Camino, comunión y vida - Koldo Aldai - E-Book

Camino, comunión y vida E-Book

Koldo Aldai

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"A fuerza de kilómetros horadando la belleza de la Tierra nuestra Madre, me di cuenta de que escribir y compartir era otro aspecto grato del Camino. Las notas al pie de la Senda se fueron convirtiendo en parte indispensable del peregrinaje. Camino en solitario, pero no camino solo. El blog de notas fuera de la mochila y siempre a mano me hace sentir acompañado. En cada descanso he ido volcando lo que no me cabía dentro. Los árboles en los que me recostaba fueron los primeros en saber de estas íntimas confesiones. Ahora llega vuestro turno… "Escribir era tal vez el arte de buscar a Dios con un lápiz entre los dedos, tantas veces temblorosos. ¿A la vuelta de tanta letra escrita, será la verdadera literatura un compartir de los soliloquios con la Divinidad que nos habita, con el Dios que juega al escondite entre las ramas de un Camino que nos colma? "Intentar compartir ese placer de los ojos blandos, del corazón abierto y de la mochila al hombro es la fundamental motivación de este breve libro. ¡Ojalá sea también, amigo/a lector/a, nutricio para tu alma!"

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Seitenzahl: 192

Veröffentlichungsjahr: 2020

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Camino, comunión y vida

Notas al borde de la Senda

Koldo Aldai

Primera edición en esta colección: noviembre de 2020

© Koldo Aldai, 2020

© del prólogo, Javier Melloni, 2020

© de la presente edición: Estrella Editorial, 2020

Estrella Editorial

c/ Muntaner, 269, entlo. 1ª – 08021 Barcelona

Tel.: (+34) 93 494 79 99

www.estrellaeditorial.com

[email protected]

ISBN: 978-84-17886-87-5

Realización de cubierta y fotocomposición: Grafime

Reservados todos los derechos. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos. Si necesita fotocopiar o reproducir algún fragmento de esta obra, diríjase al editor o a CEDRO (www.cedro.org).

Este libro está dedicado a los hospitaleros y hospitaleras que están devolviendo alma y sentido al Camino, que reciben con brazos abiertos y sonrisa sincera, que ven en el peregrino que llama a su puerta un hermano necesitado de acogida, no un turista con más o menos billetes en el bolsillo.

Estas páginas mojadas por el sudor y elevadas por la contemplación de la Creación, están dedicadas a quienes mantienen viva día a día la senda sagrada, porque saben de un destino igualmente sagrado para el conjunto de la humanidad. En alguna curva alboreará…

Necesitamos la senda para recordarnos y hallarnos, para enfocarnos y esforzarnos. Necesitamos la senda, máxime en estos momentos de zozobra, necesitamos horizonte, razón de caminar… Necesitamos propósito cuando el propósito es salpicado de barro. Necesitamos Aurora cuando todos los días nos saluda el mismo y estridente timbre.

Necesitamos hacernos con la seguridad de que la Ruta nunca se acaba, de que con cada mañana nos aguarda una aspiración superior, nuevos y esperanzados encuentros, nueva caricia de Sol en este caminar infinito… Necesitamos saber que en la niebla más cerrada siempre hay una flecha amarilla, siquiera un viejo y descascarillado mojón que nos sacará a la recta y noble dirección. Necesitamos altura, mapa y Norte para cobrar seguridad de que no avanzamos a la deriva.

Hay muchos de esos guardianes del Camino. Cito a los que he tenido la suerte de conocer más de cerca como Joxelu y Elixabeth del albergue Belilari en Donibane Garazi (Saint Jean de Pied de Port), como Javier Yela del albergue de Samblismo (Asturias), como José del albergue «A Pedra» de Sarria (Lugo), Xabi de O Couso (Lugo), Joxemi de Monreal (Navarra)…

Dedico por último este libro a mi hermano en el Camino, Joxemi Iriondo, que recién avanza por una Senda más clareada, con una mochila sin peso. Ez adiorik, gero arte besterik! (¡Solo un hasta luego!)

«Cada día es un paso más, cada día es un paso más. Hacia Ti, Gran Espíritu, hacia Ti, un pasito más…».

