Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
En un viaje de seis meses junto a su familia, David Rodríguez nos pasea por sus historias, transitando por algunos de los lugares y personajes más cautivadores de América, Oceanía, Asia y África. Desde esa experiencia, Confieso que hemos viajado invita al lector a reflexionar sobre la naturaleza del viaje y el ser humano. El viaje es para el autor una invitación a ampliar la perspectiva eurocéntrica, acostumbrada a vivir en un lugar estacionario y bajo sus propios estándares culturales. Nos recuerda que no solo nuestros ancestros, sino que además algunos grupos culturales contemporáneos, viven hasta el día de hoy de manera nómada. El libro propone un viaje en sí mismo, lleno de anécdotas, sentido del humor y conversaciones profundas. Así, se despliegan vivencias que gatillan reflexiones acerca de asuntos políticos, religiosos, ecológicos, económicos… en suma, de nuestra condición humana.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 362
Veröffentlichungsjahr: 2023
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
David Rodríguez R.
CONFIESO QUE HEMOS VIAJADO
Crónicas de un viaje inesperado… en familia
PRIMERA EDICIÓNMayo 2023
Editado por Aguja LiterariaNoruega 6655, dpto 132Las Condes - Santiago - ChileFono fijo: +56 227896753E-Mail: [email protected] web: www.agujaliteraria.comFacebook: Aguja LiterariaInstagram: @agujaliteraria
ISBN:9789564090719
DERECHOS RESERVADOSNº inscripción: 2023-A-4235David Rodríguez R.Confieso que hemos viajado
Queda rigurosamente prohibida sin la autorización escrita del autor, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento informático
DISEÑO DE PORTADAImagen : PixabayDiseño: David Rodríguez R.
A mi padre,
a quien, a pesar de todo, echo mucho de menos
A Sonia,
con quien me reencuentro asiduamente en mis recuerdos
A mi querido equipo de expedición,
Josefina y Emma. Y a nuestro último integrante, Arnau.
Siento huir temblando,
mezclada en esta caliente brisa de África,
toda la oscuridad de mi vida.
Poemas africanos - Pepe Rubianes
“En un viaje vivido de tal manera, los lugares pasan a ser etapas y a la vez moradas del camino de la vida, paradas fugaces y raíces que inducen a sentirse en casa en el mundo (...) el viaje es circular: se parte de casa, se atraviesa el mundo y se vuelve a casa, si bien a una casa muy diferente de la que se dejó, porque ha adquirido significado gracias a la partida”.
El infinito viajar - Claudio Magris
David Rodríguez R.
ÍNDICE
Prefacio
Retales de mi vida
Capítulo 1 Nueva Zelanda
ISLA NORTE
ISLA SUR
Capítulo 2 China
PEKÍN
SHANGHÁI – SUZHÓU
GUILIN – YANGSHUO
Capítulo 3 Tailandia
BANGKOK – AYUTTHAYA
KOH CHANG
CHIANG MAI
Capítulo 4 Camboya
SIEM RIEP – ANGKOR WAT
Capítulo 5 Vietnam
HANÓI – BAHÍA DE HA LONG
HUÉ – HOI AN
HO CHI MINH – DELTA DEL MEKONG
Capítulo 6 Malasia
KUALA LUMPUR
TAMAN NEGARA – ISLAS KAPAS Y REDANG
Capítulo 7 Indonesia (Bali)
UBUD
SANUR
Capítulo 8 Singapur
SINGAPUR
Capítulo 9 Sudáfrica
CIUDAD DEL CABO
EL CABO MERIDIONAL – LA RUTA VERDE
Capítulo 10 Chile
CARRETERA AUSTRAL (PATAGONIA)
Capítulo 11 Cuba
VARADERO
TRINIDAD
LA HABANA
Reflexiones finales
Citas viajeras
Referencias
Prefacio
Si tuviera que explicar en un breve párrafo de qué trata este libro, diría que intento narrar, sin muchas pretensiones, el recuerdo de un pedacito de mi vida. Uno especial, eso sí. Porque cuando consigues liberarte de las obligaciones mundanas, aunque sea por un espacio corto de tiempo, y emprendes un viaje hacia parajes desconocidos y, por tanto, a un futuro incierto, siempre es un hecho extraordinario, más aún si lo realizas en familia. Y digo “recuerdo” porque en este libro describo momentos de un viaje que, sin saber muy bien por qué, la memoria guarda en el cajón de los momentos mágicos.
La literatura viajera requiere, o debiera requerir, tomar notas sobre los acontecimientos, experiencias o sentimientos que te produce el largo camino del viajar. Este libro, en particular, se basa en las voces del recuerdo, pero no solo en eso. El viajar requiere de un esfuerzo por conocer y entender la historia, la cultura, las personas y la naturaleza de los lugares que se visitan. Pero viajar también es una emoción y una impresión subjetiva de lo que ves y sientes en un determinado momento. Pues bien, todo ese batiburrillo de elementos tangibles e intangibles que suceden a lo largo de un viaje es lo que he intentado relatar en este libro.
En estos tiempos favorecidos por la globalización y las aerolíneas de bajo coste, viajar resulta tremendamente fácil. Alejarse del radio de influencia de estas compañías ya resulta un poco más complicado, al menos para el bolsillo. Traspasar la barrera psicológica del mes de viaje parece toda una osadía, o una odisea, según se mire, y viajar durante seis meses con una carga extra de doce kilos, ya se considera toda una imprudencia. Obviamente, tomar la decisión de hacerlo en familia durante seis meses, con una hija que no tiene ni dos años, no debería ser tan extraordinario, pero las obligaciones laborales, sociales, personales y económicas que cada uno de nosotros nos generamos, sí hacen bastante incompatible la acción de descubrir mundo con la de cambiar pañales.
