Cosas que los nietos deberían saber - Mark Oliver Everett - E-Book

Cosas que los nietos deberían saber E-Book

Mark Oliver Everett

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Beschreibung

«Cómo afrontarla. ¿Conoces la sensación? ¿Cuando algo es demasiado hermoso? ¿Cuando alguien dice algo o escribe algo o toca algo que te conmueve hasta las lágrimas, o que llega incluso a cambiarte?». Mark Oliver Everett es el cantante de la banda Eels. Su vida ha sido asombrosa. También su manera de hacerle frente. Desde la muerte de su padre, el físico cuántico Hugh Everett, hasta la de su prima, que viajaba en un avión del 11S o la de su hermana, que se suicidó. También la carrera de ese chico tímido que se convirtió en uno de los grandes músicos de culto de EE. UU. Cosas que los nietos deberían saber, su libro de memorias, es uno de los libros musicales más vendidos de la historia de la edición en nuestro país. «Uno de los mejores libros jamás escritos por un artista.» PETE TOWNSHEND

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Seitenzahl: 316

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Blackie era una perrita que lo hacía casi todo sin querer.

Esa era su manera secreta de querer mucho.

Índice

Portada

Cosas que los nietos deberian saber

Créditos

Música y letra (y otras revelaciones)

1. El verano del amor

2. Qué tiempos aquellos | Calla o muere

3. Primera novia

4. Adolescencia problemática

5. Elizabeth en el suelo del baño | Papá en la basura

6. De camarero

7. Espero que te guste pasar hambre

8. Comprando gangas

9. Las chicas que me gustan están locas

10. Un día en la playa | Huracán en Honolulú

11. Tiempos mejores

12. Legado en venta

13. Estoy muy cabreado contigo |

14. Rock Hard Times

15. Luces parpadeantes (para mí)

16. Cosas que los nietos deberían saber

¿Y ahora qué?

Agradecimientos

Notas

MARK OLIVER EVERETT (también conocido como Mr. E), nació en Virginia en 1963, y es el ideólogo y líder de la banda Eels. Desde muy pequeño trasteaba con instrumentos de juguete, y no abandonará la curiosidad sónica y lúdica en toda su carrera de músico, en la que ha usado pianitos infantiles (Symphony for Toy Piano in G Minor representa el mejor ejemplo), y en la que el manejo de samples y cintas grabadas con sonidos de todo tipo es una de sus marcas. Everett encontró la vocación como músico en Los Ángeles, y el título de su debut discográfico en solitario, A Man Called E, presentaba en el centro del relato a un personaje que bromeaba con la desgracia desde la primera canción: Hello Cruel World. El rechazo a las estructuras y procedimientos convencionales, el gusto por los collages de ideas y sonidos y su habilidad para sacar humor de donde no parece haberlo están presentes también desde el debut de Eels: Beautiful Freak (1996), éxito de la música independiente aquí y allí, hasta su último álbum por el momento: The Cautionary Tales of Mark Oliver Everett, de 2014. Pese a recrear un universo inquebrantablemente personal, su música tiene una dimensión pop, como demuestran la popularidad de sus conciertos y la inclusión (a su pesar) de sus composiciones en películas como Shrek y American Beauty. En cualquier caso, esta sensibilidad disfuncional, quizá desengañada pero también tierna, está en el origen de Cosas que los nietos deberían saber, el libro de memorias rock más vendido en la historia de la edición en español, que emocionará tanto a los seguidores de Eels como a los que jamás hayan escuchado su música.

Título original en inglés: Things the Grandchildren Should Know

Diseño de colección y cubierta: Setanta

www.setanta.es

© de la ilustración de cubierta: Geninne D. Zlatkis

© del texto: Mark Oliver Everett

© de la traducción: Pablo Álvarez Ellacuria

© de la edición: Blackie Books S.L.U.

Calle Església, 4-10

08024, Barcelona

www.blackiebooks.org

[email protected]

Maquetación: Newcomlab

Primera edición digital: diciembre de 2021

ISBN: 978-84-19172-01-3

Todos los derechos están reservados.

Queda prohibida la reproducción total o parcial de este libro por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, la fotocopia o la grabación sin el permiso expreso de los titulares del copyright.

Para Liz,

Hugh y Nancy,

dondequiera que estéis.

La historia que se narra a continuación es real.

Los nombres y el color de pelo de algunas personas han sido modificados.

Música y letra (y otras revelaciones)

RODRIGO FRESÁN

CERO Primero voy a hablar de un músico y de un disco (y de sus otros discos) y después de un libro y de un escritor.

Y ambos —músico y escritor, disco(s) y libro— son la misma persona, la misma cosa, ¿de acuerdo?