CANTO ANÓNIMO

«La verdadera evolución es una ascensión continua. Pero durante esta ascensión cada uno pasará inexorablemente por altos y bajos, subidas y bajadas; debemos saberlo para no desanimarnos y perseverar. Un día habrá más subidas que bajadas, y Dios, como un padre benevolente, perdona a sus hijos que reconocen sus errores y deciden corregirlos.

»Es imposible elevarse sin ningún desfallecimiento. Lo esencial es haber emprendido el camino de las alturas, el del amor y de la sabiduría que conducen a la verdad. Si mientras estáis en este camino debéis retroceder, no es grave. Lo esencial es que mantengáis la misma orientación, que conservéis presente en vosotros el mismo objetivo, el mismo ideal, que siempre tengáis la mirada fija en la cima a alcanzar».

OMRAAM MIKHAËL AÏVANHOV (1900-1986)

Sumario

Prólogo de Javier MelloniIntroducciónTe ofrezco mis pasosPeregrinaje solitarioPaseosComunión que camina. Peregrinaciones colectivasEpílogo

Prólogo aCamino, comunión y vidade Koldo Aldai

La voz de Koldo es inconfundible, ya sea escuchándolo hablar o leyéndolo. Quien la ha oído o leído una vez, la reconocerá para siempre. Hay en ella una fuerza que reverbera tanto a través de sus cuerdas vocales como de su escritura. Cada frase, cada palabra, contiene la totalidad. Esto sucede porque todo él está íntegramente presente en lo que dice y escribe.

En esta obra nos ofrece una recopilación de escritos sobre su experiencia del caminar. En cada página resuenan los pasos de sus andaduras, algunas lejanas, otras recientes, unas solitarias y otras compartidas, pero siempre solidarias. No es difícil imaginar su cuerpo enjuto y a la vez fibroso dando un paso tras otro por los diversos parajes que describe, ya sea encaminándose a lugares explícitamente sagrados o convirtiendo en sagrados los lugares no reconocidos tradicionalmente como tales. Y es que lo que hace sagrado un camino, un paisaje o un lugar es el modo de caminarlo.

Caminando, Koldo aprende de su entorno y de las diferentes personas que salen a su encuentro. Campesinos, pastores, veterinarios, pescadores u otros andantes y peregrinos se convierten en sus maestros. Y junto al factor humano, nos comunica la sacralidad de la madre Tierra:

¿Por qué no retornamos más a menudo en soledad a las alturas? Intimar en privada audiencia, quizás no con las más altas Jerarquías ocupadas en otros más importantes menesteres, pero sí con los grandes ángeles o apus, cuyo cuerpo de manifestación son esas soberbias montañas, testimonio de fortaleza y serenidad inamovible. Acercarnos a esos poderosos seres que, desde tiempos remotos, aguardaban por fin nuestros pasos admirados, reverentes.

Los bosques, las llanuras, los peñascos y también el mar, el gran compañero de los habitantes de la costa, se convierten en sus interlocutores. Los sonidos, los olores, los roces y los colores lo van tomando y embriagando:

La plegaria no es bajo la lluvia, más bien es con la lluvia. Camino con ella en privilegiada unión. A menudo se aplica con fervor y sus gotas alcanzan la piel desnuda. Puede ser el cómodo dedo del pie o el atrevido cuello. A veces se une el hermano viento y entonces es sinfonía.

Si el cuerpo aguantara, no dejaría nunca de caminar. El sonido del cayado nunca callaría.

Su sonido atrapa cada día un poco más el gozo del Camino, hasta el punto de desear que las flechas amarillas nunca se acaben, que la Senda no tenga su fin […]. Es entonces cuando te asalta inevitablemente la idea de cómo servir al mundo con un bastón en la mano y una mochila al hombro; cómo ser servicio en la condición de mero peregrino; cómo ser útil con unos simples pasos.

