Buscando azules - Carolina Acosta-Alzuru - E-Book

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Carolina Acosta-Alzuru

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Beschreibung

La escritura de Carolina Acosta-Alzuru es un regalo siempre. Académica de serios quilates, nos ha brindado, a lo largo de los últimos veinte años, ricos acercamientos a la experiencia de la televisión y, en especial, de la telenovela como espacio dramático representativo. Es difícil acercarse a lo popular desde la academia: ella logra construir un lenguaje abierto y con lazos a la investigación, el conocimiento, posible para todos. Es desde este lenguaje que ahora explora momentos vitales de su vida. La vida de una mujer venezolana, profesora en la Universidad de Georgia, que hace balance a través de postales, flashbacks, momentos discursivos de la memoria. A lo largo de este libro veremos un recorrido de una vida ("una colección de lugares y momentos", dice la autora, "no mi biografía ni mis memorias") que ha sido plena, pero a la vez llena de momentos enigmáticos, inesperados, donde la conciencia de un tiempo colectivo, desafortunado, para un país, está presente de la mano con experiencias epifánicas del propio vivir. Recordar es un salto a lo desconocido. "Todo relato autobiográfico lo es debido a que el andamiaje de recuerdos y vivencias no es sólido, sino líquido y, a veces, hasta gaseoso", dice Acosta-Alzuru. En este libro nos encontraremos con un lenguaje propio, donde paisajes y tiempos construyen un mosaico rico, único y conmovedor. Leer a Carolina Acosta-Alzuru siempre valdrá la pena. Ricardo Ramírez Requena

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Seitenzahl: 261

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Carolina Acosta-Alzuru (Caracas, 1958). Licenciada en Ciencias de la Computación y la Información, Georgia Institute of Technology (EE. UU.). Ph. D. en Comunicación Social y profesora en el Grady College of Journalism and Mass Communication de la Universidad de Georgia. Su labor docente y de investigación ha merecido múltiples premios. Entre ellos destacan el Scripps Howard Journalism and Mass Communication Teacher of the Year Award de los Estados Unidos y el John Holliman, Jr. Life time Achievement Award.

Es autora de los libros Venezuela es una telenovela (2007), La incandescencia de las cosas. Conversaciones con Leonardo Padrón (2013) y Telenovela adentro (2015). Sus estudios sobre telenovelas y series turcas han sido publicados en renombradas revistas académicas internacionales. Sus crónicas han aparecido en reconocidos sitios web como Prodavinci, Caracas Chronicles y Ciudad Laboratorio.

© Carolina Acosta-Alzuru, 2023

© Editorial Alfa, 2023

ISBN (rústica): 978-84-127318-5-9

ISBN (ebook): 978-84-127318-6-6

Editorial Alfa

e-mail: con­tac­[email protected]

@editorial_alfa

@alfadigital_es

www.alfadigital.es

Co­rrec­ción de estilo

Carlos González Nieto

Diseño y maquetación

Editorial Alfa

Imagen de portada

Litoral venezolano, 1965Fotografía: Carlos Acosta Sierra

Re­ser­va­dos to­dos los de­re­chos.

Que­da ri­gu­ro­sa­men­te pro­hi­bi­da, sin au­to­ri­za­ción

es­cri­ta de los ti­tu­la­res del Copy­right, ba­jo las san­ciones

es­ta­ble­ci­das en las le­yes, la re­pro­duc­ción par­cial

o to­tal de es­ta obra por cual­quier me­dio o pro­ce­di­mien­to,

in­clui­dos la re­pro­gra­fía y el tra­ta­mien­to in­for­má­ti­co.

Índice

Preámbulo. La intemperie

Afuera y adentro

Albor

Prismacolor

La estaca

Travesía

Barajitas

Aritmética bicultural

12 de diciembre de 2007

El cuarto oscuro

La India que yo vi

El silencio

Paso a paso

Mucho gusto, Estambul

Años dorados

Varada

Robando azules

Mayo 2020: en la neblina del confinamiento

Año nuevo

Deterioro

La plana

Epílogo. Contra el olvido

Fanta

Para mis hijos y nietos,

expertos en buscar sus propios colores.

Para Guillermo, mi mejor azul.

