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Pablo acaba de perder a su padre, capitán del ejército, en Afganistán, donde había sido enviado en una misión. Durante el funeral conocerá a los familiares de las otras víctimas, y quedará prendado de Elisabet, cuyo hermano también ha fallecido. Los muchachos conectan enseguida e intentarán apoyarse para superar sus respectivos traumas. Mientras, investigarán unas extrañas misivas que han aparecido entre los archivos del padre de Pablo y que ocultan un gran misterio. A la vez conoceremos la historia de amor de Isabelle y Gerard, enmarcada durante la guerra de la Independencia. Una pareja que intenta ser feliz, aunque las circunstancias se conjugan en su contra, provocando largas separaciones entre conflictos armados orquestados por «el pequeño Corso». Ambas tramas terminarán cruzándose de una forma sorprendente. Un libro que habla del cariño, de la pérdida, de la belleza, del arte y, especialmente, del horror que generan las guerras.
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Seitenzahl: 257
Veröffentlichungsjahr: 2018
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Napoleón puede esperar
Epílogos
Nota de la autora
Agradecimientos
Créditos
La imagen de la guerra hace temblar y gemir a la humanidad.Parece imposible que el hombre, naturalmente social y compasivo, haya podido degradarse en tales términos que cuente entre sus leyes esas depredaciones atroces, esas crueldades horribles que siguen a las batallas, y convierten la tierra en un caos de crímenes y calamidades. ¡Qué bárbara perspectiva! Millares de hombres nacidos para amarse y favorecerse, ardiendo en sed de destruirse, y esperando una señal para acometerse y despedazarse.
(Francisco de Goya, 1809)
Si mi padre no hubiera muerto, nunca habría conocido a Elisabet. Tampoco habría ocurrido nada de lo que voy a contar. Muchas noches, cuando me meto en la cama y busco el sueño, pienso en lo extraña que es la vida. En cómo las desgracias más terribles pueden traernos alegrías insospechadas. Imagino la vida como una espiral, cuyo punto interno, oscuro y profundo, va girando, girando, y se va ensanchando hasta convertirse en un espacio abierto como un pentagrama, en el que se pueden escribir melodías y sonrisas de colores.
Conocí a Elisabet en el funeral de mi padre. Iba vestida de negro, como su madre y su hermana mayor. Mi madre se había vestido con un traje de chaqueta beis y llevaba en las manos un ramo de rosas blancas. Más que una viuda en el funeral de su marido, parecía una novia el día de su boda. Dos días antes, una llamada telefónica nos había barrido la sonrisa a mamá y a mí. Estábamos en el jardín. Mamá quitaba algunas hojas secas de los rosales, y yo estudiaba mis apuntes de Historia, sentado en el balancín. De vez en cuando levantaba la vista para mirar las nubes que flotaban muy lejos, muy arriba y muy despacio. Algún avión pasaba cerca de ellas, y yo cerraba los ojos unos segundos para imaginarme dentro de la aeronave, surcando uno de aquellos nimbos. Enseguida la voz de mi madre me sacaba de aquel instante celestial y me devolvía a la Revolución Francesa y a Napoleón Bonaparte.
—Aterriza y sigue estudiando.
—Sí, mamá.
Aquella era su frase favorita cuando vigilaba mis tareas: «Aterriza y sigue estudiando». Y yo aterrizaba y seguía estudiando. También aquella tarde lo hice. Hasta que sonó el teléfono de mamá. Lo cogí yo. En la pantalla ponía «Número privado». Pensé que sería una de esas llamadas en las que alguien quiere vender algo. Miré a mi madre con las cejas arqueadas. Ella me señaló sus manos enguantadas y contesté yo.
—¿Sí?
—Buenas tardes —dijo una voz masculina que reconocí enseguida. Era Luis, un coronel amigo de mi padre.
—Buenas tardes, coronel —repetí—. ¿Qué tal?
—Esta llamada es para tu madre, Pablo. Tengo que hablar con ella.
—Sí, un momento. Es para ti —le dije a mi madre.
—¿Quién es?
—Es Luis Martínez de Castro.
Se quitó los guantes y me dio una de las rosas. Aspirar su aroma fue lo último que ocurrió antes de que todo se convirtiera en un pozo oscuro. Mamá cogió el teléfono.
