Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
Cartas de sangre relata la historia de Lin Zhao, una poeta y periodista china arrestada por el régimen de Mao en 1960 y ejecutada ocho años después, en la cúspide de la Revolución Cultural. Sola entre las víctimas de la dictadura maoísta, mantuvo una oposición tozuda y abierta durante sus años en prisión. Su disidencia, arraigada en su fe cristiana, la fue relatando en múltiples escritos hechos con su propia sangre, a veces en su ropa y otras en jirones de sus sábanas. Los escritos de Lin Zhao en prisión se han conservado milagrosamente, aunque no habían visto la luz hasta hace poco. El profesor de la Universidad de Duke Lian Xi pinta, a partir de estos y otros textos de años anteriores al arresto de Lin Zhao y de diversas entrevistas con familiares, amigos y conocidos, un retrato indeleble de coraje y fe ante la maldad implacable: la asombrosa historia de la disidente política más influyente de la China de Mao.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 592
Veröffentlichungsjahr: 2020
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
Lian Xi
Cartas de sangre
La historia jamás contada de Lin Zhao, mártir en la China de Mao
Traducción de Consuelo del Val
Título en idioma original:
Blood letters. The untold story of Lin Zhao, a martyr in Mao’s China
© Lian Xi, 2018
© de la edición en castellano: Ediciones Encuentro S. A., Madrid 2020Traducción de Consuelo del Val
Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con la autorización de los titulares de la propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (arts. 270 y ss. del Código Penal). El Centro Español de Derechos Reprográficos (www.cedro.org) vela por el respeto de los citados derechos.
Colección 100XUNO, nº 65
Fotocomposición: Encuentro-Madrid
ISBN: 978-84-1339-371-1
Depósito Legal: M-24491-2020
Printed in Spain
Para cualquier información sobre las obras publicadas o en programa y para propuestas de nuevas publicaciones, dirigirse a:
Redacción de Ediciones Encuentro
Conde de Aranda 20, bajo B - 28001 Madrid - Tel. 915322607
www.edicionesencuentro.com
índice
Introducción
I. La vida bajo el sol
II. De los zapatos de cuero a las sandalias de paja
III. La corona
IV. Una chispa de fuego
V. El jade quebrado
VI. El farol en los campos nevados
VII. La chica del pelo cano de Tilanqiao
VIII. Cartas de sangre dirigidas a casa
Epílogo
Agradecimientos
Notas
Bibliografía
Índice de términos
A aquellos que se afanaron en la conservación del legado de Lin Zhao y en mantener vivo su espíritu
Introducción
El 31 de mayo de 1965, la poeta y periodista disidente Lin Zhao, de treinta y tres años de edad, se sentó en el banquillo de los acusados de la Corte Popular del distrito de Jing’an en Shanghái.
Se la acusaba de liderar una «camarilla contrarrevolucionaria» que había publicado Una chispa de fuego, un periódico clandestino que denunciaba el despropósito del gobierno comunista y el Gran Salto Adelante de Mao, a quien acusaban de la hambruna sin precedentes que asoló el país entre 1959 y 1961, y que acabó, según sus cálculos, con al menos treinta y seis millones de vidas a nivel nacional1.
Lin Zhao también había aportado a esta publicación un extenso poema titulado «Un día en la pasión de Prometeo». En él se mofaba de Mao describiéndole como un Zeus con atributos de villano, que no conseguía que Prometeo apagara el fuego de la libertad que había robado del cielo, a pesar de sus intentos. Las autoridades sostenían que el poema era un «vicioso ataque» al Partido Comunista de China (PCCh), así como al sistema socialista, y que animaba a sus colegas contrarrevolucionarios a «promover abiertamente una China libre, democrática y pacífica»2. La condenaron a veinte años de cárcel.
«¡Este fallo es bochornoso!», escribió al día siguiente Lin Zhao en el reverso del veredicto valiéndose de su propia sangre como tinta. «Pero lo escuché llena de orgullo. Muestra en cuánto estima el enemigo este acto de combate. ¡En lo más hondo de mí siento el orgullo de un combatiente! Apenas he hecho nada y aún dista mucho de ser suficiente. ¡Sí, me queda mucho por hacer para estar a la altura de los actos que me atribuís! ¡Y, además, esto que habéis dado en llamar ‘resolución’ carece de significado para mí y lo tengo en poco!»3.
Fue una inesperada nota discordante en la sinfonía de la Revolución maoísta. El movimiento comunista, que había empezado en la década de 1920 y que Mao había dirigido desde los años treinta, había resultado en un gran triunfo: la fundación de la República Popular en 1949. La Revolución había hecho del comunismo un credo sagrado y una completa religión de masas, con sus escrituras marxistas y maoístas, sus sacerdotes (los cuadros) y su liturgia revolucionaria.
El culto a Mao se remontaba a los años cuarenta, pero despegó con la publicación de El libro rojo de Mao —también conocido como El pequeño libro rojo— en 1964. Se imprimieron más de mil millones de copias en la década posterior. Durante la Revolución Cultural, que se puso en marcha en 1966, el cántico de consignas blandiendo El libro rojo frente al retrato del «gran líder» se volvió un ritual colectivo. Mientras, se fabricaron casi cinco mil millones de insignias con la cara de Mao, la mayor de ellas del tamaño de una pelota de fútbol4.
El sacrilegio era prácticamente impensable. Hasta el punto de que no era raro que algunos condenados al paredón por «contrarrevolucionarios» lanzaran un «viva el presidente Mao» mientras llovían sobre ellos los disparos, en un intento desesperado por zafarse de la ira de la Revolución declarándose leales a ella5.
En un tiempo en el que se acallaban todas las voces críticas, Lin Zhao eligió oponerse abiertamente al Partido desde su celda. «Desde el mismo día de mi arresto me he presentado ante esos comunistas como un miembro de la resistencia», escribió con su propia sangre en una carta que envió a su madre desde la prisión. «Defiendo a cara descubierta la libertad frente al comunismo y frente a la tiranía»6.
La disidencia de Lin Zhao parecía fútil y suicida a partes iguales, pero ella sacaba de su fe las fuerzas y la convicción necesarias. Había recibido el bautismo ya de adolescente en el Laura Haygood Memorial School —una escuela fundada por la Iglesia Metodista Episcopal del Sur en su pueblo, Suzhou—, pero se alejó de la Iglesia al unirse a la Revolución comunista en 1949 para contribuir a la «emancipación» de las masas y crear una sociedad nueva y justa, tal y como ella pensaba entonces. Se desencantó con la Revolución a finales de los años cincuenta, cuando la purgaron tachándola de derechista —junto al menos otro millón doscientas mil personas en toda China— por expresar ideas democráticas7. A partir de entonces emprendió un camino de retorno gradual a una ferviente fe cristiana.
Como cristiana, creía que su lucha era tanto política como espiritual. En una carta que envió a los editores del Diario del Pueblo —portavoces del Partido— tras su sentencia, explicaba que seguía «el camino del servicio a Dios, la línea política de Cristo»8 al oponerse al comunismo. «Mi vida pertenece a Dios», declaraba. Si tal era la voluntad de Dios, se mantendría con vida. «Pero si Dios quiere que me entregue al martirio, solo podré darle las gracias desde lo más profundo de mi corazón por el honor que me concede»9.
El desafío que Lin Zhao lanzaba al régimen de Mao no tenía parangón en toda China. Las decenas de millones de personas que perecieron como resultado directo del gobierno del PCCh murieron como víctimas y sus voces jamás fueron escuchadas. No se registró oposición destacada alguna a la ideología comunista durante el mandato de Mao10. Lin Zhao perduró en la resistencia gracias a sus ideales democráticos y porque su fe cristiana la facultaba para preservar su autonomía moral y su juicio político, algo de lo que el resto de ciudadanos habían sido privados por el Estado comunista. Su fe contrapesaba la religión maoísta y la sostenía en su disidencia11.
