Cómo ganar la batalla mediática - Darío León Mendiondo - E-Book

Cómo ganar la batalla mediática E-Book

Darío León Mendiondo

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Vivimos en sociedades organizadas políticamente, cada cual con sus diversas particularidades, por tanto somos seres políticos —innatos o aprendidos— que respondemos a una determinada orientación en función de nuestros valores, prejuicios o creencias. Cada quien desde sus orígenes, aprendizajes, recorridos y experiencias se posiciona de una forma u otra frente a un suceso que le conmueve o capta su atención. Pero este proceso no es aséptico, está impregnado de nuestras propias sensibilidades y de la perspectiva que subyace en nuestro entorno inmediato o cercano. Los argumentos, las imágenes y el debate público estimulan el análisis y pueden permear nuestra interpretación de los hechos, a tal punto de provocar cambios drásticos en nuestra percepción. La humanidad está inmersa en un proceso de transformaciones permanente. Los gobiernos, las instituciones, los medios de comunicación, los actores políticos y sociales generan opinión y los mensajes son multidireccionales, abarcando la mayor cantidad de canales posibles. Se trata de la batalla por el relato, por ganar opinión pública favorable y obtener un consenso social que legitime una visión determinada. La emoción y la razón conviven, y una u otra prevalecen o se complementan en función de un contexto, en el que coexisten distintos tipos de estímulos audiovisuales. La batalla mediática se transforma en un escenario decisivo en el que intervienen factores que trascienden las fronteras de la objetividad en el manejo de la información. Cómo abordar ese desafío es lo que te invito a descubrir, en un recorrido que nos conduce paso a paso por cada una de las quince claves fundamentales que, desde una perspectiva de izquierda, considero imprescindibles para el diseño de una estrategia de comunicación institucional ya sea partidaria o de gobierno. ¿Me acompañas?

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Seitenzahl: 146

Veröffentlichungsjahr: 2023

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Darío León Mendiondo

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz Céspedes

Diseño de portada: Rubén García

Supervisión de corrección: Ana Castañeda

ISBN: 978-84-1181-565-9

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

Prólogo

En el presente trabajo no se pretende tomar posición sobre la estrategia que cada país aplica en relación a su política comunicacional.

No es el propósito del autor hacer juicios de valor concluyentes sobre declaraciones, posicionamientos y actitudes concretas, en relación a un hecho o suceso público que han adoptado distintos gobernantes, más allá de valoraciones que por la condición de ser político se expresan en función de un análisis de la realidad, con una orientación claramente de izquierda. Ello es innegable.

El objetivo es –sin dejar de analizar el contexto político y las relaciones de poder– señalar algunos elementos críticos sobre los que un gobierno de izquierda debería actuar, ya sea corrigiendo, modificando o potenciando acciones que pueden resultar favorables para conseguir mejorar la comunicación con el pueblo y su gente que son, ni más ni menos, los destinatarios principales de sus políticas, además de ser receptores del mensaje y potencialmente sujetos activos de los procesos políticos.

El motivo fundamental radica en la constatación –como se expondrá más adelante– de las dificultades que han tenido o tienen los gobiernos de izquierda, y de signo progresista para comunicar sus acciones en forma masiva, atendiendo a la multiplicidad de canales existentes y a la drástica incidencia que tienen los medios masivos de comunicación en la generación de opinión pública.

Es así que la «batalla de las percepciones» se libra en diversos medios, escenarios físicos y virtuales, con actores directos e indirectos y con una creciente influencia de la tecnología para captar y fidelizar a verdaderos ejércitos de personas, que luego tienen la capacidad de reproducir exponencialmente una idea o valoración.

En ese sentido, el crecimiento que han tenido las redes sociales y su retroalimentación con los medios masivos de comunicación producen una mezcla explosiva, muchas veces inmanejable incluso –paradójicamente- para sus ideólogos. Surgen los «influencers», en ocasiones, «outsiders» de la política, capaces de direccionar miles de personas con su opinión, sintetizada en tres o cuatro líneas de texto.

