Caminos docentes - Mílada Bazant - E-Book

Caminos docentes E-Book

Mílada Bazant

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Beschreibung

En este libro, el lector conocerá la trágica historia del paradójico, controvertido y polémico maestro Clemente Antonio Neve, un hombre dispuesto con toda su voluntad, a prueba de fuego, a cambiar, a través de la enseñanza moderna, el dramático destino de los niños, mayoritariamente indígenas. Al profesor Neve, dice la autora, le tocó vivir el largo y sinuoso camino de México en busca de su construcción como nación. Nació en la ciudad de México en 1829 cuando las epidemias y los pronunciamientos eran el pan de todos los días y murió en 1905 cuando los detonadores de inconformidad social del régimen porfirista eran más que evidentes. Ni en las épocas de gloria ni en su carrera magisterial ganó un sueldo digno, que fuese suficiente para que él gozara con su esposa y sus dos hijos, de un techo y comidas decorosas. Clemente Antonio, escribe la autora, me abrió una puerta distinta al México del siglo XIX. El estudio de una época a través de un personaje, asegura, permite adentrarse a un pasado "vivo," "auténtico," debido a que la abundancia de documentos biográficos es rica, variada y contrastante. La escala de observación es microscópica y el análisis del material documental revela hechos que expanden una realidad multiforme, plural, caleidoscópica. Enfatiza que la potencia de la biografía moderna deriva de un cruzamiento con otras disciplinas como la historia cultural, la de las mentalidades, la microhistoria, las emociones y los sentimientos y otras más, siempre moduladas social y culturalmente. Clemente Antonio Neve, señala la autora, ejerció la docencia de manera ininterrumpida de 1855 a 1903. Radicó en varios pueblos de Hidalgo, Puebla, Estado de México y en diversas municipalidades de la ciudad de México. Eran pequeñas localidades de 1000-2000 habitantes que luchaban contra la anarquía, guerras y escasez de recursos y en ese ambiente caótico lidiaban también para que los niños fuesen a la escuela. Ninguna escuela era igual a otra, la parte que definía la calidad era la vocación y preparación del maestro. Y, pese a sus ataques de ira, el profesor Neve era extraordinario, en todos los sentidos de la palabra. Contra viento y marea, argumenta la autora, algunos funcionarios y maestros como Clemente Antonio fueron edificando los cimientos de la pedagogía moderna. Nacieron con los principios de una educación tradicional, netamente religiosa, crecieron bajo el vaivén de estos principios y aquellos modernos que intentaban prohibir la enseñanza de la religión en las aulas escolares, y les tocó vivir, a partir de 1867 que estas ideas aterrizaran en forma de ley. La biografía de Clemente Antonio Neve relata la historia de este largo transitar de México en busca de la modernidad y de la modernidad educativa. Su bella y armoniosa caligrafía, poco común en esa época, evoca las huellas sutiles de que en la escritura encontró su mejor destino. Este trabajo biográfico muestra también una pasión por la enseñanza y la vocación de maestro y es una singular invitación a la lectura de este libro para quienes transitan hoy por los caminos docentes.

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Seitenzahl: 571

Veröffentlichungsjahr: 2024

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El Colegio Mexiquense, A.C.

Dr. César Camacho Quiroz

Presidente

Dr. José Antonio Álvarez Lobato

Secretario General

Dr. Raymundo César Martínez García

Coordinador de Investigación

372.9 DNB 1KLCM

Bazant, Mílada Caminos docentes. Entre abonos, injertos y venenos. Clemente Antonio Neve (1829-1905). – Zinacantepec, Estado de México: El Colegio Mexiquense, A.C., 2022.

362 p.

Incluye reg¡ferencias bibliográficas

ISBN 978-607-8836-05-5 (edición impresa) ISBN 978-607-8836-39-0 (edición electrónica)

1. Neve, Clemente Antonio, 1829-1905 – Historia y crítica – México. 2. Feminismo - Relatos personales - Historia y crítica – México. 3. Historia social de mujeres – México. I. Bazant, Jan, prólogo e introducción. II. Bazant, Mílada, prólogo e introducción.

Edición y corrección: Trilce Piña MendozaDiseño y cuidado de la edición: Luis Alberto Martínez López Formación y tipografía: Adriana Juárez Manríquez Diseño de portada: José Luis Oropeza Villalpando

Primera edición 2021

D.R. © El Colegio Mexiquense, A. C. Ex hacienda Santa Cruz de los Patos, s/n Col. Cerro del Murciélago, Zinacantepec 51350, México México E-mail: [email protected]ágina-e: <http://www.cmq.edu.mx>

Esta obra fue sometida a un proceso de dictaminación académica bajo el principio de doble ciego, tal ycomo se señala en los puntos 31 y 32 del apartado V, de los Lineamientos Normativos del Comité Editorialde El Colegio Mexiquenses, A. C.

Queda prohibida la reproducción parcial o total del contenido de la presente obra, sin contar previamentecon la autorización expresa y por escrito del titular del derecho patrimonial, en términos de la Ley Federalde Derechos de Autor, y en su caso de los tratados internacionales aplicables. La persona que infrinja estadisposición se hará acreedora a las sanciones legales correspondientes.

Hecho en México /Made in Mexico

ISBN 978-607-8836-05-5 (edición impresa) ISBN 978-607-8836-39-0 (edición electrónica)

Índice

Agradecimientos

Prólogo

Capítulo I. El maestro y el emperador

El abc de la educación

Caminos reales entre injertos, abonos y venenos

Huella de paso y medallas al por mayor

L'esprit est toujours Là o la mala fe de los hombres

La otra cara de la medalla

De la Orden de Guadalupe a las órdenes mendicantes

En la indolencia no hay bondad

Lágrimas, locura y examen final

Capítulo II. De pronunciamientos y “el pronunciado”

Ciudad de ciegos

Lecciones de urbanidad

¿Pronunciar o hablar claro?

Capítulo III. Zempoala: cruce de caminos

De la tierra de nadie a la tierra de Neve

Entre gritos y susurros, las paredes oyen

La boda entre el cielo y el infierno

Entre los amagos de la leva y los de Neve

Entre el dinero y el desamor

Capítulo IV. De los jardines flotantes a la República trashumante

La manzana podrida de Zacatlán

Entre leyendas de fantasmas y cuentos principescos

Clemente en trance

Entre “rojos”, “mochos” y “cangrejos”: el vacilante emperador

Los “efectos” de la educación y la pobreza

La simetría, el buen aire y la elegancia de la caligrafía

Capítulo V. Al Neve lo que es del Neve

El fantasma del hambre

Gajes del oficio

La nueva Atenas

Un azteca por tres reales y mal de muchos

La cosa está de “a peso”

Neve por entregas

Normales y anormalidades

Leyéndoles la “cartilla”

Capítulo VI. El teatro de la enseñanza y la enseñanza en el teatro

Una moneda en el aire

Una botella echada al Mahr

Neve: rara avis

Materializar la enseñanza

Los engranajes de un “Da Vinci” magisterial

La puerta falsa

Capítulo VII. El preceptor de México llega a la tierra de los volcanes

Las cartas sobre la mesa

El sabor del saber

Una escuela de verdad

Genio y figura…

El templo de la civilidad y la virtud

Sacerdocio pedagógico

De la seca a la Ameca

Aguja de otro pajar

Capítulo VIII. Bajo las normas estrictas de la ley

Guerras y guante de terciopelo

Año Nuevo, vida Neve

Pobres, pero honrados

Entre el vicio y el servicio

El que mata a espada…

Espíritu heroico

Volver a María y a los dolores

Anexo

Historia de un supuesto hijo de Neve… ¿o de un homónimo?

Fuentes consultadas

A los maestros de México

Agradecimientos

La escritura de un libro siempre representa un esfuerzo colosal y requiere de gran ayuda de personas e instituciones. Me alegro de vivir en México, pues a lo largo de los varios años que representó la investigación y redacción de esta biografía, conté con el apoyo de numerosas personas, sobre todo, en los archivos municipales, quienes generosamente me auxiliaron en la búsqueda de información sobre clemente Antonio Neve y su contexto. En otros países, siempre eficientes, no se encuentra esta mano siempre dadivosa, muy característica de los mexicanos.