UNO Mark Oliver Everett es el líder y compositor de la banda solipsista EELS.

Y Cosas que los nietos deberían saber (Things the Grandchildren Should Know) es el cierre —epifánico y fóbico y aleccionador track número 33, un total de 93 minutos de duración, álbum doble— de Blinking Lights and Other Revelations, editado en 2005.

Y como en Electro-Shock Blues y Daisies of the Galaxy, entre otros, lo que se busca y se encuentra allí dentro son canciones felizmente tristes o más canciones tristemente felices.

Se sabe que Everett (mejor conocido como «Mr. E», mejor conocido aún como «Mr. E o E a secas») no es un tipo precisamente alegre.

Pero también es cierto que su música produce un raro optimismo iluminador que, seguro, habría hecho las delicias de Seymour Glass si éste no se hubiera suicidado. Alguna enciclopedia define todo esto como una forma musical llamada dysfunctional-americana o down lo-fi, que acaso empieza y termina en lo que hace Everett en EELS.

Y, sí, todas y cada una de las canciones de EELS piensan en una sola cosa: estamos aquí, no fue fácil, no es fácil, nunca va a ser fácil, y falta menos para el final. Vitales canciones desde este lado del túnel que, se supone, tiene una luz de muerte al final, pero vaya uno a saber.

Mientras tanto y hasta entonces, Everett nos confiesa que su pasatiempo favorito es imaginar cuánto tiempo pasará entre su último aliento y el hallazgo de su cadáver.

Hagan sus apuestas.

DOS Blinking Lights and Other Revelations puede ser considerado sin dificultad la obra maestra de Mark Oliver Everett hasta la fecha, y voy a referirme bastante a este álbum porque Blinking Lights and Other Revelations puede oírse como el soundtrack de este libro más allá de que haya sido grabado antes.

No importa.

Aquí —ahí— está el sonido para estas palabras. Esas melodías sofisticadamente sencillas, esa voz entre vieja y adolescente, pasajes instrumentales perfectos para silbar, momentos más engañosamente up, esos títulos —«Marie Floating Over the Backyard», «Last Days of My Bitter Heart», «Ugly Love», «Going Fetal», por ejemplo— y, de pronto, el convencimiento absoluto de que uno está escuchando un standard instantáneo. Algo como «If You See Natalie». Algo destinado a armonizar los bares de hotel del planeta a esa hora en que a nadie en este planeta se le ocurriría entrar a un bar de hotel.

Canción ésta y canciones todas que son como los capítulos de un libro que es éste que ahora tienen entre sus manos.

Y que suena exactamente así.

TRES Mark Oliver Everett comenzó a grabar Blinking Lights and Other Revelations en 1997, un año después del muy promocionado y apreciado debut de la banda, Beautiful Freak, paso siguiente a los dos buenos discos solistas —A Man Called E y Broken Toy Shop— que Everett ya había grabado a principios de los años noventa y de los que hoy reniega.

Y está visto y oído que su gestación fue lenta y doméstica. Everett grabó, poco a poco, paso a paso, Blinking Lights and Other Revelations en el sótano de su casa, y volvía a él —descendiendo las escaleras de su pena y sus blues— cada vez que le sucedía algo horrible.

Y como le pasaban cosas espantosas con cierta preocupante frecuencia, bueno, Everett regresaba allí abajo bastante seguido y sumaba canciones.

Y cuando escuchó el producto terminado, la discográfica no quiso saber nada del tema, de los temas, de los tracks.

Y no es que Blinking Lights and Other Revelations fuera muy diferente a los inmediatamente anteriores, Souljacker o Shootenanny! alabados por la crítica y, por lo tanto, apreciados por los ejecutivos del disco. Pero cabe pensar que sus aires despojados, el proyecto de cuadernillo rebosante de melancólicas fotos familiares y la explicación de Everett —con ese look de unabomber recién bañado, pero unabomber al fin— de que todo el asunto estaba inspirado en las «pausas silenciosas de las películas de Ingmar Bergman» debe de haber ahuyentado a los ejecutivos de la DreamWorks Records, aun cuando la saltarina «Hey Man (Now You’re Really Living)» tendría que ser un hit radial si viviéramos en un planeta mejor (lo que no quita que su letra aluda a ese curioso y eufórico estado de mente al que se accede cuando se comprende de una buena vez que uno nunca será como los demás, léase: normal, no importa lo que eso signifique).

Así que Everett se lo llevó todo a la mucho más arriesgada Vagrant (por donde ahora se pasean otros outsiders como Paul «The Replacements» Westerberg, que también graba en el sótano y la cocina de su casa) y todos felices.

