El medallón perdido - Ana Alcolea - E-Book

El medallón perdido E-Book

Ana Alcolea

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Beschreibung

Una aventura de autodescubrimiento que cambiará para siempre la vida de un adolescente en las selvas de África Dos años después de la trágica muerte de su padre en un accidente de avioneta en África, Benjamín vive marcado por el silencio. Su madre ha borrado sistemáticamente todo rastro del difunto, hasta que la inesperada llegada de su misterioso tío Sebastián lo cambia todo. Un viaje a las selvas de Gabón se convierte en una transformadora aventura. Entre rituales ancestrales bwiti, peligros mortales y secretos familiares ocultos, Benjamín emprende la búsqueda del medallón perdido de su padre, un objeto que guarda la clave de su identidad. Acompañado por Sandrine, una joven local que conoció íntimamente a su padre, y guiado por la sabiduría de su tío, Benjamín deberá enfrentar sus miedos más profundos en las traicioneras Montañas de Cristal. Serpientes venenosas, elefantes heridos, cementerios ancestrales y la amenaza de tribus hostiles pondrán a prueba su valentía. Una historia conmovedora sobre el dolor, la memoria familiar y el coraje necesario para crecer, que explora con sensibilidad la riqueza de la cultura africana y el proceso de maduración adolescente.

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Seitenzahl: 227

Veröffentlichungsjahr: 2026

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UN MENSAJE PARA TI

¿Qué pensarías si te dijera que cuando escribo no pienso en ti? ¿Te irritaría? ¿Te enfadaría? ¿Crees que los escritores tenemos que pensar en nuestros lectores para escribir una novela que les plazca, que les enseñe como si fuera un libro de texto, que trate sobre los temas que están de moda entre jóvenes, cuya acción esté situada en un colegio, en un instituto, en tu barrio o en el mío?

Si piensas todo eso, este libro no es para ti. Porque tengo que confesarte una cosa: mi manera de respetarte como lector, o lectora, es no pensar en ti cuando escribo. Si lo hiciera te estaría tomando el pelo, porque te estaría dando no la historia que yo siento —con su verdad, que es tan mía como tuya, porque es esencial y por tanto universal—, sino que te estaría ofreciendo un producto de consumo más.

¿Sabes por qué empecé a escribir y por qué esta fue mi primera novela? ¿No? Pues te lo cuento.

Escribí el libro que tienes en tus manos porque necesitaba mantener viva a una persona querida que había muerto en un accidente en un lugar de África. Necesitaba y deseaba poner en palabras emociones que eran mías, pero también tuyas, aunque de esto no me daba cuenta. ¿Y sabes otra cosa? Los escritores aprendemos mucho cuando escribimos porque nos encontramos en las palabras. Cuando leemos nos pasa lo mismo. Ojalá tú te encuentres entre estas páginas.

Ana Alcolea

Para Jesús Bescós,a cuyo recuerdo van dedicadas estas páginas,in memoriam.

1

Siete llaves y un desván

Habían pasado más de cinco años cuando, mientras paseaba entre las casetas de la Feria del Libro, vi un título que me recordó todo aquello que viví en el verano de 1995. El libro se llamaba El medallón perdido, y eso, un medallón perdido, fue lo que anduve yo buscando durante mi primer viaje a África, un lustro atrás.

Mi padre había muerto dos años antes en medio de la selva africana. Su avioneta se encontró con una tormenta tropical y se estrelló contra los riscos de una pequeña montaña. Encontraron su cadáver tres días más tarde. Yo tenía entonces trece años, y mi madre había decidido protegerme de la tristeza de tenerme que enfrentar a una realidad adversa. Todas las fotos en que aparecía mi padre desaparecieron de la casa, todos sus trofeos de caza fueron a parar a un desván del que solo mamá tenía la llave. Ningún recuerdo de su presencia con nosotros durante años, ni siquiera su rostro, que se iba borrando poco a poco de mi memoria. Nada quedaba de él en aquella casa de la colonia del Viso. Mi madre pensaba que la vida podía empezar de nuevo si aniquilaba de un mazazo todo lo que tuviera que ver con el hombre que compartió con ella su juventud, por el que había sacrificado tantas cosas y que se había ido así sin más, sin despedirse, de la manera más insospechada, más imprevista. Él, que pilotaba desde hacía tantos años, que conocía la selva palmo a palmo, que sabía de la rapidez con la que se forman las tormentas en esa parte del mundo. Creo que en el fondo mamá nunca se lo perdonó, ni a él, ni a África, que se lo llevó sin avisar.

