Crecer desde el silencio - Joaquín Marcelo - E-Book

Crecer desde el silencio E-Book

Joaquín Marcelo

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Beschreibung

La continua sensación, impuesta por uno mismo o por lo demás, de no poder conseguir las metas fijadas es lo que marca la vida de una persona con discapacidad. Pero este sentimiento puede afectar a cualquier persona dependiendo de las dificultades que se encuentra por el camino. Crecer desde el silencio es una historia de superación, un relato sobre la adversidad a la que tuvo que enfrentarse alguien que perdió por completo la audición cuando no era más que un niño. En estas páginas encontramos el ejemplo de alguien que, pese a los obstáculos propios de su condición, no solo logró convertirse en una de las principales figuras de las artes marciales, sino que, además, fue bailarín profesional y un destacado coreógrafo, trabajando en teatros de todo el mundo sin que nadie del público fuese consciente de su problema sensorial. Su vida ha sido una prueba constante de que las metas pueden alcanzarse si los obstáculos se ven como pequeños contratiempos y no como barreras infranqueables. Nada es imposible cuando la fe en uno mismo se convierte en una fuerza tremendamente poderosa.

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Seitenzahl: 182

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Crecer desde el silencio

Una historia de superación a través del baile y las artes marciales

Joaquín Marcelo

Primera edición en esta colección: enero de 2022

© Joaquín Marcelo, 2022

© del prólogo, Irene Villa, 2022

© de la presente edición: Plataforma Editorial, 2022

Plataforma Editorial

c/ Muntaner, 269, entlo. 1ª – 08021 Barcelona

Tel.: (+34) 93 494 79 99

www.plataformaeditorial.com

[email protected]

ISBN: 978-84-18927-17-1

Diseño, realización de cubierta y fotocomposición: Grafime

Reservados todos los derechos. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos. Si necesita fotocopiar o reproducir algún fragmento de esta obra, diríjase al editor o a CEDRO (www.cedro.org).

Índice

Prólogo de Irene Villa¿Quién dice que no?1. Un error médico que cambia una vida2. No puedes ir a un colegio normal siendo sordo3. La irrupción de las artes marciales4. No puedes jugar en el equipo de fútbol del cole5. No puedes aprender inglés6. No puedes participar en campeonatos7. No puedes salir con chicas8. Y hablando de complejos...9. El reto de hacer amigos en la universidad10. ¡A bailar!11. No puedes mantener el equilibrio12. Los Ángeles13. No puedes bailar solo14. De cómo bailar sin oír la música15. No puedes hacer estos contratiempos (homenaje a El Farruco)16. Y algún que otro susto...17. Jeet Kune Do18. De cómo montar coreografías sin oír la música19. Desbloquea tu mente20. Consecuencias psicológicas de la pérdida de audición21. Comunicación sin voz22. Concienciación social hacia los discapacitados auditivos23. Crecer desde el silencio

A mis hijas, los dos faros que iluminan mi vida.

A mi madre, que es una parte importante de esta historia.

A todos aquellos que me pusieron obstáculos, porque sin ellos no hubiese aprendido a superarlos.

Prólogo

Me siento profundamente afortunada por haber leído este libro y tener el honor de prologarlo.

He sido testigo de muchas historias de superación relacionadas con una discapacidad, pero no conocía de cerca la discapacidad auditiva, quizá la gran desconocida, ya que no se percibe a simple vista.

Joaquín ha tenido que desenvolverse en la vida sin ayuda de oyentes y se ha visto obligado a sortear obstáculos de todo tipo. Al ocurrirle con ocho años, como él dice, «tu mente no ve más allá de las consecuencias a corto plazo», algo que, como nos ha enseñado la crisis sanitaria provocada por la COVID-19, a veces es la mejor opción. También es clave una madre coraje que te impulsa a hacer lo mismo que cualquier niño sin discapacidad.

Dejar de infravalorarnos y evitar esos frenos mentales que suelen limitar la vida mucho más que una discapacidad es el denominador común de quienes decidimos no estancarnos en el problema y orientarnos hacia la solución.

Afortunadamente se ha avanzado mucho, pero ¿se imaginan lo que pudo ser el colegio en las décadas de 1970 y 1980 para un niño sordo? La adaptación al material académico fue su primer reto. Pero después vendrían muchos más...

