Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
Ellos creían que la conocían, pero se equivocaban. Como domme profesional, veo cómo hombres y mujeres vienen y van, pero ninguno se queda, y es así como me gusta. Tengo un secreto que debo proteger a toda costa. Por eso, cuando el engreído, guapo y sumiso Clay Bradley se cuela en mi corazón, hago lo único que se me da bien: echarlo de mi vida para siempre. Y, como el buen chico que es, me hace caso. Aunque meses después vuelve a aparecer de forma fortuita, pero en esta ocasión no viene solo: lleva del brazo a la impresionante Jade. Y ella me pide que yo le enseñe. Debería negarme. Entrenar a una mujer que consigue que me flaqueen las piernas ya es bastante complicado, pero encima esta mujer está saliendo con el hombre que todavía tiene mi corazón. Suena a desastre asegurado. Y todo empeora por una simple razón: ellos conocen mi secreto. ¿Cómo puedo proteger lo que es mío si sigo aferrándome a ellos? Jade y Clay son los únicos que ven cómo soy en realidad y los únicos que saben que soy mucho más que Madame Kink.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 624
Veröffentlichungsjahr: 2026
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
Título original: Madame
Primera edición: marzo de 2026
Copyright © 2023 by Sara Cate
© de la traducción: Silvia Barbeito Pampín, 2026
© de esta edición: 2026, Ediciones Pàmies, S. L. C/ Monteverde 28042 Madrid [email protected]
ISBN: 979-13-87787-60-8
BIC: FRD
Arte de cubierta: CalderónSTUDIO®
Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del Copyright, bajo la sanción establecida en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo público.
Advertencia de contenido
Prólogo
Regla nº 1
Regla nº 2
Regla nº 3
Regla nº 4
Regla nº 5
Regla nº 6
Regla nº 7
Regla nº 8
Regla nº 9
Regla nº 10
Regla nº 11
Regla nº 12
Regla nº 13
Regla nº 14
Regla Nº 15
Regla Nº 16
Regla nº 17
Regla nº 18
Regla nº 19
Regla nº 20
Regla nº 21
Regla nº 22
Regla nº 23
Regla nº 24
Regla nº 25
Regla nº 26
Regla nº 27
Regla nº 28
Regla nº 29
Regla nº 30
Regla nº 31
Regla nº 32
Regla nº 33
Regla nº 34
Regla nº 35
Regla nº 36
Regla nº 37
Regla nº 38
Regla nº 39
Regla nº 40
Regla nº 41
Regla nº 42
Regla nº 43
Regla nº 44
Regla nº 45
Regla nº 46
Regla nº 47
Regla nº 48
Regla nº 49
Regla nº 50
Regla nº 51
Regla nº 52
Regla nº 53. Epílogo de Jade
Regla nº 54. Epílogo de Jack
Perfiles de los personajes
Agradecimientos
Prólogo
Aviso
Dedicatoria
Página de título
Página de copyright
Agradecimientos
Este libro está dedicado a todos los que encontraron
un hogar en Juegos Prohibidos y a todos los que
amaron a Eden desde el principio y supieron que
la serie no estaría completa sin su historia.
Y a los luchadores.
Y a las mamás cachondas.
Estimado lector:
Hay elementos en esta historia que podrían resultar significativamente perturbadores. Ten en cuenta que hay escenas de violencia doméstica y agresión; hay infidelidad, negligencia y abuso emocional por parte de los padres y traumas infantiles.
Pero también hay recuperación, lucha, dudas internas y sanación.
Como cualquier libro de esta serie, hay temas sexuales complejos, bdsm, juegos de impacto, bondage y degradación.
Si alguno de estos elementos de la historia pudiera causarte algún daño o provocarte angustia, por favor, continúa con precaución. Tu salud y tu seguridad son importantes para mí.
Gracias.
Sara
Hace unos siete años y medio
Eden
Mi cabello negro y liso rodea el inodoro de porcelana cuando me asalta otra violenta arcada. No me queda nada en el estómago, pero el simple olor de los productos de limpieza del baño del restaurante ha desencadenado esta oleada de náuseas.
¿Acabará alguna vez este sufrimiento?
Me tiemblan las manos cuando me limpio la boca y tiro de la cadena. No sé si el temblor se debe a los nervios o a la falta de alimento. Quizá a las dos cosas.
Después de lavarme las manos me vuelvo a aplicar el pintalabios rojo y el delineador de ojos negro, que se ha corrido por las lágrimas que se me han escapado durante los vómitos. Cuando acabo de arreglarme el maquillaje por fin me atrevo a mirarme en el espejo, pero apenas reconozco a la mujer que aparece en el reflejo.
Es atrevida y hermosa. Es intrépida e inteligente.
Está frente al espejo en el baño de un restaurante de lujo, con un vestido negro ceñido que estrena ese día, a punto de ir a su primera cita con un multimillonario al que ha conocido en una aplicación de citas fetichista, y finge que no está muerta de miedo.
Esta mujer no soy yo.
Pero estoy dispuesta a fingir esta noche. Debo hacerlo. Si no es por mí, tendré que hacerlo por la vida que crece dentro de mí, tendré que fingir ser esta mujer porque me niego a volver atrás. Esta mujer es inteligente, sexy y lo bastante atrevida como para seducir a un hombre mayor y rico a cambio de un billete de ida para salir de su propia vida.
Estoy dispuesta a hacer lo que sea necesario para que él me ayude a apartarme de mi marido.
Y puede que tenga miedo, pero no me avergüenzo.
Me pongo el clutch bajo el brazo, tiro la toalla de papel a la basura y salgo del baño. Mantengo la cabeza alta mientras me acerco al mostrador de la recepcionista, y, cuando llego, le doy mi nombre con toda la confianza en mí misma que soy capaz de proyectar.
—Eden St. Claire.
—Sí, el señor Kade ya la está esperando —responde la recepcionista—. Por aquí, por favor.
Estrecho con más fuerza el clutch contra mi cuerpo e intento frenar el temblor de mis manos mientras la sigo. En lugar de llevarme a la multitud de mesas del elegante restaurante, se dirige hacia una cortina que conduce a unas escaleras. La sigo por unos sinuosos escalones de hierro forjado hasta llegar a la azotea del edificio.
Cuando abre la puerta, me quedo paralizada: una guirnalda de luces cubre la terraza del restaurante, que tiene vistas a la bahía; en la distancia, oigo el sonido de las olas al romper contra la orilla. Hay una sola mesa en el centro, y un hombre alto con el pelo entrecano está junto a ella, contemplando pensativo el mar oscuro, con el reflejo de la luna arrancando destellos al agua.
Se gira al oír cómo se abre la puerta y me sonríe con una expresión cálida y sincera.
—Eden —murmura, acercándose a mí.
Mientras se aproxima, me doy cuenta de lo guapo que es, lo que supongo que es bueno y que hará que las cosas sean mucho más fáciles. Su perfil estaba acompañado de una foto, pero nunca me fío del todo de esas imágenes, así que es un alivio ver que es igual de guapo en persona.
—Hola, señor Kade —respondo con una sonrisa; él me coge la mano y me da un beso en los nudillos.
—Estás preciosa esta noche. Muchas gracias por venir.
—Gracias por invitarme —respondo.
Cuando noto el temblor en mi voz y me doy cuenta de lo tensa que es mi sonrisa, me recuerdo a mí misma que debo ser la mujer del espejo: audaz, hermosa, intrépida.
—Por favor, siéntate.
Con mi mano aún descansando suavemente en la suya, lo sigo hasta la mesa: donde me retira la silla para que yo pueda tomar asiento.
