Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
Permíteme abrirte las puertas de mi vida para compartir contigo una experiencia que va más allá de las páginas de un libro. Mi historia está llena de giros emocionantes, éxitos asombrosos y fracasos dolorosos que me han convertido en quien soy hoy. Al sumergirte en mi biografía, no solo conocerás todos los pasos y las decisiones que tuve que afrontar para convertirme en milmillonario a los cuarenta y dos años, sino que también descubrirás mis momentos más difíciles. A los treinta y dos años, me encontraba en la ruina más absoluta, enfrentando mi segunda quiebra con todas sus consecuencias. Pero en cada desafío, encontré lecciones invaluables. Mi aterrizaje involuntario en las redes sociales me ha revelado la existencia de un gran número de personas con espíritu emprendedor, decididas a trazar su propio camino. Forman parte de lo que yo denomino el grupo de la mordedura de la víbora. Personas inconformistas que han superado el miedo a abandonar su zona de confort. Aunque no todas están en la misma fase, les une un deseo común: prosperar. Me encantaría que mi historia y mis aprendizajes fueran el empujón que necesitas para salir de la cueva con plena conciencia de lo que supone ese paso en tu vida: lo que puedes encontrar, lo que puedes perder y, por supuesto, lo que puedes lograr.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 192
Veröffentlichungsjahr: 2024
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
JOSÉ ELÍAS
BILLIONAIRE
A los 32 años me encontraba en la ruina más absoluta, a los 39, compré mi primer Ferrari, a los 42, me convertí en multimillonario.
ESCRITO POR VALEN BAILON
Primera edición: abril 2024
Diseño de la colección: Emprenbooks
Corrección y edición del texto original: Jara Marín Vega
Fotografías de la cubierta: Cristina Robles
www.editorialvanir.com
De esta edición: Emprenbooks, 2024
Editor: Valen Bailon
Depósito legal: B 8291-2024
ISBN: 978-84-17932-89-3
Editorial Vanir
www.editorialvanir.com
Barcelona
Bajo las sanciones establecidas por las leyes quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización por escrito de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por medio o procedimiento mecánico o electrónico, actual o futuro —incluyendo Las fotocopias y la difusión a través de internet y la distribución de ejemplares de esta edición y futuras mediante alquiler o préstamo público.
Agradecimientos:
A mis padres, aunque el tiempo a vuestro lado fue breve, seguís siendo mi mayor inspiración y consuelo en los momentos difíciles. Gracias por ser el faro que me guía en medio de la tormenta.
ÍNDICE
Agradecimientos:
INTRODUCCIÓN
CAPÍTULO 1:MI PADRE ME SECUESTRA
CAPÍTULO 2:LA MUERTE DE MIS PADRES
CAPÍTULO 3:MI PRIMERA RUINA
CAPÍTULO 4:MI SEGUNDA RUINA
CAPÍTULO 5:EL DESTINO ME SALVÓ DOS VECES. NACE ORUS
CAPÍTULO 6:AUDAX EXPLOTA
CAPÍTULO 7:EXPANSIÓN DE AUDAX
CAPÍTULO 8:ME CONVIERTO EN MILMILLONARIO
CAPÍTULO 9:MI TERCERA RUINA
CAPÍTULO 10:ENTRE LOS 100 ESPAÑOLES MÁS RICOS, SEGÚN FORBES
CAPÍTULO 11:AVALÉ A UN AMIGO
CAPÍTULO 12:MEDIOS, OPINIÓN Y PODER
CAPÍTULO 13:EMPRESARIO Y YOUTUBER
REFLEXIÓN FINAL DE JOSÉ ELÍAS
TE RESPONDOContesto las 25 preguntas más interesantes que me hicieron por redes sociales.
NO ESTÁS SOLO
TU OPINIÓN ES CRUCIAL PARA MÍ
CONOCE MÁS AL AUTOR
INTRODUCCIÓN
Durante años, he creído que la sociedad española estaba dormida o anestesiada frente al emprendimiento. Que, por el tipo de educación, había poca motivación en este sentido y, lo peor para mí, pocas ganas de explorar esta vía.