Amante del judo antes del error médico que cambió su vida, y tras horas y horas de práctica en solitario pegando patadas delante del espejo y leyendo libros de artes marciales, fue recuperando ese tesoro que da sentido y vida a todo: la autoestima. Expresándose a través del arte marcial de Bruce Lee, Joaquín pone en práctica como nadie sus cuatro pilares fundamentales en las artes marciales y en la vida: humildad, trabajo, eficacia y respeto. Aquí leerán grandes lecciones para crecer y centrarnos en lo esencial.

Superar el temido bullying, que hoy cobra nuevas dimensiones a causa del denominado ciberbullying, se sumaba a no querer que lo vieran diferente. Todo ello le hizo conquistar metas aparentemente imposibles de alcanzar para alguien que no oye. Que nadie notase que era sordo se convirtió en un objetivo que consiguió que todas las demás metas fueran, sencillamente, alcanzables.

La gran destreza para bailar está tan relacionada con la música; y el oído, con el equilibrio, que cuesta entender que Joaquín consiguiera ser bailarín profesional... y ¡coreógrafo! (¿Cómo se consigue hacer cuadrar los movimientos con el tiempo musical cuando no oyes?)

Otro gran reto fue el inglés. Está claro que, cuando existe motivación, no hay barreras que se interpongan. Leerán lo que consiguió, ¡a mí me parece milagroso!

Joaquín demuestra con su vida lo importante y determinante que es salir de nuestra zona de confort, aunque ello suponga asumir riesgos y evitar condicionarnos por quienes lo ven todo difícil o imposible.

Enhorabuena por haber conseguido muchísimo más que aquel primer gran reto de ser autónomo, ¡y gracias por inspirarnos desde tu silencio!

IRENE VILLA

Escritora, conferenciante y periodista

¿Quién dice que no?

«¿Que quieres dedicarte a bailar profesionalmente ahora? ¡Estás loco! Te piensas que puedes hacer cualquier cosa...Tú te sobrevaloras.» Estas fueron las palabras de mi padre, un hombre que dedicó toda su vida a la danza y trabajó con afamadas compañías, como las de Antonio Ruiz Soler (Antonio el Bailarín), Carmen Amaya o Lola Flores, cuando le comenté mis planes de empezar a bailar con veintiún años y siendo sordo. Mirándolo en retrospectiva, no me queda otra opción que entenderlo: mi propuesta de futuro era poco realista y cualquier persona con un mínimo de sentido común hubiese respondido de manera similar. Y además estaba el añadido de que mi padre sabía de primera mano lo sacrificado y difícil que era lograr hacer del baile tu profesión.

Pero ese «Tú te sobrevaloras» se clavó como un aguijón en mi orgullo. Desde ese momento, quise demostrar a mi padre que se equivocaba. Sabía de las dificultades que conllevaba mi empeño: no la ya de por sí difícil tarea de querer ser profesional de la danza con veintiún años sin haber hecho absolutamente nada relativo a ello con anterioridad, sino más aún el hecho de ser sordo.

A los ocho años perdí completamente la audición en ambos oídos debido a una meningitis que no supieron diagnosticar a su debido tiempo. Siempre digo que no sé qué forma de ser habría tenido de no haber pasado por esa experiencia, pero sí sé que hubiese sido distinto. De ser un niño extrovertido y el cabecilla de todas las revueltas, pasé a encerrarme en mí mismo más de lo debido y a desconfiar de todo aquel que me pareciese que me miraba raro... Pero cualquiera que fuera la situación, nunca permití que se me considerase diferente o incapaz de hacer algo por no oír. Era algo más fuerte que yo mismo. Durante mi niñez y pubertad, podía llegar a enfadarme mucho por cualquier referencia que mis compañeros hiciesen a mi falta de audición. Podía aceptar una broma relativa a cualquier cosa, pero nunca un chiste por ser sordo.

El principal problema que acarrea la sordera no es solo lo de no oír conversaciones, sonidos o músicas. Es la consecuencia que todo ello tiene en tu mente y cómo cambia tu forma de ser y tu relación con los demás. Las personas con discapacidad auditiva suelen sentir desconfianza hacia cualquier persona que no esté dentro de su círculo íntimo, como familiares o amigos más cercanos. Fuera de este círculo, fuera de aquellos que no saben hablar su lenguaje, que es el lenguaje de los signos, el mundo de los oyentes se les presenta lleno amenazas e inseguridades. Esto puede parecer lógico, pero mi opinión, habiendo crecido sordo, es que tanto los padres como los educadores de los niños con problemas de audición deben ser conscientes de que tarde o temprano estos deberán lidiar con la sociedad y salir de esa burbuja de cristal desde la cual se sienten protegidos. Considero fundamental que los sordos consigan tener autonomía y sortear por sí mismos, sin ayudas de terceros o de intérpretes, las incertidumbres que se presentan fuera de su entorno, que es, en definitiva, el rudo mundo real.