Preámbulo. La intemperie

Estos textos salieron de un ringde boxeo. Fueron escritos allí, donde peleo con mis ambivalencias. Siento una perenne inseguridad con relación a mi escritura. A la vez, tengo la certeza de que escribir es la mejor manera de documentar y procesar lo vivido y de entender quién soy. Pero hay otras complicaciones. Mi prosa muestra las huellas de quien piensa y vive en, al menos, dos idiomas. Por eso siempre tiene acento y dudosa puntuación. Diálogos y escenas hacen vida en mi escritura porque estoy marcada por mi objeto de estudio académico: la televisión. Mis textos también se debaten entre rechazar la rigidez o alimentarse de la minuciosidad de la escritura propia de mi oficio. A los académicos nos enseñan a escribir en tercera persona porque eso nos distancia de la investigación que realizamos. La tercera persona es la voz del rigor: sin cuerpo, sin emociones y, hay que decirlo, sin humanidad. La escritura autobiográfica es todo lo contrario y eso me atrae, pero también me incomoda.

Todas esas paradojas están presentes en estos textos reunidos, los cuales están situados bajo el paraguas de lo autobiográfico. Varios de ellos existen gracias a lo que he aprendido y a la motivación que he recibido en el Taller de Literatura Autobiográfica del profesor Ricardo Ramírez Requena. Debo subrayar, sin embargo, que lo que aquí presento no es ni mi biografía ni mis memorias. Este libro es más bien una colección de lugares y momentos. Hay unos en los que estoy plantada en el presente y otros en los que estoy mirando hacia atrás o tratando de ver hacia delante. Muchos de ellos son la desembocadura de mis diarios. Son honestos; pero también son, inevitablemente, reconstrucciones. Todo relato autobiográfico lo es debido a que el andamiaje de recuerdos y vivencias no es sólido, sino líquido y, a veces, hasta gaseoso. Pero también porque contar lo vivido es re-presentarlo y eso siempre conlleva una edición, que se traduce en subrayar, pero también en difuminar; en subir el volumen de algunas voces y bajar el de otras; en poner la mirada y la pluma aquí y no allá, en batallar contra el pudor y en buscar, a veces infructuosamente, la palabra perfecta.

En la variedad de experiencias y tonos de estos textos se evidencian mis amores, mis miedos, mis recurrencias, mis incoherencias y algunos de los rincones de mi vida que rara vez muestro. Por todo eso, estoy a la intemperie. Me planto allí con miedo, pero también con convicción.

Afuera y adentro

Octubre de 2013. Miro mis pies sobre la Cromointerferencia de color aditivo de Carlos Cruz-Diez del terminal de salida del Aeropuerto Internacional Simón Bolívar. En los últimos veinte años he caminado sobre esta obra de arte unas cincuenta veces. Pero es hoy cuando siento el impulso —la urgencia— de tomarles una foto a mis pies que resaltan y, a la vez, se pierden en esta alfombra de pequeños mosaicos de colores. ¿Cuándo dejó de ser este Cruz-Diez el piso en el que nos convertíamos en turistas a punto de tomar unas vacaciones? ¿Cuándo pasó a ser el símbolo de nuestro éxodo? Saco mi teléfono y enfoco mis zapatos. Por primera vez noto que faltan mosaicos. Muchos. ¿Cuántos se han tomado esta foto antes? ¿Es que se robaron los mosaicos? ¿O es que cada pequeño azulejo ausente representa a alguien que se fue? ¿Cuántos más harán lo que estoy haciendo? ¿Desaparecerá un mosaico cuando me vaya o eso ocurrió ya en 1993? ¿Nos quedaremos sin un solo mosaico?

Tomo la foto.

¿Por qué hoy? ¿Por qué por primera vez siento que quizás ya no pueda volver? ¿Será esto eso que llaman «exilio»? ¿Es que ahora sí me estoy yendo?

Fue en noviembre de 1993 cuando Guillermo y yo caminamos con nuestros tres hijos de once, nueve y cinco años sobre la Cromointerferencia del maestro Cruz-Diez con boletos de ida, dejando atrás el piso sólido de dos trabajos, un apartamento propio y la red de seguridad que son la familia y los amigos. Pero también dejando atrás al país de las profundas desigualdades sociales sin resolver que se había amotinado en 1989 ante un paquete de medidas económicas y luego se había enamorado de un militar golpista que estaba preso. Frente a nosotros estaba el posgrado que yo iba a hacer en una ciudad universitaria en el sur de Estados Unidos. El resto del futuro era incierto.

Treinta años después Guillermo y yo seguimos en Athens, Georgia, a hora y media de Atlanta. Nuestros hijos, ya adultos, viven en otras ciudades, pero seguimos caminando juntos unidos por el cemento de la emigración.