La experiencia de viajar tiene de por sí suficientes elementos estimulantes. Cambiar de rutina, conocer otras lenguas, culturas, gastronomías y paisajes son solo algunos de los principales factores que nos motivan para hacer nuestra anhelada maleta y subir al primer tren, avión, coche o bicicleta, con destino a cualquier sitio. Realizarlo con hijos supera con creces esa experiencia, aunque claro está, se deben evitar ciertas situaciones o riesgos que pueden hacer de tu viaje un auténtico tormento. En todo caso, salir por un tiempo de nuestra estructurada y rutinaria vida, bien merece la pena.
Estas líneas podrían estar reservadas para explicar que no es fácil, que viajar con niños genera un sobreesfuerzo personal y emocional solo apto para familias sobrehumanas, cuando en realidad es una ocasión inmejorable para compaginar el crecimiento personal y familiar con el descubrimiento de nuevas culturas. Viajar de joven con una mochila por el mundo con poco dinero y mucha ilusión, es fácil. Viajar recién entrado en la cuarentena, con una hija y un poco más de recursos, también.
Viajar por un largo tiempo no debería ser ajeno a nosotros. Viajar en familia tampoco. De hecho, es intrínseco ya desde nuestros ancestros prehistóricos. En aquellos tiempos la motivación principal no era descubrir parajes nuevos ni exóticos balnearios, sino la búsqueda constante de alimentos y mejores climas para asegurar la supervivencia de la comunidad. Actualmente, muchas poblaciones de las etnias ghilji en Afganistán, inuit en Groenlandia, tuaregs del desierto del Sahara y beduinos de Arabia, continúan pariendo, cazando y durmiendo por buenaventura. De hecho, hoy en día se especula que cerca de cuarenta millones de personas viven en el mundo de manera nómada o seminómada, desde las tierras más áridas del planeta hasta las más húmedas y lluviosas, sin nombrar a los millones de migrantes que emprenden inciertos y larguísimos recorridos para llegar a tierras desconocidas.
Claramente, nuestra situación a la hora de viajar es infinitamente más confortable y sosegada que la de nuestros sincrónicos compañeros. Disponer de seguros de viaje, filas preferenciales en los aeropuertos y alcobas con todas las comodidades, facilitan, indiscutiblemente, la tarea de viajar.
En nuestro caso, la principal excusa para recorrer camino no era más que pasar en familia el mayor tiempo posible, en un entorno cambiante cultural y paisajísticamente, y en donde los protagonistas de la película no fueran otros, sino nosotros. Alejarnos de la vida rutinaria que la sociedad nos obliga a mantener de manera ineludible, era, claramente, otro argumento para tener en cuenta.
Algo tienen los niños que transmiten confianza en todas las sociedades y culturas, y eso, a la hora de viajar puede ser un aliado perfecto. Compartir sonrisas y juegos infantiles con familias de otras culturas, aprender a viajar de manera más sosegada y ayudar a quitarse miedos inconscientes, son algunos de los muchos beneficios de viajar con los menores de la casa. Desmitificar que viajar con hijos puede ser peligroso y arriesgado, es uno de los objetivos esenciales de este libro.
Ha llegado entonces el momento de contarte nuestra aventura, ¿nos acompañas?
David Rodríguez R.
Retales de mi vida
Si no estuviera encadenado a las implacables leyes del tiempo y a sabiendas de que se trata de una ilusión, desearía saltar, solo por un breve periodo, a la época de los grandes exploradores renacentistas, en la que solo los capitanes y los tripulantes más cultos tenían pleno convencimiento de la esfericidad de la tierra. El resto de los marinos navegaba inexcusablemente por mares inciertos, atestados de monstruos feroces y adentrándose por selvas inexploradas, si tenían la suerte de pisar tierra firme. Y entre toda la valiente tripulación, a los personajes que me gustaría emular sería, sin lugar a duda, a los cronistas de la época, como, por ejemplo, al afamado Antonio Pigafetta (Vicenza, Italia, 1480-1534), cronista de la primera vuelta al mundo en la nao Victoria, o a Fray Gaspar de Carvajal (Trujillo, España, 1504-1584), cronista de la expedición capitaneada por Francisco de Orellana y que los llevó a descubrir el gran río Amazonas.
De nuevo tenía la misma sensación. Era un hecho. Se acababa otro proyecto profesional y otra vez tendría que empezar de cero. Los motivos por los que me quedé sin trabajo no me parecen interesantes de explicar, pero podrían resumirse en avatares del destino. Lo relevante era que nuevamente me tocaría reinventarme, motivarme y reciclarme… Dichoso trabajo volátil.
En esa ocasión me apetecía hacer algo distinto. Aprovechar el tiempo de libertad forzosa que supone quedarse sin trabajo y transformarlo en algo fructuoso, difícilmente realizable cuando estás surfeando entre los tiempos de la cotidianidad. Teníamos algo de dinero como para bajarnos todos de la ola: Josefina, del trabajo que llevaba realizando ininterrumpidamente durante algunos años y Emma, de la guardería a la que debía asistir sin rechistar. También tenía ganas de salir de Chile. Después de unos cuantos años viviendo en un país nuevo, necesitaba airearme. Además, por temas profesionales, no podía estar siempre en casa, y tenía la necesidad de pasar más tiempo con mi familia. A su vez, tenía una cierta sensación de agotamiento emocional con mi tierra de acogida. Las personas que han tenido que emigrar por el motivo que sea alguna vez en su vida, saben que traspasada la frontera temporal de cinco o seis años alejadas de su tierra natal, se generan ciertas inquietudes existenciales.
La crisis económica y mediática que asoló España desde el año 2008, me ayudó a tomar la decisión que siempre había querido: vivir por un largo tiempo en un país extranjero. En realidad, lo que quería era viajar y conocer otras realidades. En mi caso, me quedé sin trabajo en el año 2011, y la búsqueda de un nuevo reto profesional, me sirvió perfectamente como excusa para hacer mi maleta y emprender una nueva aventura. Por desgracia, no era todo tan sencillo. Detrás de mis ansias por viajar, también había una necesidad personal de aligerar el peso emocional de una vida relativamente corta.