Hay una vela en el centro de la mesa y un plato a cada lado, muy ornamentados. Siento una oleada de ansiedad al ver los tenedores de distintos tamaños; me recuerdan que este no es mi sitio, que no soy rica ni de clase alta, que nunca he cenado en ningún restaurante que tuviera distintos cubiertos, grandes y pequeños, alineados junto a los platos.
Pero esta noche… no soy yo misma.
—He pedido una botella de Château Lafite —comenta él, tomando asiento frente a mí—. Espero que te guste el vino tinto.
Se me revuelve el estómago y vuelvo a sentir ese temblor en mis manos.
—La verdad es que yo… no bebo —balbuceo.
Abre los ojos de par en par por la sorpresa, pero su expresión no tarda en relajarse con comprensión.
—Por supuesto. De todos modos, es mejor estar sobrio y lúcido. —Llama a la camarera antes de que desaparezca de nuevo en el restaurante—. Por favor, cancele el pedido del vino y, en su lugar, tráiganos una botella de agua con gas. Gracias.
—Por supuesto, señor Kade —responde ella con una sonrisa cortés.
Cierro la boca antes de disculparme por poner las cosas difíciles. La mujer del espejo no se disculpa por expresar sus preferencias. No tiene nada de qué disculparse.
Yergo los hombros y miro al hombre que está sentado al otro lado de la mesa.
Ronan se relaja en su asiento.
—Bueno, Eden, háblame un poco sobre ti.
—Bueno, todo lo que digo en la aplicación es cierto. Estoy buscando un amo.
—He leído tu perfil y todos los mensajes que has enviado, pero lo que quiero saber es quién eres. Cómo es la auténtica Eden.
Tengo que obligarme a tragar saliva.
—¿Cómo soy? —Mi tapadera ha saltado por los aires. Ha descubierto mis mentiras. El miedo se apodera de mí, y me cuesta respirar—. Eeeh… —vacilo.
—Sí. ¿Qué te hace feliz? ¿Cómo es tu familia? ¿Te gustan más los perros o los gatos? Esa clase de cosas.
Entreabro los labios, sorprendida.
—Ah —murmuro.
Como no digo nada durante un momento, se echa hacia delante, con el ceño fruncido.
—Lo siento si te he dado la impresión de que esto iba a ser un rollo rápido. Me gusta conocer a las mujeres con las que me acuesto, sobre todo si vamos a tener una relación dominante-sumisa. Y como en tu perfil decías que eras nueva en este estilo de vida, he pensado que podríamos tomarnos un tiempo para conocernos primero. ¿Te parece bien?
La verdad es que tengo un poco de prisa por conquistar a este hombre rico, al menos lo suficiente como para que esté dispuesto a gastarse el dinero en mí. Si me compra joyas o ropa de diseño, puedo empeñarlas y dedicar lo que me den por ellas a algo más útil.
Pero, si lo pienso con lógica, me siento más tranquila al saber que no es un cretino superficial y ávido de sexo, aunque, si lo fuera, eso querría decir que llegaríamos más rápido a la cama y más rápido al dinero.
Inspiro hondo, lo miro a los ojos y le miento con absoluto descaro.
—Las cosas que brillan me hacen feliz. Mi familia es cariñosa y humilde, pero no viven tan cerca como me gustaría, así que a menudo estoy sola. Y, sin duda, me gustan mucho más los gatos. —Mentiras, mentiras, mentiras. Ronan parpadea con escepticismo, lo que me preocupa. Si no se cree que solo soy una mujer hermosa y solitaria a la que le encantan las joyas, mi plan va a fracasar mucho más rápido de lo que había previsto. Solo puedo permitirme pasar unas cuantas noches más en el motel antes de quedarme sin opciones—. ¿Y qué me dices de ti? —pregunto con expresión interesada.
—Yo… —comienza a decir, pero en ese momento nos interrumpe la puerta de la azotea al abrirse, y un camarero se acerca con una enorme bandeja sobre un hombro—. Ah, espero que no te importe. He pedido unos entrantes para empezar. Las vieiras aquí están para chuparse los dedos.
En ese momento, el camarero deja una fuente de plata sobre la mesa y mi estómago se contrae al sentir el penetrante olor a marisco que llega directamente a mi nariz.
Un sudor frío y pegajoso me cubre la frente, y se me llena la boca de saliva. No voy a llegar al baño. Tendré suerte si consigo abandonar esta silla.
Sin previo aviso, me levanto de un salto de la mesa y salgo corriendo, trastabillando sobre los tacones, me echo sobre la barandilla que bordea la azotea y vomito hacia la playa desierta que hay debajo. Me da una arcada, y otra, y otra más, y el viento me revuelve el pelo, que se me pega a la cara y al cuello.
Mientras vacío el estómago, pienso en lo humillante que es todo esto. Estoy fingiendo ser una persona diferente para intentar estafar a un desconocido rico, una persona que está dispuesta a acostarse con él y a hacer Dios sabe qué, pero ahora tendré que salir del restaurante con el rabo entre las piernas, de regreso a ese motel infecto y ruidoso que apenas puedo permitirme y en el que tendré que quedarme hasta que se me ocurra otro plan.
Entonces siento algo fresco y húmedo en la nuca. Cuando cesan las arcadas, unas manos cálidas y suaves me apartan el pelo de la cara y me lo recogen en una coleta en la nuca.
Maravilloso… Acabo de intentar estafar al multimillonario más amable de California.
Bien hecho, Eden. Ahora no podré sacarle ni un centavo sin sentirme como la peor persona del mundo.
—Bebe esto —me dice. Un vaso frío toca mis labios, y lo cojo. Bebo lentamente el agua para no volver a irritar mi estómago. Después de unos sorbos, él coge el vaso y me quita una toalla húmeda del cuello y me la pone en la frente. Me da un poco de vergüenza, pero es agradable. Cierro los ojos cuando él me da unos suaves toquecitos en la cara húmeda con la toalla—. ¿Estás mejor? —susurra.
Asiento, pero al moverme es como si hubiera provocado la caída de las lágrimas que he estado conteniendo desde que me enteré de lo del bebé, y poco a poco se deslizan por mis mejillas.
—Lo siento —respondo, con la voz quebrada. Cuanto antes salga de este restaurante, mejor.
—No te disculpes. He pedido que retiren el plato.
—Supongo que debería irme —digo.
Pero no me muevo. Dejo que su alta figura me proteja del viento y le permito que me seque la cara, tranquilizándome tanto que me da igual lo que le ocurra al maquillaje.
—Ven aquí —murmura, y al instante caigo en sus brazos, sin saber muy bien por qué ni cómo puedo sentirme tan cómoda con un hombre al que acabo de conocer. Pero sus manos son grandes y me hacen sentir segura, y aunque sé que no voy a sacar ni un centavo con este estúpido y elaborado plan, no hay nada de malo en disfrutar de un abrazo antes de irme.
Quizás sea porque no me está reprendiendo ni llamándome estúpida. No me está diciendo que solo pienso en mí misma y que todo lo malo que pasa es culpa mía de alguna manera. En lugar de abofetearme y escupirme insultos, me acaricia la espalda y me dice que todo va a salir bien.
Y eso es suficiente para hacerme llorar de verdad.
—No puedo permitir que te vayas así, Eden. ¿Me dejas al menos darte de comer primero?
Me aparto con un sollozo.
—¿En serio?
—Vamos; siéntate y yo pediré.
Veinte minutos más tarde, la mesa está cubierta con una variedad de platos diferentes. Hay un risotto frente a mí. Luego, en el centro, hay una cesta de pan francés, un plato lleno de fruta fresca y una bandeja con pechuga de pollo en filetes acompañados de verduras salteadas.
