El secreto del espejo - Ana Alcolea - E-Book

El secreto del espejo E-Book

Ana Alcolea

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Beschreibung

Siglo I d.C.: Yilda huye de una muerte segura a manos de los druidas a los que ha servido como esclava desde que murieron sus familiares, siendo ella muy niña. De esos crueles sabios aprendió a curar heridas, a sanar enfermedades y a relacionarse con la naturaleza de forma muy especial. Todo esto le será de gran ayuda cuando se tope con unos soldados romanos que la llevarán ante el tribuno Claudio Pompeyo. El hombre se encuentra muy enfermo a causa de la picadura de una abeja, pero Yilda conseguirá salvarlo de una muerte segura. Como agradecimiento, le ofrecerán llevarla a Roma para que comparta su sabiduría con los médicos del imperio y ella aceptará, pues nada la une ya a su tierra natal. En la actualidad, cerca de Zaragoza se han encontrado los restos de una villa romana y los padres de Carlos son los escogidos para investigar en sus misterios. El más intrigante de todos es el hallazgo de un espejo con una inscripción celta en su mango. Mientras, Carlos y Elena, que habían continuado con su relación, deben replantearse su futuro juntos, ya que la chica tiene la oportunidad de continuar su formación de bailarina en una prestigiosa compañía holandesa y aceptarla significaría pasar mucho tiempo sin verse.

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Seitenzahl: 341

Veröffentlichungsjahr: 2016

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Índice

El secreto del espejo

Créditos

A la memoria de mi padre.

Corría entre los árboles. Sabía que no podía parar si quería salvar la vida. Su pecho subía y bajaba al ritmo de su respiración, que se iba haciendo cada vez más rápida y sonora. Yilda nunca había escuchado el sonido del aire cuando entraba y salía mecánicamente de su cuerpo. Pero ahora lo oía y le arañaba las entrañas. Nunca había sentido tanto miedo ni tanta necesidad de salir de un lugar. Miraba de vez en cuando hacia atrás para ver si sus perseguidores le seguían el rastro. Tropezó con una liana que se le enredó en el pie derecho. Se cayó y se quedó tendida unos segundos. Los latidos de su corazón no le dejaban percibir los sonidos del bosque. Hacía rato que había anochecido y solo la luz del astro plateado iluminaba su camino. La luna, a la que se encomendaba cada noche al acostarse. La diosa, que a veces estaba y a veces no. La luz protectora, que a veces se escondía cuando más la necesitaba, pero que esta vez guiaba sus pasos. Los suyos y los de sus perseguidores. Abrió la bolsa de cuero en la que había metido sus cosas, y comprobó que no se le había perdido nada. Allí estaba el viejo collar de conchas que le había hecho su abuela cuando era pequeña, el espejo en el que un día había descubierto su propio rostro, un saquito con algunas de las hierbas medicinales que ayudaba a recoger durante su cautiverio, varios frascos con piedras que había aprendido a utilizar para curar los males y el puñal que había cogido del baúl de uno de sus perseguidores. Respiró lo más profundamente que pudo, miró de nuevo hacia atrás. Se quedó quieta e intentó escuchar pasos en la oscuridad. Nada. Tal vez los había conseguido esquivar. No obstante, siguió corriendo. Era lo que debía hacer. Correr. Correr. Correr hasta llegar a algún sitio donde nadie la conociera. Donde nadie supiera quién era. Correr hasta un lugar donde pudiera sentirse segura. Si es que existía ese lugar. Yilda corría y lloraba al mismo tiempo. Parte de su energía se escapaba por sus lágrimas, pero no podía dejar de llorar. Se sentía tan sola que no imaginaba que alguien se pudiera sentir más sola que ella. Más triste que ella. Más desesperada que ella.

Las ramas secas caídas de los árboles crujían bajo sus pies. Las tiras de cuero de sus sandalias empezaban a clavársele en los empeines y en los dedos. Uno de ellos le había empezado a sangrar. Le dolía, pero no se podía detener para curarse. Debía aprovechar la noche para alejarse lo más posible de la gruta en la que había vivido durante años, y de la que había conseguido escapar para huir de la muerte segura que la aguardaba al día siguiente. La luna era su aliada, como había sido siempre, pero también iluminaba a los hombres que la perseguían. Cerró los ojos y recordó cada minuto del día anterior. Recordó el rostro reflejado en el espejo y la voz que le había pedido que huyera. Recordó lo que había escuchado desde el otro lado de la puerta que nunca debía abrir. Yilda había oído solo unas cuantas palabras. Pero a veces unas pocas palabras pueden decir muchas cosas. Y las palabras «sacrificio», «luna», «Yilda» «conocimientos secretos», «debe morir», «mañana», lo significaban todo. Significaban la muerte. La suya. Entrar en el camino oscuro que conduce a la nada.