Corren tiempos en que la indignación justiciera abre paso a una extraña forma de solidaridad –efímera por cierto, pero masiva y en ocasiones muy destructiva–, que luego alienta la violencia verbal y el insulto fácil.

Los medios lo saben y lo explotan. Son tiempos de masificación intensiva. De opinar sobre lo que se ve y no sobre lo que subyace; imperan la simplificación y la superficialidad. El morbo de la muerte, la sangre y la violencia se ha trasladado de la ficción cinematográfica a la vida real.

El sensacionalismo vende y capta la atención del público. La competencia entre pares es estimulada permanentemente, exacerbando el individualismo en contextos en los que las emociones fluyen, y todos parecemos más humanos y sensibles.

Esa construcción favorece la manipulación como método para el control social, y contrasta drásticamente con los principios y valores en los que se inspiran los procesos auténticos de izquierda democrática.

En ese marco intervienen diversos elementos, que son imprescindibles de analizar para el desarrollo de una estrategia comunicacional responsable, dinámica y absolutamente contra hegemónica, en la que los aspectos ideológicos tienen un valor determinante.

En consecuencia, ganar la batalla mediática es clave para poder consolidar los avances sociales, políticos y económicos en la percepción colectiva. Para lograrlo, la contradicción se plantea entre asumir un rol contra hegemónico o adaptarse a las posibilidades que ofrece la coyuntura.

Ese es el dilema que la izquierda no ha podido resolver aún y la motivación que me llevó a escribir estas líneas, en las que iré compartiendo contigo -desde mi visión- cuáles son las pautas fundamentales en el desarrollo de una estrategia de comunicación de izquierda, considerando los aspectos geopolíticos, la dimensión tecnológica, los diferentes escenarios y variables en juego, aquellas que están dentro de nuestro control y las que exceden a ello.

Porque la construcción de una nueva sociedad, nos sugiere como ejercicio permanente la reflexión, el debate y el desarrollo de propuestas que nos permitan enfrentar los inmensos desafíos planteados en materia de comunicación institucional, política y social.

En ese sentido, iremos analizando paso a paso las distintas dimensiones en las que discurre la lucha política y su correlato con el plano comunicacional.

Al final de cada capítulo te daré una pista, basada en un concepto que luego desarrollaré hasta completar quince claves fundamentales.

En mi opinión, son elementos críticos para la elaboración de una estrategia de comunicación con perspectiva estratégica, que sea capaz de administrar aquellos hechos y acciones que pautan nuestra cotidianeidad y nos afectan constantemente.

La lucha política en América Latina

Imagen: Antonio Cansino (2020)

Luego de un ciclo progresista auspicioso, América Latina atravesó una etapa que, con desniveles y asimetrías, se caracterizó por la reinstauración a través de pronunciamientos populares, de gobiernos conservadores, populistas de derecha, con énfasis en el restablecimiento de un orden social, que se propuso recuperar privilegios perdidos durante los gobiernos progresistas de la primera ola1 de principios de este siglo (1999/2011). En consecuencia, se profundizaron las diferencias a través de la reducción de los programas sociales y un dogmático control del déficit fiscal.

Estos Gobiernos, que en su mayoría encarnaron procesos de canalización del descontento popular por diversas razones, tenían como objetivo central revertir los cambios sociales que el progresismo llevó adelante.

Intentaron desmantelar el marco de integración continental construido hasta ese momento y promovieron otros espacios subordinados a la política exterior de Estados Unidos, al tiempo que hacia el interior de nuestras naciones, se caracterizaron por una política de desarrollo basado en la inversión privada y un Estado cada vez más prescindente.

Su accionar estratégico para recuperar el Gobierno se caracterizó fundamentalmente por el aprovechamiento de un clima negativo en materia de seguridad ciudadana, situaciones de mal manejo de los dineros públicos, y la pérdida de la base social que la izquierda había logrado a través de intensos procesos de acumulación socio–política.