Se me hace la boca agua al ver la fruta. Cojo un trozo de piña fresca del plato con uno de los elegantes tenedores y me lo llevo a la boca con un murmullo de satisfacción.
—¿Cómo se te ha ocurrido lo de la macedonia de frutas? —pregunto con una sonrisa cuando el sabor no me hace vomitar inmediatamente de nuevo.
—Mi primera esposa tenía antojo de piña durante el embarazo —responde con indiferencia. Por un momento asiento, sorprendida de que haya estado casado y haya tenido hijos, pero luego me doy cuenta de que no debo de parecer muy buena guardando secretos.
—¿Cómo sabes…? —pregunto, paralizada con el tenedor en el aire, a punto de volver al plato de fruta—. Quiero decir, yo no…
—No pasa nada —responde Ronan con una sonrisa tranquila—. Me he dado cuenta después de que hubieras rechazado el vino y hubieras vomitado la comida por el olor a pescado. Recuerdo bien esa fase.
Durante un momento no digo nada. Él sigue sentado al otro lado de la mesa, y yo me pregunto qué leches debo hacer ahora. ¿Qué digo? ¿Que he aceptado acudir a una cita fetichista entre amo y sumisa sabiendo que estoy embarazada de seis semanas? ¿Que nunca había pensado en decírselo? ¿O lo confieso todo sin más?
—Es complicado —digo.
Él asiente.
—Seguro que lo es, pero no te preocupes. No necesito saber los detalles.
Ronan y yo entablamos una conversación agradable. Me cuenta cómo perdió a su primera esposa y a su hijo en un accidente de coche hace veinte años; cómo ha renunciado a las relaciones duraderas después de que le rompieran el corazón una y otra vez, lo que lo llevó a invertir en la empresa que gestiona la aplicación con planes de expansión en el futuro.
—Así que te gusta mucho esto… —comento, y mordisqueo un trozo de pan. Comer despacio, a pequeños bocados, es lo único que parece mantener a raya mis náuseas.
—¿Te refieres al bdsm?
—Perdona. Todo esto me resulta muy extraño.
—No pasa nada. Leí en tu perfil que era nuevo para ti. Para responder a tu pregunta, sí, me gusta mucho.
—No eres como esperaba —digo con una sonrisa tímida.
—Para ser sincero, tú tampoco. Y no me refiero solo a la situación. —Sus ojos se posan en mi vientre y yo pongo una mano allí, pensando con nostalgia en la nueva vida que crece en mi interior—. Dime —enarca una ceja—, ¿fuiste tú sincera en tu cuestionario sobre fetiches?
Abro la boca, sorprendida.
—¡Por supuesto! ¿Por qué?
Agacha la cabeza y me mira fijamente, como esperando a que me sincere. Es demasiado agradable como para mentirle, y como hacía mucho tiempo que no me sentía tan cómoda con un hombre —si alguna vez me he sentido así—, no soporto la idea de mentirle. Así que me rindo en cuestión de segundos.
—Está bien, de acuerdo. No fui del todo sincera.
—¿Por qué mentiste? ¿Por qué querías que el cuestionario te dijera que eras sumisa?
Cuando abro la boca, dispuesta a argumentar que no quería que me dijera eso en absoluto, me doy cuenta de que quizá sí era esa mi intención. ¿Y si nunca se trató de emparejarme con un amo rico? ¿Y si respondí a ese cuestionario como sumisa por otras razones?
De repente, me encuentro diciendo lo más sincero que le he dicho en toda la noche.
—Creo que quería que me dijera que soy sumisa porque ese es el papel que he desempeñado toda mi vida. Le pertenecía a mi padre, le pertenecía a mi pequeño pueblo y a todas las expectativas que se habían depositado en mí y luego le pertenecí a mi marido. Pensaba que eso era lo que quería porque así es como debe ser.
—¿Y eso es lo que quieres? —pregunta, con sus cálidos ojos marrones clavados en mi rostro.
Con mi siguiente inspiración me siento renovada. Y no se trata de sexo, de bdsm ni de nada por el estilo: por primera vez en mi vida me doy cuenta de que no estoy hecha para el papel que he estado desempeñando. Las cartas que me han tocado nunca han sido las mías. Así que, con confianza y audacia, como la mujer del espejo, miro fijamente al hombre que está sentado frente a mí.
—No —respondo. Luego añado—: No sé lo que quiero.
—Mmm —añade él; se recuesta en su asiento y me estudia con atención—. Por mucho que desee que seamos compatibles, me temo que no es así. Pero me encantaría enseñarte si quieres aprender. Imagino que te espera un viaje increíble, Eden, y no me refiero solo al bebé.
La emoción hace que se me forme un nudo en la garganta, y me pican los ojos al sentir el impacto de esas palabras. Esperaba venir a esta cita y, con suerte, despertarme con un nuevo collar de diamantes o unos zapatos de diseño. Nunca llegué a pensar que me haría cuestionarme los resultados de un test sobre fetiches. Pero ahora, de repente, quiero correr a casa y repetir el cuestionario.
Si quiero empezar de cero, tengo que hacerlo siendo yo misma, sea quien sea. No volveré a ser la mujer que era antes. No seguiré interpretando un papel para complacer a los demás. Ha llegado la hora de ponerme a mí misma en primer lugar.
—Quiero aprender —respondo con confianza.
Ronan sonríe y levanta su copa de agua con gas para brindar. Yo alzo la mía y la choco con la suya. Me siento como si me encontrara ante el comienzo de algo grande, y eso vale más que el dinero. Esta vez, cuando pienso en la mujer del espejo, en lugar de creer que es otra persona, me imagino que soy yo.
El amor no es más que otra forma de control
Eden
—Has sido un chico muy malo.
El látigo vuela con un chasquido y el hombre atado al aspa de madera grita a través de la mordaza que tiene en la boca. En su mano derecha, el pañuelo de seda roja sigue bien agarrado en su puño. Esta es nuestra señal no verbal para comunicarnos, ya que en este momento tiene la boca tapada. En el momento en que ese trozo de tela cayera, yo me detendría.
Una vez cada sesenta días más o menos él viene y me paga para que lo lleve al límite del dolor, y le encanta que lo humille mientras lo hago.
Según mi experiencia, este tío debe de sentirse culpable por algo y necesita a alguien como yo para castigarlo por ello. Algunas personas van a confesarse o rezan unos avemarías, y otras acuden a mí. No es asunto mío conocer todos los detalles. Mi trabajo es ser su domme por una noche.
Después de nuestra tercera ronda de seis azotes, le doy otro descanso, para dejarle respirar, sudar y llorar.
—Patético —le susurro al oído, y él suelta un gemido agónico—. Un buen chico aguantaría el dolor, pero tú no eres un buen chico, ¿verdad? —Él niega con la cabeza—. ¿Vas a ser un buen chico ahora? —Él asiente. Tiene los ojos cerrados con fuerza y las lágrimas, las babas y el sudor cubren su pecho desnudo. Y por muy asqueroso que sea, me encanta ver a las personas así. Es como un ritual de purificación o un exorcismo. Vienen a mí cargados con su bagaje, su culpa, su dolor, su preocupación y su estrés, pero en pocas horas, ya sea por el dolor o por el tiempo que pasan en el subespacio, se marchan sintiéndose renovados y revitalizados. Suelto el broche de la mordaza de bola que está en la parte posterior de su cabeza. Vuelve a gemir por culpa del dolor en la mandíbula cuando por fin puede cerrar la boca—. Dilo, Marcus. Prométele a tu señora que a partir de ahora te portarás bien.