Deseo agradecer el apoyo incondicional de los presidentes de el colegio Mexiquense, los doctores César Camacho Quiroz y Humberto Benítez Treviño, por el impulso que dieron a mi trabajo académico.

Igualmente, a los miembros del seminario de Historia contemporánea de el Colegio Mexiquense, doctores Carlos Escalante Fernández, Sebastián Rivera Mir, María del Carmen Salinas Sandoval y Regina Tapia por sus acertados comentarios. asimismo, a mis colegas María del Pilar Iracheta cenecorta y Guadalupe Mendoza ramírez por haberme estimulado a contar esta trágica historia de vida.

Una deuda especial de gratitud va dirigida a la doctora Guillermina acosta de Zempoala quien, por circunstancias sorprendentes, tiene bajo su custodia parte del archivo Municipal, el haberme facilitado la consulta de aquellas decenas de legajos, no abiertos en 170 años. sin esta lectura, el capítulo tres no existiría ni tampoco ese acicate que necesité para no desertar en esta aventura biográfica.

Gracias a la licenciada Matilde Arteaga Cerritos, directora del Archivo Municipal de Toluca por ayudarme a encontrar una veta importante de un supuesto hijo de Neve.

A Vera Milarka Ramos por la primera corrección de estilo.

Mi especial reconocimiento a mis ayudantes Daniela Carro Lachino, Eduardo Gómez Morales, Blanca Azalia Rosas y a Fernanda Ramírez por su buen olfato historiográfico. Un hallazgo extraordinario de carro fue la única fotografía que existe del controvertido maestro. ¡Y la encontró en la universidad de Hamburgo! le agradezco a la bibliotecaria Diana Schitz por habernos proporcionado este material.

Gracias a mi “madrina académica”, anne Staples, por su incondicional ayuda al leer mis múltiples borradores.

Mílada Bazant Tepoztlán, Morelos, abril de 2020.

Prólogo

Clemente Antonio Neve apareció varias veces en mi vida cuando investigaba la historia de la educación durante el Porfiriato. Un tesoro bibliográfico de su autoría son unos extensos documentos inéditos con su hermosa letra catalana Stirling, de moda en México desde la década de los cincuenta del siglo xix. El director de la Biblioteca Pública de Toluca, Gonzalo Pérez, los tenía celosamente bajo su custodia, pues Neve los había enviado a ese recinto desde distintas poblaciones. Eran las Actas de las Academias de Cuautzingo, Amecameca y Ozumba escritas por él todos los sábados, como lo marcaba la ley, cuando Clemente Antonio, siendo director-maestro de las escuelas oficiales de estos pueblos, reunía a todos los maestros empíricos de los pueblos circunvecinos para enseñarles lo que era la pedagogíamoderna. Aquellas Actas abordan no sólo ese tema, sino la vida cotidiana del singular maestro que logró, entonces, ganarse a pulso el respeto y admiración de las autoridades locales, de los padres de familia y de la población en general. Fue una temporada cumbre en su larga existencia de 76 años. Otra sucedió en junio de 1866 cuando Maximiliano visitó su escuela y le donó 100 pesos. Al mes siguiente, el emperador lo condecoró con la medalla de la orden de Guadalupe, una distinción importante en su trágico deambular de escuela en escuela, un premio a un maestro “ordinario-extraordinario,” que era capaz de dar su vida, literalmente, para que sus alumnos pobres e indígenas aprendieran las letras y los números. Al profesor Neve le tocó vivir el largo y sinuoso camino de México en busca de su construcción como nación. Clemente nació en la ciudad de México en 1829 cuando las epidemias y los pronunciamientos eran el pan de todos los días y murió en 1905 cuando los detonadores de inconformidad social del régimen porfirista eran más que evidentes. Ni en las épocas de gloria de su carrera magisterial ganó un sueldo digno, que fuese suficiente para que él gozara con su esposa y sus dos hijos, de un techo y comidas decorosas. El gran porcentaje de la población que ejercía algún oficio o profesión, incluido Neve, vivía en la pobreza, pero también había miseria, la que padecían los campesinos y aquellos que desempeñaban algún trabajo manual como los cargadores, aguadores y vendedores ambulantes.

Clemente Antonio me abrió una puerta distinta al México del siglo xix. El estudio de una época a través de un personaje permite adentrarse a un pasado “vivo,” “auténtico,” debido a que la abundancia de documentos biográficos es rica, variada y contrastante. Generalmente, los historiadores estudiamos procesos; podemos tolerar ciertos vacíos de información siempre y cuando podamos vislumbrar las líneas más generales. Por el contrario, el estudiar la vida de un sujeto nos obliga a sumergirnos con más profundidad en el mar de la historia y son esos datos nuevos que envuelven al sujeto lo que enriquece a la biografía como rama de la historia. Ya desde los años veinte del siglo xx la escritora virginia Woolf había afirmado que la biografía nos daba el hecho fértil, el hecho que sugiere y engendra, es decir, el dato histórico que, “acompañando al sujeto, lo convierte en único y creativo ya que es el sujeto el que da vida al hecho y no al revés.” (Woolf, 1967). Amén de esta especial riqueza biográfica existen, incluso, más que en otras ramas de la historia, los vacíos documentales. Para dar una salida a ese silencio que dejó la historia, el biógrafo debe cultivar la imaginación que se convierte en un arma metodológica que permite adentrarse a tiempos y espacios del pasado. Así, se pueden esquivar etapas vitales y evitar escenas históricamente importantes, pero en las cuales no participó el biografiado. la imaginación se convierte en recurso ilimitado cuando es momento de recrear paisajes, costumbres y modos de vida.

“Observatorio privilegiado de la historia” como la llama Jacques le Goff, la biografía moderna es un “camino diferente hacia el pasado” (le Goff, 1996). La escala de observación es microscópica y el análisis del material documental revela hechos que expanden una realidad multiforme, plural, caleidoscópica. El reto radica en articular la vida del sujeto con los distintos contextos que lo acompañan, en ensamblar lo particular con lo general sin que uno ahogue al otro, sino que se acompañen como dos líneas paralelas que se unen, irremediablemente, de vez en vez.

El enlace de una vida con los distintos contextos que alumbra puede explicar una pluralidad de tiempos y miradas de un proceso histórico que se creía más coherente y unitario. La historia de la educación, hilo conductor de esta biografía y tema de mi especialidad hace muchos años, refleja a través de esta biografía y de una anterior, la de Laura Méndez de Cuenca, un proceso más realista y crítico que se dirigía, con muchos tropezones, hacia la construcción de un paradigma moderno. La experiencia docente de dos vidas alumbra con más detalle el cómo funcionaba la instrucción pública en la práctica, de manera detallada. Clemente Antonio Neve desarrollaba en sus rústicas aulas escolares, desde 1855, algunos preceptos modernos de la educación, que cobraron vida propia legal hasta la ley juarista de 1867. Si Méndez de Cuenca provenía de una familia de clase media alta y pudo, más bien por su carácter y sus agallas, pero también por su posición social, llegar a la cumbre de la cultura mexicana, a Neve, hijo de un guarda de mercado, también por su compleja personalidad y su adverso medio familiar, no le fue posible ascender en la escala del magisterio; aun así, probó las migajas de un éxito nacional e internacional, ya que alguno de sus trabajos pedagógicos fue premiado en la exposición Centenaria de algodón en Nueva Orleans. Sus crisis de identidad apenas resueltas por medio de resistencias y quejas, terminaron por minar su entusiasmo individual y credibilidad pública.

La biografía de este hombre “común”, de los de “abajo”, responde a la propuesta inicial de Georges lefebvre y popularizada, posteriormente, por historiadores como Eric Hobsbawn y E.P. Thompson, cuyo foco de interés es abrir espacios donde se privilegian experiencias de actores desconocidos, pero que tienen una visión muy diferente de los acontecimientos de los cuales han formado parte. La reconstrucción de la experiencia docente de Clemente Antonio abre una nueva visión de la historia de la educación local, estatal y nacional, puesto que su ejercicio como maestro se desarrolló en pueblos, villas y ciudades en épocas de turbulencia y de relativa paz social, con grandes semejanzas y diferencias en leyes y prácticas educativas, en cultura popular, cívica y política. Clemente es un eco con grandes resonancias sobre las tensiones de los momentos críticos y de consolidación del liberalismo, de la religión, de la secularización y del laicismo.