No es en absoluto fácil. Hay que aceptar que, en muchas ocasiones, los hijos con pérdida auditiva habrán de pasar por malas, aunque aleccionadoras, experiencias. Y es cuando los allegados de esos niños deberán estar ahí para ayudarlos en el proceso. Pero pretender evitarles muchos de los problemas a los que tendrán que enfrentarse cuando crezcan será pan para hoy y hambre para mañana.

Tras salir del hospital en que había estado ingresado a causa de la meningitis, mi madre me pidió que bajase al supermercado a comprar. Yo protesté, me enfadé, lloré, e hice todo lo posible por explicar a mi madre que «un niño sordo no puede bajar a comprar».

—¿Y si no entiendo lo que me dicen? —preguntaba.

—Pues les dices que no oyes, y que te lo repitan.

—Tú no sabes lo que dices porque tú no tienes mi problema.

—Tú no tienes ningún problema, así que no te escudes en que no oyes. Tienes que bajar a comprar.

Puesto que no conseguí que cambiara de opinión ni haciéndole sentir pena por la nueva situación en la que me encontraba, finalmente tuve que bajar a comprar, aunque fuese hecho un mar de lágrimas. Y con lágrimas también se quedaba ella, obligada como se sentía a tomar esa decisión. Mi abuela decía que era una crueldad tratar así al «pobre niño»..., pero lo cierto es que esa actitud por parte de mi madre hizo que tuviese que salir de esa cámara de protección y enfrentarme al mundo.

Luchar por pequeños objetivos no siempre tuvo resultados favorables, desde luego. Ni fue así de niño ni lo es ahora de adulto. Y es que en esta vida puedes encontrarte con gente dispuesta a ayudarte o con gente a la que no le importa nada que no tenga relación con ella misma. Así, tan pronto tratas con alguien que te presta toda su atención como que te topas con un empleado del centro de información del aeropuerto de Heathrow que, tras explicarle mi problema auditivo y pedirle, por favor, que me hablara despacio o me escribiera para explicarme cómo llegar a la terminal donde estaba la puerta de embarque con destino a Nueva York, se negó a escribirlo y siguió hablando exactamente igual, sin hacer el menor intento de mover algo más los labios ni mostrar interés alguno en que le pudiera entender (con una expresión de «si no me entiendes, es tu problema»), y todo ello en ese momento justo en que estás a punto de perder un avión. Por desgracia, este ejemplo no es un caso aislado. Puedo dar muchísimos otros similares, lo que demuestra que una persona sorda que se desenvuelva sin ayuda de oyentes tendrá que sortear diversos tipos de obstáculos. Pero, como sucede con todo en esta vida, para aprender algo, debes experimentarlo.

La superación de obstáculos no es algo exclusivo de aquellos que tienen alguna discapacidad, y la falta de autoestima no es potestad de los más desfavorecidos. Más allá de lo que marcan nuestros canales sensoriales o nuestras posibilidades físicas, el sentimiento de plenitud y una razonable felicidad se fundamentan en cómo logramos surfear las olas de la vida. Algunos superarán grandes olas aun portando una pequeña tabla, y otros se caerán (y lo que es peor, no se volverán a subir) llevando tablas grandes y sobre olas pequeñas. Esto significa que no depende de los medios que tengamos a nuestro favor (poder, dinero...), sino de nuestra destreza en surfear, lo que marca la diferencia.

Desde luego, la gente discapacitada tiene un plus añadido con respecto a los problemas con los cuales deberemos lidiar en esta vida. Y eso les hace buscar la ayuda de otras personas para poder paliar, en la medida de lo posible, esa deficiencia. Si bien yo enfatizo en la búsqueda de un máximo de autonomía, debemos ser conscientes de que en ocasiones esa ayuda será necesaria, y entonces sería deseable que tanto aquellos con discapacidad auditiva (la que no se percibe a simple vista) como cualquier persona con diversidad funcional que necesite algún tipo de apoyo puedan verse asistidos en una sociedad participativa e involucrada en el tema de las discapacidades.

