Cuanto más te debo - Michael Sledge - E-Book

Cuanto más te debo E-Book

Michael Sledge

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Beschreibung

En este relato, inspirado en los poemas que Bishop escribió durante los diecisiete años que vivió en Brasil, Michael Sledge recoge la esencia de aquello que la poeta norteamericana más amó: la naturaleza, la poesía, la vida y un amor que se despertará en ella tan pronto pise suelo brasileño. Poco después de su llegada, Bishop inicia una relación con Lota de Macedo Soares, mujer vital, curiosa y sensible que le ofrece una percepción intensa del ser en el tiempo tal y como se plasma en la naturaleza, la arquitectura y la vida cotidiana. Tomando como punto de partida dos versos de Camöes («que cuánto más os pago más os debo»), Sledge nos habla con maestría y perspicacia de dos almas que se encontraron, se admiraron y se compenetraron. Bishop encontró en Brasil un hogar y su libertad.

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Seitenzahl: 535

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Primera edición: octubre, 2015

© Michael Sledge, 2010

© de la traducción: Hipatia Argüero Mendoza, 2015

© Vaso Roto Ediciones, 2015

ESPAÑA

C/ Alcalá 85, 7º izda.

28009 Madrid

MÉXICO

Apartado Postal 443, Col. Del Valle

San Pedro Garza García, N. L., 66220

[email protected]

www.vasoroto.com

© fotografía de cubierta: Leonardo Finotti, 2010

Casa de Lota de Macedo Soares

Queda rigurosamente prohibida, sin laautorización de los titulares del copyright,bajo las sanciones establecidas por las leyes,la reproducción total o parcial de esta obrapor cualquier medio o procedimiento.

Impreso en México

Imprenta: Editorial Color

ISBN: 978-84-16193-36-3

eISBN: 978-84-12519-68-6

BIC: FA

Dep. Legal: M-33162-2015

Michael Sledge

Cuanto más te debo

El viaje interior de Elizabeth Bishop yLota de Macedo Soares

Traducción de Hipatia Argüero Mendoza

Dedicado a Raúl Cabra Estrella

… O dar-vos quanto tenho e quanto posso,Que quanto mais vos pago, mais vos devo.

CAMÕES

Índice

LLEGADA A SANTOS

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

CANTO PARA LA ESTACIÓN LLUVIOSA

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

NINGÚN CAFÉ PUEDE DESPERTARTE

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Agradecimientos

LLEGADA A SANTOS*

(NOVIEMBRE, 1951-ENERO, 1952)

Aquí hay una costa; aquí hay un puerto;aquí, tras una exigua dieta de horizonte, hay algo de paisaje:de formas imprácticas y –¿quién sabe?– autocompasivas, las montañas,tristes y adustas bajo su verde frivolidad,

con una iglesia pequeñita en una de sus cimas. Y almacenes,algunos en color rosa pálido, o azul,y algunas altas borrosas palmeras. Ay, turista,¿es así como este país te responderá, a ti

y a tus excesivas demandas para un mundo distintoy una vida mejor, y la entera e inmediatacomprensión de ambos, al fin, luego de esperardurante más de dieciocho días en suspenso?

Termina tu desayuno.

*BISHOP, ELIZABETH, Poesía completa, Col. Esenciales, Vaso Roto Ediciones, próxima publicación, febrero 2016.

1

El barco cruzó el ecuador en algún momento de la noche. Elizabeth se sentó en la cubierta entre contenedores de carga con destino a Sudamérica para resguardarse del viento húmedo. El cielo era inmenso, con una media luna y montones de estrellas tenues de aspecto aceitoso.

Era una mujer madura y este su primer viaje al hemisferio sur.

Tormentas y mares encrespados los habían perseguido desde que dejaron Nueva York. Cada mañana, al salir de su camarote, ráfagas de lluvia gris envolvían el carguero. Se acercaban de cada lado antes de retroceder, como si quisieran provocar a la nave, adelante y luego atrás. Entre las olas negras aparecían láminas plateadas que brillaban cuando la luz del sol se abría camino entre las nubes, deambulando sobre la superficie del agua como reflectores en busca de algo. El capitán, un reservado noruego, dijo que era el viaje más duro que había hecho en años, pero, sin duda, no lo bastante duro como para disuadirla de quedarse en la cubierta hasta pasada la medianoche. Más aún, no lo bastante duro como para apartarla de su trabajo. Por fin había terminado las reseñas a las que llevaba dando vueltas durante meses.