La potencia de la biografía deriva de un cruzamiento con otras disciplinas como la historia cultural, la de las mentalidades, la microhistoria, las emociones y los sentimientos y otras más, siempre moduladas social y culturalmente. las cartas, memorias y autobiografías constituyen la mina de oro para conocer las impresiones y pasiones del sujeto de estudio. es aquello que nutre el hilo conductor de la biografía moderna y en ello radica su acercamiento a la novela. Virginia Woolf se había preguntado el cómo combinar, en términos narrativos, el dato duro de la historia (el “granito”) con las luces y sombras del retrato de una personalidad (el “arcoiris”). Woolf, una de las primeras lectoras de las obras de Freud que habían sido traducidas al inglés por el hermano del biógrafo Lytton Strachey, James, sembró la semilla de uno de los principales asuntos de discusión, todavía, en torno a la biografía histórica. Ciertamente, al interpretar las emociones de su biografiado, la tarea del biógrafo es compleja porque no puede navegar en el terreno de la invención, ni de la ficción, que es materia fértil de los literatos. Resultó frustrante que un supuesto hijo de Clemente Antonio con parecida y embrollada personalidad, misma profesión, mismos talentos ortográficos y caligráficos no haya sido en efecto, su hijo, aunque todavía no estoy plenamente segura. ¡vaya paradoja de la historia! esta información se encuentra al final del libro en un anexo.

La pluma del biógrafo debe ser cauta y recatada, y a la vez rica y expresiva. Este es uno de sus mayores retos. Puede usar los artificios de la lengua para dar vida a su texto. Tal cual afirma el historiador inglés, Peter Burke, existe una búsqueda de nuevas modalidades narrativas en la historia social y cultural cuyo objetivo es hacer que la historia sea más accesible al gran público (Burke, 2005). Más allá de que sean bellas o no, Burke alega que las formas antiguas, de corte analítico, —en lugar de las descriptivas— son inadecuadas y sostiene el argumento de que el historiador necesita, como el novelista, practicar la heteroglosia. Adoptando el término narración densa, que acuñó el antropólogo Clifford Geertz, Burke propone utilizar algunas técnicas narrativas de los literatos como las metáforas, los sí-miles, las repeticiones y el uso de analepsis, entre otras, para contar historias “veraces” (Burke, 2003).

Con el objetivo de intentar “percibir sensaciones para escenificar” el pasado en el cual vivió Clemente Antonio Neve, resultaron de gran utilidad las novelas y los libros de viajeros quienes son particularmente sensibles a las impresiones a las que no están acostumbrados. También fue inspiradora la consulta de mapas, retratos, paisajes, litografías y fotografías. las obras de Simon Schama pueden representar un buen ejemplo del nuevo viraje de la escritura perceptiva-biográfica. este historiador erudito, enciclopédico, alcanza la cima del arte en la biografía del pintor holandés. En Los ojos de Rembrandt, Schama narra con sus propios ojos a través de los ojos de Rembrandt. mediante los cinco sentidos, entre ellos el olfato, la vista y el oído, nos describe a la Amsterdam del siglo xvii. Su libro podría ser un buen ejemplo para estudiar las percepciones en forma histórica (Schama, 2002).

El problema de las fuentes es decisivo para inclinarse a estudiar tal o cual personaje. Como bien dice Burke “cuanto más atrás se remontan los historiadores en la reconstrucción de la experiencia de las clases bajas, tanto más se reducirá el ámbito de las fuentes disponibles” (Burke, 2003). Habría que añadir: si se intenta escribir una biografía sin documentos personales habría que desistir del empeño. Aunque sabemos que las personas letradas del siglo xix escribían hasta 15 cartas diarias, de Clemente no sobrevivió ninguna. Luego, ¿de dónde extraer la personalidad del paradójico maestro?: de las cartas oficiales. Como Neve fue un profesor eternamente inconforme, enojado y desesperado, muy fuera de lo común de la mayoría de los maestros, quienes aceptaron su destino con singular resignación, dejó un cuantioso legado de oficios dirigidos a las autoridades municipales, estatales y federales cuyo transparente contenido revela, en detalle, sus condiciones de vida, de pobreza y escasez, de la apatía de los padres de familia que no mandaban a sus hijos a la escuela, de la indolencia de las mismas autoridades, de sus originales y frustrados proyectos educativos, muchos de ellos en boga dentro de la pedagogía moderna y, de sus Ordenanzas, quizás el primer documento del siglo xix que intentó proteger a los maestros y maestras –de las cuales pocos se ocupaban en esa época–, estableciendo salarios dignos de acuerdo con las categorías de planteles, prestaciones, jubilaciones y recursos para entierros, y un sinfín de artículos que dejaron ver la cruda realidad a la cual se enfrentaban los profesores prácticamente de todas las poblaciones. mediante estos documentos conocí los conflictos entre prácticas y discursos, entre deseos y realidades, entre un yo ensimismado y furibundo y su proyección pública. De estas cartas oficiales y de sus 25 libros y métodos escolares pude extraer su personalidad y su pensamiento moderno y no solo en términos educativos.

Clemente Antonio Neve ejerció la docencia de manera ininterrumpida de 1855 a 1903. Radicó en varios pueblos de Hidalgo, Puebla, estado de México y en diversas municipalidades de la ciudad de México. Eran pequeñas localidades de 1 000-2 000 habitantes que luchaban contra la anarquía, guerras y escasez de recursos y en ese ambiente caótico lidiaban también para que los niños fuesen a la escuela. Ninguna escuela era igual a otra, la parte que definía la calidad era la vocación y preparación del maestro. Generalmente, las cabeceras municipales tuvieron los mejores profesores, algunos titulados, pues tenían relativamente más recursos, pero todas padecieron penurias económicas. este fue el principal escollo de la instrucción pública. los profesores deambulaban de un pueblo a otro en busca de mayores salarios o al menos que estos pudieran ser pagados puntualmente.

Aparentemente, la ciudad de México, en la cual vivió Neve durante algunos años, proporcionaría mejores condiciones de vida. Pero no fue así porque las percepciones municipales no mejoraron ni tampoco las circunstancias de la vida en general. Además de la clase pudiente y una creciente clase media que pudo beneficiarse del ponderado progreso del Porfiriato, la mayoría de la población siguió soportando la marginalidad y la estrechez económica. Sorprende que Clemente Antonio no se doblegara ante ese inexorable destino y siguiera abanderando la causa de la educación como un verdadero apostolado.

Contra viento y marea, algunos funcionarios y maestros, como Clemente Antonio, fueron edificando los cimientos de la pedagogía moderna. Nacieron con los principios de una educación tradicional, netamente religiosa, crecieron bajo el vaivén de estos principios y aquellos modernos que intentaban prohibir la enseñanza de la religión en las aulas escolares, y les tocó vivir, a partir de 1867 que estas ideas aterrizaran en forma de ley. La biografía de Clemente Antonio Neve relata la historia de este largo transitar de México en busca de la modernidad y de la modernidad educativa. Su bella y armoniosa caligrafía, poco común en esa época, evoca las huellas sutiles de que en la escritura encontró su mejor destino

Capítulo I

El maestro y el emperador

Desde la madrugada estuvo ansioso repasando cada uno de los hechos como si ya hubiesen ocurrido, y es que si había algo que le preocupaba es que algún detalle fallara, sobre todo, que los niños de la escuela, especialmente los indígenas, no asistieran ese día a clases.

Abocado, riguroso, perfeccionista hasta en las minucias cotidianas de la vida, Clemente Antonio Neve era lo que se dice un hombre de principios e ideas fijas. Sobrio, puntual, de aspecto impecable y de prácticas caligráficas llevadas al extremo de lo insufrible. Cuando escribía en sus hojas, como si se tratase de un dibujante de libros medieval, pasaba noches enteras aferrado a su pluma de ave “de guajolote del ala izquierda”, sí, del melleagrus pavoni, y, sí, tenía que ser del ala izquierda, haciendo diversos trazos sobre la tersura del papel amarfilado. Su letra preferida: la española Stirling, sencilla, “simétrica y elegante,”aunque también dominaba, a la perfección, otras españolas, la gótica, la francesa y la romana (Neve, 1865). En el vaivén de líneas engarzadas alternaba la suavidad con la firmeza dejando la huella espesa de la tinta de huizache o de agayas1 en la curva . Entre abonos, injertos y venenos. Clemente Antonio Neve (1829-1905) de cada letra hasta cubrir la totalidad del párrafo. En una época en que la miga de pan no era suficiente para borrar errores, el esmerado Clemente dejó una huella impecable en todo ese mar de papeles que escribió: no tienen una sola tachadura. Ello refleja que debió escribir cada una de aquellas miles de páginas muchas veces. Sus reflexiones, textos, métodos escolares, reglamentos, cartas y un sinfín de papeles diversos conforman su impresionante legado.