—Lo prometo —dice con voz ronca—, señora.
—No te creo —respondo con un tono frío y sin emoción.
Él gime porque sabe lo que eso significa. Echo otro vistazo al pañuelo de seda, pero él sigue agarrándolo con fuerza.
—Creo que necesitas seis azotes más para estar seguro. ¿Qué opinas, Marcus?
Su pecho se agita con cada respiración, y parece que va a volver a llorar. Entonces asiente.
—Sí, señora.
No me preocupa demasiado. Marcus siempre se pone así al final: parece que quiere parar, pero nunca lo pide, y yo confío en que, si ha llegado a su límite, me lo dirá.
—Dime un color entonces.
—Verde, señora.
Me cierno sobre él, lo agarro del pelo y hago que estire el cuello hasta que grita de dolor.
—Te lo mereces, ¿sabes?
—Me lo merezco, señora. —Su voz es tensa y ronca.
—Después de estos seis últimos azotes volverás a ser un buen chico, ¿verdad?
—Sí, señora.
—Bien. Esta vez no te amordazaré. Quiero oír cómo cuentas. Y no te olvides de darme las gracias después de cada azote.
Gime cuando lo suelto y me aparto, y su primer grito de dolor casi hace temblar las paredes. Es un sonido hermoso, y provocárselo me proporciona control y un propósito. Incluso cuando me duelen los brazos y se me cansan, me encanta.
Una hora más tarde, tras unos cuidados posteriores muy necesarios, Marcus sale del vestuario con un aspecto más fresco y ligero que cuando llegó. Ya no lleva los hombros encogidos hasta rozarle las orejas y luce una sonrisa perezosa. Estoy tomándome un agua con gas en el bar cuando él sale del club despidiéndose de mí con un gesto de la mano.
Aunque es un cliente habitual y está acostumbrado a la rutina, va a recibir un correo automático con instrucciones sobre cómo tratar marcas, moratones y sentimientos. No todos los que salen de mis sesiones se van así de felices, por lo que me gusta que estén preparados. Recibir azotes y palmadas en el trasero, literal y metafóricamente, tiende a provocar muchos pensamientos y emociones que no todo el mundo está preparado para afrontar.
Y, con todo, todavía no he recibido ninguna queja.
Mientras sigo tomando mi agua, hago una lista en una servilleta con las cosas que tengo que hacer mañana, o mejor dicho, hoy, ya que son las dos de la madrugada.
«•Recoger cupcakes.
•Reservar entradas para el cine.
•Escribir reseña sobre juguetes sexuales.
•Pedir cita para depilación».
Estoy absorta en mis pensamientos, intentando recordar qué más tengo que hacer, cuando levanto la mirada de mi lista y veo a un hombre que pasa a mi lado con un traje azul oscuro. Lleva el pelo, castaño y largo, peinado hacia atrás y tiene una complexión atlética y delgada.
Por un momento me quedo paralizada, esperando a que se dé la vuelta.
De espaldas parece él, aunque no sé muy bien por qué espero que lo sea. Hace meses que no viene por aquí.
Una mujer hermosa se acerca corriendo al hombre, y este la rodea con el brazo antes de volver la cara en mi dirección. Siento una oleada de alivio y decepción cuando me doy cuenta de que, definitivamente, no es él.
Vuelvo a ponerme con la lista de tareas con una mezcla de emociones indescriptible que me recorre el cuerpo entero, pero no consigo concentrarme. Lo único que me viene a la memoria es aquella noche en la que abrí la puerta del club y me encontré a Clay esperándome. La noche en la que todo terminó entre nosotros. Cuando pronunció aquellas palabras devastadoras: «Solo te quiero a ti».
La ansiedad se apodera de mi pecho al recordar ese momento. No pasa una noche sin que me pregunte si hice lo correcto. Sigo reviviendo ese instante, repitiéndome una y otra vez que fue lo mejor, pero no consigo convencerme del todo.
En un intento por distraer mi mente de revivir una y otra vez esa misma conversación, doblo la servilleta y la meto en mi bolso. Luego me bajo del taburete y me despido del camarero antes de dirigirme a la salida del club.
Lanzo mi bolsa de trabajo al maletero del coche y me acomodo ante el volante, planificando mentalmente el orden de los acontecimientos del día siguiente. Durante todo el trayecto mi cerebro está organizando el horario. Si llego a casa a las tres, podré dormir seis horas antes de tener que prepararme para afrontar el nuevo día. Si pido las entradas antes del mediodía, podremos comer cupcakes y darnos los regalos con Ronan y Daisy antes de que Jack y yo vayamos a la sesión de las siete de la tarde. Si salimos más tarde de esa hora, mañana estará de muy mal humor.
Accedo al garaje a las dos y media en punto, y entro en casa lo más silenciosamente que puedo. La luz de la cocina está encendida, lo que me hace pensar que la niñera todavía está despierta. Y así es: está sentada a la isla de la cocina, escribiendo en su portátil. Cuando me ve entrar, se quita los AirPods.
—Hola —susurra con una dulce sonrisa.
—Hola. Es muy tarde para que estés despierta todavía. ¿Cómo va ese trabajo?
Pone los ojos en blanco.
—Si nunca más tuviera que escribir las palabras «bienestar infantil», moriría feliz.
Me echo a reír y dejo el bolso sobre la encimera.
—Bueno, si algún día quieres ser trabajadora social, lo más probable es que tengas que volver a hacerlo.
Cierra de golpe su portátil.
—No me lo recuerdes.
—¿Qué tal todo? —le pregunto, cambiando de tema.
—Perfecto, como siempre —responde—. Hemos cenado las sobras de espaguetis de la comida y hemos leído cuatro cuentos antes de acostarnos. A las ocho ya estaba profundamente dormido.
—Genial. Gracias de nuevo, Madison.
—No hay de qué. Me encanta pasar el rato con él. Además, así tengo un sitio tranquilo donde ponerme con este estúpido trabajo.
Guarda el portátil y se pasa la mano por los ojos, bostezando. La acompaño a la puerta, agradecida de que viva con sus padres en el barrio de al lado, ya que así no tengo que preocuparme por que conduzca tan tarde por la noche.
—Ya casi lo tienes. Sigue así —la animo, dándole unas palmaditas en la espalda.
—Gracias, Eden. Deséale feliz cumpleaños a Jack de mi parte —añade—. Nos vemos el jueves.
—Nos vemos el jueves —respondo. Espero a que se suba al coche y se aleje antes de cerrar la puerta.
Contraté a Madison hace tres años, cuando se abrió el club, y ha salido muy bien. Es una estudiante universitaria que necesita ganar algo de dinero y pasar tiempo lejos de sus padres. No le importa trabajar hasta tarde, y adora a Jack.
Lo mejor de Madison es que sabe muy bien a qué me dedico, y cree que «es genial», según sus propias palabras, si bien, por decoro, mantenemos esa información en secreto. No me avergüenzo de mi trabajo, pero soy lo bastante lista como para saber que no todo el mundo es tan tolerante y que mucha gente estaría encantada de complicarme la vida con esa información, sobre todo en lo que respecta a Jack.
Después de que Madison se marche, voy de puntillas por el pasillo y echo un vistazo dentro de la primera habitación a la derecha. La lamparita con forma de tiburón proyecta su luz azul y verde sobre las paredes y el techo, y tengo que pasar por encima de los juguetes esparcidos por el suelo para llegar a su cama. Está tumbado boca arriba sobre las sábanas, con su pijama azul a rayas, así que me tomo un momento para contemplarlo y ponerme un poco ñoña.
