Las chicas de la 305 - Ana Alcolea - E-Book

Las chicas de la 305 E-Book

Ana Alcolea

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Premio Fundación Cuatrogatos 2023, y votado por expertos en literatura infantil como uno de los 25 mejores libros del siglo XXI (Revista Babar) En 1968, seis chicas de clase obrera y campesina viven en un internado lejos de casa. Un internado que se convierte en una ventana abierta al mundo, y al viaje social y personal de cada una de ellas. El montaje de una obra teatral de William Shakespeare titulada La tempestad hará el resto. Seis chicas adolescentes conviven en la misma habitación de un internado al que llegan desde diferentes pueblos del país. Es 1968 y el mundo está cambiando. Todas pertenecen a familias pobres, cada una ha salido de su pueblo por razones muy diferentes, son las primeras mujeres de su familia que pueden estudiar, y saben que su única manera de prosperar es aprovechar la oportunidad. A mitad de curso, Angélica, la tutora, les propone montar una obra de teatro: La tempestad, de William Shakespeare. Los caracteres de los personajes y los suyos se fundirán en la interpretación. El ambiente del internado femenino se mezcla, además, con la realidad social y política de la época: últimos años de la dictadura, el mayo francés del 68, los asesinatos en Estados Unidos de Martin Luther King y Robert Kennedy, la guerra de Vietnam, la presencia de los soldados americanos en la base aérea, la presencia de la religión, el deseo de libertad, la definición de la identidad sexual y los primeros amores.

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Seitenzahl: 239

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Índice

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Capítulo 43

Capítulo 44

Capítulo 45

Capítulo 46

Epílogo

Créditos

A todas las chicas que pasaron porla Universidad Laboral de Zaragoza.

A Carmen Alcalde, mi tutora,mi maestra, mi amiga.

1

Hortensia ha decidido no bajar a desayunar. Prefiere hacerlo sola, en su habitación. No le apetece coincidir con desconocidos en el comedor del hotel. Antes le gustaba imaginar las vidas de los demás mientras comía invariablemente pan con salmón ahumado, huevos revueltos, crepes con chocolate caliente por encima y tostadas con queso azul y miel. Todo ello con un capuchino templado. Mientras se lo llevaba a la boca, observaba a la pareja de orientales de la mesa de al lado (siempre hay una pareja de orientales en cualquier hotel a la hora del desayuno), y pensaba, por sus miradas aún tímidas, que estaban de viaje de novios recorriendo Europa: un día en cada país, jornadas agotadoras, y un hondo y profundo aburrimiento. Otras veces su atención se centraba en los grupos de pensionistas del Imserso que desayunaban como si no hubiera un mañana y como si quisieran compensar el hambre que habían pasado durante su infancia de posguerra y necesidad. De vez en cuando se fijaba en los hombres trajeados que desayunaban delante del ordenador para creerse que todos sus esfuerzos, todas sus horas robadas al sueño, y un trabajo que consistía en intentar vender lavadoras en las islas Caimán o en Groenlandia, valían la pena.

Pero hoy no tiene ninguna gana de compartir su tiempo ni su espacio de desayuno con nadie más que con ella misma. Ha vuelto a la ciudad en la que vivió dos años, después de más de cuatro décadas sin regresar. Nunca entonces durmió en ningún hotel y se le hace muy raro asomarse por la ventana y ver la calle en la que paraba el autobús que la llevaba al centro desde el internado donde vivía. Anoche le dieron una habitación en el tercer piso. Cuando el recepcionista le entregó la llave y vio el número, sonrió. También su habitación del internado estaba en el tercer piso, y también era la 305. Solo que entonces no estaba sola. Compartía el cuarto con cinco chicas más a las que va a ver hoy después de décadas. Seis literas, seis sillas, seis taquillas y una mesa. Las duchas y los baños en el pasillo, a la entrada y al fondo. Turnos organizados para la ducha una o dos veces por semana, carreras por las mañanas para usar el váter antes de bajar al comedor.

Alguien golpea la puerta. Es la camarera que le trae la bandeja del desayuno.