A través de no recuerdo qué medio, me puse en contacto con una empresa petrolera que me acabó ofreciendo trabajo en Nigeria. Me envió una invitación para quedarme una semana en la ciudad de Lagos, ubicada a unos cien kilómetros de la frontera de Benín, para que realizara unas capacitaciones antes de formalizar el contrato. Obviamente, vuelos, desplazamientos y hospedaje, serían costeados por la multimillonaria empresa. Si no recuerdo mal, el centro de trabajo se ubicaba en Port Harcourt, colindante al Parque Nacional Bayelsa, cerca de la frontera con Camerún. Por aquel entonces, llegaban noticias sobre unas revueltas que se estaban originando en el país nigeriano. Al parecer, uno de los conflictos más preocupantes se ubicaba en el delta del río Níger, debido a las tensiones generadas precisamente entre las empresas petroleras internacionales y las muchas etnias locales ubicadas en las zonas de explotación. Algunas de esas etnias se habían militarizado y se sabía de varios secuestros de profesionales extranjeros, y también de otros tantos nigerianos. El futuro laboral y personal no parecía muy halagüeño, así que decidí desestimar la oferta. Curiosamente, unos meses después de rechazar el trabajo, se produjeron unos atentados de cierta relevancia en la costa sur de Nigeria.
Soy de las personas que tienen una fijación y curiosidad especial por África. Recuerdo, de pequeño, inocentes conversaciones con mis compañeros de clase sobre los países exóticos a los que nos hubiera gustado viajar para vivir aventuras ilimitadas. No tendríamos más de ocho o nueve años. Casi todos mis compañeros se decantaron por Australia, supongo que motivados por el intrépido personaje Michael J. “Cocodrilo Dundee”. Yo, sin dudarlo, respondí que mi destino ideal sería África y la selva del Amazonas. Básicamente, y esto lo recuerdo bien, porque por aquel entonces ambos destinos cubrían las zonas más inhóspitas y salvajes de la Tierra, y, por tanto, tierras de cultivo de aventuras ilimitadas.
En el año 2009, viajé por primera vez al gran continente africano. En esa ocasión, recorrí en un pequeño coche alquilado, desde el desierto del Namib, en Namibia, hasta las Cataratas Victoria, pasando por el maravilloso delta del Okavango, en Botsuana. Durante el recorrido, descubrí etnias tan fascinantes como los damara, nama o san, conocidos por su peculiar lenguaje de chasquidos, el Kxoe. También conocí a los orgullosos herero, con sus vestimentas de influencia europea del siglo XIX y a los siempre espectaculares himbas, mundialmente conocidos como “la tribu de las mujeres de rojo”. El color rojo de su piel lo consiguen con el otjize, una pasta obtenida mezclando grasa animal con arcilla roja y ceniza, y que se esparcen las mujeres por todo el cuerpo, incluido el cabello, en cuanto se hacen adultas.
Los paisajes que recorrí a lo largo de casi cuatro mil kilómetros fueron enigmáticos y fascinantes, tal y como siempre había soñado de África. Eso sí, no imaginaba la gran cantidad de fauna que vive todavía por esos parajes. La concentración de animales en los parques nacionales es esperanzadora, pero lo que me pareció curioso fue que a lo largo del viaje iba topándome con cierta facilidad con avestruces, antílopes y facoceros. También experimenté, obviamente, mi primera aventura africana. En la frontera cuatrinacional entre Namibia, Botsuana, Zambia y Zimbabue, un forajido pistolero, haciéndose pasar por un justo aduanero, me encañonó por primera vez, y única hasta el momento, con un inquietante revolver de color gris plomo. La situación la resolví con tranquilidad y maestría, acudiendo a un policía que resultó ser otro alegal aduanero. Tras otra intimidación fui a buscar, esta vez sí, a un respetable agente servidor del orden público, que ahuyentó sin aspavientos a los bandidos. El agente, con mirada tranquilizadora, me comentó que ese era un quehacer habitual por parte de algunos lugareños. Una manera fácil de ganar unos cuantos dólares. También me comentó, para mi tranquilidad, que habitualmente no pasaba a males mayores.
Como anécdota entrañable, un agente fronterizo entre Botsuana y Namibia me recitó de cabo a rabo con un más que aceptable catalán, el himno del Barça. Sin que eso fuera suficiente para ganarse mi simpatía, el joven muchacho me dijo la alineación completa del equipo azulgrana.
Supongo que queda reflejado en estas pocas líneas, lo extraordinario, perturbador y enigmático del continente africano, con sus deliciosas y agrestes ambigüedades.
Al poco tiempo de desestimar la oferta en Nigeria, decidí, como una posibilidad plausible, colgar mis hábitos de geólogo y redirigir mi carrera profesional estudiando un Máster en Cooperación Internacional. Eso me daría la posibilidad de viajar y vivir experiencias más armoniosas con mis convicciones personales. Tras finalizar el Máster podría marcharme por un tiempo a algún país africano para poner en práctica mi meritorio estudio. Después de algunos años en terreno, había leído que era relativamente fácil trabajar en algún cargo administrativo en la sede central de alguna ONG situada en Europa. Por diversas circunstancias, esa loable posibilidad no se concretó y decidí continuar con mi desarrollo profesional como geólogo. Como la situación económica por Europa y Estados Unidos era bastante penosa y deprimente, decidí ir a Sudáfrica, uno de los países mineros por excelencia, y el país africano que más estaba invirtiendo en obras civiles. Consideré mejorar mi nivel de inglés, antes de enfrentarme con mis primeras entrevistas en el país del apartheid y de Mandela. Teniendo reservado un curso de tres meses de inglés intensivo en Ciudad del Cabo, llegó a mis oídos la posibilidad de encontrar trabajo de geólogo con cierta facilidad en Chile. De Chile únicamente conocía el desierto de Atacama, el volcán Ojos del Salado, por mis estudios de vulcanología en la Universidad, y las Torres del Paine. Años atrás había visto en una revista de la Altaïr, la que estaba catalogada como una de las mejores rutas de senderismo del mundo. En la portada de la revista se veía una imagen idílica de las Torres en una fría mañana de verano.
