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Estos Chanchullos de Nicanor Parra son un collage de fragmentos de múltiples entrevistas que el poeta ha concedido a los largo de los años. En ellos, Parra se muestra renuente a la confesión biográfica y sentimental, aunque logra un despliegue móvil y brillante de temas, intensidades y contradicciones. Estas páginas juntan sus declaraciones literarias, comentarios culturales y políticos y muestran una vitalidad dispersa en torno a la poesía, el habla colectiva y sus relaciones sociales. La figura pública que Nicanor Parra ha construido –como su poesía–, seduce al lector por las complicidades de sus expresiones orales, aunque también por el silencio y las máscaras, por momentos perturbantes de su fragmentación. Parra es un experto en el arte de utilizar de frases ya hechas, cortarlas y pegarlas. En estas páginas se utiliza este mismo procedimiento para intentar relevar los intersticios de la figura oficial de Nicanor Parra, ese personaje celebrado por la medianía del periodismo y la complacencia de las instituciones. Un Parra oral, un Parra fragmentado, un Parra crítico exhibe este volumen; un escritor complejo tensado por asuntos literarios, culturales, políticos y sexuales. Chanchullos es, quizá, el mejor contra-homenaje que se pudo hacer a su obra.
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Seitenzahl: 82
Veröffentlichungsjahr: 2014
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Extractos de entrevistas de Nicanor Parra
Selección, montaje, prólogo y notas: Lucas Costa
Chanchullos.
Parra antes de Las Cruces
© Lucas Costa, por la selección, prólogo y montaje.
© Alquimia Ediciones 2014.
Colección: Umbrales de memoria.
Dirección colección: Guido Arroyo González.
Diseño y diagramación: Estudio Navaja.
Nunca he logrado entender del todo a Parra (si acaso algo hay que entender cuando leemos poesía). Mejor dicho: nunca he logrado cifrar bien qué es la antipoesía, ese primer estadio de su obra. Obviamente hubo excepciones. Recuerdo el entusiasmo con que, en la adolescencia, repasábamos sus hits en una edición tapa dura de Obra gruesa, sacada de la biblioteca del colegio, la que terminamos destruyendo de tanto manipular. En ese tiempo un gran amigo, obsesionado con el delirio tipo Syd Barret, escribió algunos versos de Preguntas a la hora del té en la pared de su cama, con una letra que recordaba a la tipografía del art noveau (con un trazo más siútico que bizarro). De esa irreverencia hiperventilada ya queda poco, pero todavía permanece el cuestionamiento: ¿cómo separar las aguas entre lo que queda afuera y lo que queda dentro de la antipoesía? ¿Ir contra la solemnidad desde lo más prosaico o lo cotidiano o no tener un declive sublime, eso la hace algo “único”? Nunca hablamos de qué nos decían esos textos, toda esa parafernalia que reservábamos como propia. Ahora que lo pienso, puede emparentarse con el afán de la ruptura; con la intencionalidad; con la ridiculez que nos enrostra. Lectores y circunstancias fuimos –somos– develados. No obstante, nunca me cuajó esa imposibilidad de tra car un contenido, donde el texto sirve sólo para enrostrarte la estupidez. Y esto corre también para su autor, que es fruto de ese mismo procedimiento (ese gran armatoste).
Hay una parte en estos fragmentos, donde Parra a rma su supuesta claridad, ese clásico afán universalista, el del poeta popular que todos pueden entender. Me pegunto: ¿en la calle, quién entiende a Parra? Es obvio que lo conocen, pero ¿lo habrán leído? Parafraseando a Enrique Lihn –quien le saca en cara de manera certera esa pretensión–, Parra no es un poeta ni de la claridad ni de lo popular, sino alguien a quien le interesa el realismo. Así, a secas. Es por ello que su dicción parece como si fuera claro. Pero no lo es: necesitamos de un buen arsenal para desentrañar los pliegues de las liaciones con que opera. De ahí que él mismo cite a autores de la losofía, del psicoanálisis, de la ciencia moderna, de la crítica cultural, de la supuesta posmodernidad, para poder hablar desde su trinchera. O bien, no necesitamos echar mano a nada. Porque Parra (el supuesto de carne y huesos) es duro de roer. Este autor- cción está más cerca del viejo zorro o del patrón de fundo, una especie un huaso que tira palabras con efecto, a la manera de trompos. Y ellas vuelven intactas a sus manos. Y uno se pregunta: ¿Qué pasa cuando las palabras vienen con ese efecto?
Hace mucho tiempo, Clara Sandoval (la madre de la familia Parra) ya la tenía clara. Conocía ese efecto: uno no se puede ar de lo que dice Nicanor. El modus operandi es el que ya conocemos, el clásico hablar medio en serio y medio en broma para hacer al interlocutor pisar el palito, hundirse en el fango. Quizá lo que más aclara esta actitud son aquellos pasajes donde Parra nos narra con detalle los juegos que practicaba en su infancia, donde quien ganaba era siempre el que comenzaba la broma. Esto se emparenta con el afán del pequeño Nicanor, cuyo deseo de infancia era ser Carabinero. A pesar de que ese dato no está en el libro, me parece fundamental a la hora de pensar en su figura (o ese germen). Antecedentes así fueron un poco la pauta para la selección: hallar fragmentos que se alejaran de la figura que conocemos hoy por hoy, esa especie de suvenir-asceta del nuestro litoral-Olimpo. Pero ojo, sin la voluntad de juzgarlo por esto o aquello (tarea que no me gusta ni corresponde). Es por eso que este libro lleva la bajada Parra antes de las Cruces, porque en eso consistió el laburo: encontrar momentos en los que había cierto espesor o donde no aparecía con tanto ímpetu ese personaje aplastante. Fragmentos no en cuanto a verdad, sino en cuanto a consistencia (el criterio mínimo de selección fue que no respondiera con un artefacto). Nadie lo culpe, pero a la mayoría de l@s entrevistadores de la época post Cruces son dados vueltas a pachotadas. Porque sabemos que es difícil pillar a Parra: sus biografemas funcionan casi como artefactos. Y pueden llegar a ser pura challa.