—Buenos días. ¿Ha dormido bien?

—No. Apenas he dormido.

—Vaya, lo siento. Espero que disfrute del desayuno y de la estancia en la ciudad.

Hortensia da una rápida ojeada a la bandeja.

—Seguro que disfruto del desayuno. Muchas gracias.

Cierra la puerta tras la camarera y se sienta en el sillón. Piensa que cuando una no baja al comedor, su desayuno sale perdiendo. Dos aburridos bollitos, dos minúsculas tarrinas de mermelada, una de fresa, la otra de melocotón, mantequilla. Dos tostadas, un plato de jamón cocido y otro de queso. Unas uvas negras, un zumo de naranja natural y una taza con un capuchino doble.

A Hortensia le gusta desayunar mucho. Es su manera de empezar bien el día. Tranquila, con el móvil apagado. Sin televisión. Sin radio. Sin nada del mundo exterior que entre dentro de ella. Solo la comida. Y el capuchino, esa taza caliente que mezcla lo amargo del café con la aparente amabilidad de la crema de leche. Antes se ponía azúcar. Ahora no. Hace años que prefiere tomar las amarguras como vienen, sin endulzarlas más de lo debido. Así en las tazas como en la vida.

2

Después de desayunar mira el teléfono. Treinta y dos wasaps del grupo del internado. Todos repiten la misma cantinela: las ganas que tienen de volverse a encontrar, las historias que se van a contar para ponerse al día, lo mucho que han pensado las unas en las otras durante todos estos años, que la una le puso a su hija el mismo nombre que su compañera de la litera de arriba, que la otra siguió escuchando durante años el mismo disco con la canción que una de ellas cantaba una y otra vez, y que va a ser maravilloso volverse a ver.

—Pamplinas —piensa Hortensia en voz alta, mientras deja el móvil sobre la cama, antes de entrar en el cuarto de baño a lavarse los dientes y a maquillarse—. Hay que ver todas las mentiras que se pueden escribir en una conversación de wasap con total impunidad.

Se lava los dientes durante varios minutos como le enseñó su padre, y abre el neceser. Saca la crema de día de La Prairie, que le ha costado una fortuna. La dependienta de la perfumería le ha asegurado que es la mejor para corregir las arrugas, las manchas que le han salido en las comisuras de los labios y las patas de gallo. Nunca había comprado una crema tan cara, ni siquiera cuando estuvo en China y compró una que llevaba polvos de oro.

Se aplica la crema delante del espejo. Luego el maquillaje, la misma base de Lancôme que lleva usando desde hace milenios. Después la sombra gris en los párpados y por fin la máscara de pestañas.

«Antes la llamábamos “rimmel”, así, con dos emes. Alargábamos la “m” y nos parecía que éramos tan francesas como la revolución», piensa.

Contempla el resultado en el espejo. No está tan mal para la edad que tiene, piensa. Espera que a las demás se les note el paso del tiempo más que a ella. Lo espera y lo desea. Nunca fue la más guapa del grupo, más bien todo lo contrario. Vivió parte de su adolescencia escondida tras unas gafas de pasta marrón con los cristales de culo de vaso. Y siempre llevaba el flequillo a mordiscos y trasquilones en el resto del pelo, que le cortaba su madre cada vez que volvía a casa en las vacaciones. El tiempo moldeó su cuerpo, las peluqueras hicieron bien su trabajo, y un cirujano le quitó de un soplo las doce dioptrías que convertían todo lo que miraba en un cuadro impresionista: imágenes sin contornos, y las luces de las farolas y de las lámparas desparramadas en el aire como huevos rotos en una sartén.

Pero aquella chica de las gafas feas ya no está en ninguna parte, ni siquiera al otro lado del espejo en el que se mira por primera vez.

Vuelve a la habitación para sacar el lápiz de labios del bolso. Es nuevo, de Chanel, lo compró el día anterior en la misma perfumería en la que le vendieron la crema cara, cerca de la estación. Regresa ante el espejo para pintarse los labios. Le gusta lo que ve. Es un color amable, nada agresivo, de los que provocan un efecto carnoso. No le gustan los rojos fuertes, ni los rosas nacarados. Mira el número, el 174. Nunca se acuerda de los números de los colores de los carmines. Tampoco de los nombres. De este sabe que se acordará. Se llama Rouge Angélique.

