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Antiguo Egipto, periodo intermedio. Neferad llora la muerte de su abuelo en una de las guerras del faraón, pero su duelo será corto. En breve marchará de su casa para convertirse en sacerdotisa de Isis. Algo que no desea ser, pues preferiría quedarse en casa junto a su madre y sus hermanas y esperar a su padre, también en el frente. Todo se complicará aún más cuando comprende que siente algo por su esclavo Serq; lo que sería una relación prohibida. En la actualidad. El abuelo de Carlos ha fallecido; a la pena por su desaparición se une la tensa relación entre la esposa del difunto y la madre del muchacho, que nunca aceptó ese nuevo matrimonio. Cuando la anciana se presenta en casa de Carlos lo que parece ser una antigüedad egipcia de origen desconocido, la figura de su abuelo se cubrirá de sombras. Menos mal que en breve llegará Elena, su novia, que tras lesionarse durante su formación en una compañía de ballet holandesa, va a pasar la convalecencia en Zaragoza.
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Seitenzahl: 342
Veröffentlichungsjahr: 2017
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El secreto de la esfinge
Créditos
A los que se fueron.
Neferad lloraba la muerte de su abuelo, el viejo general favorito del faraón. La muerte había entrado en su oído con una flecha perdida en la batalla. Una flecha que había llegado hasta el cerebro y lo había anegado en su propia sangre. La madre de Neferad le había dicho que no debía llorar, que el abuelo se iba al reino de los muertos y que acompañaría al dios Osiris cada noche junto al disco solar. También le dijo que no tenía que sufrir la ausencia, porque de lo contrario, el espíritu intentaría volver al reino de los vivos y no encontraría su camino. La joven hacía cada noche sus ofrendas a Isis, que era la diosa a la que confiaba sus secretos, y a la que le pedía que el faraón dejara de mandar a los hombres a la muerte. Cuando llegó la noticia de la caída del general Siq, Neferad se enfureció con la diosa y tiró su estatuilla al estanque. Allí la dejó, a pesar de que necesitaba creer en el poder de Isis cada noche, antes de irse a dormir. Solo así evitaría las pesadillas que le devolvían la imagen de su abuelo pálido y ensangrentado, sobre la mesa en la que los embalsamadores habían extraído sus vísceras y las habían introducido en vasijas de barro.
Serq, el joven esclavo que su abuelo le había regalado cuando cumplió los trece años, había sacado del agua la figura de la diosa. Neferad apenas había hablado con él hasta entonces.
—No debes enfadar a los dioses tirándolos al agua, señora —le había dicho el chico, sin atreverse a mirarla.
—¿Qué sabrás tú de los sentimientos de los dioses? —le había contestado ella, sin dejar de observar la palmera, que se mecía al compás de la extraña música del viento.
—Nada, ciertamente, señora. No sé nada de los sentimientos ajenos.
—¿Acaso sabes algo? Eres un esclavo. Y los esclavos no saben nada, ni siquiera tienen sentimientos.
—Te equivocas, señora. Que no seamos libres solo significa que carecemos de libertad de movimientos y de decisiones. Pero nadie puede esclavizar nuestros pensamientos —continuó el muchacho.
—¿Y cuáles son tus pensamientos? Los míos están con mi abuelo muerto. Ahora mismo están dando ungüentos en su carne y en su piel para que emprenda el viaje al más allá. —Neferad se calló unos instantes antes de continuar—. La misma piel que yo tanto acariciaba. Aquellos brazos poderosos que me abrazaban y me levantaban al aire cuando era niña. Los mismos brazos que ya nunca me podrán abrazar. Ahora mismo le estarán sellando la boca. La misma boca con la que me nombraba, y entonces yo existía en el mundo. Le pedí muchas veces a la diosa que no me lo arrebatara, pero no me hizo caso.
—Tal vez ahora deberás pedirle que interceda ante Osiris para que tome de la mano a su espíritu y le otorgue un buen lugar a su lado —le dijo Serq mientras le entregaba la estatuilla de Isis que acababa de recoger en el estanque.
Neferad la tomó en sus manos y se la llevó al pecho. Esa noche le pediría perdón a la diosa por haberla tirado al agua, y le rogaría por el alma de su abuelo. Tal vez el esclavo tenía razón.
—¿Por qué eres esclavo, Serq? Llevas muchas lunas a mi servicio, pero apenas habíamos hablado. Sé muy poco sobre ti.
—Señora, a los esclavos apenas se nos concede el don de la palabra ante nuestros amos.
—Ahora soy yo quien te pide que hables.
—Tu abuelo me trajo hasta ti. Me sacó de mi pueblo, más allá de Luxor. Tu abuelo y sus soldados mataron a todos los hombres y a muchas mujeres. A los más jóvenes y a los niños nos repartieron por diferentes palacios para entretener a los jóvenes príncipes de la familia del faraón y de las familias nobles. A mí me asignaron a tu familia porque, además, tenía conocimientos sobre los papiros. Por eso estoy en tu casa, señora.
—¿También para entretenerme? No lo has hecho hasta ahora —replicó ella.
—Cuando llegué, me dieron severas instrucciones: no hables si no te preguntan, no hagas nada si no te lo piden —le explicó él, mirándose las cuerdas de sus sandalias—. Me dieron trabajo con los papiros.
—Pero esta vez te has dirigido a mí sin que yo te ordenara nada.
