Brochero, el hombre - Lucio Yudicello - E-Book

Brochero, el hombre E-Book

Lucio Yudicello

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Brochero, "el cura gaucho": un hombre que movilizó las almas y los brazos de toda una región. Cuando el Papa Francisco lo beatificó, su nombre ya llevaba más de cien años en el corazón de las personas creyentes de Córdoba, sobre todo de las más pobres. El sacerdote de estilo frontal y descontracturado que había asistido a los enfermos de cólera, y al término de sus días aún tomaba mate con los leprosos, recibe su merecida biografía gracias a la pluma de Lucio Yudicello (que no por casualidad vive hace años en Villa Cura Brochero). Una mirada desde el siglo XXI al pionero que a fines del XIX impulsó la increíble construcción del "camino de las altas cumbres" para unir el valle de Traslasierra con la capital provincial, entre tantas obras que le dieron vitalidad al castigado oeste cordobés.

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Seitenzahl: 87

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Lucio Yudicello

Brochero, el hombre

 

Saga

Brochero, el hombre

 

Copyright © 2012, 2021 Lucio Yudicello and SAGA Egmont

 

All rights reserved

 

ISBN: 9788726903256

 

1st ebook edition

Format: EPUB 3.0

 

No part of this publication may be reproduced, stored in a retrievial system, or transmitted, in any form or by any means without the prior written permission of the publisher, nor, be otherwise circulated in any form of binding or cover other than in which it is published and without a similar condition being imposed on the subsequent purchaser.

 

www.sagaegmont.com

Saga Egmont  a part of Egmont, www.egmont.com

Un atardecer del verano de 2011, en el predio de un complejo turístico de Villa Luján, barrio de Mina Clavero, jugaban a la pelota dos hermanitos: uno de ocho años, el otro de cinco. Como desconocemos sus nombres, vamos a llamar Lautaro al primero y Matías al segundo. A raíz de un tiro mal dirigido, la pelota sorteó la valla perimetral de la piscina y cayó al agua. Sin vacilar, Lautaro abrió la portezuela e ingresó al área protegida, desierta a causa de la hora. El más chico lo siguió. A pesar de que la pelota se encontraba próxima a la orilla, ninguno de los dos lograba alcanzarla. Lautaro se puso a buscar algún elemento que le permitiera acercarla y fue ahí cuando Matías cayó al agua, en la parte más profunda. Desesperado, comenzó a dar torpes manotazos que lo fueron alejando y hundiendo sin remedio. Lautaro intentó auxiliarlo, pero sólo consiguió perder un tiempo precioso. Finalmente, al comprender su impotencia, corrió en busca de sus padres, que estaban en el interior de la cabaña alquilada. Los gritos de la madre alertaron al encargado y a otros turistas, quienes se sumaron al rescate. Para sorpresa de todos, el chiquito no estaba en el fondo de la pileta, como temían, sino echado boca abajo en la orilla. ¿Cómo había llegado hasta allí? El vértigo que sucedió a la comprobación de que estaba vivo, aunque inconsciente, impidió cualquier tipo de conjetura. Lo llevaron al hospital de Mina Clavero, donde Matías se recuperó por completo.

Al día siguiente, en lo que puede ser considerado parte de un circuito turístico normal, la familia visitó la iglesia de Villa Cura Brochero, localidad contigua a Mina Clavero. La iglesia consta de tres naves: la central, que es la más antigua, y dos laterales, separadas por arcos de medio punto. Después de un breve recorrido por la nave central hasta llegar al altar, los cuatro se dirigieron a la nave izquierda, donde llaman la atención una especie de gran cofre incrustado en la pared (en el que reposan los restos de José Gabriel Brochero), un rústico altarcito de piedras sin pegar, cubierto por un par de ponchos y otros objetos, un atril donde hay un cuadernillo para que, quien lo desee, consigne “Gracias, favores y pedidos especiales concedidos por intercesión del padre Brochero”, numerosas placas de reconocimiento al Cura adosadas a la pared y, sobre todo, un caballete donde se exhibe una enorme fotografía de Brochero (de un metro treinta por un metro, aproximadamente), conteniendo una de las imágenes más difundidas y veneradas. Allí se lo ve anciano, flaco, anguloso, con los ojos entrecerrados y casi inútiles por la enfermedad, la mano izquierda apoyada en el espaldar de una silla y la derecha sosteniendo un bastón, la sotana larga, visiblemente gastada, y el sombrero aludo. Es precisamente esta imagen la que pareció ejercer sobre el hijo menor, el ahogado Matías, una inexplicable fascinación, porque durante largos minutos enmudeció frente a ella. Luego dijo, a viva voz:

—¡Es el abuelito, el abuelito!

Los padres se miraron entre sí, sorprendidos, hasta que la madre optó por corregir al chico.

—Querido, vos sabés que ese señor no es tu abuelito —le aclaró suavemente.

—No—replicó Matías—, digo que ese es el abuelito que me sacó de la pileta.