Sus rizos castaños oscuros reposan revueltos sobre la almohada. Me agacho con cuidado y se los aparto de la cara, me acerco más y le doy un beso en la frente. Tiene el sueño profundo, como yo, así que no se mueve en absoluto.
Luego me tomo otro momento para mirarlo. A partir de hoy tiene oficialmente siete años.
Su cumpleaños me hace recordar el día en que nació. Vivía en la habitación de invitados del apartamento que Ronan tenía en la ciudad y pensaba que aún me quedaban un par de semanas antes de tener que hacer sitio para un bebé. Ronan estaba fuera por trabajo y rompí aguas sin previo aviso mientras leía un artículo en internet sobre las formas correctas e incorrectas de usar un banco para azotes. Incluso hoy en día no puedo ver uno sin recordar el dolor que siguió a ese momento.
Estuve de parto durante horas completamente sola, sin nadie que me cogiera de la mano. Cuando Ronan llegó al hospital, Jack dormía plácidamente en su cuna.
Un par de días después, llevé a casa a un bebé de tres kilos y cien gramos que cambió mi mundo para siempre. Para cuando empezó a gatear, ya teníamos las llaves de esta casa y yo me dedicaba a tiempo completo a mi blog.
Ese día me prometí a mí misma que Jack siempre sería lo primero. Estábamos los dos solos, y siempre iba a ser así. Prefería morir antes que traer a casa a otro hombre que pudiera hacerle a Jack lo que su padre me había hecho a mí. Por muy encantador o rico que sea un tío, me niego a caer en esa trampa otra vez.
El amor no es más que una forma de control.
Y a partir de ese momento yo iba a ser la única que lo controlara todo.
La fruta prohibida siempre es la más dulce
Clay
—Joder —gimo—. Me voy a correr.
De inmediato Jade aparta sus hermosos labios de mi pene y me mira con los ojos muy abiertos y una expresión juguetona.
—Vas a hacer que nos pillen —susurra.
—Me portaré bien —respondo con un murmullo entrecortado.
Cuando su boca perfecta vuelve a deslizarse por mi miembro casi rompo esa promesa. Me muerdo con fuerza los nudillos de la mano derecha y me obligo a permanecer en silencio mientras ella me hace la mamada de mi vida.
Permanecer en silencio mientras el placer alcanza hasta la última célula de mi cuerpo es casi imposible, y más cuando abro los ojos y la veo tragando con una sonrisa pícara en su rostro.
Dios, amo a esta mujer.
Por supuesto, aún no se lo he dicho. Sería una locura. Jade y yo llevamos saliendo solo poco más de cinco meses, y la mitad de ese tiempo lo pasé sumido en una profunda depresión tras una ruptura sentimental.
Pero ella es increíble y me demuestra todos los días lo fácil que es quererla.
Por otra parte, no hace mucho que pensé lo mismo de otra persona, y así me fue… Además, Jade y yo tenemos un gran obstáculo que superar.
—Voy a echar de menos tener que escabullirme —susurra cuando sale de debajo de mi escritorio. Apoya las manos en los reposabrazos de mi silla, se adelanta hacia mí y yo acerco mi boca a la suya para besarla.
—Deberíamos decírselo —respondo; me meto la camisa por dentro del pantalón y me subo la cremallera.
Ella se aparta.
—¿Deberíamos?
Me río y sacudo la cabeza.
—Cuanto más tiempo lo mantengamos en secreto, más probable será que me mate cuando se entere.
—Te vengaré —responde ella. Entonces frunce la nariz de esa forma adorable tan suya.
La rodeo la cintura con mis brazos y hago que se siente en mi regazo.
—Cariño, si de verdad no estás preparada, lo entiendo. Sabes que haré lo que tú me digas.
—Me encanta eso de ti —responde, y me da un beso.
Estoy pensando en cómo ha dicho «Me encanta» cuando el reloj me vibra en la muñeca.
—Su reunión está a punto de terminar. Será mejor que te vayas.
Ella suelta un gruñido.
—Está bien.
—Asegúrate de mirar a los dos lados antes de salir.
—Lo haré —susurra. Una vez de pie, se arregla la falda, con un estampado floral y que le llega hasta las rodillas, y se estira la camiseta, blanca y sin mangas. Utilizando como espejo mi diploma universitario enmarcado, se peina con los dedos su melena castaña, a la altura de la barbilla, y el flequillo recto. Luego coge su bolso de encima de mi escritorio y me pilla mirándola boquiabierto—. ¿Qué?
—Es que eres simplemente perfecta —respondo. Lo cual es cierto, pero no era lo que estaba pensando.
Lo que pensaba era que Jade no se parece a ninguna otra mujer con la que haya salido. Es joven, dulce y divertidísima. El polo opuesto de la última mujer con la que salí.
Quizá esta sea mi forma de protegerme. Salir con una mujer tan diferente que reduzca el riesgo de que todo vuelva a fastidiarse.
Pero lo extraño es que, por muy diferentes que sean Eden y ella, mis sentimientos hacia las dos son extrañamente similares.
Con una sonrisa muy peculiar, Jade abre la puerta de mi oficina y mira a derecha e izquierda antes de deslizarse por el pasillo hacia la salida. Tengo la suerte de que mi oficina esté cerca de la puerta trasera, porque así puedo hacerla entrar y salir sin problemas y sin que nadie nos vea, y eso es genial.
Un momento después se abre la puerta del jefe en el extremo opuesto. Oigo los pasos de Will Penner, como pisadas siniestras que se acercan a mi puerta. Cada vez que recorre el pasillo, se me acelera el pulso por la paranoia. Pero cuando asoma la cabeza veo que en su rostro hay una enorme sonrisa, y suspiro, aliviado.
—Hola, Bradley. ¿Tienes hambre? —saluda, utilizando mi apellido, como suele hacer.
—Claro que sí. ¿Qué vamos a pedir hoy? —pregunto, girando en mi silla de oficina.
—Le diré a Jade que nos traiga algo. ¿Qué te parece sushi?
—Me parece genial —respondo.
Mi jefe se apoya en el marco de la puerta mientras saca su teléfono y, supongo, escribe un mensaje a la chica que acaba de salir a hurtadillas de mi oficina.
—¿Dragon roll? —pregunta, y yo asiento.
—Suena bien.
Me gusta mucho mi jefe. Es lo bastante indulgente como para hacer que el ambiente sea agradable, pero también lo suficientemente estricto como para convertirme en un mejor analista. He sido su protegido en su empresa de gestión financiera durante los cinco últimos años, y espero que me asciendan antes de que acabe este.
Will me necesita como socio en esta empresa si queremos llevarla al siguiente nivel, como él desea. Es un gran planificador financiero, pero es impulsivo y, a veces, desordenado. Nos complementamos bien, y, si consigo ese ascenso, seremos imparables.
Levanta la vista del teléfono justo cuando se abre la puerta de la oficina, y palidezco al oír una voz dulce y familiar desde el final del pasillo.
—¡Hola, papá! —saluda Jade, acercándose a Will.
—Hola, pastelito. Te estaba enviando un mensaje. ¿Qué te parece si pedimos sushi para almorzar?
Ella entra por la puerta, me mira solo un segundo y me dedica un saludo distraído con una mueca de incomodidad.
—Hola, Clay.
—Hola, Jade —respondo, y me vuelvo para mirar mi ordenador, temeroso de que mi expresión me delate sin darme cuenta.
Por el rabillo del ojo veo a Jade besar a su padre en la mejilla. Recordar dónde estaban esos labios cinco minutos atrás hace que quiera morirme de vergüenza.
