Cosquín - Guillermo Viglietti - E-Book

Cosquín E-Book

Guillermo Viglietti

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Beschreibung

Para la década entre los años cincuenta y sesenta, Cosquín era un pueblo muy pintoresco con un extraordinario río que nacía en las Sierras Grandes y el macizo de Los Gigantes, cuencas que proveían aguas claras y transparentes durante todo el año y furiosas crecientes en la época estival, durante la temporada de lluvias. Cosquín, aires de vida desarrolla cómo se vivió la epidemia de tuberculosis en el Valle de Punilla desde principios del siglo XX a los primeros años de la década de los sesenta. Luego de unos años, pese a los cambios que se podían percibir, algo no había cambiado: todavía existía el estigma de la enfermedad, que, por doloroso, oculto y vergonzoso, marcó a muchas familias de la comunidad. En la actualidad, aún se observa el karma de aquellos que no han sido liberados y el rencor de los que sufrieron el desprecio y la injusticia de haberse enfermado. El autor vivió esas épocas como un niño que miraba la realidad con asombro y necesidad de verdad. Siendo adulto, busca abrir el debate en una población que, aún en pleno siglo XXI, no supera los estigmas, lo que provoca en la actualidad una débil idea de una común unidad. Esta obra pretende generar una nueva vinculación, ya que lo oculto no genera nada constructivo. Solo si la comunidad rememora, valora y comprende el dolor de los otros y si los otros dejan su rencor, le legará a la juventud un Cosquín mejor.

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Seitenzahl: 190

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Viglietti, Guillermo Daniel

Cosquín : aires de vida / Guillermo Daniel Viglietti. - 1a ed - Córdoba : Tinta Libre, 2022.

176 p. ; 21 x 15 cm.

ISBN 978-987-817-608-6

1. Novelas. 2. Novelas Testimoniales. 3. Novelas Históricas. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2022. Viglietti, Guillermo Daniel

© 2022. Tinta Libre Ediciones

Cosquín, aires de vida

Basada en la realización de un trabajo literario.

Prólogo I

Se ubica en el contexto de Cosquín, en la década 50-60, desde la visión particular de un niño de siete años que percibe la existencia de un mundo sumergido, casi oculto, en donde los mayores hablaban con ciertos códigos y sus relaciones tenían que ver con un pasado casi reciente, común.

Su constante curiosidad, inocente y genuina, lo lleva a explorarlo.

Esas personas, ciertamente diferentes, a veces solitarias, estaban en el centro de su atención a tal punto que descubre que sus propios padres pertenecían a él.

Un raro personaje lo adentra en este mundo y le lega un relato de su experiencia que involucra a muchas de las personas conocidas por él.

Años después lo redescubre y comienza este relato, con un alto contenido emocional y con la certeza de que, al relatarlo en la manera en que lo hace, es el mejor homenaje a todas las personas que vivieron el flagelo de la enfermedad.

Los tiempos son imprecisos, pero los relatos genuinos.

El desarrollo literario es casual, casi ingenuo.

Lo que sí es intenso es la necesidad de rescatar la memoria, de mostrar esta etapa de nuestro Cosquín, infundadamente ocultada.

Enrique RoblesLicenciado en Filosofía, profesor.

Prólogo II

Por años escuché en las madrugadas desde mi habitación en la casa de mis padres, en el centro de Cosquín, los pasos de los empleados rumbo a la terminal de ómnibus: “Son las de los hospitales”. Fueron estas instituciones que generaron durante más de la mitad de siglo XX la base económica de mi pueblo y la región, específicamente por aquellos dedicados a la atención de lo tisiológico.

La enfermedad asoló al mundo entero y causó grandes estragos. Antes de la llegada de los medicamentos en este lugar maravilloso, con su especial clima, las gentes encontraron salud.

El ochentapor ciento de la población de alguna manera estaba involucrado con la enfermedad. Esta generaba muchas pérdidas y ganancias, pero sobre todo vida.

Los enfermos llegaron a un lugar no elegido por ellos. Muchos se quedaron debido al esplendor económico y generaron actividades culturales, educativas y deportivas.

En 1939 fuimos declarados ciudad.

Pero todo esconde recelo y dolor de ser olvidado, sobre todo por sus familias.

Así fueron guardando sus secretos: “De eso no se habla”. Muchos desconocen el porqué de la radicación aquí de sus padres o abuelos.

