella, por lo tanto, debía hacer lo mismo. La pobre mujer se fue espantada diciendo que éramos unos salvajes.

La anécdota remite también a una circunstancia usual de las vidas de las familias acomodadas argentinas. Hacia 1910, se estilaba pasar temporadas enteras en Europa. Los Bemberg, por ejemplo, vivían entre París y Buenos Aires. Pero no eran los únicos, aunque sí se encontraban entre los más afluentes. María Rosa Olivera, escritora argentina que integraría el consejo de redacción de la revista Sur, recuerda en un libro sobre su infancia, Mi mundo, mi casa, un viaje a Europa a principios de siglo. Ella aseguraba que en París “uno se siente como en casa”. Los hermanos Senillosa, miembros de una familia que se había enriquecido en el siglo XIX y en el siglo XX, empezaron la curva del descenso económico, miraban a París como un lugar de encuentro: “En París hay más afluencia de compatriotas y es el punto de encuentro de los amigos y parientes”.

Como muchas de las familias inmigrantes, los Bemberg nunca habían dejado de viajar. En ese devenir entre Francia y Argentina, se fue educando María Luisa. De ahí la anécdota de Graciela Dufau, protagonista de Momentos (1981), quien recuerda que, cuando conoció a María Luisa, había ido a almorzar a su casa y estaba allí una de sus hermanas. María Luisa no se había decidido por una actriz para Momentos, con lo cual el almuerzo equivalía a la prueba, ya que no había otra instancia de casting.

Le llamaron mucho la atención dos cosas: que las Bemberg comieran mousse de chocolate con tenedor y que se comentaran cosas entre ellas pasando de un idioma a otro. Cuando se los hizo notar, María Luisa, sonrojada, le contestó que no se daba cuenta de que dejaba de hablar en español. Tal había sido su educación en distintos idiomas, recorriendo por distintos países.

María Luisa viajaba por el mundo siguiendo a su padre mientras hacía negocios. La educación es posiblemente uno de los peores recuerdos de su infancia, ya que se trata del punto que la hace sentir relegada. En una entrevista para la revista Superhumor, de 1984, la periodista Any Ventura le pregunta sobre su infancia, a lo que responde:

Una infancia tradicional, muy rígida y muy poco estimulante en cuanto a los valores del espíritu: clases de baile, idioma, clases de costura. Yo nunca fui al colegio. Estudié en mi casa con una mademoiselle cuando vivíamos en París y con una señorita cuando vivíamos aquí.

Hay recuerdos a cuentagotas en las diferentes entrevistas, pero cuando se trata de fundamentar una idea, no tiene mayores reservas. En la misma entrevista recuerda que la primera vez que menstruó su hermana mayor, Josefina, creyó que se estaba muriendo y fueron asustadas a llamar a la institutriz en medio de la noche. La institutriz explicó escuetamente que la niña se había convertido en una mujer. Un poco sorprendidas, las Bemberg se enorgullecieron de ser mujeres, entonces Josefina propuso: “Hagamos un supercumpleaños”. María Luisa cuenta:

La vieja gobernanta la miró horrorizada y le dijo: “Nunca. De eso no se habla”. Ahí descubrí que el pudor femenino es callar y ocultar lo que nos pasa.

Esta anécdota familiar la podemos ver representada en una escena de Miss Mary, que María Luisa llevaría al cine años después.

Con una de sus hermanas

Victoria Ocampo, nacida treinta años antes (en 1890), explicaba el fenómeno: “La educación que se les daba a las mujeres era por definición, y adrede, incompleta y deficiente. ‘Si hubieras sido un hombre, habrías tenido una carrera’, me decía mi padre, con melancolía probablemente. Y lo mismo hubiera podido decir de sus otras hijas”.

En 1919, la coleccionista y mecenas norteamericana, Katherine Dreier, visitó el país; quedó tan impresionada que la inspiró para su libro titulado Five Months in Argentina From a Woman´s Point of View (“Cinco meses en Argentina, desde el punto de vista de una mujer”). Dreier creía que una chica de la alta sociedad porteña podía ser refinada, pero nunca educada, y su definición estaba en sintonía con el sentir de Ocampo y Bemberg.

“He tenido la vida de una mujer privilegiada, eso no significa que no tuve dolores, por el contrario”, le explica María Luisa a Hugo Beccacece en la entrevista mencionada. Esa capacidad crítica y su soledad le permitieron de niña convertirse en el divertimento de sus hermanas.

Se lo puede apreciar en Miss Mary, esas mujercitas cuidadas pero –de alguna manera– abandonadas. Las hermanas Bemberg aprenden a divertirse entre ellas, solo en familia, no hay otras personas en casa. Es todo profundamente homogéneo. Cuando le preguntan por su amiga del alma, contesta: “No tenía amigas… Como viajábamos mucho y no íbamos al colegio, no tenía amigas”. El uso del plural denota la idea de clan familiar, pero la que no tenía amigas era ella.