En ese contexto, el escenario económico-social fue de gran complejidad, ya que las continuas presiones de las clases dominantes y los reclamos de la clase trabajadora entraron en franca colisión ante la profundización de las contradicciones planteadas por diferencias antagónicas.

Las fuerzas progresistas se encontraron en la disyuntiva de arremeter abruptamente contra la restauración conservadora o procurar reconstruir el vínculo con la base social para recuperar espacios perdidos a causa de errores propios que merecieron, en algunos casos, profundas autocríticas para poder reagrupar fuerzas y avanzar en nuevos procesos de acumulación, defendiendo la democracia y respetando los pronunciamientos populares.

El principal desafío, pues, era resolver esta contradicción a favor de los intereses del Pueblo y ello solo era posible si se construía una correlación de fuerzas favorable.

Algunos de estos Gobiernos restauradores ni siquiera fueron coaliciones y se sustentaron en liderazgos efímeros, que no surgieron a partir de la acumulación consciente, sino desde el desencanto, el hastío y la decepción que millones de personas experimentaron en relación a sus expectativas y, sobre todo, a la ausencia de una estrategia de comunicación política eficaz por parte de la izquierda, que contribuyera a que el pueblo se apropiara de los avances registrados y las conquistas obtenidas para defenderlas.

En ese cuadro, en el cual las transformaciones que la izquierda promovió en esa primera década del siglo XXI no fueron completamente asimiladas y defendidas por la mayoría de la sociedad, la derecha continental construyó su relato y se reagrupó en cada territorio.

A partir de la generación de percepciones muy fuertes que impregnaron la opinión pública, consiguió disimular que en su contraofensiva resurgían formaciones políticas que ni siquiera tenían, ni tienen un compromiso republicano.

Los sectores más reaccionarios de la sociedad se vincularon entre sí y promovieron un discurso de odio y violencia, que permeó a vastos segmentos de la población continental.

La batalla mediática jugó un rol decisivo en la coyuntura, en la que influyentes poderes fácticos se alinearon en esa perversa estrategia.

Vale decir que el contexto mundial es objetivamente desfavorable para afianzar proyectos de izquierda o signo progresista porque toda la infraestructura del mundo capitalista está concebida para la profundización de las diferencias sociales.

En consecuencia, en la segunda década de este siglo, el retorno de la derecha generó procesos de desigualdad social, que acentuaron las diferencias existentes.

Y casi veinte años después de aquel primer ciclo esperanzador, se inicia en 2018, en un contexto más desafiante aún, signado por la reconfiguración geopolítica mundial y una distribución del poder multipolar, una segunda ola progresista2.

Sin embargo, este segundo ciclo no está exento de avances y retrocesos. La derrota de la izquierda en Paraguay en abril de 2023, el vuelco hacia la derecha del proceso constituyente en Chile en mayo y la sorprendente votación del ultraderechista Javier Milei en las PASO de Argentina (Primarias, Abiertas, Simultáneas y Obligatorias) indican que los procesos no son lineales y todo está en disputa.

La crisis institucional que atraviesa Perú, agravada en primer término por la falta de acuerdos en el Parlamento y en segundo lugar por la decisión de Dina Boluarte, de no adelantar las elecciones para este año (2023); el resultado final del balotaje en Ecuador que tendrá lugar en octubre; y el proceso electoral en Argentina que podría extenderse hasta noviembre, auguran un futuro de tensiones constantes en la región.

En suma, los escenarios de disputa son diversos e inciertos, con consecuencias pospandémicas a raíz de la crisis sanitaria y económica provocada por el Covid 19 y conflictos bélicos –varios de ellos en curso-, que generan incertidumbre y amenazan la paz mundial.

No obstante, desde el punto de vista de la comunicación política y el vínculo con nuestros pueblos, los desafíos siguen siendo los mismos.