Su modo de conocer es caminando. Así es cómo recorre y es recorrido por los lugares que le llaman. De ahí brotan convicciones como estas:

Una tierra comienza a ser tuya cuando tus pasos se posan sobre ella con ternura y la caminas con cariño; cuando sus bosques te hablan, sus ríos te interpelan, sus mares te abrazan. Una tierra comienza a ser tuya cuando duermes sobre sus hojas caídas y sus firmamentos se clavan en tus retinas, cuando te aseas en sus fuentes y renaces entre sus olas. Una tierra comienza a ser tuya cuando tu sudor la va empapando día tras día y la oración aflora silente en sus alboradas, cuando su lengua se acomoda a tus oídos, tu espalda a sus árboles, tus ojos a sus verdes horizontes. Cierto, no hay patria, pero en algún sendero ha de brotar el poema, bajo algún ancho alero reposar el cuerpo agotado…

Así es su sentir, tierno y recio a la vez. También comunica con honestidad su desasosiego al perder la cámara de fotografiar y luego la liberación que siente por haberla perdido. Lo mismo le sucede con un libro electrónico: lo lleva cargado de títulos hasta que se da cuenta de que no hay mejor libro que la naturaleza que le circunda. Tiene la humildad de bendecir «al rey y al vagabundo», porque se identifica con ambos: tanto con la comodidad de una buena cama y una buena comida que pueda hallar en un albergue, como con la libertad del vagabundo que vive al raso extasiado ante la bóveda de las estrellas.

A su vez, las notas de sus diarios desvelan ráfagas de momentos diferentes de su vida. Pensamientos de alguien que ya ha caminado mucho y tiene perspectiva para reflexionar sobre sus pasos. Al calor de una hoguera, observa:

Apenas desprende humo el pasado. No crepitan los errores antiguos. En medio de aquella inmensidad, la sombra no hace ruido cuando arde por dentro. No quemamos botas raídas, camisetas sudadas, ni calcetines olorosos, pero sí lastre hediondo de algunos caminos.

Pasando cerca del mar, ve jóvenes surfeando las olas, lo cual le suscita los siguientes pensamientos:

Entre los pósteres de puños alzados no hicimos sitio para la «frívola» tabla de surf. No fue seguramente un tiempo perdido, pero demasiadas olas se deshicieron y escondieron en la arena mientras ensayábamos aquella revolución imposible. Vamos a nacer de nuevo, vamos a cabalgar las olas, a reír con ellas. Vamos a caminar encima de los océanos. Vamos a construir una nueva tierra en la que los jóvenes no se vean en la necesidad de agotar sus gargantas por las calles.

Estas páginas entablan un diálogo con nuestra sociedad del bienestar, o del malestar:

Peregrinar nunca es competir, por más que ello implique renuncia a un descanso blando. Poner la mente en «modo comida» o en «modo cama» es malograr el Camino. Ya he echado a perder demasiados kilómetros de esa forma.

Su caminar está atento a los paisajes de hoy, cruzados por carreteras y autopistas. No se escandaliza ni se queja de ello, sino que sabe ver lo positivo de cada situación. Es característica de todo el libro la positividad de su mirada y de sus comentarios. En ellos no hay acritud, cinismo o ironía, sino el convencimiento de que una Mano Invisible guía este mundo y nos permite crecer y avanzar:

Nosotros también somos la autopista, su orgullo destructor, su humo, su escándalo. Nuestros alimentos y necesidades se trasladan en las grandes cajas de sus camiones. Viajamos rápido gracias al cómodo tránsito que procura la red de autopistas. No sea en balde el sacrilegio. El «progreso», que a veces causa tanto daño a la Madre Naturaleza, pueda servir a superiores valores. La moderna «civilización» traiga cuando menos su debida recompensa en forma de acercamiento entre los humanos, de consagración del ideal fraterno. El asfalto omnipresente sirva a la postre para el progreso de la unidad humana.

En Tierra Santa, sigue perforando lo que aprecian sus sentidos, que no captan solo lo visible, sino también lo Invisible:

Allí no es difícil sacar del escenario lo que le sobra para ser Escenario. No es complicado sacar de esas carreteras algo de gris y polvo para que devengan Camino.