Y, ahora que lo pienso, es como si —de algún modo— este libro, Cosas que los nietos deberían saber fuera, por fin, la piedra Rosetta que decodificara la Eels way of life and way of thinking y, sobre todo, su way of feeling. La explicación y la descripción de un sonido, de una manera de sonar.

Cosas que los nietos deberían saber es un viaje al fondo de Mark Oliver Everett.

Y es un fondo oscuro, sí.

Muy oscuro.

Más oscuro que un sótano.

Pero, también, es un fondo oscuro con lucecitas parpadeantes como las de un árbol de Navidad. Como el de ese árbol al final de esa película de final falsamente feliz llamada It’s a Wonderful Life: título perfecto para una de esas perfectas canciones de EELS donde se nos recuerda, maravillosamente, que la vida no es maravillosa, que vivir no es cosa sencilla, pero que aun así...

CUATRO En alguna parte leí que Bush II y Dick Cheney habían intentado prohibir a EELS por considerarlo «nocivo para la juventud», por «deprimente», por su «uso indiscriminado de malas palabras» o algo por el estilo.

En alguna otra parte leí que son varios los que consideran a Mark Oliver Everett «un maldito»: alguien que contagia una melancólica mala suerte (Everett visita la casa del difunto Johnny Cash y la casa arde hasta los cimientos a los pocos días), y por las dudas no se animan a cruzar la calle con él.

Pero no estoy del todo seguro de dónde leí esas cosas.

Ahora, muchas de ellas, la verdad sobre todas esas leyendas urbanas marca EELS aparece, resplandeciente, en este libro crepuscular, de puño y letra y notas y voz del protagonista del asunto.

Ese asunto es, sí, la vida y la obra de Mark Oliver Everett.

De lo que sí me acuerdo a la perfección es que EELS tocó en Barcelona hace ya unos cuantos años —cómo pasa el tiempo...— y que fui a verlo y que, a la hora de los bises y de hits como «Novocaine for the Soul» y esa casi versión sedada con morfina de «La Bamba» que es «Mr. E’s Beautiful Blues», Everett no volvió a salir y optó por enviar a su baterista Butch a tocarlos y cantarlos.

Y, como corresponde, sonaron felizmente deprimentes.

CINCO Alguna vez teoricé —y más de una vez lo llevé a la práctica— que no había mejor música de fondo posible para leer lo nuevo de Douglas Coupland y releer lo viejo de Jerome David Salinger que cualquiera de los varios álbumes de EELS.

Ya saben, insisto: música triste pero cálida, historias trágicas cantadas con una triunfante sonrisa vencida, melodías de cajita de música que se abre y se cierra igual que ciertos ataúdes que ya no volverán a abrirse y que, en llamas o bajo tierra, seguirán sonando en nuestra memoria.

SEIS Hacer un alto aquí y caminar —no correr— a escuchar otra vez «Something Is Sacred» o «PS: You Rock My World» y comprender a lo que me refiero apenas más arriba. Algo hace clic cuando se oyen, ¿no?

SIETE Y ahora —por fin, melódica justicia poética— llega el momento en que la música de EELS se convierte en el soundtrack perfecto para leer Cosas que los nietos deberían saber, primer libro de Mark Oliver Everett.

OCHO ¡MÚSICA ROCK! ¡MUERTE! ¡GENTE LOCA! ¡AMOR!, advertía el sticker circular pegado en la delicada portada —fondo gris, tipografía clásica, el grabado de un árbol perdiendo sus hojas— de la edición británica y original de Cosas que los nietos deberían saber.

Y era verdad y no mentía.

Todo eso y mucho más aparece ahí dentro y buscad EELS en la Wikipedia y —en el desglose de la entrada— hay todo un ítem | apartado con el título de «Tragedias familiares».

Y, sí, Mark Oliver Everett está familiarizado con la tragedia y para él la tragedia es algo muy pero muy familiar.

Y cualquier seguidor de EELS lo sabe y sabe que Everett vive para cantarlo: porque sus canciones están construidas en buena parte sobre la fúnebre saga de los suyos contemplada con una mezcla de puro sentimiento y lógica científica.

Y el día que se filme la biopic de Everett, bueno, ahí está Wes Anderson como director perfecto.

NUEVE Y es que las tragedias familiares de Mark Oliver Everett son muchas, demasiadas.

Hermana depresiva y drogadicta y suicida.

Madre adorada que sucumbe a tumor inoperable.

Padre militar y científico y distante (tema de un reciente y brillante documental Parallel Worlds, Parallel Lives, emitido por la BBC4) y con el que Mr. E siempre tuvo una relación traumática, al punto de confesar en su libro que la vez que se sintió más cerca física y afectivamente de él fue a sus diecinueve años cuando intentó resucitarlo, en vano, golpeándole el pecho luego de que tuviese un ataque cardíaco.