Un mes después de la conversación sobre Chile, emprendí rumbo a Santiago. Aún recuerdo, estando en el aeropuerto de Barcelona, mi sentimiento de tristeza, que también veía en los ojos de mi familia. Definitivamente, los latinos no estamos hechos para desgarrar esos lazos familiares que nos unen con nuestros seres queridos. Por suerte, las nuevas tecnologías reducen, en un sentido figurado, la distancia física, facilitando al menos el contacto visual. También recuerdo la nostalgia que sentía por la ciudad que me había visto nacer y crecer, Barcelona. Mi Pirineo, el azul del Mediterráneo, mis pueblos medievales, mis mercados, el murmullo de las calles, de sus gentes, mis amigos, mis recuerdos… sentimientos de añoranza y melancolía que brotaban sin siquiera haber partido todavía. Por otro lado, la sensación de aventura y libertad corría por mis venas como nunca la había sentido antes.
Debido a mi actitud relativamente vital y positivista, heredada seguramente de mi madre, me adapté e integré acorde a lo que se espera de todo buen viajero. Desde un inicio, Chile no me pareció una tierra extraña. Me sentí bien acogido, profesional y personalmente. Mi gratitud hacia mi país de acogida la devolvería viajando y conociendo las entrañas de este pueblo de alma insular dentro de América Latina. El paso del tiempo, como casi siempre, me ofrecería otras vertientes del país algo más ásperas, sentimiento aplacado, en cierta medida, por conocer a mi compañera de vida y mil aventuras.
Desde Chile hemos tenido —y tenemos— la posibilidad de viajar por el ya no tan nuevo mundo. Tuve la oportunidad de conocer la ansiada selva amazónica. En aquella ocasión, la vía de entrada a la gran cuenca amazónica fue por la ciudad de Iquitos, en Perú, en una de las experiencias más maravillosas que he tenido el placer de vivir viajando. A través de un belga que conocí por internet, descubrimos a una comunidad enclavada en algún lugar de la selva amazónica, cuyo emplazamiento todavía no soy capaz de localizar con exactitud en un mapa. Solo puedo asegurar que la comunidad estaba situada a unas dos o tres horas en canoa motorizada desde la capital del departamento de Loreto, Iquitos, entre la confluencia del río Amazonas y el río Marañón. La comunidad ofrecía, a cambio de una ofrenda útil, que en nuestro caso fue un grupo electrógeno, la estancia y convivencia con la comunidad por unos cuantos días. Conocer su entorno, costumbres y gastronomía era el intercambio perfecto para nosotros. Pudimos vivir así, la realidad de algunos pueblos amazónicos, alejados de los tours operadores exclusivos y extranjeros que por allí operan.
Cusco y Machu Picchu estarían también en mi lista de lugares predilectos para los amantes del viajar. Las Cataratas de Iguazú, el altiplano de San Pedro de Atacama, la pequeña Isla de Pascua, Río de Janeiro, la Patagonia, un tango en Buenos Aires, mi querido azul turquesa caribeño, la biodiversidad de Costa Rica, las ruinas de Uxmal y los cenotes de Quintana Roo, y el ceviche acompañado con un riquísimo pisco sour, son otras de las maravillas de las que todo buen viajero debería disfrutar de América Latina. La mayoría de esos viajes los realicé con Josefina, en unos fructíferos y fugaces primeros años de relación. Algunos de ellos los hemos realizado también con mi madre. Nunca hubiera imaginado, y estoy seguro de que mi madre tampoco, que visitaríamos parajes tan exóticos y alejados de la realidad de nuestro piso de la Meridiana de Barcelona.
A los cuatro años de iniciar mi relación con Josefina, decidimos emprender la mayor de nuestras aventuras. Siempre había querido ser padre, pero nunca imaginé que mi primer retoño nacería en tierras australes. En cualquier caso, los primeros días de julio de 2016 nació Emma Sayen. Literalmente, el nombre germánico-mapuche significa mujer fuerte de gran corazón. No creo que haya otro nombre que mejor defina su linda personalidad. Obviamente, Emma salió también viajera, y, a los cinco meses de edad, ya emprendía rumbo vacacional a la Isla de Pascua.
Casi todo lo que he vivido durante este periodo ha sido positivo y enriquecedor, aunque uno de los motivos por los que decidí coger carretera y manta, mi padre, murió sin yo tener claro el día exacto que nos abandonaba para siempre de este plano terrenal. Mis padres se separaron cuando tenía cuatro o cinco años, y, por tanto, no tengo muchos recuerdos de convivencia familiar plena. Sí recuerdo, muy a mi pesar, una noche de verano en particular. Debía tener tres o cuatro años cuando, no recuerdo muy bien a quién, se le cayó un termómetro de aquellos antiguos con la puntita de mercurio. En cuanto tocó tierra, el mercurio salió desperdigado en decenas de bolitas plateadas, situación que gatilló una discusión entre mis padres de categoría máxima en la escala familiar. Yo, ensimismado aún con el acontecimiento físico que acababa de ocurrir con el dichoso mercurio, inicié un llanto absolutamente desmedido, seguramente porque intuía, a pesar de mi edad, que esa discusión no llevaría a buen puerto.
