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A veces, la realidad da más miedo que cualquier historia de fantasmas. Miguel y Sabina sienten curiosidad por saber qué hay en el bosque prohibido del parque al que suelen llevar a Gustavino a pasear. Los niños han imaginado historias de miedo que explicarían por qué sus padres no les dejan visitarlo. Aun así, intentarán descubrir el misterio a toda costa.
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Seitenzahl: 28
Veröffentlichungsjahr: 2020
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Para la explotación en el aula de este libro,
existe un material con sugerencias didácticas y actividades
que está a disposición del profesorado en nuestra web.
Edición en formato digital: 2020
© Del texto: Ana Alcolea, 2020
© De las ilustraciones: David Guirao, 2020
© De esta edición: Grupo Anaya, S. A., 2020
Juan Ignacio Luca de Tena, 15. 28027 Madrid
www.anayainfantilyjuvenil.com
e-mail: [email protected]
ISBN ebook: 978-84-698-7457-8
Conversión a formato digital: REGA
Está prohibida la reproducción total o parcial de este libro electrónico, su transmisión, su descarga, su descompilación, su tratamiento informático, su almacenamiento o introducción en cualquier sistema de repositorio y recuperación, en cualquier forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, conocido o por inventar, sin el permiso expreso escrito de los titulares del Copyright.
El abrazo de las amapolas
SOPA DE LIBROS
El abrazo de las amapolas
Ana Alcolea
Ilustraciones
de David Guirao
Para Sonia, Carmen y Samuele.
El bosque era un lugar prohibido aunque nadie sabía por qué.
—Mi madre siempre dice que no debemos adentrarnos en él.
—Mi padre también repite lo mismo día tras día.
Al perro Gustavino no le agradaba ni siquiera acercarse a los límites del bosque. Y eso que estaba dentro del parque donde solía hacer sus necesidades por la mañana y por la noche.
El bosque estaba separado del parque por una reja desde la que se veían naranjos llenos de frutas que nadie comía, y jazmines trepadores que no tenían ninguna pared por la que trepar.
Lo llamaban el bosque, pero en realidad no lo era. Solo era un jardín con una puerta a través de la que se podía pasar, pero que ningún niño atravesaba.
—Pues a mí me gustaría ver qué hay dentro —dijo un día Sabina, mientras acompañaba a su amigo Miguel a pasear con Gustavino.
—Y a mí. Además, la puerta está abierta. No puede haber nada peligroso si se puede entrar. Hay mucha gente que va y viene. No sé por qué nuestros padres no quieren que veamos qué hay.
Esta conversación la tenían Sabina y Miguel día tras día. Pasaban junto a la verja, incluso se asomaban a la puerta siempre abierta y se atrevían a mirar a los transeúntes que entraban y salían. No parecía que hubiera nada peligroso allí dentro.
—Pero no sé por qué lo llaman «el bosque» —reconoció una tarde Miguel.
—Yo tampoco. Un bosque es algo que está en el campo. Y esto no está en el campo. Un bosque es un lugar en el que los árboles crecen de manera desordenada. Y esto parece más un jardín botánico.
—Debe de haber muchas flores.
—Tenemos que entrar un día. Total…, no se enterará nadie. Tú y yo no diremos nada —sugirió Sabina—. Y Gustavino tampoco. ¿Verdad que no, perrito guapo?
El galgo asintió con el rabo y se dejó acariciar el hocico. No, claro que él no contaría nada,
pero tampoco tenía ninguna gana de acompañar a los chicos dentro del recinto prohibido. No sabía qué era, pero algo le decía que era mejor permanecer fuera.
A pesar de todo, una tarde, después de salir de la escuela y de recoger a Gustavino en casa, Miguel y Sabina decidieron que un día entrarían en el bosque misterioso.