—¿Sí? Buenas tardes, Luis, ¿cómo estás?
Yo no sabía qué palabras estaba escuchando mi madre, pero vi que su rostro se hacía más y más blanco, y su cuerpo más y más pequeño. Se sentó a mi lado y me cogió la mano. Mientras, la voz de Luis seguía articulando palabras que eran espadas cada vez más afiladas. Como si presintiera lo que nos iba a decir, mamá había accionado el altavoz para no escuchar sola el blandir de las espadas convertidas en frases, en sintagmas, en palabras, en fonemas…, en dolor.
—¿Luis?
—Querida María Ángeles. Me he saltado el protocolo. He preferido ser yo quien te diera la noticia. Lamento mucho tener que comunicarte que tu marido…
—¿Mi marido? ¿Qué le ha pasado a mi marido? ¿Está herido? ¿Qué le ha pasado?
—Lo siento muchísimo. Ha ocurrido un suceso terrible. Una emboscada en una misión. Ha habido tres bajas, Marian. Gabriel ha muerto. Ha muerto en acto de servicio en Afganistán.
Mamá se quedó callada y me miró. Apretó tanto mi mano que me clavó sus uñas en los dedos. Empecé a llorar en silencio. Podía notar el pulso de mi madre más acelerado. Sus ojos seguían secos.
—María Ángeles. ¿Estás bien? —preguntó la voz.
—¿Bien? «Bien» no es la palabra adecuada, coronel.
—El cadáver de tu marido será repatriado mañana. Habrá una ceremonia en el campamento, con su unidad. Y dentro de tres días habrá un funeral de Estado, en la comandancia, con las familias de los otros dos fallecidos. A continuación los cadáveres serán llevados donde deseen los familiares. Ya hablaremos de esto mañana. Dentro de un rato vais a recibir la visita de un oficial y de un psicólogo, pero he preferido llamarte yo antes. Cuenta conmigo para lo que necesites. En estos momentos…
Mi madre y yo nos miramos. Mientras mis lágrimas corrían por las mejillas porque mi padre estaba muerto en algún lugar de Afganistán, el coronel nos hablaba de funerales, entierros, misión, bajas, acto de servicio, posición enemiga…
—No hables de mi marido como de un «cadáver» o de una «baja», Luis. Hasta hace dos minutos mi hijo y yo lo hemos tenido en nuestros pensamientos como a una persona viva. Como a un marido y como a un padre. No hables de él como de un «cadáver», como si fuera un despojo de carne en un matadero.
—Lo siento, Marian. Debemos ocuparnos de los aspectos prácticos.
—¿Aspectos prácticos? No puedo asimilar todavía que mi marido, el padre de mi hijo, esté muerto en medio de una carretera llena de arena y de sangre. De su sangre y de la de otros dos hombres más. No me pidas que piense además en los «aspectos prácticos». Ahora no, por favor. Buenas tardes, Luis. Y gracias por haberme llamado.
—Lo lamento enormemente, Marian. Ya sabes que Gabriel y yo éramos muy amigos.
Mi madre cortó la comunicación y me abrazó en silencio. Las lágrimas seguían sin asomarse a sus ojos, pero noté su cuerpo estremecido junto al mío. Me revolvió el pelo e intentó sonreír mientras me decía:
—Creo que Napoleón Bonaparte tendrá que esperar.
Dos días después se celebró el funeral de Estado. Mi madre y yo habríamos preferido una ceremonia íntima, con los abuelos, mis tíos, mis primos, los amigos de mis padres, los míos, mis compañeros. Pero no pudo ser. Tuvimos que ocupar un banco en primera fila en el patio de la comandancia, con un montón de desconocidos que se acercaban a consolarnos, y delante de tres féretros colocados ordenadamente, con dos metros exactos de distancia entre ellos. Pensé que alguien había utilizado un metro para poner los ataúdes en la posición correcta. Y también pensé que lo habían hecho para que quedara bien en las fotografías de los periódicos y en la televisión. Porque había periodistas y fotógrafos que se acercaban a nuestros rostros para intentar mostrarle nuestro dolor a todo el mundo. Para hacer un espectáculo de nuestras lágrimas y de nuestras ojeras. Mamá me había dicho:
—Aguántate las lágrimas, Pablo. No llores delante de las cámaras, o tu cara sollozante saldrá en la primera plana de toda la prensa del país. Llora antes y después, pero no allí. Las lágrimas son la mejor carnaza para los tiburones.