Nunca, en aquellos dos años, pude acceder al desván. Lo intenté todo: abrir la cerradura con una horquilla de mamá, con una tarjeta de crédito rota y caducada que encontré en el cubo de la basura, con un cuchillo de cocina. Nada.

Una vez hallé un manojo de llaves celosamente escondido en el doble fondo del escritorio del despacho de papá. Junto al llavero, había fotos de mi madre mucho más joven; también fotos de otras chicas, desconocidas para mí, con esos rostros de otros tiempos, y que mi padre había guardado; fotos de los abuelos, cartas de viejos amores, un largo etcétera, pero ni una sola foto de mi padre.

Una noche, mi madre había salido a cenar y la asistenta estaba con una jaqueca que la postraba en cama una vez al mes. Vi la ocasión: decidí probar aquellas llaves en la puerta de la buhardilla. Para acceder a ella, había que bajar una escalera plegable que hacía un ruido endemoniado. Comprobé que María había tomado su calmante y que estaba dormida como un tronco. Para ello me puse unos zapatos de tacón de mamá y bailé un zapateado delante de la cama de la enferma. Ni se inmutó, ni dejó de roncar un solo segundo. ¡Aquella era mi gran oportunidad! María profundamente dormida y mamá cenando con sus amigas. Era el momento.

Bajé la escalera plegable ayudándome de un bastón que mi abuelo se había dejado olvidado en la última visita. En aquellos días, poco después de haber cumplido los quince años, todavía no había crecido demasiado. Era muy bajo para mi edad, lo que me llenaba de complejos frente a mis compañeros de clase, todos más altos que yo. Afortunadamente, tenía unos ojos que bastaban para conquistar a las chicas, sobre todo a Almudena, que era la única que por aquel entonces me importaba.

Aquel día deseé más que nunca ser más alto para poder llegar a bajar la dichosa escalera. Saltaba y saltaba, pero no conseguía mi objetivo. Menos mal que recordé que el abuelo se había dejado su bastón el día anterior. Estaba claro que él no lo necesitaba; solo lo llevaba para impresionar y para que todos le preguntáramos:

—Abuelo, ¿qué tal va la pierna?

Así él podía contestar:

—Mejor, mucho mejor, me recupero con rapidez, igual que cuando un bisonte me pisoteó durante un safari hace treinta años...

Y así empezaba siempre a contar alguna de sus historias del pasado, que todos sus nietos escuchábamos encantados. Nadie narraba como él. Tenía una voz y una manera de hablar que nos sumergía en una especie de ensoñación misteriosa, que nos dejaba mudos y atónitos.

Pues bien, cogí aquel bastón y lo enganché a uno de los peldaños metálicos de la escalera, que bajó con el estruendo habitual en ella. Me quedé quieto, atento a si algún ruido en el piso de abajo delataba que María se hubiera despertado. Nada. Se seguían oyendo sus ronquidos acompasados, detenidos alguna vez por una inspiración más profunda, o sea, por un enorme ronquidazo. De aquellos ronquidos de María me acordaría meses después, cuando oí por vez primera el bramido de un elefante.