En Athens soy «Dr. A». Así me bautizaron mis alumnosporque mi nombre es impronunciable para ellos. En Caracas sigo siendo Carolina, Caro y Carola, dependiendo de la cercanía del que me nombra. Dr. A es profesora de Mass Media Studies en la Universidad de Georgia, habla y escribe en inglés con acento venezolano. Carolina es la hija, hermana, amiga o conocida que es profesora en Estados Unidos y estudia las telenovelas. Ella habla y escribe en venezolano pensando en inglés.

Soy bilingüe y bicultural; ahora también binacional. Una mujer con dos pasaportes que puede estar lejos de sus dos países, pero nunca lejana. Estoy marcada por la geografía física y emocional de las dos ciudades en las que he vivido.

Antes de ser Dr. A en Athens, Georgia, fui ingeniera de computación en Caracas. Allí, como muchas mujeres profesionales, me convertí en malabarista: esposo, tres hijos, trabajo, los Acosta, los Alzuru, juegos de los Criollitos, ensayos de ballet, clases de natación e inglés y una agenda llena de compromisos sociales en una ciudad intraficable. Caracas es símbolo e identidad; la amo y le temo. Y cada vez la amo más y le temo más. Bajo su luz inigualable nací y crecí. Allí trataron infructuosamente de transformar mi esencia de Mafalda en la de una Susanita caraqueña más. Allí sentí un poco de asfixia.

Eso solo lo entendí una vez que llegué a Athens, cuyo corazón late al ritmo de su variedad. Desde las señoras que son la quintaesencia de la dama sureña hasta las muchachas de brazos tatuados y piercings generalizados. Aquí pareciera que cada quien es como quiere ser. Yo soy feliz en el ámbito universitario, a pesar de que la academia norteamericana tiene la rigidez de la jerarquía militar y la inclemencia de la Inquisición española. Aun así, es lo más parecido a una meritocracia que yo haya experimentado. Es una manera de vivir que cuadra perfecto con mi amor por el aprendizaje.

Soy una mujer de dos pasaportes y dos ciudades. Ambas coexisten en mí y me hacen quien soy: una mujer venezolana en la academia norteamericana, un constante ir y venir, una certeza y un desarraigo, un cerca y un lejos, un «hola» y un «adiós», una sonrisa y unos ojos aguados. Un simultáneo llegó y se fue.

¿Cuándo te fuiste?

De Venezuela nunca me he ido. Hasta hace unos diez años yo sentía cómo Venezuela me tomaba de la mano y me sonreía preocupada, pero me sonreía. Y yo iba a verla con frecuencia y me insertaba de nuevo en mi familia y realizaba mi investigación sobre telenovelas con rigor, sí, pero también con mucha alegría.

En el año 2013 sentí un cambio brusco y la sensación de que una pesada puerta se cerraba lentamente y aquellos que estábamos afuera, afuera nos quedaríamos. Escuché el chirrido de los goznes de la puerta por primera vez caminando por los pasillos de un canal de televisión: Venevisión. Allí, donde por años hubo bullicio, varias producciones a la vez y tanto que investigar que las horas no me alcanzaban, se extendía un silencio sepulcral. En las oficinas de producción, ahora reducidas a una sola telenovela al año, se trabajaba con la opresión del creciente número de despidos. Miré a mi alrededor y me di cuenta de que allí no se había comprado ni un clip para papeles desde el año anterior y que, así como la inversión publicitaria había caído en barrena, también el presupuesto del canal estaba en su mínima expresión. Y entendí que mi objeto de estudio —la otrora boyante telenovela venezolana— estaba muriendo.

No era la única industria del país que agonizaba.

El bolívar fuerte, como Chávez bautizó a nuestra debilitada moneda, comenzaba a ser imposible de manejar en efectivo. Escuché el chirrido de la puerta cerrándose, chíííííí, cuando, al no haber moneda de mayor denominación, tuve que revertir el cobro de un cheque en el banco porque la cajera puso frente a mí suficientes montañas de billetes de veinte bolívares como para llenar un saco. Chíííííí cuando mi cartera se llenó de pacas de billetes sostenidas con ligas y me empecé a sentir como una narcotraficante cada vez que pagaba en una panadería. Chíííííí cuando no me quedó más remedio que abrir una cuenta bancaria para tener una tarjeta de débito que me permitiera pagar con plástico. Todas esas veces escuché el chirrido inexorable.

Fue en ese viaje cuando tomé la foto de mis pies sobre el Cruz-Diez.