Sería desmesurado orgullo afirmar que frente a ese Lago de inmensa paz nos alcanza el recuerdo. Sí, quizás sí, recuerdo de todas las veces que nuestra alma aspiró con desbordante fuerza ser unos pasos más tras Sus Pasos.

Siguen sucediéndose diversas tierras y paisajes a los que imprime un sello inconfundible con sus observaciones y comentarios.

Deja para el final las crónicas o notas de diversas caminatas colectivas en nombre de la paz o de la unidad de las tradiciones espirituales. De ahí surgen ráfagas como estas:

No envidiamos a los coches que pasan veloces. Estamos a gusto calzando las sandalias de la emergente paz. «Continuaremos aunque sea con los pies rotos…».

A la noche un peregrino nos regala, en un español italianizado, estas sentidas palabras en el círculo: «Yo aún no sé lo que es la paz. Solo sé que en vuestra compañía siento más paz». Añade después: «Me he fijado en que en los pueblos, cuando cantamos, el rostro de la gente cambia».

Las diferentes tribus y movimientos espirituales compartimos canto y puchero, frescor de la mañana y plomizo sol del mediodía, círculos de la tarde y techo unas veces estrellado, otras de uralita al caer el día. Tuvimos sobrada oportunidad de vivenciar, desde el comienzo al fin del camino, la sensación de un solo latido, un solo corazón.

No deja de tener un comentario de agradecimiento por lo que no pasa desapercibido a su mirada penetrante, esta vez dirigido al equipo de intendencia:

Siempre burlaban la aurora. Sus sombras ya se agitaban entre el trasterío antes de la hora acordada. Los abrazos matutinos eran siempre en la penumbra, al calor de una avena que ya comenzaba a soltar su harina, de un café que ya osaba, con su único aroma, inundar el campamento. Solo la recia llama bajo los grandes pucheros competía con la luz de un grato día que despertaba.

Mientras leía el manuscrito de Koldo, cayó en mis manos el breve opúsculo de Henry David Thoreau sobre el Caminar. A casi doscientos años y a unos cinco mil kilómetros de distancia ambos hablan de lo mismo y ambos dicen lo mismo. Uno y otro podrían intercambiar sus párrafos y no reconoceríamos quién de los dos los ha escrito. Ambos meditan caminando. Cada cual ha de encontrar su modo de adentrarse en su adentro para estar más lúcido y disponible para servir a su generación. Escribe Koldo: «¡Ultreia et suseia! ¡Deus adjuva nos!» («¡Más arriba, más lejos! ¡Ayúdanos, oh Dios!»).

A este saludo que se daban los peregrinos y que se remonta a la Edad Media, podríamos añadir: ¡Intreia! («¡Más adentro!»). Las tres dimensiones engrandecen al ser humano, las tres nos acercan a lo que estamos llamados a ser: adelante, venciendo obstáculos; arriba, aprendiendo a mirar más alto al tomar distancia respecto de nuestras estrechas trincheras y barrancos, y adentro, hacia esas profundidades inacabables que nos conectan con todo y con todos.

Este libro venera de forma implícita a todos nuestros ancestros que han caminado por el planeta desde que salieron de África hace unos tres millones de años. Como signo de comunión con todos ellos, valgan estas palabras del pueblo originario lakota:

Cada paso que des en la tierra debe ser una plegaria.La fuerza de un alma pura y buenaestá en el corazón de cada personay crecerá como una semillacuando camines de forma sagrada.Y si cada paso que das es una plegaria,entonces caminarás siempre de forma sagrada.

Tal vez estas palabras sean las que mejor expresen lo que el lector encontrará y reconocerá en estas páginas. Seguro que brotará en él o en ella un irreprimible deseo de caminar de forma sagrada, como a mí me ha sucedido al leerlas.

Volvemos del fin del mundo. ¡Ojalá también del final de nosotros mismos! Cegados de belleza, volvemos sobre nuestros pasos.

Javier Melloni

Manresa, 8 de enero 2020

Introducción

El invierno nos aseguró que no nos cerraría los caminos y, sin embargo, estamos aquí arañando paredes, agotando leña, endulzando tisanas. La llama calienta todo lo que se le acerca, incluida la siempre caprichosa nostalgia.