El título de este libro procede del impetuoso medio del que Lin Zhao se valió para expresar su disentimiento. Cuenta un documento oficial que «durante su estancia en prisión, se perforaba la piel en innumerables ocasiones y usaba su inmunda sangre para escribir cientos de miles de palabras que componía en cartas, notas y diarios extremadamente reaccionarios y extremadamente maliciosos, en los que profería furibundos y abusivos ataques y calumniaba a nuestro Partido y a nuestro líder»12. Remitía sus cartas al aparato propagandístico del Partido, a Naciones Unidas, a las autoridades carcelarias y a su madre. Ella las llamaba sus «escritos de libertad».
«Lucho por mi derecho a vivir una vida plena, íntegra y recta, por mi derecho a la vida», explicaba. «¡Y esta lucha siempre ha de ser irreprochable! Nadie tiene derecho a decirme que debo tener las cadenas ceñidas al cuello y soportar la esclavitud y la humillación si quiero seguir con vida»13.
Lin Zhao escribió alrededor de medio millón de caracteres en la cárcel, repartidos entre ensayos, poemas, cartas y hasta una obra de teatro. Escribía tanto con tinta como con sangre, valiéndose de esta cuando se le negaban los suministros de útiles de escritura y, en muchas ocasiones, hasta cuando disponía de ellos. Se extraía la sangre con un punzón improvisado —un tallo de bambú, una horquilla del pelo o el mango de plástico del cepillo de dientes, tras afilarlo con el suelo de hormigón—. Una cuchara de plástico le hacía de «tintero», en el que mojaba una «pluma» que solía fabricar con una astilla de bambú o un tallo. Como soporte, usaba papel cuando podía hacerse con él y camisas y retales de sábanas cuando no14.
Llegó un momento en el que se había hecho tantas incisiones en los dedos de la mano izquierda que ya no le brotaba sangre. Se le entumecían al presionarlos. Esto le contaba a su madre en una carta datada el catorce de noviembre de 1967:
Ya casi se ha acabado la pequeña poza de sangre que me extraje para escribir. Parece que mi sangre está mucho menos densa últimamente y tarda mucho en coagular. Puede que se deba, en parte, a que está empezando a hacer más frío. ¡Ay, mamá! ¡Así es mi vida! ¡Mi vida es también mi lucha! ¡Es mi batalla!15.
Lin Zhao plasmó la mejor expresión de su credo político en la carta que dirigió al consejo editorial del Diario del Pueblo. Comenzó a escribirla a propósito el catorce de julio, aniversario de la toma de la Bastilla. No pondría el punto final hasta casi cinco meses, 140.000 palabras y 137 páginas después. La escribió con tinta, pero estampó repetidamente en ella un sello del tamaño de un botón embebido en sangre para imprimir el carácter zhao.
En esa carta, Lin Zhao desafiaba la teoría de la incesante «lucha de clases», que los comunistas consideraban intrínseca a la historia del devenir humano y de la que no había escapatoria.
Desde los años veinte, esta teoría se ha observado como una verdad inmutable en el seno del PCCh y se ha usado para justificar la denominada dictadura del proletariado.
La doctrina se revistió de una urgencia renovada en los años sesenta, cuando Mao declaró que «se debe hablar de la lucha de clases todos los años, todos los meses, todos los días»16.
Lin Zhao se reía de esto. «¡No me puedo creer que en el vastísimo espacio que Dios ha creado para nosotros haya necesidad alguna de que la humanidad se meta en una lucha a vida o muerte!»17.
La dictadura del PCCh no era más que una forma moderna de «tiranía y esclavitud», escribió a los propagandistas del Partido. «Mientras haya esclavos, no solo están esclavizados los privados de su libertad: ¡tampoco son libres los que los esclavizan!». Así, quien quiera poner fin al gobierno comunista en China no debe «viciar la meta de nuestra lucha y no pretender con ella más que convertirse en otro tipo de amo», escribió. «El noble fin de nuestra batalla demanda de nosotros que no fijemos nuestros ojos en el poder político —¡nuestro fin no debe y no puede ser un simple traspaso de poder político!—». Esa meta era «la democratización política... Para garantizar que China no vuelva a ser regida por un emperador»18.
Lin Zhao bregaba con el dilema moral de si el fin legitimaba el uso de la violencia. Su fe cristiana la había templado para la batalla. Pero, al mismo tiempo, también había fraguado en ella la oposición a la violencia. Sabía reconocer aquellos ocasionales «destellos de humanidad» que mostraban hasta los que estaban metidos en «el núcleo más salvaje» del comunismo chino. A pesar de la vehemencia con la que se opuso a su encarcelamiento y a la dictadura de Mao en aras de la libertad de la sociedad, era incapaz de sancionar el empleo de la violencia en esta lucha. «Como cristiana entregada a la libertad y que porta la cruz como estandarte en la batalla, creo que matar comunistas no es la mejor vía para enfrentarse al comunismo y eliminarlo». Admitía que, de no haber «abrazado el soplo del espíritu de Cristo», habría tenido mil motivos para clamar «una sangrienta venganza contra el Partido Comunista de China»19.
Su sentencia pasó a ser de pena de muerte al negarse a someterse al proceso de «reforma de pensamiento» y hacer gala de una incansable actitud sacrílega ante Mao y su Revolución. El 29 de abril de 1968, la fusilaron siguiendo órdenes del Comité de Control Militar de Shanghái del Ejército Popular de Liberación. Tenía treinta y seis años.
Lin Zhao murió con deseos por cumplir: le hubiera gustado compensar la mucha aflicción que había causado a su madre al meterse en política cuidando de ella en su vejez. Le decía lo siguiente en una de sus últimas cartas de sangre, escrita en noviembre de 1967: «¡Cuando la luz del alba de la libertad de una centuria de derechos humanos brille en la vasta tierra de este país, nos contaremos todo lo que guardamos en el corazón!»20. Tanto esta carta como los otros escritos que produjo con sangre fueron confiscados en la prisión y jamás fueron enviados.
Había prometido ir en peregrinación algún día a la tumba del presidente americano John F. Kennedy para presentarle sus respetos, ya que le había enseñado —en el discurso «Ich bin ein Berliner», pronunciado en 1963— que la libertad es indivisible y que «cuando un hombre está esclavizado, nadie puede considerarse libre»21.
Y también había apelado por escrito a Naciones Unidas en 1966 para que le permitieran testificar en persona sobre su propia tortura y los abusos a los derechos humanos que se producían en China. Pidió a la ONU que, en caso de que muriera durante su arresto, «llevaran a cabo una investigación auténtica, detallada y rigurosa» de su caso y lo hicieran público. Naciones Unidas había recibido apelaciones similares de disidentes de la Unión Soviética en los años sesenta, pero las cartas de Lin Zhao nunca cruzaron el umbral de la prisión22.
Su sentencia de muerte se abrió con una «instrucción suprema» del presidente Mao: «Siempre estarán, ciertamente, aquellos que se niegan a cambiar hasta la muerte. Su voluntad es la de ver a Dios portando sus cabezas de granito sobre sus hombros. No acarrearán graves consecuencias»23.
Si los escritos que redactó en la cárcel no hubieran sobrevivido, eso habría sido verdad y este libro jamás hubiera sido posible.