La persona que me cuenta esta historia, una querida amiga de hace muchos años, periodista y promotora cultural, cree haber sido salvada, también, por la oportuna intervención de Brochero. Esto ocurrió el 11 de noviembre de 1993, cuando una repentina creciente de los ríos Mina Clavero y Panaholma, que se unen para formar el río Los Sauces, arrasó su casa situada a orillas de este último. La crecida del Mina Clavero suele anticiparse a la del Panaholma por ser este más extenso. Pero esa vez coincidieron y el agua barrió calles, edificios, puentes. Mi amiga se encontraba en la casa, en compañía de su hijo. Era de noche y el agua los sacudió como una explosión, arrancando puertas y ventanas y arrebatándolos a ellos hacia afuera, hacia el torrente desmadrado. Ella recuerda el furioso remolino, las ramas de un árbol y, otra vez, el interior de su casa, de donde iba a ser inmediatamente arrancada por segunda vez. No podría precisar cuánto duró esa calesita enloquecida (hubo, por lo menos, un nuevo ingreso y ulterior salida de la vivienda) pero recuerda que imploró la ayuda de Brochero y esta se tradujo en el instantáneo agarrón de su hijo, que se había atado a la copa de un árbol con los cables cortados de la luz. Como pudo, el muchacho la amarró también a ella y, exhaustos, soportaron el horror durante toda la noche. La perplejidad de los vecinos y socorristas los encontró atados en la copa del árbol; las aguas habían bajado y ellos colgaban allí arriba, como dos frutos anómalos. De la casa no quedaban ni las ruinas.

Lo cierto es que en la localidad que lleva su nombre, Brochero es una figura omnipresente. Además de la propia denominación del pueblo, que fuera fundado por otro cura, el presbítero Aguirre, como Villa del Tránsito y que, tras la muerte de Brochero, pasó a llamarse como él, una de sus principales avenidas se denomina Cura Gaucho; otra, 26 de Enero, fecha de su muerte. José Gabriel Brochero se llama, también, la escuela primaria. Los bautizados como José Gabriel son legión en la zona. Desde kioscos a corralones evocan su nombre; pareciera existir, además, un tácito acuerdo respecto a la conveniencia de su perpetua advocación para que algo prospere. La cabalgata que se realiza en marzo, desde hace más de quince años, reproduce periódicamente el épico cruce de las Altas Cumbres, que el Cura efectuaba al frente de centenares de vecinos para realizar, en Córdoba, los ejercicios espirituales.

Dentro de poco se van a cumplir cien años de su muerte; sin embargo, se habla de él como si estuviera entre nosotros. Es más, se polemiza aún, apasionadamente, sobre ciertos hechos de su vida que no admiten una interpretación unívoca, como su relación con el famoso montonero Santos Guayama o su “conversión” al radicalismo incipiente. Mientras tanto, la figura de Brochero va escalando, con lentitud, los misteriosos peldaños de la burocracia celestial vaticana. Primero lo declararon Siervo de Dios; más tarde, Venerable. Le falta todavía ser Beato, para poder llegar a Santo. No creo que a él le preocuparan demasiado estas postergaciones escalafonarias. Brochero intuyó (tal como expresa en una de sus cartas y consta en la inscripción de su osario) que iba a vivir “siempre, siempre en el corazón de la zona occidental, puesto que la vida de los muertos está en el recuerdo de los vivos”. Y, en efecto, más allá de los impredecibles designios vaticanos, ha sido santificado hace mucho tiempo en el corazón de los habitantes de Traslasierra.

Genio y figura

En verano de 1897, el cura Bartolomé Ayrolo pasaba una temporada en Villa del Tránsito por razones de salud. Con insistencia le habían ponderado las virtudes curativas del río Panaholma y las bondades de un clima seco aunque ardiente. Ayrolo disfrutaba de todo eso, pero mucho más de la presencia del cura Brochero. Una tarde, don Gómez, viejo colaborador de Brochero, lo sorprendió observando con inocultable simpatía a su anfitrión. Ayrolo parecía hacer un minucioso registro del aspecto de su colega, comprobando su mítica fealdad. Brochero, mientras tanto, daba una nueva mano de pintura a la puerta del refectorio. Así, con la sotana arremangada y el rostro brillante de sudor semejaba una especie de gnomo de cuento infantil.

Gómez le preguntó qué le parecía el señor Brochero. A lo que Ayrolo, contestó:

—Que a él también el Altísimo le debió haber dado otra mano.

Y es el mismo cura Ayrolo quien, en una carta del 3 de febrero de ese año, cuenta que lo más notable en el departamento de San Alberto era el Cura José Gabriel Brochero: “Hombre de baja estatura, de unos 57 años, frente algo deprimida, boca y orejas bastante notables, nariz gruesa, ojos medio turbios y tiernos, color tostado… creo que es una de las obras que se le escapó al creador sin darle una segunda mano…”. Pero atemperando la jocosa desmesura de esta afirmación, enseguida agrega que “por lo mismo, lo tomó el Redentor para hacer de él un apóstol, único sin duda en toda la República por su celo, por su carácter, su modo de ser, su virtud, por los extraños modos de evangelizar”. Es curioso comprobar que la mayoría de la gente (aun la más devota de Brochero) tiene del Cura una imagen vaga y fragmentaria, si nos atenemos a la realidad histórica. Y señalo que es un hecho curioso, en tanto existe una profusa bibliografía acerca de su vida y obra, compuesta por centenares de artículos en diarios o revistas (muchos de ellos escritos en vida del Cura); infinidad de folletos; compendios de sus cartas y sermones; minuciosas biografías, que van desde el libro de Domingo Acevedo, quien sucediera al Cura en su parroquia, hasta los mucho más recientes estudios de Miglioranza, Baronetto, Salinardi o Llanos.