La señora Lytton, en cambio, no había sobrellevado el viaje tan bien. Pasaba la mayor parte del tiempo mareada en su camarote y apenas salía a la superficie durante la comida para tratar de ingerir algunas cucharadas de caldo. Pobre de ella, aunque su estupidez realmente no conocía límites.

Todos ellos eran indeciblemente estúpidos. La señora Lytton y el señor Richling, estar encerrada con esos dos en un barco era una tortura absoluta. Esa noche, durante la cena, no habría podido soportar de buen grado los triviales alardes del cónsul de Uruguay ni cinco minutos más. El apacible capitán se retiró de la mesa con la más brusca de las despedidas. Sin duda nadie podía rivalizar con él. La única pasajera a quien el señor Richling no había logrado aturdir con sus historias sobre la superioridad de su intelecto, su bravura o su caballerosidad era la siempre verde y descompuesta señora Lytton, quien, a pesar de su debilidad, lograba mantener el control y apartar al Dr. Richling de la conversación sobre sí mismo, para referir sugerentes anécdotas propias acerca de las últimas indiscreciones de las páginas de sociedad o, cuando se le acababa este tema, los vulgares escándalos de la gente de a pie. Elizabeth supuso que tendría que alegrase de que se hubieran encontrado el uno al otro. Sus feroces críticas sobre personas que no viajaban a bordo del Bowplate los mantenía ocupados y, por lo general, lejos de las vidas privadas de quienes sí viajaban con ellos. Al día siguiente tendría lugar una cena de acción de gracias para todos los pasajeros. A Elizabeth, la sola idea de dicha comida compartida le provocaba más nauseas que el movimiento incesante del barco.

Me escondí en el tiempo cambiante, el balanceo de las paredes. Borrascas día tras día.

Aun así, a pesar de los demás pasajeros, Elizabeth no podía concebir una forma más agradable de viajar que en barco. Podía admirar el océano durante horas sin aburrirse nunca. Sin mirar hacia delante o atrás, sin un solo pensamiento sobre lo abandonado o lo que encontraría en su destino. Suspensión perfecta y nada más.

Junto a la baranda, apenas a seis metros de su tumbona, una figura apareció en la oscuridad.

Al reconocer la figura alta y angulosa, Elizabeth se puso en pie de un salto. Cuando el movimiento en la cubierta le hizo perder el equilibrio, se sostuvo con fuerza del cargamento de tractores y segadoras. Por fortuna, el pesado equipo agrícola estaba amarrado y embalado, a diferencia de los vehículos en miniatura que a menudo rodaban por el suelo, poniendo en peligro tanto a los pasajeros como a la tripulación. El misionero había logrado enseñar a sus tres hijos a hablar otro idioma, ¿existía algún motivo que le impidiera enseñarles también a guardar sus juguetes? Convivir con la humanidad podía ser peligroso, para el cuerpo y la mente por igual.

Para evitar sobresaltarla, Elizabeth llamó a la anciana suavemente por su nombre.

–Elizabeth –respondió la señora Breen. El pañuelo enredado sobre su cabeza era incapaz de contener los mechones de canas que flotaban de manera etérea alrededor de su rostro angelical–.

¿Por qué no me sorprende encontrarla aquí?

–Veo que usted también está despierta.

–Nunca puedo dormir mucho después de las cuatro.

–Yo apenas consigo dormir. –La señora Breen sonrió a su manera, vaga y enigmática.

«¿Por qué Brasil, Elizabeth?», le había preguntado al principio del viaje. «¿Y usted? ¿Por qué decidió ir a Brasil?». Y la señora Breen contestó simplemente: «¿Precisamente usted me hace esa pregunta?». Elizabeth aún no admitía cuán precipitada había sido su propia decisión. Cuando acudió al puerto con la intención de comprar un pasaje a Europa, descubrió que solo un barco zarparía el día en el que planeaba viajar: el Bowplate, con destino a Argentina, el cual haría una escala en el puerto de Santos, cerca de São Paulo. Y ese fue el viaje que reservó.

–Acabamos de cruzar el ecuador, creo –dijo Elizabeth–. Salí a la cubierta para saber si había algún cambio evidente.

–¿Qué le parece este hemisferio?

–Muy parecido. La verdad es que, a donde quiera que vaya, escapar de una misma resulta imposible. Entender el mundo y a mí misma no será tan fácil como pagar el precio de un viaje en barco.

–No –dijo la señora Breen, misteriosa–. Pero sucederá.