Conseguí encaramarme a la escalera y subir hasta la puerta. Empecé la tarea de comprobar las llaves. La primera era demasiado pequeña. La segunda era demasiado grande. Los dientes de la tercera no tenían nada que ver con la cerradura. La cuarta entraba, pero ni giraba ni quería salir. Por fin salió. La quinta tampoco quiso entrar. La sexta también era muy pequeña. Y la séptima... ¡Por fin! La séptima entraba y giraba... Pero entró y giró al mismo tiempo que iba entrando y girando la llave de mi madre en la puerta principal de la casa. ¡Mi madre venía! ¿Qué había pasado con la cena? ¡Me iba a descubrir! Saqué a toda prisa la llave de su cerradura, con el ánimo de volver a intentarlo en otra ocasión, en otro milagroso momento en el que una cena de mamá y la jaqueca mensual de María coincidieran. Pero... al sacar la llave y querer echar a correr para no ser descubierto, me olvidé de un pequeño detalle: ¡estaba encima de una escalera plegable! Me caí. Grité. Mi madre subió asustada por el estruendo de mi caída y por mi grito. Adivinó mis intenciones. Me dolía un brazo. Tenía un golpe en la frente. Noté cómo algo se iba inflamando en mi entrecejo. No podía mover el brazo. Mi madre chilló. Yo lloré. Ella también lloró. María no se despertó. Mamá cogió el teléfono y llamó a una ambulancia.

Mi expedición al desván terminó con un brazo escayolado por una fisura en el radio, con un montón de moratones y con un chichón infame en la frente que parecía un grano gigantesco. El resultado fue que Almudena decidió ir al cine el sábado siguiente con Borja en vez de conmigo. Borja sacaba en la escuela más sobresalientes que yo, medía quince centímetros más que yo y, además, tenía tres hermanos más que yo, que no tenía ninguno. Lo odiaba. Y para colmo, aquel sábado acompañaría a ver mi película favorita a mi chica favorita. ¡Puaf!

Y por supuesto, mi madre me quitó las llaves, cambió la cerradura del desván por si acaso y metió la llave en una caja de seguridad que tenía en el banco. Siempre ha sido muy exagerada para todo. Además, yo podía volverlo a intentar con un hacha o contratando a un profesional, por ejemplo, pero ella no contaba con eso, claro, y yo en el fondo tampoco. Además, no hubo ocasión. Muchas cosas empezaron a suceder en junio de aquel mismo año: mi brazo se curó, mi grano-chichón desapareció, Almudena cortó con Borja, de momento, yo crecí tres centímetros en un mes, aprobé el tercer curso de la ESO y mi tío Sebastián vino de África. Llevaba un extraño medallón colgado del cuello.

2

El regreso de mi tío

Hacía mucho tiempo que no veía a mi tío Sebastián. En mi casa apenas se hablaba de él. Solo en casa de mi abuelo, y no demasiado. Sabía que era el hermano mayor de mi padre y que estaba cerca de él cuando murió. El día del accidente era el tío quien debía haber hecho aquel viaje en el que perdió la vida mi padre. En el último momento, Sebastián enfermó con unas fiebres repentinas y fue papá quien cogió la avioneta para ir a Lambarené a recoger los alimentos y las medicinas para los trabajadores de la explotación. Mi madre siempre deseó que el muerto hubiera sido mi tío y no mi padre, y por eso nunca hablaba de él; y cuando lo hacía, casi nunca salía bien parado: que si había sido un mujeriego, que si era un irresponsable, que si era un salvaje...

El caso es que yo crecí aquellos años con la idea de que mi tío era una especie de fiera que vivía en la jungla rodeado de más fieras; alguien parecido a Tarzán, pero sin una Jane que lo dulcificara.

El abuelo y él tampoco tenían muy buenas relaciones. La razón tenía que ver con la forma de llevar los negocios de la familia, algo de lo que yo no entendía entonces ni una palabra. Además, desde que papá había muerto, el abuelo no había querido volver a pisar su bienamada África, que le dio todo y que le quitó lo que más quería. Tampoco Sebastián había vuelto a España desde aquellos desgraciados días. Había demasiados recuerdos en uno y otro lugar que ambos pretendían olvidar, aunque no lo conseguían. El problema era que estaban empezando a olvidarse de sí mismos, de lo que habían sido y eran sus vidas, y de todo aquello que habían vivido juntos. Por eso, y por más cosas, volvió mi tío aquel mes de junio de 1995.

