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¿Podría el sueño de un loco traer a este mundo la oportunidad de un nuevo amanecer espiritual en el horizonte de la raza humana? Imaginemos un mundo sin guerras, sin cruces ni botas ni esvásticas, solo el aroma y la fragancia de un reino de los cielos para todos… Sin cárceles ni hospicios ni penas de muerte… Sin este patético festín como objetivo político y tendiente a un cambio desde lo individual. Mucha gente pequeña haciendo cosas pequeñas puede cambiar al mundo, por eso camine más, contamine menos, consuma menos e ilumine más.
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Seitenzahl: 223
Veröffentlichungsjahr: 2023
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Arte de tapa: Horacio Buelink.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Buelink, Horacio
Casi un hippie : novela autobiográfica y de ficción política / Horacio Buelink. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2022.
186 p. ; 21 x 15 cm.
ISBN 978-987-817-917-9
1. Reflexiones. 2. Memoria Autobiográfica. 3. Relatos Personales. I. Título.
CDD 808.8035
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Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2023. Buelink, Horacio
© 2023. Tinta Libre Ediciones
Casi un hippieNovela autobiográfica y de ficción política
Horacio Cuack Buelink
Prólogo
de Florencio Mastrotti
La literatura tiene caminos insospechados… Creo en la transparente honestidad intelectual de quien, como Cuack, expresa pensamiento y sentimiento con espontánea naturalidad. La historia viene de lejos…
Antes de conocer a Horacio conocí a su madre, Marta, actriz, poeta y cuentista pero sobre todo un precioso ser, sensible, sutil, inteligente, creativo, libre y amigo; ya me había adelantado ella parte de su vida en el exilio, sus ideales, su compromiso teatral con la realidad. Cierto día, caminando por la techada de Capilla del Monte, escuché música de piano en aquel bar de entonces llamado Skorpios; me acerqué: Horacio, el ejecutante.
Ahí nos conocimos, café de por medio. Recuerdo inevitablemente que, en ese mismo lugar, antes llamado Petruzka, conocí a mi querido padrino literario, Carlos Giovanola, en las mismas circunstancias, es decir, tocando el piano… ¿Casualidad? ¿Destino? ¿Karma? ¿Milagro? Quizá de todo un poco.
Amigo lector, apréstate a leer la radiografía vital de un hombre que no olvidó a su “niño”, de alguien que logró vencer los miedos y prejuicios para mostrarnos sin tapujos su solidez humana.
La vida es una tragicomedia: la tuya, lector; la mía; la de Verlaine, Baudelaire, Rimbaud, Artaud, Prevert, que también estaban locos por malditos. Brindo por ellos y por Cuack.
La literatura tiene caminos insospechados…
“La vida privada de un hombre es la muerte íntima del fantasma”.
Florencio Mastrotti
Capilla del Monte
28/6/17
Prólogo
de Olga R. de Lerín
Horacio, tu libro es mágico. El potencial emotivo y creativo de tus experiencias está dicho de una manera increíble. Tus dolores, tus soledades, tu desconcierto ante un mundo tantas veces cruel e indiferente cuando se encuentra frente a alguien como tú, un ser puro, con una inocencia que raya casi en la inmadurez, con un vuelo almático que se acuna en la fantasía de un universo perfecto… Es lógico que el común de las personas se ubique en la vereda de enfrente como si tu “locura” los espantara, cuando posiblemente solo temen verse a sí mismos desprovistos de las armaduras que a lo largo de la vida inventaron para protegerse de sus inseguridades, sus delirios y sus propias miserias.
Te felicito, Horacio. Sé siempre tú mismo, porque ¿sabes?, somos lo que podemos ser, y a veces ni siquiera lo que pretendemos ser.
Solo los sueños nos salvarán, ¡y Dios y el amor!
Olga R. de Lerín
Prólogo
de María Elena Scotto
Casi un hippie nos ofrece una lectura que nos obliga a embarcarnos hacia una parte bien profunda del océano.
No se puede navegar por Casi un hippie si no se está dispuesto a dejarse llevar hacia arriba y hacia abajo por las olas. Su tono autorreferencial y por momentos profundamente universal nos impone una tarea exquisita y nada sencilla: acercarnos a este texto como lectores activos y atentos para develar un secreto que el autor parece estar escondiendo de nosotros.