Abrió los ojos y comprobó que la senda que creaba su menudo cuerpo en el bosque era un camino oscuro que debía de parecerse al de la muerte. Este pensamiento hizo que su corazón volviera a palpitar más y más deprisa, y que su respiración se fuera ahogando entre las grietas que el aire le provocaba en la boca y en los pulmones. Le pareció que la luna se acercaba hasta ella, y que el suelo se alejaba más y más de sus pies. Sus ojos se cerraron y cayó entre la hojarasca, que la acogió y la cubrió como si arropara a un recién nacido. Soñó que un rayo de plata iluminaba los árboles que había a su derecha y que todo lo demás quedaba oscurecido por las sombras. Soñó que los hombres de la cueva pasaban a su lado y no la veían. Soñó que tenía sed y que alguien que llevaba ropas azules le daba de beber. Soñó que tenía hambre y que alguien le daba de comer. Soñó que las nubes tapaban la luna y que empezaba a llover. Soñó con voces que se alejaban más y más. Voces que decían: «la hemos perdido para siempre», «el bosque la ha engullido», «nunca podrá salir de aquí», «nuestros saberes secretos están a salvo». Soñó que ella sonreía al escuchar esas palabras porque seguía viva, escondida y protegida por las hojas del bosque y por la luna, que se había marchado para que ninguna luz nocturna delatara su presencia.

Cuando despertó, su vestido y su manto estaban húmedos. Había llovido. Se levantó y vio que la noche estaba a punto de desaparecer. Un resplandor en el cielo cubierto de nubes le decía que el sol se acercaba y con él, el día. Debía darse prisa para encontrar un escondite en el que refugiarse durante las horas de luz. Y también tenía que hallar comida y agua. La lluvia había creado varios charcos. Se agachó y bebió un agua que tenía el sabor de la tierra. Reconoció dos plantas cuyas raíces se podían comer. De los hombres de la cueva había aprendido mucho. Demasiado, según ellos, tanto que la querían matar por esa razón. Había aprendido a conocer las propiedades de las hierbas que crecen en el bosque. Sabía cuáles se podían comer y cuáles eran venenosas. También sabía cuáles podían curar e incluso las que podían enamorar. Se quitó la sandalia derecha y vio que la herida del dedo le sangraba. Cogió una hoja alargada de un arbusto y rodeó el dedo con ella. Se colocó la sandalia de nuevo, miró a su alrededor. No había nadie. Volvió a mirar al cielo. La luz empezaba a alumbrar las copas de los árboles. Tenía que encontrar un refugio, pero ¿dónde? El bosque era un laberinto sin caminos. No llevaba a ningún lado. Al menos ella no sabía dónde estaba la salida, si es que había una salida. Llevaba más de siete años en lo más recóndito de la floresta, y los hombres sabios apenas la dejaban salir de la cueva para ayudarles a recoger las plantas y los animales con los que investigaban. Las pocas veces que había salido era de día, pero ahora la noche lo escondía casi todo. Tenía apenas siete años cuando la llevaron allí desde su aldea. Y las noches en las que la luna se asomaba desde el balcón del cielo, hablaba con su madre, a la que imaginaba sentada junto a la diosa celeste, vigilando sus sueños. Era entonces cuando Yilda se daba cuenta de que aún tenía la capacidad de sonreír. Aunque su sonrisa no la viera nadie.

Ni siquiera la diosa.

Carlos saboreaba muy despacio el helado de frutas rojas del bosque. Observaba a Elena, que estaba en la mesa de al lado y que le sonreía cada vez que sus miradas se encontraban. A Carlos le gustaba pensar que respiraban el mismo oxígeno y que los iluminaban las mismas lámparas. Y que Elena comía el helado con la misma parsimonia que él. A Carlos le habría gustado estar sentado en la misma mesa que ella, pero el protocolo era el protocolo, le había dicho su madre. Él era el nieto del novio y tenía que estar en la mesa presidencial, con su abuelo, con sus tíos, con sus primos, con su madre y con Paquita.

Paquita era la novia. Una señora de setenta y cuatro años a la que su abuelo Nicolás había conocido en Benidorm unos meses antes. Habían decidido casarse y habían celebrado una boda con tarta, flores y tarjetas blancas de ribete dorado. Y con helado de frutas del bosque, que era el favorito de Paquita. Habían invitado a todos los amigos de los contrayentes que aún estaban vivos, que solo eran tres por cada lado. Y a la familia más cercana de ambos, que eran siete. Y a varios vecinos y a algún amigo de los hijos y de los nietos, para que la fiesta no quedara deslucida. Como Elena y sus padres, a los que Carlos había insistido en invitar a pesar de que a Marga, su madre, no le apetecía que hubiera como testigos de aquella boda personas a las que apenas conocía. Gente, según Marga, que sale en las fotos, que luego deja de formar parte del círculo familiar, y a quienes tienes que ver todos los días con un perifollo en el pelo o con una corbata imposible e invariablemente con una sonrisa artificial y absurda lanzada a la cámara de un fotógrafo, que es otro desconocido y que además te ha cobrado un dineral. Por eso Marga le había solicitado a su hijo que Elena se colocara para las fotografías en una esquina. No le había dicho el porqué, pero lo había hecho para poder recortarla a mano o con el Photoshop. Así no se notarían mucho los retoques que, estaba segura, tendría que hacer más pronto que tarde. Porque aunque a Marga le caía muy bien Elena, estaba convencida de que Carlos y ella no durarían mucho juntos.

Elena sacó un espejito del bolso y se miró los labios, en los que quedaba un rastro blanco de helado y del merengue que lo rodeaba. Se quitó los restos, sacó la barra de brillo y a Carlos le pareció que su boca emitía un fulgor más iluminador que las lámparas halógenas del techo. Y más luminoso que todas las estrellas que salpicaban la bóveda celeste. La de verdad y la de su habitación, que tenía decorada con estrellas de papel fluorescente, y que miraba cada noche antes de cerrar los ojos y de pensar en Elena. Afortunadamente, ella no podía leerle sus pensamientos, le habría considerado un cursi.