—No podía permitir que te enfadaras con la diosa. Ayer vi con lágrimas en los ojos cómo la lanzabas al agua. No he dormido esta noche, pensando en la soledad de Isis y en tu tristeza.
—¿Mi tristeza te quitó el sueño, Serq? —Por primera vez en cuatro días, Neferad sonrió.
—Sí.
Y Serq levantó su mirada del suelo por primera vez desde que rescatara a Isis de las aguas del estanque del palacio.
Marga sentía que se había roto el pilar que la había sustentado desde que nació. En el funeral de su padre, apenas podía escuchar las palabras del sacerdote. No le importaba lo más mínimo lo que aquel desconocido pudiera decir acerca de la vida del hombre que acababa de dejar este mundo. Las palabras que le importaban eran las que estaban tan dentro de ella que no podían salir, ni siquiera en forma de lágrimas. Marga no había podido llorar desde que Paquita, la mujer de don Nicolás, la llamara dos días antes para comunicarle que su padre había muerto. Sabía lo que era la ausencia, la había vivido ya con la pérdida de su madre. Todavía no la sentía. La estupefacción era tan grande que no dejaba cabida al dolor real. Los abrazos y los besos de amigos, colegas, parientes, habían teñido el velatorio de una pátina teatral. El muerto al otro lado del cristal, como al otro lado de un telón, oculto bajo la tapa del ataúd. Las flores a su alrededor. Las conversaciones frívolas sobre el calor que hacía y sobre los muertos anteriores y los venideros. Paquita que iba y venía, con el rímel corrido bajo sus ojos por las lágrimas que, ella sí, había derramado por el hombre con el que se había casado un año antes. Ella y él, dos octogenarios que se habían conocido en Benidorm bailando un pasodoble. Él acababa de danzar su último baile. Un baile en el que ella no había intervenido.
Carlos hablaba con sus amigos y wasapeaba con Elena, que seguía en Ámsterdam, en la compañía de ballet de la que había recibido una importante beca poco después de la boda del abuelo de Carlos con Paquita. La chica no había podido ir al funeral y Carlos la echaba de menos. Su padre, Federico, tampoco había acudido: esta vez sus labores de arqueólogo lo habían llevado hasta una tumba sacerdotal en el Valle de los Reyes, en Egipto.
Así que Marga y su hijo Carlos se sentían solos, muy solos, en el funeral de don Nicolás. Y no porque echaran de menos a Federico o a Elena. No. Se sentían solos porque ya no tenían ni padre ni abuelo, y sabían que la ausencia que provoca la muerte es un pozo, oscuro, infinito, terrible.
Paquita, la viuda, estaba sentada en el primer banco junto a Carlos, y de vez en cuando le apretaba la mano. Carlos quería retirarla, pero no se atrevía a desairar a la anciana. Desde que era pequeño, odiaba que le pellizcasen los mofletes y que le apretaran la mano. No entendía por qué las apreturas tenían que ser muestras de cariño. A él le parecían una agresión a su integridad física.
—Ay, hija mía —le dijo Paquita a Marga cuando terminó la ceremonia—, qué solos nos ha dejado tu padre. No sé qué voy a hacer sin él. Me hacía tanta compañía.
Marga miró a los ojos llorosos de Paquita. Nunca le había dejado que la llamara así, «hija mía», creía que se lo había dejado bien claro el día de la boda, pero ahí estaba de nuevo el sintagma fatídico. Y además, la otra frase, la de que su padre le hacía compañía. Como si fuera un perro de lanas, o la gata que habían tenido y que se había muerto dos meses antes.
—No sabía que la misión de mi padre con usted fuera la de «hacer compañía», como si fuera una mesa camilla —le dijo Marga al oído, mientras la viuda intentaba abrazarla.
—Ay, hija, qué quisquillosa eres. Era un decir —le contestó ella, que no entendía por qué Marga era siempre tan seca con ella, incluso en un momento como aquel.
—Y no vuelva a llamarme «hija». No lo he sido hasta ahora y no voy a empezar hoy.
Marga buscó a Carlos con la mirada y se acercó a él. El chico estaba apoyado en un pino, a la salida de la iglesia del tanatorio. Callado y con el móvil en el bolsillo. Observaba las viejas tumbas y los angelotes que coronaban algunas. Tenía ganas de vomitar. No había querido ver a su abuelo muerto, pero casi se arrepentía de no haberlo hecho. Recordaba perfectamente la última vez que lo había visto y que había hablado con él. Tres días antes, cuando se lo encontró paseando por el parque y lo acompañó hasta su casa. Habían hablado de Elena y de Federico, los dos ausentes.
—A tu padre le gusta mucho su trabajo. Y lo hace bien. No hay que culparle porque pase temporadas por esos mundos de Dios.
—Abuelo, antes decías que mi padre era un botarate, y ahora lo defiendes.
—Llega un momento en la vida en el que todo se ve de otro color, ¿sabes? Nada es ni blanco ni negro. Hay muchos matices de gris. Que no se te olvide nunca.
—Ahora está en Egipto —dijo Carlos.
—¡Cómo me habría gustado visitar las pirámides y los templos aquellos de columnas gigantescas!
—Aún puedes ir, abuelo.
—No, ya es tarde. Hay un tiempo para cada cosa. Y mi tiempo de viajar lejos se ha consumado. Ya solo me queda un viaje, chaval.