Ese día especial —el 1 de junio de 1866— habría de convertirse en algo más que una celebración escolar de fin de semestre. Por azares del destino, el profesor, quien había trabajado en varios pueblos del Estado de México e Hidalgo, daba clases en esos momentos en aquella escuela de Naucalpan, donde era claro que se respiraba una nueva sensación de festejo, como el de una boda religiosa que sucede una vez en la vida. Naucalpan era una pequeña localidad de poco más de 500 habitantes (Miño y Vera, 1998: 158), como muchas otras en el Estado de México, que vivía de una agricultura de maíz. Pero tenía la distinción de haber mandado al emperador Maximiliano de Habsburgo, a su Palacio de Miramar en Trieste, una de las primeras cartas de adhesión al Imperio que deseaba construir en México. Maximiliano no quería ser una figura impuesta, por lo que solicitó al pueblo de México que demostraran su anhelo de que los gobernase. Fue así como se preparó un plebiscito y llegaron infinidad de cartas para apoyarlo, entre ellas, la de Naucalpan (López, 2010).

Quién iba a pensar que aquella ceremonia anual que a todos ponía nerviosos de por sí, tanto a maestros como a alumnos, esta vez, se convertiría en un parteaguas en la vida del profesor Neve. Ese día, como todos los años, se evaluaba el desempeño de los niños al tiempo que el de los maestros, y esta vez ¡el acto conmemorativo sería presidido por una personalidad emblemática para la historia de todos los mexicanos: el emperador Maximiliano! aquel día, cuando los trémulos alumnos se presentaban ante varios sinodales significaba un instante de orgullo para los profesores, ya que habrían de demostrar, mediante sus pupilos, si estos estaban lo suficientemente preparados para pasar al siguiente curso. Era el momento cuando la voz firme y elocuente del profesor durante las clases, convertida a lo largo del periodo en un sonsonete monocorde, al fin cobraba sentido para los aleccionados alumnos que rendían cuentas de su conocimiento y disciplina, ante los jurados de rigor. Más aún tratándose de una ocasión tan especial como esa, ya que dicho esfuerzo se vería coronado con el honor de la visita de un huésped tan distinguido como era el emperador. Gran compromiso y temor sentían los chiquillos y las autoridades también ante semejante deferencia, ya que todo reconocimiento y distinción lleva consigo el estupor propio de quien sería observado desde una tribuna de poder y alcurnia. Y es que, si Maximiliano tenía una fama bien ganada de ser generoso con sus gobernados, también era escrupuloso en su afán por dignificar la tarea de la educación y, por ello, hubo esmero en cada aspecto por parte de todos los organizadores.

Allí frente a los sinodales, solemnes algunos, imponentes otros, benevolentes los menos, los chicos contestaban a toda clase de cuestionamientos donde se expresaba con claridad el aprendizaje de diferentes destrezas y conocimientos. Los sinodales formulaban las sencillas preguntas donde se evidenciaba que habían aprendido religión, algo de lectura y escritura, a sumar y a restar, porque eso era lo que, básicamente, se enseñaba en las escuelas de los pueblos. Todo esto ante la mirada escrutadora de las autoridades, de los escolares, de los representantes municipales y de los padres de familia que, rigurosos y al mismo tiempo tensos, no dejaban de observar a sus hijos. Bajo una actitud de presión constante y dominadora de los padres sobre sus hijos, el examen se tornaba en un proceso doblemente angustioso al que ya suponía la exigencia de aprobar aquella simple, pero definitoria evaluación. ante el profesor Neve, los alumnos solían ponerse tan nerviosos bajo “su férula”2 —él mismo lo relataba así—, que el miedo que le tenían los atrapaba. No era extraño que algún alumno debilitado ante su imponente rigor, sufriera estrepitoso desmayo, y lo que era trágico y él lo evitaba a toda costa, era el hecho de que si memorizaban más de “40 líneas” podían, incluso, “perder la vida,” como ya había sucedido con un niño en la Ciudad de México.3

Nadie podía menospreciar dicha ceremonia de confirmaciones diversas. lo mismo se trataba de honrar el deber, que de mostrar una intachable disciplina de aprendizaje, cuyo sentido consistía en esa época, en tener el privilegio de ser educado formalmente en una escuela, ya que muy pocos podrían cumplir ese sueño en un país donde tan solo unos cuantos podían darse ese lujo, y menos todavía en aquel poblado de 500 habitantes que, como tantos otros, permanecía sumido en un oprimente letargo y una pobreza sin límites. Todo aquello, en medio de un tiempo sin esperanza ni promesa de futuro. Por eso, la presencia del Emperador hacía que la certificación escolar cobrara una dimensión única para el profesor Clemente Neve. Una secreta alegría le nacía dentro, la emoción parecía recorrerle el cuerpo como un hormiguero en llamas; aunque no era de los que se dejaba arrastrar fácilmente por pueriles sentimentalismos, ese día se erigía en un verdadero soldado del conocimiento dispuesto a morir por la bandera de la educación. La conmemoración vendría a corroborar la cosecha del arduo esfuerzo de sembrar en los alumnos y dentro de sí, aquellas estrictas imposiciones personales sobre la enseñanza que tanto le molestaba explicar a superiores y colegas, y por las que había peleado siempre. A menudo no eran ni medianamente comprendidas y mucho menos aceptadas; infinidad de veces fue rechazado como profesor, pero más como persona, incluso, abiertamente despreciado. Por diferentes razones, él, impositivo como era, ganaba enemigos al asestar lacónicos aspavientos que explicaban que tal o cual cosa debía ser así, como él lo decía, y nada más. Estas desproporcionadas reacciones frente a funcionarios menores e, incluso, padres de familia, le trajo sucesivas humillaciones y descrédito por parte de las autoridades municipales.

Era tal su convicción de que la enseñanza tenía que cambiar y volverse moderna, que pese a los innumerables descolones que había soportado, parecía que nunca tuvo la menor duda de que sus métodos eran mejores que los conocidos hasta entonces, y eso lo hacía un personaje tozudo y difícil, pero también inquietantemente excepcional respecto a la mayoría de los profesores dóciles y proclives a la mediocridad del sistema educativo. Él, en cambio, nunca se dejó convencer de otra realidad que no fuera su propia visión de lo que el porvenir imponía, sobre todo tratándose de los niños pobres y analfabetas, tan necesitados de una sólida formación para salir adelante en la vida. En el fondo, algo de aquel momento de gloria frente a Maximiliano, le decía que ese era el reconocimiento por el que tanto se había esforzado, y tal vez haya sido suficiente como para seguir amasando, con toda certeza, la única fortuna que tuvo en la vida: su empeño por mejorar la enseñanza.

El abc de la educación

Recto, severo, obsesivo en los detalles, Clemente Neve se diferenciaba del resto de los profesores por su carácter fuerte y francamente insoportable. Su rigor abrumaba tanto a los alumnos como a los funcionarios municipales, pues siempre estuvo insistiendo en transformar las prácticas educativas que consideraba anacrónicas. Y es que el profesor, para entonces, ya había dedicado muchas de sus noches de aquellos días de enseñanza escolar, a escribir sus Ordenanzas para las escuelasde primeras letras foráneas,4 algo así como el ABC de lo que él pensaba debía ser la educación. Por eso, pese a su mal genio y su ferviente crítica al sistema educativo, su ardua labor lo reivindicaba, pues lejos de conformarse con las horas de clase, su metódico trabajo continuaba por las tardes hasta bien entrada la noche una vez atendidas las obligaciones del hogar para con su esposa María Benita y sus hijos Clemente Antonio de siete años y Rosa María de cinco. Se dedicaba con total empeño y diligencia a reflexionar y estudiar opciones de aprendizaje, básicamente, a dejar testimonio de ello escribiendo lo que bien visto sería, hoy en día, un “nuevo paradigma pedagógico”.