Paquita, la novia, se acercó a Carlos y le dio un beso en la frente y le pellizcó el moflete derecho. Carlos odiaba que le dieran besos en la frente y que le pellizcaran los mofletes. No obstante, le sonrió a Paquita, que se acababa de casar con su abuelo Nicolás y que era una señora amable a la que le gustaban las artes marciales, especialmente el judo, como a él.

—A partir de ahora me podrás llamar abuela.

A Carlos le sorprendió la frase y no contestó. Se limitó a sonreír y a meterse en la boca otra cucharada de helado. Marga estaba a su lado y no dijo nada. Apuñaló con su cuchara la bola helada y roja, y sintió el frío con sabor a frambuesa en las muelas. Pensó que debería ir al dentista pero no dijo nada. No era el momento de hablar del dentista. Ni de que Paquita le sugiriera a su hijo que la llamara abuela.

—Y nada me haría más feliz que el hecho de que tú, querida Marga, me llamaras mamá.

Marga notó que el frío del helado le atravesaba las muelas y le llegaba hasta el rincón del cerebro en el que se alojaban los recuerdos que guardaba de su propia madre.

—Me temo que eso no va a ser posible. No te ofendas, querida Paquita, pero ya tuve una madre. Y esa palabra no la voy a usar con nadie más. Y Carlos nunca ha llamado «abuela» a nadie, así que creo que tampoco va a empezar ahora.

Los ojos de Paquita se humedecieron ligeramente. Nunca había tenido hijos y había pensado que su boda le aportaría el cariño de una hija. Sin duda se había equivocado.

—Bueno, no pasa nada —mintió, porque sí que pasaba algo.

Pasaba que tenía ganas de ir al cuarto de baño y de echarse a llorar. Pero tampoco era cuestión de hacerlo; más que nada porque no quería contarle a Nicolás su metedura de pata, y porque se le iba a estropear el maquillaje por el que había pagado ciento veinte euros en una peluquería del centro. Se conformó con volver a sentarse en su sitio y terminarse el helado, que ya se había derretido.

Marga no dijo nada más al respecto. Oyó el sonido de un wasap. Sacó discretamente el teléfono del bolso y lo miró. Era Federico, su exmarido, que le preguntaba por la boda. Contestó con un escueto «Bien» y guardó el móvil donde estaba. Carlos le dedicó una mirada recriminatoria y un gesto de boca torcida con el que quería decir: «Mamá, me has dicho que no mire el móvil mientras estamos en la mesa, y vas tú y lo sacas».

—Era tu padre —se justificó Marga.

—¿Y qué dice?

—Pregunta por la boda.

—¿Y qué le has dicho?

—Que bien.

—¿A esto le llamas tú «bien»?

Carlos señaló con la cabeza a su abuelo y a Paquita, que se acababan de levantar y se encaminaban al centro del salón. A él la pareja de los recién casados le parecía patética, pero en ningún momento se había atrevido a decir nada al respecto. Tenía muy claro que las decisiones de su abuelo no eran cosa suya. Nunca había asistido a la boda de personas de esa edad y le parecía raro. Al principio, Carlos se había mostrado reticente ante la noticia del matrimonio. Estaba acostumbrado a tener a su abuelo para él. Lo compartía con sus primos, pero ellos vivían en Barcelona y no los veía mucho. A partir de la entrada en su vida de Paquita, las cosas habían empezado a ser diferentes, y don Nicolás ya no estaba siempre que se le requería. Elena le había dicho que su abuelo tenía derecho a rehacer su vida con Paquita, a vivir sus últimos años con alguien que le hiciera más o menos feliz, y que llenara sus horas vacías. Hasta entonces, Carlos no se había planteado que la soledad de los ancianos tiene muchos ratos en los que no pasa nada. Como él estaba siempre ocupado, estudiando, entrenando, saliendo con sus amigos, o con Elena, no se podía imaginar que el tiempo terminaba transformándolo todo. También las actividades, los intereses, los sentimientos, y la propia percepción de las horas.

Paquita y Nicolás acababan de tomar posición de manos, cinturas y cabezas para emprender el vals, que empezaba a sonar. Las luces se atenuaron, las voces de los invitados se callaron, y todos aplaudieron a los novios.

—Sé que estás pensando que tu abuelo y Paquita forman una pareja peculiar. No lo digas —le ordenó su madre.

—Yo no he abierto la boca. Pero, hablando de parejas peculiares, me parece, mamá, que tú no tienes mucho que decir. —Ante la mirada furibunda de su madre, Carlos se encogió de hombros, y señaló a los bailarines con la cabeza.

—¿Por qué no bailáis Elena y tú? —le preguntó Marga a Carlos.

—¿Bailar? No, no, mamá. Yo no he bailado nunca.

Elena se levantó y se acercó a la mesa. Era bailarina y en cuanto sonaban dos compases, su cuerpo se ponía en tensión, sus pies se colocaban de puntillas y sus manos se estiraban.

—¿Te apetece bailar, Carlos?

—Sí, claro. Por supuesto. —Ante la respuesta de su hijo, Marga abrió la boca y enarcó las cejas, pero no dijo nada—. Pero no sé cómo hacerlo.

