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Carlota pasa las vacaciones de febrero en Venecia con su tía Ángela, una novelista que vive en un antiguo palacio a orillas de un canal. Allí la joven se ve enfrentada al misterio de la muerte de su bisabuela, que también se llamaba Carlota y que murió en extrañas circunstancias. Tras tantos años, Carlota se empeña en desentrañar ese enigma con la ayuda de su tía y de un joven músico llamado Ferrando. Y las aventuras que vivirá esos días, así como la magia de la ciudad, con sus palacios, sus canales, la niebla y el carnaval, harán de estas vacaciones una experiencia inolvidable.
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Seitenzahl: 228
Veröffentlichungsjahr: 2014
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Ana Alcolea
El retrato de Carlota
1. El viaje a Italia
2. El retrato de la bisabuela
3. La mujer del retrato
4. El medallón de tía Ángela
5. El collar de la bisabuela
6. Mi primer encuentro con Ferrando
7. El piano de tía Ángela
8. Ferrando viene a tocar el piano
9. Las rosas desaparecen, y algo más
10. Por la noche, en la cama de Carlota
11. A la mañana siguiente
12. En el torreón de tía Ángela
13. Un disfraz de carnaval
14. Una taza, otra cuenta de cristal
15. En el café Florián, con Ángela y Ferrando
16. De vuelta a casa desde el café Florián
17. En la casa, esa noche
18. A la hora del desayuno
19. Hacia la isla de Murano
20. En la isla de Murano
21. Antes de salir de Murano
22. De vuelta a Venecia
23. Preguntando algunas cosas a Arnolfi
24. En casa de Ángela, nuevas sorpresas
25. Martes de carnaval
26. De vuelta a casa
Ana Alcolea
Créditos
A mi madre, que guardó el collar
Era la primera vez que viajaba sola en un avión y la noche anterior casi no había podido dormir. Siempre he tenido cierta tendencia a la claustrofobia y no sabía cómo reaccionaría yo en un vuelo sin la compañía protectora, demasiado protectora tantas veces, de papá o de mamá, que se quedaban en Madrid.
Una buena receta cuando uno sufre miedo a volar es entablar una conversación con quien tienes al lado; aunque no se tenga nada que decir, lo importante es hablar, poner la mente en otro lugar diferente a la cerrada cabina del aeroplano. Así que me puse a charlar con la persona que tenía junto a mí. Resultó ser una venerable viejecita, bastante sorda y además húngara, que no podía entender ni una sola de las palabras que yo decía, y que se quedó dormida después de seis minutos más o menos de oír mi incomprensible discurso sobre la escuela, los exámenes de cuarto de la ESO y las vacaciones de carnaval que me esperaban en Venecia con una tía novelista que vivía sola en un viejo palacete que daba a uno de los cientos de canales de la ciudad. Seguí hablando a nadie un poco más, hasta que me di cuenta de que la señora había empezado a roncar en húngaro, y fui consciente de que la comunicación era imposible. Luego empecé a mirar por la ventanilla.
Enseguida llegamos al mar, el Mediterráneo quedaba debajo de nuestros pies, azul, verde, con algunas sombras oscuras que eran el antirreflejo de las pequeñas nubes que atravesábamos. Nos dieron de comer una ensalada de jamón, un zumo de naranja y uno de esos pastelitos borrachos con una guinda roja en el medio. Me lo comí todo, incluso el pan con mantequilla que en casa no podía soportar. Allí dentro todo era diferente. Saqué un libro. Me gusta leer, y cuando viajo prefiero libros ligeros y con suspense, que me hagan concentrarme en lo que pasa entre las páginas, y no en el hecho de que estoy a nueve mil pies de altura dentro de un cacharro volador bastante pequeño y sin ninguna posibilidad de bajarme. Esta vez, mi madre me había comprado en el aeropuerto una novela de Ágata Christie, El asesinato de Rogelio Ackroy, pero poco antes de llegar a la página treinta y dos noté que el avión comenzaba ya a perder altura.
El aeropuerto de Venecia está sobre el mar. Había un poco de niebla, y se veían los aviones aparcados de tal manera que parecían estar posados sobre el agua, como gaviotas gigantescas. Esa fue mi primera impresión de Venecia, que todo flotaba sobre el mar, hasta los aviones. No tardaría en recibir otras impresiones de la ciudad, y de la casa de tía Ángela, y de todo lo que hizo que aquellas vacaciones de invierno fueran muy, pero que muy peculiares...