Pero tampoco me fui ese día.

Ni me fui cuando las cenas con mis entrevistados y amigos se convirtieron en almuerzos por la inseguridad de las noches. Tampoco cuando la editorial de mis libros prácticamente dejó de existir y se fue al ámbito digital. No me fui después de una reunión de amigos en las que todos relataron sus propios secuestros exprés, ni cuando mis hermanos empezaron a sacar a sus hijos del país, ni cuando empecé a llevar en mi maleta desde arroz hasta aspirinas, pasando por —muy importante— antiácido líquido para proteger de los gases pimienta a los que protestaban en las calles. Mucho menos cuando el Sebin —la Gestapo del Gobierno bolivariano— se llevó detenido sin orden judicial a uno de mis familiares y, sin proceso, lo mantuvo preso en El Helicoide para luego encerrarlo en su propia casa.

No me he ido.

El chirrido ya es ensordecedor.

Chíííííí…

No me puedo ir.

Números

-7,13 millones de venezolanos se han ido del país en los últimos veinte años1.

-1 es el lugar que ocupa Venezuela en el número de peticiones de asilo a Estados Unidos2.

-32 es el número de cartas que he escrito en los últimos años dirigidas al U.S. Citizenship and Immigration Services (Uscis) apoyando solicitudes de artistas e intelectuales venezolanos para visas de talento especial o de residentes.

Números. Crecen como tumores de un cáncer fuera de control. En su frialdad nos dicen mucho, pero no todo. Se necesitan palabras y las hemos ido encontrando: éxodo, diáspora, exilio, emigración masiva, crisis humanitaria, crisis de refugiados. Dolor. Sobre todo, dolor.

Yo no soy uno de esos números. Pero sí soy diáspora y desarraigo. Exilio no, porque creo firmemente que el exilio es emocional y no geográfico. Y yo no me he ido.

Soy académica. Traté de hacer un estudio de la diáspora del talento de nuestra agonizante industria de la telenovela. Hice entrevistas en Venezuela y en Miami en el año 2014. Los que no se habían ido y los que sí. Analicé las conversaciones. Presenté una ponencia sobre el tema en un congreso en Hyderabad, India. Creía entonces que el rigor podía más que el desconsuelo que me causaban las palabras y el llanto de mis entrevistados, pero nunca pude escribir un artículo al respecto. Mis propias lágrimas no me dejaron. Nunca antes me pasó eso como investigadora.

El desarraigo es una daga en el costado.

Mosaicos del desarraigo

Atlanta: marzo de 1996

—Se quedan calladitos por favor. Nos van a hacer algunas preguntas a papi y a mí. Ustedes no tienen que contestar ni comentar nada, ¿okey?

—Mami, ¿cuando salgamos de esa oficina tendremos green cards?

—Sí, Caro.

—Pero ¿les van a hacer un examen?

—No, Gustavo, solo son unas preguntas, como en una conversación. No se preocupen para nada. Estén calladitos y saldremos de eso rapidito, ya verán.

Gustavo, Carolina y María Teresa («Mate») me miran con atención y asienten. Tienen catorce, doce y ocho años, respectivamente. La entrevista es el último requisito para tener la visa de residentes, la green card. El último paso luego de muchos que incluyeron exámenes de sangre, despistaje de sida y tuberculosis y pago de varios trámites de chequeo de nuestro pasado en Venezuela y en Estados Unidos.

Minutos después nos hacen pasar a una oficina. Guillermo y yo nos sentamos frente al oficial del INS (Immigration and Naturalization Service) y los niños se sientan al fondo de la oficina. El oficial tiene nuestra documentación frente a él y la hojea sin mirarnos. Finalmente levanta la mirada y sin decir los buenos días procede a hacernos preguntas.

A ambos:

—Are you or have you ever been a member of the Communist Party?3.

—No, sir.

A mí:

—Have you ever been a prostitute?4.

—No, sir.

A Guillermo:

—Have you ever been a pimp?5.

—No, sir.

Desde el fondo de la oficina sale la voz de Mate:

—Mami, what’s a prostitute? What’s a pimp?6.

Quiero matar con la mirada al funcionario, pero en sus manos está nuestro destino, así que a quien mato con la mirada es a Mate llevándome el índice derecho a mis labios en señal de que haga silencio. Es solo una más de las injusticias e incomodidades de este proceso.