Y así lo hice. Me tragué todas mis lágrimas. No pudo hacer lo mismo Elisabet.
Elisabet era la hermana pequeña de uno de los soldados que habían muerto en la misma misión que mi padre. Estaba sentada dos bancos más allá del nuestro, con su madre y su hermana mayor. Las tres vestían de negro y recogían su pelo brillante en sendas colas de caballo. La madre no paraba de llorar en medio de una respiración cada vez más entrecortada. Tanto que se desvaneció durante unos segundos. Uno de los suboficiales le ofreció un vaso de agua, que Elisabet le acercó a los labios. La mujer despertó para continuar su llanto. Un llanto que parecía que nunca iba a desaparecer, y que sonó como una doliente elegía durante toda la ceremonia. Aquella mujer de piel oscura y vestida de negro me recordó primero a la escultura de la Piedad que había visto con mis padres cuando visitamos el Vaticano el verano anterior. La virgen blanca que esculpiera aquel italiano no lloraba, incluso esbozaba una serena sonrisa llena de compasión. Enseguida tuve otro pensamiento: la madre del soldado muerto tal vez se parecía más a las vírgenes dolorosas de las procesiones de Semana Santa, cuyos rostros surcan lágrimas de cristal. Intentaba pensar en aquellas tres desconocidas más que en mi madre con su traje claro, las rosas de nuestro jardín en la mano y el corazón roto. El féretro de mi padre estaba colocado en el centro, como correspondía por ser el fallecido con mayor antigüedad. El del soldado Wilson Méndez estaba a su derecha, pues era el que menos tiempo llevaba en el ejército. Procuraba no mirar el féretro cubierto con la bandera: no quería pensar que dentro de aquel cajón de madera marrón estaba lo que quedaba de mi padre. Unos soldados quitaron la bandera y nos la entregaron, junto con la cruz al mérito militar con distintivo amarillo, que se les había otorgado a los tres soldados muertos. Mamá intentó sonreír y yo bajé la cabeza para que nadie notara que mis párpados temblaban. Sobre el ataúd había un crucifijo. Me acordé de algo que había visto unos días antes, y que me había llamado extrañamente la atención: caminaba solo desde el colegio hasta mi casa. Pasé junto a unos contenedores. Un hombre con una bolsa y un palo se asomaba por la rendija para coger algo que había entre las basuras. Enseguida sacó un crucifijo de metal con salientes en los cuatro extremos de la cruz. Nunca había visto nada parecido. La imagen de aquel crucifijo metálico se quedó grabada en mi memoria y salió en aquel momento: no era un crucifijo para colgar en una pared. Aquella cruz había estado sobre un ataúd, y los clavos que sobresalían habían estado clavados en la tapa de un féretro. Alguien lo había tirado a la basura, había ido a parar a un contenedor, luego a la bolsa de un hombre que rebuscaba comida y material vendible, y después se había acurrucado en algún rincón de mi memoria para salir en medio del patio sofocante de la comandancia, durante el funeral de mi padre.
Por primera vez alcé la mirada hacia lo que había más allá de los tres féretros: los escalones, las columnas con guirnaldas de piedra, las dos torres laterales y la cúpula de la iglesia. Recordé que era una iglesia de estilo neoclásico, del siglo XVIII, y que había sido tomada por las tropas francesas durante la guerra de la Independencia. «Napoleón ha vuelto», pensé, mientras sentía una mirada clavada en mí desde dos bancos más allá. Era Elisabet, que me observaba en silencio.
Entonces yo todavía no sabía que se llamaba Elisabet.
El teniente Gerard Lacombe estaba sentado ante su escritorio de ébano con incrustaciones de marfil. Lo había adquirido unos años antes, durante la campaña de Egipto: su regimiento había entrado a saco en Alejandría, y él y sus compañeros habían instalado el cuartel general en el palacete de un viejo tío del sultán. Él se había traído como recuerdo aquel pequeño mueble sobre el que su anterior dueño había firmado muchas penas de muerte. Al teniente Gerard Lacombe le gustaba tomarse el té dulce con menta en aquel rincón de su despacho. De sus días de juventud en Egipto también se había traído la costumbre de beber té en lugar del café que tomaban todos sus amigos. Se sentaba en un pequeño taburete, tomaba té y pensaba.