—¿Cuál? —preguntó ingenuamente Carlos.
—¿Cuál? El último, chico, el último.
Carlos se acordaba de aquellas palabras mientras esperaba a su madre a la salida del funeral. Marga le revolvió el pelo y él sonrió levemente.
—Podemos recoger las cenizas del abuelo a partir de mañana —le dijo su madre con los ojos llenos de lágrimas.
—No sé si seremos capaces. —Carlos se apoyó en el hombro de su madre. La mera imaginación de su abuelo convertido en polvo, dentro de una urna, le provocaba una tristeza que jamás había imaginado que pudiera existir.
—Lo seremos, Carlos. Nos dolerá, pero lo haremos.
Marga abrazó fuerte a su hijo y se echó a llorar desconsoladamente. Por un momento, pensó que no dejaría nunca de llorar. Pero lo hizo. Sabía que siempre se deja de llorar.
Neferad observaba el movimiento pendular de la alta palmera que se erguía solitaria junto al estanque. Serq la había dejado para seguir con sus obligaciones: cortar y preparar los papiros para que los sacerdotes escribieran en ellos los textos sagrados. Sus manos eran hábiles y conocía bien el oficio, aprendido de sus antepasados. Los papiros crecían alrededor del gran estanque y a las orillas del río. Cuando terminaba la tarea cada mañana, era mejor hacer ese trabajo poco después del amanecer, hacía los refrescos para Neferad, sus hermanas y las amigas que venían a visitarlas. Para ellas no era más que una sombra que iba y venía con jarras y copas. No era más que un ser necesario para que esas jarras y esas copas llegaran a sus manos. Ninguna se había preguntado jamás quién era aquel muchacho y desde dónde había llegado. Solo Neferad lo había sabido después de la tarde en la que él recogió la estatuilla de Isis que ella había arrojado al estanque. Desde entonces, Neferad lo observaba desde su alcoba mientras peinaba sus largos cabellos negros, poco después de que el sol se levantara de su camino nocturno por el mundo oscuro. Neferad se despertaba con los primeros rayos que llegaban directamente a su cara, se levantaba, se aseaba y se sentaba junto a la ventana, a peinarse. Y a observar a Serq, que cortaba papiros cada día, y que no osaba mirar hacia donde pensaba que la joven dormía todavía.
No habían vuelto a hablar desde aquel día, pero los pensamientos de uno y de otra habían caminado juntos sin saberlo: Serq soñaba con la bella nieta del general que había matado a su familia. Quería odiarla porque pertenecía a la misma estirpe que lo había condenado a la soledad y a la esclavitud. Pero no podía. Había visto sus lágrimas de rabia y de dolor; y se había dado cuenta de que eran las mismas lágrimas que él había derramado tantas veces. Otros ojos, pero las mismas lágrimas. No. No podía odiarla. Nunca podría.
La joven seguía mirando el vaivén de la palmera. Su tronco cimbreante era como el de las bailarinas que había visto alguna vez en el templo de Isis. Sabía que también estaba destinada a ser una de ellas, pero aún no habían venido a buscarla. Como hija mayor de una familia noble, se convertiría en sacerdotisa de la diosa del bien y de la vida. Cantaría y bailaría en su honor en las ceremonias, en los sacrificios. Llegaría pronto el día en el que tendría que abandonar su casa para trasladarse a vivir en el templo, con las demás mujeres dedicadas al culto. Hasta esa tarde, nunca se había planteado que su vida fuera otra cosa que lo que le estaba destinado. Pero esa tarde, el viento había provocado que varios dátiles cayeran a sus pies, y Serq los había cogido para ella. Sus ojos se habían vuelto a encontrar, y el reflejo de la palmera moviéndose en el estanque la había hecho temblar.
En ese momento, su madre, dos sacerdotes y tres mujeres a las que nunca había visto salieron del edificio central y se acercaron hacia donde estaba ella. Serq se retiró y se quedó tras las palmeras más pequeñas. Neferad se levantó.
—Hija, ha llegado la hora —le dijo su madre.
—¿La hora? —preguntó la joven.
—Ha venido el momento en el que seas consagrada a Isis —habló el más viejo de los dos hombres, vestido con una túnica plateada, un collar de piedras negras y la cabeza completamente rapada—. Mañana al amanecer vendrán a por ti estas sacerdotisas. Ellas te enseñarán tus tareas en el templo. Isis te bendice, y también Ptah, el que todo lo crea. Sus palabras hablan a través de mí. Descansa por última vez en la casa que te vio nacer. A partir de ahora, tu morada será la misma que la de los dioses.
Los visitantes se fueron sin que Neferad pudiera decir nada. Se sentó de nuevo, bebió de la copa que le había servido Serq y miró fijamente sus sandalias, tejidas por su madre con los colores más vivos del desierto. Buscó con la mirada a Serq, pero no lo vio. No había nadie a su alrededor. Nadie con quien poder hablar. Nadie a quien poder contarle que no quería convertirse en sacerdotisa de Isis y pasar el resto de su vida dentro de un templo en medio del desierto, lejos de las cosas que le eran más queridas. Lejos de su madre, que había peinado tantas veces sus cabellos cuando era niña. Y lejos también de Serq. ¿Por qué pensaba en el joven esclavo en aquellos momentos? ¿Por qué Isis lo había puesto en su vida, si después tenía que dejar su presencia, como la de todos los demás? ¿Por qué Isis había permitido que el abuelo de ella, que iba a ser una de sus sacerdotisas, muriera en el campo de batalla, lejos de todos los que lo habían querido?