Casi un hippie es un desafío digno de ser abordado sin prejuicios y con actitud vivaz, para gozar de un precioso texto.
Prof. María Elena Scotto
Primera parte
Sé tu mismo el cambio que quieres ver en el mundo.
Mahatma ghandi
Capítulo uno
Mis primeros zarpazos
Era el 71, vivíamos en Río Cuarto, calle María Olguín; iba a una escuela técnica, era uno de los mejores alumnos. Mamá estudiaba Teatro y Derecho. Con Hernán hacíamos túneles en los baldíos, íbamos a los asaltos donde bailábamos y tocábamos el piano y yo hacía experimentos con los ejercicios de físico-química que proponía la UNESCO para los estudiantes de secundaria.
En casa no se tomaba vino, ni tampoco veíamos televisión. Una tarde, grabamos una cinta en el grabador de mamá con ruidos y música de terror inspirados en el asesinato de Charles Mason a la chica de El bebé de Rosemary, y con el tema “Venus”, de Shoking Blue, empecé a improvisar, jugando.
Otra tarde, quisimos impresionar a la gordita de enfrente con un dibujo… ¡Desastre! Le agarramos los óleos al Negro, que era bancario, pintor, mentalista y director de Cultura —y nuestro padrastro—, y se ensució toda la casa… El baño… ¡Todo chorreaba pintura! Le aconsejé a Hernán que se fuera a vivir lejos, debajo de algún puente; yo les llevaría comida a él y a un amigo, el Cruz. ¡Mamá tuvo que ir a buscarlo en el auto de una amiga a las cuatro de la mañana! Al pobre Cruz le dieron una tremenda paliza en su casa, y Hernán le mostró a mamá un cartel dentro del armario de las pinturas que decía Sos un ladrón. Poco después se separaron.
Teníamos casa propia. Llevamos las cosas a Córdoba, barrio Vicor, donde hice mi 2º año en la Escuela Nacional Deán Funes, turno tarde, allá por el 72. Empezaban la revolución, el Cordobazo… y la mano dura.
Estaba en tercer año cuando tuve un encontronazo con una profesora, una injusticia de esas, ¡y abandoné el colegio! Me indigné, tomé mis libros y me fui. Luego de una semana, hice una reunión en casa para salvar al mundo y ahí conocí a un par de personajes; Facundo se quedó a vivir en casa, y me enseñó encuadernación, arreglo de libros, esoterismo y lecciones de árabe. Por esa época íbamos por la noche a jugar al farol con las chicas del barrio, eran juegos inocentes. Tuve mis primeras novias, que duraban unos días apenas…
Luego llegaron ellos, Renzo, Liliana y el cuento de la comunidad. Renzo era director de teatro y dictaba clases en Córdoba, donde mi mamá estudiaba, y venía de la comuna Baires de Buenos Aires, un grupo artístico que vivían en comunidad y practicaban el método de preparación del actor de Stanivslavsky, entre otras cosas. Se solventaba con la venta de una revista, Teatro 70, y las representaciones artísticas, que por esa época eran de la obra Water closet.
Renzo nos habló de la cibernética, de que los robots harían el trabajo humano y las personas se dedicarían al ocio creativo… y me encandilé. Por esa época mi sueño era hacer una balsa para dejar de ser esclavo e ir por un río imaginario a La Meca; claro, leía Tom Sawyer, El diario de Ana Frank, a Gandhi, se oía “La balsa” de Tanguito… Así es que después de una fea discusión con mamá, me fui de casa a Mar del Plata, a vivir con papá.
Llegué a la casa con mi valija y… ¡se había mudado! ¡Sin dejar dirección! Desesperado, busqué a una señora que lo conocía, según me dijo, ¡y lo encontré!
Papá me dijo: “Buscate un laburo si no querés estudiar, pero mañana mismo”, y encontré al toque en un taller mecánico. Luego me peleé con su mujer, fue cómico: le dije que no le daría más mi plata y que haría mi comida, me dijo “te vas” y me fui… a vivir con el gordo del taller. Le planté tomates, le pinté la casilla, arreglé autos chocados, lijé autos chocados… El gordo estaba chocho.