Aprueban nuestra solicitud y pasamos de tener visa de estudiantes a ser residentes. Tomó años, pero nunca estuvimos indocumentados gracias a que, por las vueltas de la vida, mi mamá nació en Nueva York. Ella, que ha vivido prácticamente su vida entera en Venezuela, comenzó el proceso de nuestra residencia americana luego del «Caracazo» en 1989, cuatro años antes de que nos viniéramos. Ser hija de ciudadana americana fue la llave legal de nuestro proceso de inmigración. Sin embargo, ser hija de ciudadana americana y ser mayor de edad, casada y con hijos me dio una prioridad baja en la asignación de nuestras visas de residente; de ahí que fuera todo tan lento. Tampoco teníamos el dinero para pagar un abogado.

Tres semanas después llegan nuestras green cards. Son rosadas.

Atlanta: mayo de 2008

—How many justices are on the Supreme Court?

—Nine.

—There are four amendments to the Constitution about who can vote. What are they?

—1) Citizens 18 and older can vote. 2) You don’t have to pay a poll tax to vote. 3) Any citizen can vote. Women and men can vote. 4) A male citizen of any race can vote7.

Ya en las oficinas del U.S. Citizenship and Immigration Services,Guillermo, Mate y yo seguimos estudiando para el examen de ciudadanía. Son cien preguntas de variable dificultad y utilidad. Cien preguntas entre las cuales hay una buena porción que mis colegas profesores, nacidos en Estados Unidos, no saben responder. No importa, ellos nunca tendrán que pasar este examen.

Una vez más la entrevista, con examen incluido, es el último requisito de muchos para tener la ciudadanía. Esta vez el proceso nos tomó menos de un año. Nos tardamos mucho más que eso en tomar la decisión de hacernos ciudadanos. Hasta que no estuvimos totalmente seguros de que podríamos mantener nuestra nacionalidad venezolana, no comenzamos el proceso. Hicimos todos los trámites sin abogado. El procedimiento nos costó 725 dólares por persona.

Tres horas después de la entrevista nos juramentamos como ciudadanos.

Ese día nuestra identidad pasó oficialmente a tener un guion: Venezuelan-American.

Yo me siento exactamente igual, pero sé que el lente con el que me miran aquí cambiará. Ser ciudadana tiene implicaciones importantes en cuanto a deberes y derechos.

Una semana después mis amigas profesoras celebran mi nueva ciudadanía con una torta con la bandera de Estados Unidos y la palabra «Welcome!».

Athens, Georgia: 9 de noviembre de 2016

Los párpados me pesan. Abro los ojos y veo los bordes de mi habitación en la oscuridad. Miro el reloj, son las 5:30 a. m. No he dormido casi. Y siento el peso en el corazón: ganó Donald Trump. Anoche ganó Trump. Tendremos que decir President Trump. ¿Cómo pudo haber pasado esto? ¿Cómo no ganó la candidata más preparada para presidenta en la historia de este país? Es mujer. Ese es uno de los problemas. Hace tiempo lo dije y tuve razón: este país elegirá a un hombre negro como presidente antes que elegir a una mujer. Que el machismo es siempre más fuerte que el racismo. Pero ¿Trump? Un miserable que mira a las mujeres como trofeos de caza y a los inmigrantes como enemigos internos. Un tipo para el cual alguien como yo —mujer latina con un Ph. D.— no existe. Misógino, racista, mentiroso, ignorante y polarizador. Un bocazas acompañado de lo peor de la extrema derecha conservadora de este país. De los que creen en la supremacía blanca. ¿Cómo pasó esto? Que él no ganó el voto popular, que será presidente gracias a ese anacronismo que es el «colegio electoral». Que los rusos intervinieron. Repito, ¿cómo pasó esto? ¿Cuáles serán las consecuencias de esta elección para los inmigrantes, los que están en proceso de obtener asilo o una visa? ¿Qué pasará con todos los que son diferentes a él? ¿Qué pasará con los negros, los latinos, las mujeres, los no cristianos, los de la comunidad LGBTIQ+, los pobres, los enfermos, los que tienen discapacidades y necesidades especiales, los que clamamos por el control de armas? ¿Qué pasará con el resto del mundo?

Tengo miedo. Por primera vez en este país tengo miedo. Me aferro a mi posición privilegiada: soy ciudadana norteamericana. El miedo sigue intacto.

Horas después entro a clase y veo el miedo en los rostros de mis alumnos de color. Tendremos que transformar ese miedo en determinación y supervivencia.