Lamentablemente, según mi parecer, el festival de folclore, con sus luces, sepultó aún más estas historias de vida.

Cuando Guillermo me invitó a prologar su trabajo, surgieron en mi memoria personajes de los hospitales: empleados como don Bonilla, don Cabanilla y don Fontana, abuelo del corazón de mi infancia.

Ellos pisaron estas tierras. Muchos se quedaron, otros partieron sin dejar recuerdos.

Celebro las palabras, la historia, el amor por este terruño.

Celebro la vida.

Por los que vendrán.

Silvia GilliLicenciada en Historia, profesora.

Introducción

Una mañana esperando un tedioso turno en el Banco Nación de Cosquín comencé a charlar con una vecina de la adolescencia y a recordar las cosas que nos pasaron en aquellas épocas. Ella es profesora de Literatura y le pedí que me asistiera para escribir este libro. Le comenté el tema: los enfermos tuberculosos, impresiones de niño y de las cosas que trataba.

Percibí que algunos de los circunstanciales vecinos del salón comenzaron a acercarse y a prestar atención.

Nora, mi amiga, ponderó mi memoria y me animó a que lo hiciera, a que escribiera.

Y lo escribí.

A medida que en distintos ámbitos de mi pueblo fui comentando lo que iba a publicar, me comenzaron a contar sus vivencias.

—Que mi abuelo, mi mamá, mi papá, que un tío, un hermano…

Un sinnúmero de casos que percibo y que no mencionaban por cierto pudor.

Hoy entendí la importancia que dejó en el inconsciente colectivo de mi pueblo esta enfermedad y sus consecuencias.

Entendí que la enfermedad genera en el enfermo rencor, por el abandono familiar y social.

Entendí el abandono de nuestras familias patricias.

Entendí cómo se pusieron en sus hombros al pueblo aquellos que tenían una posición de segundo orden basado en los legados históricos.

Entendí cómo el antiguo enfermo se quedó aquí y ganó su espacio.

Entendí al criollo, que vio perder la oportunidad de decidir sobre su terruño y cómo se aislaba en el campo o en los barrios periféricos. No pudo ser protagonista de su realidad.

Y eso trajo rencor.

Y ese rencor y el pudor subyace en el inconsciente, aún en las nuevas generaciones.

Y hoy nuestro pueblo no es una común-unidad.

Quisiera que este trabajo sirva para que de una vez por todas comencemos a repensarnos. Que generemos en las nuevas generaciones un destino común.

Necesitamos reconocer y agradecer la dignidad de todas aquellas personas que fueron protagonistas de estos acontecimientos.

Y que, en algún momento de nuestra común historia, más allá del dolor, seamos capaces de sentirnos orgullosos de que fuimos esperanza, de que fuimos vida.

Hoy la enfermedad golpea la humanidad.

Y es la oportunidad de curarnos, ya que esta pandemia nos demuestra que nadie es elegido para contagiarse nadie debe ser discriminado ni avergonzado por ello.

Es el destino, tengamos misericordia por aquellos que enfermaron. Y respeto por quienes fallecieron.

Rompamos el prejuicio ante la evidencia: solo así haremos lazos genuinos de comunidad.

Gracias.

1

Entre el recuerdo y la curiosidad

Las grandes turbinas comenzaron a moverse en la represa Los Reyunos, en el departamento San Rafael, en la provincia argentina de Mendoza, ubicado sobre la Precordillera y alimentado por el poderoso río Diamante. A mediados del mes de diciembre, los deshielos proveen de abundante caudal y ya se ha inundado gran parte del embalse. Pronto alcanzará su cota máxima.

Hoy el movimiento de la obra ha cambiado. Todo estaba perfecto. Los captores de filtraciones se encuentran en un régimen normal.

El paisaje es hermoso, grandes formaciones rocosas de color pardo rojizo, con distintas elevaciones, poco accesibles, que se van a transformar y complementar con el espejo del enorme lago que se está formando.

Este día es la culminación de un proyecto ingenieril de gran envergadura. Es un gran acontecimiento para todo el personal que participó en la colosal obra. Los profesionales, técnicos y obreros festejamos con un gran asado en el coronamiento de la represa.

Para mí es la culminación del año, ya que mañana comienzo mis vacaciones. Estoy ansioso de volver a mi pueblo, ver a los míos. Allí el verano es fabuloso.