—Solo tienes que dejarte llevar. Por la música y por mí.

Marga tuvo que contenerse para no echarse a reír. Su teléfono volvió a sonar, esta vez con una llamada. De nuevo era Federico. Le dijo que la echaba de menos y que llegaría a la ciudad cuatro días después. Que lo habían vuelto a contratar en el museo para trabajar sobre los hallazgos arqueológicos de una villa romana a las afueras, así que de nuevo serían compañeros. Eso significaba que volvería a tenerlo cerca, lo que la sacaba de quicio porque Federico era un culo de mal asiento y descolocaba y descentraba su vida más de lo que ella deseaba. La parte positiva era que así Carlos tenía cerca a su padre, y eso siempre estaba bien.

—¿Vas a trabajar en los objetos de la villa romana? Yo también. Me lo comunicó ayer la directora.

—¡Estupendo! —exclamó Federico al otro lado del teléfono—. Parece que han aparecido un par de cosas que no deberían estar allí.

—¿Qué quieres decir?

—Pues lo que he dicho. Que entre los restos de la villa hay un par de objetos que no acaban de corresponder con la época de los demás, según parece. Habrá que investigar. Formamos un buen equipo, Marga.

—Vale. Te veo cuando vengas. Ahora tengo que dejarte. Apenas te oigo. Papá y Paquita están bailando un vals. Y Carlos baila con Elena. Solo faltamos tú y yo.

—Nunca te ha gustado bailar —le contestó Federico.

—Es que tú nunca has sabido bailar conmigo. No eres muy musical. Siempre has tenido orejas en vez de oído.

—Gracias por tu amable comentario.

—Es la verdad. Y ahora basta. Nos vemos.

Marga colgó el teléfono, apoyó los codos en la mesa y observó a los bailarines. El contraste de las dos parejas le hizo pensar en lo cruel que es el tiempo. Los movimientos gráciles y estilizados de Elena provocaban que Carlos se deslizara por la pista con cierta gracia. Una ligereza que contrastaba con la lentitud y pesadez de los pasos de su padre y de Paquita. El pelo negro de Carlos, la cabeza blanca de su abuelo. Las arrugas pintadas de Paquita, la cara lavada de Elena. El rojo desigual de los labios de la novia, el brillo de la sonrisa de Elena. Y ella, Marga, sola, sentada en la mesa de unos novios que le provocaban un nudo en el estómago, a pesar de que ella había animado a su padre a casarse con aquella viuda que había conocido en un viaje del Imserso en Benidorm. Aquella viuda, Paquita, que le había sugerido minutos antes que la llamara «mamá». No. Hacía años que no usaba esa palabra y no pensaba volver a hacerlo. Nunca.

Al día siguiente era domingo y Carlos se quedó remoloneando en la cama un buen rato después de despertarse. Le había mandado un par de wasaps a Elena pero no estaba conectada todavía. Cogió un libro y se puso a leer. Le gustaba leer un ratito antes de dormirse y antes de levantarse. Le parecía que así veía el despertar del día a través de los ojos de los personajes. Así, le parecía que todo, incluida su vida y las de los demás, era más relativo y menos trascendental.

Marga se levantó temprano y con dolor de cabeza después de la boda de su padre con Paquita. Comprobó que su hijo aún seguía en su habitación y entró en el cuarto de baño. Se miró en el espejo. Acercó su cara para ver mejor las arrugas que estaba segura le habrían salido durante la cena en el restaurante. Debajo de los ojos, unas líneas de expresión bordeaban las pestañas inferiores. Estaba segura de que el día anterior por la mañana no estaban allí, y de que se las habían provocado los comentarios de Paquita. Pensó que tenía que comprar uno de esos espejos que hay en los probadores de El Corte Inglés, en los que ni salen michelines ni arrugas. Se acordó del espejo de uno de los últimos hoteles en los que había estado en A Coruña. En él se veía más joven y más guapa que en ningún otro espejo de los que había probado. De hecho, le había preguntado al recepcionista que dónde lo habían comprado, pero el chico no tenía ni idea, y Marga se había quedado con las ganas de despegar el espejo de la pared y de llevárselo a su casa.

Sacó un CD y lo puso bajito en el aparato de música de la cocina mientras se preparaba el desayuno. Cerró la puerta para no despertar a Carlos. Cerró los ojos mientras escuchaba una canción que decía «you are the world for me» y pensó en que le habría gustado que algún día Federico le hubiera dicho algo parecido aunque no fuera verdad. También pensó que no estaría mal que el guapo tenor alemán que cantaba tan bien se lo dijera directamente a ella al oído, en lugar de decírselo a través de micrófonos, de altavoces y de un sistema magnético que no entendía.

—Cuánto has madrugado, mamá.

—Buenos días, Carlitos. ¿Te he despertado?

—No, mamá, ya llevo un rato despierto, pero no me llames Carlitos. Que ya soy mayor.

—Todos tenemos una edad. Algunos demasiada.

—¿Lo dices por la boda del abuelo?

—No. Lo digo por mí misma. Es como si de repente me viera vieja —le confesó Marga a su hijo, en una frase que nunca había pensado que pronunciaría ante él.

—Estás muy guapa y muy joven, mamá. —Carlos le dio un beso en la mejilla a su madre, que sonrió levemente y le removió el pelo hasta dejarlo completamente desordenado—. Eso dice Elena.