Jade y yo no planeamos esto. Desde que se graduó en la universidad ha pasado mucho tiempo en la oficina y, como solo estamos Will, un temporal poco fiable y yo, Jade ha estado echando una mano. Después de tantas noches trabajando hasta tarde y almuerzos juntos, todo ocurrió sin más.
Y ahora, aquí estamos. He estado follando con la hija de veintitrés años de mi jefe, a veces en el mismo edificio, durante los cinco últimos meses.
Jade se dio cuenta inmediatamente de mi mal humor después de lo que pasó en el club, aunque no llegué a contárselo. Se acercó y me brindó la atención y el consuelo que necesitaba. A partir de ahí, una cosa llevó a la otra.
—Iré si Clay me lleva. Odio intentar aparcar en el centro —dice Jade con un puchero en mi dirección.
—No te importa, ¿verdad? —responde Will, sin levantar la vista de su teléfono.
—No, señor.
Jade me guiña un ojo cuando me levanto de la silla de mi oficina y me guardo las llaves en el bolsillo. Justo cuando cierro la puerta de mi oficina, Will me lanza una mirada severa.
—Ten cuidado con mi pequeña, Bradley.
Hago todo lo posible por parecer inocente y obediente, asiento y frunzo el ceño.
—Por supuesto. Siempre lo tengo. —Lo digo como si fuera el mejor y más fiable empleado que pudiera imaginar.
Tras eso me dirijo hacia la puerta, con Jade siguiéndome de cerca. Suelo excitarme solo con pensar en estar a solas con ella, así que ya empieza a notarse la erección en mis pantalones antes incluso de salir del edificio.
Conseguimos mantener nuestras manos apartadas el uno del otro todo el tiempo, incluso después de subir al coche y salir del aparcamiento. Recorremos todo el camino hasta que entro en el aparcamiento de un centro comercial en ruinas. Por el rabillo del ojo, la veo bajándose las bragas a toda prisa. El coche apenas se ha detenido cuando ella ya está en mi regazo, con sus piernas aterciopeladas ceñidas contra mis costados, a horcajadas sobre mí y besándome la cara con pasión.
—No me canso de ti —le susurro al oído mientras ella me desabrocha el cinturón.
Y es cierto. Al parecer no soy capaz de saciar mi apetito por esta chica. Cuando esto empezó, pensé que tal vez solo iba a ser una aventura, impulsada únicamente por el deseo y la atracción de lo prohibido, pero ya han pasado más de cinco meses y me estoy encariñando con ella por algo más que por su cuerpo.
Solía pensar que era muy inocente, pero su apariencia dulce y virginal es solo una fachada. Jade debe de ser la mujer más loca por el sexo con la que he estado, y eso me parece de lo más seductor.
—Yo tampoco me canso de ti —dice con un jadeo en el momento exacto en que se baja sobre mi pene y me deslizo en su interior con facilidad.
Dejo escapar un gemido y me aferro a sus caderas.
—Siempre estás tan húmeda para mí…
Sus respuestas no son más que gemidos y jadeos mientras se mueve sobre mi regazo con fervor.
¿Cómo coño he tenido tanta suerte? No soy tan buen tío, y no puede ser que me haya tocado el buen karma. Desde luego, no me merezco sentirme tan bien tan a menudo, pero esta pequeña joya de mujer parece pensar que me merezco nada menos que cuatro orgasmos al día.
He pasado por suficientes malos momentos en mi vida como para saber que mi buena suerte debería haberse agotado hace mucho tiempo.
Jade es dulce y buena; en cambio a mí la mayoría de los días no me soporta ni mi propia madre. ¿Dónde está el truco?
—¡Sí! —grita solo unos segundos antes de que yo me corra, gimiendo tan fuerte que cualquiera en el centro comercial podría oírnos. Se desploma contra mi pecho, tratando de recuperar el aliento—. Estas salidas para almorzar no van a ser tan divertidas cuando él se entere.
—No habrá más salidas para almorzar cuando él se entere —respondo.
—Supongo que tienes razón… —Se levanta y pone sus ojos a la altura de los míos, y yo levanto la mano para apartarle el flequillo de la frente. Saca el labio inferior y sopla para volver a poner en su sitio su cabello revuelto, y eso me hace reír. Cuando me doy cuenta de que la estoy mirando fijamente durante demasiado tiempo, frunce el ceño—. ¿Qué pasa? —pregunta.
—Nada —respondo, echándome hacia delante para besarla en los labios.
Probablemente debería decirle a Jade que es demasiado buena para mí, demasiado dulce, demasiado inteligente, demasiado perfecta.
Pero no lo hago porque temo que, si se lo digo, la perderé.
Solo había una persona que entendía perfectamente lo que necesitaba. Una persona que me hacía sentir que podía mejorar. Una persona que me hacía sentir lo bastante bueno.
Y todo eso era solo una fantasía en mi cabeza, una fantasía que ya se ha terminado.
Jade se baja de mi regazo y se limpia con los pañuelos que guardo en la guantera para situaciones como esta. Luego se vuelve a poner las bragas mientras yo me guardo el pene dentro de los pantalones por segunda vez hoy.
—¿Sigue en pie lo de ir al cine esta noche? —pregunta.
Me vuelvo hacia ella, recordando de repente que había comprado entradas para la sesión de las siete.
—Sí, si todavía quieres. Podrás escaparte, ¿verdad?
—Le diré que voy con unos amigos.
—Perfecto. —Entonces me agacho y vuelvo a besarla. Cuando ella sonríe, busco alguna señal que me explique por qué le gusto tanto a esta mujer. Como si la respuesta estuviera escondida en sus expresiones. Pero no hay nada. Solo esa sonrisa y una expresión llena de inocencia.
—Será mejor que nos vayamos o empezará a sospechar algo —responde ella.
—Por supuesto. —Pongo el coche en marcha y salgo del aparcamiento en dirección al restaurante de sushi.
No dejes que tus hijos hablen con extraños
Eden
—¡Mira qué puto desastre! —exclama, escupiéndome saliva en la cara mientras grita—. Limpia esta mierda.
Aprieto los dientes. Quiero decirle que el único desastre aquí es el que él ha montado. Hay latas de cerveza vacías tiradas por el suelo y su plato sucio sigue en la mesa, porque tengo que hacerlo todo yo.
Pero si discuto con él, la cosa solo empeorará y acabará en violencia.
Así que cierro la boca y me dirijo a la cocina, cogiendo su plato sucio por el camino. Lo tiro con fuerza en el fregadero, cierro los ojos y pienso en los mil dólares que tengo escondidos en el fondo del cajón de mi ropa interior. Cuando llegue a los dos mil, podré salir de aquí. Alejarme de su casa. Alejarme de él.
Solía pensar que las cosas mejorarían. Si una vez me amó, podría volver a hacerlo.
Antes era amable, pero ahora no soy más que el chivo expiatorio de todo lo que va mal en nuestras vidas. Los días malos superan a los buenos hasta el punto de que no recuerdo la última vez que sentí la calidez de su sonrisa.
Aparto ese pensamiento, abro el grifo y me pongo a lavar el plato sucio en el fregadero.
De repente, siento el duro impacto de su mano golpeándome en un lado de la cabeza. Luego me tira violentamente del pelo hasta hacerme caer al suelo. Dejo escapar un grito.
—He estado trabajando todo el día y llego a casa y la encuentro hecha una mierda. ¡¿Y ahora te pones a tirar los platos al fregadero y a montar un escándalo?! —chilla—. Eres una zorra desagradecida.
Mientras me acurruco en el suelo de la cocina, llorando sobre el linóleo sucio y escuchando sus pasos cuando se aleja, enfadado, me doy cuenta de que ya no importa lo que yo haga: ya no hay días buenos, y puede que nunca vuelva a haberlos.