Pensaba en aquellos días bajo el sol, sobre las arenas ardientes del desierto. En su caballo, que se había roto una pata y al que había tenido que matar sin poder mirar sus ojos implorantes que le pedían clemencia. Pensaba en los hombres que había perdido en la misión, y en las conversaciones que había tenido con Napoleón, y que no habían servido de nada. El emperador, que entonces todavía no lo era, quería romper la hegemonía británica en el Mediterráneo y su comercio con la India. Para ello, emprendió la conquista de Siria y de Egipto. Gerard Lacombe era uno de los oficiales que luchaban a las órdenes del general Murat. Primero Alejandría, luego El Cairo, la batalla ante las pirámides, bajo el sol abrasador. Sus hombres decapitados por orden de Mustafá Pachá. Su regreso a bordo de la fragata Muiron, junto con el propio Napoleón y sus generales, en noviembre de 1799. La niebla del Mediterráneo no les dejaba ver los navíos ingleses que surcaban sus aguas. Lacombe deseaba que ojalá su memoria se cubriera también de aquella niebla y pudiera olvidarse de todo aquello que había vivido durante sus meses en el desierto.
Pero habían pasado más de seis años, y el teniente Gerard Lacombe no podía olvidar: pensaba, recordaba, recordaba, pensaba…, y sentía que su corazón se había convertido en una piedra tan dura como la que descubrió uno de sus hombres cuando cavaba una de las trincheras en la fortaleza medieval de Rosetta.
—Gerard, hijo, ¿por qué no sales un rato a pasear? —le preguntó su madre, una mujer de cabellos grises, vestido de seda gris y cuello rodeado de un collar de perlas tan grises como sus ojos.
—Me duele la pierna, madre.
—Vamos, vamos. Esa herida tuya lleva años curada del todo. No puede ser que aún te duela. Tienes que ponerte enseguida a las órdenes del emperador. Francia te necesita —le dijo su madre, mientras tomaba una taza de café humeante.
—Francia no me necesita, madre. Y el emperador tampoco. Tiene demasiados jóvenes dispuestos a morir en todos los campos de Europa.
—¡No hables así! ¡Si te oyera tu padre! —le cortó mirando a su alrededor para controlar que ninguno de los sirvientes hubiera escuchado las palabras de su hijo.
—Mi padre está muerto. No me va a oír. Bonaparte ha llevado a la muerte a decenas de miles de franceses. He visto morir a muchos de mis hombres. ¿Y por qué?
—¡Por Francia! —exclamó Madelaine Lacombe.
—No, madre, por Francia no. Por la ambición de un hombre acomplejado y triste.
—¡No hables así del emperador!
Gerard Lacombe desistió de seguir dialogando con su madre sobre Napoleón. Ella nunca lo entendería. Para ella, la gloria, las batallas y las campañas del desierto no eran más que palabras. Palabras que brillaban al salir de su boca como candelabros en una noche de baile. Por mucho que lo intentara, en su memoria no tenía grabadas las miradas de los moribundos, ni su sangre tiñendo la arena del desierto. Los ojos grises de Madelaine no habían visto lo que habían visto los suyos. La memoria del joven teniente no estaba trenzada con palabras, sino con espadas, puñales y cañonazos.
—Una carta para el señor. —Se acercó uno de los sirvientes con una bandeja de plata en la mano.
—Gracias, Pierre —contestó Madelaine mientras leía el remitente—. Es de Isabelle.
Gerard bajó la mirada y contempló en silencio la alfombra persa de flores que había bajo sus pies.
—Es de Isabelle —repitió su madre—. Deberías ir a verla. Un día de estos se va a cansar de ti y va a romper vuestro compromiso. Es una joven muy hermosa, el tiempo pasa, y seguro que tiene otros pretendientes.
—Madre, dame la carta, por favor.
Gerard se levantó para cogerla. La abrió ante la mirada expectante de su madame Lacombe.
—¿Qué dice? —le inquirió su madre, apenas dejó Gerard la carta sobre el escritorio.
—Más o menos lo que me acabas de decir tú. Me deja vía libre para romper nuestro compromiso.