Prima azafata —y su marido— que volaban juntos en aquel avión que se estrelló aquel día contra aquel Pentágono ( Jennifer se llamaba y, antes de subir para caer, le envió una postal a Everett desde el aeropuerto que decía LA VIDA ES FABULOSA).

Y, ya que estamos en el tema de las caídas libres (ver el capítulo de su libro dedicado a cómo nuestro héroe fue sucesivamente debilitado por el supuesto sexo débil) sucesivas novias que lo abandonan y una esposa rusa y dentista que un día lo deja sin anestesia y con la boca abierta.

Todo esto, claro, ya había sido cantado —más o menos codificado— en Beautiful Freak (1996), Electro-Shock Blues (1998), Daisies of the Galaxy (2000), Souljacker (2001), Shootenanny! (2003), en el ya mencionado Blinking Ligths and Other Revelations (2005) y en el flamante Hombre Lobo (2009); en las revisiones live en Oh, What a Beautiful Morning (2000), Electro-Shock Blues Show (2002), el magnífico CD/DVD Eels with Strings: Live at Town Hall (2006); en los cromos difíciles pre-EELS firmados por E, A Man Called E (1992) y Broken Toy Shop (1993), donde ya hay temas con títulos como «Hello Cruel World», «I’ve Been Kicked Around», «Fitting in with the Misfits» y «Permanent Broken Heart»; y en ese eslabón perdido (si lo ven o lo oyen, avisen por favor) que es el fantasmagórico y esquivo debut de 1985, apenas cien copias, Bad Dude in Love, firmado por Mark Everett. Y ya que nos paseamos por aquí, está también la esquiva figura de ese disc-jockey apócrifo y doble personalidad à la Hyde que es MC Honky, responsable o irresponsable de This Is MC Honky!: I’m the Messiah (2000).

Pero no importa el año o la encarnación o la siempre cambiante formación de la banda (E suele tener problemas con sus bateristas) o sus cambios de humor y de sonido (he visto a EELS tres veces en vivo y una vez fue pop, otra punk, y otra estuvo junto a un delicado ensamble de cuerdas); lo que importa es la inamovible voluntad de entristecer con la tristeza hasta conseguir en el oyente una rara forma de euforia.

Everett —tal vez el único heredero digno y posible de alguien como Randy Newman dentro del panorama musical norteamericano— ha conmovido y emocionado desde que casi todos lo escucharon por primera vez en ese agónico pero catártico «Novocaine for the Soul» hasta la descorazonadora pero aun así consoladora de «I’m Going To Stop Pretending That I Didn’t Break Your Heart».

Y la leyenda continúa y el cómo y el porqué de todas las canciones entre uno y otro extremo se revisitan en las dos antologías (impagables los comentarios de Everett a cada una de las canciones, precedidos por ensayos de Giles «Hijo de George» Martin y de Mark Edwards) y se explica en este libro de memorias que poco y nada se parece a la memoir habitual de la pop star de turno. Y que está a la misma altura —por su candor confesional así como por sus modales nerviosos— que lo que en su momento hicieron con la narración de sus vidas gente como Ray Davies y Bob Dylan.

Y es el mismo Everett —apadrinado por Pete Townshend y definido como «el Kurt Vonnegut del rock» por Rolling Stone— quien se ríe de la cuestión ya en las primeras páginas cuando dice:

Ya que estamos, ¿qué clase de ego hace falta tener para escribir un libro sobre tu vida y pensar que le puede interesar a alguien? ¡Uno enorme! Pero no tan grande para pensar que fui creado a imagen y semejanza de Dios. A no ser que Dios sea un ectomorfo peludo y de hombros caídos (y no quiera Dios que me olvide de usar la omnipotente «D» mayúscula). Sé también que no soy el tío más famoso del mundo. La gente no lanza rumores sobre hámsters atascados en mi recto, ni nada por el estilo. Hay quienes están convencidos de que he saboteado voluntariamente mi carrera con algunas de mis decisiones «profesionales», pero no es así. Nunca he querido ser famoso por el simple gusto de ser famoso. Me propuse hacer algo bueno en este mundo, lo mejor que pudiese, y ése es el único objetivo. Vamos, que hago solo lo que quiero hacer y dedico una cantidad de tiempo enorme a decir que no a las estupideces que me piden que haga y que sé que no me convienen. No soy un tío famoso de verdad, y esos son los que suelen escribir libros sobre sus vidas, pero aun así he pasado por unas cuantas situaciones y he decidido que ha llegado el momento de ponerlas por escrito. Ésta no es la historia de alguien famoso. Es solamente de la vida de un tío (uno que además se ve de vez en cuando metido en situaciones similares a las de la vida de un tío famoso). Ponerse a hacer esto tiene una carga inherente de EGO, de QUÉ IMPORTANTE SOY, que me hace sentir incómodo. Pero no me habría puesto a ello si no creyese que la mía es una historia bastante peculiar. No soy tan importante. Gracias a la educación que recibí, ridícula, trágica a veces y siempre inestable, me fue concedido un don, el de una inseguridad abrumadora. Una de las cosas que se le nota enseguida a la gente con problemas mentales es el ensimismamiento continuo. Creo que se debe a que tienen que esforzarse por ser quienes son y les cuesta muchísimo ir más allá. Yo no soy la excepción. Pero afortunadamente he encontrado la manera de hacerme frente a mí mismo y a mi familia tratándolo todo y a todos como un proyecto artístico en constante renovación para disfrute de todos vosotros. ¡Disfrutad! ¡De nada!