Nueva York: 6 de marzo de 2017

En un pequeño teatro Off-Off-Broadway se presenta The Refugee Plays, microteatro dedicado a reflexionar sobre el tema de la inmigración y los refugiados en la naciente y ya convulsionada era Trump. En el escenario una actriz vestida de Mickey Mouse derrama sus líneas en inglés frente a un confesionario en un monólogo eficazmente titulado «Mickey’s Confession»:

…la muerte es ocurrencia diaria en mi país. Tengo apenas treinta y dos años, padre, y en los últimos dos años enterré a nueve de mis amigos más cercanos…

…me han golpeado la cabeza repetidamente con una pistola mientras seguía órdenes y llamaba a mi familia, quizás por última vez, para pedir mi propio rescate…

…ese día, cuando me tenían secuestrada junto con mi novio de entonces, tomé la decisión: ¡yo me voy de aquí! Seis meses después llegué a Nueva York…

…Fui estudiante de actuación en un programa de maestría de alto calibre. La gente hablaba de mí. La actriz de televisión latina que hacía un trabajo excepcional en el programa. Y entonces me gradué y mi visa de estudiante expiró. ¿Qué se supone que debía hacer? ¿Regresar?...

…Yo no quiero regresar… ¡Yo no voy a regresar!8.

El público aplaude y a mí me corren las lágrimas. Conozco al autor. Sé qué partes de este monólogo son su propia historia. Sé cuántas veces lo secuestraron en Caracas. También conozco a la actriz que tuvo en su mente cuando escribió «Mickey’s Confession». Ella ya no está en Nueva York. Tampoco regresó a Venezuela. Se abre camino en un tercer país. Somos un reguero por el mundo.

FaceTime: 28 de septiembre de 2017

—Cayo, ¿sabes?, mi amiga Anabella se fue de Venezuela.

—No me digas, Paula… Bueno, pero tú tienes muchas amigas.

—Sí, pero Anabella es mi mejor amiga… tendré que hablar con ella por FaceTime como hago contigo. ¿Cuándo vienes, Cayo?

Paula es mi sobrina de seis años. Es una experta en FaceTime y diáspora.

Miami: 9 de febrero de 2018

Esta ciudad es un destino recurrente en mi itinerario de investigación. En ella residen la toma de decisiones y la producción de las cadenas de televisión de habla hispana de Estados Unidos. Es, también, el destino de buena parte de la diáspora de mi país. Según el Pew Hispanic Research Center, aproximadamente el cincuenta por ciento de los venezolanos que viven en Estados Unidos están en el sur de la Florida. No veía en esta zona un influjo tan alto de un solo país desde la Revolución cubana. Esa y la Revolución bolivariana, con sus correspondientes éxodos, marcan todo en el sur de la Florida. Desde la industria de la telenovela, que ahora se nutre del talento y know-how venezolano, como lo hizo antes del cubano, hasta el hecho de no necesitar hablar ni una palabra de inglés mientras estoy aquí.

A mí no me gusta Miami, a pesar de que cuando estoy aquí mis días están llenos de investigación, familia y amigos, mientras me deleito con la comida venezolana que es ahora tan fácil de encontrar. Hasta hace poco pensaba que mi problema con Miami manaba de dos fuentes: la naturaleza híbrida de sus códigos que no termino de entender y sus distancias que, ante la ausencia de un sistema de transporte público que me lleve a todas partes, me hacen pasar buena parte del día en el carro con el GPS como banda sonora.

En este viaje entendí finalmente qué me pasa con Miami y por qué lo asocio con el tiempo que paso manejando. Resulta que cuando voy por su telaraña de autopistas y la ciudad es ante mis ojos eso —una ciudad—, tomo distancia y pienso obsesivamente en los venezolanos que tratan de sobrevivir en ella. Pienso en los actores venezolanos que pagan cursos de «acento neutro» en los que no solo les enseñan a pronunciar claramente todas las sílabas y las «eses» de las palabras, sino también a imitar el acento mexicano. A mi mente vienen escritores venezolanos cuyos libretos pasan por las manos de personal entrenado para mexicanizar los diálogos. Pienso en los venezolanos que sobreviven sin sus profesiones porque aquí no las pueden ejercer: fisioterapeutas convertidos en repartidores de pizza, médicos reconocidos que diagnostican a sus amigos pero que no los pueden recetar, diseñadores gráficos que ahora cocinan para eventos, ingenieros que venden celulares, abogadas que peinan y maquillan a domicilio, peluqueras que limpian baños en las peluquerías, etcétera. Miami representa todas las ciudades del mundo a donde los venezolanos emigran. Y la tristeza y el dolor se me desbordan allí, en un carro alquilado con la voz impersonal del GPS como único testigo.