Sin embargo, mi aterrizaje involuntario en las redes sociales me ha demostrado que hay muchas más personas con espíritu emprendedor de las que imaginaba. Aunque una amplia mayoría continúa considerando que convertirse en funcionario es la mejor opción de futuro, afortunadamente, existen personas con voluntad de iniciar y crear un camino propio para compartir sus ideas y proyectos con el mundo.
Creo que se está despertando una conciencia grupal.
Hay un sector que se está dando cuenta de que el sistema económico de nuestro país, diseñado para aquellos que quieren vivir eternamente dentro de la rueda del hámster, no genera más que pobreza. Me llena de alegría saber que todavía hay gente decidida a escapar de esta construcción social porque no está dispuesta a vivir con miserias ni de limosnas. Gente que quiere evolucionar y contribuir, a su vez, a la evolución de la especie.
Es lo que yo denomino el grupo del mordisco de la víbora. Personas inconformistas que han perdido el miedo a salir de su zona de confort. Aunque no todas están en la misma fase, les une un mismo deseo y su empeño es firme.
Recientemente he estado en la cueva de Astroland, una agencia interplanetaria española que desde su Ares Station (en Arredondo, Cantabria), un entorno análogo a los hábitats de Marte y la Luna, testea posibles formas de vida para futuros viajeros interplanetarios y establece protocolos para la convivencia y supervivencia del ser humano fuera de la Tierra. Una experiencia fascinante que me ha hecho reflexionar sobre la capacidad de evolución del ser humano y sus limitaciones.
Está más que estudiado que nuestra mente se compone de una parte consciente y otra inconsciente. Ambas son fundamentales, pese a que sus funciones son bien distintas.
Por un lado, la parte inconsciente, que actúa como el piloto automático de las personas, asegura nuestra supervivencia manteniendo nuestras funciones fisiológicas activas. Gracias a ella respiramos, nuestro corazón late y nuestros órganos ejecutan su trabajo con normalidad.
Por otro lado, la parte consciente, que sorprendentemente es la responsable de tan solo el 5 % o 10 % de nuestras reacciones, es la que nos permite desarrollar la inteligencia y, por tanto, evolucionar. Sin embargo, en nuestro día a día hemos minimizado su poder y cada vez son menos las acciones que llevamos a cabo con plena conciencia.
Hace millones de años, cuando el ser humano habitaba en cuevas, alguien, con todo el miedo del mundo, tuvo que ser el primero en tomar la valiente decisión de salir al exterior. Seguramente, al situarse a la salida de la cueva y mirar hacia fuera, su parte inconsciente le diría: «¿Dónde vas? Date la vuelta, ahí solo encontrarás peligro». Es su función, velar por nuestra supervivencia, nuestra seguridad.
No obstante, ese freno no nos permite mejorar ni progresar. Por eso tuvo que haber alguien que se atreviera a silenciar la voz del inconsciente para dar el primer paso hacia el exterior. Es en ese momento cuando se produce el mordisco de la víbora. Te muerde para mantenerte despierto y hacerte reaccionar, pero no te mata, sino que te impulsa a salir y contemplar el mundo con una nueva mirada.
Sin el arrojo de ese primer individuo, el ser humano nunca hubiera descubierto que ahí fuera había peligro sí, pero también alimento, recursos para mejorar su vida y un universo por explorar. Sin esa decisión, obviamente no hubiera habido evolución.
Siempre que el ser humano ha tomado conciencia de su destino, ha mejorado. Por supuesto, esto implica asumir una serie de riesgos que pueden adquirir la forma de un mamut, una tormenta descomunal o una pérdida económica. No importa, la mente percibe las amenazas de igual modo y estas siempre producen un mismo efecto: miedo e incertidumbre.
En un sistema regido por pagas, ayudas o un salario limitado al propio mercado, la única forma de escapar y evolucionar es salir de la cueva.
El mordisco de la víbora no es más que esa punzada, ese pinchazo, el petardazo que nos zarandea y nos empuja a actuar, convenciéndonos de que es mejor salir que quedarnos. Que es preferible desobedecer al inconsciente para no perpetuar nuestra estancia en una zona en la que sabemos que no vamos a prosperar.