El avión se iba acercando a la superficie del agua. Estaba tan cerca que se podían distinguir todos sus colores, aunque matizados por la neblina que nos arropaba: era como si mi llegada a Venecia estuviera ya envuelta por el toque misterioso que siempre da la niebla, sobre todo después de leer a Ágata Christie. Entonces todavía no me imaginaba los misterios que mis días en la ciudad de los canales me iban a deparar, aunque el ambiente que envolvía el aterrizaje podía presagiar cualquier cosa.
El avión tomó tierra por fin. La anciana de mi izquierda solo se despertó cuando el tren de aterrizaje se posó en el suelo seguramente húmedo de la pista; me miró y me sonrió. Su sueño me enseñó que yo era capaz de volar sin necesidad de hablar con nadie, y que me podía entretener en otras cosas como comer, leer o mirar por la ventanilla. Había superado un reto. También me di cuenta de que mamá tenía razón cuando decía que no todo en la vida son las matemáticas y la física, que es lo que más me gusta en el mundo: me di cuenta de que también puedo pasar tiempo entretenida con poco y preguntándome por otras cosas, incluso por asuntos o hechos por los que casi nadie pondría una gota de interés. Claro que no fue esto lo que me pasó en Venecia. Lo que allí ocurrió hubiera sido digno de una novela de mi querida doña Ágata, tales eran los misterios que escondía la casa de Ángela... y la propia tía Ángela.
Allí estaba ella, en el vestíbulo del aeropuerto Marco Polo. Rubia, con su cabello recogido atrás con una coleta baja. Su gorro gris le escondía casi todo el pelo y parte de su frente. Parecía que sus grandes ojos castaños salieran directamente de aquel sombrero de piel artificial que tanto la favorecía. Llevaba un abrigo largo de paño inglés en color burdeos, con los puños y ribetes también en gris. Tenía entonces unos treinta y cinco años, pero aparentaba bastantes menos. Era escritora, y su manera de vestir mostraba su veta artística, nada convencional. Su mirada era directa, nada inquietante, dulce aunque firme. Y su nariz, un poco respingona, se unía directamente a la frente, sin ninguna curvatura. Su perfil me recordaba a los de las mujeres de los frescos cretenses que había estudiado en el instituto, pero en rubio, claro. Su boca era lo único en su cara que estaba maquillado, de un rojo oscuro, casi violáceo, que armonizaba con el color del abrigo.
Me dio un abrazo de bienvenida. Se la veía contenta con mi llegada. O al menos eso me pareció. Mi madre, o sea, su hermana, me había empaquetado para pasar aquellas vacaciones de febrero con ella, que tenía fama en la familia de ser bastante independiente. Cuando mamá la llamó para decírselo, fue un poco reticente a recibirme en su casa durante aquellos días, que coincidían con los carnavales, pero algo pasó por su cabeza que la hizo cambiar de idea, y enseguida le pareció estupendo compartir unos días conmigo. Al fin y al cabo, yo no era tan mala compañía. En el instituto caía bien, tenía amigos, sacaba buenas notas y todo el mundo decía que era mona, así que en aquel tiempo me creía que era estupenda y que cualquiera estaría encantado con mi compañía, incluida mi extravagante tía Ángela. Poco después me daría cuenta de que todavía era una cría bastante boba, que tenía mucho que aprender y que no le llegaba a la suela del zapato a casi nadie. Pero claro, es el tiempo el que se encarga de irnos borrando parte de nuestra estupidez. A mí me costó bastante. Incluso ahora, después de casi diez años de aquella mi primera estancia en Venecia, sé que todavía me quedan bastantes dosis de esa misma tontería. Y eso que con Ángela aprendí muchas cosas. ¡Vaya si aprendí!
La casa de tía Ángela no era una casa; al menos no lo que yo entendía por casa hasta entonces: formaba parte de un antiguo palacio veneciano de la época del Renacimiento, a orillas de uno de esos cientos de canales que surcan la ciudad. El palacete se había convertido en cuatro viviendas de dos pisos y un ático, con un jardín comunitario por el que se accedía al edificio.