Era mi último día de instituto. Salía por el patio con algunos de mis compañeros y el boletín de las notas. Venían también Borja y Almudena, que ya se habían distanciado bastante a raíz de la desaparición de mi chichón y de mi aumento de estatura en casi cuatro centímetros. Estábamos hablando de nuestros planes para el verano, cuando, de pronto, ante la puerta de la escuela, vi un coche deportivo rojo que llamó mi atención y la de mis amigos.

—¡Guau! ¡Qué cochazo! —dijo Pablo.

—Y rojo, como me gustan a mí —contestó Almudena.

—Rojo es una horterada. Ahora se llevan en gris metalizado —rebuznó Borja para fastidiar, como siempre.

Yo me quedé mudo. Mientras llegábamos a las proximidades del lugar donde estaba aparcado el vehículo, noté que iba subiendo cierto rubor a mis mejillas; me estaba poniendo como un tomate, más o menos del color del coche. Yo había visto aquel bólido antes. Sí. En el garaje del abuelo, igual de reluciente. Era inconfundible. Pese a lo cortado que estaba, sonreí. Iba a poder impresionar a Almu. Alguien de casa del abuelo me había venido a recoger con el descapotable rojo de Sebastián, que no se había vuelto a usar en su ausencia. Pero algo me sobrecogió al acercarnos más. De pie, apoyado de espaldas a la puerta derecha del coche, estaba un hombre bebiendo un botellín de agua. Se volvió súbitamente al oírnos cerca. Aquel hombre me miró, me sonrió, vino hacia mí y me abrazó muy fuerte. ¡Era mi tío Sebastián!

Tenía unos cuarenta años, pero no los aparentaba. Solo su cabellera gris podía delatar su edad. Tenía un cuerpo joven, atlético y musculoso. Su piel, muy morena, estaba curtida por el fuerte sol de los trópicos. Recogía su melena en una coleta, que le daba un aire entre bohemio y juvenil. Sus ojos eran grandes y verdes; en su mirada se mezclaban como en un cóctel tres partes de una especie de alegría infantil, natural en él, y una parte de cierto tipo de tristeza, aprendida a través de algunas duras experiencias que la vida le había ido deparando. Así era mi tío: alegre y lleno de vitalidad casi siempre; solo algunas, muy pocas veces, asomaba a sus ojos un rayo sombrío que le sumía en un lago de tristeza, tan profundo como sus ojos del color del océano.

Mis amigos se quedaron de piedra cuando el misterioso desconocido del flamante coche rojo me abrazó.

—Es mi tío Sebastián —les dije sin dudar, aunque hacía tiempo que no lo veía, y añadí—: Tío, estos son mis amigos, Pablo, Marisa, Eduardo, Almudena y... Borja.

—Hola, chicos —saludó el tío—. Vamos a casa del abuelo, Benjamín. Puedo acercar a uno de vosotros. El coche es pequeño, así que puede subir alguien menudo, que pueda compartir el asiento de delante con Benja.

Miré a mi alrededor. Allí no había nadie menudo. Yo quería que fuese Almu la que nos acompañara, claro; además, era la más delgada de todos, así que rápidamente dije, mientras miraba los ojos codiciosos de Eduardo hacia el coche:

—Almudena vive muy cerca del abuelo, tío. Podemos llevarla. Nos pilla de paso.

Como ninguno de mis amigos sabía dónde vivía mi abuelo, la mentira salió bien. ¡Mi adorada Almudena vivía en la otra punta de Madrid, y gracias al atasco de las siete de la tarde en la M-30, yo podría ir a su lado más de una hora haciendo rozar su camiseta con la mía, su pantalón con el mío! ¡Aquello era lo más parecido a la felicidad que podía imaginar!

En aquel momento adoré a mi tío, que debió de entender mis intenciones al vuelo, y a su coche, del que siempre había pensado que era una horterada colosal. También agradecí que Almudena se fijara más en mí a partir de entonces, aunque solo fuera por obra y gracia del coche rojo. En aquellos días, todavía no habíamos aprendido que la importancia de las personas habita en lo que son, y no en lo que tienen o en lo que aparentan. Mi viaje a África aquel verano me enseñaría eso y mucho más. Almudena tardaría aún bastante tiempo en comprender el verdadero valor de las cosas.