Mi motivación al escribir este libro es ayudar a todas esas personas que están en la salida de la cueva contemplando el horizonte. A aquellas que se sienten identificadas con esta forma de pensar porque se han dado cuenta de que permanecer en el interior no las va a llevar a mejorar. A aquellas que, en definitiva, quieren superar ese miedo para traspasar la línea y explorar un terreno desconocido.
Más que incitarlas a emprender, mi objetivo es guiarlas u orientarlas a tomar las riendas de su propia vida para decidir de una forma consciente dónde quieren estar: dentro, para vivir de lo que les traen y les dan —que también es lícito, no es ninguna crítica—, o fuera, donde se convertirán en cazadoras.
Si todavía no has sentido el mordisco de la víbora, es probable que lo percibas después de leer este libro. O tal vez no, pero lo que es seguro es que en las próximas páginas conocerás la experiencia de alguien que sí lo sintió y a quien su veneno empujó a salir y enfrentarse a cientos de amenazas. Porque siempre están ahí y, de hecho, nunca desaparecen.
Ser empresario es un riesgo, un riesgo adictivo que destapa facetas desconocidas e inimaginables hasta para uno mismo.
En este libro las comparto todas, sin filtros. Así como los aciertos, los errores y las decisiones —algunas conscientes y otras muchas inconscientes— que me han traído hasta aquí.
Me encantaría que mi historia y mis aprendizajes fueran el empujón que necesitas para salir de la cueva con plena conciencia de lo que supone ese paso en tu vida: lo que puedes encontrar, lo que puedes perder y, por supuesto, lo que puedes lograr.
CAPÍTULO 1:
MI PADRE ME SECUESTRA
«No es el más fuerte ni el más inteligente el que sobrevive, sino el más capaz de adaptarse a los cambios», Charles Darwin
Tengo que reconocer que empezar este libro con un capítulo tan íntimo de mi vida no ha sido nada fácil. Aunque es cierto que había mencionado esta historia de manera superficial en algunas entrevistas, nunca la había abordado con tanta franqueza y detalle como lo haré en esta biografía.
Para mí, es esencial comenzar la narración con esta vivencia, ya que arrojará luz sobre mis raíces y el entorno en el que crecí. Y esta información resulta crucial para entender cómo se ha forjado mi personalidad y poder analizar tanto mis éxitos como mis fracasos.
Sé que puede sonar increíble que mi propio padre me secuestrara cuando apenas tenía unos meses, pero también parece surrealista que, a los treinta y tres años, me encontrara en la ruina; a los treinta y nueve, adquiriera mi primer Ferrari; y, a los cuarenta y tres, me convirtiera en multimillonario. Mi vida ha sido una montaña rusa de emociones, en ocasiones, tremendamente difícil de gestionar.
Pero, antes de sumergirnos en el relato de este suceso, es imprescindible contextualizar el escenario en el que se desarrolló todo.
Soy hijo de padres emigrantes, una realidad compartida por muchos catalanes. Durante las décadas de los sesenta y los setenta, miles de personas se desplazaron desde distintas regiones de España hacia Cataluña, principalmente a la ciudad de Barcelona. Huían de la penuria y anhelaban un futuro más prometedor. En esa época, la Ciudad Condal estaba en pleno proceso de expansión, por lo que se generó una enorme demanda de mano de obra para impulsar su crecimiento.
José Elías con su madre.
Mi madre, Mariana Navarro Ruiz, vio la luz en Tomelloso, una localidad de Ciudad Real. Su familia vivía sumida en la más absoluta pobreza. Cuando era apenas una niña de seis o siete años, junto con mi tío Benito, el menor de sus hermanos, se aventuraba a subirse a trenes en marcha para recolectar carbón que luego vendían para obtener algo de dinero. Su precaria situación se complicó aún más si cabe tras la muerte de mi abuelo durante la Guerra Civil.
Con valentía, mi tío Juan José, el mayor de los seis hermanos, decidió emigrar a Barcelona en busca de una vida mejor. Albañil de profesión, era el único que sabía leer y escribir, y no tardó mucho tiempo en encontrar trabajo en la gran ciudad. Tras construir su propia barraca e instalarse en la zona de la Bomba, en el límite entre Barcelona y L’Hospitalet de Llobregat, se llevó a su madre y a todos sus hermanos, a los que enseñó a leer mínimamente y a escribir su firma.