Lin Zhao había creído —contra toda esperanza— que sobrevivirían24. Y, contra todo pronóstico, lo hicieron. A pesar de la naturaleza «extremadamente reaccionaria» y condenatoria de sus escritos, ningún burócrata de la cárcel o de la seguridad pública se atrevió aparentemente a correr el peligro de cometer un error que podía salirle muy caro: el de ordenar su destrucción. En lugar de eso, sus escritos se recogieron y se archivaron como pruebas incriminatorias en su caso contrarrevolucionario. En 1981, la Corte Popular Suprema de Shanghái revocó póstumamente la sentencia de muerte de Lin Zhao y la declaró inocente. Devolvieron sus escritos a su familia al año siguiente25.
En 2004 apareció en Internet una versión digitalizada de la carta que Lin Zhao dirigió al Diario del Pueblo en 196526. No tardó en extenderse como el fuego prometeico entre la disidencia china actual. El difunto premio Nobel de la Paz Liu Xiaobo llamó a Lin Zhao «la única voz de libertad que le queda a la China contemporánea»27.
En la última década, no deja de aumentar el número de activistas por la democracia en China que visitan la tumba de Lin Zhao en la colina de Lingyan, a las afueras de Suzhou, para presentarle sus respetos. En los últimos años, al intensificar el gobierno su mano dura contra los disidentes, la policía —tanto de paisano como los antidisturbios— se ha presentado sin falta cada año el día del aniversario de su ejecución para bloquear el acceso a la tumba y disipar las concentraciones de defensores de los derechos humanos que viajan desde todo el país para recordarla. El resultado es un ritual anual en el que la policía detiene y pega una golpiza a los peregrinos al pie de la colina de Lingyan28.
A lo largo y ancho de toda la China actual, ningún otro espíritu ha requerido de tan incansable ejercicio de exorcismo29. Lin Zhao se ha convertido tras su muerte en una némesis del Estado comunista con más fuerza incluso de la que tuvo en vida.
Para el poeta Shen Zeyi, amigo de Lin Zhao y compañero en la Universidad de Pekín, ella era el «farol en los campos nevados», como decía el título del poema que escribió en 1979 al reaparecer tras su destierro y enterarse de la muerte de Lin Zhao:
Por alguna razón
siempre extraño la lámpara que brilla al otro lado de la montaña.
En una noche desolada llena de una fría niebla
brillaba en medio de los campos cubiertos de blanca nieve
una bella, solitaria e inviolable luz.
Allá donde tocaban sus rayos
apartaba lo más lejos posible
la oscura y densa noche
de la profunda nieve barrida por el viento30.
Aquel farol dio testimonio de dignidad y de la tenacidad de la voluntad humana cuando se trata de ser libre. En el curso del siglo XXI, la inmensa rueda de los sistemas totalitarios ha arrollado la vida de incalculables decenas de millones de personas en todo el mundo. Como Dietrich Bonhoeffer y Sophie Scholl en la era nazi, Aleksandr Solzhenitsyn bajo el régimen soviético y Jerzy Popieluzko en la Polonia comunista, Lin Zhao intentó —tomando prestadas las palabras de Bonhoeffer— «trabar la rueda con un palo».
Su fe religiosa tuvo su papel en las heroicas luchas de estos individuos31. Dio a Bonhoeffer la claridad moral necesaria para declarar la doctrina nazista como herejía32 e inspiró a Solzhenitsyn para oponerse al comunismo como una «esclavitud espiritual». Para Solzhenitsyn, el totalitarismo inmoral de la Unión Soviética exigía «el completo sometimiento de nuestras almas». Cuando el césar demanda que «le entreguemos lo que es de Dios, ¡se trata de un sacrificio que no estamos dispuestos a hacer!», concluyó33.
A comienzos de la década de los ochenta, el padre Jerzy Popieluszko apoyó a Solidaridad, el sindicato polaco, en su desafío a la ley marcial que el gobierno comunista había impuesto en Polonia. «Ay de las autoridades estatales que quieren gobernar a sus ciudadanos a base de amenazas y miedo», exclamó. Creía que «servir a Dios es condenar el mal en todas sus manifestaciones», y pagó por sus convicciones con su propia vida34.
El teólogo y filósofo alemán Ernst Troeltsch, a quien Bonhoeffer había leído en sus tiempos de estudiante, ya había predicho el vínculo entre la fe religiosa y el extraordinario valor de aquellos individuos que se han enfrentado al totalitarismo. Troeltsch escribió que el cristianismo tiene un «efecto desintegrador» de «cualquier forma de autoridad exclusivamente terrenal» debido a su principio revolucionario de «individualismo y universalismo ilimitados»35.
En 2013, se publicaron a iniciativa privada Las obras completas de Lin Zhao, que incluyen los escritos procedentes de la prisión y la correspondencia y piezas restantes, compiladas y comentadas por sus amigos, volcados con ella. Me dieron una copia.
Fue providencial. Llevaba un año embarcado en la investigación de la historia de Lin Zhao. Había estado reconstruyendo su vida desde 2012, siguiendo sus pasos desde la antigua Laura Haygood Memorial School de Suzhou, en la que experimentó una doble conversión —primero al cristianismo y luego al comunismo— hasta el pintoresco campus de la Universidad de Pekín, en el que rompió con el comunismo tras un despertar político. Para entender mejor la educación de la escuela misionera que había marcado el pensamiento de Lin Zhao, me dirigí a los archivos de la United Methodist, que se encuentran en Madison, Nueva Jersey.
También mostré mis respetos a Lin Zhao en su tumba, sobre la cual se había instalado una cámara de vigilancia en 2008, en los momentos previos al cuarenta aniversario de su ejecución, para evitar que se propagara inadvertidamente una plaga política y espiritual desde su lugar de descanso eterno36.
Conocía a Lin Zhao no solo a través de sus escritos, sino también de sus entrevistas y de la correspondencia que mantuvo con los que tuvieron con ella una relación más íntima —su antiguo prometido, sus compañeros de clase, amigos, compañeros de la contrarrevolución y su hermana— y de aquellos que llegaron a conocerla más de cerca en la prisión, es decir, antiguos presos políticos de Tilanqiao.
En la entrevista exclusiva que realicé al juez ya retirado que revisó el caso de Lin Zhao en 1981 para su rehabilitación, le pregunté por su decisión de devolver a su familia los escritos que redactó en la cárcel: hojas manuscritas, numeradas y atadas con hilos verdes, además de cuatro libretas que contenían sus «diarios de batalla», ensayos y copias a tinta de «las cartas de sangre dirigidas a casa». Había copiado meticulosamente a tinta todos los escritos de sangre en libretas y hojas sueltas de papel después de dárselas a los guardias para conservar sus palabras37.
Me contó que los escritos que habían devuelto a su familia procedían de un archivo secundario. El expediente principal contenía la transcripción de sus interrogatorios y otros materiales clave, que ocupaban un total de alrededor de un metro de largo en una estantería. Todavía permanece bajo llave en un emplazamiento secreto destinado a documentos clasificados fuera de Shanghái.
«Es una buena poeta», recordaba. «Me llevé algunos de sus poemas a casa sin decir nada a nadie y los copié a mano», añadió con una sonrisa traviesa.
«¿Viste los documentos que escribió con sangre?».
Sí los vio, aunque solo unos pocos. La sangre se había vuelto oscura y el papel amarilleaba.
Le pregunté por qué no se los devolvieron a la familia de Lin Zhao junto con sus otros escritos.
«Taichu shenjing le»: hubiéramos tocado una fibra demasiado sensible, fue su respuesta38.
Lin Zhao había estado relegada al olvido, como millones de los que cayeron asesinados por la Revolución. Su historia se habría perdido para siempre de no haber sido por su constancia al escribir en la cárcel y por los caprichos de la Historia. Esta es su vida.