—¿Y es eso lo que quieres?
—No sé lo que quiero, madre —contestó, sentándose de nuevo en el taburete de sus meditaciones—. No lo sé.
—¿Amas a Isabelle?
—Si es que todavía soy capaz de amar, sí.
—¿Entonces?
—¿Qué puedo ofrecerle? ¿Desolación? ¿Desierto? ¿Dolor? ¿Noches de insomnio en las que ni siquiera puedo soñar? Eso es lo que tengo dentro: nada. El vacío más absoluto. Tu «emperador» me ha quitado todo lo bueno que había en mí. Por su culpa, no me queda nada.
Hacía solo seis meses que Elisabet había venido a España desde Ecuador. Después del funeral, en la comandancia se nos ofreció un café a las familias de los muertos; fue entonces cuando hablé con ella por primera vez. Antes, el teniente que nos acompañaba nos había presentado a los familiares de los otros dos fallecidos: el sargento Alfonso Salvatierra Casanova y Wilson Méndez Torrijo, un muchacho de 21 años que era el hermano de Elisabet. Mi madre saludó a la suya con un apretón de manos que no pasó de ser cordial. La señora Méndez no paraba de llorar y mi madre le prestó el abanico para evitar que volviera a desmayarse. Al cabo de un rato, Elisabet vino a donde estábamos sentados mi madre, mis tíos y yo.
—Mi madre me ha dicho que le devuelva esto, señora, y que muchas gracias.
—¿Seguro que ya no lo necesita? —preguntó la mía.
—No, no. Está bebiendo agua, y así está mejor.
—¿Mejor? —intervino mi tía—. El agua no cura el dolor que tiene la pobre mujer.
Elisabet se me quedó mirando. Me pareció que esperaba alguna palabra de consuelo por mi parte.
—¿Querías mucho a tu hermano? —fue lo único que se me ocurrió decir.
—¿Y tú a tu padre?
—Claro. Vaya pregunta… —contesté.
—Pues eso. Vaya pregunta…
—Era por decir algo —repliqué—. Así que eres de Ecuador.
—Sí.
—¿Y cuánto tiempo llevas en España?
—Seis meses. Mi hermano fue el primero en venir con mi madre. Cuando ahorraron lo suficiente y Wilson ingresó en el ejército, nos trajeron a mi hermana y a mí.
Elisabet era menuda y de aspecto frágil. Su cabello negro brillaba como los zapatos del uniforme de papá. Su piel era morena, como la que se le ponía a mi madre después de todo el verano tomando el sol. Tenía unos ojos tan negros como su pelo y ligeramente oblicuos. Pensé que dos días antes eran ojos que sonreían, y que yo nunca conocería a la Elisabet que había existido hasta el momento en que recibió la noticia.
—Mi hermano hablaba mucho de tu padre.
—¿Ah, sí? —Mi padre nunca había mencionado a Wilson. Ni a Wilson ni a ninguno de sus hombres. Se refería a ellos en general como a «mis soldados», pero nunca nombró a ninguno de ellos. Nunca habían tenido ni rostro ni nombre. Hasta el día del funeral, en el que tuvieron rostro, nombre y familia.
—Lo admiraba muchísimo. Decía que era un héroe, un valiente. Que hacía lo que nadie se atrevía a hacer. Y que trataba a sus hombres con mucho cariño y respeto. Como si fueran sus hijos.
Aquella reflexión de Elisabet se me clavó como una puñalada. ¿Mi padre trataba a sus soldados como si fueran sus hijos? ¿Qué quería decir con eso? Mi padre estaba casi siempre fuera de casa, y yo apenas lo veía. En cambio, a miles de kilómetros de distancia, unos desconocidos se sentían como si fueran sus hijos. Elisabet debió de darse cuenta del efecto de su comentario porque enseguida cambió de tema.
—¡Qué guapa es tu mamá! ¡Y qué elegante!
—No ha querido vestirse de negro. Parece una novia, ¿verdad?
—Sí. Es lo mismo que he pensado yo cuando la he visto. Debía de querer mucho a tu papá.
—Sí. Lo quería mucho.
—¡Qué suerte! Mis padres se separaron hace mucho tiempo, cuando yo era muy chiquita. No recuerdo a mi padre.