Como yo creía a pies juntillas que eran los tiempos del fin1, consideré que sería mejor no tener relaciones para no embarazar a alguna chica. El gordo se cansó, trajo a una prosti en un taxi amigo y me tuvieron que meter a los empujones. Yo creía que era el diablo, oraba, así que a último momento me dijo: “¿En serio no querés ir?”. Dije: “¡Nooo!”, y me la perdonaron.
Mamá escribía cartas kilométricas, me extrañaban, así que pegué la vuelta cargando mis cosas… ¡en bicicleta! Demoré cinco días en pedalear mil quinientos kilómetros, ayudado, claro, por el traslado a dedo. Llegué y seguí rumbo a la comuna. ¡Ah! Recuerdo que cuando llegó Renzo, Hernán le escondió un zapato —su botín— el día de su retorno a Baires: así perdió la plata del boleto, y se rayó. ¡Casi nos mata!
Hernán no quería irse de Córdoba, hubo que convencerlo; cuando llegué a la casa de Vicor, los muebles ya iban rumbo a la comuna; mamá había conseguido el consentimiento del grupo para que fuéramos los tres para allá. Así llegamos, como náufragos, y cuando pregunté cuál era el reglamento y me dijeron “ninguno”… no entendí más nada.
En las clases de teatro no daba pie con bola, no atinaba a relacionarme, no me pude integrar nunca… Limpiaba un poco, hojeaba libros, jugaba ajedrez —siempre perdía—, traté de vender la revista2 hilvanando un poderoso verso… Nada, che, le compraban a las chicas suscripciones enteras por anticipado.
Una vez me acompañó Delia, y vendí una revista… en el Servicio de Inteligencia. Así Libchis vino a conocer la comuna.
Justo Renzo salió por TV en Almorzando con MirtaLegrand y se definió políticamente como marxista, o algo así; después torturaron a un compañero y recibimos una llamada anónima donde nos conminaron a irnos: o disolvíamos el grupo o nos llevaban a todos. Por esa época tuve mi primer brote. El tal Libchis era un personaje de ficción —no estoy seguro— que apareció cuando quise vender una revista en el SIDE, y colaboró con mi brote psicótico.
En ese estado depresivo le escribí una larga carta a la Comuna Uno, que estaba en Francia representando Water closet en el Festival de Teatro de Nancy, y volvieron. Yo sospechaba no volverían más, que solo dejarían a nuestra Comuna Dos como una especie de retaguardia.
Una vez, mientras cocinaba, se acabó el gas y prendí una salamandra: se llenó todo de humo. La comida, cruda; un horror. Después echamos a la negra (una comunera) por chorra… Se me jue la mano. Con César y Jorge perdía al ajedrez. Cuando había cineclub, solía tocar el piano improvisando en público para pelis mudas, y no me iba tan mal; a veces hasta salía bien.
Con Hernán íbamos a cursar al Bernardino Rivadavia, a veces a pata y otras en subte; me invitaron a una reunión fascista, pero claro, no fui.
Con Delia… ¡unos quilombos! Ella frecuentaba a Fernando, el “Gordo”, pero yo, reloco, no salía de la cama con ataques de pánico. Tuve que internarme en el Pirovano allá por el 73; me atendí con la licenciada Silvia Ferstein, que murió en la subversión. Tomaba Stelazine, diazepan, Nozinan halopidol y Artane.
Con Pedrito tocábamos la viola: él se había llevado la eléctrica al loquero e improvisábamos temas de Santana. Una vez nos escapamos, con Pedro y otros; no nos gustaba la mina de terapia de grupo. Fuimos en subte a pasear, luego volvimos. Otra vez, a un catatónico que no compartía puchos ni gaseosa se la tomamos toda y le hicimos pis en la botella: él se tomó un trago y nosotros, muertos de risa. Otra vez, una chica que me gustaba ¡se tiró de la azotea! Me sentí reculpable… pero sobrevivió. Me hizo llegar un papelito: Estoy bien, decía (tuvo politraumatismo).