—Mamá, despierta.
La suave voz de Jack susurra en mi oído, y siento cómo se sube a mi cama, se mete bajo las sábanas y utiliza mi brazo como almohada. Su pequeño cuerpo, vestido con un pijama de cuadros, es cálido, y le rodeo la cintura con el brazo y lo acerco más a mí, inhalando su familiar aroma.
La luz del día se cuela por las rendijas entre las cortinas y las paredes, así que cojo mi teléfono y miro la hora. Son las nueve y cuarto.
Puedo oír los dibujos animados en la televisión que cuelga de la pared de mi dormitorio, sobre la cómoda. Jack mira cómo Spiderman se balancea entre los edificios mientras yo me despierto lentamente.
—Mamá, ¿sabes qué día es hoy? —susurra.
—Sábado —respondo, fingiendo estar dormida.
—Mamá… —se queja. Sus pequeños dedos intentan abrirme los ojos y yo me río y le sujeto las manos a los lados de su cuerpo—. ¡Es mi cumpleaños! —exclama.
Abro los ojos de par en par y lo miro con una expresión de sorpresa exagerada.
—¿Tu cumpleaños?
—¡Sí! —responde, emocionado.
Me encojo de hombros dramáticamente.
—Bueno, entonces, si ya tienes siete años, puedes prepararte tú mismo el desayuno.
Él se ríe.
—No, no puedo.
—Claro que puedes. Yo quiero una tortilla, muchas gracias. Ah, y unas tortitas.
Vuelve a reírse y me tira del brazo para intentar levantarme, pero finjo que me vuelvo a dormir, sonriendo.
Abro los ojos, lo inmovilizo debajo de mí y lo cubro de besos y cosquillas hasta que se parte de risa, luchando por escapar de mi alcance.
Salta de la cama y corre hacia la cocina; yo lo sigo, pero con mucha menos energía. Él se lanza al sofá y yo me tambaleo hacia la cafetera.
Mientras preparo el café, lo veo desplazarse por su tablet, con una sonrisa en mi rostro, y, sin poder evitarlo, hago lo que he estado haciendo mucho últimamente: me imagino a otra persona en esta cocina conmigo. O tal vez sentada en el sofá junto a Jack.
Imagino su largo cabello castaño revuelto, tomando café conmigo la mañana del sábado mientras Jack juega tranquilamente a nuestro lado. La imagen de Clay en mi vida cotidiana me pone de los nervios. ¿Cómo leches he dejado que me afecte tanto en tan poco tiempo? Después de tantos clientes, ¿cómo es que ese me ha tocado el alma?
Estoy perfectamente satisfecha viviendo sola con Jack. Él no necesita un padre ni una familia. Los dos somos una familia, y nunca me he sentido mal por ello. Y desde luego que ahora tampoco me siento mal.
No hay necesidad ni sitio para una pareja en mi vida. Yo mantengo a Jack. Puedo encargarme de todo yo sola.
Pero esa puñetera imagen de Clay en mi cocina, dándoles la vuelta a las tortitas mientras yo sirvo el café, me acecha de nuevo. Es tan irritante que me dan ganas de tirar la taza al otro lado de la estancia.
Por muy tentador que sea ese pensamiento, no vale la pena correr el riesgo. No tengo motivos para creer que Clay pueda suponer una amenaza para mí o para Jack, pero solía pensar lo mismo de mi ex.
Y nada vale tanto la pena como para poner a mi hijo en peligro.
Unas horas más tarde, Jack está circulando a toda velocidad por la calle frente a nuestra casa en un patinete eléctrico, y yo estoy mirando con odio a Ronan Kade, que observa a Jack con una sonrisa de orgullo.
—¿En serio? —le pregunto con la cabeza ladeada y una mirada fulminante.
—¿Qué? Él pidió un patinete —argumenta Ronan.
—¿Y le has comprado uno eléctrico? Tiene siete años, Ronan.
—Alégrate de que no haya sido un coche eléctrico —responde Daisy, la esposa de Ronan, mucho más joven que él, con una sonrisa, mientras mece a su bebé, Julian, en sus brazos.
—No me sorprendería… —rezongo; me pongo a su lado y acaricio con el pulgar la suave piel de la mejilla del bebé. Casi había olvidado lo bonitos que son de bebés. Esa etapa pasó volando con Jack. Mi vida entonces era un torbellino y apenas tuve oportunidad de detenerme para disfrutarla.
Pero al ver la boquita de Julian alrededor del chupete verde y ese adorable ruido de succión, de repente deseo poder volver atrás en el tiempo y vivirlo todo de nuevo con Jack.
—Parpadearás y ya tendrá siete años —le susurro; me agacho y le doy un beso en la cabeza a Julian.
—Eso me da miedo —responde ella, acurrucándose más cerca de él—. ¿Has pensado en tener otro?
Abro mucho los ojos y me aparto.
—Dios, no.
—¿Por qué no? —pregunta la dulce e inocente Daisy.
Bueno, no es tan inocente.
—Tengo treinta y cinco años —respondo como si eso fuera razón suficiente.
—¿Y qué? Ronan tiene cincuenta y siete —argumenta ella.
—Sí, bueno, pero él no llevó en su vientre ni dio a luz a Julian. Además, estar embarazada limitaría mucho mi forma de trabajar en el club.
Los tres nos echamos a reír; Jack da la vuelta con su patinete y cada grieta en el pavimento o cada bache en la carretera me pone tensa, a pesar de que lleva rodilleras y casco. Sigo imaginándome lo peor. Pero está claro que tiene un talento natural: toma las curvas a toda velocidad e incluso da un pequeño salto desde el bordillo.
El reloj vibra en mi muñeca y bajo la vista para ver el recordatorio que he programado.
—Oye, Jack, tenemos que irnos pronto si queremos llegar a tiempo al cine.
Su patinete se detiene con un chirrido mientras me mira con expresión de curiosidad en su cara pecosa.
—¿Qué película vamos a ver?
—Guardianes de la galaxia 2. Querías verla, ¿no?
Su rostro se ilumina por la sorpresa.
—¿En serio? Creía que habías dicho que no podía verla porque es para mayores de trece años.
Me encojo de hombros, esforzándome por no sonreír.
—Bueno, ya tienes siete años. Eso es prácticamente trece.
Salta del patinete y lo deja tirado en el suelo; se quita el casco, corre hacia mí y me abraza por la cintura.
—¡Gracias, mamá!
—De nada, cariño —le respondo, revolviéndole los rizos castaños—. Ahora ve a recoger tu patinete y dales las gracias a Ronan y a Daisy.
Obedece; corre a cogerlo y lo lleva al garaje.
—¡Gracias! —exclama, apresurado.
Ronan se ríe entre dientes mientras Jack entra corriendo en la casa. Estoy casi segura de que va a entrar para ponerse su camiseta de los Guardianes de la galaxia.
—Está pasando un buen cumpleaños —comenta Ronan. Me dedica una sonrisa orgullosa, y tengo que apartar la mirada antes de emocionarme. Sé lo que está pensando. Hemos recorrido un largo camino…, mejor dicho, yo he recorrido un largo camino desde que estaba aterrorizada, sin un centavo y embarazada hasta llegar aquí. Jack es feliz y está a salvo, lo que significa que he logrado lo que más temía no poder hacer.
—Gracias a los dos por venir. Y por traer los regalos. Significa mucho para nosotros.
No puedo mirar a Ronan a los ojos, pero él se acerca y me da un abrazo. Luego vuelvo a besar la cabeza de Julian, inhalando ese dulce olor a recién nacido, antes de abrazar a Daisy. Un segundo más tarde, se suben al coche de Ronan.