Neferad se acercó al estanque y se miró en él. Sus lágrimas no le dejaron ver el reflejo de Serq al otro lado. El reflejo de Serq, que la observaba inmóvil. Y el de la palmera, que danzaba movida por los hilos del viento.
Cuatro días después del funeral de don Nicolás, apareció Paquita por casa de Marga. Era domingo a mediodía. Dos domingos cada mes, ella y su marido iban a comer a casa de su hijastra. Presentía que con la desaparición de Nicolás, aquello se iba a terminar. No obstante, se vistió lo mejor que pudo, metió dos cajitas en el bolso, cogió el autobús y llamó en el portero automático. Cuando Marga la vio en la pantalla, dio un paso hacia atrás.
—Es ella —musitó. Carlos se acercó y vio a Paquita en blanco y negro, atusándose el pelo y las solapas de la camisa.
—Es domingo —le dijo su hijo.
—Ya sé que es domingo. Segundo domingo de mes. Pero no pensaba que fuera a venir. No sé si abrirle. Si no lo hago, pensará que no estamos y se irá.
—Mamá, ¡cómo no vas a abrirle!, ¡pobre Paquita! —Y Carlos apretó el botón que abría el portón de entrada.
—No he hecho nada especial para comer. Paella.
—Hay bastante para los tres. Abrimos unas latas de sardinillas y hacernos una de esas ensaladas de tomate, huevos y lechugas varias.
Marga fue corriendo al baño y pasó el cepillo por su melena. Se dio un poco del maquillaje de base que siempre utilizaba para colorear un poco su piel y salió a abrir la puerta.
—Buenos días, hija. Hace un calor de morirse.
—No sé si «morirse» es la palabra más adecuada en estos momentos. No la esperábamos hoy. Tenemos la casa un poco desorganizada. Nos hemos levantado tarde y hemos ido a correr por el parque. Casi acabamos de llegar —se excusó Marga.
—Ya. No me esperabais hoy —repitió la anciana—. En realidad, nunca me habéis esperado. Sé lo que me corresponde con vosotros. No me vais a tener aquí todos los días, no te preocupes, ni siquiera de vez en cuando. Lo justo. Me vuelvo a mi pueblo. No me vais a tener que aguantar. El piso era de tu padre, y ahora es tuyo. No pretendo vivir de tu caridad, Marga. Tengo una casa en el pueblo, que afortunadamente no vendí, porque ya veía yo venir las cosas.
—No le he dicho que se vaya de la casa, Paquita. Ni se me había ocurrido semejante cosa —repuso Marga.
—Pues a mí, sí. En fin, cambiando de tema, estoy limpiando el armario de tu padre. La ropa la he llevado a una ONG. No he tocado los documentos, porque eso es cosa tuya. Salvo el certificado de matrimonio que es mío. Mío y solamente mío. ¿No me vas a invitar a sentarme?
—Sí, claro, siéntese. Voy a echar el arroz a la paella.
Y Marga se fue a la cocina. Carlos se quedó con Paquita. En ese momento le entró un wasap. Era de Elena, que le decía que iba a volver unos días a Zaragoza. Tenía una pequeña lesión en un pie y tenía que reposar. Unas semanas sin ballet y sin la humedad de los canales de Ámsterdam le vendrían muy bien. Y así lo acompañaría en estos días tan difíciles.
—Es de Elena —le dijo el chico a Paquita, que abría su bolso y sacaba una de las dos cajitas—. Va a venir.
Carlos no pudo evitar que una sonrisa asomara a su cara. Una sonrisa que le contagió a la anciana.
—No sabes cómo me alegro, hijo mío. Se agradece mucho la compañía cuando se le ha muerto a uno un ser querido. A veces la vida es muy triste. Quiérela mucho, Carlos. Eso es lo único que nos llevamos al otro mundo, el cariño que hemos dado y que nos dan los demás.
Marga entró en ese momento, había puesto el arroz y el caldo. A partir de ese momento, la paella se haría sola. No había que marearla. Así lo había aprendido de su madre, y así la hacía siempre.
—Mamá, que viene Elena.
—¿Y eso? —preguntó Marga.
—Se ha lesionado y tiene que reposar. Lo va a hacer aquí.
—Estupendo —exclamó su madre.
—Entre las cosas de tu padre he encontrado un par que creo que os gustará tener —interrumpió la anciana.
Organizar el armario de don Nicolás era la tarea más dolorosa que había experimentado Paquita en sus más de ochenta años de vida. Pero eso era algo que no iba a reconocer jamás ante Marga ni ante Carlos.
—Esta cajita —continuó— la llevaba siempre tu padre. A todos los sitios. La sacaba de la maleta cuando pensaba que no lo veía y la metía en el cajón de la mesilla en todos los hoteles que estuvimos. En todos menos en nuestra luna de miel, porque la maleta se perdió. ¡Menudo disgusto tenía! Nunca me dijo por qué estaba tan disgustado. Cuando descubrí la cajita supe el porqué. Pero no le dije nada. Lo que hay en la cabeza y en el corazón de los demás es cosa de cada uno. Está cerrada a cal y canto. Le debió de poner uno de esos pegamentos que no se despegan con nada. Nunca me dijo qué es lo que contiene, pero me lo puedo imaginar. No obstante, os agradeceré que tampoco me lo digáis. Podéis hacer con ella lo que mejor os parezca. Yo no quiero tenerla por ahí danzando, y por supuesto no la iba a tirar a la basura.