—¿Cómo dices? —pregunté sorprendido.
—Pues eso. Que no recuerdo siquiera el rostro de mi papá. Wilson era como un padre para mí. Nos llevábamos seis años. Mi hermano mayor… Y ahora…
Elisabet empezó a llorar sin dejar de mirarme. Durante la ceremonia se había controlado, pero ahora descargaba toda su rabia y todo su dolor.
—¿Quieres salir fuera, a tomar un poco el aire? —le dije, mientras miraba a mi madre que me hacía una señal con la mano para que me llevara de allí a la chica.
—Sí, por favor.
Rodeé su espalda con mi brazo y me acordé de cómo mi madre me había parecido más pequeña que nunca cuando recibimos la noticia. Lo mismo le ocurría en ese momento a Elisabet.
—Es bonita esta iglesia, ¿verdad? —consiguió articular cuando nos sentamos en la escalinata.
—Sí que lo es.
—Parece muy antigua.
—No lo es tanto. Se edificó en 1799. Tiene poco más de 200 años.
—Pues a mí 200 años me parece mucho tiempo.
—¿Sabes qué es lo más especial de esta iglesia?
—No.
—Lo más especial es algo que estuvo y que ya no está. Algo que desapareció misteriosamente poco después de su construcción.
—¿De qué se trata? —preguntó curiosa.
Aquella fue la primera vez en que la vi sonreír. Fue como si sus ojos hubieran olvidado momentáneamente lo que estábamos viviendo y por qué estábamos allí sentados. A mí me ocurrió algo parecido. Durante unos segundos, nadé en su sonrisa y en los extraños sucesos que, dos siglos atrás, habían acontecido en el mismo lugar que contemplábamos. Pero la voz de mi madre nos devolvió al presente.
—Creo que deberíamos irnos. Quiero que lleguemos al tanatorio antes que el féretro de tu padre.
Mamá venía del brazo de mi tío. Mi tía y mis primos iban detrás, hablando con los padres del otro militar que había muerto junto a mi padre. La familia de Elisabet seguía en el salón de la comandancia.
—Ya te lo contaré otro día —le contesté a Elisabet, mientras me levantaba.
—¿Crees que volveremos a vernos? —inquirió sin moverse del sitio.
—¿No vives aquí?
—Sí. Muy cerca de este lugar. ¿A qué instituto vas? —me preguntó.
—Voy al colegio que hay ahí detrás. El de las verjas pintadas de azul.
—Entonces somos vecinos. Yo voy al instituto que hay enfrente de tu colegio. El de las verjas pintadas de color naranja.
No pudimos evitar sonreír. La sonrisa fue nuestra despedida. Seguro que nos volvíamos a ver muy pronto. Y seguro que nos habíamos cruzado infinidad de veces y nunca habíamos reparado el uno en el otro. Salí del recinto militar con dos sensaciones muy diferentes: una mitad de mi corazón estaba ocupada por un vacío lleno de la ausencia de mi padre; y la otra mitad tenía un nombre: Elisabet.
Isabelle había sido cuidadosa al pasar el secante por la tinta de su carta. A pesar de ello, el punto sobre la «i» de su nombre se había convertido en un borrón que casi tapaba las dos letras colindantes. Frunció el ceño y estuvo pensando unos segundos en si rehacía la misiva. Decidió que no. Que la decisión de Gerard no iba a depender de un borrón más o menos en el papel. Le pidió a su criado que llevara la carta a la dirección que había escrito en el sobre, y se quedó sola en el jardín. Corría una brisa suave que mecía las rosas y las lilas recién florecidas. Su aroma le llegaba a Isabelle como una melodía interpretada ingenuamente por las flores. Estaba segura de que Gerard todavía la amaba, pero no estaba dispuesta a esperar más. Desde que había llegado de Egipto no era el mismo. Antes de la campaña, su prometido era un hombre amable, amante de la música, capaz de disfrutar con todas las pequeñas cosas que la vida le ofrecía cada día. Le gustaba cabalgar por los campos, y caminar por las colinas y por los montes más escarpados. Contemplaba cada florecilla, cada hierba de la tierra, y todo, hasta el insecto más insignificante, le parecía un regalo de los dioses. Su mirada iluminaba lo que pasaba ante sus ojos. También Isabelle era más hermosa cuando estaba a su lado. O al menos, ella así lo sentía. Pero ahora todo era diferente. Los ojos de Gerard habían visto cosas que nadie debería ver jamás. Su caballo no había regresado con él y el joven teniente ya no caminaba por las montañas. Casi no salía del viejo caserón familiar en el que se había refugiado para recuperarse de la herida de su pierna, y para no tener que mirarse en ojos que no podían verlo. Isabelle lo había visitado en muchas ocasiones, y él apenas la había mirado. Y no le había dedicado más que frases corteses, que nada tenían que ver con las conversaciones que habían compartido desde que eran pequeños y ya estaban enamorados.