En la planta principal estaba la cocina, el recibidor, el comedor, con una de esas mesas alargadas que yo solo había visto en algunas películas antiguas, con dos candelabros de cinco brazos y una gran bandeja de plata en el centro; y por supuesto, el salón, lleno de objetos de diferentes épocas y países: lo más llamativo era un gran piano de cola de color negro, que ocupaba una parte amplia de la estancia y que contrastaba escandalosamente con máscaras y figuras africanas que mi tía habría traído de alguno de sus muchos viajes. De las paredes también colgaban cuadros de pintores modernos (algunos de los cuales no eran mucho más que una línea de color, bien colocada según mi tía, eso sí), mezclados con óleos de otros tiempos, tan antiguos o más que el palacio, que era del siglo XVI. El techo también estaba decorado con pinturas al fresco: hermosas mujeres con muy poca ropa que representaban las artes. Eran las musas, esas a las que la profesora de literatura nos sugería invocar cuando no estábamos inspirados para escribir la redacción de turno. En los muebles del cuarto de estar también se mezclaban los estilos: la tía tenía un escritorio estilo imperio, heredado de su bisabuelo, que el propio Napoleón hubiera envidiado, junto con un sofá del más moderno y escueto estilo finlandés. Pero es que Ángela era así: una mezcla de muchas cosas, una persona nada convencional, como su casa, que no era una casa.
No había casi un centímetro de pared que no estuviera tapado por un cuadro, por una máscara o por un espejo veneciano (una de las pasiones de mi tía). Pero el cuadro que más me fascinó desde la tarde que llegué con mi maleta amarilla de ruedas en la mano, no estaba en aquel salón, que parecía un bazar internacional, sino en la pared del descansillo de la escalinata que llevaba al piso de arriba. En la segunda planta estaban los dormitorios, y desde allí se subía al ático, que en realidad era un pequeño torreón. Aquel era el rincón secreto de Ángela, su despacho, donde guardaba sus libros, sus apuntes, sus fotos. Allí era donde escribía sus novelas. Era un lugar mágico cuyo aire estaba habitado por los personajes que salían de su imaginación. Pero mi tía apenas me permitía entrar en el torreón, era su santuario particular, al que yo no podía entrar libremente.
Para llegar al ático había que llegar al segundo piso, y para llegar al segundo piso había que subir la escalera y atravesar el descansillo. La primera vez que subí, maleta en mano, la vi. Estaba dentro del cuadro grande que se quedaba a la izquierda, y desde el que se divisaba casi todo el piso de abajo. Me quedé parada y la respiración se me aceleró. La mujer del cuadro me miraba muy fijamente, como si quisiera decirme algo. Estaba de pie y se apoyaba, como si estuviese cansada, sobre un piano de cola. Era el mismo piano que había en el salón. Lo reconocí enseguida por la inscripción y por los soportes para las velas, que tenían la forma de unos angelotes de pícara sonrisa. Sobre el piano había un jarrón de cristal con rosas rojas y una máscara de carnaval. Vestía una larga túnica de color lila con una gran capa roja encima; era rubia como Ángela y llevaba un extraño collar colgado del cuello.
Durante la mañana siguiente a mi llegada, todavía la ciudad estaba sumida entre la niebla. Los palacios del otro lado del canal se veían matizados fantasmalmente por el blanco del aire. Por alguna extraña razón presentía que, igual que la niebla escondía la ciudad a mis ojos, algo misterioso se escondía dentro de la casa de mi tía. Después de mirar el retrato cada vez que bajaba las escaleras, me quedaba convencida de que la dama del cuadro quería comunicarse conmigo. Claro, un minuto más tarde, mi reflexión me parecía una solemne estupidez.
Después de desayunar, Ángela me estuvo enseñando el jardín. Daba a un estrecho callejón, que no hacía sospechar que escondiera palacios en vez de casuchas. El portalón era de forja, y atravesarlo era como entrar en un mundo diferente al de la calleja oscura de la que nacía. El jardín no era demasiado grande, pero tenía seis árboles casi tan altos como el palacio: eran magnolios; como era invierno todavía no tenían flores, pero yo podía imaginar el perfume que en primavera debían exhalar y que debía de llegar hasta las ventanas del torreón. En el cuarto de baño había un jabón blanco como la nieve, perfumado con esencia de magnolia, que yo aspiraba cada vez que entraba. Tanto lo aspiraba que me parecía que el aroma acabaría desapareciendo y penetrando todo él en mí.
Además de los magnolios había muchos rosales, y aunque era febrero, todavía quedaban algunas rosas de color anaranjado y otras de un color lila, casi como el vestido de la mujer del cuadro.