Paquita le alargó la cajita a Marga. Era redonda, de porcelana blanca con unas violetas pintadas en la tapa. Hacía años que había contenido caramelos de violeta. Pero ahora no. Marga y Carlos se miraron y no pudieron evitar una sonrisa cómplice: la caja guardaba parte de las cenizas de la abuela. Don Nicolás la llevaba siempre con él. Hasta que no se perdió la maleta en el viaje de novios no lo supieron. Marga recordaba la risa que la ternura disparatada de su padre le había provocado cuando se enteró una tarde, mientras trabajaba con unos mosaicos romanos en el museo.
—Y esta es otra cosa que tu abuelo tenía. —Paquita le entregó otra caja más grande a Carlos—. Tampoco me la había enseñado nunca. La tenía guardada entre los zapatos. Por alguna razón que nunca me dijo, no la quería tener a la vista, ni en las estanterías, ni en el aparador, ni en la vitrina.
Carlos abrió la caja y quitó el papel de seda rosa con el que Paquita había envuelto con mucho cuidado algo.
—Es una esfinge —dijo Paquita.
—Déjame ver —le pidió Marga—. Es una parte de una esfinge. O al menos, eso parece.
Marga, que era arqueóloga, observó con mucha atención cada milímetro de la pieza: el rostro humano, un trozo de torso, que podía ser de león, o de cualquier otro ser vivo, el tocado casi piramidal de la cabeza. Varios jeroglíficos. Rascó con la uña en la parte inferior. Su corazón empezó a latir más deprisa de lo normal. Se levantó y fue a la cocina. Abrió el grifo y se sirvió un vaso. Le dio vuelta al arroz aunque sabía que no debía hacerlo. Volvió al salón donde Carlos y Paquita no habían vuelto a abrir la boca desde que vieron que la piel de Marga se volvía más blanca debajo del maquillaje.
—Es original —dijo Marga, por fin.
—Es como uno de esos trastos que tenéis en los museos. No está mal, aunque está rota y solo hay un cacho.
—No es «como uno de esos trastos» —contestó Marga y repitió—: Es original.
—¿Original? ¿Qué quieres decir, hija?
—Que esta figurita tiene más de dos mil años.
En la casa del estanque no supieron nada de Neferad durante días. Todo parecía seguir su curso habitual. Las hermanas pequeñas de la joven habían tomado su diván y sus ropas. También su sitio bajo la palmera. Pero no se fijaban en los árboles, ni en los esclavos. Ellas observaban una y otra vez las joyas de Neferad que se habían repartido y que lucían en sus brazos y sobre sus pechos.
Su madre apenas hablaba. Habían terminado ya las exequias de su padre, el general, que había sido enterrado junto a sus soldados en una vieja tumba excavada en la colina frente al ocaso. Mensyad iba todas las tardes, a la hora del crepúsculo, a hacer sus ofrendas y le pedía al espíritu de su padre que le ayudara con las dos hijas que le quedaban en casa, y que le devolviera pronto y vivo a su marido, que seguía en la guerra. Mensyad odiaba la guerra, que le había arrebatado ya a dos de sus hermanos y a su progenitor. Hacía años que apenas veía a su esposo, y ella sola tenía que hacerse cargo de la casa y de la familia. Tenía un pequeño huerto junto al Nilo; un huerto de tierras muy fértiles, que le daba comida. Sus esclavos cazaban aves para ella. Le gustaba quitarles las plumas una a una y pasarlas por su piel. Eran suaves. Después hacía abanicos que mitigaban en parte el calor que pasaban cuando el dios Ra, el sol, seguía su camino por el firmamento cada día. A veces, Mensyad pensaba que Ra debería quedarse en el inframundo más horas cada noche para no sufrir sus rayos, que eran puntas de flecha a mediodía. Mensyad prefería la noche, que era el momento en el que el sol se retiraba y acompañaba a los muertos. Entonces, salían las estrellas y en ellas veía las siete vacas que acompañaban a los difuntos. Se sentaba junto al estanque y contemplaba las estrellas. En ellas le parecía ver a todos aquellos que ya habían dejado el mundo. Cuando la desesperanza y la ira la visitaban juntas, esperaba ver pronto también allí arriba la estrella del faraón, aquel por cuyos caprichos habían desaparecido casi todos los hombres de su familia, y ella se sentía tan sola. Aquel a quien había amado en su juventud, aquel a quien había besado por primera vez. Aquel que le había prometido el trono del Alto y del Bajo Egipto. Aquel que le había regalado el brazalete en forma de serpiente que siempre llevaba en el brazo izquierdo. Aquel que la había abandonado cuando más falta le hacía. Aquel que nunca había sabido que tenía una hija de nombre Neferad. Sí, Mensyad quería ver muerto al faraón. Era el culpable de todas las desgracias de su familia y de su país.
Los papiros que se cultivaban en las tierras de Mensyad servían a los sacerdotes para escribir sus textos sagrados, también los versículos del Libro de los Muertos. Esperaba paciente que, algún día, sus propios papiros fueran enterrados dentro del sarcófago del faraón y que le acompañaran en su viaje eterno.