Desde que somos niños, deberían inculcarnos que cuesta muy poco ofrecer una ayuda puntual a alguien que tenga limitado algún canal sensorial o presente restricciones de movilidad o psíquicas, pero que el bien que se les puede hacer probablemente sea enorme. Entonces puede que cambiaran el concepto que tienen y el trato hacia esas personas a las que la vida ha golpeado de una manera distinta que a los demás, para así entre todos, convertir esas pequeñas ayudas en una gran ayuda social.

Este libro trata sobre la superación de algunos de los obstáculos con los que me topé a lo largo de mi vida, y va dirigido a aquellas personas, con o sin discapacidad, que sienten que no pueden conseguir algo, bien porque así se lo inculca el entorno, bien por falta de motivación o convencimiento respecto de su valía para hacer sus sueños realidad. No permitas que nadie te diga que no puedes.

1.Un error médico que cambia una vida

Era un día normal de colegio, y en aquel momento yo tenía ocho años. Empecé a encontrarme mal, me entró un tremendo dolor de cabeza, y me llevaron directamente a mi casa. Ya allí los dolores no dejaron de crecer y a ellos se sumaron vómitos ocasionales, con lo que pidieron cita para que me examinara mi pediatra. Su diagnóstico fue tajante: «Cólico hepático». De ahí los vómitos. Me recetaron envolverme en una sábana mojada con agua fría para bajar la fiebre, que era altísima, y beber zumo de limón exprimido. El médico estaba convencido de que, con eso, al día siguiente mejoraría muchísimo. Pero, muy al contrario, de la noche a la mañana los síntomas fueron en aumento, con lo que mi madre lo llamó para decirle que mi estado había empeorado; me dolía horrores la cabeza y no podía ni bajarla para vomitar (síntoma inequívoco de meningitis). El citado doctor, que no estaba por la labor de que la madre de turno lo contradijera en su diagnóstico, le dijo que no se preocupara, que los cólicos hepáticos suelen provocar esos dolores de cabeza, que ya me había examinado el día anterior y estaba seguro que no tenía cuadro de meningitis... Así que entre zumos de limón exprimidos la situación se fue agravando. Dejé de oír por un oído y luego por el otro. Mi madre llamó entonces a otro médico, que nada más verme dijo: «O llaman a una ambulancia urgente o este niño se nos va».

Hay un dicho que reza: Los jardineros tapan sus errores con flores, los cocineros tapan sus errores con salsas, y los médicos tapan sus errores... con tierra. Si la ambulancia hubiese llegado media hora más tarde, este dicho se hubiese cumplido al pie de la letra. Afortunadamente, en el hospital lograron detener la meningitis atiborrándome a antibióticos. Salvé mi vida, pero el resultado fue una sordera profunda que me ha acompañado desde entonces.

¿Cuál fue mi reacción al saber que me había quedado sordo con ocho años? Esta misma pregunta me la hicieron muchas veces. «Si me llega a pasar a mí, me mato», me decían algunos chicos; «Yo me volvería loco», me respondían otros... Más allá de las drásticas medidas planteadas por mis amigos, lo cierto es que por aquel entonces yo no era muy consciente del cambio tan grande que se había producido en mi vida. De haberme sucedido con mayor edad, hubiese sido un golpe mucho más fuerte. Pero siendo aún un niño, no tenía esa visión de futuro de lo que iba a ser de mi vida a partir de aquel momento, y solía entretenerme con cualquier cosa: la película de esta noche, los cómics de Astérix, los juegos de mesa... Tu mente no ve más allá de las consecuencias a corto plazo. O al menos eso fue lo que me pasó a mí. Solo recuerdo una vez, durante mi estancia en el hospital, en la que realmente fui consciente de que ya no volvería a oír nunca más. Hubo ocasiones en que me lamenté de que todo eso me hubiese sucedido por el error de un médico, hasta que me di cuenta de que lamentarse no sirve de nada. Errare humanum est. Aunque cierto es que un punto más de humildad por parte de aquel médico en reconocer que podía haberse equivocado en su primer diagnóstico pudo haber salvado mi preciada audición.

Este error médico afectó sobremanera a mi madre, que se pasó todo un año soñando en diferentes formas de acabar con ese doctor: a veces lo envenenaba, otras le golpeaba con un objeto punzante, varias veces esperándolo en la puerta de su consulta y atropellándolo con el coche... No cabe duda de que tal variedad de planteamientos hubiese servido de inspiración a la mismísima Agatha Christie.