Aquí tenemos la primera pista. La construcción del relato debe ajustarse a los vaivenes de la coyuntura desde una perspectiva esperanzadora. Las personas se mueven por sus necesidades, por sus intereses, por sus objetivos, por sus sueños.

Por más oscuro que se vea el futuro, jamás debemos ceder la iniciativa de la esperanza porque la mística de la izquierda se basa en la voluntad popular de cambiar las cosas para ganar derechos y libertades. La lucha en las calles, la movilización popular, la protesta pacífica, necesitan la esperanza como elemento motivador para transformar la realidad.

Ya sea desde la oposición o desde el Gobierno, una comunicación política que no se base en la esperanza de obtener nuevos logros, nuevos derechos, nuevas conquistas, no provocará la motivación suficiente.

La esperanza permite tomar la iniciativa para intentar cambiar «el estado de las cosas», anima a plantear soluciones a los problemas, genera oportunidades e instala en la percepción colectiva que «se puede».

Si nuestro relato se basa fundamentalmente en que «el mundo o la economía está en crisis» o «que hay una lógica conspirativa para desestabilizar a nuestros gobiernos», aunque estas afirmaciones sean absolutamente ciertas, alimentamos inconscientemente la sensación que vivimos una pesadilla y que nuestro futuro estará pautado por la tragedia.

Es el escenario ideal para el discurso populista y paternalista que colocó a sujetos despreciables en el poder de nuestros países. «Salvadores» con discursos mesiánicos, populistas inescrupulosos, «outsiders» que vienen a cambiarlo todo, que terminan siendo restauradores de privilegios y aplican políticas regresivas. Finalmente, nada cambia para bien y se profundizan las diferencias. No hay un solo ejemplo de gobiernos de derecha en la región que hayan mejorado las condiciones de vida de la gente.

Esto no significa que haya que negar la realidad. Si efectivamente constatamos que hay una economía en crisis, lo que hará que la gente confíe en la izquierda, será la esperanza en superarla.

Hecho el diagnóstico, la clave es elaborar un mensaje político que conecte con esas emociones.

La izquierda no convive con el odio ni con el rencor. Necesita de la esperanza para alimentar el anhelo de un mundo mejor, como señalaba Rosa Luxemburgo3 al expresar una de sus consignas más movilizadoras: «por un mundo donde seamos socialmente iguales, humanamente diferentes y totalmente libres».

En conclusión, tenemos el primer componente para nuestra estrategia, el ancla en el que debe sustentarse todo el proceso de comunicación: construir un relato basado en la esperanza.

El Rol del Estado en Democracia

Imagen: Falco (2016)

Si consideramos que la superestructura no es aséptica, sino que está en función de los intereses de clase de los grupos que la han creado, es clave el papel del Estado, su propia estructura y los objetivos que se plantea.

En ese sentido, este instrumento debe ser eficiente. En el discurso neoliberal, el paradigma de la gestión pública se presenta –en el mejor de los casos- como una visión neutra. Pero el neoliberalismo no solo reduce el Estado, también lo reconstruye, adecuándolo a las necesidades del libre mercado, un Estado regulador promercado que lo introduce dentro de los servicios públicos.

Entonces el concepto de eficiencia se reduce a la idea de que cada empresa o agencia pública debe ser eficiente en sí misma.

Pero un Estado tiene que ser eficiente como una organización de toda la ciudadanía, es decir, debe ser eficiente socialmente.

El Estado, a su vez, es un actor que distribuye poder. Del mismo modo que lo hacen trabajadores y capitalistas al constituirse como actores con visiones antagónicas en base a relaciones de poder específicas, que surgen de las propias relaciones de producción, en la cual unos controlan la propiedad de los medios y otros poseen el control de la fuerza de trabajo.

Si bien hay distintos conceptos de Estado, un proyecto con justicia social debe apuntar a uno que genere derechos sociales y construya al mismo tiempo un aparato de poder. Para establecer control sobre los recursos materiales y el conocimiento. Para construir una estructura que condicione las relaciones de poder preexistentes.