Por aquel entonces, la educación era un privilegio reservado para unos pocos. La mayoría de la población, por necesidad, ingresaba al mundo laboral a temprana edad, con una formación académica limitada. Mi madre, por ejemplo, no pudo aprender a leer y a escribir con normalidad hasta que yo no fui pequeño.
Mujer trabajadora por naturaleza, nunca hacía remilgos y estaba determinada a realizar cualquier tarea que le proporcionara sustento: desde limpiar casas o escuelas hasta vender calcetines y ajos en los mercadillos. Incluso, durante un tiempo, se encargó de limpiar las escaleras de la Casa Batlló, un icónico edificio diseñado por Antonio Gaudí en pleno Paseo de Gracia. En definitiva, siempre estaba dispuesta a hacer lo que fuera necesario para llevar comida a casa.
José Elías con su padre y su abuela.
Mi padre, José Elías Sans, vino al mundo en Vinaroz, un municipio de la provincia de Castellón. También él provenía de una familia muy humilde que, un buen día, hizo las maletas y se trasladó a Barcelona buscando revertir su situación.
A su llegada a Cataluña, su primer empleo fue en una bòbila (tejar, en castellano), donde producían ladrillos de forma artesanal. No contaban con maquinaria moderna; el proceso era mucho más rudimentario. Tomaban un poco de barro y lo moldeaban a golpes con las manos hasta obtener la forma deseada. Solía decirme que fabricaban «tochos1 a hostias».
Aunque mi padre era un hombre de pocas palabras, de tanto en tanto me contaba batallitas. Recuerdo que me explicaba que, cuando empezó a trabajar allí, siendo un adolescente, ideó una técnica para fabricar más ladrillos que el resto de sus compañeros en tiempo récord. Era competitivo y se esforzaba por mejorar continuamente en el trabajo, cualidades que, con toda probabilidad, heredé de él.
Según decía, disponía todo el material en un gran círculo, se colocaba en el centro y, desde allí, se ponía a dar vueltas como una peonza, golpeando a su alrededor y produciendo un gran número de ladrillos en un abrir y cerrar de ojos. Esa anécdota se me quedó grabada; lo imaginaba como si estuviera tocando la batería, emocionado al ver que su método era eficaz. Efectivamente era el que más tochos fabricaba, algo de lo que también presumía su padre, mi abuelo. Pese a que no tenían muy buena relación, aprovechaba cualquier ocasión para decir con orgullo que su hijo era el mejor fabricante de ladrillos.
Este golpeo continuo a lo largo de tantos años tuvo consecuencias y acabó afectando a sus manos, sobre todo a sus falanges. Sin exagerar, cada dedo suyo equivalía a dos de los míos. Poseía una fuerza descomunal. Podía arrancarte la cabeza de un manotazo. Por suerte, nunca experimenté el impacto de una de esas manos en mi rostro.
Con el anhelo de progresar, un tiempo después optó por dedicarse a la electricidad y llegó a convertirse en un profesional altamente valorado. Como Barcelona estaba en pleno desarrollo industrial y económico, nunca le faltó trabajo. De hecho, sus servicios eran muy demandados.
El problema es que mi padre jamás supo gestionar el dinero. Además de ser una persona amable y generosa que no dudaba en prestar dinero a quienes se lo pedían, era extremadamente desorganizado y derrochador. Una combinación terrible, pues, aunque generaba ingresos, el dinero se esfumaba con rapidez.
Cuando se conocieron, mi madre residía en Badalona. Tras separarse de su marido, con quien tuvo cuatro hijos, se mudó allí con los más pequeños, dado que algunos de ellos ya se habían independizado. No obstante, seguía yendo a menudo a su antiguo hogar de Vía Trajana, un barrio obrero de Barcelona muy próximo a San Adrián de Besós, para realizar las labores domésticas en la casa de su exmarido. Era una mujer resuelta y laboriosa, y se había dejado la piel para sacar adelante a sus hijos. Al mirar retrospectivamente su situación, siento una admiración total hacia ella. Imagino las dificultades que tuvo que enfrentar como mujer, sola, en una época en la que el divorcio estaba tan mal visto. Pero eso a ella no le importaba. Era una luchadora nata y vivía centrada en asegurarse de que a su familia no le faltara el pan.