I. La vida bajo el sol
Lin Zhao aprendió de sus padres que la política en la China del siglo XX era un asunto traicionero. A finales de los años veinte, su madre, Xu Xianmin, que por aquel entonces estudiaba en la escuela primaria Leyi de Suzhou, acudía con su hermano, el radical Xu Jinyuan, a las revueltas del sindicato de la ciudad, dirigidas por la rama local del emergente Partido Comunista de China. Xu Xianmin recordaría más tarde el momento en el que saltó a la palestra como neófita de la Revolución con apenas quince años. «Dirigía la masa de manifestantes agitando las manos en una y otra dirección, corriendo de un lado a otro como una lunática», vestida de rojo y portando un megáfono durante una huelga de conductores de bicitaxi. «No hacía más que seguir a mi hermano mayor Jinyuan, que agitaba una bandera y gritaba, pero me valió el sobrenombre de ‘la mujer de rojo’»39.
La mujer de rojo pronto habría de aprender el alto coste que una Revolución podía entrañar. A altas horas de la madrugada del 11 de abril de 1927, la policía nacionalista (Guomindang) irrumpió en la casa en la que Xu Jinyuan y unos pocos líderes regionales del PCCh estaban reunidos de urgencia y les arrestaron. Al día siguiente, Chiang Kai-shek lanzó su brutal purga contra los comunistas de Shanghái. Asesinaron a cientos de activistas del Sindicato General de Shanghái, el baluarte del PCCh en la ciudad. Miles desaparecieron en el devenir de la campaña. El Incidente del 12 de abril marcó el fin de la breve alianza que habían sellado nacionalistas y PCCh para hacer frente a los caudillos militares. A partir de ese momento se dio caza a los comunistas, y el sangriento enfrentamiento entre estos dos bandos habría de continuar durante dos décadas. Pocos días después de arrestar a Xu Jinyuan enfundaron su cadáver en un saco de cáñamo y lo lanzaron al río. Tenía veintiún años40.
Parece que la clase de muerte que propiciaron a su hermano hizo que se enfriara el heroísmo de Xu Xianmin. Pronto se distanció del PCCh y se alineó en lugar de eso con una facción reformista dentro del Guomingdang, trabajando como secretaria de la rama local del condado. Pero su lealtad política permanecía escindida: los revolucionarios seguían recibiendo buena parte de sus simpatías41.
Lin Zhao nació el 23 de enero de 1932 y recibió el nombre de Peng Lingzhao42, el cual daría de lado hacia el final de su adolescencia al unirse a la Revolución comunista. Que adoptara Lin como nuevo apellido —sin duda no un pecado venial contra la piedad filial—, marcó una ruptura simbólica con la familia Peng: Peng Guoyan, su padre, no había abrazado la Revolución en su juventud. En 1922 fue admitido en la Universidad del Sudeste en Nankín, una de las primeras universidades nacionales en establecerse tras la caída de la dinastía Qing en 1912. Se graduó en Economía Política, que era parte del currículo occidental de la universidad, diseñado para fomentar los deseos de riqueza y poder para el país que sostenían los propulsores de la modernización. Esos sueños procedían de finales del siglo XIX. Y, si bien maltrechos por el fracaso de las reformas de la última década de aquella centuria y por la caída del país en el caudillismo tras 1916, se mantenían a flote.
En 1926, Peng Guoyang se graduó de la Universidad del Sudeste. A diferencia de su vehemente futura esposa, él concebía la introducción de políticas constitucionales y un gobierno eficiente y responsable en China —algo que el escritor y amigo de la familia Feng Yingzi denominaba «sus ideas democráticas de corte Westminster»—. Su trabajo de fin de carrera se titulaba «Sobre la constitución de un Estado irlandés libre»43.
En 1928 parecía que había llegado el momento de que China comenzara de cero. Los grandes caudillos bien habían sido vencidos, bien habían jurado lealtad al gobierno nacional que se acababa de establecer en Nankín. Habían logrado contener el radicalismo comunista. El rejuvenecimiento nacional se atisbaba posible bajo el nuevo gobierno de Nankín, que lanzó un vigoroso impulso con el objetivo de poner fin a casi un siglo de tratados asimétricos que habían impuesto a China como resultado de la Guerra del Opio (1839-1842). Exitosas negociaciones con potencias occidentales pronto llevaron a la recuperación de la autonomía tarifaria44.
Mientras tanto, el gobierno de Nankín quería introducir reformas en la economía, la industria, la educación y el ejército, así como en la administración y hacienda. En septiembre de 1928 tuvieron lugar los exámenes para seleccionar a los altos ejecutivos del condado en la provincia de Jiangsu, algo que suponía una ostensible ruptura con el corrupto funcionariado del pasado. Peng, de veinticuatro años por aquel entonces, obtuvo la nota más alta y fue nombrado magistrado del condado de Wu, que incluía la ciudad de Suzhou y sus alrededores.
Pero sus días de gloria no duraron mucho. Incapaz y poco dispuesto a seguir las intrincadas reglas de juego de la política local, ni sobornó a su superior provincial ni aplacó a los que cortaban el bacalao en áreas que, en teoría, estaban bajo su jurisdicción. Inició proyectos de construcción de carreteras y líneas telefónicas, y tomó enérgicas medidas contra las apuestas y los fumaderos de opio levantando la ira de la policía, que ganaba dinero extra protegiendo esos turbios establecimientos.
Parece que el magistrado Peng también albergaba ciertas simpatías hacia los comunistas y filtró a Xu Xianmin, su futura esposa, una orden de arresto de izquierdistas de Suzhou. En cuestión de unos meses le detuvieron por un breve periodo de tiempo esgrimiendo vagos cargos de insubordinación e indiscreción y le apartaron de su cargo45.
En 1930 se casó con Xu Xianmin46. Para cuando Lin Zhao naciera —1932—, ya estaba en su tercera breve labor administrativa, ahora sirviendo como magistrado en el remoto y empobrecido condado de Pi. En mayo, cuando apenas llevaba seis meses ejerciendo, el escrupuloso y diligente Peng fue arrestado de nuevo a causa de una treta por la que se le acusaba de «cobrar impuestos injustificadamente» para provecho propio. Había intentado no entrar en la política de facciones, pero acabó enemistándose con un hombre fuerte del lugar. Pasó los siguientes tres años en la cárcel. Habían vuelto a cortarle las alas a aquel aspirante a modernizador. Y por si esto no fuera poco, aquel barón con el que andaba a la gresca encargó una placa de piedra a cuenta del erario público que conmemoraba la «insignificante labor administrativa» de Peng. Una derrota más contundente es prácticamente impensable47.
Lin Zhao tenía cinco años cuando las tropas japonesas comenzaron la invasión a gran escala de China. Las hostilidades estallaron en julio de 1937 cerca de Pekín (conocida entonces como Beiping) y se extendieron al área de Shanghái en agosto. Shanghái cayó en noviembre y Suzhou, ochenta kilómetros al oeste, no resistió mucho más. En diciembre los japoneses tomaron Nankín, entonces la capital de la República de China, y dieron rienda suelta al terror durante seis semanas, en un episodio conocido como la Violación de Nankín, en el que fueron masacrados más de trescientos mil chinos.
Para escapar del avance de las fuerzas japonesas, la familia de Lin Zhao se unió a los cincuenta millones de refugiados que se calcula que partieron hacia el oeste huyendo de la costa48. Peng Guoyan trabajó en el ministerio de Economía del gobierno nacionalista en la que era la capital durante la guerra, Chongqing. Xu Xianmin decidió regresar a Shanghái y Suzhou, ciudades ocupadas, como agente encubierta al servicio de la resistencia: se hacía pasar por una «inspectora» nacionalista enviada al campo de los alrededores de Shanghái. Los gendarmes japoneses llegaron a detenerla por un breve periodo de tiempo y la torturaron49.