Cuando volvió Comuna Uno de Francia vino entre ellos un francés, Nico, que hacía bromas y me contó el cuento de la revolución en su versión light, en colores, y consiguió pasajes a Europa para todos los comuneros. Ahí zarpamos con libros, ropa, efectos personales; yo, mientras tanto, redactaba un documento sobre el espacio político para adolescentes en la comuna.
Llegamos a una Lisboa demencial. Un amanecer en Europa… Dios mío. Toda la noche oí a Nico, que me hablaba de la revolución. Mamá se peleó con Fernando porque no la dejó bajar del barco para ver en Barcelona —estaba un poco lejos— la catedral de Gaudí.
En Italia esperaban nuestro arribo con maicena, leche y chocolate, colchones por el piso, una casa alquilada… ¡un lío! Los papeles, los cajones, etc.(Nuestros muebles, todo había quedado en Buenos Aires, en algún lugar).
En la comuna había asambleas y reuniones de terapia de grupo, entre otras cosas. Renzo autorizó un experimento de acercamiento afectivo —sexual— con pareja abierta. Me tocó con Lily, por suerte, love, love, love…
***
Entrevista con la Lic. Miriam
Capilla del Monte, febrero de 2013
María, rosa mística, mater ecclesiae, ora pro nobis pecatoris.
Cuack: Bueno, esto es un ayuda memoria, todo deshilvanado.
Miriam: Lo que escribiste… ¿no te das cuenta de qué época es?
Cuack: Recuerdos hippies. Uno a veces se identifica con un hippie que no sabe bien quién o qué es justamente por sentirse como alguien clasificable, no como una persona “normal”. El hippie es alguien fuera de lo común, ¿no?
Miriam: Con un montón de facetas, ¿no?
Cuack: Y… Hay rachas de ser una cosa, después otra… Por ahí yo me identificaba con lo que pensaba que era ser hippie, bueno, la paz, el amor, “no más guerras”, “no más armas”, el desarme, varias cosas que tenía en claro que no quería. Yo a las manifestaciones no iba, no creía que con la violencia se lograra algo, ni con las armas o con la fuerza, no, no, no, no…
Por el 72 todo era un polvorín, la gente estaba como enloquecida y pintaban la droga, el vino. Se veía a mi alrededor, en el colegio —el Deán Funes; por esa época estábamos en barrio Vicor, de Córdoba—; ahí venían unos amigos y amigas a hacer música… Esa fue una de mis mejores épocas, cuando empezaba la adolescencia, supongo…
Vivíamos con mamá y mi hermano. Un amigo se quedó a vivir con nosotros, las amigas de mamá venían los fines de semana… Pero en casa no había vino ni drogas, solo mate y puchos, tampoco tele ni gaseosas. Mamá tenía miedo de que nos llevara la policía, porque por esa época nadie se salvaba.
En casa hacíamos zapadas de música hasta tarde: yo tocaba el piano, los otros marcaban el ritmo con cacerolas y tenedores y cantábamos con guitarra en dúos, en tríos… El vecino, a eso de las cinco de la mañana, nos golpeaba la pared para tratar de dormir un poco; iba a la fábrica a las siete pero lo que hacíamos le gustaba, no había conflictos. A veces íbamos a bailes, asaltos o americanas; entonces tuve mis tres novias reglamentarias, por… una noche. Un par de besos y chau. No tenía la forma, no sé, no apretaba.
Me acuerdo que en el Deán Funes le prendieron fuego a una profesora, la ataron, le pegaron; eran chicos que estaban por la revolución y me invitaron a sus parties. Había una damajuana, porros, armas… Yo pensaba: «Están locos, ¿pero qué les pasa?». Me querían poner como delegado para hacer un ateneo estudiantil, pero yo iba siempre por arriba de las cosas, por abajo no existía. El día en que quemaron a la profe vi humo, le avisé al preceptor y ya ahí mi mamá se asustó.
Por casa habían caído Renzo, Liliana y su bebé, con el cuento de la comuna, del teatro-verdad, los robots, el ocio creativo… Él venía a dar clases de teatro, nadie tenía que ir a trabajar. Nos encandilamos, era muy carismático.