–¿Habla la voz de la experiencia?

–Para nada. De la esperanza, quizá –añadió–. Pero Ida siempre me recuerda que soy como Pollyanna.

El barco se inclinó bruscamente hacia un lado. Elizabeth se aferró a la baranda con ambas manos y dejó escapar una carcajada de sorpresa y placer. Giró para sentir el cálido viento marino e inhalar el aire ecuatorial.

Espuma luminiscente, donde el barco partía las aguas. Se sentía casi una niña al lado de la altísima señora Breen, imponente pero no corpulenta. Probablemente rondaba los setenta años; su cabello era tan fino que se antojaba acariciarlo. Huesos protuberantes sobresalían de sus codos. Sus ojos grandes y expresivos, del azul más azul, parecían inmunes al tiempo. Cualquiera juraría que muchas más cosas pasaban por la cabeza de la señora Breen de lo que permitía ver a quienes la rodeaban. Los pocos detalles personales que Elizabeth conocía de ella (que había sido comisaria de policía, que recientemente se había retirado tras dirigir durante más de treinta años una prisión para mujeres en Detroit y que hasta había desempeñado un papel importante en la investigación de varios asesinatos) los había obtenido poco a poco durante el viaje después de mucha insistencia por parte de la señora Lytton y compañía. Aunque le hicieran las preguntas más vulgares e indiscretas, la señora Breen se negaba a perder la paciencia. Era en extremo amable con cada uno de los pasajeros y tan dulce que Elizabeth era incapaz de imaginarla supervisando un centro de mujeres criminales. La señora Breen había mencionado a su amiga Ida en varias ocasiones, pero Elizabeth notó que solo se refería a ella como su compañera de piso cuando estaban a solas.

–¿Cree usted que el reverendo Brown le enseñará a cantar himnos a sus hijos en una esquina de Buenos Aires? –preguntó Elizabeth.

–Me imagino que todos ellos cantarán. ¿No han venido a eso?

–Ayer su esposa me pidió que le leyera algo sobre Argentina, de mi guía de viaje. No sabe absolutamente nada del lugar al que llegarán; no ha leído una sola palabra al respecto. Y creía que yo estaba viajando a ciegas. Casi siento el deseo de protegerlos; parecen tan perdidos y dan tanta lástima. Aunque no me cabe duda de que ella pensará lo mismo de mí.

–Lo piensa de las dos –añadió la señora Breen–, para ella somos mujeres caídas. –Posó su mirada sobre Elizabeth, como si sus ojos azules pudieran penetrar sus pensamientos.

A lo largo de los días habían descubierto, tímida y lentamente, que ambas fantaseaban con el mismo Brasil, el mismo tapiz de bosque verde, de aves y flores coloridas.

–Cada vez son más irritantes –dijo Elizabeth en un arranque de amargura–. Parecen más una caricatura que personas reales.

–Querida, no importa.

Este odio, este veneno. No podía escapar; la había perseguido a través del mar abierto. Sí, ciertamente uno no puede evitar ser como es, sin importar cuántas latitudes recorra: he ahí la lección. O… ¿sería posible? ¿Acaso cabía la esperanza de que dichas emociones no fueran más que vestigios tóxicos de los últimos dos años intentando salir de su cabeza como cuando una tubería en desuso escupe óxido antes de que el agua pueda salir limpia?

–Tiene razón –respondió Elizabeth–, no importa en absoluto. De verdad, es irrelevante.

Se observaron mutuamente.

Valiente, Elizabeth preguntó:

–¿No le hubiera gustado a Ida venir con usted?

–Estoy segura de que sí, pero ha tenido que viajar a Corea del Sur.

–¡Corea del Sur! Así que las dos son intrépidas exploradoras.

–Está ayudando a organizar el cuerpo de mujeres policía allí.

–¡Y las dos se dedican a hacer cumplir la ley! Sus vecinos deben de sentirse muy seguros.

–Por supuesto –dijo la señora Breen con una sonrisa–, todos se sienten seguros en mi presencia.

El pequeño camarote no era desagradable, pero en la oscuridad le recordaba a otras habitaciones, en otros lugares, donde Elizabeth había experimentado, con tanta intensidad, el aislamiento de otros seres vivos. Intentaba colocarse en la litera, pero con cada ola que el barco surcaba estaba a punto de caer al suelo. Necesitaba un cinturón o algún sostén que la sujetara a la cama. Sin embargo, se sentía agradecida de que, al menos esta vez, su propio cuerpo (a diferencia del de la desafortunada señora Lytton) no la hubiera traicionado.