Lin Zhao vio en su madre un ejemplo de coraje y sacrificio desde una edad muy temprana. Muchos años después plasmaría en un poema que escribió en la cárcel que fueron su tío Xu Jinyuan y su madre quienes le legaron ese espíritu combativo50.
Una vez hubo terminado la ocupación japonesa, Peng Guoyang regresó al valle de Yangzi y obtuvo un puesto en el Banco Central del gobierno en Shanghái. Por su parte, Xu Xianmin emergió como una socialité progresista en Suzhou. A comienzos de los años treinta, había cofundado la Asociación de Mujeres de Suzhou para movilizar a la opinión pública en contra de la toma japonesa de Manchuria51. Tras la guerra, sus credenciales de activista y sus contactos la catapultaron al desempeño de papeles muy prominentes en la respetable sociedad de Suzhou. Sirvió en el consejo de administración de un banco local, asumió la dirección del Diario Dahua, un periódico de Suzhou, cofundó una compañía de transporte y se presentó como candidata —con éxito— a las elecciones a la Asamblea Nacional en 1946 como representante de Suzhou52.
Durante aquellos años, Peng Guoyan y Xu Xianmin fueron capaces de proporcionar una educación decente a Lin Zhao y una vida cómoda a sus dos hijos más pequeños —Peng Lingfan, su segunda hija, nacida en 1938, y Peng Enhua, un niño que vino al mundo en 1944—53. En otoño de 1947, Lin Zhao entró al Laura Haygood Memorial School para niñas, o Jinghai, donde pasaría dos de los años más instructivos de su vida54.
Esta escuela fue fundada en 1903 y se bautizó en honor a Laura Haygood (el nombre chino, Jinghai, se traduce como «tributo de admiración a Haygood»), quien llegara a China en 1884 como la primera misionera extranjera de la Iglesia Metodista Episcopal del Sur. Murió en 1900, muy conocida por su labor educativa y por haber fundado la prestigiosa Escuela y Hogar McTeyre de Shanghái. Tres años más tarde, la misión de la Iglesia Metodista del Sur construyó el Laura Haygood Memorial School para honrar su memoria55.
Laura Haygood Memorial School, escuela para niñas, n.d. (ca. 1910). Usado con permiso de la Comisión General de Archivos e Historia, United Methodist Church.
A diferencia de la mayoría de los colegios misioneros del siglo XIX, que abastecían a familias pobres, este fue un colegio de élite desde el comienzo. «Aquí está el nuevo Laura Haygood Memorial School para niñas de la alta sociedad», destacaba una breve historia de los cien años de misión protestante en China que se publicó en 1907. Ofrecía «excepcionales ventajas literarias» y cobraba «ocho dólares al año, sin incluir música», una suma que constituía varias veces el salario anual del trabajador medio en aquel momento56.
La escuela se construyó en un tranquilo rincón del este de Suzhou, próxima a lo que un día fue un foso y a la antigua muralla de la ciudad, ahora cubierta de hierba y por cuya parte superior se podía dar un paseo al atardecer. Bastaba cruzar una estrecha calle para llegar a la Universidad de Soochow, orgullo de la misión educativa metodista en China, que abrió sus puertas en 1901. Los amplios balcones balaustrados daban a una explanada de césped bien cortado, rodeada por filas de altos árboles. Había un pabellón en el que los estudiantes podían reunirse para charlar. En otoño, los crisantemos florecían en los parterres y en los márgenes de la escuela. Elegantes arreglos florales embellecían también el auditorio, el largo pasillo y el salón —con mesas de madera de jacarandá y un piano— en el que se servía el té57.
Las reglas eran estrictas en Laura Haygood: las alumnas debían mantener una postura decorosa y unos andares elegantes. Los uniformes escolares tenían que estar impecables. Las chicas entraban en fila a la cafetería al ritmo de música, y rezaban antes de cenar y antes de irse a la cama. Al comienzo, toda la instrucción impartida y todos los libros de texto estaban en inglés, con la sola excepción de las clases de chino.
En 1917, en respuesta al alza en la demanda de una educación temprana más moderna en la nueva república, Laura Haygood se reorganizó y se convirtió primordialmente en una escuela de profesorado. Los instructores, misioneros americanos y chinos, recibían una formación muy rigurosa. Entre los docentes chinos se incluían algunas de las estrellas literarias más brillantes de la República China. En la nómina de graduados de sus filas se encontraban también notables futuros escritores y pioneros de la educación moderna, como Wu Yifang, presidenta de la Universidad de Ginling58.
Las alumnas de Laura Haygood destacaban también en deportes. En la primavera de 1948, cuando Lin Zhao se encontraba en su tercer año, el colegio ganó los campeonatos de baloncesto y voleibol y obtuvo menciones en las competiciones de baile tradicional y atletismo. Sus alumnas también se alzaron con la victoria y el cuarto puesto en el torneo de declamación en inglés que organizaba el club rotario de Suzhou. Sus conciertos anuales reunían a distintos coros y a un cuarteto que cantaban piezas como «Hark, hark! the lark at heaven’s gate sings!» del Cimbelino shakesperiano. Una antigua alumna fue equiparada con «una planta que crecía en el grande y hermoso jardín de Laura Haygood», rebosante de «lluvia y sol» y comprometida a «llevar ese sol y esa agua de lluvia al mundo»59.
Laura Haygood encarnó desde el comienzo el espíritu reformista de la misión educativa: el profesor de biología hacía que las chicas dibujaran tablas informativas con mosquitos y moscas para promover la salud pública en sus visitas a casas locales; las alumnas dedicaban las vacaciones de verano a enseñar a niños que no habían tenido la oportunidad de acceder a una educación formal. La escuela también cultivaba en las estudiantes las buenas costumbres sociales cosmopolitas. Las chicas de Laura Haygood cantaban en coros mixtos con alumnos de la Universidad de Soochow. La emancipación estaba en boca de todas y se hacía tangible en pies sin vendar y medias melenas. Muchas estudiantes defendían la coeducación, la herencia igualitaria y el derecho al divorcio para las mujeres60.
A comienzos de la década de los veinte, las estudiantes de Laura Haygood habían comenzado a publicar un periódico bilingüe semestral llamado The Laura Haygood Star (Jinghai xing). La junta editorial estaba compuesta por estudiantes y un profesor misionero que les asesoraba, y en él se publicaban artículos y fotografías que mostraban una vida estudiantil progresista e idílica —sirvan el laboratorio de ciencias, la banda de música china y la división de YMCA del colegio como botones de muestra—. La sección literaria estaba dedicada a traducciones de cuentos de hadas, relatos y obras de teatro occidentales, así como a obras creativas originales de las alumnas. Los temas de peso que abordaban las adolescentes iban de la educación infantil moderna a la promoción del chino vernáculo o la liberación femenina de la «esclavitud» y la «opresión de los maridos». La impresión profesional que le proporcionaba la American Presbyterian Mission Press de Shanghái le daba el acabado de un periódico convencional61.
Tras el paréntesis de la guerra sino-japonesa, durante la cual el ejército japonés ocupó el campus, Laura Haygood reabrió sus puertas a finales de 1945, cuando Jiang Guiyun, que había estado a la cabeza de la escuela desde 1927, regresó con un contingente de alumnas refugiadas. (El hermano de Jiang, Jiang Changchuan, había bautizado a Chiang Kai-shek en 1930 y era obispo de la United Methodist Church de China desde 1941). En 1947 las matriculaciones alcanzaron una cifra récord. Los cursos de preparación para la universidad estaban llenos, como también lo estaban todos los inferiores, comenzando por la guardería62. El padre de Lin Zhao conocía a Jiang Guiyun por su anterior trabajo como magistrado del condado, un contacto que aparentemente le aseguró la admisión de su hija en la sección de acceso a la universidad63.