Se habían conocido cuando al padre de Isabelle lo destinaron como médico al pueblo donde los Lacombe tenían sus fincas desde hacía siglos. Gerard era un muchacho fuerte y robusto y no precisó de los servicios del doctor Colbert hasta que pilló la escarlatina y toda su piel se tiñó de un rojo furioso. El doctor lo visitó en la mansión familiar y su hija se quedó en el salón, esperando. Paseó entre dos pianos, cuadros antiguos, un arpa y una docena de sillas de muy diversos orígenes. Su padre tardaba más de la cuenta, y se sentó en una de ellas. Justo la que estaba enfrente del retrato de un jovencito junto a un caballo. Era Gerard, pero entonces ella no lo sabía. Le gustaron los ojos claros de mirada directa del muchacho. También su frente despejada y sobre todo su sonrisa, abierta y simpática.
—Es el niño enfermo —le dijo la voz de una de las sirvientas.
—Es muy guapo.
—Sí. Lo queremos todos mucho. Ojalá tu padre lo cure pronto.
—Seguro que sí. Mi padre es muy listo.
Y así fue. El doctor Colbert le recetó unas cataplasmas de tomillo y baños fríos, y el muchacho se recuperó en diez días. Una semana antes, a Isabelle le subió tanto la fiebre que a punto estuvo de morirse.
—No tenías que haberla llevado a la casa de los Lacombe —le reprochó su esposa cuando la niña enfermó—. Ha sido una temeridad.
—No ha estado en ningún momento en la habitación. Debe de haberse contagiado en algún otro lugar.
Pero no era así. Después de la breve conversación con la sirvienta, Isabelle sintió curiosidad por ver al niño enfermo en persona. Así que cuando se quedó sola de nuevo, salió del salón y subió la escalinata que conducía a los dormitorios. Solo tuvo que esperar escondida tras una cortina para ver de qué habitación entraba y salía gente. Cuando lo descubrió, se acercó y miró por el ojo de la cerradura. Había varias personas dentro, una mujer vestida de gris, un hombre silencioso, dos sirvientes y su padre. Todos estaban alrededor de la cama, donde se adivinaba un bulto menudo. Los adultos se movían pero en ningún momento pudo ver el rostro del muchacho, solo sus piernas rojas que se habían liberado de las sábanas y se movían sobre el lecho.
—¿Qué haces aquí, pequeña? —le preguntó la misma voz de antes—. No deberías estar en este lugar. Si te encuentran aquí, me van a despedir. Lo que tiene el niño es muy contagioso. Vamos, baja ahora mismo al salón.
E Isabelle bajó corriendo por las escaleras. Pero a los pocos días empezó a tener los mismos síntomas: piel roja, fiebre, dolores de estómago y de garganta. A pesar de su malestar, estaba encantada porque tenía la misma enfermedad que el muchacho del cuadro. Cierto que ni siquiera le había visto la cara, pero no le importaba: había estado lo suficientemente cerca de él como para haberse contagiado. A partir de ese momento, Isabelle sintió que había algo muy poderoso que la unía a Gerard Lacombe, y la primera vez que lo vio en persona se lo dijo.
Fue una tarde de feria en el pueblo. Los campesinos acudían a comprar y a vender animales, y se celebraban juegos para los niños. Gerard no solía acudir a aquel tipo de festejo tan popular, pero ese año insistió tanto que su madre le permitió ir con madame Reinart, su institutriz. Isabelle había acudido con su madre y con su tía. Coincidieron en las carreras de sacos.
—Hola —le dijo ella.
—Hola —le contestó él—. ¿Quién eres?