3

El cirujano de mamá y un verano en Santander que no fue

Mamá había conocido a un hombre unos meses antes, en plena primavera, y ya se sabe: la primavera la sangre altera. Había salido con él en varias ocasiones, y un par de veces nos había invitado a cenar a mi madre y a mí. Estaba muy claro que él quería ser amable conmigo. Era un tipo alto y moreno, más o menos de la misma edad que ella, cirujano; estaba divorciado y no tenía hijos. La expresión del rostro de mamá cambiaba cuando Jorge llamaba por teléfono. Sus ojos se estiraban al sonreír, y su cara se iluminaba, como si la encendieran con un interruptor. Los días que salían juntos, mamá se cambiaba de ropa una y otra vez delante del espejo. Preguntaba mi opinión, cosa que no solía hacer normalmente, sobre si estaba mejor con este o con el otro vestido, o tal vez con ese otro traje de chaqueta. A mí me aburría mortalmente su particular desfile de modelos. Yo no entendía nada de moda femenina. Lo único que sabía sobre mujeres era que Almudena me gustaba llevara lo que llevara. Pero mi madre estaba siempre muy preocupada por su aspecto, por ir a la moda, igual que las pesadas de sus amigas, que todavía me retorcían los mofletes cada vez que me veían y me decían: «¡Qué rico, Benjamín, qué dos bollitos tienes como carrillos, dan ganas de darles un mordisco!». Afortunadamente, se contenían en su deseo de morder como serpientes venenosas mi demasiado jugosa y carnosa cara. Se conformaban con pellizcarla y dejar sus dedos marcados, y a veces incluso sus largas y pintadas uñas clavadas en mi piel. ¡Encantadoras, las amigas de mamá, y muy modernas...!

Aquella primavera, y después de haber conocido a Jorge, mamá había comprado un traje de pantalón negro con una camiseta blanca muy escotada que la favorecía mucho; hasta yo me había dado cuenta. Después de la muerte de papá, se había quedado extremadamente delgada; ahora por fin estaba engordando e iba poniéndose incluso guapa, como antes. ¡Hay que ver lo que un cirujano puede hacer con una mujer, incluso sin operarla!, pensaba yo cuando la veía maquillarse cuidadosamente para disimular las primeras arrugas que empezaban a enmarcar las comisuras de sus labios y las esquinas de sus ojos. Mi madre tenía unos ojos de color miel, que la siguen haciendo sumamente atractiva. Su cabello había sido oscuro, pero la tristeza envuelta en un papel de aparente frialdad lo había cubierto de canas. Por eso se teñía cada mes en la peluquería. Cambiaba su color muy a menudo. No acababa de estar satisfecha consigo misma. En aquellos días lo llevaba rojizo, a la moda, y recogido atrás en un moño bajo.

El mismo día que mi tío me vino a buscar al colegio, por la noche mamá estaba nerviosa. Yo lo achaqué a la llegada de Sebastián, al que no soportaba. Pensé que su venida le había sorprendido de un modo desagradable. Me equivocaba.

Mamá tenía algo que decirme y no sabía cómo. Me preparó mi cena favorita: hamburguesas con queso y patatas fritas. A ella no le gustaba que yo comiera aquello, siempre decía que era comida basura, bazofia, y que no era sana, así que solo una vez al mes me permitía ir al McDonald’s con mis amigos. Hacía dos días que habíamos estado allí, y ella lo sabía. Entonces, ¿por qué me hacía hamburguesas esa noche? También había comprado un vídeo con una película que habíamos visto unos meses antes y que a mí me había entusiasmado, y que a ella la había hecho vomitar. Además, me había dejado jugar con el ordenador una hora más de lo habitual. ¿Qué demonios estaba pasando por su cabeza? ¿La había trastornado el cirujano? Algo no funcionaba bien. ¿Se estaba volviendo loca? ¿Se habían colgado nuestras previstas vacaciones en la Manga del Mar Menor? En cualquier caso, sus ojos brillaban de una manera nueva.

—Benja, tengo algo que decirte.

—Sí, mamá. Te noto rara. ¿Qué te pasa? —le pregunté.