Y recuérdenlo: Everett bautizó EELS a su banda para que en las tiendas sus discos se ubicaran automáticamente a continuación de sus proyectos en solitario.

Everett, por supuesto, se olvidó de que existía otra banda bastante conocida llamada Eagles.

DIEZ Y la sorpresa no es que Cosas que los nietos deberían saber haya sido un best seller en Inglaterra, donde fue recibido como el mejor libro de autoayuda que no intenta ayudar a nadie pero que lo consigue casi sin proponérselo. Porque Cosas que los nietos deberían saber trata de cómo triunfar en el panorama musical sin por eso tener que venderse y, también, de lo que se siente esa inolvidable y definitiva mañana en la que, cepillándote los dientes frente al espejo del baño, descubres que tu rostro se ha convertido en el rostro de tu padre.

Y que te mira —te miras— fijo y a los ojos.

Y que, de algún modo, lo entiendes todo y te comprendes del todo.

Por fin, al fin.

En una reciente entrevista, Mark Oliver Everett explicó que, habiendo agotado el tema de su familia en verso y en prosa, ahora se veía en la rara situación de tener que salir a buscar nuevo material.

«Supongo que tendré que encontrar otra familia sobre la que escribir», dijo.

Y agregó: «Dentro de cuarenta años tengo planeado escribir el segundo volumen de mis memorias y, si todo va bien, mi objetivo es que sea un libro verdaderamente aburrido».

No sé por qué, pero algo me dice que tal vez haga lo primero pero difícilmente logre lo segundo.

Sus nietos jamás se lo perdonarían.

Nosotros tampoco.

«No todo es bueno y no todo es malo|No creáis en todo lo que leéis|Yo soy el único que sabe cómo es|Así que he pensado que mejor os lo cuento|Antes de irme», canta Mark Oliver Everett al final de «Things the Grandchildren Should Know», en Blinking Lights and Other Revelations.

Y aquí cumple su palabra, y su letra y su música.

Ahora, a cepillarse los dientes mientras se lee este libro.

Ahora, a mirarnos leyendo.

Ahora, por fin, a vernos.

Aquí estamos y sí, están tocando nuestra canción, nuestras canciones. Leámoslas para oírlas sonar.

>Así suenan.

Suenan tristes, pero suenan tan bien.

Crean en todo lo que van a leer aquí.

De verdad.

1

El verano del amor

Conducía por la negrísima noche de Virginia sobre la cinta de asfalto perfectamente plana que en otra época había ocupado la vía del tren. Cuando llegué al puente elevado que cruza la cañada, me puse a pensar en los detalles de la noche en la que acabaría despeñándome por él. Estaba convencido de que no viviría hasta cumplir los dieciocho, y por eso no me había molestado nunca en hacer planes de futuro. Los dieciocho habían llegado y pasado hacía un año, y yo seguía respirando. Y las cosas iban a peor.

Verano de 1982. Ese calor repugnante, húmedo, pegajoso con el que la espalda de la camisa se empapa con solo salir a dar una vuelta con el coche. Al novio de mi hermana Liz se le cruzaron los cables una noche en la cocina de casa y me atacó con un cuchillo de carnicero. Poco después, Liz intentó suicidarse, la primera de una larga lista de tentativas. Se tragó un puñado de pastillas. El corazón se le paró justo cuando llegábamos al hospital, pero consiguieron reanimarla.