Esta región árida, tórrida, de escasas precipitaciones anuales, no tiene un cauce, aunque sea pequeño, en el que una persona pueda sumergirse sin congelarse.

Me encuentro en la oficina terminando de ordenar las secuencias de trabajo para el personal que quedará a cargo de este departamento técnico.

Suena el teléfono, miro el identificador de llamadas y rápidamente atiendo.

—Sí. ¿Mamá? ¿Todo bien?

—Sí, hijo, todo bien. ¿Cuándo venís?

Su voz sonó clara. Qué buena tecnología.

—Esta noche viajo desde Mendoza, mañana temprano llego a Cosquín. Preparen Navidad y Año Nuevo que lo vamos a pasar entre todos. Llevo unos vinos caseros, que encargué en una bodeguita en San Rafael, así que espero que prepares los pollos rellenos que son tu especialidad.

—Sí, ya están en el menú navideño. Tu padre va preparar un lechón para la cena de Año Nuevo.

—Bueno, ma, te dejo, todavía tengo que terminar algunas cosas, ir al hotel y viajar a la capital. Chau, mami.

—¡Esperá! Casi me olvido. Revolviendo unas cajas con fotos y otras cosas encontré unos cuadernos pequeños que te dejó Camarada cuando eras chico. Él nos pidió que te los entregáramos cuando entendieras las cosas de la vida. Y la verdad, me olvidé y ahora aparecieron.

—¿Quién, mamá?

—Camarada, aquel amigo tuyo de la peluquería de don Valle. ¿Te acordás?

—Ah, sí, sí… Me acuerdo. ¡Camarada! ¡Tantos años! Después me contás. Gracias, ma.

—Chau, un beso.

El viaje se me acortó bastante, la duración es de unas diez horas.

Menos mal que viajo de noche, entonces llego descansado a Córdoba.

Sin embargo, me costaba dormirme. En la semioscuridad del colectivo, las antiguas imágenes volvieron al presente. Rostros, lugares.

Me había olvidado.

¡Había pasado tanto tiempo!

Recuperé rostros, rostros queridos, guardados en vaya saber en qué lugar de mi inconsciente.

Retrocedí a mis siete, ocho años.

Había corso en mi pueblo, Carnaval, y como todos los febreros las noches eran cálidas, con leves brisas que venían recorriendo el Valle, dando un apacible y agradable frescor.

Sobre la calle central, Ruta Nacional 38, se realizaba el evento. Los pocos vehículos que la transitaban eran desviados en la entrada al pueblo por una calle paralela que corría de norte a sur, al igual que el Valle de Punilla en cuya zona central estaba mi pueblo, Cosquín.

Los disfraces y las comparsas eran numerosas y recorrían varias cuadras bajo la inaugurada Vía Blanca que deslumbraba, para la cual se habían sacados los hermosos y grandes paraísos que coronaban la calle y cuya floración perfumaba el ambiente con sus aromas dulzones, asentando la primavera.

El progreso era bien mirado, pero nunca más hubo arboledas tan lindas.

Esas enormes columnas de hormigón, tan altas o más altas que algunas casas, con su brazo extendido hacia la calle y su potente luminaria, habían sido inspeccionadas por mí a partir del momento en que empezaron las obras.

Mis ojos llenos de curiosidad y asombro no me bastaban para saber de qué se trataba.

Y comencé a preguntar un sinfín de cosas que los obreros supieron responder.

El año anterior asfaltaron la ruta. Los obreros con paciencia y dedicación me explicaban el proceso. Yo absorbía todo. Porque mi fin era explicarles a mis compañeros de grado qué pasaba en mi calle.

Todo lo que pude conocer fue memorizado y detalladamente explicado.

En fin, un informe vial y constructivo completo.

Ahora, veía desfilar en esas noches, bajo estas luces, mascaritas y grupos que componían cuadros escénicos, diablos, linyeras que llevaban sus pertenencias en un bulto atado a un palo que apoyaban en sus hombros, entre otros.

Pero había una determinante del corso: las enfermeras con inmaculados uniformes blancos corriendo a un supuesto enfermo con una enorme jeringa, algunas exageradamente enormes.

Además, había un grupo de enfermeros de impecables uniformes blancos, con barbijo, arrastrando una camilla con un enfermo con bata.