Pero mientras llegaba ese momento, Mensyad miraba las estrellas y se bañaba en el estanque cuando no quedaba nadie despierto en la casa. Ni siquiera sus esclavas. Pensaba en su hija Neferad, y en que su destino la había llevado a vivir en el templo de Isis en Karnak y no en el Palacio Real de Tebas. La muchacha se parecía extraordinariamente a su padre, el faraón, pero nadie se había dado cuenta. Pocos tenían acceso a ver el rostro, amado y odiado, del emperador del Nilo.
—Señora, te he traído un chal. La noche está fresca. —Mensyad se giró a escuchar la voz de una de sus esclavas predilectas. Asha, que siempre estaba pendiente de que todo estuviera como tenía que estar—. No es bueno que mires tanto las estrellas, los difuntos deben seguir su camino. Si los miras mucho, pueden quedarse parados en tu mirada, y perderse.
—Mis muertos no se perderán, Asha, son sabios —le respondió, mientras salía del agua y se cubría con el echarpe que le tendía su esclava.
—Debes dormir, señora. La noche ha de traerte descanso.
Mensyad y Asha entraron en la casa. Las hijas pequeñas dormían con todos los adornos puestos, como si se los quisieran llevar al mundo nocturno de los sueños.
—No me gusta que se pongan esas cosas por la noche, Asha. Mañana no se lo permitas. Parecen princesas muertas.
—Piensas demasiado en los muertos, Mensyad. Solo son niñas, y les gusta jugar con las cosas de su hermana.
—Por la noche no se juega, Asha. No quiero que Osiris crea que debe llevarlas con él.
Cuando Mensyad se quedó por fin dormida, soñó que las estrellas caían una a una en su estanque, y se quedaban allí, flotando, convertidas en nenúfares plateados.
Aquella era la hora en la que se levantaba Serq, cuando apenas el sol se acercaba a la superficie de la tierra y el cielo empezaba a teñirse de color naranja. A Serq cada mañana le extrañaba que el retorno de Ra no fuera acompañado del sonido de las trompetas y los tambores. Pero la belleza del cielo era silenciosa. Danzaban los colores del horizonte en silencio, discretos. Como él, cuando se alzaba de su lecho, y salía a recoger los papiros para extenderlos y que se pudieran secar con los rayos del mismo sol, ya en su cénit del mediodía.
Serq pensaba que Neferad estaría viendo en ese momento el mismo cielo, y que tal vez también ella danzaba a esa hora en honor a Isis, que abría el camino del día.
—¿Qué quieres decir con que tiene dos mil años de antigüedad? —le preguntó Carlos a su madre, mientras cogía la estatuilla con sumo cuidado.
—Pues eso, que no es ninguna reproducción que mi padre hubiera comprado en ningún museo. Es original. Una esfinge egipcia de verdad, aparecida en algún templo o en alguna tumba. Por eso no entiendo por qué la tenía mi padre, ni de dónde demonios pudo sacarla.
—Pues, hija, siendo tú arqueóloga y tu marido también, a lo mejor viene de alguno de vuestros trabajos —intervino Paquita.
—¡Qué disparate! Nosotros no robamos piezas de los yacimientos. La historia debe estar en los museos, no en el salón de casa.
—No estaba en el salón de casa. Lo habrías visto. Tu padre lo tenía dentro de una de sus botas de montaña. De las que hacía años que no usaba. Bien escondida. No se fue a una ONG de casualidad. Me pareció que pesaba mucho y metí la mano. Y ahí estaba. Muy raro.
Marga no daba crédito a lo que escuchaba. ¿Por qué su padre había escondido una pieza egipcia en su casa? ¿De dónde la había sacado? Ni siquiera había visitado jamás el país del Nilo.
—Al abuelo le gustaba la cultura egipcia. No hace mucho me dijo que le habría gustado ver las pirámides y los templos. Cuando era pequeño, me leía libros sobre momias. Me encantaban. Sobre todo uno que contaba el hallazgo de la tumba de Tutankamón. Era alucinante: todos los sarcófagos, el tesoro que habían encontrado, la maldición que cayó sobre todo los que intervinieron en el yacimiento…
—Eso de la maldición es una tontería —dijo Marga—. Los espíritus de los faraones no se dedican a fastidiar.
—A lo mejor les molesta que abran sus tumbas y los toqueteen y los lleven de acá para allá. Y luego los vea todo el mundo en un museo y les hagan fotos. A mí no me gustaría nada que me lo hicieran —intervino Paquita, mientras lanzaba una fugaz mirada a la cajita que contenía las cenizas de su predecesora.
Carlos y su madre se miraron sin decir nada. En el fondo, sentían ternura por aquella mujer que había compartido los últimos tiempos de don Nicolás.
—Todos los que intervinieron en el hallazgo del tesoro de Tutankamón murieron —continúo Carlos— de maneras inexplicables.
—Todos no, casi todos. Y se pueden encontrar razones científicas o casuales para todos aquellos decesos —explicó Marga.
—Ay, hija, los que habéis ido a la universidad usáis unas palabras que no hay quien os entienda. «De-ce-sos» —silabeó—. La primera vez que la oí fue cuando vinieron los del seguro de la funeraria para llevarse a tu padre. Les tuve que preguntar. Parecía que querían evitar llamar a las cosas por su nombre: muerte, fallecimiento, defunción. Pero «deceso» se parece a «descenso», como si tu abuelo fuera directo a los infiernos. Y de eso nada, Nicolás estará en el cielo, bien arriba, con los más buenos.