El invierno se guardó los caminos, los escondió bajo un manto blanco, pero no sabe que iremos con palas y cubos y de nuevo los gozaremos, los oraremos, los cantaremos. No sabe que nunca pararemos de andar, pues recorrer la creación, caminarla con conciencia, con amor en los pies y los labios, es la forma que hemos escogido para volver a ser uno con ella.

En medio del invierno agradecemos la tisana que alegra la garganta y el fuego que desentumece el cuerpo. Solo echamos en falta las ampollas que devoran los pies y la mirada que abarca horizontes. En mitad del invierno no contamos los días que restan para la primavera, sino para coger bordón, calzar la mochila al hombro y embriagarnos a cada paso, a cada trago de Madre Tierra.

Te ofrezco mis pasos

Soy un peregrino en el camino del amor. No camino solo, y sé que las grandes almas y yo somos uno y el servicio que prestamos es uno. Su fuerza es mía. Esta fuerza la reclamo. Mi fuerza es de ellos y la entrego voluntariamente. Como Alma camino en la tierra.

MANTRA ENTREGADOPOR MAESTRO TIBETANO A R. ASSAGIOLI

Ya no habrá crónica feliz al pie de la Senda del Gozo. Es hora de recoger todas las letras esparcidas por tantos caminos. Es preciso recordar para no olvidar. En este fuego se acaba la hojarasca que parecía infinita, se detienen todos los caminos que he hollado con devoción y placer. En estas llamas de hogar mueren los bosques alfombrados, las rías anchas de Ferrol, las olas poderosas de Fisterra, las mansas playas de Portugal… Las botas me miran con justificado recelo cuando calzo calcetines gordos y zapatillas de casa. El alma sigue reclamando su diaria cuota de aventura, éxtasis y flechas amarillas.

El Camino da para mucho más que simplemente caminarlo. Por eso siempre llegaba el último a los refugios, por eso descansé tantas veces en el cuarto de la lavadora. Por eso ahora intento reunir todas estas notas tomadas al borde de la Senda.

No maldigo el hogar, pero ¿quién soborna a los pies y al espíritu peregrinos? Vacío la mochila de recuerdos, escondo el bordón en un lugar que no alcance, reúno sin convencimiento ramas secas, enciendo sin otro remedio la chimenea de la sala. Es hora de silencio y recogimiento. Me pongo a la pantalla grande, no a la que llevo en el macuto. Ya que guardo guías y mapas, pueda cuanto menos alumbrar bellas letras, «caminar», culminar grato, provechoso libro.

Una vez calzadas las zapatillas no es fácil reunir los ecos del Camino. El Camino nos habla pero ahora es preciso recordar y ordenar todas sus confesiones. A ello nos hemos puesto con ilusión y cariño. Aquí, hermano peregrino, el resultado…

En un primer capítulo encontrarás los apuntes de las peregrinaciones realizadas en solitario. En un segundo, reflexiones y meditaciones a partir de excursiones y paseos fuera de las peregrinaciones propiamente espirituales. Ahí he añadido algún artículo relacionado con el gozo del caminar. En un tercer capítulo, las crónicas de las peregrinaciones grupales que venimos realizando desde el año 1992.

¡Oh, Dios de verdad, en el silencio de este día peregrino que nace, solo te puedo ofrecer mis pasos torpes y mis ojos maravillados, horadados por tu Presencia! Solo te puedo ofrendar mi mirada envuelta en hojas de otoño, en follaje siempre agradecido.

Qué más pedir si no que esos ojos puedan seguir rodando bajo el sol y la lluvia, en el bosque y en el asfalto, en la dicha y en el infortunio.*

Peregrinaje solitario

Con cada paso hemos llegado al momento presente: podemos entrar en la Tierra Pura o en el Reino de Dios… Cada paso nos alimenta y nos sana. Caminando así, imprimimos nuestra gratitud y amor a la tierra.