Mi padre, en ese momento, era viudo y tenía una hija. Su primera esposa había fallecido años atrás a causa de una leucemia. No solía hablarme mucho de ella, pero las pocas veces que lo hizo me bastaron para sentir cuánto la amó. Estoy seguro de que, por más que su naturaleza alegre y risueña ocultara las profundas cicatrices que este incidente le había dejado, su pérdida fue uno de los episodios más amargos de su vida.
Sus caminos se cruzaron justo en esa coyuntura.
La casualidad quiso que él fuera a realizar una reparación eléctrica a su piso de Badalona. Ella, siempre tan despierta y decidida a aprovechar cualquier situación, rápidamente le ofreció a uno de sus hijos, mi hermano Miguel, como aprendiz. Él aceptó y así nació una amistad que, poco después, se transformó en una relación sentimental.
Siendo honestos, era una pareja destinada al fracaso. Se veía a la legua. Mi padre y mi madre eran como el agua y el aceite. Ella era responsable y organizada, y nunca derrochaba el dinero. Si necesitaba ochenta gramos de jamón para cocinar, compraba exactamente esa cantidad. No se permitía malgastar ni un céntimo. Mi padre, en cambio, era todo lo contrario. Podía gastarse una fortuna comiendo langosta en un restaurante o invitando a sus amigos a desayunar, pagando la cuenta de todos. Después le daba a mi madre un mísero puñado de pesetas para pasar la semana, ya que no le quedaba más dinero en el bolsillo. Como es normal, esta actitud tan irresponsable sacaba de quicio a mi madre y era el origen de eternas discusiones.
Otro detalle importante de su relación es que cada uno vivía en su propia casa: mi padre en su piso de San Adrián de Besós y mi madre, entre Badalona y Vía Trajana. Aunque eran zonas muy próximas, decidieron no compartir vivienda. Pese a que esta elección es bastante común hoy en día, e incluso una nueva moda, está claro que en los setenta no lo era. Quizás fue la única fórmula que encontraron para poder seguir avanzando en esa relación tan peculiar.
El tiempo siguió su curso y, a principios de 1976, mis padres me concibieron. La versión oficial de mi madre siempre fue que había sido un desliz y que mi llegada no había sido planeada, pero ni mis hermanas ni yo lo creemos así. Ella nunca dejaba nada al azar y meditaba todas sus decisiones, por lo que es probable que, simplemente, se dejaran llevar por el deseo de tener un hijo juntos. Es cierto que era una situación compleja. Ambos rozaban los cincuenta años, tenían escasos recursos económicos y una relación que se desmoronaba. Aun así, decidieron seguir adelante de manera un tanto inconsciente y nueve meses después, en noviembre de ese mismo año, nací yo.
Al principio, parecía que todo marchaba con relativa normalidad. Hasta mi padre estaba emocionado por tener finalmente un hijo varón, algo que siempre había anhelado. Sin embargo, como era de esperar, llegó un momento en el que la relación entre ellos se volvió insostenible. Las discusiones eran cada vez más frecuentes y, en una de tantas, mi padre tomó la drástica decisión de secuestrarme.
Lo que relataré a continuación se basa en lo que me han contado familiares y amigos cercanos, ya que yo solo tenía unos meses de edad y, lógicamente, no recuerdo nada.
El desencadenante de la disputa fue que mi padre aún no me había inscrito en el registro civil. Aunque mi madre ya tenía conocimiento de esta situación, la tensión aumentaba conforme pasaban semanas y meses sin que mi padre tomara acción.
Este trámite es obligatorio y debe realizarse en las setenta y dos horas posteriores al nacimiento para otorgarle reconocimiento jurídico al niño, siendo la primera prueba legal de su identidad. Incluye datos como la localidad de nacimiento y el nombre de los padres.
Pues bien, en mi caso, habían pasado varios meses y mi padre no lo había tramitado, lo que significaba que, a efectos legales, yo no existía.
Para mi madre, era un asunto tan serio que no lograba entender la actitud irresponsable y despreocupada de mi padre. Sin muchas opciones a su alcance, decidió buscar una solución para desbloquear el tema. Pese a que no considero que fuera la elección más acertada, no la juzgo, ya que debió de sentirse muy impotente para llegar a ese extremo. Lo que se le ocurrió fue pedirle a su exmarido que me reconociera como hijo y me cediera su apellido. Con este reconocimiento, ella podría acudir al registro civil y obtener mi partida de nacimiento.