El amanecer estaba cerca, pero su mente seguía trabajando al ritmo de las máquinas que reverberaban en las paredes de su camarote; acelerando y desacelerando para acelerar de nuevo. «Estoy bien –repetían las máquinas–, estoy bien, estoy bien». Era en esos momentos de silencio en los que su oficio se revelaba más inútil. ¿Por qué sus pensamientos no se llenaban de tranquilizadores fragmentos, de versos y rimas, de las imágenes que había contemplado durante el día, de peces voladores o de la luz refractada en la brisa del barco al pasar, de nubes de tormenta, de los hijos del misionero en una fila cantando un himno? ¿Por qué su imaginación no era capaz de alcanzar y capturar en palabras todas las maravillas que el mundo ofrece como lo hacía con tanta insistencia cuando era niña? En lugar de eso, su cerebro vivía en una tempestad, como las borrascas que sacudían el barco en todas direcciones, pensamientos incoherentes que se derramaban como un volcán en erupción. Noche tras noche, una tormenta de ideas. Eso fue exactamente lo que había sucedido en Yaddo el año anterior. Su mente no podía posarse ni descansar. Yaddo, el sueño utópico de unos millonarios locos, donde la miseria del mundo real se mantenía al margen por un tiempo para permitir a los artistas deambular a placer, rumiar sus pensamientos, esculpir, componer, pintar, lo que fuera, sin ninguna interrupción. Elizabeth también había paseado por sus apacibles terrenos, observado a las ardillas corretear por el jardín; alimentado a las palomas con pan y mantequilla; soplado pompas de jabón desde su terraza para entretenerse por las tardes y enloquecido lentamente en silencio. Todo tan perfecto; la señorita Bishop era la única fuera de lugar. El nerviosismo, el vértigo, la pequeña astilla de pánico clavada cada vez con mayor profundidad; solo una cosa era capaz de ahuyentar estas sensaciones. Cada tarde pasaba junto a los estanques cubiertos de verdín en su camino hacia el centro del pueblo y una vez allí se dirigía de inmediato a un comercio de confianza para luego regresar a su habitación, donde bebía hasta entumecerse por completo. Tiraba las botellas con discreción a la basura fuera de la cocina. Por supuesto, los demás lo sabían, todo el rebaño. Todos ellos tan agradables, simpáticos y jóvenes, le sonreían y le deseaban un buen día, lo cual resultaba mucho más siniestro que si hubieran desviado la mirada por completo. De alguna manera, había conseguido seguir escribiendo durante toda su estancia. Pero en realidad no importaba. Las semanas transcurrieron.

La noche del huracán, Elizabeth observó desde su ventana cómo una increíble ventisca arrancaba pinos enormes de raíz. Uno de ellos cayó y golpeó el techo del taller de pintura contiguo. La destrucción le pareció excitante. Después escuchó un estruendo tan aguzado como un disparo y la pared de su habitación se separó de la casa. Apenas algunos tablones la protegían de la ventisca salvaje y la lluvia torrencial. En su estado de ebriedad, Elizabeth cayó y se golpeó la cabeza, o quizá un pedazo de yeso rebelde la había dejado inconsciente al chocar contra su cráneo. Una corriente de aire frío la trajo de vuelta al mundo. Al abrir los ojos, Elizabeth miró al exterior y contempló el devastado paisaje. Ya había amanecido, con un cielo azul y despejado.

El dolor de cabeza era terrible y su decisión irreversible. Elizabeth se internó en un hospital, se quedó allí durante un largo período que le hizo mucho bien. Era un comienzo. Este viaje le había sentado aún mejor. Desde el momento en que salió de Nueva York comenzó a sentirse más fuerte, cuerda y productiva; ciertamente más sobria de lo que había estado en años. Se estaba portando muy bien. Una bebida al día, ese era el límite, y –si podía soportarlo– esperaba hasta la noche para tomarla.

En la mesa de su camarote, apenas visible en la media luz, descansaba la maceta con los crisantemos blancos que Marianne le había dado como regalo de despedida. Aún seguían vivos después de dos semanas a bordo. La única amiga que la había visto partir. Al pensar en el áspero «adiós Elizabeth», pronunciado por Marianne antes de que el barco zarpara, no pudo contener la risa. Elizabeth se concentró en las flores blancas, que se mecían y temblaban con el incesante movimiento del navío. Eran idénticas a la enorme estrella borrosa apenas distinguible desde la cubierta durante las noches despejadas del suroeste.