—Ya —respondió lacónica Marga, que se sentía en medio de la nada, entre Paquita y Elena—. ¿Lo pasasteis bien bailando el vals?

—Fue genial, sí. No me imaginaba yo que fuera capaz de bailar. Era fácil con ella, me iba llevando todo el tiempo con los brazos y con los pies.

—Yo creo que te llevaba con los ojos, porque no dejabais de miraros mientras bailabais. Elena es muy maja.

—Sí —contestó Carlos, que no quería hablar con su madre sobre Elena. Si seguían con la conversación, acabaría preguntándole si ya se habían besado y esas cosas, y Carlos no tenía ninguna intención de hablar de eso con su madre.

Abrió la nevera y sacó dos naranjas y el bote de mermelada. Exprimió la fruta. Cortó dos rebanadas de pan, en una se puso aceite y miel, y en la otra una cucharada de mermelada de melocotón con ciruela. Justo igual que había hecho su madre. Llenó la taza de leche fresca y se bebió la mitad de un trago, como hacía desde que era pequeño.

—Ayer llamó tu padre mientras bailabas con Elena.

—¿Y qué dijo? —preguntó el muchacho mientras masticaba un trozo de pan.

—No hables mientras comes. Mira que te lo tengo dicho.

—¿Que qué dijo papá? ¿Va a venir pronto?

—Esta semana —afirmó Marga con una sonrisa de oreja a oreja, que correspondía a la alegría que su hijo se iba a llevar con la noticia mucho más que a la suya propia.

—¡Bien!

—Vamos a trabajar juntos de nuevo en una investigación. Una villa romana a las afueras de la ciudad. Parece que han aparecido un montón de objetos interesantes, algunos de ellos un tanto extraños.

—¿Cómo que «extraños»?

—No lo sé exactamente. Eso fue lo que dijo tu padre. Cosas que no deberían estar donde han aparecido. Supongo que mañana sabré algo más. O al menos espero que mi jefa me lo cuente antes de que llegue tu padre de Italia.

—Me mandó un wasap ayer desde Sicilia, desde ese sitio en el que hay mosaicos romanos con chicas en biquini.

—Desde Piazza Armerina, sí. Pero no son exactamente chicas en biquini.

—Pues lo parecen. Mira la foto que me mandó.

Efectivamente, en la foto, tres jóvenes muchachas vestidas con lo que parecía un biquini estaban representadas en un mosaico que tenía más de dos mil años.

—¿Así que te manda esas fotos en vez de otras más, digamos, más interesantes culturalmente?

—A mí estas me parecen muy interesantes culturalmente, mamá. Demuestran que el biquini no se inventó en los años sesenta para tomar el sol en las playas del Mediterráneo, sino que ya los romanos, mejor dicho, las romanas, los utilizaban.

—Tu padre lleva una semana revisando unas restauraciones —explicó Marga mientras se servía un té e intentaba desviar el tema acerca de las chicas en dos piezas de los viejos mosaicos—. ¿Y qué te decía? Tu padre suele ser muy breve en sus mensajes.

—Decía que nos íbamos a ver muy pronto, y que traería limones de Sicilia.

—¿Limones? —Marga enarcó las cejas, sorprendida.

—Sí, eso dijo. No sé más. Supongo que los traerá en la maleta.

—Limones —repitió Marga a la vez que se sentaba para beberse el té—. En la maleta. Desde Sicilia.

Carlos se fue al baño y Marga se quedó sola en la cocina, pensando en por qué se había enamorado diecisiete años atrás de un hombre que se dedicaba a buscar estatuillas en el desierto, a mandarle a su hijo fotos de chicas en paños menores, aunque tuvieran dos mil años, y a traer limones sicilianos en las maletas.

Yilda oyó que los lobos aullaban al sol que se asomaba entre los árboles. Siempre le habían dado miedo los lobos. En la aldea se decía que se llevaban a los niños recién nacidos, que les chupaban toda la sangre y que los devolvían blancos y fríos a sus padres. Cuando su abuela le contaba aquellas cosas, a Yilda le daban unos escalofríos que solo desaparecían cuando se metía en la cama y conseguía dormirse y soñar con la madre a quien no conoció porque había muerto al nacer ella.

La necesidad de encontrar un escondrijo antes de que el día alumbrara el bosque la hizo emprender la marcha. Los aullidos rebotaban en los troncos y Yilda se sentía rodeaba por aquellos animales de emponzoñados colmillos. Respiró profundamente y empezó a correr de nuevo. Al cabo de unos minutos se topó con un árbol gigantesco. No era como los robles que adoraban los druidas. Nunca había visto nada parecido. Estaba lleno de lianas y de ramas que penetraban en el interior de la tierra, creando una red a su alrededor. Yilda se asomó a uno de los varios recovecos en que parecía dividirse el tronco y vio que había sitio suficiente para ella. Cortó con el puñal una de las lianas y bebió el agua que se había acumulado dentro. Allí podría pasar el día y tendría agua para sobrevivir y coger fuerzas. Miró a su alrededor y comprobó con una gran sonrisa que crecían castaños que habían tirado sus frutos al suelo. Yilda recogió todas las castañas que pudo, las metió en la bolsa en la que guardaba sus enseres, y se introdujo en el árbol gigante. Al principio le picaba todo el cuerpo. Había arañas, moscas aletargadas y un par de salamandras que pasaban la noche refugiadas allí dentro. A Yilda no le gustaban nada ni las arañas ni las moscas ni las salamandras, pero pensó que eran mejores compañeros que los hombres que querían sacrificarla, y que no dudarían en hacerlo si la encontraban. Así que se arrebujó lo más que pudo, se tapó con hojas y con lianas y decidió que si quería sobrevivir tenía que dormir algunas horas. Comprobó que no había nadie cerca y que nadie podría verla a no ser que se acercara al hueco en el que estaba. Cerró los ojos y apretó el mango del puñal con los dedos. Si alguien se aproximaba hasta ella, no dudaría en clavarle el cuchillo en el corazón.

