Ciudad quebrada - Humberto Musacchio - E-Book

Ciudad quebrada E-Book

Humberto Musacchio

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Beschreibung

En los fragmentos elegidos para esta edición se narra el momento exacto en el que la tierra estremeció a los habitantes de la ciudad de México el 19 de septiembre de 1985. Musacchio elabora una suerte de testimonio histórico a partir de la reacción de los habitantes ante la tragedia; documenta la parálisis de la vida cotidiana y la ineficacia de las autoridades.

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Seitenzahl: 34

Veröffentlichungsjahr: 2020

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HUMBERTO MUSACCHIO

Ilustraciones JOSÉ HERNÁNDEZ

Primera edición, 2019 [Primera edición en libro electrónico, 2020]

Fragmentos tomados de Ciudad quebrada, Brigada para Leer en Libertad, 2010.

Coordinador de la colección: Luis Arturo Salmerón Sanginés Dibujos de portada e interiores: José Hernández

D. R. © 2019, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 Ciudad de México

Comentarios: [email protected] Tel.: 55-5227-4672

Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, sea cual fuere el medio. Todos los contenidos que se incluyen tales como características tipográficas y de diagramación, textos, gráficos, logotipos, iconos, imágenes, etc., son propiedad exclusiva del Fondo de Cultura Económica y están protegidos por las leyes mexicanas e internacionales del copyright o derecho de autor.

ISBN 978-607-16-6509-6 (ePub)ISBN 978-607-16-6452-5 (rústico)

Hecho en México - Made in Mexico

ÍNDICE

La mañana violenta

Un día después

Lúgubre fin de semana

¿No hay culpables?

La expropiación

LA MAÑANA VIOLENTA

El 19 de septiembre de 1985 empezó como un día cualquiera. Antes de las siete, en el modesto departamento de la colonia Obrera, frente a la confluencia de Isabel la Católica, Diagonal 20 de Noviembre y Lucas Alamán, una abuela consentidora celebraba las ocurrencias del nieto que pasaba con ella las mañanas. A las siete horas con 19 minutos, el niño percibió un extraño movimiento. Creyó que la abuela, siempre afanosa en distraerlo, había ideado algún juego que consistía en mantenerse de pie sobre un piso que se mecía. Pero ella, desde luego, no jugaba. Oía sin prestar atención a la pantalla de su televisor, que transmitía por el canal 2 su primer noticiero.

En ese momento la locutora, Lourdes Guerrero, mientras se levantaba de su asiento con voz nerviosa dijo dos veces: “Está temblando”. En un instante cesó la transmisión y la abuela despertó apresuradamente al resto de la familia: su marido y tres hijos adultos. Todos, en medio del inevitable temor, hicieron lo acostumbrado en estos casos: ponerse de pie, y alejarse de las ventanas y de los muebles altos e inestables, mientras aguantaban el bamboleo bajo el quicio de la puerta. Capitalinos más o menos habituados a los temblores, acataron las disposiciones de la experiencia y como en otras ocasiones trataron de envolver su miedo con bromas sobre el vaivén, las que al prolongarse el movimiento se fueron transformando en órdenes y reclamaciones que caóticamente se daban unos a otros: “Agarra al niño”, “¡No prendas la luz!”, “¡Cuidado con ese espejo!”

Esta vez se hablaban a gritos y sin embargo no se oían. A los crujidos del edificio en que se encontraban se unía el estruendo de muebles y cuadros que chocaban, vidrios rotos, rechinidos, “ayes” y oraciones que provenían de las casas vecinas, todo con el fondo de ruidos irreconocibles, graves, profundos, tonos bajos seguramente entonados por los escombros que caían en los alrededores.

Cuando terminó la agitación del suelo todos permanecieron mudos. Había sido el sismo más prolongado que recordaban. “Esto —dijo la abuela— fue mucho peor que el temblor de 1957.” Como queriendo cobrar conciencia de lo sucedido se acercaron a la ventana y ante ellos se levantó una enorme nube de polvo que impedía toda visibilidad más allá de veinte o veinticinco metros. El teléfono empezó a sonar y mientras la mujer lo contestaba sus hijos se vistieron apresuradamente para salir.

Los muchachos bajaron a la calle y lo primero que vieron fue, en Isabel la Católica, el muro porfiriano de la esquina, en la bodega del Palacio de Hierro, reducido a la mitad de su altura por el desplome de los anaqueles del interior. Bajo un sol opacado por el polvo y entre gente desconcertada que caminaba sin hablar, fueron hacia la Diagonal 20 de Noviembre. En la esquina de esta avenida y Bolívar, un edificio de diez pisos había perdido dos o tres plantas. Volvieron la vista al norte y descifraron las estrías negras de la esquina: eran grietas que habían desplazado el pavimento, en algunas partes con todo y los rieles por donde alguna vez circularon tranvías. En otros tramos, las hendiduras simplemente partieron las barras de metal.