Jack salta de emoción durante todo el camino hasta el cine. Una vez allí, sus ojos se iluminan al ver la sala de juegos a un lado del vestíbulo.
—Mamá, por favor —me suplica, colgado de mi brazo. Normalmente le diría que no, o que esperara hasta después de la película, pero es su cumpleaños, y parece tan feliz…
Busco en mi bolso un par de billetes de un dólar y se los pongo entre sus ansiosas manos. Antes de dejarlo ir, lo cojo de las manos y lo miro con seriedad y los ojos muy abiertos. Él todavía está prácticamente saltando en el sitio.
—Quédate donde pueda verte. No hables con extraños. Tienes cinco minutos.
—¡Gracias, mamá!
Sale corriendo hacia las luces brillantes y los sonidos de la sala de juegos. Observo con ansiedad desde la cola del puesto de comida mientras mete un dólar en una máquina y coge la pistola del juego, que es casi más grande que él. Juega con una sonrisa entusiasta.
En cuanto acaba la partida, coge su segundo dólar y se mete en una cabina de juego. Ya no puedo verlo, pero mantengo la vista fija en la máquina, vigilando para asegurarme de que nadie más entra o sale mientras juega.
—¡Siguiente! —dice alguien, y me giro para descubrir que soy yo. Rápidamente, pido unas palomitas grandes y un refresco, echando un vistazo a la cabina de juego cada dos segundos.
He aleccionado a Jack sobre la seguridad cuando estamos en público. Sabe que no debe hablar con nadie ni ir a ningún sitio con alguien a quien no conozca. Pero sigo sin poder relajarme en público, incluso sabiendo que está a salvo. Odio que mi mente siga volviendo a la posibilidad de que alguien se lo lleve o le haga daño.
No hay ninguna posibilidad de que su padre biológico vuelva a nuestras vidas, afortunadamente, pero ese miedo sigue vivo en mi interior, incluso aunque no sea racional.
Me pongo cada vez más nerviosa mientras pasan los segundos y el cajero se toma su tiempo para cobrarme. Prácticamente le tiro la tarjeta de crédito cuando me dice el total.
Miro hacia la sala de juegos; sigo sin ver a Jack, y me estoy poniendo paranoica.
Cuando el cajero me devuelve la tarjeta de crédito, me la meto en un bolsillo y cojo las palomitas y el refresco y salgo corriendo hacia la sala de juegos. Cada zancada hacia la máquina recreativa me resulta angustioso. Pero cuando oigo su risa a solo unos pasos, suspiro aliviada.
—¡Te estoy ganando! —grita, emocionado.
—Ya te gustaría —responde una voz masculina. Ya junto a la máquina, distingo primero a Jack en el asiento interior, con sus manitas agarradas al volante del juego. Luego me inclino un poco para ver mejor y me doy cuenta de que no está solo. Hay un hombre sentado a su lado, pero no puedo verle la cara porque una cortina me lo impide.
—Hola, mamá —dice Jack cuando me ve junto a él—. ¿Me das otro dólar?
—Yo me encargo —responde el hombre. Cuando este se agacha para meter otro billete en la máquina, casi se me caen las palomitas al reconocerlo. Se me va todo el color de la cara, me incorporo de un salto y me giro, rezando para que Clay no me haya visto.
¿Por qué está sentado en una máquina de videojuegos con mi hijo?
Es una coincidencia.
Tranquila, Eden.
Solo es una coincidencia.
Pero aun así me dan ganas de salir corriendo al ver que mis dos mundos acaban de colisionar. Él es un cliente y está con mi hijo. Sé que no debería sentir vergüenza por ello, pero, por alguna razón, la siento.
Detrás de mí, siguen jugando mientras yo estoy sumida en la ansiedad. Jack parece estar pasándoselo en grande. Su risa es sonora, y Clay se ríe con él, dándole instrucciones y ánimos.
Algo en mi pecho se estremece al oírlo.
—¡He quedado segundo! —exclama Jack.
—¡Bien hecho! Ya te he dicho que era mejor que tomases las curvas despacio.
—Gracias —responde Jack, y vuelvo a sentirme paralizada por el miedo. Tengo que intentar sacarlo de aquí sin que Clay me vea la cara.
—Vamos, Jack —digo, manteniendo mi voz una octava más alta de lo normal.
—¿Qué película vas a ver? —le pregunta a Clay, ignorando mi orden.
—¡Jack! —grito.
—Guardianes de la galaxia 2 —responde Clay, y yo hago una mueca.
—¡Yo también!
—Bueno, entonces deberíamos darnos prisa. Creo que va a empezar enseguida.
—Vamos, Jack —insisto. Tengo las manos demasiado ocupadas para agarrarlo y sacarlo de ahí; si no, lo haría.
Cuando Jack sale de la cabina del juego echo a andar esperando que me siga.
—Mamá, espera —me llama, pero no me giro para mirarlo. Al cabo de un segundo, está trotando a mi lado—. Él va a ver la misma película que nosotros. ¿Puede sentarse con nosotros?
—Los asientos están numerados —respondo.
Clay se ríe a mi espalda.
—Nos vemos allí, Jack. De todos modos, tengo que esperar a mi novia.
Mis pies se detienen y lo miro. Es completamente instintivo, como si mi cuerpo reaccionara antes de que mi cerebro tuviera tiempo de procesar la información. Pero no puedo evitar girar la cabeza hacia donde está Clay.
Creo que una parte de mí desearía haberse equivocado al creer haberlo visto en el asiento del videojuego. Porque Clay no tiene novia. No puede tenerla. Hace solo seis meses era mío.
Pero cuando levanto la vista y lo encuentro ahí plantado y cruzamos la mirada, todo sucede a la vez.
Me doy cuenta, decepcionada, de que es él, con su cabello castaño peinado hacia atrás y sus pómulos marcados. Reconocería su rostro en cualquier lugar.
Entonces llega el daño que me hace saber que de verdad ha pasado página.
Le lleva más de un segundo reconocerme, algo que puedo entender. En lugar del cuero y la lencería con los que está acostumbrado a verme, llevo unos vaqueros rotos, botas negras y una camiseta gastada.
Su rostro se descompone al reconocerme. Luego sus ojos se dirigen hacia Jack y vuelven a mi rostro.
Veo cómo sus labios forman mi nombre.
—¿Eden?
—¿Conoces a mi madre? —pregunta Jack, rodeándome la pierna con un brazo.
—Eeeh… —Clay y yo tartamudeamos al mismo tiempo.
Una joven morena muy guapa se acerca a Clay dando saltitos.
—¿Listo? —le pregunta antes de volver la mirada hacia Jack y hacia mí.
Estoy demasiado ocupada observándola como para reaccionar. Es su novia. La chica con la que ha rehecho su vida.
Lleva el pelo corto, justo por encima de la barbilla, y un flequillo recto que enmarca su rostro almendrado, con grandes ojos azules y labios carnosos y rosados.
Trago saliva para contener la sofocante decepción y los celos y me vuelvo hacia Jack.
—Vamos a llegar tarde.
—¿Dónde están vuestros asientos? —pregunta Jack hacia la pareja.
Clay comprueba el teléfono.
—Fila Q. Asientos nueve y diez —responde, nervioso y ligeramente incómodo.
—¿En qué fila estamos, mamá? —inquiere Jack.
Ojalá pudiera alejarme de ahí e ir a ver otra película en otro cine. Sinceramente, en este momento, estoy pensando incluso en marcharme a otra ciudad, a otro estado.