—Me llamo Isabelle y el mes pasado tuve la escarlatina por tu culpa.
—¿Por mi culpa? ¡Qué tontería! Si ni siquiera te conozco.
—Estuve en tu casa con mi padre. Es el médico, el doctor Colbert.
—Ah.
—Vi tu retrato en el salón y subí para verte. Pero no lo conseguí. Bueno, un poco sí, te vi las piernas.
—¿Me viste las piernas? —Gerard se ruborizó. Ninguna niña le había visto jamás las piernas.
—Sí. Estaban muy rojas. Luego me fui a casa con mi padre. No le dije que había estado mirando por la cerradura de tu habitación. Y unos días después me puse mala. Casi me muero.
—Vaya. Lo siento mucho, Isabelle.
—Yo no. Si me hubiera muerto, habría muerto por ti, como pasa en los libros de amor que lee mi madre.
Desde ese día, Isabelle y Gerard fueron inseparables. Todas las tardes encontraban alguna excusa para verse en el pueblo, o en los jardines de la casa de los Lacombe. Un día, madame Madelaine le dijo a madame Colbert que su hija podía acudir un rato todas las tardes a las clases de Inglés de madame Reinart con su hijo, que estaba más solo que la una. Aceptó e Isabelle fue una tarde. Y otra. Y otra. Y otra. Y así durante seis años, siete meses y dieciocho días. Hasta que un día todo el mundo se dio cuenta de que se habían hecho mayores. Incluso ellos dos notaron que ya no eran unos niños.
Pasaron casi dos meses hasta que volví a ver a Elisabet. Siempre que pasaba junto a la verja de su instituto miraba a ver si la veía, pero nunca estaba por allí. Pensé que tal vez había regresado a su país después de la muerte de su hermano. Decidí no pensar en ella, hasta que un día me la encontré junto al parque. Llevaba la mochila a cuestas, pero sus pasos la llevaban por el sentido contrario al de su instituto.
—Hola. ¡Cuánto tiempo sin verte!
—Hola —contestó extrañada. Por un momento pensé que no me reconocía—. Soy Pablo Fonseca, ¿te acuerdas de mí?
—Sí, claro que me acuerdo. Pasamos juntos la mañana peor de mi vida.
—Siento que tengas ese recuerdo de mí.
—No podía ser de otra manera —respondió Elisabet—. Esa misma tarde viajamos a Quito con el cuerpo de mi hermano. Hemos estado más de un mes con la familia. Yo no quería volver aquí. Pero mi madre ha insistido en traerme con ella. Mi hermana mayor se ha quedado allí.
—¿Por qué no querías venir? —le pregunté.
—Porque aquí no tengo a nadie —respondió mirando hacia otro lado.
—¿No tienes amigas en el instituto?
—Me cuesta hacer amigas. Siempre me costó. Nunca he sido la chica más popular de la clase.
—¿Por eso estabas andando hacia el lado contrario del instituto? ¿Ibas a hacer toros?
—Me iba a pasear por el parque. Ahí dentro, entre los árboles, estoy mejor que entre las paredes del instituto.
—Entonces me quedo contigo.
—¿Tú también vas a hacer pirola? —inquirió extrañada.
—Si tú no vas, yo tampoco. Y te advierto de que tengo un examen de matemáticas que he estado estudiando todo el fin de semana.
—No, no, eso no puede ser. No puedes dejar de hacerlo.
—Si tú no vas, yo me quedo contigo.
Elisabet se me quedó mirando extrañada. ¿Por qué un chico al que apenas conocía iba a hacer algo así por ella? La verdad es que yo tampoco tenía respuesta.
—Esto es un vil chantaje. Pero no voy a permitir que no te presentes a ese examen. Vamos.
Le sonreí. Elisabet estaba más guapa que el día en que la conocí. Llevaba el pelo suelto y una camiseta de color rojo dentro de unos vaqueros ajustados. La dejé en la puerta del instituto y nos despedimos rápidamente al oír el timbre de entrada.
—Espero que no pasen dos meses hasta la próxima vez que nos veamos —dije—. ¿A qué hora sales?
—Hoy es lunes, déjame pensar…, a las 14:30.
—Yo hoy tengo clase por la tarde y como en el colegio. ¿Mañana?
—Mañana vengo por la tarde a baile funky