Y ella respiró hondo, cogió carrerilla y dijo:

—Jorge me ha pedido que me vaya de vacaciones con él. Solos él y yo, para conocernos mejor. Tiene una casa en Santander y hemos pensado ir allí, y viajar un poco por el norte. Él quiere que nos casemos, pero yo no estoy segura ni de mis sentimientos hacia él, ni de si quiero casarme de nuevo. No sé. Además, si me caso, perdería la pensión de viudedad. No sé. Necesito tiempo, y creo que es bueno que pasemos una temporada juntos, solos, para ver si nos soportamos más de cinco horas seguidas, y para ver si el cambio puede o no merecer la pena. ¿Qué crees tú?

Me quedé con la boca abierta. No esperaba que mamá saliera por ahí. Ella y Jorge. De vacaciones juntos, solos... ¿Y yo? ¿Qué iban a hacer conmigo? ¿Qué iba a ser de mí ese verano? Yo también quería ir a Santander. O a la Manga del Mar Menor, o a donde fuera, pero con mamá. Todo eso pasó por mi mente, claro está, en treinta y siete milésimas de segundo, pero solo dije:

—Pues Jorge parece un buen tipo y tiene dinero. Seguro que, además, te quiere mucho.

Sí, yo estaba seguro de que Jorge la quería y de que también aceptaba mi existencia dentro del mundo de mamá. Pero ¿aceptaba yo, Benjamín, que mi madre trajera a un extraño a nuestra casa? ¿Y qué ocurriría con el recuerdo de mi padre? Ella había intentado deshacerse de él, pero ¿y yo? Yo no, yo quería recuperar la memoria de papá, su recuerdo. Yo no quería a un desconocido de cuarenta años a la hora de desayunar. En todo caso, un desconocido de mi edad con el que jugar con el videojuego, pero un cirujano de casi dos metros, barba y que cortaba tripas, era demasiado para compartir mi colacao con él. Además, ¿y si mamá dejaba de quererme y de protegerme para dedicarse de lleno a Jorge? ¿Y si tenían un hijo y se olvidaban de mí? Confieso que en aquellos segundos tuve miedo de perderla, de otra manera que había perdido a papá, pero de perderla al fin y al cabo. Sentí que caía por un pozo oscuro; caía, caía y no llegaba al final. Yo solo ante los peligros de la vida. Me ahogaba. Me faltaba el aire. Era como si una mano grande y peluda (¿de cirujano tal vez?) me oprimiera el cuello y no me dejara respirar.

Todo eso pasó por mi cabeza esta vez en tres o cuatro segundos. Miré a mamá, que, mientras se retorcía las manos, me miraba con una sonrisa nerviosa y con las cejas levantadas, expectantes, como queriendo meterse dentro de mi cerebro e ir viendo mis ideas, mis pensamientos, a todo color. Afortunadamente, no lo consiguió. Ella tenía esperanzas en esa relación, en ese viaje a Santander, que podría alegrar sus días. Yo lo sabía. Le sonreí en medio de todas mis tribulaciones. Algo me decía que quizás no dejaría de quererme a pesar de todos los Jorges que en su camino pusiera la vida.

—Pues sí, me parece que podéis pasarlo bien, y él... Jorge está bien, parece agradable y me ha dicho Almudena que ha oído comentar a su padre que es muy respetado en el hospital. —Es que el padre de mi chica era compañero del novio de mi madre. ¡También era casualidad!

¡Dios! No sabía cómo decirle que debía tomar las riendas de su vida y que yo tendría una adolescencia feliz si ella respiraba, al menos, un poco de alegría.

Eso lo pienso ahora, pero entonces no sabía cómo convertir en palabras todas aquellas ideas que iban asaltando, entrelazándose, mi pobre cabeza. Así que le aconsejé:

—Sí, mamá, ve con él a Santander. Yo me iré a la finca con los abuelos.

—Entonces, ¿no te importa que pasemos las vacaciones separados? —Me sonrió y me abrazó emocionada. Mientras me abrazaba me dijo al oído, como si alguien nos pudiera oír—: En septiembre tendremos mucho que contarnos el uno al otro.