Uno de los mitos-estandarte de nuestro poeta ha sido el tiempo de incubación de los Poemas y antipoemas (piénsese que Parra los publica a los 40 años). Podemos sospechar que esta fue otra estrategia más. El antipoeta ha sido siempre un hiperconsciente del lugar que ocupa cada cual en el contexto cultural, pendiente de la chimuchina y de las movidas de los payasos del circo literario. Pero hay fragmentos que contradicen estas ideas, que nos permiten ver cómo Parra aparece –con cierta dudosa humildad– develando su ignorancia (como por ejemplo no haber leído a Darío a tiempo o venir desde el mundo de las Matemáticas al campo minado de las letras). Esto, por supuesto, no se condice con lo que vemos en sus poemas. Ahí, el simulacro se muestra en la constante preocupación por los lectores, los cuales son interpelados de manera excesiva. Y es aquí donde encontramos otro rasgo de las entrevistas, una de sus estrategias clásicas: ser él su propio decodi cador, quien traza las señales de ruta para la lectura de su obra. Esta conciencia profunda sobre el cómo y el qué decir en cada contexto nos lleva a una visión muy particular, muy parriana del espacio público. Porque desde el principio, para él, escribir fue una forma de posicionamiento, de ahí las ganas de ir en contra de lo que sea, de lo imperante: para salir a ote solo. Por eso en estos fragmentos aparece la gura incólume de Neruda, como una sombra de buen árbol bajo la cual cobijarse. Pensemos que, en tiempo de crisis, fue él quien le dio el visto bueno a los primeros borradores. Pero con el bacalao en el panorama era imposible publicarlos: quedaban apabullados ipso facto. Y Parra, obviamente, lo sabía.
Hay momentos precisos en este libro donde aparece esa exaltación parriana por la función romántica, esa de que el poeta debe ser “la voz de la tribu”. Si pensamos bien, esta a rmación no está muy lejos de las gestas nerudianas. Y otra vez aparece el gigante Neruda. No obstante, Parra a rma constantemente su cariño y admiración incondicional por él, a pesar de algunas conspiraciones temporales de ciertas épocas. Neruda era un personaje descomunal, del cual nadie se podía librar: una imagen opresora y casi omnipresente. A pesar de esto, Parra ve en él un modelo a seguir, un estandarte para calcar los pasos hacia el estrellato, como base para lograr el anhelado culto a la personalidad. Puede que yo sea de una generación demasiado joven, pero Parra nunca me pareció una gura afable (a pesar de mi admiración por su obra). Me parece hecho a la manera de Neruda, que es capaz de fagocitar y replicar sin ningún pudor. Quizá me equivoque, porque no podemos con arnos de lo que dice el personaje o mi propio carné de identidad.
Alguna vez me contaron (o lo leí) que Parra, en vez de estar en sus clases de Oxford, asistía a las cátedras que dictaba el gran W.H. Auden sobre Shakespeare1. Aquí hay gato encerrado, me dije. Por entonces, recuerdo haber ido al litoral central con mi polola. En la mitad de un asado nos dimos cuenta de que estábamos a unas cuadras de la casa de Parra. Mi polola, con una valentía a base de vino blanco y chela, me animó a rastrear su casa y ver si acaso nos abría. Llegamos de inmediato. Yo, que pensaba que no la íbamos a encontrar, me empecé a paranoiquear y el coraje postizo se comenzó a diluir. Tocamos una, dos, tres, cuatro veces. La Sole comenzó a gritar para que nos abrieran y yo: para qué molestar al viejo, qué lata si nos abre, mejor volvamos al asado, me quiero puro ir. En eso mismo estaba pensando cuando la Sole desapareció. No estaba por ninguna parte. De repente alguien me gritó del otro lado de la casa: había bajado por uno de los costados y estaba metida en una especie de garaje donde el viejo guardaba cachureos. A medida que avanzada hacia ella notaba cómo se acumulaban gatos y gatos a mi alrededor, sobre la pirca, con una mirada ja e inquisidora, como de gárgola. Logré hacerla entrar en razón para que nos fuéramos, pero me pidió que la dejara sola un segundo, que quería sacar algo. En eso escuché ruidos de pasos y, raramente, la paranoia se me quitó. Entonces subí hasta el dintel de la puerta y comencé a recitar de memoria una de las partes de la elegía a Yeats de Auden, uno de los únicos textos que me he sabido de memoria. Finalmente no pasó nada, pero rayé en el vidrio trasero del escarabajo blanco “In memory of W.H. Auden”. Pasada la ridiculez, revisamos los talismanes obtenidos: un par de velas talladas con algo que no entendimos, material posible para un artefacto venidero. Al llegar a Santiago, la Sole dejó las velas detrás de su cama. Un día quisimos mostrárselas a alguien y sólo quedaban sus rastros: las velas, que estaban talladas como por ratas, las habían roído ellas mismas hasta pulverizarlas. Nunca lo vimos.
