Castillos en el aire - Ana Alcolea - E-Book

Castillos en el aire E-Book

Ana Alcolea

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Beschreibung

A Santiago, cuando era niño, le gustaba dibujar en la arena de la playa, pero todos los días tenía que ver cómo el mar borraba su trabajo. Pensó que, algún día, conseguiría hacer algo que las olas no pudiesen destruir. Cuando se hizo mayor, se fue a ver mundo y llegó hasta un lejano lugar donde se construía un castillo. Y empezó a trabajar en aquella obra sin tan siquiera presentir lo que el destino le deparaba.

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Seitenzahl: 48

Veröffentlichungsjahr: 2015

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Ana Alcolea

Castillos en el aire

Ilustración: Mercè López

Contenido

Querido Lector

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Créditos

Querido Lector

Esto que tienes en las manos es una llave. Sí, ya sé que no tiene forma de llave. Pero lo es. Te preguntarás por qué, y ahí va la respuesta. Un libro es una llave que abre la puerta de la imaginación de cada lector.

Y la imaginación de cada lector es nuestro tesoro mejor guardado. Por mucho que alguien quiera entrar dentro, no puede. La imaginación es de cada uno. Por eso tú te vas a imaginar a Marcos, a Santiago, a Rosana, a Zenón… de una manera muy diferente a la de tu amigo, tu amiga, o a la de una persona que no conoces porque vive a miles de kilómetros de distancia, pero que también va a pasear sus ojos por las mismas palabras que tú. Él o ella van a crear otro Zenón, y otra Rosana muy distintos a los tuyos.

¿Y eso por qué? Pues porque los lectores y los escritores somos magos: a través de las palabras creamos un mundo en nuestra imaginación. Y eso es lo que vas a hacer cuando empieces a leer este libro. Vas a hacer muchos «castillos en el aire» de tu fantasía. Y en esos castillos no podrá entrar nadie más que tú. Y recuerda que solo tú tienes la llave. La llave de tu imaginación.

Una imaginación que te convierte en mago.

No lo olvides nunca.

Para Susana, que ama los libros. Para los enamorados del papel y de la tinta.

1

AMarcos le gusta hacer castillos de arena.

Aunque en realidad no son castillos. Solo son montones de arena que forman castillos.

Y la verdad es que tampoco forman castillos. Solo parece que forman castillos.

¿Y eso por qué? Porque no existen castillos de arena. Ningún castillo puede ser de arena. Si fuera de arena se hundiría.

Y los que construyeron los castillos de verdad lo que querían es que sus construcciones no se cayeran nunca.

Pero nunca, nunca, nunca.

Eso le pasó a un hombre al que Marcos no conoció. Y no lo conoció porque, según le contaba su abuela, vivió muchos siglos antes de que Marcos naciera.

El hombre se llamaba Santiago y, cuando era niño, le gustaba dibujar sobre la arena. Lo hacía allí porque casi no existía el papel. Y el pergamino, que es donde la gente solía escribir, costaba muy caro, porque había que matar a muchas vacas para elaborarlo. ¿Qué por qué había que matar vacas? Pues porque el pergamino estaba hecho con piel de vaca. Además, de vaca pequeña, lo cual provocaba dos problemas: la vaca no podía dar leche y tampoco producía mucha carne para vender en el mercado. Así que escribir salía carí­simo.

Por eso Santiago, cuando era niño, dibujaba sobre la arena. Además, tenía la suerte de vivir cerca de una playa. Cogía un palo y se pasaba las horas muertas, y las vivas también, haciendo dibujos que no duraban más que unos minutos. ¿Y eso por qué? Porque enseguida venía una ola y los borraba. A Santiago le gustaba que el mar viniera a contemplar sus dibujos. Sobre todo le gustaba cuando la espuma se quedaba muy cerca, como asomada a un balcón, observaba el dibujo de Santiago, y se retiraba. Le gustaba menos cuando la ola era más curiosa, y se acercaba tanto que inundaba el dibujo y lo borraba. Entonces Santiago pensaba que a veces la curiosidad y el entusiasmo pueden acabar con aquello que más se desea. Eso pensaba que les ocurría a las olas, que querían ver sus dibujos con tantas ganas que se los estropeaban.

2

Santiago vivía en el faro. Era el hijo del farero. Además de dibujar en la arena, también le gustaba sentarse de noche y contemplar el fuego que señalaba que en aquel rincón del mundo había tierra además de agua. Le gustaba imaginarse a los marineros que veían aquel punto de luz que les salvaba la vida. Santiago pensaba que un faro era como una estrella: algo que no se ve de día, pero que de noche guía los pasos de los viajeros. De los viajeros de los barcos, claro. Porque en aquellos tiempos no había brújulas, ni satélites, ni radares, ni nada de eso. Había marinos que sabían leer el mapa que cada noche dibujan las estrellas. Así sabían hacia donde tenían que ir. Lo malo era cuando había nubes y las estrellas quedaban tapadas. Entonces había que encomendarse a la divinidad, a la providencia, o a la experiencia del capitán, para que el barco no encallara en ningún acantilado, ni chocara con ningún otro navío que pasara por allí.

Un día, el padre de Santiago fue al mercado del pueblo. Normalmente era su mujer la que iba, pero esa mañana se había caído, se le había hinchado mucho un pie y el señor Rodrigo había ido al pueblo a comprar ungüentos para masajear el pie de doña Ignacia, su señora. Pero cuando llegó al faro no solo traía la pomada milagrosa, sino también un pavo real.

—¡Y para qué queremos un pavo real! —exclamó doña Ignacia desde la cama, cuando vio a su marido con aquel animal lleno de plumas de colores.

—Es bonito —contestó su marido.

—Pero no nos dará huevos, que es para lo que sirven los animales que tienen plumas. Si hubieras comprado una pava, podríamos tener huevos y pavitos. Un pavo real macho no sirve para nada