Entonces, su hermana menor se transforma en su confidente. “Con devoción, mi hermana menor se instalaba apoyando su cara en los brazos, y me decía: ‘Bueno, ahora contame un cuento’”.

Magdalena Bemberg tenía tres años menos que María Luisa, ambas eran las menores de los cinco hijos de Sofía Bengolea y Otto Bemberg. A ella le contaba estas historias que tanto les divertían:

Me evadía de la asfixia familiar con la fantasía. Me acuerdo de que tenía una familia inventada. La madre era judía. ¿Por qué era judía? Supongo que porque intuía que las madres judías eran sobreprotectoras. Éramos de clase media. Mi madre, profesora de matemática. Me gustaba que fuera una mujer competente, articulada, eficaz. No hay nada más preciso que los números. En cambio, mi padre era un artista, primer violinista del Teatro Colón. Durante años, mi hermana menor y yo llamábamos a ese cuentito Switi. Nadie sabe bien por qué. Mi hermana me decía a la noche: “Vamos, dale, contame un poco de Switi”. Y cada noche fabulaba situaciones nuevas para hacer vivir a los personajes de esa familia. Mi insatisfacción me llevaba a pensar que en otro ámbito la vida podía ser diferente, más llevadera, donde no todo era una cuestión de lujo, brillo y superficialidad.

Es probable que Magdalena le diera a María Luisa esa confianza en sí misma. Sus hermanos la erigen como la “cuenta-historias” de la familia y eso le produce orgullo años después en entrevistas:

Cuando era chica, tenía títeres y dirigía a mis hermanos… ellos en vez de optar por otro programa decían: “No, me quedo. María Luisa tiene la función”.

La imaginamos a esta pequeña hermosa y creativa, en una casa enorme y silenciosa llena de orden y rigor. Así la vivió ella, así lo relató, así lo transmitió en sus películas al contar su verdad.

Una juventud incómoda

Además de hermosa, inteligente y adinerada, María Luisa Bemberg tenía el don de interesarse por las cosas, una curiosidad innata por todo lo que la rodeaba. ¿Por qué se sentía incómoda? El dinero no hace a la felicidad, dice el refrán, y en este caso se aplica perfectamente. Lo que resulta difícil de explicar en términos actuales es la discriminación en las altas esferas. María Luisa era muy consciente de que, en los extremos de las clases, había cierta unión. Las chicas de clase media ilustrada tenían más oportunidades de ser educadas e ir a la universidad. En la clase alta y la clase baja, la educación de las mujeres no parecía una prioridad.

Siempre me impresionó que en ese punto las clases muy humildes con las más acomodadas se tocaran. Lo que hacía mi padre con nosotras era deserción escolar. Nosotras no podíamos ni salir a andar a caballo solas. Mis hermanos iban al colegio, uno hoy es doctor en Filosofía y el otro licenciado en Economía, los dos graduados en Harvard. Las tres mujeres, en cambio, no estudiamos.

Explica María Luisa todavía indignada a pesar del paso de los años. ¿Tiene lugar esta queja? Las Ocampo, como las mujeres de su generación, se educaron en su hogar, recuerda Victoria en su autobiografía: “Nos anunciaron a Angeliquita y a mí la llegada de una institutriz que sabe muchas cosas, es severa y no permitirá que yo haraganee. (…) Mademoiselle nos dará lecciones de francés todas las mañanas, de nueve a once. Se quedará a almorzar. A la una de la tarde nos llevará a Palermo, donde jugaremos y estudiaremos las lecciones para el día siguiente sentadas en un banco. La esclavitud. La esclavitud se llama Alexandrine Bonnemason (…). Al poco tiempo de ponernos en manos de Alexandrine Bonnemason, nos dijeron que íbamos a estudiar inglés. Nuestra maestra se llamaba Miss Kate Ellis. También estudiaríamos solfeo con un antiguo profesor de violín de mamá”. La queja de María Luisa se instaura en que las mujeres de su generación, más jóvenes efectivamente que las Ocampo, iban al colegio.

Cuando en 1928 estuvo en edad de iniciar su educación formal, había una gran cantidad de instituciones para señoritas. A diferencia de la generación anterior, en los treinta años que la separaban, en Buenos Aires comenzaron a fundarse muchos colegios de mujeres. En Recoleta, el Mallinkrodt, que abrió en 1905, dirigido por monjas alemanas; el Jesús María, a pocas cuadras y a treinta metros de la casa de Talcahuano 1234, donde vivían los Bemberg; el Colegio del Sagrado Corazón, en Callao y Juncal, tenía una manzana entera y, aun cuando fue cerrado en 1970, parecía la opción más evidente para que María Luisa estudiara.