Lo puse en duda. Sabía que ella podría contarme muchas cosas que nunca me contaría, e intuía que yo no tendría nada que contar. La finca de los abuelos en Zaragoza no era un lugar demasiado divertido. Había muchos árboles, una piscina y una pista de tenis. Pero seguramente no habría nadie disponible para jugar conmigo. Los abuelos estaban ya mayores, y mis primos se iban a Eurodisney y luego a Peñíscola. Me esperaba un verano aburrido. En aquel momento, todavía hoy no sé por qué, me acordé de mi tío Sebastián. Tal vez él se quedara con los abuelos; si era así, podían cambiar las perspectivas.

Mamá vio los cambios en la expresión de mi cara, mientras iba pensando todas aquellas cosas. Debió de adivinar mi pesadilla mental.

—Especialmente, tú tendrás mucho que contarme al final del verano —me espetó con una mirada cómplice y mientras se mordía el labio inferior, en un gesto muy suyo—. He hablado con los abuelos y con tu tío Sebastián.

Cuando nombró a mi tío, su cara se ensombreció, pero no tanto como otras veces.

—Tu tío ha venido unos días para firmar unos papeles con los abogados. Solo estará aquí un par de semanas. Él..., bueno, le he contado mis planes y... quiere que pases el verano con él... En África.

Mis ojos se hicieron dos lunas llenas. ¿En África? ¿Con mi tío? ¿Con Sebastián, al que mi madre odiaba, o al menos eso era lo que yo había creído hasta entonces? Caramba. Debía estar muy enamorada del cirujano, o había perdido la cabeza, si me dejaba ir a África con mi tío, que era como decir: ¡Hala, a la selva con Tarzán! ¡Milagros de la cirugía!, pensé de nuevo.

—¿Me vas a dejar pasar el verano en África con el tío? ¿De verdad?

—Sí, sí, de verdad. Pero prométeme que tendrás mucho cuidado con lo que haces. Hay sitios peligrosos. Nada de montar en la avioneta. Nada de nadar en el lago, que hay pirañas o algo parecido. Además, hay que vacunarte contra el tifus, contra el cólera, tienes que tomar comprimidos contra la malaria, y algo más de lo que no me acuerdo ahora. Bueno, hay que organizar todo en pocos días. A tu abuelo le parece bien. Eres su nieto mayor, y siempre es bueno que visites algunos lugares que son importantes para los negocios de la familia. —Aquí le volvía a salir a mamá la vena materialista, que no podía evitar.

«Y así podré visitar, por fin, los lugares que fueron importantes para mi padre —pensé yo—; allí donde él pasó su juventud, sus mejores años, y allí donde murió, él, que amaba tanto la vida. Así podré reconstruir su recuerdo en mi memoria». Abracé a mamá y ambos lloramos. Se mezclaron lágrimas de emoción ante un futuro que se prometía fascinante para ambos, con lágrimas de tristeza por un pasado que ya nunca volvería, lleno de ilusiones rotas por el tiempo. Pero un pasado que yo iba a recuperar para el mundo de mi imaginación, para el mundo real de los recuerdos vivos, de la memoria viva.

Pasaron los días entre visados, pasaportes, vacunas y cremas contra los mosquitos y el sol. Estaba tan excitado con mi próximo viaje, que casi me olvido aquellos días de Almudena. Iba a pasar casi dos meses sin verla. ¿Cómo iba a soportarlo? Almu veraneaba en Gandía, y habíamos pensado vernos en la playa.

Fui a despedirme de ella y a contarle lo de África. Esperaba que llorara al decirle que no nos veríamos en todo el verano. Confiaba al menos en que se pusiera triste. Pero no pasó ni una cosa ni otra. Solo me alargó su mano y me entregó un papelito con unas letras y unos números escritos. Parecía un misterioso mensaje en clave.

—Es mi dirección de correo electrónico —fue lo único que salió de su boca, nada parecido a las románticas palabras que yo aguardaba—, puedes mandarme mensajes y decirme cómo te va tu aventura en la selva.