Athens, Georgia: 20 de marzo de 2018

Bajo una bandera de Venezuela, dieciocho niños y dieciséis adultos miran sonrientes a la cámara. La mayoría viste una franela con la palabra «Venezuela». También hay un cuatro y, al menos, un par de maracas. Momentos antes los niños habían entonado «El espanto», del grupo larense Carota, Ñema y Tajá. Son los niños venezolanos que van a la Timothy Elementary School, uno de los colegios de primaria de Athens. Los miro y me parece que son una multitud. En Athens mis hijos siempre fueron los únicos venezolanos en sus colegios. Sonrío. ¡Cómo han cambiado las cosas! Pero la sonrisa se me extingue cuando pienso en las causas de esta multitud y en los dieciocho pupitres que se quedaron vacíos en Venezuela.

Vacíos, como quedaron también los anaqueles de mercados y farmacias, y las viviendas de los que quisieron irse y de los que no tuvieron más remedio que hacerlo. Ahora cuando voy a Caracas se me llenan los ojos de vacío. Asientos vacíos en las reuniones familiares. Calles desoladas al caer el sol. Colegios y universidades despoblados de estudiantes, maestros y profesores. Quirófanos desiertos de pacientes porque no funcionan. Salarios convertidos en arena. Pantallas de televisión a las que les exprimieron la venezolanidad en el primetime y les expropiaron la libertad de opinión a toda hora.

Lo peor es que lo que está vacío es preferible a lo que está lleno: la lista de enfermos que esperan por tratamiento. Los talleres mecánicos atestados de vehículos que no tienen repuestos. Los basureros poblados de gente que solo encuentra allí qué comer. Las cárceles hinchadas de presos políticos. La morgue.

Es la realidad.

La mente se rebela. Y la mía vuela a Venezuela a menudo. Veo los rostros de mis amores: mi familia y mis amigos. Escucho las risas de mis amigas del colegio y me baño en la luz que ellas emiten. Transito las calles de Caracas sin miedo, mirando al Ávila cada vez que puedo. Revivo mi rutina de investigación: me desayuno una arepa con mi mamá, observo y hago entrevistas en los estudios de un canal de televisión, entrevisto a los escritores en sus casas, veo el capítulo de la noche con alguno de ellos, regreso a casa de mi mamá. Le pido la bendición.

Es un espejismo.

Ya no se hacen telenovelas.

Muchas veces no hay arepas en casa de mi mamá.

Ya no salgo de noche en Caracas.

Pero yo inserto mi espejismo a la fuerza en la realidad cada vez que voy. Me refugio en mis amores. Miro al Ávila. Busco a mis amigas del colegio. Le pido la bendición a mi mamá. No me resigno. Resisto. Regreso. Una y otra vez.

Afuera y adentro

¿Quién fue el que se fue? ¿Quién fue el que se quedó?

En realidad, no es quien se va el que abandona, sino quien se quedó.

Esta es la razón de por qué la persona que se fue, lo hizo.

¿Quién fue el que se fue? ¿Quién fue el que se quedó?

¿Es quien se va el culpable siempre?

¿Cuándo comienza una separación?9.

Irse o quedarse. Deshojar la margarita sabiendo que ambas opciones son de alto costo emocional, físico y económico. Una decisión personal que requiere un nivel de arrojo nada despreciable. Quedarse en el lugar de los vacíos o saltar al vacío con la esperanza como único equipaje. Quedarte es enfrentarte al día a día de esa distopía en la que el chavismo-madurismo convirtió al país. Por eso hay quien está en Venezuela, pero vive dentro de una burbuja que ha logrado construir. Está exiliado en su propio país. Está, pero ya se fue. Además, las burbujas son frágiles, siempre se rompen. Por otra parte, irte no es la ausencia de problemas, es tener problemas distintos. Es aprender otro idioma, otra cultura y otra burocracia. Es tomar la decisión de si intentarás desprenderte de Venezuela o no. Por eso hay quien se va y nunca voltea para atrás. También hay quien se va y empieza a ver las cosas en Venezuela peor de lo que son. Hay quien nunca vive realmente en el país al que emigró porque construye una burbuja venezolana en la que solo se relaciona con venezolanos. Y, por supuesto, hay quien vive afuera con todo lo que eso implica, pero no se ha ido, como yo.