—¿Ves? —me dijo Ángela—. Todavía quedan rosas. Yo siempre digo que la rosa es una flor paradójica. ¿Sabes por qué? —me quedé callada—. La vida y la belleza de la rosa son frágiles y efímeras, se acaban pronto, pero resulta que la planta es capaz de soportar los inviernos gélidos y las heladas matutinas. Ese es uno de los misterios de las rosas, ¿sabes?
—¿Uno de los misterios de las rosas? —oír la palabra misterio siempre me ponía alerta, pero en aquella ciudad, con la niebla y con el recuerdo del retrato, todavía más; además, recordé que en el cuadro también había rosas sobre el piano—. ¿A qué te refieres, tía?
—Bueno —contestó—, la rosa tradicionalmente se ha ligado a la belleza, a lo breve de esta y de la vida en general, el carpe diem, el collige, virgo, rosas y todo eso que habrás estudiado en el instituto. Además, las rosas tienen espinas, para alcanzarlas hay que sufrir y vencer los obstáculos del tallo. A esas cosas me refiero.
Me miró con una mirada que le almendraba los ojos y se mojó los labios con la lengua. Su expresión me recordó, si es que la había olvidado, a la mujer del retrato.
—Tía Ángela.
—Sí, Carlota.
—La mujer del cuadro grande de la escalera era mi bisabuela, ¿no?
—Sí, ¿cómo lo has sabido? —me preguntó con aparente extrañeza.
—Se parece a ti. Además, he visto en casa alguna antigua foto de esas que guarda mamá, y su expresión me ha resultado familiar. Oí un día contar que su muerte había sido un tanto extraña, ¿no? —pregunté esto a Ángela automáticamente. Cuando vi el retrato por primera vez no me acordaba de aquel detalle, pero algo debía haber oído yo en casa, que había quedado en mi inconsciente y que afloró a mi mente y a mi boca precisamente en aquel momento, durante aquella conversación en el jardín. ¿Cómo no me había acordado antes?
—Su muerte, un tanto extraña... —pareció meditar Ángela antes de contestar—. Ese es un misterio sin resolver, Carlota. —Otra vez la palabra misterio me puso alerta—. Creo que el médico que firmó el acta de defunción dijo que había sido una muerte natural, pero lo cierto es que hubo sospechas. Nada quedó claro.
—¿Sospechas? ¿De qué tipo, tía? ¿Crees que tu abuela pudo ser asesinada?
—Tranquila, nena, tranquila, yo no he dicho eso. Solo que hubo sospechas.
—Sí, pero si hubo sospechas es porque hubo algún sospechoso, ¿o no? —repuse yo, que empezaba a mosquearme con aquel asunto acontecido hacía muchos años. Recordaba el rostro de la bisabuela en el retrato y mi impresión de que me quería decir algo. Quizás me quería decir precisamente eso, que había sido asesinada...
—Mira, sobrina, yo no estaba allí. Murió cuando mi padre era todavía un niño, así que ni siquiera él supo nunca lo que pasó. Todo son especulaciones, rumores, pero nada cierto. Lo que fuera, ocurrió hace más de sesenta años, y no hay nadie que pueda contarnos nada... O casi nadie.
Ángela se pasó la lengua por los labios, como siempre que recordaba algo especial, o cuando tramaba algo, como fui sabiendo después.
—¿Casi nadie? —le pregunté entre curiosa e inquieta; ¿quizás alguien sobrevivía de los que conocieron a la bisabuela?
En ese momento entró un vecino por la puerta del jardín al callejón y se acabó aquella conversación que tan intrigada me tenía. Me fastidió mucho la presencia de aquel extraño que hizo que me quedara con las ganas de enterarme de algo concerniente a la historia de la mujer del retrato. En cambio, mi tía pareció quedarse encantada de no tener que contarme nada más, al menos en aquellos instantes. Empezó a hablar con el vecino de no sé qué contrariedad con las cañerías del edificio. Nunca hubiera podido suponer que un palacio veneciano tuviera problemas con algo tan prosaico como las tuberías, pero se ve que hasta los inmortales palacetes que parecen de cuento tienen su vida interior, con inconvenientes y seguramente con alguna que otra rata, aunque puedo asegurar que nunca vi ninguna. ¡Todo lo que escondía todavía Venecia para mí, y la propia casa de tía Ángela, y la propia Ángela, que iba a resultar más misteriosa de lo que suponía...! ¡Dichoso vecino!
La tía Ángela siempre llevaba colgado del cuello un extraño medallón con dos puntas blancas como dos picachos de montañas unidas por la base con unas ondulaciones. El fondo era de madera negra rodeada por un aro de plata.