Ordenanzas para las escuelas de primeras letras.

Clemente Neve era mestizo, pero su convivencia con alumnos indígenas lo había sensibilizado con esta población, hablaba su mismo idioma, además de que comprendía a la perfección sus costumbres y su visión del mundo, la misma que él creía que los mantenía en una situación marginal, porque a pesar de tantas injusticias, los indígenas se caracterizaban por ser de una nobleza más bien sumisa. Sabía que estaban en una condición social de atraso respecto al resto de la población y por eso su apuesta, como la de otros docentes de la época, fue precisamente hacer de la educación una poderosa arma no solo para abonara su libertad y derechos, sino como un motor que les motivara hacia la búsqueda de una vida más próspera y plena. También estaba consciente de que el gobierno tenía una gran deuda por saldar con ese sector tan desprotegido, al que muchas personas todavía eran hostiles e indiferentes, lo que no dejaba de ser paradójico, sobre todo, en aquella gente que negaba sus propios orígenes y se mostraba vergonzante de sus ancestros, rechazando ese pasado de sometimiento e ignominia al haber sido considerados “humanos de segunda clase”. Todo este panorama se filtraba aquella mañana en la mente del profesor con la visita de Maximiliano a la ceremonia de fin de cursos. Aquella emoción sin parangón en la comunidad fue álgidamente vivida por todos, pero especialmente por el profesor, ya que fue una gran deferencia hacia su persona y a sus métodos de enseñanza. Un acontecimiento como aquel realmente no tenía precedentes, era muy poco frecuente que un funcionario de alto rango como un presidente o algún gobernador en tiempos republicanos asistiera a alguna de estas pequeñas localidades, y menos tratándose de una ceremonia de carácter cívico escolar y no de alguna conmemoración patriótica de mayor envergadura.

Aquella visita sirvió, también, para develar una faceta del carismático Maximiliano. Al emperador le gustaba convivir con la gente del pueblo, especialmente con los indígenas (Blasio, 1966: 19), y desde que llegó al país, le conmovía observar la pobreza por doquier. Era un hombre de naturaleza romántica, alto, esbelto y de finos modales, se dice que se le salían las lágrimas al ser vitoreado y homenajeado en los pueblos,5 y se le describía como un ser soñador y fantasioso, al grado de atribuirle, incluso, rasgos de ingenuidad que le hacían ver como un iluso que “se perdía en utopías” (Corti citado en Hamann, 1994: 53). Podría decirse que aquella conmemoración de junio hacía bullir los corazones de dos hombres de especial sensibilidad reunidos por una alta misión educativa. Cada uno, a su modo y con facultades distintas, deseaba paliar la desigualdad de los habitantes, más en aquella población que, por un instante durante el festejo, podría olvidarse de su miserable vida cotidiana.

La razón por la que el emperador Maximiliano estaba ese día en la escuela, no se debía a un golpe de suerte. El monarca, quien siempre supo cómo estar cerca de sus súbditos, solía dar audiencia pública los domingos a quien le solicitara una entrevista, y las puertas del Palacio Imperial (Palacio de gobierno) en el zócalo de la capital, estaban para este fin abiertas, ya que todo mexicano tenía derecho allí de ser admitido. En esas reuniones, los interesados podían exponer “secretamente y sin testigos sus solicitudes y quejas” (Eloin citado en Valadés, 1976: 191), y fue, precisamente en una de estas audiencias, que Clemente Neve conoció en persona al emperador. Y, tal como lo confirmarían los hechos posteriores a aquel encuentro, su majestad había quedado gratamente impresionado con aquel humilde profesor apasionado por la educación. Neve sabía que su “apostolado” educativo venía recompensado con el acto mismo de servir a la noble tarea de honrar con su trabajo la tierra que le vio nacer. Desde joven tenía puesta la mirada en mejorar la vida de las siguientes generaciones de mexicanos, por medio de la más digna causa que era para él, el magisterio, una vocación para formar seres humanos moralizados y progresistas.

Para cuando se llevó a cabo ese primer encuentro con el alto dignatario, Clemente Antonio tenía 37 años y 14 de ejercer como profesor.6 El singular personaje era de mediana estatura y de complexión delgada, poseía un rostro de tez blanca con una frente combada de relucientes sienes, coronadas por una ola de cabellos cortos color café, peinados hacia el lado derecho. Destacaban sus ojos de suave tonalidad amielada, pero de mirada de águila nerviosa; nariz prominente, de carácter; bigote tupido y mentón puntiagudo. se diría que tenía “tipo español.”Más que por su porte, se distinguía porque estaba siempre en constante movimiento, arreglando, moviendo, acomodando…

Para cuando sucedió un nuevo encuentro con el monarca aquel mes de junio, Clemente había atenuado con mucho sus beligerantes políticas radicales. La vida le había demostrado que tenía que navegar de acuerdo con las aguas en turno, y ningún gobernante anterior le había hecho el gran honor de visitar su escuela. Por otra parte, al emperador, le gustaban este tipo de ceremonias, ya que la educación era prioritaria para su gobierno y —curiosamente— sus actitudes eran, más bien, poco conservadoras, lo que tarde o temprano le sería reclamado; así que de corazón liberal, y tal como lo ratificó su secretario José luis Blasio, él hacía oídos sordos a lo que no quería escuchar. Pese a las promesas de Napoleón III de mantener las tropas francesas cinco años a partir de la fecha en que Maximiliano hubiese llegado a México, apenas habían pasado dos y ya estaba por irse el primer contingente del ejército de regreso a Francia. Por si fuera poco, la hacienda pública estaba en quiebra y el mariscal achille Bazaine, comandante de las fuerzas imperiales, escribía al emperador que ¡ahora sí se haría cargo del ejército! (Arrangoiz, 1974: 755). Su majestad parecía no darse cuenta de los hechos que ya daban muestras del avance de las tropas republicanas hacia el centro del país, único bastión imperialista, y mejor se evadía en estos eventos que glorificaban las hazañas educativas imperiales.

Caminos reales entre injertos, abonos y venenos

Les tomaría tres horas el trayecto del Castillo de Chapultepec donde se alojaba temporalmente el emperador, al pueblo de San Bartolo Naucalpan, por eso Blasio, el hombre de las confianzas del emperador, alistó el majestuoso carruaje de Maximiliano para salir ese día a las siete de la mañana. Si en Europa todos los caminos llegaban a roma, en México todos los caminos principales eran “reales”, por eso la diligencia en la que viajó su majestad aquel día tomó la calzada de la Verónica (circuito interior), y luego, el camino real hacia el oeste por donde llegaban los arrieros cargados de todo tipo de mercancías provenientes de michoacán. La temporada de lluvias comenzaba y ya la húmeda tierra del altiplano mostraba los primeros brotes de flores: jazmines, girasoles y violetas7 formaban un mural al fresco hacia el fondo del horizonte. Por aquellos caminos también circulaban las diligencias, los jinetes de civiles y soldados, así como los oficiales, los cañones y las barricas de madera que transportaban pólvora, tiendas de campaña y otros enseres domésticos que se necesitaban para armar los campamentos. En el ambiente, además de respirarse en la alegre caravana los aires deslumbrantes del Imperio, algunos huestes ya olfateaban el tufillo característico de una gran inestabilidad política y social. El emperador, en cambio, prefería andar a su aire y gozar a todo pulmón aquel fragante recorrido floral rumbo al hermoso pueblo de Naucalpan. Según varios mapas detallados de la época,8 se localizaba de lejos el rancho de San Jacinto, una población que, en 1853, durante la última presidencia de santa Anna, había abierto la Escuela de agricultura, un proyecto educativo que pretendía formar agricultores científicos en México, pero que no alcanzó a obtener la respuesta de ingreso que esperaban las autoridades. Con el afán de aumentar el alumnado, se abrió entonces una primaria, pues los estudiantes no tenían las bases mínimas de lectura y escritura para cuando llegaban a agricultura. Fue allí donde se abrió una plaza para la que Clemente Antonio Neve concursó.

