Tarek, el africano - Ana Alcolea - E-Book

Tarek, el africano E-Book

Ana Alcolea

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Beschreibung

Un abuelo se dispone a contarle una historia a sus nietos. Una leyenda del pasado remoto de la isla en la que vive y que habla del dolor que los seres humanos infligen a sus semejantes, pero también de las ansias de libertad y de lo que un hombre lleno de esperanza es capaz de hacer.

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Seitenzahl: 46

Veröffentlichungsjahr: 2018

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Índice

Tarek, el africano

Escribieron y dibujaron...

Créditos

Para Ramoni Alonso, Gini, Carmen y Juani Matos.

Para Jorge, Víctor, Miguel, Patricia, Agustín y Lucas, que tuvieron otro maravilloso abuelo Agustín.

Sabina y Pepe han llegado por fin a pasar las vacaciones en el pueblo de su abuelo Agustín. A Sabina y a Pepe les gusta mucho pasar los veranos con su abuelo, porque siempre les cuenta cosas de las que no se aprenden en el colegio y cosas que nadie más les puede contar. Porque el abuelo Agustín sabe muchas cosas y, además, le encanta contarlas.

—¿Y este chucho de dónde ha salido? —Fue lo primero que les preguntó el abuelo cuando llegó a recoger a los chicos al puerto. Llevaban un transportín del que asomaba el hocico de un «yorkshire».

—No es un chucho, abuelo —contestó Sabina—. Es un perro y se llama Holofernes.

—¿Holofernes? ¿Le habéis puesto ese nombre largo y feo a esta pequeña criatura? ¡Vaya idea! ¡Holofernes no es un nombre de perro!

—Yo lo leí en un cuadro —intervino Pepe—. Así se llamaba un hombre al que le cortaron la cabeza. Es un cuadro muy sangriento.

—Claro que lo es. Terrible. Yo nunca le habría puesto ese nombre a ningún ser vivo. Los jóvenes hacéis cosas muy raras.

Esa era una de las frases preferidas del abuelo Agustín, sobre todo cuando había algo que no entendía.

—¿Tenéis hambre?

—Sí, abuelo —contestaron los dos hermanos al unísono. Mientras, Holofernes emitió un ladrido que quería decir también que sí.

El abuelo condujo los diez minutos que separaban el puerto de su hogar. La casa era enorme, con dos patios y dos desvanes. A Sabina y a Pepe les encantaba también ir a casa del abuelo porque en los desvanes siempre encontraban cachivaches viejos, y ropas antiguas con las que se disfrazaban y jugaban a ser personas de otros tiempos. A don Agustín, por un lado, le gustaba que sus nietos se lo pasaran bien con aquellos trastos, y por otro lado, le molestaba que sacaran todo y desordenaran lo que a él le gustaba tener bien puesto. Porque don Agustín era un hombre metódico y ordenado, y le irritaba ver mesas y armarios desordenados. Cuando llegaban Sabina y Pepe, su tranquilidad sufría una convulsión, pero la compañía y las conversaciones con los chicos le compensaban del desorden que traían. Y esta vez, además, venían con un perro. Eso no le hacía ninguna gracia al abuelo, porque no puede decirse que le gustaran mucho los animales domésticos en general. Él pensaba que nadie tenía derechos sobre los demás, fueran animales o personas, y cuando su hija le sugería: «Papá, sería bueno que te compraras un perro, te haría compañía», él siempre contestaba: «No necesito comprar a nadie para que me haga compañía, sea persona o animal». Entonces, su hija le proponía que adoptara una mascota, pero él siempre le daba largas. Y ella nunca se atrevió a regalarle un perro, ni por Navidad ni por ninguno de sus cumpleaños.

—Esto del perro, ¿no habrá sido una idea de vuestra madre para que me lo quede aquí cuando volváis a vuestra casa? Porque os aseguro que si es un truco de mi hija, no va a funcionar.

—Que no, abuelo. Que Holofernes es nuestro y no pensamos dejártelo. ¿A que no, Pepe?

—Claro que no, Sabina. Es solo nuestro. Lo compartiremos contigo solo en vacaciones. Y luego se volverá con nosotros. A mamá le gusta mucho.

Don Agustín no se creyó que a su hija le gustara mucho el perro. Sabía que a Clarita le pasaba lo mismo que a él, pero no dijo nada. Entró en la cocina y sacó del frigorífico el salmorejo que había preparado justo antes de ir al puerto, y que sabía que era una de las comidas preferidas de sus nietos.

—Ay, abuelo, nadie hace el salmorejo como tú —le abrazó Sabina.

—Es que los tomates que venden en la ciudad no son como los de mi huerto. Ese es el secreto. Y el aceite. Hala, a comer se ha dicho.

Mientras el abuelo dormía la siesta, los chicos subieron a su desván favorito, el que tenía todo aquello que les hacía viajar al pasado y a países desconocidos y que a ellos les parecían misteriosos. El abuelo había sido marino mercante antes de decidir volver a su pueblo y plantar tomates, zanahorias, acelgas, cebollas y patatas. Había surcado los siete mares, como él decía, y había visto mucho mundo. Solía decir que el mundo no era lo que se veía a través de una pantalla, sino lo que se podía pisar, respirar, oler y comer. Y el abuelo había pisado muchas tierras, había respirado muchos aires, olido muchos perfumes, y comido cosas rarísimas, hasta saltamontes y hormigas, cosa que a Pepe le daba mucho asco solo de pensarlo.

En las paredes del desván había fotografías de todos los barcos en los que había trabajado. Los había de todos los tamaños y colores: blancos, rojos, negros, de una chimenea, de dos…

—Me parece mentira que una cosa así de grande pueda flotar sobre el agua. Que no se hunda es como un milagro —expuso Sabina.

—Pues ya nos lo explicaron en el colegio —dijo Pepe—. A mí me quedó claro. Saqué buena nota en ese examen.

—Y yo también. Me lo aprendí de memoria y lo puse bien, pero no me lo acabo de creer. Aunque vea los barcos que van y vienen, y aunque vengamos siempre en barco a la isla del abuelo, me sigue pareciendo algo mágico. ¡Uf! Lo mismo que antiguamente, cuando cruzaban el Atlántico en barcos que no eran más grandes que el huerto del abuelo. ¡Cómo podían hacerlo!