Cada uno llevaba una cosa distinta, un gran tazón de enemas, exageradas chatas y papagayos, jeringas enormes y un desmesurado estetoscopio que llevaba el médico. Él iba a unos pasos del cortejo, dando órdenes.

Estos provocaban risas y aplausos de los espectadores que llenaban la calle por ambas veredas.

¿Cuál era el motivo que realizaran esas representaciones?

Yo relacionaba.

Durante aquella época, nuestro medio de información por imágenes era el cine, en los consabidos y esperados matinés de los domingos a la siesta, al que casi todo el chiquerío del pueblo asistía.

El Cine Pan de Azúcar realizaba funciones con episodios y ahí estábamos, para el agrado y solaz de nuestros padres.

En una de esas memorables siestas, en un intervalo de episodio de la serie del odiado y temido mago Fu-Manchú, pasaron en el famoso Noticiero Argentino el Carnaval de Río de Janeiro primero y luego el de Corrientes.

Mi innata curiosidad de los siete años y mi memoria proyectaron en mi mente las imágenes del último corso que hace poco se había realizado en mi pueblo.

«Qué raro, todos sus trajes son adornados, brillantes, coloridos y con tantas plumas», pensé.

¿Cómo serán esos países en que se visten así?

Debe de hacer mucho calor; y claro, los negros son de África, allá hace mucho calor, hasta Tarzán anda en malla.

De los correntinos, no sé, serán parientes.

Me quedó dando vueltas en mi cabeza este carnaval visto en el cine y el que había vivido.

Eran tan diferentes. Los de acá hablaban de historias de hospitales y de pobres.

El invierno es frío y recordé la primera nevada que vi en mi vida.

El tiempo transcurrió, comenzaron las clases y con ello la rutina de las vacunas: la triple, la doble y meta jeringazos que nos salvarían de terribles enfermedades y la vida. Una de la que más recuerdo fue la BCG, que nos pusieron a mi hermano y a mí.

Curiosamente, no sé porque práctica profiláctica, la querida enfermera doña Lumi, nos la encajó en las piernas, a mí en la derecha y a mi hermano en la izquierda.

La vacuna como reacción nos dio fiebre y nuestras piernas se hincharon hasta que quedaron inválidas. Por unos días nos dejó en cama.

La macana para nosotros era que el veinticinco de mayo se realizaba el desfile en la plaza San Martín.

Mi madre estaba aliviada, ya que no tenía que prepararnos a nosotros para desfilar y solo le quedaban mis hermanos mayores. Al menos se salvaba de dos.

Además, como Maestra ella misma estaba afectada al evento.

Lo que es nosotros sí que teníamos un grave problema: este desfile incluía la presencia y desfile de un batallón del Ejército. ¡Con armamento!

Todos querían estar e íbamos a ser los únicos ausentes. Clarión lo había anunciado toda la semana. ¡No nos lo podíamos perder!

Ese día nos encontraba en la cama con algo de fiebre; sin embargo, nos levantamos, atamos nuestras piernas, como en ese juego que veíamos en las kermeses en la que corrían así, y salimos a los saltos a la plaza, a tan solo dos cuadras de distancia.

Cuando llegamos, nos fuimos metiendo hasta llegar adelante. Nuestra madre estaba en el palco leyendo la apertura del acto cuando levantó la vista durante una pausa, nos vio y se le escapó un medio reto, seguido por una disculpa. Luego explicó nuestra situación, lo cual generó una carcajada del público.

Pese a todo, vimos el desfile en primera fila.

Recuerdo también que todos los años teníamos que presentar el carnet de vacunación con el calendario cumplido. Ese año se incorporó la Sabin, novedosa, sin pinchazo y con un terrón de azúcar.

Para todos los niños era todo un desafío aguantarse los pinchazos, a doña Lumi o a las maestras que salían, carga pública, casa por casa a vacunar a los niños. Esto nos daba la medida de nuestro crecimiento: cuatro, seis, ocho, doce años.

Sabía yo que las vacunas eran buenas, que nos inyectaban gérmenes inactivos para generar anticuerpos. Lo que me desconcertaba era la llamada reacción de Mantuox. Nos colocaban solo con la aguja superficialmente sobre el antebrazo, bichitos, pensaba yo, que sacaban de un frasquito.