—¿Qué es ese medallón, tía? ¿Por qué lo llevas siempre? —le pregunté aquella tarde después de dar un paseo por los estrechos callejones de Venecia.
—¿El medallón? —se lo tocó mientras sus ojos lanzaban una sonrisa entre pícara y melancólica—. Nunca adivinarías lo que es. Tócalo, a ver qué crees que puede ser.
Acercó su cuello a mi mano y el medallón se meció sobre su escote, que enseñaba el nacimiento de sus pechos. Acaricié con mi mano el medallón. Tenía un tacto suave, casi tanto como el de los pantalones de cuero marrón de mi tía, que tanto me gustaban y envidiaba. Parecía un trozo de hueso o de marfil.
—¿Es marfil, tía?
Yo sabía que Ángela había viajado por el continente africano y pensé que tal vez aquello lo había comprado allí.
—No, no es marfil, pero tiene que ver con animales y con las tierras donde hay elefantes —respondió. Sus ojos seguían brillando de una manera muy pícara cuando me lo decía, pero yo no entendía el porqué de su expresión.
—Pues no sé, tía. Me rindo. Pero es algo africano, ¿no?
—Sí que lo es. Es una muela de leopardo, Carlota.
—¿Una muela de leopardo? —Me quedé un poco chafada, lo confieso. Era apenas más grande que la horrible muela que me había sacado el dentista tres meses antes en Madrid y que tanto me había fastidiado—. ¿Tan pequeña?
—Mujer, piensa un poco, no es que los leopardos tengan la cabeza gigantesca, solo la tienen un poco mayor que tú o que yo. No son elefantes, ¿sabes?, esos sí que tienen las muelas del tamaño de este libro —y me señaló el libro que estaba leyendo con ahínco por aquellos días, de un tal Flaubert, del que yo todavía no había oído hablar en la escuela.
Me había quedado decepcionada con eso de que los leopardos tuvieran las muelas tan pequeñas, pero también estaba muy intrigada: ¿de dónde lo habría sacado Ángela? Se lo pregunté, por supuesto.
—¿Compraste el medallón cuando estuviste en África?
Me miró con esa sonrisa en los ojos que hacía que se le almendraran y que le brillaran tanto que parecía que le cambiaran de color. Se pasó la lengua por los labios en ese gesto tan suyo, un gesto que repetía siempre que recordaba algo que le gustaba, y me dijo:
—No, no lo compré. Alguien... me lo regaló —y abrió el libro de Flaubert con la intención de seguir leyendo en él o de dar por zanjada la conversación.
—¿Quién te lo regaló, tía? —le pregunté llena de curiosidad.
—Oh, Carlota. No quieras saberlo todo. La historia de este medallón la dejaremos para otro momento, ¿de acuerdo? Ahora estamos en Venecia, el carnaval está a punto de llegar y...
—¿Y qué...? —pregunté.
—Pues eso, que hay otras cosas en que pensar.
Pero yo insistí. Ángela me intrigaba cada vez más.
—Venga, tía, dime algo, ¿quién te regaló ese medallón?
Me miró por encima del libro que no estaba leyendo. Solo lo tenía colocado delante de ella para disimular: la novela estaba del revés, pero claro, no me atreví a decírselo. Sus ojos oscuros sobresalieron por encima de la cubierta blanca y roja. Seguían brillando pícaramente. Tal vez el medallón le recordaba algo que no era apto para mis oídos, todavía infantiles en su opinión. Por fin contestó con la boca escondida detrás del libro, de manera que parecía que su voz saliera por entre los poros del papel.
—Me lo regaló alguien muy especial que vive en África. ¡Y no me preguntes más! No seas pesada.
Metió los ojos de nuevo detrás del libro y fingió que seguía leyendo. Yo me sonreí porque me di cuenta de que no quería hablar directamente, pero que en el fondo aquello era algo que le producía un inmenso placer. Por alguna razón relacioné en mi cabeza el medallón con las rosas del jardín. Todavía hoy no sé por qué me vino entonces aquella conexión de ideas, pero esa es, seguramente, otra historia.
Subí a mi habitación a ducharme y me volví a encontrar con el retrato de la abuela, que me seguía mirando desde el lateral del piano. Fue entonces cuando algo me llamó la atención.