Poco después de todo aquello, Liz y mi madre salieron de viaje para ir a ver a unos parientes y yo encontré el cadáver de mi padre, tendido de lado sobre su cama, vestido como siempre con camisa y corbata y con los pies rozando el suelo, como si simplemente se hubiese sentado para morir, a sus cincuenta y un años. Intenté aprender cómo se practica la reanimación cardiorespiratoria con la operadora del servicio de emergencias mientras cargaba con el cuerpo ya rígido de mi padre por el dormitorio. Se me hacía raro tocarle. Que yo recordase, era la primera vez que teníamos contacto físico, si exceptuamos alguna que otra quemadura de cigarrillo que me había llevado al intentar escurrirme por su lado en el estrecho pasillo.

Pensaba que saltar del puente con el coche sería la mejor manera de afrontar la desoladora y agobiante sensación de ser yo. Melodramática manera de quitarse de en medio, ¿no? Es que era un crío. Más adelante, lo habitual era que me imaginase usando una pistola, que no es tan espectacular como tirarte en coche por un puente de tu pueblo. Se puede hacer un seguimiento de mi desarrollo a partir de estos datos. Más recientemente he pensado a menudo en las pastillas. El melodrama es para los chavales. Ahora soy un hombre maduro.

Hacia finales del verano (que yo había empezado a llamar ya «el verano del amor») me fui de casa por primera vez con mi Chevy Nova dorado del 71. El coche, al que yo había bautizado «Oro Viejo», y cuyo suelo oxidado había sido substituido por una señal de STOP, se lo había comprado por cien pavos a la rubia buenorra de mi prima Jennifer, que años más tarde moriría a bordo del avión que se estrelló contra el Pentágono el 11 de septiembre de 2001. Era azafata. Aquella mañana había escrito desde el aeropuerto de Dulles una postal en la que podía leerse en grandes letras LA VIDA ES GENIAL.

Mi padre trabajaba en el Pentágono en la época en la que yo nací. Si fuese de los que creen en las maldiciones me preguntaría si el avión chocó contra el ala del edificio en la que estaba la oficina de mi padre. Pero no creo en las maldiciones. La vida tiene sus altibajos. A lo largo de mi vida ha habido situaciones extremas, pero si tenemos en cuenta que no he tenido nunca un plan y casi nunca la autoestima necesaria para salir adelante, las cosas podrían haber salido mucho peor. Me limito a ir por ahí y ver qué pasa en cada momento.

No sé qué sucede cuando morimos, y no cuento con descubrirlo antes de palmarla. Seguramente no pasa nada, pero nunca se sabe. De momento sigo vivo, y he acabado por entender que algunos de los peores momentos de mi vida han desembocado en algunos de los mejores, así que no soy de los que devora con avidez el melodrama ajeno. Cada día es cada día, y punto.

Se me hizo raro dejar a mamá y a Liz en casa, pero había llegado el momento de salir de allí. Hacía tiempo que me había convertido en el hombre de la casa, visto que nadie más dictaba las leyes, y la muerte de mi padre apuntaló definitivamente mi posición. Pero sabía que si no salía pronto de allí quizá no llegase a escapar nunca.

Por muy raras que se pusiesen las cosas, siempre fui capaz de aislarme en mi cuarto del sótano (paredes pintadas de negro) leyendo El hombre invisible de Ralph Ellison y escuchando a todo trapo con los auriculares puestos Live at Leeds de The Who, Plastic Ono Band de John Lennon, o lo que fuera que me flipase ese año. Incluso en aquella fase tan terrible del Verano del Amor era capaz de escapar a todo al volante de Oro Viejo, contemplando la puesta de sol mientras escuchaba a Sly Stone cantar «Hot Fun in the Summertime» a través del radiocassette cutre que llevaba pegado con cinta adhesiva al salpicadero.

Llegué hasta Richmond y me matriculé en la uni. No me interesaba estudiar, pero parecía algo que todo el mundo hacía y yo no tenía otros planes. Mis notas en el instituto habían sido pésimas como consecuencia de mi absoluta falta de interés, de modo que en la uni me aceptaron solo a tiempo parcial. Me sentía completamente solo y miserable.

Una noche pasaba por al lado de uno de los edificios del campus y oí unos pianos. Entré y descubrí que se trataba del departamento de música de la universidad. A mí no me interesaba estudiar música en aquel plan, pero me moría por tocar algo, lo que fuera, así que empecé a colarme de día y de noche en las salas de prácticas de piano, siempre preocupado por que me pillaran, ya que no tenía permiso para estar allí dentro. Eran los únicos ratos en los que me sentía bien, aporreando las teclas e inventándome cancioncillas sobre la marcha. A veces imaginaba a una pila de gente que escuchaba lo que estaba tocando y le gustaba. Hubo otra noche en la que estuve tocando con tanto abandono que rompí una de las cuerdas graves de un piano, que restalló como un tiro. Salí corriendo del edificio para no meterme en un lío.