—Lo que quiere decir mamá es que hay explicaciones científicas para las muertes que ocurrieron a raíz del descubrimiento, incluida la del patrocinador, lord Carnavon.
—Seguro que sí. Si tu madre lo dice —sonrió Paquita a Marga—. Bueno, creo que la paella debe de estar ya. Me parece que viene un olor sospechoso.
—¡La paella! —A Marga se le había olvidado que la tenía en el fuego.
Se levantó y fue a la cocina. Efectivamente, el arroz se había agarrado a la paellera. Más de lo que se puede admitir para servir una parte del arroz «socarrado», que es lo que más le gustaba a Federico, su marido. Mezcló la parte más quemada con el resto, y recolocó los langostinos, los mejillones y el huevo duro para que quedara bonita.
—Ahora, a comer, que se enfría —dijo, mientras transportaba la paellera al comedor—. Carlos, deja esa esfinge en la mesa de centro. No la quiero tener aquí mientras comemos. Y ten cuidado, no se vaya a caer. Es una pieza muy valiosa.
—¿De qué está hecha? —preguntó Paquita, levantándose con dificultad del sillón.
—De granito. Una variedad muy específica de la región egipcia de Menfis. Trabajé en un par de proyectos allí con tu padre —dijo, dirigiéndose al muchacho—. Pero, por supuesto, ninguno de los dos robamos nada.
—Yo no he dicho que seáis unos ladrones, hija mía. Pero de algún modo tuvo que llegar hasta tu padre este chisme —repuso Paquita.
Marga le sirvió su ración de paella. Aquella mujer no paraba de llamarla «hija», y no se atrevía a recordarle que no admitía ese tratamiento. Se lo había dicho el mismísimo día en el que se convirtió en su madrastra, pero Paquita parecía haberlo olvidado desde que don Nicolás había pasado a mejor vida. Y tampoco soportaba que nadie llamara «chisme» a una antigüedad como la que ahora tenía sobre la mesa de su salón, entre un jarrón con flores del funeral de su padre y la cajita con las cenizas de su madre. Marga pensaba que, en realidad, aquello era demasiado para una comida de domingo. ¡Y para colmo, con la paella socarrada! Pero ¿de dónde había sacado su padre aquello?
Un leve cascabeleo despertaba a las jóvenes sacerdotisas cada mañana. Neferad no lo necesitaba. Su rostro siempre miraba al este, y el sol la llamaba con sus tentáculos bien temprano. Se levantó y se apoyó en la ventana para contemplar el recorrido del astro divino hasta convertirse en un círculo naranja sobre el horizonte, más allá del desierto. Ese era el único momento del día en el que estaba sola y lo aprovechaba al máximo. Ella y el sol. Ella y el desierto. Ella y las palmeras, similares a las que había en su casa, que también se bamboleaban al ritmo del viento. La noche había traído arena del desierto hasta su lecho, así que quitó los lienzos que lo cubrían y los limpió. Lo mismo hizo con su piel y con su cabello, que había guardado el polvo rojizo. Introdujo la cabeza en el balde que tenía para lavarse y se frotó con una esponja. Todos los años, por el río venían mercaderes desde la costa. Traían esponjas que ellos mismos habían recogido en el fondo del mar. Mensyad compraba siempre tres para cada una de las mujeres de la casa, incluidas sus esclavas. Así podían lavarse y mantener la piel suave cada día. Complementaban el aseo con perfumes que ellas mismas hacían con el aceite de entrañas de ratas almizcleras mezclado con esencias de plantas que venían del otro lado del mar.
Enseguida la llamó Salah, una de las más ancianas mujeres del templo.
—Neferad, tienes que darte prisa. El faraón va a honrar al templo con su visita. Quiere hacer una ofrenda y una petición a Isis. Parece que sus guerras no van tan bien como él querría.
—Mi padre está en su guerra. Y mi abuelo ha muerto en la batalla. ¿Cuántos hombres de bien tienen que morir todavía para que el faraón apague su sed de conquista y de barbarie? ¿Para qué quiere más tierras?
La mujer le dio una bofetada a Neferad. Algo que la muchacha no se esperaba. Nadie le había puesto jamás una mano encima. Y ahora aquella mujer se había atrevido. Tragó sus lágrimas porque su orgullo no le permitía que nadie la viera llorar. Una sacerdotisa de Isis no debe llorar nunca, le habían dicho. Y ella había cumplido, al menos delante de los demás.
—No vuelvas a hablar así de tu señor. El faraón es la encarnación de Ra en la tierra. De él depende que el sol salga todos los días, y que las cosechas de tu familia y de todas las demás sean abundantes. Las guerras de tu rey traen esclavos, objetos preciados, más tierras. Traen riqueza —añadió Salah.
—No hay riqueza si hay muerte —insistió la joven.
—La verdadera vida está más allá, en el reino de Osiris. Lo sabes bien. Isis nos lo enseña cada día.
Neferad fue a decir algo, pero Salah la mandó callar con un gesto en la boca.
—Hoy bailarás en la ofrenda a Isis.
—Todavía no estoy preparada —replicó la chica.