Al mapa de mi país lo vienen golpeando incesantemente con una bola de demolición que primero lo astilló, luego lo fracturó y ahora va camino a despedazarlo. Las astillas están tanto en Venezuela como regadas por el mundo. A veces nos arrimamos las unas a las otras buscando reconstituir el mapa. Pero a veces también nos herimos mutuamente porque nuestros bordes son filosos.

Entre los aspectos que más me perturban de lo que nos sucede a los venezolanos están las discusiones e insultos entre los que se quedaron y los que se fueron. Entre los de adentro y los de afuera. Se acusan mutuamente de no entender la realidad del país donde viven, sea el que sea. Si vives afuera y opinas sobre Venezuela, puedes salir regañado porque «no sabes de lo que hablas». Si expresas tu preocupación por algo que sucede en el país donde vives, puedes ser reprendido porque nada es más grave que lo que se vive en Venezuela y lo demás no merece siquiera ser comentado. Si vives en Venezuela, te cansas de escuchar las directrices de gente que vive en latitudes más seguras y que no están exponiendo su propio pellejo. El hecho es que hay quienes pontifican de lado y lado sin darse cuenta de la alienación que producen. Desayudan. Se niegan a capitalizar la riqueza que dan los diferentes puntos de vista. Prefieren el calor de la discusión que la luz del análisis en el que ambas miradas, la de cerca y la que se hace desde lejos, son imprescindibles.

«Divide y vencerás» es la estrategia medular del régimen. Y esa siembra ya recoge su cosecha de desunión y desesperanza.

Pero no hay adentro y afuera. Todos somos venezolanos y estamos prisioneros del régimen, huérfanos de una dirigencia política asertiva y profundamente despechados. Porque, estemos donde estemos, caminamos con el corazón roto y nuestras heridas y pérdidas a la vista.

Todos queremos regresar a un país que ya no existe y que, por lo tanto, tendremos que construir. Ya no será el mismo. Ya no somos los mismos. Pero todos queremos caminar sobre el Cruz-Diez del aeropuerto como turistas que saben que siempre pueden regresar a casa.

Albor

En 1962 mi calle ya se parecía a muchas de las de la Caracas actual: allí no se podía jugar, ni montar bicicleta, ni caminar, ni siquiera conversar un rato. Allí no se podía estar. Mi casa, «la última a mano izquierda antes de llegar al barrio Las Minas», quedaba en la insegura, agresiva y transitadísima Carretera Vieja de Baruta. Llegué allí sin haber cumplido los cinco años, gracias a la compra simultánea de terrenos contiguos que hicieron dos jóvenes ingenieros y amigos: mi papá, Carlos Acosta Sierra, y Francisco «Paco» Abascal. Ellos también construyeron sus casas a la vez y mudaron a sus respectivas familias con solo cinco meses de diferencia. Durante casi toda mi infancia solo hubo tres viviendas en esa sección de la Carretera Vieja que pertenecía oficialmente a la urbanización Lomas del Club Hípico: mi casa (Mi Caney), La Guareñita, de los Abascal, y en la acera de enfrente San Pedro, donde vivían el historiador Cristóbal Mendoza y su esposa. La quinta San Pedro, señorial, serena, con tejado colonial, piscina y chofer incluidos, era el polo opuesto de las dos casas de arquitectura moderna con sus techos planos desnudos de tejas, sus familias de clase media alta y su bullicio perenne de niños que la miraban desde la otra margen de la carretera que trepidaba sin pausa con el tráfico de carros, camiones y autobuses.

Si la calle de Mi Caney y La Guareñita era un viaje al futuro de Caracas, la parte de atrás de las casas era un túnel del tiempo hacia el pasado. Todo era monte. No existía todavía Terrazas del Club Hípico. No estaban ni Concresa, ni el Humboldt, mucho menos La Pirámide. Prados del Este estaba en sus comienzos y a nadie se le ocurría pensar que algún día habría urbanizaciones más allá de sus linderos y que un nombre como Alto Prado sería necesario. Por lo tanto, Mi Caney y La Guareñita estaban rodeadas de una extensa pradera de suaves colinas verdes donde los miembros del cercano Club Hípico de Caracas paseaban a caballo los fines de semana y los niños del barrio Las Minas se bañaban en un estanque que se veía desde las dos casas. Era una imagen bucólica e irreal. Mi Caney y La Guareñita eran el presente que conectaba a dos ciudades que realmente no existían: la que estaba por venir y la que había desaparecido.

Mi infancia transcurrió en