Luego de un corto tiempo medían cuanto se había extendido la roncha producida, y si pasaba cierta medida había que ponerse la BCG si era la correcta, a casa.

Yo siempre la ligaba, ¡otro pinchazo! Y van…

Siempre recurríamos al hospitalito, una salita con dos enfermeras de turno. Del otro lado de las vías. Solíamos ir acompañados por nuestros hermanos mayores.

El Hospitalito era el que siempre nos daba los primeros auxilios: que las rodillas lastimadas por algún porrazo, que un corte, algún tajo en la cabeza por un piedrazo, etc.

Recuerdo a esas dos enfermeras con mucho cariño, ellas nos consolaban y contenían. La Sra. Lumi y la Sra. Bustos.

Creo que muchos niños de mi pueblo fueron atendidos por ellas.

Sabía yo que mis padres habían venido a Cosquín desde provincias distintas (de Santa Fe mi padre y de Entre Ríos mi madre) y que los dos sufrieron enfermedades en los pulmones.

Vivíamos en la calle principal, en un pasillo en la mitad de la cuadra, justo en el medio de la cuadra, sobre la vereda impar, en la casa del fondo.

Ese era mi territorio.

Desde la entrada al pasillo, se ubicaban cuatro casas, una de lado derecho, dos del lado izquierdo y la casa del fondo. Casas tipo chorizo. Cocina, comedor, dormitorios y baño todo a lo largo precedidas por una galería, con altos techos de chapa y cielorraso. Puertas dobles altas con banderolas, vidriadas y con postigos.

La galería sostenida con columnas de caño, a veces adornados con enredaderas, como madreselvas, Santa Rita y otras.

Todas las casas daban al pasillo, un cerco de alambre tejido con enredaderas o siempre verdes, una puerta de hierro con alambre, generalmente al medio y con un senderito de material que conectaba con la galería. La entrada a casa solo tenía el ancho del pasillo, continuaba un patio grande y la derecha la casa (cocina, baño y dos habitaciones). En un rincón estaba un enorme tanque sostenido por columnas, donde estaba el lavadero.

Todos me conocían y en todas las casas me recibían. Solo seis niños habitábamos el lugar.

Por costumbre de preguntar y preguntar como corresponde, me percaté de que los adultos de mi pasillo, provenían de otras provincias, Santa Fe, Buenos Aires, Capital Federal, Corrientes, Salta, Jujuy, del lejanísimo sur y que todos tenían algo en común relacionado a las enfermedades pulmonares.

Varios trabajaban en el Hospital Funes o en el Sanatorio de Marina o el Ferroviario o en clínicas privadas.

En una de las casas habitaba una señorita llamada Adela, de una edad entre los cincuenta y sesenta años. Parecía un personaje extraído del cine argentino de los años cuarenta. Alta, flaca, cintura pequeña.

Siempre peinada con el pelo tirante recogido en un rodete; pálida, con pestañas cargadas de rímel. La boca pequeña siempre pintada con labial rojo, manos y dedos larguísimos con uñas largas y prolijas esmaltadas también en rojo. Vestía blusas sedosas, casi siempre estampadas, con un saquito corte sastre, pollera tubo sobrepasando la rodilla, medias negras con costura y zapatos tacos altos.

Siempre estaba vestida de esa manera.

Jamás salía de su habitación. Compartía la casa con otras personas.

Me parecía un personaje bastante extraño.

Pero ella fue quien me enseñó a mirar a las personas y encontrar que no solo en mi casa, mi pasillo, sino que también en mi cuadra y en mi barrio y en mi pueblo se encontraba mucha gente que parecía no pertenecer a esta dimensión pueblerina.

Una vez, la señorita Adela me mandó a buscarle un traje a la tintorería de los Maekawa, ubicada frente al Club Tiro Federal, sobre la vereda del frente. Era una de las varias que existían en el pueblo, todas de japoneses de verdad. Sus mujeres usan kimonos. Siempre que concurría trataba de espiar la trastienda, ver cómo vivían, qué hacían.

Ella me solicitó que avisara a mi madre del mandado así uno de mis hermanos mayores me acompañaba.

Solo le avisé a los gritos que me iba a la tintorería y, sin esperar respuesta, me encaminé.

Cuando estaba parado sobre el cordón de la vereda dispuesto a cruzar, esperando que no pasara ningún coche, sentí que me gritaron.