Mi padre no supo llevar la relación ni con mi hermana ni conmigo tras la separación. Crecimos viéndolo, pero sin sentir su presencia. Cuando recién entraba en la juventud, un día, sentado en un banco de una plazoleta, mi padre me explicó de manera natural que padecía esclerosis múltiple y que con el paso del tiempo iría perdiendo facultades físicas. La enfermedad en sí no cambió en nada nuestra relación. Ni para bien ni para mal. La vida, como su enfermedad, fluyó hasta que tuvimos que ingresarlo en una residencia de ancianos cuando todavía no tenía sesenta años. En realidad, mi padre se valía parcialmente por sí mismo, pero prefirió las comodidades de no tener que hacer nada. Ese periodo de tiempo buscando residencias, partiendo de urgencias a su casa porque no tenía comida en la nevera, viviendo su parte final más agónica, física y emocional, me generó algún que otro ataque de estrés, precedidos de periodos largos de ansiedad. Aun así, echo de menos conversar con él sobre fútbol y política, y escuchar sus anécdotas juveniles.
El primer día del año 2018 tuve una fructífera conversación con Josefina, mientras hacíamos pacientemente cola en el teleférico del Cerro San Cristóbal en Santiago de Chile. Habíamos preparado unos improvisados comestibles para celebrar el año nuevo en una de las pocas áreas verdes que hay en la capital, cuando le solté sin muchas pretensiones:
—¿Por qué no aprovechamos este periodo que no voy a trabajar para irnos de viaje?
Josefina contestó pensándolo brevemente.
—Sí, no estaría mal. Conozco a una colega del trabajo que pidió una excedencia por unos meses y se la aceptaron.
Ese almuerzo transcurrió entre juegos y cortos paseos con nuestra pequeña Emma, mientras manteníamos ilusionantes conversaciones sobre nuestro futuro viaje que ya se estaba gestando. Por aquel entonces la alternativa que más nos ilusionaba, dadas nuestras necesidades familiares, era recorrer en autocaravana la carretera Panamericana que va desde Fairbanks, en Alaska, hasta tierras chilotas, en Chile. Los aproximadamente veinte mil kilómetros de carretera que conectan las tierras septentrionales americanas con las australes nos llevarían un mínimo de año y medio, así como una suma considerable de dinero. Teniendo en cuenta, además, que hacía poco más de un año habíamos comprado un piso en la capital chilena, parecía bastante sensata la opción de reducir el tiempo de nuestra aventura a la nada despreciable cantidad de seis meses, tiempo que para nosotros era más que suficiente para dar un corto paseo por el mundo.
Mientras tomábamos la decisión de qué hacer con nuestro medio año sabático familiar, la luz de una parte esencial de mi vida juvenil se apagaba para siempre. Nunca te imaginas el calado que te ha dejado una persona hasta que la has perdido definitivamente. Llevaba varios años sin ver a Sonia. Teniendo solo noticias de su existencia a través de un amigo en común, uno de mis mejores amigos, Roger. Las últimas noticias que me trasladaba ya no eran muy halagüeñas. Un cáncer se llevaba para siempre a una de las personas más maravillosas que he conocido. En la edad donde más necesitas generar lazos de confianza y camaradería, un grupo de intrépidos soñadores nos juntamos para atravesar de manera exitosa la edad juvenil. Durante un espacio de tiempo, todos tuvimos los mismos sueños e inquietudes. Nos interesaba la naturaleza, conversar, soñar… y viajar, claro.
A Roger lo conocí en el colegio. Era un chico absolutamente tímido, que entraba en la adolescencia intentando entender una de las realidades más duras de nuestra sociedad. La maldita heroína consumía lentamente a su queridísima hermana. Yo, por aquel entonces, me sentía lo suficientemente fuerte, física y mentalmente, como para rescatar a ese temeroso chaval de las garras perturbadoras de la existencia juvenil. Por si eso no fuera suficiente para Roger, el hostigamiento psicológico que sufría por parte de algunos compañeros de clase, y también de algunos profesores, le caería como una losa sobre su quebradiza personalidad. Pero ahí estaba su valeroso compañero y su incipiente pandilla para encauzarnos y defendernos de las atrocidades de la vida adulta. Esos lazos iniciales de comprensión y camaradería nos unirían para siempre.
Con el recuerdo recurrente de Sonia y de mi vida juvenil, iniciamos los preparativos para emprender una nueva aventura con mi queridísimo equipo de expedición: Josefina y Emma.
Y ¿por dónde empezar?, ¿qué países visitar?, ¿a dónde ir con una niña de menos de dos años? Qué maravillosa sensación poder jugar con el globo terráqueo, como cuando éramos niños, y hacerlo rodar y rodar, sabiendo que tienes por delante un puñadito de dinero y unos cuantos meses de libertad absoluta. Mentiría si dijera que dejamos el destino de nuestro viaje al más absoluto de los azares. Víctor, mi antiguo profesor de física del instituto y, desde hace ya más de dos décadas, mi amigo —una de las personas más viajeras que he conocido, sino la que más, tremendamente culto e inteligente, sensible y una de las personas que más admiro—, nos recomendó dónde parar el globo terráqueo. Finalmente, el globo se detuvo en Nueva Zelanda. No era una mala opción. Yo había estado varios años atrás en Australia, pero no tuve tiempo de conocer la tierra maorí. Parecía un excelente inicio de ruta.
Nuestra forma de viajar suele ser, por nuestro carácter despreocupado y desorganizado, bastante improvisada. En nuestra bitácora de viaje, eso sí, no podría faltar hacer una visita a la Plaza de Tiananmen y la Gran Muralla China, las ruinas de Angkor Wat en Camboya, el Gran Palacio Real de Bangkok y, obviamente, algún país africano. Para aterrizar de nuestro largo viaje de manera más sosegada y volver a nuestra vida ordinaria de forma más paulatina, decidimos acabar el viaje recorriendo la carretera Austral en la Patagonia chilena. Un destino turístico que debería ser obligatorio para todos los viajeros, especialmente para los amantes de la naturaleza.
La logística y la gestión del viaje las iríamos decidiendo por el camino. Sin prisas, pero sin pausa. A nuestra manera.