Si algo tenía interesante el plantel era que estaba colmado de muchas plantas traídas del interior de la república. En su variado y vital invernadero se encontraban toda clase de cactáceas, heliconias y orquídeas, amén de todo tipo de sembradíos, en los cuales se experimentaban injertos, abonos y venenos para combatir plagas.9 Por ahí ya era campo abierto, lleno de milpas recién sembradas y cuyo paisaje esponjado por el verdor de los matorrales, se notaba salpicado por unas cuantas chozas con techumbres de madera y paja. La vista se perdía en aquel cuadro popular agreste y sosegado. Después, estaba el pueblo de Popotla donde como reliquia histórica, se asomaba el árbol de la noche triste, aquel ahuehuete bajo cuya sombra, cuenta la leyenda, se sentó a llorar Hernán Cortés, después de ser derrotado por los aztecas el 30 de junio de 1520. siguiendo aquel camino, se pasaba por Tacuba, por donde Clemente Antonio hizo surco de transitar por allí tantas veces, había ahí una población pobre y triste sin mayor interés histórico, según Ignacio Manuel altamirano (altamirano, 1974: 247-253), al que le seguían unos dos kilómetros de campos de maíz que lindaban con las haciendas de trigo, molino Prieto y molino Blanco, que surtían a la Ciudad de México. después de estas propiedades, por fin, se llegaba a Naucalpan, pueblo con habitantes de raza mestiza, pero mayoritariamente otomí y nahua (miño y Vera, 1998: 264.), que hablaba sus propias lenguas, hecho que triplicaba el esfuerzo del profesor porque muchos niños no hablaban el español.

Clemente ya había estado en dicha zona el año anterior; se tienen registros de su paso como maestro en mayo de 1865, cuando caminaba bajo el rayo del sol cerca de Chimalpa, donde iba a ocupar una suplencia como maestro. El auxiliar, por su parte, se dirigió apresurado a Naucalpan para solicitar que no se cambiase al preceptor porque tenía capacidades docentes, en una palabra y como se decía entonces: era “apto”. Este hecho sorprendió a Neve, y astuto como podía llegar a ser, le sacó jugo a la situación escribiéndole al comisario municipal: “Yo que conozco que a los pueblos deben tenerse contentos y que no debe ser motivo de disgustos...” señalaba que no continuaría con la empresa de ocupar el puesto en Chimalpa, pero a cambio solicitaba la escuela de la cabecera municipal. El profesor sabía de sobra que allí ganaban los maestros 25 pesos, un salario mucho más digno que los 10 o 15 que se pagaban en los pueblos pequeños.10

El deseo de Neve no se logró enseguida, pero desplegando venenosamente sus argucias e injertando alguna recomendación de peso, le abonó paciencia al frío cálculo que el tiempo ofrece pretendiendo una respuesta que le beneficiara. así que después de unos meses, las autoridades accedieron a otorgarle ese puesto relevando del cargo a Joaquín Alarcón, el preceptor en turno. Este, consternado, escribió a las autoridades quejándose de que no era “justo” y que las explicaciones que le daban eran tan solo un pretexto, pues él, ni aplicaba “dureza a los jóvenes” ni sus alumnos era tan pocos, como se había hecho creer. Señalaba y con razón, que cualquier maestro enfrentaría los mismos problemas dado que había que partir de cero en la enseñanza, pues los alumnos no sabían prácticamente nada. Resignado y “para no quedarse a los cuatro vientos” aceptaría atribulado la oferta de trasladarse a monte Bajo (Azcapotzalco), sabiendo que le iba a traer “gran perjuicio”, pero tenía la enorme necesidad de mantener a su familia.

Sin embargo, ni siquiera los 25 pesos fueron suficientes. El profesor había pasado por muchas vicisitudes económicas y a fuerza de múltiples pleitos a lo largo de su carrera, estaba decidido a corregir su destino luego de tanta pobreza y deshonra en su ya largo quehacer. Las cuentas no le salían, dado que pagaba de renta 10 reales al mes por su casita en Naucalpan.11 El tema de “los dineros” lo trató a detalle cuando escribió sus Ordenanzas. Un profesor de la cabecera —aseguraba— tendría que ganar de 60 a 100 pesos al mes,12 y es que tan solo un escribiente ganaba 50 pesos al mes y un guardafaroles 15, lo que hacía ver sus propuestas lógicas y bien justificadas (del Valle, 1864: 95, 657). No obstante, los sucesos que lo habían llevado a Naucalpan eran un caso cerrado, lo que en junio de 1866 se celebraba, era para Neve la muestra fehaciente de un acto de justicia, fuera esta divina, poética o imperial, lo mismo daba. Ese momento de gloria colectiva y orgullo personal, finalmente, ratificaba el trabajo dedicado de toda su vida: la educación.

Huella de paso y medallas al por mayor

Si para Maximiliano el examen escolar de aquella escuela fue singular, para Clemente Neve lo significó todo. los preparativos fueron encomiables, pues el profesor, en su entusiasmo, no solo se abocó a repasar y repasar y repasar lo que había enseñado a los alumnos durante seis meses, pues —según dijo—, “había tomado a esos niños a mitad de año”, hecho habitual en ese entonces, ya que los profesores estaban tan mal pagados que renunciaban con frecuencia y los niños podían quedarse sin maestro durante semanas. Así que insistió en llevar a cabo un “ensayo” de lo que sería el fin de ciclo. El sábado 12 de abril a las 12 del medio día organizó el repaso, así pudo evaluar lo que aún podía mejorar13 para la fecha de la conmemoración oficial, dos meses después. Ningún otro maestro realizaba “ensayos generales”, pero el profesor era tan distinto. Controlar todos los puntos claves concernientes a su labor da la nota de su carácter eminentemente perfeccionista.

Llegado el gran día, allí estaba Clemente Antonio Neve vestido con levita y chaleco, almidonada camisa blanca y corbata de moño negra, ataviado tan elegantemente como lo ameritaba la ocasión. Para cuando aquellos dos personajes, Maximiliano y Clemente se dieron un apretón de manos aquel 1 de junio de 1866, vaya que Clemente había sudado la gota gorda.

Como se acostumbraba en esas ceremonias cívicas, se hallaban todos los miembros del ayuntamiento: el presidente, el secretario, los regidores, los síndicos y los jueces auxiliares (representantes del poder municipal en los pueblos que no tenían cabecera), además de los padres de familia, alumnos y la comunidad en pleno. En un salón de la presidencia, donde también se ubicaba la escuela, se llevó a cabo el tan esperado examen, imaginado de cabo a rabo por Neve, donde los 20 chiquillos respondieron lo mejor que pudieron a las preguntas formuladas por el profesor. Para la concurrencia este acto era sorprendente, pues sólo 10% de la población sabía leer y 5% escribir. Ni siquiera todos los trabajadores del ayuntamiento sabían, pese a que era obligatorio, por eso nunca hubo personal preparado para ocupar los puestos relevantes.

Al terminar el examen público, con aquella solemnidad encantadora que habían demostrado los aplicados pupilos y al ver la labor del modesto y elegante profesor de cabello relamido, con la más auténtica actitud de cumplimiento digna de un militar, Maximiliano, conmovido hasta las lágrimas, donó 100 pesos a la escuela y otorgó 10 medallas a los alumnos “más aventajados”. No sería ni la primera ni la última vez que lo haría. De acuerdo con Blasio, Maximiliano cargaba siempre una maleta llena de condecoraciones, fueran diplomas o medallas de oro, plata y bronce para tenerlas a la mano, pues cuando recorría los pueblos o las ciudades, por donde quiera que pasaba dejaba alguna de estas preseas “como huella benéfica de su paso” (Blasio, 1966: 32). En meses anteriores, había entregado 100 pesos a otra escuela en Contadero (Bermúdez en Jarquín, 1988: 249-250; Blasio, 1966: 27, 31, 46) y, en pocas semanas, entusiasmado como había quedado de aquella inolvidable ceremonia, se sabe por la emperatriz Carlota, que el emperador donaría 100 pesos más a un hospital (Ratz, 2003: 293).