Cada vez me hundía más en la desesperación. No me interesaba ninguna de mis clases. La única vía de escape era la música. Empecé a sentir algo que casi podría describirse como ansia de escribir y grabar música. Caminaba atontado por las calles de Richmond mientras soñaba con recuperar el piano de mi madre y hacerme con una grabadora y un micrófono.

Mira que han pasado años, pero hay noches todavía en las que me siento a pensar en la época en la que era joven de verdad y lo bien que me sentía cuando todo iba bien aún y todos estábamos en casa: mi padre leyendo el periódico, Liz dale que dale con Neil Young en su habitación, mi madre riéndose con su risita bobona de algo que tampoco es que tuviese tanta gracia... Cuando pienso en lo que sentía al vivir en medio de todo aquello, me acomete un anhelo irrefrenable y estaría dispuesto a dar cualquier cosa por poder volver a pasar una noche en esa época.

La vida está llena de hermosuras impredecibles y sorpresas extrañas. A veces, la belleza me supera y no sé cómo afrontarla. ¿Conoces la sensación? ¿Cuando algo es demasiado hermoso? ¿Cuando alguien dice algo o escribe algo o toca algo que te conmueve hasta las lágrimas, o que llega incluso a cambiarte? Está bien cuando un no creyente tiene que cuestionar sus propias dudas. Quizá fuera eso lo que me condujo de entrada a la música. Parecía magia. Bastaba con añadir música y ya era capaz de trascender la lamentable situación de mi entorno, y convertirla incluso en algo positivo.

Puede que no me guste tanto la gente como al resto del mundo. Parece que la raza humana está enamorada de sí misma. ¿Qué clase de ego hace falta para llegar a creer que has sido creado a imagen y semejanza de Dios? A ver, sacarse de la manga eso de que Dios tiene que ser como nosotros... por favor. Stanley Kubrick lo expresó muy bien: el descubrimiento de vida inteligente fuera de la Tierra sería catastrófico para el hombre por el simple motivo de que ya no seríamos capaces de considerarnos el centro del universo. Supongo que me estoy convirtiendo poco a poco en uno de esos viejos cascarrabias que creen que los animales son mejores que las personas. También es verdad que de vez en cuando hay gente que me sorprende positivamente y acabo incluso enamorándome de ella, así que... Es lo que hay.

Ya que estamos, ¿qué clase de ego hace falta tener para escribir un libro sobre tu vida y pensar que le puede interesar a alguien? ¡Uno enorme! Pero no tan grande como para pensar que fui creado a imagen y semejanza de Dios. A no ser que Dios sea un ectomorfo peludo y de hombros caídos (y no quiera Dios que me olvide de usar la omnipotente «D» mayúscula). Sé también que no soy el tío más famoso del mundo. La gente no lanza rumores sobre hámsters atascados en mi recto, ni nada por el estilo. Hay quienes están convencidos de que he saboteado voluntariamente mi carrera con algunas de mis decisiones «profesionales», pero no es así. Nunca he querido ser famoso por el simple gusto de ser famoso. Me propuse hacer algo bueno en este mundo, lo mejor que pudiese, y ése es el único objetivo. Vamos, que hago solo lo que quiero hacer y dedico una cantidad de tiempo enorme a decir que no a las estupideces que me piden que haga y que sé que no me convienen. No soy un tío famoso de verdad, y esos son los que suelen escribir libros sobre sus vidas, pero aun así he pasado por unas cuantas situaciones y he decidido que ha llegado el momento de ponerlas por escrito. Ésta no es la historia de alguien famoso. Es solamente la vida de un tío (uno que además se ve de vez en cuando metido en situaciones similares a las de la vida de un tío famoso). Ponerse a hacer esto tiene una carga inherente de EGO, de QUÉ IMPORTANTE SOY, que me hace sentir incómodo. Pero no me habría puesto a ello si no creyese que la mía es una historia bastante peculiar. No soy tan importante.

Gracias a la educación que recibí, ridícula, trágica a veces y siempre inestable, me fue concedido un don, el de una inseguridad abrumadora. Una de las cosas que se le nota enseguida a la gente con problemas mentales es el ensimismamiento continuo. Creo que se debe a que tienen que esforzarse por ser quienes son y les cuesta muchísimo ir más allá. Yo no soy la excepción. Pero afortunadamente he encontrado la manera de hacer frente a mí mismo y a mi familia tratándolo todo y a todos como un proyecto artístico en constante renovación para disfrute de todos vosotros. ¡Disfrutad! ¡De nada!