Sin darnos cuenta, han pasado tres meses desde mi conversación con Josefina sobre la posibilidad de realizar un largo viaje. Estamos en el Aeropuerto Internacional Arturo Merino Benítez de Santiago de Chile. Los padres de Josefina serán las últimas caras familiares que veamos en los próximos seis meses. Nos abrazamos y hacemos unas fotos de rigor. En la fila de la aduana, un gentil agente de la PDI nos indica que pasemos por la fila preferencial. Próximo destino: Auckland, Nueva Zelanda.
Capítulo 1 NUEVA ZELANDA
ISLA NORTE
La diferencia entre un turista y un viajero es que el primero mira y el segundo admira. El turista vive y el viajero convive.
Unos mil años antes de llegar nosotros a Nueva Zelanda, Kupe Raiatea, un explorador valeroso y otros tantos aventureros, navegaron por el océano Pacífico en sus maltrechas waka hourua (canoa polinésica utilizada para viajar)hasta toparse con tierras desconocidas. Entre la valiente tripulación se hallaba la esposa de Kupe, Te Aparangi, quien, según cuenta la leyenda, gritó enérgicamente: “¡He ao, he ao!” (“¡Una nube, una nube!” en español) al avistar una gran nube blanca en el horizonte sobre lo que parecía ser tierra firme. Así llamaron supuestamente a Nueva Zelanda los primeros pobladores de esta exuberante tierra perdida en el Pacífico.
Navegar desde Hawaiki1 hasta Aotearoa2 en aquellos tiempos, seguro debió ser una aventura inigualable y repleta de grandes dificultades. En todo caso, los primigenios maoríes tenían la creencia espiritual de que, tras la muerte, sus almas volverían a su añorada Hawaiki para descansar eternamente.
Tras la llegada de Kupe otras waka llegaron a la nueva isla, estableciéndose a lo largo y ancho de todo el fructuoso territorio. Pronto se generaron conflictos entre las distintas tribus o iwi. Aparte de solventar las crisis internas, los maoríes perfeccionaron sus técnicas de caza y pesca, entre otros motivos, para adaptarse al nuevo entorno faunístico que habitaba en las distintas islas. Entre sus presas favoritas estaban los moas o dinornítidos, el ave más grande que haya pisado esas tierras, y digo pisado porque eran aves no voladoras. La especie de moa más grande era la de los dinornis, de apariencia similar a un avestruz o a un casuario, pero de mayor tamaño. Era habitual la caza de ejemplares de tres metros y medio de altura, y trescientos kilos de carne y hueso. Desgraciadamente, estas aves desaparecieron quinientos años después de desembarcar los primeros humanos en la isla.
Los maoríes no se identificaron como tales hasta la llegada de los europeos en el siglo XVII, cuando, para diferenciarse de los recién llegados, utilizaron el término que significa gente corriente o común. Al parecer, algunas tribus acogieron a los europeos recién llegados con relativo agrado, ya que consideraron que los hombres blancos les podían ayudar en los conflictos con tribus vecinas.
Los orígenes de la cultura polinesia navegan entre leyendas y mitos de tiempos pretéritos, donde discernir entre lo real o imaginario puede resultar un arduo trabajo. La teoría más aceptada, sugiere como origen de los pueblos polinesios la mezcla intercultural de pobladores del sudeste chino, que habrían partido de la isla de Taiwán hace unos cinco mil años, junto con desplazamientos de distintos poblados del Sudeste Asiático. Es probable que las distintas etnias polinesias que surgieron como mixtura de esos pueblos originarios, se hayan establecido a lo largo de los siglos por el océano Pacífico en busca de nuevas tierras, producto del agotamiento ecológico que iban generando en los diferentes territorios descubiertos, huyendo de guerras internas o simplemente por el afán colonizador que el Homo arrastra desde sus orígenes.
Nuestra vía de entrada a tierras maoríes fue por Auckland, en una fría madrugada de otoño. Tras dejar las maletas en un pequeño apartotel, ubicado en el centro de la ciudad, nos dispusimos a callejear por sus arterias principales. Caminamos por Queen Street, hasta llegar a una zona de cafeterías repleta de oficinistas ávidos de su primera dosis de cafeína a esa hora de la mañana. Tras un contundente y saludable desayuno, recorrimos el puerto marítimo y compartimos los primeros juegos infantiles con nuestra pequeña Emma, en uno de los numerosísimos parques que había a lo largo de la ciudad. Después de un primer día ilusionante, al finalizar la tarde el cansancio se apoderó de manera rápida y fulminante de nuestros cuerpos.
A pesar de ser la ciudad más conocida de Nueva Zelanda, Auckland no tiene la distinción de ser la capital. Sin embargo, con cerca de un millón y medio de habitantes, concentra el poder económico y cultural del país más poblado del sur del Pacífico. De hecho, casi un tercio de la población del país vive en el área de esta pequeña metrópoli. Los dos tercios restantes se reparten entre las ciudades principales de ambas islas: Wellington, la capital, y las ciudades más pobladas de la isla sur, Christchurch, Dunedin e Invercargill.
Con energías renovadas después de un merecido descanso, iniciamos la jornada paseando por Auckland Domain, un tranquilo parque de estilo inglés emplazado en un extinto volcán denominado Pukekawa. En esa inmensa área verde se ubicaba, en lo alto de la colina, el Museo de Auckland, un sobrio edificio de estilo neoclásico, al cual decidimos no entrar por centrar su temática en temas bélicos. En la parte baja del parque se ubicaban varios campos de rugby. A aquella hora de la mañana, los jóvenes practicaban su deporte favorito, entre vistosos jardines y pequeñas lagunas. Al este del parque se ubicaba el barrio lujoso de Parnell. Por la calle principal, Parnell Road, caminamos entre exclusivas boutiques, pequeñas galerías de arte, restaurantes de lujo y elegantes cafeterías. Desde el barrio de Parnell nos dirigimos hacia Wynyard Quarter, en el extremo occidental del paseo marítimo de Auckland. Era un terreno recuperado del antiguo puerto donde se habían instalado espacios para el ocio y el relax, restaurantes y algún que otro centro de exposición. Ese sector marítimo me recordó encarecidamente al Port Vell de Barcelona. Hacia el suroeste del puerto, caminando entre campos de rugby y casas unifamiliares, llegamos a Ponsonby, un barrio residencial de moda en donde predominaban las casas de estilo victoriano, entre deliciosos mercados como Ponsonby Central, donde se podían degustar platos internacionales o comprar productos orgánicos a un alto precio. Muchos de los bares, pubs y galerías de arte de moda de la ciudad se concentraban en ese barrio juvenil.