2.No puedes ir a un colegio normal siendo sordo

Tras un tiempo hospitalizado, llegó la hora de tener que volver a incorporarme al colegio. Los profesores se negaron a aceptar mi retorno a las clases, alegando que necesitaba un colegio especializado acorde a mi discapacidad. Hoy en día, los colegios integran a los niños sordos en un entorno de alumnado compuesto por oyentes, pero en el siglo pasado no era así. No fue hasta el año 2008 cuando se cerró el último colegio en Madrid de educación exclusiva para sordos, un modelo educativo con más de doscientos años de historia. Ya en aquel 1973, a mis padres no les gustó la perspectiva de que fuese a un colegio de educación especial, e insistieron en que volviese al mismo centro con el cual estaba ya familiarizado y en el que tenía amigos. El director del colegio zanjó la discusión de esta manera: volvería durante los meses siguientes hasta que terminase el curso escolar y mi continuación en el centro docente dependería de cómo lograse adaptarme.

Esa adaptación al material académico fue el primer reto al que tuve que enfrentarme. Al no entender lo que decían los profesores, estaba por ver si podía sacar adelante las materias. Se decidió que me colocarían en una mesa frente al profesor (siendo honestos, no sirvió de nada porque los profesores no me hablaban a mí directamente para que los entendiera, y todavía menos movían los labios de forma acentuada para facilitarme las cosas; ellos hablaban en general para toda la clase) y también que me pondrían al lado de un compañero del cual pudiera copiar los apuntes que él tomaba sobre las explicaciones dadas por el profesor. A partir de ahí, todo dependería de mi trabajo y capacidad. Mis padres me pusieron un profesor particular de lectura labial (y no de lengua de signos porque, al asistir a un colegio de oyentes, era innecesario, y por ello no llegué a aprenderla) cuyas lecciones duraron solo dos días debido a mi razonamiento de que «la lectura labial la estaba ya practicando durante el día entero en el colegio». Mis padres confiaban en que sacaría adelante las asignaturas, ya que un médico les había dicho que no debían preocuparse por el tema académico porque tenía altas capacidades. Quizá fuese cierto en una edad temprana, ya que recuerdo haber tenido una gran facilidad para aprender las materias que nos dictaban, pero, sobre los doce años aproximadamente, mi opinión es que fui paulatinamente agilipollándome y mi grado de inteligencia quedó en los niveles estándares de mi edad. Pese a que debo reconocer que nunca fui un alumno especialmente aplicado en mis tareas escolares, logré sacar las notas que me permitieron continuar en ese mismo colegio hasta mi paso a la universidad.

Pero ir a un colegio «normal» siendo yo el único «anormal» lógicamente tenía un peaje. Los primeros años de convivencia con los niños «normales» de mi misma edad no resultaron fáciles. Afortunadamente, tenía unos pocos amigos en los cuales podía resguardarme, pero eso no evitó tener que sufrir un cierto nivel de lo que hoy en día es conocido como bullying. A mediados de la década de 1960 en España ese bullying era llamado simplemente «tomarla con alguien»... Los niños que eran el blanco de las burlas se llevaban algunas collejas, aguantaban algunas humillaciones (afortunadamente ninguna demasiado grave, hasta donde yo pude atestiguar), aprendían a tragar y no les quedaba otra que aprender a manejar de alguna manera aquellas burlas dirigidas hacia su persona. Desafortunadamente, los profesores de antaño no prestaban a esos comportamientos la misma atención que hoy, ya que lo consideraban «cosas de chavales» y todo quedaba en casa (léase cole). En mi opinión, creo que en la actualidad no suceden los casos de bullying con tanta frecuencia como en aquellos años, pero, cuando suceden, son mucho más graves. Y esto es debido, de nuevo en mi opinión, a que los chicos de hoy no son, por regla general, como los de antes; muestran una total falta de respeto por cualquier autoridad (en realidad, algunos ignoran lo que es la palabra respeto) y se sienten con impunidad a la hora de realizar sus actos vandálicos. Han pasado a ser niños superprotegidos que apenas poseen freno inhibitorio en sus acciones. Y, además, está el uso de las redes sociales, que mal llevadas pueden llegar a destruir la intimidad y el honor de una persona. Insisto en que hablo únicamente de un sector de la población, ya que muchos de los niños que conozco no son así. Pero quiero decir que los chavales problemáticos que antaño eran vistos como macarras hoy en día son verdaderos delincuentes emocionales que pueden llegar a destrozar la vida de una persona. En nuestra sociedad ha habido una total caída de valores.