Su exmarido aceptó con la condición de mudarse a vivir al piso de mi madre, en Badalona, durante un tiempo. Era una persona poco trabajadora y atravesaba una situación complicada, así que necesitaba un lugar donde quedarse mientras intentaba enderezar su vida. Mi madre accedió sin meditar las consecuencias que podría acarrear esa decisión...
Cuando mi padre descubrió el plan de mi madre, la furia lo dominó y lo llevó a cometer un auténtico disparate. Apareció en casa con la excusa de llevarme a dar un paseo, pero, a decir verdad, no tenía la menor intención de devolverme a mi madre. Literalmente, me secuestró.
Tenía miedo de que, por el hecho de que el exmarido de mi madre me hubiera cedido su apellido, nos alejaran al uno del otro o surgieran complicaciones para vernos. Una idea que no podía soportar.
Durante más de dos meses, viví en la casa de la suegra de mi tío, en una urbanización cercana al municipio de Cardedeu, a unos cuarenta y cinco minutos de Barcelona. Este lugar, situado cerca de la montaña, era tan remoto que resultaba imposible encontrarme si no conocías la ubicación, y mi madre ni siquiera sabía que la familia del hermano de mi padre tenía esa propiedad.
Me cuentan que enloqueció. No me atrevo a imaginar su angustia. Al principio, pensó que era un arrebato pasajero de mi padre y que, cuando se le olvidara el enojo, entraría en razón. Sin embargo, los días pasaban y su hijo no regresaba.
Viendo que mi padre no cedía, no le quedó más opción que acudir a la policía en varias ocasiones para denunciar mi desaparición. No obstante, al mencionar que el niño estaba con su padre, los agentes dejaban de prestarle atención. Estamos hablando de los años setenta, cuando las cosas no funcionaban como hoy y todo se veía desde una perspectiva distinta.
Pero mi madre no se rindió y continuó buscándome. Incluso llegó a disfrazarse para visitar, sin ser descubierta, todas las casas de los familiares de mi padre a los que conocía. Fingía vender ropa con el único propósito de descubrir si me estaban ocultando en alguna de ellas. A pesar de sus esfuerzos, esta estrategia tampoco le dio ninguna pista que la ayudara a encontrarme.
Después de varios meses, en un último intento desesperado, se puso en contacto con Encarna de Noche a través de la suegra de uno de mis hermanos, quien conocía a personas influyentes. Este programa de radio, presentado por la famosa periodista Encarnación Sánchez, era un fenómeno de audiencia y tenía millones de oyentes. Mi madre logró exponer su caso a los editores del programa, conmoviéndolos lo suficiente como para que mi secuestro fuera transmitido en antena.
La repercusión fue extraordinaria; de la noche a la mañana, media Cataluña estaba buscándome. La policía se vio obligada a tomarse en serio el asunto, y finalmente localizaron a mi padre y lo presionaron para que me entregara a mi madre.
A los pocos días, abrumado por todo lo sucedido, accedió a dejarme en un juzgado de Badalona. No acudió solo, lo acompañaba mi tía, que me sostenía en brazos. En la sala de espera estaba mi madre, quien había vivido los peores meses de su vida. Había perdido peso y estaba demacrada por los nervios, que la habían consumido. Estaba tan débil que, al verme aparecer por la puerta del juzgado en los brazos de mi tía, se desmayó.
Así concluyó este periplo surrealista que me tocó vivir con apenas unos meses de edad y que marcó mi vida para siempre.
Fue un final feliz, pero, para desdramatizar y añadir un toque de humor a mi secuestro, quiero compartir una anécdota verídica que mis familiares siempre recuerdan con una sonrisa.
Durante los meses que estuve secuestrado, mi tía, que criaba gallinas para obtener huevos, me acomodó en una habitación con vistas al gallinero y allí permanecía la mayor parte del día. Pasé tantos días conviviendo con sus cacareos y escuchando el alboroto que provocaban esas aves que las primeras palabras que aprendí no fueron «papá» ni «mamá», sino «pío, pío».