Una buena manera de conocer las ciudades es desde las alturas, desde donde se puede reconocer la orografía, el entorno y las particularidades urbanas que a pie de calle son difíciles de apreciar. Desde la Sky Tower, o torre de telecomunicaciones, casino, restaurante y alguna que otra cosa más, divisamos una magnífica vista mientras el ocaso iluminaba a duras penas la ciudad.
Llevábamos unas pocas horas en la ciudad, pero si hubiera tenido que calificar la ciudad de Auckland con un solo adjetivo, este hubiese sido “idílica”. Por lo que estábamos apreciando, era una ciudad con una calidad de vida terriblemente envidiable, al menos para familias y urbanitas con gusto por el deporte al aire libre. La ciudad estaba repleta de parques donde la gente practicaba deporte, paseaban a sus mascotas o hacían un improvisado picnic. Tenía unas playas fantásticas muy cerca de la ciudad, a las cuales los lugareños acudían los fines de semana mediante ferry, bicicleta o kayak. Los menos aventurados podían acudir a alguno de los restaurantes que había en el centro de la ciudad. Además, tanto la densidad poblacional como la automovilística eran relativamente bajas. Por si esto no fuera suficiente, Auckland está considerada como una de las ciudades más tolerantes y abiertas del mundo. Es cierto que la ciudad podía ser algo aburrida para los jóvenes, o no tan jóvenes, afanosos de centros urbanos más concurridos y, por qué no decirlo, algo más excitantes.
Antes de llegar a Nueva Zelanda, decidimos recorrer el país en autocaravana. Es una manera bastante popular de explorar una o ambas islas y consideramos que era la forma más cómoda de viajar en contacto con la naturaleza que, en definitiva, es la gran atracción del país. Cabe decir que el alojamiento es caro y de regular calidad, lo que ha hecho a la autocaravana o a la tienda de campaña la opción preferida por la mayoría de los turistas. Alquilar una autocaravana en Nueva Zelanda no es barato en temporada alta. Además, se requiere reservar con bastante antelación, tanto el propio vehículo como los muchos campings gratuitos donde pernoctar de forma legal. Uno de los beneficios de viajar en temporada baja, aparte de ahorrarte las grandes aglomeraciones estivales, es que se consiguen mejores precios, ideal para la mayoría de los viajeros de largo recorrido.
La autocaravana que nos suministraron era de tamaño extragrande, destinada para familias o grupos de amigos numerosos. Conducir esa tremenda casa rodante por el carril izquierdo en carreteras, la mayoría de ellas secundarias, requería de cierta destreza al volante. Por suerte, nuestra autocaravana tenía cambio automático, muy útil para concentrarse en mantener el vehículo en el carril correspondiente.
Tras aprovisionarnos de alimentos en el primer supermercado que encontramos, nos dirigimos hacia la península de Coromandel, situada a unos ciento cincuenta kilómetros al sudeste de Auckland. El lugar era muy popular entre los kiwis (como se les denomina popularmente a los neozelandeses) para realizar escapadas de fin de semana. Esa zona costera era ideal para practicar el surf. Estaba repleta de ensenadas y senderos con vistas panorámicas a reconfortantes acantilados. El centro de la península era bastante montañoso y ofrecía interesantes caminatas a lo largo del Parque Forestal Coromandel. De esos días recuerdo la noche que pasamos frente a un club de surf en Waihi Beach, supongo que, debido al entorno encantador, frente a una larga y solitaria playa de arena blanca, entre lomas suaves de tupida vegetación. Ahí se ubicaban, en la línea de costa, algunas casas estivales con arreglados jardines que daban a un pequeño paseo marítimo, utilizadas como segunda residencia y habitadas, en esos días ventosos de otoño, por jubilados retirados de las fastidiosas obligaciones laborales. O tal vez recuerdo esa tarde simple y llanamente, por los juegos entretenidos que disfrutamos con nuestra pequeña Emma mientras preparaba la cena en nuestra portátil morada.
En todo caso, es curioso cómo a lo largo de un viaje, se graban en lo más profundo del inconsciente momentos que, sin saber muy bien por qué, recuerdas con especial emoción una vez que regresas de tus vacaciones. En la mayoría de los casos, esas experiencias imborrables no están relacionadas precisamente con las atracciones turísticas que ansiabas conocer, sino más bien, con vivencias vulgares y cotidianas que vas cosechando a lo largo del viaje, tales como: un atardecer en cualquier playa, conversaciones inesperadas con gente local, paseos por improvisados senderos, compras en un pequeño mercado, o quizás, por compartir una cerveza en una noche de verano mientras observas el ir y venir de los transeúntes. La noche que pasamos en Waihi Beach me quedó grabada para siempre en el cajón de los recuerdos mágicos. Curiosamente, esos recuerdos imborrables o lazos afectivos especiales que se producen durante un viaje entre las personas y el lugar tienen un nombre: topofilia.