Y es que la bisabuela también llevaba algo muy extraño colgado del cuello: era un collar. Desde donde yo miraba, con mi metro sesenta de estatura, el collar se veía muy lejos, allí arriba, en lo alto del retrato, en la parte superior de la pared del descansillo. Parecía un collar de cuentas sin más, pero había en él algo extraño y especial: tenía un brillo muy peculiar, que no era ni de metal ni de piedras preciosas. Decidí mirarlo desde más cerca; así que saqué una silla de mi habitación y la bajé hasta el lugar donde estaba el cuadro. Luego bajé al salón donde recordaba haber visto una lupa que mi tía Ángela había utilizado para leer en un libro minúsculo de letra también minúscula. Cogí la lupa y me subí a la silla para contemplar aquel collar que, estaba segura, tenía algo que ver con el misterio que rodeaba la muerte de mi bisabuela. Tampoco hoy sé por qué relacioné una cosa con otra, pero lo hice, debía de ser por mi afición a los enlaces de química. Pero, ¿tendría razón?
Aquello que contemplaba era realmente diferente a todo lo que había visto en materia de collares, y podía considerarme una experta porque mamá tenía dos cajones llenos; le encantaban, y entre los que había heredado, los que le habían regalado y los que ella misma se había comprado, tenía más de cien. Pero nada parecido al collar del cuadro.
Para empezar, las cuentas eran cuadradas en vez de redondas u ovaladas, como casi todas. Tenían un color marfil, tal vez habían sido blancas en algún momento, pero la pátina del tiempo las había hecho amarillear, no se sabía muy bien si el tiempo del collar o el del propio cuadro. Sobre la superficie rugosa de cada bola había aplicaciones de hilo de oro fundido en el cristal, que hacía formas diferentes en cada una, como si alguien hubiera colocado el vidrio con una especie de manga pastelera de punta extrafina. Y además, tenía incrustadas otras bolitas de cristal opaco, estas ya redondas, de miles de colores, cada una con un diseño diferente de flores o formas geométricas, y cada una distinta de la otra en colorido, dibujo y tamaño. Parecía que el artista se había molestado y entretenido mucho en pintar minuciosamente cada detalle de las extrañas cuentas de aquel collar tan especial. Era como si no quisiera dejar lugar a dudas sobre que era ese, y no otro, el collar de la bisabuela. Pero yo me preguntaba: ¿por qué tanta necesidad de exactitud? En el colegio yo era bastante chapucera en mis clases de dibujo; enseguida me parecía que ya estaba todo bien y lo daba por terminado. Claro, nunca tenía buenas notas en plástica. Estaba claro que yo no tenía nada en común con aquel desconocido pintor del cuadro misterioso, ¿o tal vez sí?
Pasaron un par de días desde mi llegada, y me empezaba a sofocar la presencia del retrato de mi bisabuela, siempre allí, colgado en la pared de la escalera; aquellos ojos que me miraban siempre que bajaba de mi habitación o que subía a ella. Aquel día estuve inquieta durante el rato del desayuno, y como mi tía tenía que terminar un artículo que estaba escribiendo para una de esas revistas para mujeres finas sobre un tal Casanova, decidí salir sola a la calle.
Era la primera vez que me aventuraba fuera de casa sin la compañía de Ángela. Venecia es una ciudad pequeña, y pensé que nadie podía perderse en ella, sobre todo yo, que me seguía creyendo casi perfecta.
Empecé a caminar sin rumbo fijo, solo para intentar olvidar por un rato mi obsesión por el cuadro. Pronto llegué a una de esas plazas que los venecianos llaman campo, que en verano se abarrotan de turistas sentados en las terrazas de los cafés, y que en aquellos días de invierno estaba casi desierta. Solo algunos venecianos con grandes paquetes, en los que se podían adivinar vestidos ya preparados para los carnavales de la semana siguiente. En un lateral se erigía una gran escultura ecuestre. El rostro del hombre mostraba una mala uva que asustaba, lo mismo que el caballo. Estaba segura de haber visto aquella estatua en algún libro del instituto. Me acerqué al pedestal. Allí estaba escrito su nombre: era el condotiero Colleoni, y sí, su nombre me llevó momentáneamente hasta alguna clase de sociales de tercero de la ESO y a alguna de las diapositivas que el profesor nos ponía. Se llamaba, el profe, claro, Salvador, y todas las alumnas sin excepción estábamos enamoradas de él; era alto, de cabellos color castaño, y se ponía colorado cuando le preguntábamos algo; pero tenía la sonrisa más dulce que se paseaba por el instituto.