Angélique, Angélica.

Ella.

3

Angélica había llegado a la Universidad Laboral para trabajar de tutora en el internado. No era aquel su primer trabajo. Había ejercido de maestra en una escuela de niñas durante dos años. Antes de hacerse maestra, había trabajado en la fábrica de conservas, enfrente de la bahía, como la mayoría de las jóvenes de su pueblo. Llovía la mayoría de los días y el aire estaba casi siempre gris. O negro. Sobre todo, cuando salía aquel humo asqueroso y maloliente de la fábrica de harina de pescado que había al lado de su casa. Un humo que cubría con un polvo plomizo todo lo que alcanzaba: los paraguas, las sábanas tendidas, el pelo y los pulmones.

Muchas mañanas solo oía la lluvia, las sirenas de los barcos que entraban en el puerto, el ruido de sus albarcas de madera sobre el pavimento y las olas del mar. A veces, cuando iba con tiempo y no llovía, se paraba unos minutos a contemplar la luz lejana del amanecer sobre los montes. Sabía que al otro lado de las marismas había otro mundo, pero no sabía si podría alcanzarlo algún día. Le habían enseñado pronto que era la propia vida, regida siempre por la voluntad de Dios, la que trazaba los caminos de las personas. Especialmente de las mujeres como ella, pobres y marcadas por haber tenido un padre muerto en la guerra en el bando equivocado.

Cuando llegaba a la fábrica, la esperaba siempre la misma rutina. La bata azul encima de la ropa, el gorro, y la inspección de las manos por parte de la encargada. Las uñas sin pintar y sin restos de comida, ni de cera de las orejas, ni de nada que pudiera ir a parar a las anchoas que tenían que limpiar, una a una. Primero quitarles las cabezas, luego las tripas y la espina central. Luego había que sobar la piel para que no quedara ni una escama antes de meterlas en salmuera, donde estarían varias semanas antes de pasar a las latas. Unas latas que viajarían por todo el país para acabar en las tiendas de ultramarinos regentadas por señores que vestían una bata gris, tan gris como el cielo que aplastaba cada mañana los pocos deseos de Angélica. Y como el olor a pescado que no podía quitarse en todo el día, en toda la semana, por mucho que lo intentara. El olor de las anchoas penetraba por las manos, y se extendía por todo su cuerpo. Le dolían los dedos por la humedad constante: todas las horas que estaba en la fábrica tenía las manos mojadas. Ella y todas las demás. El agua, siempre fría, provocaba que la piel se amoratara y que a los dedos les costara moverse con la agilidad que necesitaban para limpiar las anchoas.

—Algún día me iré de aquí y no volveré —le dijo un lunes a una de sus compañeras, una mujer de la edad de su madre.

—Eso decimos todas a tus años.

—Pero yo lo haré.

—Tú harás igual que las demás: te casarás, tendrás hijos y volverás a la fábrica cuando tus hijos tengan la edad que tienes tú ahora, trabajen, se casen y te hagan abuela. Y así será sucesivamente mientras la tierra siga girando. Porque dicen que la tierra gira. Yo no lo sé, pero si lo dicen, así será —afirmaba la mujer en voz baja, para que no la oyeran las demás, y para que la encargada no la riñera.

A la encargada no le gustaba que las mujeres se distrajeran en conversaciones impertinentes. Especialmente Angélica y su compañera Lucrecia; aunque el padre de Angélica había caído antes de que ella naciera, toda su familia estaba teñida con la pátina del pecaminoso republicanismo. Al marido de Lucrecia le habían dado el paseo porque su barco había ayudado a tres anarquistas a huir a Francia, y a ella le habían rapado el pelo al acabar la guerra.

No obstante, aquello no fue obstáculo para que un día la encargada llamara aparte a la joven.

—El amo quiere hablar contigo.

—¿El amo?

—Sí.