En sus dos primeras décadas de funcionamiento, era obligatorio asistir a la capilla en Laura Haygood. Sin embargo, la afiliación religiosa y la observancia se hicieron opcionales bajo las reglas que instituyó primero el gobierno caudillista de Pekín en 1925 y que la administración nacionalista reforzaría a partir de 1928. De hecho, la escuela atraía a un significante número de alumnas pertenecientes a familias que estaban más interesadas en las posibilidades profesionales y matrimoniales de sus hijas que en el bienestar de sus almas. «Este año tenemos que partir de un núcleo muy pequeño de cristianas», escribió Anne Eloise Bradshaw, una veterana profesora, en julio de 194764.
Pero las estudiantes sí que mostraban interés en el cristianismo: trece chicas se unieron a la Iglesia aquel año por Pascua y un joven profesor de chino organizó un club cristiano. Un grupo conjunto de profesores y alumnas planeaba las vísperas. Había servicio de adoración todos los días, dirigido por profesores o por estudiantes65. Poco después de desembarcar en Laura Haygood, Lin Zhao recibió el bautismo de manos de un profesor misionero y se unió a la Iglesia66.
Los escritos que conservamos de Lin Zhao no hacen ninguna referencia al cómo ni al porqué decidió bautizarse. En cierto sentido, su conversión no fue algo totalmente inesperado: antes de Laura Haygood fue por un tiempo a la Vincent Miller Academy, una escuela de la misión presbiteriana que le quedaba cerca de casa, en las afueras de Suzhou67. En un ensayo muy melancólico que escribió en mayo de 1947, antes de cambiarse a Laura Haygood, dejaba entrever la profundidad de las emociones que le había despertado una imagen de Nuestra Señora68.
Muchos años después escribiría con cariño desde la cárcel sobre la «influencia de las ideas humanitarias de libertad, igualdad y fraternidad» a la que le expusieron las escuelas misionales69. También asociaba la misión cristiana con otras virtudes, como la eficiencia y el pragmatismo70. Para cuando se matriculó en el Laura Haygood, la llama patriótica que le había pasado su madre ya ardía con fuerza y parece que le atraía la preocupación cristiana que la escuela mostraba por la justicia. No era raro que los jóvenes progresistas cristianos de finales de la década de los cuarenta identificaran el cristianismo con la lucha contra las fuerzas del mal en la sociedad china. Como dijo Wu Yaozong, futuro líder de la Iglesia de las Tres Autonomías en 1947: «La verdad cristiana se ha convertido en una fuerza que libera a la humanidad y hace progresar a la historia en este mundo doloroso y cruel»71.
En cualquier caso, las raíces cristianas de Lin Zhao brotaron en los años que pasó en Laura Haygood. Y como descubriría más adelante en la vida, eran más profundas de lo que pensaba al principio. Los muchos himnos y versículos de la Biblia que le venían a la cabeza casi veinte años después en su celda —donde la despojaron de cualquier documento que no fuera propagandístico— procedían de los años en la escuela misional. Se convertirían en los ladrillos imaginarios con los que construiría su propia capilla en la cárcel para la «gran adoración» semanal, como ella misma decía72.
Durante los dos años que Lin Zhao pasó en Laura Haygood, buena parte del país quedó asolado por la guerra entre los nacionalistas y los comunistas. La inflación se desbocó al dispararse el gasto militar. La subida había comenzado en 1938 tras la invasión japonesa. En 1945, el gobierno nacionalista financiaba más del ochenta por ciento del gasto a través de la «expansión monetaria». En 1948, el índice de precios al productor en Shanghái era 6,6 millones de veces más alto que en 193773.
El gobierno autoritario de Chiang Kai-shek se volvía más brutal e intolerante con la disidencia conforme veía que el curso de la guerra se volvía en su contra. Las condiciones empeoraron para la gente corriente. Para la juventud patriótica, el campo era un padre enfermo que moría víctima del cáncer de la corrupción y del gobierno inepto y represor de Guomindang. Parecía que solo un tratamiento de choque prometía la cura: la «nueva democracia» que los comunistas prometían y la violenta reforma agraria que llevaban a cabo en las zonas que controlaban. Lin Zhao no tardó mucho en desilusionarse con la indiferencia hacia la política radical que se respiraba en el Laura Haygood.
Porque por mucho espíritu reformista que tuviera el colegio, mantenían el activismo bien contenido dentro de unos afectados límites durante los años de la guerra civil. La escuela entretenía de vez en cuando a los niños de un orfanato local y le suministraba «el diez por ciento de la colecta de la capilla». Todas las semanas las alumnas entregaban una flor a los pacientes del hospital en la media hora que mediaba entre la escuela dominical y el servicio religioso, algo conocido como la «misión floral hospitalaria»74.
El temperamento general de la misión metodista del Sur en China era ciertamente victoriano. En 1948, la Conferencia Oriental de la Iglesia Metodista en China, que supervisaba el trabajo en el valle de Yangzi —incluyendo Suzhou—, señalaba la importancia de «la templanza y el servicio social» e instaba a sus pastores a que «predicaran sobre la moderación» al menos una vez al año. «Se debe destinar especial consideración a la abstinencia de tabaco, opio, licores, juego, pérdida de tiempo y dinero, así como de cualquier práctica excesiva e inmoral, ya sea de naturaleza social o individual»75.
Tal visión social atraía bien poco al rampante número de alumnas radicales del Laura Haygood. La influencia comunista se venía sintiendo en la escuela desde los años veinte. Hacía tiempo que la propaganda del PCCh contra el imperialismo occidental —que tenía en el centro de la diana la «invasión cultural» de las misiones cristianas— amenazaba su programa educativo. Hubo un periodo de tiempo tras 1927 en el que ni una sola alumna se unió a la Iglesia en todo un año76.
También se dieron casos de infiltraciones comunistas en el Laura Haygood. El gobierno nacionalista envió a sus propios profesores a las escuelas misionales para impartir la asignatura obligatoria de «educación del espíritu del Partido» a comienzos de los años treinta. Un día desapareció el profesor al que habían asignado el colegio Laura Haygood: le habían detenido. Si bien había incluido una pregunta estándar en el examen que había puesto a sus alumnas —¿cuál es la única salvación de China?—, insistía en que la única respuesta correcta era el comunismo77.
En 1948, otro comunista clandestino que enseñaba en el Laura Haygood inició a Lin Zhao en el comunismo y la adolescente se unió en secreto a las filas del PCCh aquel mismo verano. Tenía dieciséis años78.
Considerando aquella decisión en retrospectiva desde la celda de la cárcel una década y media después, Lin Zhao escribió lo siguiente: «En mis solemnes reflexiones y dolorosos remordimientos siempre vi mi inclinación hacia la izquierda y mi búsqueda del comunismo como un error personal… Se podría atribuir tanto a la moda del momento como a la influencia de mi familia. ¡Lin Zhao no hacía más que seguir la senda que marcaba la mayoría de su generación! En el momento en el que esta joven comenzó a seguir al Partido Comunista, ‘el Partido Comunista’ solo significaba cosas como persecución, arrestos, encarcelamiento y ejecución». Y añadió que la pertenencia al PCCh no llevaba consigo «el dulce aroma del arroz hervido y el caldo de carne»79.
Pero, para los jóvenes patriotas, la persecución, el arresto, la cárcel y las ejecuciones eran parte del glorioso precio a pagar por la heroica pugna contra las oscuras fuerzas de la represión y la injusticia. La madre de Lin Zhao, Xu Xianmin, se había enfrentado a fuerzas similares en Suzhou tras el final de la ocupación japonesa: dos hombres que trabajaban para la poderosa Agencia de Investigación y Estadística —juntong—, el servicio de inteligencia del gobierno nacionalista, violaron y asesinaron a una joven profesora de Suzhou. La madre de la víctima clamaba justicia, pero se sentía impotente frente al sistema juntong. Xu intervino en favor de la acusación. Cuando le enviaron a casa una carta intimidatoria con una bala, no dudó en publicarlo en un periódico. La demandante ganó finalmente el caso contra los violadores con su ayuda80.