Lo que dio el “toque maestro” de aquella excepcional jornada fue la anuencia de su majestad a la propuesta del profesor Clemente Antonio Neve al inaugurar “formalmente” en Naucalpan, una academia de Profesores (de acuerdo con la ley 37 imperial del 15 de julio de 1865, documento en el que constaba que el 17 de marzo había sido fundada ya dicha escuela).

La confirmación, de cara a una realidad donde 90 por ciento de los profesores ejercía sin título, significaba un gran avance, puesto que la labor de dichas academias era la de preparar a los docentes empíricos. Todos los sábados desde las 12 del día y hasta las dos de la tarde, el mejor maestro del municipio, el de la cabecera, en este caso Clemente, enseñaba a los preceptores de los pequeños pueblos diferentes materias, métodos y prácticas educativas. a Neve debió fascinarle su puesto como “presidente academista”, su don de mando ¡por fin se satisfacía plenamente! En estos pequeños escenarios cotidianos, era donde el profesor podía sentir que su alma abocada al sistemático empeño en pro de la educación había valido la pena.

L'esprit est toujours Là o la mala fe de los hombres

Ante las grandes dificultades que implicaba cumplir con la ley de las academias, Clemente se desesperaba con sus “alumnos profesores” por su falta de interés y pecaba de ser inflexible y poco o nada solidario. Ni siquiera se percataba de que lo criticaban, dado que el se aplicaba él mismo el suplicio de esforzarse y castigarse hasta la ignominia por sus faltas, cuando no llegaba a alcanzar los más altos objetivos de su vocación como maestro. Él, simplemente, estaba decidido a cambiar las inercias laborales, así que procedió a escribir una relación de los maestros faltistas de los 10 pueblos que dependían de su presidencia.14 Y como la ley decía que por cada falta se les descontaría un día de salario, él sometía con todo el rigor y sin excepción dicho artículo. Un presidente con sentido común habría equilibrado aquella amonestación tomándola con algunas reservas, pues, por ejemplo, el profesor que impartía en Chimalpa, un pueblito muy pobre, era un faltista consuetudinario, ya que vivía a 8 km de Naucalpan y tenía que caminar varias horas de ida y otras tantas de regreso. Pero Neve llevaba la clemencia solo en el nombre y sin tentarse el corazón insistía en aplicar, a pie juntillas, la multa.

Para ir a sus respectivas escuelas, los maestros recorrían largas distancias desde los albores del amanecer o entrada la tarde bajo el sol ardiente; lo mismo por veredas bajo la lluvia que por agrestes montes, empinadas quebradas, peligrosos desfiladeros y hondas barrancas ante el rigor del clima o los sinuosos y empantanados caminos. En el ámbito de la docencia, solo los inspectores —máximo puesto en el escalafón magisterial— rentaban caballos (pagados por los ayuntamientos) para hacer sus recorridos de supervisión a las escuelas. alguna vez Clemente tuvo que pedir un caballo prestado para llevar rápidamente a un maestro “enfermo de la cabeza” del pueblo de remedios, Ignacio Castelón, pero fue un hecho excepcional.15 Neve, como el resto de los docentes, fue un caminante consuetudinario toda su vida. Por ello, finalmente escribiría comprensivo en sus Ordenanzas que: el ayuntamiento estaba obligado a proporcionar caballos a todos los maestros que “viajaran de las aldeas a la cabecera”.16 Y es que la condición de los caminos se agravaba en época de lluvias cuando, muchas veces, ni maestros ni alumnos podían llegar a las escuelas. Como bien dijo Andrés molina Enríquez, eran los malos caminos (reales y teóricos corregiría Neve) los que “frenarían más que otra cosa” el desarrollo de la instrucción pública.17

Poco tiempo después, Clemente Antonio fue inspector, además de maestro y recorrió enormes trayectos, y lo hizo sin faltar ni un día a clases, una verdadera proeza si consideramos la tremenda dificultad que suponía la supervisión de los planteles. A esas alturas de su vida, la obsesión por mejorar todo lo relacionado con la educación no sería suficiente ante la siempre ineficacia administrativa de los municipios; tampoco resultaba gratificante el cumplimiento pertinaz de sus labores docentes, mucho menos cuando nadie tomaba en cuenta su dedicación y amor a los alumnos; ni siquiera era importante la escritura minuciosa de textos y manuales o la publicación de artículos en periódicos donde se aportara una opinión de cómo hacer progresar la educación en los pueblos. gente que deseaba superarse como él y desarrollar la educación quedó siempre atrapada en un cuello de botella por la bancarrota administrativa. la burocracia jamás les otorgó a los profesores la oportunidad de mejorar sus condiciones de vida ni se encargó de procurarles un lugar digno en el escalafón social.

Reza una máxima de sabiduría: la esperanza nunca muere. Lésprit est toujours là,18 o sea, “el espíritu mantiene la fuerza para vivir con entusiasmo y seguir adelante”. Esta era la frase del filósofo François de rochefoucauld que Neve hacía repetir a sus alumnos en sus muestras caligráficas en francés y la que se repetía —una y otra vez— a sí mismo. Con los 100 pesos que Maximiliano había regalado, pensaba, se podían hacer muchas cosas, como comprar escritorios y sillas, gises, pizarrines, lápices, plumas, cuadernos y textos escolares. Pero aquella jugosa cantidad no era de su propiedad sino del municipio, y la instancia encargada de decidir qué se hacía con ellos era la Junta de Instrucción formada por los vecinos notables del pueblo. En un raro documento de muchas páginas y poco legible, por la gran cantidad de tachones, se deduce que hubo un gran pleito por los famosos 100 pesos.19 Como era de esperarse, Neve se inconformó poco tiempo después, pero su queja fue tomada como “infundada y temeraria”, por lo que las autoridades le solicitaron su renuncia como inspector-director de escuelas. En teoría, la Junta decidió a cuáles alumnos se entregarían las medallas. Pero, ¿no que el emperador había entregado las 10medallas el día de la ceremonia?

A fin de cuentas, no se supo qué pasó con aquel dinero, que, por cierto, en aquella época significaba una buena cantidad, pues a la maestra de la rosa en Contadero, a quien le dieron, finalmente, solo 73 pesos, le alcanzó para hacer otra “piecesita” y remozar la anterior.20 En el caso de Neve es posible que los miembros del ayuntamiento lo hubieran utilizado de otra manera o, incluso, se lo hayan repartido entre ellos. Se sabe que tenían pocos recursos y el único que percibía un sueldo era el presidente; los demás, de acuerdo con la ley, debían tener un medio con que ganarse la vida, por ejemplo, un comercio o unas tierras que cultivar. Sin embargo, en esa época, el comercio estaba “deprimido” y lo de las tierras solo daba para medio comer, ya que se dependía enteramente de las lluvias: ni pocas ni muchas. Los honrosos e imperiales 100 pesos se perdieron en una escabrosa y turbia historia desconocida. Pero Neve no se quedó callado y aguerrido como era, le escribió al emperador sobre su vida “en la inopia” y de los “abusos” de estos funcionarios y de la “mala fe de los hombres que no se ha de acabar en México”.21

Neve terminó aquel episodio huyendo de Naucalpan hacia la ciudad de México y consiguió alojamiento en el Callejón de las Vizcaínas letra d, una vivienda que desembocaba en la Plaza con el mismo nombre. desilusionado y entristecido por aquel revés empezó a solicitar trabajo en el ministerio de Instrucción Pública y Cultos, instancia que se encargaba, también, de tramitar y dar seguimiento a todo tipo de quejas y propuestas, donde lo único que abundaba eran las peticiones de empleo.

La otra cara de la medalla

Llegado el mes de julio de 1866, nuevamente, la moneda imperial parecía echada al aire invocando la buena suerte para el profesor Clemente Neve. Y vaya que estuvo de su lado, pues fue cuando recibió una invitación de Maximiliano para ser condecorado con la medalla de la Orden de Guadalupe destinada a premiar a los ciudadanos que hubiesen destacado en alguna labor en pro de la patria. El emperador repartió la condecoración a mucha gente de distintas etnias, clases, méritos y ocupaciones, entre ellos, prefectos políticos, caciques indígenas, abogados, médicos, soldados, oficiales, sastres y zapateros, pues deseaba conciliar una sociedad dividida desde siglos atrás. Quería despertar entre sus súbditos sentimientos de lealtad y pertenencia al Imperio (Pani, 1995: 432).