El Estado democrático, en particular, refleja siempre la resistencia de la clase explotada. Implica un compromiso entre las clases, aunque ello no significa que en la democracia moderna la clase dominante pierda su predominancia económica y se abandonen las cuestiones ideológicas.

Y vale decir que ese compromiso democrático no suprime en absoluto la lucha de clases: por el contrario, la expresa. Históricamente no pudo ocurrir de otro modo, pues la burguesía necesitaba la adhesión del pueblo en su propia lucha contra el feudalismo, y además su propia ideología la obligó a admitir la libertad de opinión, de expresión, de pensamiento e inclusive de organización. La acción popular consistió solo en ponerla entre la espada y la pared, conminándola a no relativizar esas teorías en la faz ideológica.

La historia de la democracia muestra este doble aspecto del Estado democrático. En todos los países y en la historia de cada país, las instituciones democráticas reflejaron la forma momentánea del compromiso, sujeto a la correlación de fuerzas en el interior de las naciones.

En conclusión, podemos afirmar que la democracia es un régimen inestable. Involucra la existencia –más allá de las formas en que se presenten- deuna derecha y una izquierda que luchan por el poder en todos los planos.Y refleja el compromiso que asumen los partidos políticos en un delicado equilibrio en el que confluyen la soberanía popular, los valores republicanos y las normas que rigen el Estado de derecho.

Y, en definitiva, es un régimen de partidos que representa las diferentes formaciones y clases existentes, entre las cuales podemos identificar a los propietarios de la tierra y de los medios de producción, los agentes vinculados al capitalismo financiero, las capas medias, la pequeña burguesía, los campesinos y los trabajadores.

Pero esta clasificación no puede considerarse de manera estática. Los fenómenos políticos son más complejos.

Entre las clases también existen zonas de transición, formaciones intermedias que encuentran su expresión en hombres y mujeres influyentes, intelectuales, personalidades con matices políticos y pequeños partidos que discurren en el centro político.

En ese marco, las grandes crisis provocan reagrupamientos. Surge así una vida política compleja, agitada y polarizada, en las que transcurren luchas humanas y guerras económicas que agudizan las contradicciones.

La democracia se dirige hacia un proceso de transformación. En ese tránsito son múltiples los factores que inciden, exógenos y endógenos.

También dependerá de los posicionamientos que adopten los partidos políticos, las organizaciones sociales y las personas más influyentes; de su capacidad para liderar, negociar y articular; de la correlación de fuerzas en la coyuntura; pero sobre todo, de la habilidad que se tenga para comunicar, porque como decía Gramsci4: «La realidad está definida por palabras, por lo tanto el que controla las palabras, controla la realidad».

Defensa del Estado y Superestructura

No cabe duda de que solo después que la humanidad fue capaz de producir excedentes (y que algunos miembros de la sociedad se apropiaron de ellos) se desarrolló la propiedad privada y el Estado. A partir de allí, el capitalismo inició su avance incontenible hasta nuestros tiempos, promoviendo el ejercicio de mecanismos de dominación de una clase sobre otra.

Aquí es donde se abre el debate filosófico acerca del rol del Estado.

En un régimen conservador, el desafío para las fuerzas populares es resistir desde los diferentes espacios de lucha política y social para mantener esa herramienta y evitar su desmantelamiento.

Pero en un Gobierno de izquierda o signo progresista debe ser una herramienta al servicio de la justicia social, la transparencia y la igualdad de oportunidades, que debe potenciarse y brindar garantías.

La transformación del Estado impulsada desde la izquierda en algunos países pretendió reorientar el papel del mismo para desarrollar cambios estructurales con el objetivo de un reparto que consagrara la equidad, en donde la asignación de los recursos estuviera asociada a las definiciones políticas, evitando que la variable de ajuste recayera siempre en los sectores más vulnerables de la sociedad.