—¿Y para qué?

—Eso no lo sé.

—No he hecho nada malo.

—Ve a su oficina y ya te dirá él lo que sea. Yo no sé nada.

Angélica nunca había estado en la oficina del jefe. Tampoco sabía si debía quitarse el gorro y la bata para estar ante él, que siempre iba vestido pulcramente con corbata, zapatos relucientes y camisas recién planchadas por las criadas de su casa.

Llamó con los nudillos y entró tras la orden del hombre.

4

El despacho era como debían de ser los oasis de los que hablaban las novelas que leía la muchacha de vez en cuando. Un rincón lleno de grandes libros encuadernados en piel. Las paredes cubiertas de antiguos carteles de publicidad de las conservas y de viejas fotos.

El jefe se levantó de su asiento para evitar invitarla a sentarse. No quería que el olor que emanaba de la chica impregnara ninguna de las sillas. En realidad, pensó que habría sido mejor haberla citado en la puerta y no haberle pedido que entrara, pero ya no había remedio, así que fue al grano.

—Te preguntarás por qué te he pedido que vinieras.

—Sí, señor.

—La Sección Femenina está buscando chicas listas para que se conviertan en maestras y eduquen bien a nuestras niñas. Conocí a tu padre antes de la guerra.

—Sí, señor. Mi madre me recuerda cada día lo generoso que es usted al tenerme aquí en la fábrica.

—Sé que eres una chica lista. Como tu padre. Aunque luego se equivocara dramáticamente.

Angélica no contestó. Solo bajó la mirada a la punta de los zapatos del señor, de charol brillante, tan diferente a las albarcas mojadas de ella, cuya humedad enfriaba sus pies casi tanto como hacía el agua con sus manos.

—Creo que podrías ser una buena maestra.

—¿Y dejar la fábrica?

—En la fábrica puede trabajar cualquier chica del pueblo. Pero no todas pueden ejercer la noble tarea del magisterio. Mañana a las tres de la tarde pasará un coche a recogerte a la puerta de tu casa. Te llevará a un colegio de Santander donde estudiarás lo que te manden. Lleva una maleta con ropa y con tus enseres.

—Pero, mi madre, yo…, no sé…

—Ya está todo hablado con tu madre. Le parece bien mi propuesta. Enséñame tus manos, niña.

Angélica extendió sus manos, que el hombre tocó levemente.

—Y piensa que no volverás a tener las manos frías, ni los pies mojados, ni tu piel volverá a oler a pescado.

La chica sintió vergüenza al pensar en su olor, un olor que casi nunca notaba, pero que sabía que estaba ahí, agazapado en cada poro, en cada uno de sus cabellos, en las uñas de las manos y hasta en las de los pies. Pensó que incluso su corazón debía estar impregnado del olor de aquellos peces plateados, que la miraban desde sus ojos redondos, abiertos, muertos, brillantes y sanguíneos cada vez que separaba sus cabezas del resto.

—Cuando termines hoy, la encargada te dará la paga que te corresponde. Y ahora ya puedes marcharte.

Al acercarse de nuevo a la puerta vio una de las fotos antiguas. Mostraba a una mujer muy elegante y a un hombre muy alto junto a un avión en la bahía. En la foto de abajo aparecía la misma pareja con más gente, entre ellos el hombre que tenía a su lado.

—Lindberg y su esposa.

—¿Lindberg, el aviador? ¿El primero que cruzó el Atlántico solo con un avión? ¿Aquí?

—Claro. ¿No te lo ha contado nunca tu madre?

—No.

—Amerizó de emergencia en la bahía porque se encontró con un banco de niebla mientras volaba desde Suiza a Lisboa. Durmió en mi casa. Tu padre no aparece en la fotografía, pero también estuvo presente. Fue en 1933, tres años antes de que empezara la guerra.

—Mamá dice que a mi padre le gustaban más los aviones que los barcos.

—Pero Dios quiso que muriera en el mar.

—Sí —afirma en voz muy baja Angélica, que sabe que el barco de su padre fue torpedeado por uno de los buques más importantes de la armada rebelde, el «Canarias».