Divisaron tierra al sur de Río. Un contorno de montañas altas y afiladas, y luego, mientras el barco se acercaba, el agitado follaje verde en las pendientes y el blanco de la playa como el filo de un cuchillo. Nubes oscuras se cernían sobre la costa.

Entraron al puerto de Santos después de la cena, navegando entre las dos docenas de imponentes barcos alrededor de la costa. Llovía con gran intensidad y Elizabeth bajó a su camarote para preparar su equipaje. Antes de retirarse a dormir esperó fuera del camarote de la señora Breen, sin un propósito específico ni nada que ofrecerle, como un pretendiente sin flores.

La señora Breen ocupaba el umbral de la puerta por completo; su presencia era monumental en el pequeño camarote. Detrás de ella, un baúl abierto a medio llenar y una pequeña cómoda con sus perfumes y otros artículos de tocador alineados con cuidado.

–Este camarote es aún más pequeño que el mío –dijo Elizabeth–. Ojalá lo hubiera sabido antes. Se lo hubiera cambiado con gusto.

–Me gusta –respondió la señora Breen–, es tan acogedor como el caparazón de un caracol.

Elizabeth pensó en regalarle uno de sus libros, pero era algo tan vergonzoso eso de ser poeta. «Gracias por vivir con tanta dignidad». Eso le hubiera gustado decir, si fuera algo que una persona pudiera decirle a otra. «Gracias por demostrarme que es posible».

Algunos días más tarde, en la estación de tren de São Paulo, besaría la mejilla fresca y empolvada de la señora Breen para desearle un buen viaje. Las dos mujeres nunca volverían a verse. Sin embargo, la imagen de la señora Breen en el umbral de su camarote permanecería vívida en la mente de Elizabeth durante muchos años; amable guardiana de la entrada, invitándola a volver al mundo.

La lluvia había cesado al llegar la mañana. Por casualidad, ella y la señora Breen eran las únicas pasajeras que abandonaron el barco en Santos. Los demás seguirían aturdiéndose unos a otros durante el largo camino hacia Buenos Aires. Las señoras Breen y Bishop esperaron en la cubierta mientras abordaban los agentes de inmigración. El puerto rebosaba actividad; los hombres cargaban enormes sacos de lona y barriles metálicos a lo largo de los embarcaderos y pequeños botes de remos cruzaban el agua aceitosa de aquí para allá, mientras una variedad de olores atacaba los sentidos: el diésel de los coches, el café y algo rancio. Fruta podrida, quizá. La aleta de un tiburón apareció entre un montículo de basura flotante, pero cuando Elizabeth lo señaló para que la señora Breen pudiera verla, ya se había sumergido en un remolino. Los almacenes a la orilla del agua eran de colores caprichosos: rosa, amarillo y azul. Pero la pintura estaba desgastada y se desprendía de las paredes de los edificios descuidados, algunos al borde del colapso. Los tejados de hojalata oxidada ascendían por las laderas y luego las montañas se elevaban. Cuán alto, no podía saberlo, pues sus cumbres estaban cubiertas por un velo de neblina.

La industria triste de un puerto; un lugar sucio y desalentador.

La gabarra estaba allí; la vio rodear un barco en su trayecto hacia ellas, una navecita maltrecha que portaba la bandera de Brasil, pilotada por un anciano negro con una gorra blanca.

Elizabeth se aferró a la baranda como pájaro a su rama. Llevaba sus pantalones beige de siempre y una blusa. La señora Breen resultaba muy elegante a su lado, con un vestido negro de lino y un pañuelo con lunares azules. ¿Cómo podía la directora de una prisión de más de setenta años vestir con un estilo tan superior al de Elizabeth? Esa mañana había descubierto un pedazo de papel tirado en el camarote: un recibo de la tienda Macy’s en Nueva York por nueve dólares y treinta y dos centavos. Había comprado una prenda justo antes de que el barco zarpara, pero ya no recordaba qué. Estaba a punto deshacerse de él cuando vio palabras escritas en el reverso, con su propia caligrafía de patas de araña. Una nota que había garabateado en la oscuridad, la otra noche, cuando no lograba conciliar el sueño. El inicio de un poema, comienza antes del comienzo, anticipa el principio; el acto de preparación para el porvenir, aunque uno no sabe qué vendrá, preparativos para un acto de fe.