Por otra parte, y teniendo en cuenta la historia de mi familia, es muy posible que el ecuador de mi vida haya quedado atrás hace ya algún tiempo. Por eso creo que quizá sea mejor escribir todo esto ahora, por si resulta que no escapo a la norma. No quiero ir posponiéndolo mucho más tiempo.

Por lo visto hay varias maneras de enfocar este asunto. Podría escribir en plan «poético». Algo así:

De pie frente al porche, fui consciente del penetrante olor de la hierba recién cortada. Podía también oír el quedo zumbido de los cortacéspedes por todo el vecindario. El aire acondicionado descargaba sobre mí, y yo, entretanto, esperaba. Mary bajó al fin. Nunca llegué a entrar en la casa. Rompió conmigo allí mismo. Regresé a casa acompañado por el canto de las cigarras, ajenas a mi dolor.

O podría incluso darle otra vuelta de tuerca y hacerlo verdaderamente florido. Tal que así:

A lo lejos se entreoye el tenue zumbar de las segadoras. Mozos bronceados y de pechos lampiños sudando al sol, entregados a una última y genuina actividad física antes de cargar con sus petates rumbo a Yale o a Brown. Puedo oír los pasos de Mary al bajar las escaleras, titubeante. Tengo un grillo (no, un saltamontes) junto al zapato. No sé qué es lo que Mary siente por mí, pero este chiquitín sí ve lo que realmente soy. Conectamos por un instante, y luego se aleja de un brinco. Ahora estoy solo. Aparece Mary. Va a romper conmigo, puedo verlo en su rostro. Está a punto de tomar el amor desatado y absolutamente incondicional que le he ofrecido para estrellarlo contra el suelo, donde se desintegra en miles de añicos inservibles. Me hago a la idea. Me hago a la idea. (Fin del capítulo.)

O bien podría ser sincero contigo. Algo así como:

Un día de julio fui a casa de Mary a pasar con ella un rato. Me abrió la puerta, pero no llegué a entrar nunca. Rompió conmigo en el porche de la entrada.

No quiero malgastar tu tiempo con ñoñerías ni chorradas, así que por respeto a ti, dilecto lector, me ceñiré al estilo más directo.

Nunca me interesó llevar un diario. Bastante tenía con intentar vivir la vida, de modo que nunca escribí uno. Tampoco me sentía con ánimos de revivir buena parte de mi vida. Pero eso es precisamente lo que me hizo ilusión cuando mi amigo Anthony me rogó por milésima vez que escribiese un libro sobre mi vida. Llevo dentro un mecanismo extraño que se activa cuando creo que algo queda fuera de mi alcance: sé entonces que tengo que llegar hasta ello. Aunque suponga volver a procesar todo lo que mi selectiva memoria es capaz de recuperar.

En primaria fui un niño esmirriado y de pelo largo al que a menudo confundían con una chica y que siempre, siempre era el último o el penúltimo en salir escogido en los equipos de deporte escolar. Ahora soy un hombre adulto que pasa la segunda mitad de su primera crisis de la mediana edad oculto tras guardias de seguridad que intentan protegerle durante sus conciertos del acosador desquiciado de turno.

¿Cómo he llegado hasta aquí?

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Qué tiempos aquellos |

Calla o muere

Soy hijo de un humilde mecánico. De alguien dedicado a la mecánica, vaya. A la mecánica cuántica. A mi padre, Hugh Everett III, autor de la teoría de los universos paralelos, lo conocí siempre como un hombre callado durante los dieciocho años o así que convivimos en la misma casa. Por lo visto, vivía deprimido por una infancia infeliz y por haber sido siempre despreciado como un chalado, y porque solo muy tarde (demasiado tarde) se había reconocido su genio. He aprendido mucho sobre él tras su muerte, a través de libros y revistas, mucho más de lo que podría haber aprendido nunca del centenar de frases que me dirigió durante aquellos dieciocho años.

El padre de mi padre era el coronel Hugh Everett Jr., del ejército estadounidense. Un tipo imponente, alto, calvo como una bola de billar y con una barbita de chivo minuciosamente recortada sobre el mentón. Como abuelo, fue un vejete encantador que me llevaba a ver pasar los trenes por Berryville (Virginia), la ciudad en la que vivía. De vez en cuando nos encerraba a mi hermana y a mí en el centenario armario de los abrigos, apagaba las luces y anunciaba que un fantasma llamado «el gran Gazunk» estaba a punto de aparecérsenos. Habrá quien diga que aquello era un maltrato terrorífico, pero yo lo recuerdo como algo divertido. Pero en los años cuarenta, mi abuelo obligó a mi padre a ir a una academia militar, algo que mi padre aborreció. El coronel se empeñó además en llamar siempre «Pudge»*