—Era un buen hombre. Testarudo, pero buen hombre.

—Sí. Gracias, señor.

—Serás una buena maestra.

Ella no estaba tan segura. Los niños le parecían seres necesarios para que la humanidad siguiera existiendo; pero si no fuera por ese detalle, Angélica pensaba que serían completamente prescindibles. Seres pequeños que se dedicaban a comer, dormir y gritar. Y que cuando crecían un poco tiraban piedras, insultaban y molestaban a los ancianos con sus maldades. Hasta que por fin se convertían en personas, eran monstruos en absoluto interesantes, como animales con los que no se podía hablar, ni pasear por el monte, ni caminar junto a la orilla. Todo eso pensaba Angélica de los niños, aunque no se atrevía a compartir con nadie sus apreciaciones. Mucho menos con el dueño de la fábrica, que le brindaba por fin la oportunidad de salir de su pueblo y de cruzar los puentes al otro lado de las marismas.

Angélica salió de aquel despacho para no volver a poner sus pies en él.

5

Una de las últimas alumnas de la 305 que llegó al internado fue Manolita.

Había viajado durante todo el día en dos autobuses hasta que llegó a Zaragoza. Primero uno desde Roncal hasta Pamplona, y luego otro desde Pamplona a Zaragoza. Y por fin, una furgoneta que la dejó en la entrada de aquel recinto cerrado que iba a ser su residencia durante varios años.

Su madre le había metido en el bolsillo el rosario de pétalos de rosa que le había regalado cuando era joven uno de los curas que frecuentaban el pueblo en verano. Lo había traído desde Roma y tenía la efigie del papa Pío XII, aquel hombre huesudo y de gesto grave que no había conseguido despertar las simpatías de casi nadie. La madre de Manolita tenía varios rosarios y no le importó deshacerse de uno de ellos para que acompañara a su hija en el viaje que la alejaba de ella. Esperaba que aquel objeto bendecido por el mismísimo Pío XII la mantuviera dentro de todos los preceptos cristianos que le había enseñado.

—Y no olvides rezar el rosario cada tarde. Y el ángelus a mediodía.

—Madre, a mediodía a lo mejor tenemos clase y no puedo rezar.

—A mediodía, pararán las clases para rezar el ángelus, como Dios manda. Así es aquí en el pueblo y en todo el mundo en el que no reina el paganismo ni la herejía.

—Sí, madre.

—Y en el autobús reza. Así no te pasará nada. Y no le des conversación a nadie. Solo a Nuestro Señor Jesucristo y a la Virgen María.

Y la madre de Manolita se santiguaba cada vez que pronunciaba los nombres sagrados.

—En la tartera llevas comida para todo el día. Y en la cantimplora, agua. Y en esta botellita —le alargó una ampolla de plástico que reproducía la imagen de la Virgen de Lourdes— llevas agua bendita.

—¿Y para qué sirve el agua bendita, madre?

A punto estuvo de darle un bofetón a su hija al oírle pronunciar unas palabras que consideraba blasfemas.

—El agua bendita sirve para protegerte de todo mal y para alejarte de las tentaciones del demonio —le dijo lo más contenida que pudo—. No sé si es bueno que te vayas del pueblo a ese lugar a donde vas.

—Voy a estudiar, madre.

—Ya. Yo no he estudiado tanto y ni falta que me ha hecho. Y, además, tantas chicas juntas… A saber de dónde vienen. No todas serán de una familia cristiana como Dios manda, como nosotros. Seguro que hay alguna que se va de su pueblo para esconder algo. O para alejarse de padres que no tienen ni un crucifijo en casa y que no le han enseñado ni el avemaría ni la salve.

—¿Hay casas en las que no hay crucifijos, madre?

—Claro. En las casas de los rojos no hay crucifijos.

—Pero padre dice que ya no hay rojos.

—Padre no siempre tiene razón.

—Usted dice que los hombres siempre tienen razón.

—Si no fuera por mí, tu padre ardería en el infierno. Mira, ya viene el autobús.

A la madre de Manolita le vino muy bien ver el vehículo para cambiar de tema.