El gobierno nacionalista acabó desilusionando a Xu Xianmin durante la guerra civil. Sin embargo, en la recta final de la treintena y madre por partida triple, ya no era la agitadora revolucionaria de antaño. Terminaría finalmente uniéndose a la Liga Democrática de China, una coalición de partidos demócratas fundada en 1941 que buscaba una alternativa tanto al gobierno de Chiang Kai-shek como al PCCh y que incluía a prominentes intelectuales como el poeta y erudito Wen Yiduo81.
Lin Zhao, por el contrario, se ilusionó cada vez más con el comunismo. A principios de 1947, cuando aún estudiaba en la Vincent Miller Academy, ayudó a lanzar una biblioteca independiente y un club de lectura —que se llamaba «La buena tierra» (Dadi)— en casa de un compañero de clase. Con la ayuda de una célula clandestina del PCCh que captaba adolescentes, el grupo promovía libros progresistas entre los alumnos de educación secundaria de la zona y hasta llevaba a escena pequeñas representaciones teatrales para conseguir fondos. También publicaron su propio periódico, El Recién Nacido, y convirtieron la biblioteca en un imán que atraía a los jóvenes inclinados hacia el comunismo82.
Uno de los escritos más tempranos de Lin Zhao que se conservan es un ensayo titulado «Entre generaciones», y que fue publicado en El Recién Nacido en junio de 1947, cuando tenía quince años. Ya se entrevé en él su giro hacia el comunismo y que dos años más adelante rompería con sus padres cuando estos intentaran detenerla.
Se quedaba embelesada con los niños de una escuela primaria de barrio. «Saltan y gritan bajo el sol, llenos de inocencia y vida», escribió. Quería verles «viviendo siempre bajo el sol». La vieja generación era «un manojo de madera podrida», dijo. Estaban «ocupados ganando dinero y haciéndose con tierras. No desean que los jóvenes de nuestra generación respondan a la llamada del tiempo. Solo quieren que nos pudramos con ellos». De hecho, «ya han envenenado» a la mayoría de los jóvenes, incapaces de predecir el futuro. Pero es precisamente en los jóvenes sobre quien recae la tarea de «cambiar nuestro país y cambiar nuestra sociedad», añadía.
Una vez que se logre esto, «ya no habrá oficiales corruptos ni especuladores fraudulentos. Solo habrá personas de buen corazón, buenas costumbres sociales y una sociedad generosa». Pero el nuevo mundo debe construirse «con los ladrillos y la madera de nuestro propio sudor y nuestra propia sangre». Admitía que los que lo forjen, morirán, «pero este tipo de muerte es mucho mejor que una muerte silenciosa a merced de otros»83.
Tras haber llegado a esa conclusión, no debió de resultarle difícil dar el paso de jurar lealtad al PCCh y afiliarse en la clandestinidad un año después.
Con todo el riesgo que entrañaba, la decisión de Lin Zhao no tenía mucho de extraordinario. A lo largo de la era nacionalista, el activismo patriótico de los estudiantes había convergido cada vez más y más con la agitación de inspiración comunista que tenía como foco el fracaso del gobierno de Guomindang en poner fin a la guerra civil y detener la ofensiva japonesa. Su patriotismo ardía con la leña de las promesas de la Revolución comunista, cuyo éxito en Rusia parecía pregonar un deslumbrante futuro. Como dijo Qu Qiubai, uno de los primeros líderes del PCCh, la victoria bolchevique de 1917 brillaba como «un rayo de luz, rojo como la sangre, que iluminaba el mundo entero»84.
La salvaje purga que Guomindang efectuó contra los comunistas en 1927 condujo a que los intelectuales progresistas abrazaran el PCCh con más fuerza. Mientras muchos intelectuales influidos por Occidente hacían caso a Hu Shi cuando advertía del peligro de los -ismos (el alumno del filósofo americano John Dewey prefería el estudio crítico e independiente de los problemas del momento), los estudiantes e intelectuales radicales veían urgente y prometedor el plan que el comunismo proponía para salvar China.
En los años treinta, después de la épica marcha de casi diez mil kilómetros de los comunistas a Yan’an —la Larga Marcha—, una ciudad en la limosa meseta del norte, muchos escritores y artistas progresistas se embarcaron en una peregrinación revolucionaria a la nueva base del PCCh. En 1936, el periodista americano Edgar Snow visitó Yan’an a escondidas85. Su elogiosa explicación de la Revolución de Mao, que más tarde daría en llamar «la más completa revolución social en China en sus tres milenios de historia», se publicó con el título Estrella roja sobre China en 1937. Le siguió una edición china en 1938 y ayudó a que los jóvenes se encapricharan con el comunismo86. Solo en 1938, la agencia del PCCh en Xi’an extendió documentos a más de diez mil jóvenes instruidos para que llegaran a Yan’an, la ciudad que según ellos sería la cuna de la nueva China87.
Hasta el general americano Joseph Stilwell, que sirvió en la Segunda Guerra Mundial como comandante del China-Burma-India Theater y que fue el jefe de gabinete del Generalísimo Chiang Kai-shek, quedó impresionado con el programa comunista. Lo describió en términos muy sencillos: «reducir impuestos, rentas e intereses. Aumentar la producción y el nivel de vida». El gobierno de Guomindang estaba, por el contrario, plagado de «codicia, corrupción, favoritismo, más impuestos, una moneda en la ruina, una terrible incompetencia, una desalmada indiferencia frente a los derechos humanos», escribió88.
A los ojos de Lin Zhao, el Partido Nacionalista no solo era entonces «incapaz de controlar y estabilizar la situación política nacional», sino que tampoco podía facilitar «un tranquilo entorno de aprendizaje» a la juventud89. Como resultado de esto, una cantidad ingente de estudiantes abandonaron sus estudios y el comunismo se los llevó de calle. Durante los cuatro años que duró la guerra civil se triplicó el número de afiliados al PCCh, ascendiendo la cifra total a alrededor de cuatro millones y medio90.
Los comunistas ya estaban a la ofensiva en el verano de 1948. Más adelante ese mismo año, las fuerzas comunistas derrotaron a los nacionalistas en tres grandes batallas y se hicieron con el control de prácticamente todo el territorio que queda al norte del río Yangtsé. «Nadie puede predecir cuándo van a cruzar el río los comunistas, ocupar Nankín y seguir las vías del tren hasta Soochow y Shanghái», escribió Annie Bradshaw, profesora de Lin Zhao en el Laura Haygood, en diciembre de 1948. «Y parece que a la gente le da igual. Es tal el caos y la escasez ahora que creo que recibirían con agrado una sartén para zafarse del fuego, especialmente una tan rebosante de promesas utópicas»91.
Durante el periodo nacionalista, no fueron pocos los alumnos y exalumnos de colegios misionales que agarraron con fuerza la sartén del comunismo, que desprendía un agradable calor al principio. La convergencia del comunismo y el cristianismo no era tan extraña como parece: tanto la Iglesia como el PCCh habían denunciado la injusticia y la opresión. Los comunistas, como la nueva generación de seguidores del Evangelio Social en la Iglesia china, buscaban un nuevo orden y un nuevo mundo.