Después de pasar un par de días por la península de Coromandel, nos dirigimos a una de las atracciones turísticas por excelencia de Nueva Zelanda, Hobbiton, plató al aire libre donde se rodaron las secuencias de la Comarca en las aclamadas películas de “El hobbit” y “El Señor de los Anillos”. Tras pagar una considerable suma de dólares neozelandeses, nos trasladaron desde la pequeña ciudad de Matamata al famoso set de rodaje en un mini bus pintado con personajes de la película. En cuanto llegamos a Hobbiton, fuimos conscientes de las habilidades que tienen los neozelandeses con la ganadería. Como si de ovejas se tratase, nos ordenaron en grupos de a diez y, tras explicarnos unas aburridas anécdotas del rodaje de la película, hicimos un rapidísimo recorrido por los sectores más conocidos de la Comarca. En menos de una hora, o tal vez en hora y media, ya estábamos sentados en el bus de vuelta a Matamata. Tras sentirnos como viles turistas, con cámara fotográfica incluida colgada del cuello, continuamos con la búsqueda de parajes menos artificiosos. En todo caso, fue divertido observar cómo algunos turistas llamaban pequeño hobbit a Emma, mientras recorrían también apresuradamente el afamado set de rodaje.
Referente a la ganadería neozelandesa, nos pareció curioso el dato que leímos sobre la gran cantidad de ovejas que había a lo largo del país, superando los veinticinco millones, o sea, la nada despreciable cantidad de seis ovejas por habitante. A pesar de lo que pudiésemos pensar, el negocio ovino es muy lucrativo y respetado en Nueva Zelanda.
Desde el punto de vista geológico, Nueva Zelanda se ubica en el cinturón de fuego, donde convergen la placa tectónica del Pacífico con la placa Indo-australiana, generando, como producto de la subducción de ambas placas, una cadena montañosa de origen volcánico en la isla norte y otra cadena de origen metamórfico en la isla sur. El reflejo y aprovechamiento turístico de esta particularidad geológica, la encontramos en la zona centro de la isla norte entre las localidades de Rotorua y Taupo. Ambas ciudades daban nombre a dos lagos de aguas tranquilas.
En los cráteres de muchos volcanes o calderas (cráteres de gran diámetro) son frecuentes las formaciones de lagos producidos por la acumulación de agua de lluvia. Es habitual ver en muchos de esos lagos, pequeños islotes que parecen diminutos volcanes dentro del propio cráter. El lago Rotorua se originó hace unos doscientos mil o trescientos mil años, cuando parte del cráter colapsó como consecuencia de violentas explosiones producidas por la emanación de gases, formando en su superficie una caldera. Posteriormente, en el centro del lago se originó una pequeña isla a la que denominaron Mokoia. Esa isla era precisamente el escenario de uno de los cuentos populares maoríes más conocidos de Nueva Zelanda, la historia de Hinemoa y Tutanekai:
Hace trescientos años, en una pequeña aldea situada en una zona boscosa a orillas del lago Rotorua, Hinemoa, la bella hija del poderoso jefe de una de las tribus más importantes que habitaban en la región, esperaba pacientemente la decisión de los altos cargos de la tribu que debatían sobre el futuro consorte de la joven. A la aldea acudían jóvenes entusiastas venidos de todas partes de la región, pero ninguno obtuvo la aprobación de la exigente tribu. En la isla Mokoia, situada a unos cuatro kilómetros de la aldea de Hinemoa, vivía Tutanekai, el hijo menor de una familia de varios hermanos. En una reunión tribal, donde jóvenes guerreros practicaban sus habilidades para la lucha, el joven Tutanekai vio a Hinemoa y se enamoraron perdidamente. A pesar de ello, la tribu impidió la relación con Tutanekai, ya que lo consideraban de un estatus social muy bajo para ella. Totalmente desalentado, Tutanekai se sentaba durante los atardeceres en la orilla de su isla a tocar su koauau (flauta) mientras pensaba en la hermosa Hinemoa. Sentada en un montículo en la otra orilla del lago, la joven enamorada escuchaba las melodías que hacía sonar Tutanekai. Para impedir que ambos enamorados se pudieran reencontrar, la tribu retiró de la orilla todas las wakas. Tutanekai, en una desconsolada noche, hizo sonar como nunca melancólicas melodías. La joven enamorada decidió acudir al desaforado llamado del amor, colocándose calabazas vacías alrededor del cuerpo, para facilitar el nado hasta la isla donde residía su enamorado. Varias horas más tarde, con su cuerpo entumecido por el frío, llegó a la orilla de Mokoia, donde se metió a descansar en una waikimihia (una pequeña piscina natural de agua caliente) a la orilla de la isla, confiando en encontrar a Tutanekai. Así fue, y una vez juntos, nunca más se volvieron a separar.
En la ciudad de Rotorua, paseamos por un plácido y sinuoso sendero a orillas del lago. Entre aguas cristalinas y sulfurosas, pudimos disfrutar de un relajante, hediondo y divertido paseo con nuestra pequeña Emma. Aprovechamos también la estancia en esa turística ciudad, para abastecernos de alimentos frescos. A esas alturas del viaje, estábamos habituados a la rutina, que consistía en realizar cortos paseos, jugar con Emma y cocinar entre paisajes encantadores, mientras íbamos moviendo nuestra autocaravana a un ritmo tranquilo según nuestra conveniencia. La temperatura durante aquellos días otoñales era bastante templada, ideal para disfrutar del paisaje neozelandés. Las pequeñas ciudades o pueblos por las que íbamos pasando eran ordenadas, seguras, agradables y construidas bajo un mismo estándar: en el centro, las aceras de las calles principales solían estar techadas, donde se encontraban sencillas tiendas comerciales, farmacias y algún que otro restaurante, sin que pudiera faltar la típica tienda de correos al más puro estilo inglés. Hacia las afueras, solían ubicarse las casas familiares ajardinadas, más o menos ostentosas según el tipo de pueblo o ciudad. Sobre esta monótona vista, destacaban algunos edificios de estilo victoriano, donde solía ubicarse el ayuntamiento u otros edificios gubernamentales, junto con bibliotecas e iglesias de estilo moderno, gótico o maorí.