—Ten mucho cuidado. No hables con nadie. Pásate el viaje rezando el rosario.

—Pero el viaje es largo. Lo acabaré enseguida.

—Pues lo repites una y otra vez hasta que llegues. Cuanto más reces, mejor para ti y para las almas del purgatorio, que siempre se alegran de que alguien rece por ellas. Con cada rosario que les ofreces, sale un alma del purgatorio y va al paraíso.

—¿Y eso cómo lo sabe usted, madre?

—Porque es la verdad, hija mía. Y la verdad no tiene más que un camino.

En ese momento, el conductor abrió la puerta del autobús. Cogió la maleta de la chica y la colocó en la red, encima del tercer asiento. Solo viajaba una pareja de ancianos que iban a Pamplona para pasar el otoño y el invierno con los hijos, y dos monjas que habían estado en el valle para acompañar al padre de una de ellas en sus últimos días antes de ingresar en la lista de almas del purgatorio a las que los rezos de Manolita tenían que salvar.

6

Marilines se lo estuvo pensando tanto que casi pierde la beca que le había concedido el montepío de los ganaderos de la provincia de Ourense. No quería irse del pueblo porque era la mayor de cinco hermanos y sabía la falta que hacían sus manos en la casa. Pero dio en enamorarse del hijo menor de la casa grande y ambos planearon cómo podían seguir su amor lejos de sus familias.

Y es que lo suyo podía convertirse en una réplica de Romeo y Julieta, pero en Amoeiro en vez de en Verona: el padre del chico era miembro activo de la Falange y el padre de ella había salvado el pellejo al cambiarse de bando cuando las cosas vinieron peor de lo previsto en el campo de batalla. Cuando acabó la guerra, volvió al pueblo y nadie le preguntó en qué bando había luchado, aunque todo el mundo lo señalaba cuando pasaba a su lado. Él había vuelto con sus vacas, sus quesos, y se había casado con una moza tan callada y tan taciturna como él. Con ella había tenido cuatro hijos, igual de callados y de taciturnos, y a Marilines, que no paraba de hablar y que siempre tenía la sonrisa puesta.

—No sé a quién ha salido esta niña —decían en el pueblo—. No se parece ni a su padre ni a su madre.

—A saber con quién se juntará su madre cuando va a la ciudad a bordar para las señoritas.

Y no, la madre de Marilines no se había juntado con nadie. La chica había heredado el gesto y el carácter risueño de uno de sus bisabuelos, al que todos en la aldea llamaban «el Buenos días» porque siempre saludaba con esa fórmula a todo aquel que se encontrara, bien fuera en la taberna, en el campo, o mientras acarreaba comida para conservar en uno de los hórreos de la plaza. Pero el hombre había muerto poco después de las bodas del rey don Alfonso con la inglesa, y de él ya no se acordaba ni San Marcos, que es el santo patrón de Amoeiro, ni la señora Cira, que era la meiga oficial del concejo y de la que decían que tenía más años que Matusalén.

El caso fue que Marilines y Carmelo decidieron organizar una fuga en condiciones, de manera que nadie sospechara: ella solicitó la beca que la maestra les propuso a las niñas más listas para ir a estudiar a un ente recién fundado por el régimen, y él se inscribió en la Academia General Militar. Y como tanto la Universidad Laboral como la Academia estaban en la misma lejana ciudad, se podrían ver cuando les diera la gana. O al menos eso era lo que creían ellos.

—¿Cómo que a Infantería? —le preguntó el padre al muchacho cuando le contó sus intenciones—. De eso nada, te irás a la Marina como tu tío Ambrosio.

—Que no, padre, que a mí me da mucha aprensión el mar. No puedo ir a la Marina.

—Pero si yo ya me había hecho ilusiones de tener un hijo almirante —protestó su madre—. Con lo guapo que estarías con un uniforme como el que llevaste en la Primera Comunión.