THICH NHAT HANH

A fuerza de kilómetros horadando la belleza de la Tierra nuestra Madre, me di cuenta de que escribir y compartir era otro aspecto grato del Camino. Las notas al pie de la Senda se fueron convirtiendo en parte indispensable del peregrinaje. Camino en solitario, pero no camino solo. El blog de notas fuera de la mochila y siempre a mano me hace sentir acompañado. En cada descanso he ido volcando lo que no me cabía dentro. Los árboles en los que me recostaba fueron los primeros en saber de estas íntimas confesiones. Ahora llega vuestro turno…

Escribir era tal vez el arte de buscar a Dios con un lápiz entre los dedos, tantas veces temblorosos. ¿A la vuelta de tanta letra escrita, será la verdadera literatura un compartir de los soliloquios con la Divinidad que nos habita, con el Dios que juega al escondite entre las ramas de un Camino que nos colma?

Intentar compartir ese placer de los ojos blandos, del corazón abierto y de la mochila al hombro es la fundamental motivación de este breve libro. ¡Ojalá sea también, amigo/a lector/a, nutricio para tu alma!

PEREGRINA

Caminaba sola, pues ya debía de saber que no existe otra forma seria de ganarse jubileos. Una alegría casi irreverente denunciaba su largo noviazgo con el Silencio. No corría tras albergues, seguía fiel al fulgor de las estrellas. No conocía el miedo, pues ni por un instante dejó de sentirse acompañada. Valiente sin escapulario, sin bastón de punta ni protección de este mundo; audaz sin siquiera saberlo.

Apenas cruzamos unas palabras; apenas sé de su historia, de sus sudores bendecidos, de sus senderos cuesta arriba…; apenas lo que leí en su cara joven, lo que escruté en sus ojos ya maduros. Tan solo puedo reportar su mirada instalada en íntimo gozo, su forma de cojear con dolor despreciado, su timbre regocijado al demandar por las flechas amarillas. Al final de nuestro breve encuentro algo me habló de África, de pizarras sin techos y niños apiñados en la sombra de una sabana hambrienta, algo me compartió de hábitos colgados en el perchero de una frondosa etapa… Escribo para recrearla, para ponerla a caminar de nuevo sobre las veredas de mi mente, para callarle las flechas amarillas allá donde se encuentre, para que ustedes sepan también que los santos descerrajaron ya los relicarios.

¿Cuántas veces se habrá despistado de la Ruta, cuántas veces habrá abandonado el Camino? El brillo en las pupilas testimoniaba esa suerte de incurable y casi permanente ausencia, esa muda victoria de quienes han derrotado el mundo, ese íntimo logro de a quienes ya nada turba. A poco me presto de lazarillo. Callé, pues enseguida me percaté de que necesitaba perderse una y mil veces, una y mil veces preguntar por el Camino, una y mil veces enamorar con su inocencia, con su pureza. A poco me marco el sermón sobre el románico estellés, pero enseguida reparé en una mirada que perforaba el tiempo y sus piedras. A poco le cojo la mochila, pero me di cuenta de que apenas le quedaba nada para conquistar el Cielo. A poco la invito a unos pintxos, pero adiviné a tiempo su dieta de luz, aire y fruta del momento.

¿Quién osaría atrapar al viento? Bastaba el instante, la copia de seguridad de sus pupilas celestiales en mi disco duro. Así que la dejé partir, empedrado arriba, sin más detención que una sonrisa de reconocimiento y aprecio, sin lazo de teléfono, ni e-mail, sin pesada galantería para quien demandaba todo su espacio abierto… ¿Qué sol azota ahora la frente de la peregrina, qué polvos levantan unas suelas en constante ensayo de vuelo, qué fuentes se empeñan en calmar su sed de otra Agua?

Si tropiezan con la santa andante, no la retornen a las flechas amarillas. Ella abraza una fe nueva, avanza por el Camino de todos aquellos que se han salido de los caminos. ¿Senda de amor puro? Sus pasos no deben de andar lejos de ese siempre lejano Finisterre… Sigamos su cojera cantarina con respetuosa distancia, burlando todas las flechas, entre hitos de estrellas, rumbo de infinitos.

BESAR LA TIERRA CON LOS PIES

Los amigos se encierran a menudo en largos vipassanas