—Por supuesto que lo estás. Peina tus cabellos con la raya en el centro. Ponte estos pendientes de oro labrado. Yo los llevé el primer día que bailé en el templo. También me los prestó una vieja sacerdotisa, como hago yo ahora contigo. Aquí tienes tus ropas. —Una esclava le tendió un paquete a Salah—. Y los brazaletes con las serpientes. Lo harás bien. Y si no lo haces bien, la diosa se apiadará de ti.
—Pero ¿y el faraón? Nunca lo he visto.
—Y no lo vas a ver tampoco hoy. No has de mirarlo a los ojos. Él ni siquiera se fijará en ti, tenlo por seguro. Viene a pedir a la diosa que le sea propicia en la nueva batalla. Se quedará sentado en su trono y no se percatará de la presencia de nadie. Tú no bailas para él, no se te olvide, bailas para Isis.
—Nunca bailaría para el faraón. —Neferad esperaba otra bofetada por parte de Salah, un castigo que no llegó. En su lugar, una sonrisa y su mano en el hombro de la chica.
Salah salió con la esclava, y Neferad se quedó sola en su habitación. El sol ya recorría su camino, y a lo lejos se movía el polvo del desierto. El faraón con su séquito y parte del ejército se acercaban al templo. Neferad se puso el vestido blanco que le había traído la anciana. Se calzó las sandalias de papiro trenzado que le había hecho su madre, según una técnica que solo ella conocía. Se peinó con cuidado y se abrió la raya en el centro. Se puso la cinta dorada alrededor. Los dos mechones de cabellos negros y rizados enmarcaban su rostro blanco, de nariz afilada y ojos extrañamente azules. Muy distintos de los de todas las demás personas que conocía. Las pulseras con forma de serpiente le llegaban casi hasta los codos. Los pendientes eran dos discos solares que pendían de sus orejas como caídos del horizonte. Por primera vez en su vida, Neferad se sentía hermosa. Pensó en Serq e intentó que su imagen desapareciera de su memoria. Una sacerdotisa consagrada a Isis no debía pensar en un hombre, y menos aún en un esclavo.
El séquito del rey se acercaba. El desierto bramaba. Los cascos de los caballos sonaban más y más cerca. Neferad se asomó de nuevo a la ventana, una vez vestida y peinada. Le faltaba pintarse la cara. Perfiló los ojos de negro y también sus cejas. Mojó el cuenco de arcilla con agua y el dedo se tiñó de rojo. Lo pasó por los labios. Sí, estaba hermosa, a pesar de sus ojos claros y de su nariz afilada. Si Serq la viera en esos momentos, se enamoraría de ella sin remedio. Intentó desechar de nuevo el pensamiento que la llevaba al joven esclavo que cortaba los papiros. Vio que el hombre que iba en el carro dorado bajaba y se adentraba en el templo. Había llegado la hora de salir de su aposento y de dirigirse al altar de Isis para la ofrenda del faraón. Cogió la figurilla de Isis que dos lunas antes había lanzado al estanque de su casa, se encomendó a ella, se la acercó al pecho, y salió.
Cuando llegó al altar, ya estaban encendidas las bujías de aceite que iluminaban el rostro de la diosa. A la derecha, con la cabeza inclinada, estaba el señor del Alto y del Bajo Egipto. Alto, fornido, vestido de blanco y dorado como ella. Solo le veía la espalda y la cabeza desnuda. Había dejado el casco a su lado. Junto a él, los sacerdotes llevaban a cabo las ofrendas. Una de las jóvenes empezó a tocar una flauta de dos cañas. Apenas dos notas, una melodía que quería significar el ascenso y el ocaso del sol. La vida y la muerte. Neferad comenzó su danza ante el altar de la diosa. Primero, los brazos sobre su cabeza, las palmas de las manos unidas, imitando la cabeza de una cobra. Luego, con las manos ante su boca, los brazos se convertían en las olas del Nilo en sus crecidas, en un vaivén que generaba la riqueza en la tierra gloriosa de Egipto. Por último, los pies, apoyados primero en las puntas y luego en los talones, caminaban al ritmo de la música, como el sol camina en el cielo siguiendo las órdenes que el dios Ra da a sus caballos.
En su danza, Neferad llegó al altar de Isis, donde debía depositar una botella de aceite para contentar a la diosa. El faraón quedaba a su derecha. Inmóvil. Rígido. Había tenido los ojos cerrados para orar mejor, pero en ese momento los abrió, al sentir a la muchacha tan cerca de él. Vio sus pies, y algo se quebró en su corazón.
Aquellas sandalias…
Elena llegó en silla de ruedas a la terminal del aeropuerto. Dos personas del servicio de AENA la ayudaban. Se levantó, cogió las muletas, y le dio un abrazo difícil a Carlos, que había ido a recibirla con sus padres. Elena se había roto un dedo del pie derecho en un ensayo. Era bailarina, igual que lo había sido su padre, coreógrafo. Un año antes se había trasladado a Holanda, donde había recibido una beca para una prestigiosa academia de danza. Dividía su tiempo entre el ballet y las clases del instituto. Cuando se fue, se creía incapaz de mantener su relación con Carlos en la distancia, pero hasta el momento, la tenacidad de ambos y su amor lo habían conseguido.
Los padres de Elena los dejaron solos unos momentos, a la vez que se hacían cargo de las maletas de su hija. Carlos y ella se dieron un largo beso para el que habían esperado más de tres meses.