Se daba de hecho una especial afinidad entre el patriotismo comunista y el cristiano, especialmente para con los jóvenes estudiantes desafectos92. Xu Jinyuan, el martirizado tío de Lin Zhao, había asistido a la Vincent Miller Academy y al Hangchow Christian College (Zhijiang Daxue) —ambas pertenecientes a la misión presbiteriana— antes de unirse en 1923 a la Liga de la Juventud Socialista —que más tarde sería la Liga de la Juventud Comunista—. Bajo la influencia del comunismo radical y espoleado por el sentimiento antiimperialista de la nación, Xu Jinyuan pronto se unió al movimiento anticristiano que había estallado en China en 1922. La campaña exigía la «restauración del derecho a la educación» y que se pusiera fin al control extranjero de las escuelas misionales. En 1924, cofundó la rama de Suzhou de la Federación Anticristiana. Poco después se unió al Partido Comunista y en 1926 fue nombrado secretario de la división local del Partido93.
Unos pocos conversos al PCCh regresaron a la Iglesia tras probar las hieles del comunismo. Pero en la mayoría de los casos, se oía de flujo en dirección opuesta: de la Iglesia al Partido94. En Estrella roja sobre China, Edgar Snow recuerda con afecto al agente clandestino del PCCh conocido como Pastor Wang que organizó su viaje a Yan’an en 1936. El nombre real del pastor era Dong Jianwu. Dong había estudiado en la Universidad Anglicana de Saint John’s y se había convertido en un conocido sacerdote anglicano en Shanghái. Entre 1925 y 1931 fue rector de Saint Peter’s, una gran iglesia anglicana de la ciudad cuya feligresía procedía de la instruida clase media de la Concesión Internacional de Shanghái95.
Sin decir nada a sus feligreses, se unió al PCCh en 1928 —un año después de que Chiang Kai-shek diera el golpe contra los comunistas, y convirtió Saint Peter’s en un escondrijo y lugar de encuentro secreto para los líderes comunistas de Shanghái que se movían en la clandestinidad. Era una suerte de «fortaleza roja» con el «aura sagrada de Saint Peter’s» a su alrededor, decía entusiasmado un historiador del PCCh96. Fue Dong quien cuidó de los dos hijos pequeños de Mao en los años treinta —el Guomindang había capturado y asesinado a su madre en 1930— y medió para que consiguieran cruzar a la Unión Soviética en 193697.
Hacia el final de su vida, Lin Zhao se encontró oponiéndose al comunismo en solitario debido a su «conciencia de cristiana que se perdió una vez, pero que ha vuelto de nuevo a su senda»98. Pero en 1949 su conciencia social la estaba empujando en dirección opuesta. La Iglesia no parecía lidiar con el sistemático mal de una sociedad tan injusta como lo hacían los comunistas. Más tarde se enfrentaría y reprendería a un sacerdote rural católico cuyos sermones dejaban a sus fieles indiferentes ante la reforma agraria del PCCh, que redistribuía la tierra entre los pobres99.
En la comunidad protestante, la «moda del momento» a la que Lin Zhao se refería era la de que los cristianos progresistas veían el comunismo como el siguiente escalón sagrado del compromiso social. «El Partido Nacionalista siempre fue una vergüenza», diría más tarde Lin Zhao al recordar su postura en la adolescencia100. Wu Leichuan, rector de la Universidad de Yenching —la joya de la corona de la educación misional en China— llamó «revolucionario» a Jesús y advirtió a la Iglesia de que no debería defender el statu quo, sino buscar el reino de Dios en «un nuevo orden social». Decía que el cristianismo tenía que acomodarse a la causa revolucionaria si quería tener futuro en China101.
El mismo Wu estaba tramitando su propia afiliación al PCCh cuando murió en 1944, pero muchos estudiantes de Yenching sí que pudieron dar ese paso. Cuando John Leighton Stuart, presidente de Yenching, se reunió con Mao Zedong en Chongqing en agosto de 1945, Mao alardeó de la presencia de tantos antiguos alumnos de Stuart en Yan’an. «Yo le dije entre risas que era muy consciente de eso y que esperaba que hicieran honor a la formación que habían recibido», recordaba Stuart102.
A muchos misioneros el comunismo les despertaba sentimientos encontrados, ya que apoyaban sus nobles fines, pero les perturbaban sus violentos medios. Algunos habrían comprendido que Lin Zhao tomara la decisión de unirse a la lucha comunista por una China más justa. Frank Joseph Rawlinson, jefe de redacción de The Chinese Recorder, el periódico misional más importante de China, se sorprendió a sí mismo «atrapado entre el viejo sistema capitalista y aquel otro sistema en el que los bienes se distribuyen de una forma más equitativa», como contó a sus hijos en una carta fechada en 1934. Quería trabajar en apoyo de los trabajadores en huelga; también organizaba debates entre misioneros para abordar «la cuestión de si Rusia se puede considerar un ejemplo a seguir como orden económico ‘cristiano’». Rawlinson había llegado a China como misionero baptista del sur, bastante fundamentalista. Los apuros que pasaban los más pobres en China le tocaron la fibra sensible e hicieron que se inclinara por la Revolución103.
Las condiciones de China radicalizaron asimismo la postura de Maud Russell, que había llegado en 1917 como secretaria del YWCA pero que se convirtió en «una marxista, entregada a la causa de la Revolución socialista en China». Bajo la influencia de Russell, Deng Yuzhi, que había empezado a trabajar en la YWCA en los años veinte y dirigió la División Laboral en los treinta, llegó a identificarse con los objetivos del PCCh, que según ella estaban en consonancia con los valores cristianos. Durante esta década, asistía a Russell en el curso sobre cristianismo y comunismo que impartía en un seminario de estudiantes y, a pesar de que no estaba afiliada, ayudó al PCCh a organizar el envío de trabajadores culturales del Partido —entre los que se encontraba Jiang Qing, futura esposa de Mao— a escuelas nocturnas del YWCA para que impartieran clases a mujeres trabajadoras de Shanghái104.
El primero de octubre de 1949, como miembro de la Conferencia Consultiva Política del Pueblo Chino, Deng fue invitada a unirse a los oficiales del gobierno en el estrado cuando Mao declaró la fundación de la República Popular105.
Lin Zhao pudo mantener por un tiempo su doble identidad de cristiana y comunista en un equilibrio inestable. Mientras aún seguía estudiando en el Laura Haygood, comenzó a participar en actividades clandestinas del Partido, como la producción y distribución de copias mimeografiadas de materiales propagandísticos del PCCh. «No hacía falta más que una lata de tinta a base de aceite. Nada más. Clavabas la plantilla de impresión al escritorio con unas chinchetas y listo… ¡No tenía nada de difícil!»106.
Pero se sentía cada vez más dividida entre dos señores conforme se acercaba su último año en el Laura Haygood. En la primavera de 1949, justo unas semanas antes de que el Ejército de Liberación Popular cruzara el río Yangtsé y capturara Nankín, la capital del gobierno nacionalista, Lin Zhao se unió a alrededor de una docena de estudiantes radicales del Laura Haygood que pedían que el colegio considerara fiesta el 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, para celebrar «la feliz vida de las mujeres en la Unión Soviética»107. Parece que el consiguiente choque con las autoridades del colegio hizo que se distanciara del Laura Haygood. Y puede que también produjera que se deshilacharan los lazos que la unían a la Iglesia en su conjunto.
Los estudiantes de las escuelas misionales ponían a prueba a las administraciones una y otra vez con solicitudes para cancelar las clases por motivos patrióticos desde la Revolución de 1911, la que acabara con la última dinastía imperial. Esto denotaba que las heridas del orgullo nacional chino seguían abiertas desde la humillante derrota que el país sufrió a manos de las potencias extranjeras en el siglo XIX. John Dewey observó tras pasar dos años en el país, entre 1919 y 1921, que «allá donde se reúnen unos pocos en China, practican el deporte favorito del país: ‘salvarlo’»108.