Yilda se quedó dormida enseguida. La oscuridad que reinaba dentro del tronco engañaba a su cerebro y le hacía creer que todavía era de noche. Cuando vivía en la cueva con los hombres sabios, solo algunos días tenía derecho a mirar fuera de la entrada. Era cuando la luna iluminaba el piélago infinito de las tinieblas. Entonces, los hombres le imploraban a la diosa por sus saberes, por el bien de las gentes de las aldeas, y le pedían que destruyera a los invasores que habían venido desde más allá del mar, desde la poderosa Roma, a conquistarlos y a llevárselos como esclavos para construir sus calzadas y sus murallas en el continente. Cuando Yilda los oía hablar de los enemigos, deseaba con todas sus fuerzas que entraran en la cueva y la sacaran de allí. Al fin y al cabo, ella era una esclava dentro de su propia tierra. Si se la llevaban lejos, al menos vería algo más que una cueva y un bosque. Podría mirarse alguna vez en el espejo y que el espejo le devolviera la imagen de un rostro limpio y de unos ojos alegres.

La despertó el sonido de voces y de cascos de caballos. El corazón de Yilda empezó a palpitar tan fuerte que temió que su sonido pudiera alertar a los dueños de aquellas voces. Se quedó inmóvil y no se atrevió a asomarse entre las hojas. Oyó pasos que se acercaban a su escondite y pensó que estaba perdida. De pronto se dio cuenta de algo: aquellos hombres no hablaban su mismo idioma, al menos no el idioma de los sabios de las cuevas. Era una lengua que entendía bastante bien pero que no era la suya. El sonido de sus pasos tampoco era el que había escuchado cada día desde hacía siete años. No. No eran sus perseguidores. Debían de ser aquellos hombres uniformados que habían conquistado las tierras en las que había nacido toda su familia desde generaciones. Aquellos que venían desde el otro lado del mar. Aquellos romanos de los que sabía lo que contaban los hombres con los que había convivido en el corazón del bosque. Que llevaban corazas de metal y armas poderosas. Que tenían muchos dioses y que no adoraban especialmente ni a la luna ni al sol, sino que tenían un dios para la guerra, otro para las cosechas, otro para dar mensajes, otro para el amor, otro para el trueno, otro para las artes… Cuando Yilda los oía hablar de aquello, le parecía divertido lo de tener un dios para cada cosa. Pensaba que así se les podría estar pidiendo favores a todas horas. Pues todas las horas estaban ocupadas con algo que debía interesar a unos o a otros. Sí, aquellas voces debían corresponder a romanos. ¿Pero qué hacían allí dentro, en el bosque? ¿Qué o a quién buscarían? No a ella, cuya existencia desconocían. Yilda reflexionó acerca de salir de su escondrijo y pedirles que la llevaran hasta su aldea. O mejor aún, hasta alguna de las grandes ciudades que, según decían los druidas, habían fundado en el continente. Pero súbitamente el miedo regresó a su piel. No. Eran hombres y tal vez no fueran tan diferentes de aquellos de los que huía. Se quedó quieta conteniendo el sonido de su respiración para no alertarlos de su presencia dentro del árbol. Oyó el sonido de un chorro como de agua que cayó cerca de donde estaba, y enseguida unos pasos que se alejaban junto a voces y risas.

Solo algunos pájaros habían regresado de pasar el invierno en las tierras cálidas del sur. Sus cantos despertaban a Yilda y la devolvían de nuevo al mundo real, del que salía de vez en cuando vencida por el agotamiento de la noche anterior.

El sol fue abandonando la tierra, y el bosque volvió a oscurecerse. Solo entonces Yilda salió del agujero del árbol. Tenía los huesos entumecidos por la posición en la que había pasado casi doce horas, y le dolía el cuello. Lo movió y lo masajeó con la hoja de un arbusto. Recogió más hojas, semillas de enebro y arándanos que crecían alrededor del gran árbol, y emprendió la marcha. Tenía toda la noche para llegar a algún sitio. Lo único que sabía era que debía caminar hacia el lugar desde el que salía el sol. Si no se nublaba, las estrellas le indicarían el camino y llegaría hasta la aldea de la que había salido siete años atrás y a la que muchas veces había pensado que nunca regresaría.

El domingo por la tarde, Carlos quedó con Elena en el centro comercial. A ninguno de los dos les entusiasmaba el lugar, pero habían decidido verse allí porque solo en una de sus salas de cine ponían la película que ambos querían ver.