Por esa época había mucha efervescencia política. Me fui a Mar del Plata con papá, había abandonado el colegio; se veía que había empezado un plan para cortar cabezas, un régimen fascista. Yo leía a Gandhi, pensaba en un mundo sin violencia, en la revolución pacífica, no violenta. A mí me parecía que la cosa no era a la fuerza, a los tiros, ni tampoco con todos drogados, ¡no! Y ahí se incrementó esta sensación de estar separado de los demás, de ser —a veces— objeto de burlas y estar permanentemente en pecado y contradicción: por un lado, mis deseos de cambiar el mundo; por otro lado, el disfraz que usaba al no atreverme a salir. Prácticamente solo, sin novia, sin amigos, deseaba un mundo más humano, más tolerante, pero solo veía la violencia desatada, los robos, los secuestros, los asesinatos.
Aceptar la realidad, adaptarse, buscar compañía, son cosas que parecen irse cada vez más y más allá. Con esta medicación ando bien, pero no logro desarrollar completamente mis actividades intelectuales; tengo todo hecho un lío y siento que no me quieren o que esperan otras cosas de mí… El otro día, en uno de esos ataques de pánico-paranoia, junté todas mis cosas elementales y me preparé como para una huida… Claro, no pasó nada. Nadie vino.
Pero cuando llega esa sensación de querer irme y dejar atrás todo el bodrio, los espejitos, las kalimbas, los libros, los tejidos, los dibus, las canciones, ahora mis escritos, pienso: «¿Me rompí el culo al pedo, todo fue en vano? ¿Los mails a la Casa Blanca fueron arrogancia, vanidad, estupidez? ¿Qué pasaría si un buen día pudiera pasar todo en limpio, sacar fuera la ropa sucia, la incapacidad de separar la paja del trigo —que, al igual que el pan integral, mucha falta no hace—? Tampoco yo hago falta…».
Parece que mi vida fuera una sucesión de estupideces. Permanezco tirado en la cama esperando algo, una señal; a mi alrededor, voces femeninas, risas… y mi soledad. Soy un estigmatizado, un marginado vaya uno a saber por qué género de barbaridades mal dichas por bichos, por gente que no conozco ni conoceré. La verdad siempre escurridiza, como burlándose, permanece escondida detrás de millones de sonrisas caretas, guiños, dobles sentidos y demás indirectas que no entendí ni entiendo. ¿Esto es la vida humana, llenarse la panza, darse al placer, tirarse en la cama, drogarse para olvidar? Hay gente que hace tan pero tan mal las cosas… Y, mientras, Dios permite —por ahora— que sigamos así, tan ciegos y locos.
Pero construir la paz, arreglar el tejido social, es parte de la sabiduría del humilde. Cuando pase esto en limpio, cuando edite mi libro, ¿para qué servirá? ¿Quién lo comprará? ¿Qué “gran cambio” producirá toda esta boludología? La felicidad, como la locura, es solo un estado de ánimo, y esta catarata de palabras como diarrea mental evoca una larga y extraña masturbación.
Me llega la vejez, lenta pero inexorable. La imposibilidad de ordenar estos apuntes, de contarles lo que me pasó. La esquizofrenia, o algo así, es como un virus presente en la mente, algo que siempre deforma el discurso, el leif motiv que una y otra vez intento centrar. Estas son las historias de un hippie que creía en el amor, la paz y la alegría de vivir, y que sobrevivió en soledad toda su maldita y estúpida vida. Eso sí, siempre dando las gracias por, cada día, dejar en la realidad una pequeña huella que demostrara que se había trasladado solo un poco más allá el momento del fin. Cuando uno tiene, por así decirlo, la casa patas arriba, antes de escaparse a otra historia debe esforzarse no por ordenar todo así nomás, sino por observar dicho desorden.
Los países actualmente poderosos creen vivir para ellos mismos a expensas de los demás, pero realmente no viven ni dejan vivir. Los contratos leoninos, la malversación de fondos, los aprietes ilegales, el soborno, el asesinato, no los dejan dormir ni hacer dignamente el amor, y buscan a alguien que realice lo que ellos ya no son capaces de hacer. El sueño americano de ser felices, ricos y famosos en aras de la “libertad”… No, no, señores, no, ¡nooo!