Esa soledad con sus hermanas viajando por Europa con institutrices, en la época de “vacas gordas” argentinas, marcó para siempre la concepción de las mujeres que ella tenía.

Victoria Ocampo también recuerda a los Bemberg en su autobiografía: “Las casas en las que me crie eran grandes, incluso muy grandes. Si no se las compara con las que he conocido posteriormente en otras partes del mundo. Eran taperas, si se piensa en la belleza, el lujo, tamaño, muebles, obras de arte, proporciones, magnificencia arquitectónica de los hoteles de la rive gauche de París (las mansiones de mis parientes Bemberg)”.

Es ese un lugar inesperado para que germine la semilla de una de las cineastas más populares de la historia argentina. Su incipiente interés por observar las escenas que la rodeaban nació desde pequeña, como ella misma lo revela:

Cuando era chica y estaba enferma me entretenía con un espejo. Me gustaba mirar las cosas a través de él, las enfocaba, creaba encuadres sin saber muy bien todavía qué estaba haciendo. Tenía marionetas, armaba teatros infantiles, y mis hermanas me servían de audiencia. Soy un ser eminentemente visual.

Es que, a pesar de haber nacido en el seno de una familia tradicional, poderosa, “oligarca”, María Luisa se sentía diferente, o justamente porque nació en ese entorno, su diferencia se acentuaba.

Los Bemberg tenían una manera de hacer las cosas muy determinada y estructurada. María Luisa desde niña ansiaba la libertad e inventaba cuentos en los que tenía otra madre y otra familia menos afluente pero más cercana. Creía en la función redentora de la ficción, que crea mundos y establece puentes que permiten sortear la soledad y la tristeza. Cuando le preguntan por su madre, recuerda en entrevistas:

Mamá me auguraba un futuro que parecía terrible. Me decía: “Esta chica es muy rebelde, es igual a Delia del Carril y va a terminar como ella”.

En 1990, en una entrevista para el diario La Nación, le contesta al periodista cultural Hugo Beccacece con una definición mucho más fuerte sobre Sofía Bengolea:

Era una víctima que se ocupaba de formar nuevas víctimas. En el fondo le tenía mucha lástima. Nunca tuve una buena relación con ella.

Esas mujeres educadas para ser esposas son el modelo de mujer con el que María Luisa pelearía en su vida, un modelo evidentemente establecido en la juventud, y así lo expresaba sin tapujos:

Antes que nada, tenía que ser una chica virtuosa y bonita… Y un buen día enganchar un muy buen señor que me proteja, para convertirme en una buena ama de casa que cuide a sus hijos.

María Luisa de joven

Sin embargo, una de las primeras mujeres para quienes el matrimonio no fue la solución en la alta sociedad porteña, además de Victoria Ocampo, debe haber sido Delia Del Carril, con quien la madre de María Luisa la comparaba.

Del Carril nació en Saladillo, provincia de Buenos Aires, en 1884, en el seno de una familia tradicional de la Argentina y era una generación mayor que María Luisa. Rebelde, iconoclasta y única. Huérfana de padre de muy joven, fue a estudiar artes a París. Durante toda su vida, entabló amistad con grandes personajes del arte y la intelectualidad, como Rafael Alberti, Miguel Hernández, Pedro Salinas, Federico García Lorca, Victoria Ocampo y especialmente con Ricardo Güiraldes, quien se casaría con su hermana.

En Buenos Aires, empezó a frecuentar a Adán Diehl Altgelt, un intelectual argentino amigo y compañero de viajes de Güiraldes. Casi a los 31 años, espontáneamente mientras despedían a Güiraldes y a su esposa, decidieron casarse en Mendoza, se tomaron el tren y allí contrajeron matrimonio. Pero no duró mucho y Del Carril regresó a Europa, donde estudió dibujo y pintura con André Lhote y Fernand Léger. Fue la primera caballista en la pintura latinoamericana y militó desde 1930 en el partido comunista.

En Madrid, estudió en la academia de San Fernando y, en 1935, en lo de Rafael Alberti, conoció al poeta Pablo Neruda, a quien le llevaba veinte años y era entonces cónsul de Chile en Barcelona. Al poco tiempo, comenzaron una vida en común y se casaron en México en 1943, aunque la unión conyugal no estaba aceptada por las leyes del Estado argentino ni del Estado chileno. Para ambos países, se trataba de una convivencia ilegal, porque Pablo Neruda todavía seguía legalmente casado con su primera esposa, María Antonia Hagenaar Vogelzang. Incluso años después, en 1948, tuvo que enfrentar un juicio de bigamia en Chile que no prosperó.

Época de turbulencia política