Era un complejo enorme en el que había tiendas enormes, restaurantes enormes, un lago casi enorme y farolas enormes. Todo era grande y lleno de luces de colores que intentaban poner color en la vida del noventa y nueve por ciento de los que iban hasta allí en un autobús o en su coche. Un color de luces de neón que desaparecía en cuanto volvían a la oscuridad de sus casas y de sus vidas. Cientos de vehículos y de gente que iba a comprar, a pasar la tarde viendo ropas, tornillos, lámparas y flores de tela que nunca iban a necesitar. Parejas que remaban en las barcas del lago artificial para imaginarse que estaban en un lago de verdad con su gran amor de verdad. Eso pensaba Marga cada vez que iba hasta allí para comprar los arenques suecos en salsa de mostaza que solo se vendían en IKEA, que era una de las tiendas enormes que habían salido como setas en el parque comercial. Un parque que habían hecho donde hubo pinares años atrás. Un centro que se hacía llamar Puerto Venecia, y que ni tenía puerto ni tenía Venecia. Lo más veneciano de la zona era que a varios centenares de metros pasaba un canal. Y que en el lago artificial había barcas. Ni siquiera góndolas, barcas.

Carlos y Elena querían ver la segunda parte de Los Vengadores, una de esas películas que a Marga le parecían una estupidez y un dispendio económico inmoral. Por más que lo había intentado, no había conseguido que su hijo las aborreciera como ella. Y resultaba que a Elena, que era exquisita, bailarina y delicada como una flor, también le gustaban.

Marga le dio a Carlos dinero para el cine y para cenar una pizza en alguno de los horribles restaurantes de franquicias que había en el Puerto. Ella se quedó en su casa, tumbada en el sofá, viendo una mala comedia americana que ponían en la televisión, y que lo único que tenía a su favor con respecto a Los Vengadores era que la podía ver en su casa, que a los productores les había costado muy pocos dólares, y a ella solo unos céntimos en el recibo de la electricidad.

Estaba medio dormida cuando sonó el teléfono. Era su padre que le decía que él y Paquita iban a hacerle una visita. De nada sirvieron las excusas que Marga le puso: «Estoy cansada, estaba durmiendo, Carlos no está, vosotros tenéis que preparar la maleta para la luna de miel, tengo que leer unos artículos para el trabajo…». Don Nicolás le dijo que tenían una sorpresa para ella y que llegarían dentro de una media hora. Le preguntó si tenía cápsulas de café «Fortissio Lungo». Ella dijo que no, y entonces su padre le contestó que no se preocupara, que ellos las llevarían.

Marga se quedó perpleja. Su padre nunca había sido inoportuno, y si alguna vez llamaba y ella le decía que tenía trabajo, él la respetaba y no se presentaba. Pero por lo que se veía, la bendición apostólica a su unión con Paquita estaba cambiando algunas cosas, y esa parecía ser una de ellas. Se levantó del sofá y se fue al baño a refrescarse la cara. Volvió a mirarse en el espejo. Las arrugas seguían allí, e intuía que le iban a salir más y más conforme Paquita se fuera haciendo más y más presente en su vida. Sacó la máscara de pestañas y se puso. También se aplicó un poco de sombra en los párpados y una ligera capa de maquillaje. Se pasó el cepillo por el pelo y suspiró. Enseguida sonó el timbre de la puerta.

—Hola, papá. ¡Qué buen aspecto tienes! Hola, Paquita, ¿qué tal?

—Hola, hija. No puedo decir lo mismo de ti. Tienes ojeras.

—Ya te he dicho que estaba cansada. Me había quedado dormida un rato en el sofá. Esta semana voy a tener mucho trabajo.

Paquita llevaba una cesta de la que salió un maullido.

—¿Y eso qué es? —preguntó Marga cuando vio asomar algo con pelo y con lengua.

—Es Hermione. Mi gatita. No podemos dejarla sola durante el viaje de novios. Y hemos pensado traértela para que la cuides. Además —añadió la mujer—, te hará compañía. Carlos se va haciendo mayor y estás muy sola. De hecho, creo que estaría bien que te compraras una gatita. Hace mucha compañía.

Marga tragó saliva y se mordió la lengua para no decir lo que estaba pensando. ¿Que ella estaba sola? ¿Que necesitaba la compañía de un gato? Odiaba a los felinos. Los únicos que soportaba eran los representados en bronce o en piedra, esculpidos o tallados tres mil o cuatro mil años antes. Pero un gato de verdad, y en su casa, no. ¿Pero qué se había creído aquella señora?

—Ni estoy sola ni quiero un gato.

—Vamos, hija. De momento, nos haces el favor de quedarte con ella estos días. Si ves que te gusta, te regalaremos una.

—De hecho, Hermione tiene una hermanita que vive con un sobrino mío, y que estaría encantada de cambiar de amo. Te la podrías quedar sin ningún problema. También es de raza persa como esta. Pero seguro que mi sobrino te la dejaba barata.

—No puedo creer que esté escuchando todo esto. Paquita, eres muy amable, pero yo no. Así que te agradezco tus preocupaciones hacia mi «solitaria» persona, pero olvídate de que quiera tener un gato.

—Una gata —corrigió Paquita.

—Me da igual gato que gata.

—No es igual, no es igual —apostillo la anciana—. Bueno, ¿nos va a dar café? Te va a salir barato. Aquí están las cápsulas.