—¡Esperá, pibe! Yo te cruzo.

Alto, flaco, desdentado, con ojos negros penetrantes, de piel aceitunada, oscura, pelo renegrido, la cara huesuda larga con una enorme nariz, cuello largo con una grandísima nuez de Adán, enmarcado en la puerta de la peluquería, con su paletó negro (el cual no se sacaba hiciera el tiempo que hiciera). Ver ese personaje de edad indeterminada, gritándome con su voz rasposa y con indudable acento porteño, me asustó.

En dos zancadas estuvo junto a mí, puso su huesuda mano en mi hombro y, esperando el paso de varios autos, al ver la calle libre, suavemente me ordenó: “¡Vamos!”.

Al llegar a la otra vereda, creí que su gesto adulto se terminaba y le dije:

—Gracias, don Camarada.

—Escuchame, pibe, a vos y a tus hermanos los queremos muchísimo. Cuando necesites algo de la capital, avisame que yo te lo hago traer.

Me pasó la mano por la cabeza y volvió a la peluquería, no sin antes decirme que les diera saludos a las señoritas Adela y Leonor.

Camarada, otro de los personajes que advertí que formaban parte de este conjunto de seres extraños que habitaban en mi entorno.

Nunca supe dónde vivía, ni a qué se dedicaba. Se lo podía encontrar en la peluquería de don Valle, a mitad de la cuadra, donde solía tertuliar sobre carreras de caballos, fútbol, boxeo. Contaba sus supuestas anécdotas con Leguisamo, Varela, Labruna, los Lecture, padre e hijo, un sinfín de músicos y cantores de tango. Era amigo personal de Roberto Arlt, que vivía en Cosquín, en la calle Santa Fe; también de políticos, curas y militares.

No había tango del que no conociera los autores y cantantes, y solía cantar, afinado, sobre todo este tango:

Ya sale el tren en el confín del cieloy en el andén yo agito mi pañuelo.Y ella, mi muñeca que se ahoga con su tos se va en el tren mi pobre novia enferma.

“De Rubinstein, grabada por Miguel Caló en 1943”, decía, finalizando su introducción.

La verdad, cantaba bien, pero al finalizar una gran tristeza llegaba a su rostro y su cuerpo se contraía como si quisiera desaparecer.

En ese momento, ya sea el peluquero don Manuel o algún cliente compasivo le decía:

—¡Eh, Camarada! ¿Cómo va River? ¿Cómo anda la maquinita?

Esas palabras lo volvían a sujetar al mundo y, con su rapidísima verborragia, trataba de explicar el estado del equipo de su corazón.

Eso sí: siempre fue respetuoso y ubicado.

La clientela de la peluquería lo aceptaba sin problemas. A veces alguno lo tocaba para que contara alguna de sus aventuras y la verdad era que tenía tantas que uno podía estar esperando su turno totalmente entretenido.

Se dudaba sobre la veracidad de sus dichos, pero nadie lo maltrataba. A veces sorprendía porque sus datos resultaban corroborados, por algún cliente o por informaciones de radio o algún diario.

Él siempre usaba su paletó negro que le llegaba a las rodillas.

Nunca lo vi sucio o mal trazado.

Sus gestos eran ampulosos y los acompañaba con un revoleo de ojos que dependía de la intensidad de los dichos.

Los chicos de la cuadra no lo molestábamos, pero algunos le tenían miedo.

Nunca jamás hizo algo para asustarnos y nunca nos molestó.

Los muchachones del barrio tampoco lo hacían blanco de sus burlas, como lo hacían con la Chacha, una mujer renga que se enojaba mucho y que solía tirarles piedras.

O con María la Loca, humilde mujer que solía vestirse de manera ridícula y empolvarse con talco o harina la cara.

Nunca me gustaron esos abusos.

Pero, como es sabido, todo barrio y todo pueblo tienen estos personajes distintos que son pintorescos y hacen a la historia del lugar.

Otro lugar donde asiduamente concurría, de mañana sobre todo, era la terminal de ómnibus o la estación de trenes del ferrocarril Gral. Belgrano, ubicadas una al frente de la otra, separadas por una calle y una plazoleta.

Él, Camarada, esperaba el tren que pasaba cerca de las trece horas proveniente de Córdoba y también lo hacía al regreso cuando llegaba desde Cruz del Eje.