Los ciclos de la existencia son otros, marcan permanentemente una ley inexorable —vacas gordas, luego flacas; invierno y verano—, marcan un eterno compás de expansión y retracción, una sístole y una diástole. O sea: estar permanentemente en estado orgásmico no sería posible jamás, ni una persona que lo experimentara sería realmente feliz. Uno ama verdaderamente lo que nunca tuvo. Por eso, después de estar encadenado a los propios deseos, llega a encontrar un sustituto: entonces la felicidad ocurre, cuando vemos que después de todas nuestras quejas por ese par de botas texanas que nunca tuvimos nuestra hermana, ahí nomás, al lado, no tiene pies; ahí arrugamos y damos gracias por estas alpargatas viejas, pues nosotros todavía tenemos (otros también tienen pies, pero no caminan: ese es el anhelado estilo de vida americano).
Por favor, hagamos memoria: vemos al inmigrante colono, normalmente un inglés escapado de la Corona o la horca, llegar a América; lo vemos matar por pieles manadas enteras de búfalos desde el caballo de vapor; lo vemos llevando “negros” para el trabajo “sucio”. Pero, Dios mío, la misma historia les va diciendo: “Cuidado, cuidado…”. Ahora se quejan por el precio del petróleo, que encima se está acabando. Los fabricantes de automotores a petróleo protestan contra los prototipos que funcionan con otro insumo, los alternativos, pero, carajo, ¿no piensan en sus nietos?, ¿por qué ven con cinismo el horizonte? Es que en el fondo se sienten cul-pa-bles de tanto latrocinio, de sus intervenciones político-militares…
Una cosa es construir la paz, casas, puentes, edificios, campos arados; otra es sojarizar el mundo agotando la tierra. Otro delirio: construir naves interplanetarias para salvar la raza en caso de que todo estalle. Otro: producir bombas, máquinas de guerra, y comerciar con ellas. ¿Qué dijo Jesús de Nazaret? “El ladrón solo viene a hurtar, matar y destruir”. Y dijo: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán”. Y también: “El que quiera salvar su vida, la perderá”. Debemos salvar a todos. Debemos rever, estudiar nuevamente los pactos preexistentes con todos los países actualmente en riesgo de guerras, hambrunas, pestes. Porque está visto que un golpe de timón o un cambio de capitán no ahuyentan la tormenta por más que estemos en el ojo del huracán, y tampoco se puede cambiar de barco…
Lo que podemos hacer es cambiar definitivamente el rumbo, el sentido de la macabra tarea de la cultura de la muerte, que solo deja hectáreas de barro podrido y venenoso después de la lixiviación del oro. Veamos las flores, cómo se reproducen; las abejas, las hormigas, cómo la naturaleza vive y deja vivir… Pero no, ustedes se arrogan el derecho ilegítimo de autoexterminarse junto con todos los demás y, para ello, trabajan suicidando el tiempo para jugar con sus hijos, para meditar, para escuchar sencillamente a los demás; no, siguen rapiñando recursos humanos, energéticos, naturales, siguen matando, torturando con hambre, picana y golpes a los que nos atrevemos a cruzarnos en sus destinos. San Pablo dice: “Todo me es lícito, pero no todo me conviene”. Por eso, una libertad ganada a fuerza de tiros, patadas y líos no permitirá que florezca algo distinto de la culpa ni de la abundancia… de problemas. Solo cosecharán lo que están sembrando: caos, destrucción y muerte.
Recuerdo cuando iba de vacaciones y oraba de noche frente a las estrellas por alguna extraterrestre con ganas de casarse conmigo. El fogón, la meditación, el río con esas montañas a lo lejos, ¡tan pero tan amadas! Una vez fui a Cabalango con Silvián, que quería engañar a su novio; cuando me pidió un beso, aunque me moría de ganas no se lo di… y no la vi más. Fui también con Gerardo, que sacaba fotos y lavaba los platos en el río, ¡ah, qué lindo! Y con Hernán, mi hermano, y sus amigos de Córdoba…
Recuerdo que mientras estudiaba artes marciales —kung fu—, tuve una novia y viví yendo de la Ceca a la Meca. Eran las épocas de Alfonsín, y mientras estudiaba Música en la Escuela de Arte de la Universidad de Córdoba tocaba un piano que había comprado aun sin poder pagar los impuestos del lugar donde vivía. El dueño se enojó, y me ligué una piña por vago…
Miriam: ¿Recordás quién sos realmente? ¿Cómo y cuándo fue la última vez que tuviste sexo? ¿Y el porro?