Tal parece que aquel examen público de Naucalpan y el gran desempeño del maestro Neve hubiesen impresionado gratamente a Maximiliano. La medalla había sido creada, en 1822, por el primer emperador de México, Agustín de Iturbide, y desaparecería en 1867, con la muerte del último emperador, Maximiliano de Habsburgo. La insignia era una cruz de brazos esmaltados, cada uno compuesto por tres hojas de los colores trigarantes: verde, blanco y rojo. Al centro llevaba un ópalo con la imagen de la virgen de Guadalupe, sobre los brazos de la cruz la inscripción: Religión, Independencia, Unión y en la parte de arriba una corona imperial sostenida por un águila con una serpiente en su pico. Los símbolos patrios unidos a la corona eran tan mexicanos, como “mexicano” se sentía el propio emperador. En realidad, la orden en sí era una “excentricidad histórica.” ¿una orden de caballería mexicana? (Borja, 2011: 122-223). La medalla tenía varios grados: gran maestre solo para Maximiliano, grandes Cruces, grandes Oficiales, grandes Comendadores y, finalmente, Caballeros. La medalla se repartía en días especiales como el 10 abril, fecha que conmemoraba la aceptación del trono mexicano por Maximiliano en Trieste; el 6 de julio, día de su cumpleaños y el 12 de diciembre, día de la virgen de Guadalupe. Las listas de los nombres de los condecorados venían acompañados con la profesión (Borja, 2011: 142-221); sin embargo, algunas medallas como la de Neve, no ostentan la leyenda de la ocupación, por lo que no se sabe cuántos maestros fueron premiados. Pero el gremio estuvo bien representado tal como quería Maximiliano en su afán de incluir todos los sectores importantes de la sociedad.

La víspera del viernes 6 de julio había llovido copiosamente y esa semana fueron tantos los aguaceros, que se suspendieron algunos eventos imperiales22 y muchas calles estuvieron inundadas durante meses (Trigueros citado en Valadés, 1976: 202). Hasta

se publicaron poemas en los diarios aludiendo a los avatares que sorteaban los capitalinos ante las constantes y fuertes lluvias.23 A Maximiliano no le gustaba esa temporada, pues le afectaba la garganta, y como a todo mundo le daba tos y resfriado: “no soporto el frío en Chapultepec”24 decía, así que prefería en esta temporada dormir en el Palacio Imperial. Declarado pues, día festivo el 6 de julio, cumpleaños de Maximiliano, el decreto imperial del 1o de noviembre de 1865 había asentado que las oficinas de gobierno y todo el comercio salvo “los expendios de primera necesidad” permanecerían cerrados (maillefert, 1992: 4). A las cinco de la mañana el toque ensordecedor de cohetes y campanas se mezclaba con el fuerte olor a pólvora: era el anuncio de una jornada de gala. El estallido de las salvas de artillería y el repique en los campanarios de todos los templos despertaba a los ciudadanos asfixiados al instante por el tufo del azufre quemado y las nubes del humo denso que dificultaba respirar. Había que hacer esfuerzos para no sobresaltarse y ser invadido por un miedo atroz e intentar recordar que —esta vez— se trataba del cumpleaños del soberano, puesto que semejantes estrépitos y olores habrían anunciado en otro tiempo, guerra, destrucción y muerte. Muchos citadinos todavía tenían en la memoria la toma de la ciudad en septiembre de 1847 por los estadunidenses, cuando con piedras y palos como el mismo Clemente,25 defendieron su pedazo de patria y se vieron devastados por los fusiles y los cañonazos de los enemigos.

Medalla de la Orden de Guadalupe.

El ceremonial de la Corte de ese estruendoso 6 de julio exigía al innumerable séquito que se presentara en el Palacio Imperial en horarios precisos. Los integrantes serían ubicados en lugares estratégicamente asignados, algunos en formaciones calculadas al milímetro y con uniformes, atuendos, condecoraciones y joyas —tan exquisitos— que podrían emular sin distingo cualquier corte europea. México, país republicano, que no tenía tradición ni costumbre de hábitos cortesanos, pasado un tiempo, luego de admirar lo que provocaba el brillo esplendoroso del Imperio, desataría entre las ricas familias mexicanas “una fiebre de aristocracia y de nobleza” que buscaba afanosa su linaje en pergaminos. La ciencia del blasón hizo famosa en las casas la heráldica con la exhibición de los escudos de armas y, como mirado con cata-lejos, relució de cerca el lustre familiar entresacando apellidos de los frondosos árboles genealógicos de renombre (Blasio, 1966: 69). Los títulos hallados servían para acreditar que “la sangre azul” corría en torrente por sus venas, y que sus nobles ancestros estaban entre lo más granado de ilustres marqueses, condes y duquesas.

Ese día, ante la solemnidad y etiqueta que ameritaba la alta distinción que suponía la entrega de la medalla, los condecorados deberían vestir de acuerdo con los Estatutos de la Orden: “portar un manto de raso azul forrado de tafetán blanco y con un vivo violado de media pulgada de ancho”. Este tendría “por toda la orilla un bordado de oro que represente la forma y las figuras del collar, águilas con la corona imperial, y se sujetará al cuello con dos cordones gruesos de seda que rematarán en borlas, igualmente de color azul”. El requisito del manto era el cabalístico estatuto número 11, pero había 60 rubros que especificaban algunos temas importantes como el que establecía que la medalla no se podía heredar (fallecido el portador debía devolverse) y otro que asentaba que si el agraciado cometía un delito sería expulsado de la Orden después de haber sufrido la degradación pública (Borja, 2011: 367). El Diario del Imperio anunció días antes, el 4 de julio, aquella jornada en la que se celebraba al mismo tiempo el cumpleaños del Emperador, por eso resultó extraño que durante la primera parte de la celebración, el festejado estuviera ausente. ¿Quizá su debilidad de ánimo se lo impidió? En realidad, el brillo del escenario de la Corte escondía tras bambalinas el alma desdorada de la pareja imperial. Esos días estuvieron sopesando en camerinos que Maximiliano abdicara al trono pero, el 5 de julio, un día antes de la celebración, decidieron postergar la discusión.

Abdicar es condenarse, extenderse a sí mismo un certificado de incapacidad y esto es sólo aceptable en ancianos o en imbéciles, no en la manera de obrar de un príncipe de 34 años, lleno de vida y de esperanzas en el porvenir […] Todo esto no es digno de un príncipe de la casa de Habsburgo (ratz, 2003: 296).

Esto decía, entre otras tantas cosas, la extensa epístola que Carlota escribió a Maximiliano poco antes de partir a Europa. Palabras que debieron martillar, en los meses venideros, el alma atormentada e indecisa de Maximiliano (gonzález lezama, 2012: 174).

Lo único claro en aquel momento es que Carlota atravesaría el mar con carácter urgente para pedir apoyo militar y financiero a Napoleón III, auxilio espiritual al Papa y sostén político a ambos. Bajo la sombra de un presagio infausto, el día 8 partió la emperatriz hacia un destino totalmente incierto. El imperio se desmoronaba al tiempo que el propio ejército que lo sostenía. No había dinero ni para pagar a los oficiales. a esas alturas abundaban las opiniones negativas y muchos pensaban que todo estaba perdido (Hamann, 1994: 171; meyer, 2002: 439-460). Por otra parte, a los soldados les estaban ofreciendo ingresar al ejército, pero ¡al mexicano! Había una situación de tal inseguridad entre ellos, que temían no solo por sus vidas, sino también regresar al viejo continente: ¿a hacer qué?, se preguntaban (Bazant y Bazant, 2004: 96-97).

Con este telón de fondo en la penumbra, se citó a los invitados al proscenio de la gran representación del día 6 de julio, cuya función comenzó a las 7:30 de la mañana. Fue así como llegaron las señoras grandes Cruces de San Carlos (medalla especial para mujeres), además de múltiples personas que componían todo el reparto de aquel séquito y todas reunidas en la escenográfica sala de audiencias del Palacio. de ahí se les dirigió a la sala de Pinturas, a la sala de Iturbide y a la guardia Palatina. Posteriormente, salieron al gran patio de Palacio y a la Plaza de armas donde había más de 15 000 personas, entre ellos, muchos indígenas que habían llegado del valle de México con sus respectivas bandas de música26