—Ese uniforme está muy bien para comulgar, madre, pero no para servir a la patria —replicó el joven, que detestó su traje de comunión desde el momento que se lo presentaron, todo reluciente, y lleno de flecos y de cordones dorados—. Además, que no. Que no quiero pasarme días, semanas, meses enteros en un barco en medio del mar. Que no sé nadar.

—Pues ya aprenderás.

—Que tengo hidrofobia. Me dan sudores solo de pensarlo, padre.

—¿Hidroqué? —preguntó la madre.

—Hidrofobia, que el niño dice que le tiene miedo al mar en particular y al agua en general, como si fuera una niñita. Habrase visto. ¡Que te dan sudores! Un hijo de tu padre no le tiene miedo a nada. Si yo hubiera tenido miedo en la guerra, no estarías ahora en esta casa. Ni siquiera existirían ya estas paredes, que habrían sido devoradas por el fuego de los herejes. —Las paredes eran de la vieja casa familiar de su mujer, pero hacía tiempo que había olvidado ese detalle—. Si no hubiera tenido la mano firme, no habríais nacido ni tú ni tus hermanos. ¡Miedo! El niño tiene miedo. ¡Por las barbas de san Marcos y de todos los santos!

—Baltasar, no blasfemes —le pidió su mujer mientras se persignaba.

—Tu hijo es el que me hace blasfemar.

—También es hijo tuyo.

—Ya empiezo a dudar de mi paternidad sobre este vástago desagradecido.

Doña Petrita tuvo que controlarse para no contestarle a su marido con ninguna barbaridad.

—Padre, que en la Academia de Infantería es donde ha estudiado el príncipe Juan Carlos, el que dicen que se convertirá en rey.

—¡Dios no quiera semejante desatino!

—Pero, padre, cuando se muera Franco alguien tendrá que coger el mando.

—Franco nunca morirá. Franco es inmortal. Así que no empieces tú con esas tonterías de que volveremos a tener un rey. No ha habido un rey bueno en este país jamás.

—Don Alfonso, el de la película, fue muy bueno. ¡Y bien guapo que era! —intervino de nuevo la madre con un suspiro.

—Al de la película le pusieron la cara de Vicente Parra para que todas las mujeres tontas como tú empezaran a tener simpatía por la monarquía que nos quieren imponer —dijo el padre—. Don Alfonso era un mujeriego, y lo de su amor por su prima María de las Mercedes, una sarta de mentiras.

—¿Y tú qué sabrás, Baltasar?

—Más que tú.

La mujer volvió a morderse la lengua para no contestar. Estaba tan acostumbrada a callar ante las afirmaciones de su marido que no le costaba ningún trabajo. Sabía que él gritaba más que ella, y que en ese tipo de duelo tenía las de perder. Pero conocía bien los talones de Aquiles de don Baltasar.

—Pues al rey lo quiere colocar tu idolatrado don Francisco —replicó el chico, aun a riesgo de ganarse un bofetón.

—Bueno, bueno. Aún quedan muchos años para eso. ¡Tú, a la Marina! Y no se hable más. He dicho mi última palabra.

—Deja al chico que se vaya a Infantería, Baltasar —le pidió la madre a su marido entre sollozos.

Y si había algo en el mundo que don Baltasar no podía soportar era ver llorar a su mujer. Sobre todo, si las lágrimas iban acompañadas de hipidos cortos y continuos como las corcheas de un tango. El hombre había pasado su infancia en Buenos Aires, y las lágrimas sonoras le recordaban a los tangos que cantaban los rufianes que iban del brazo de baratas meretrices en el barrio donde él limpiaba los zapatos de los clientes más distinguidos.

Las lágrimas de doña Petrita eran un salvoconducto seguro para aquello que la dama de la casa grande se propusiera.

Así que Carmelo se fue a Infantería. Y Marilines dejó el pueblo un mes y tres días después para estudiar en la misma ciudad que su enamorado, a cuatro kilómetros y medio en línea recta, pero a un hemisferio de distancia en línea real.

7

Sofía había llegado al internado desde un pueblo del interior de Alicante. Un pueblo rodeado de tierras secas, con un castillo de la Orden de Calatrava en lo alto de una colina, unos cuantos naranjos y tres palmeras.