Cuack: No me acuerdo muy bien… Hay muchas cosas para decir.
Historias paralelas, imaginarias. Antes de mi primera crisis depresiva, corrí por la calle llorando a los gritos, desesperado; estaba en la comuna Baires, y llevaba unos libros de contabilidad al teatro porque había inspección municipal y creía que iban a dejarnos en la calle, que iban a cerrar el teatro. Por esa época tuve a mi primera mujer, Delia; después de darnos unos besos le dije: “Vamos a hablar con Fernando”. Y le dije al “Gordo”: “Yo amo a Delia”. Él se levantó, dio una trompada que atravesó el ropero y nos dejó la pieza, y nuestro amor…
Con Alejandra fracasé, pues cuando fui a decirle lo que quería, solo atiné a apagar la luz. Ella se asustó y me echó, y me fui a llorar a los caños lo que quedaba de la noche… Cuando era inminente nuestra partida a Europa, mientras tomaba una cerveza con papá le pregunté cómo hacer para estar con una chica; él se rio. Las primeras noches con Delia fueron tan curiosas que terminaron en una internación en el Neuro, ya que sentía culpa y unos tremendos ataques de pánico… que me garantizaban un futuro de loco para el resto del viaje.
Por esa época Comuna Uno estaba en Europa, representando al país con Water closet en el Festival Internacional de Teatro de Nancy. Y temiendo que no volvieran más, les escribí una carta larga y chistosa donde les reclamaba que no nos largaran duros, porque acá solo había hambre, deudas y miedo…
En nuestra comuna, Baires, los conflictos interpersonales diarios servían como alimento psíquico para realizar los ejercicios del método de preparación para el actor de Stanivslavsky. En un ejercicio del método con Hernán, recuerdo que me quedé en la actividad que consistía en dibujar un karting a vapor y, según la jerga, “forcé mi mente” hacia esa situación…
Allá en Italia, una vez, como no llovía desde hacía tiempo decidí hacer una danza chamánica en bolas alrededor de la casa, y ¡¡llovió a cántaros!! Traté también de cavar una pileta olímpica en el patio, pero me la taparon; no sé, según me dijeron estaba mal planteada. A veces ayudaba a hacer el pastón —yo decía plastrón—, y se iba el agua. Además, ayudé a poner como quinientos tornillos en varios muebles y puertas corredizas que había instalado Yordi, en mesas móviles, en camas móviles; corté leña, ayudé en la huerta… Sin embargo, normalmente estaba de adorno.
Me acuerdo cuando llegó Antonio a dar un seminario en la comuna de Italia, en 1975: había que ayudarlo para que el grupo venciera su timidez y pudieran hacer un ejercicio desnudos, y nos pusimos de acuerdo; después de que los cagó un poco a pedo, zapateó fuerte en el piso y entré yo, ¡en bolas! Me decían: “Horacito, tapate eso”, me miraban, pero lo lograron.
Después hubo un congreso por un convenio con la izquierda. No prosperó, pero con Hernán servimos el vino y qué… ¡Chiribiribin, que me piacce il vin!; en ayunas era una bomba.
Otra vez, al tiempo de llegar a Monselice, una mañana a eso de las seis llegó una brigada de carabinieri con megáfono, helicóptero… Creían que éramos de las Brigadas Rojas, ja, ja, ¡qué despiste! Renzo mostró pasaportes, sirvió vino y bromeó, ¡y se los metió en el bolsillo! ¡Qué genio! Todos los demás, durmiendo medio en bolas y aterrados.
Después sucedió mi crisis: hambre, humo y frío. “¿Horatius benignus u Horatius malignus?” era la pregunta que solía hacerme uno de los comuneros al ver mi estado angustiado, para saber si estaba bien o si andaba paranoico. Por mi enfermedad no comía ni dormía, hasta que finalmente comencé la psicoterapia con dos doctores cercanos a la comuna: en tres meses salí a flote del brote psicótico sin pastillas ni internación, ya que ellos eran antipsiquiatras.
Por este tiempo Ágata me ayudó mucho, perdí mis dibus