Paquita sacó las cápsulas de la misma cesta en la que seguía Hermione. Marga las cogió, las lavó y las introdujo en la máquina del café. Solo dos. Ella tomaba té. Puso todo en una bandeja y volvió al salón. En su sofá estaban Paquita y su padre dándose un beso, y sobre la butaca, encima de su manta, se había acomodado Hermione. Marga respiró hondo.

—De eso nada. Fuera de ahí ahora mismo. Si se tiene que quedar la gata, lo hará en la terraza. Aquí dentro ni hablar. Ni dentro ni fuera —rectificó—. Papá, cómo se te ha ocurrido. Sabes que odio a los gatos. Que no me gustan.

—Bueno, solo será unos días, mientras estemos de viaje.

—Casi dos semanas, papá. Dos semanas en las que tengo mucho trabajo. No me puedo ocupar de un bicho.

—No la llames bicho, que es muy sensible —dijo Paquita, a la que Marga lanzó una mirada furibunda, que su padre le recriminó con otra mirada aún más furibunda.

—Además, va a venir Federico pasado mañana.

—¡Acabáramos! El botarate de mi yerno vuelve a casa. Él da mucha más guerra que esta linda gatita.

—Eso no es asunto tuyo. Y ahora, tomaos el café y llevaos a este animal de mi casa, por favor.

—No tenemos otro sitio donde llevarlo.

—¿Y ese sobrino que tiene otra gata?

—Vive en Valladolid —contestó Paquita con una sonrisa de oreja a oreja—. Vino a la boda, pero ya se ha vuelto a su casa.

—Además, Carlos está de acuerdo —intervino don Nicolás—. Él la cuidará.

—¡Qué! ¿Carlos lo sabe?

—Le acabo de mandar un wasap y le ha parecido una idea estupenda.

—Maldigo a todos los wasaps y a quienes los inventaron —exclamó Marga, y con ello dio por finalizada la conversación.

Mientras, Carlos y Elena veían la película en el cine del centro comercial. Se cogían de la mano y, de vez en cuando, Elena acercaba su cara a la de él para que este le pusiera un beso en la mejilla. En la boca no. A Carlos no le gustaba besarla en la oscuridad del cine, le parecía que aquellos eran besos casi robados, clandestinos, y él no quería eso. No quería que Elena pensara que le estaba robando un beso. Quería darle todos los del mundo, lo que se habían hecho y los que estaban por hacer, pero no en la oscuridad de una sala ajena y llena de gente a la que no se veía pero que se sabía que estaba ahí mismo, en las butacas contiguas, a menos de diez centímetros de distancia. Elena pensaba igual que él. Cuando terminó la película, se quedaron unos segundos quietos en sus asientos, ya con la luz encendida. Fue entonces cuando Elena le dio el primer beso de la tarde.

—Eh, chicos, que tenemos que salir. Dejad los arrumacos para más tarde —les espetó una señora repeinada con americana de cuadritos que parecía haberse equivocado de película porque se había quedado dormida a pesar del ruido de la banda sonora y de los efectos especiales.

Los muchachos se levantaron y la dejaron pasar. La mujer le dio un pisotón a Carlos a propósito, pero él pensó que había sido fortuito. No cabía en su cabeza que una señora que debía de tener la edad de Paquita tuviera tan malas intenciones.

—Por cierto, cuando he ido al baño antes de que empezara la película, he visto que mi abuelo me había mandado un wasap. Ya tienen todo preparado para ir primero a Mallorca y luego a Italia. Podrían ir a visitar a tu abuela. Sería divertido.

—Pues no lo creo —dijo Elena.

—¿Por qué dices eso? —preguntó extrañado Carlos.

—Porque tu abuelo y mi abuela no tienen nada que ver. No tienen por qué conocerse.

—Bueno, al fin y al cabo, sus nietos son novios. No tendría nada de malo —comentó el chico.

—Dejémoslo. ¿Está contento tu abuelo con la boda? ¿Ya tiene las maletas listas?

—Las maletas no sé. Lo que sí han preparado es al gato.

—¿Al gato? ¿Qué gato? —preguntó Elena enarcando las cejas, muy sorprendida—. No me habías dicho que tu abuelo tuviera un gato. Me dan alergia, ¿sabes? Me salen manchas rojas en la piel si me toca un gato.

—¡No fastidies! Nos lo van a traer a mi casa mientras están de luna de miel. Bueno, en realidad, no es un gato, es una gata. Y es de Paquita.

—Me da igual. La alergia no distingue entre machos y hembras. No podré ir a tu casa en esos días. De verdad, me pongo malísima. —El tono con el que Elena pronunció las frases le extrañó a Carlos. Elena no solía ser tan tajante.

—Pues vaya. Ya le había escrito a mi abuelo para decirle que me parecía bien. No tenían a nadie más con quien dejar a la gata. No se la pueden llevar en el avión.

Elena pensó que la podían tirar por el agujero del váter de la aeronave. Sus experiencias con gatos eran tan malas que no tenía ninguna simpatía por los bichos de esa especie, así que la imagen de la gatita arrojada desde nueve mil pies y ahogándose en el mar le pareció agradable. Afortunadamente, Carlos tampoco podía leer los pensamientos de la chica. Se quedó callado unos instantes y movió la cabeza de un lado a otro. Elena iba a su casa dos tardes por semana para estudiar y preparar juntos proyectos del instituto. Tendría que pensar algo para que la presencia del felino no desbaratara sus planes. Ni la presencia del felino ni la de su padre.