Dos días en São Paulo con la señora Breen y luego a Río, donde Mary y Pearl la recibirían en la estación de tren. Entre miles de extraños, ellas dos la reconocerían y cada una la tomaría de un brazo. No había por qué temer quedarse sin ancla, perder el rumbo y terminar en una taberna perdida.

Además se reencontraría con Lota.

Ella y la señora Breen se asomaron por la baranda mientras el agente de aduanas trepaba la escalera para abordar y, nuevamente, mientras bajaban su equipaje con cuerdas para colocarlo en la gabarra.

Elizabeth sintió una descarga de entusiasmo, seguida de una ola de preocupación. Un presentimiento. La señora Breen tomó su mano.

2

Paulo y Julinho regresaron con los brazos repletos de hierba, manojos largos, verdosos y amarillentos que barrían la tierra como la cola de caballo utilizada para fabricar escobas. Lota mostró a los hombres cómo cargar las piedras que ella y Mary habían elegido en el lecho del río para acomodarlas en la parte trasera del jeep. Antes de subirlas debían hacer una cama gruesa de hierba para luego dejarlas descansar como huevos prehistóricos en su nido. Otra capa de follaje y luego más rocas. Por la reciente temporada de lluvias, la hierba aún era verde y aromática. Cuando eran niñas, ella y Marietta habían intentado secar la hierba para hacer cigarrillos con el papel robado a su padre y fumarlos. Todos sus huesos se habían sacudido de tanto toser. Su hermana solía ser una diablilla, pero ahora ¡qué aburrimiento! Eso es lo que pasa cuando una se casa con un idiota.

–Es usted muy inteligente, doña Lota –dijo Julinho mientras la miraba acomodar las piedras sobre la hierba–, mire qué bien se protege el coche.

–¡Sorpresa! No es el automóvil lo que quiero proteger. Acércate, coraçao.

Era muy joven, su cuello tan delicado como el de una niña. Lota tomó una roca y le enseñó la acumulación de liquen en la base, la combinación de grises y tonos pálidos de verde. Esto es lo que quiero proteger.

Julinho no dijo nada; se limitó a observarla con esa expresión que tantas veces había percibido en el rostro de los hombres que la rodeaban. La miraban así con tal frecuencia que ya estaba acostumbrada. Solía ignorar este tipo de miradas, la de él y la de otros, excepto en esas ocasiones en que desataban su ira. Pero, aunque esos ojos ajenos la acusaran de loca, al final siempre hacían lo que ella exigía. «Solo espera –dijo al muchacho–, ya verás qué hermosa pared construiremos».

Envió a los hombres a recoger más hierba mientras ella y Mary cargaban las rocas que habían elegido del riachuelo en la colina hasta el automóvil. Mary era fuerte. Puede que hasta fuera capaz de cargar un saco entero de estas piedras sobre su espalda, aunque a primera vista parecía estar hecha de quebradizas ramas y frágiles huesos, como de pollo, que cualquiera podría romper con un dedo.

–Lota, esta es mi última carga –anunció Mary.

–¿Qué quieres decir? Acabamos de empezar.

–Tengo que irme a Río, ¿recuerdas? No seas obstinada. Ya sé que no lo olvidaste; voy a recoger a Elizabeth a la estación de tren.

–Claro, nuestra amiga estadounidense. Pero ¿de verdad te vas ahora mismo?

De hecho, Lota estaba muy emocionada por la inminente visita de Elizabeth. De todas las personas que había conocido en Nueva York era, con mucho, la más perspicaz, la más brillante. En una habitación llena de charlatanes, Elizabeth permaneció callada durante toda una media hora para luego hacer un comentario capaz de cortar toda la merde de un solo tajo. Pero alguien la había herido profundamente, eso era evidente. Si no, ¿por qué se comportaba como un ratón escondido en la pared? Al igual que una flor, necesitaba recibir cuidados para florecer. ¿Y qué mejor lugar para hacerlo que aquí, en Samambaia?

Lota aún recordaba la primera vez que sus ojos se habían posado sobre Elizabeth en el Museo de Arte Moderno de Nueva York. Había ido acompañada de Cândido Portinari para encontrarse con su nueva amiga Elodie, y los tres juntos (Lota de Macedo Soares, tomada del brazo del prominente pintor brasileño y la directora de exposiciones itinerantes del MoMA) se habían paseado por la galería hablando de montar una exhibición de esas pinturas en Brasil. Después de un rato, Lota notó que una mujer los seguía a una discreta distancia fingiendo admirar las obras, pero en realidad estaba escuchando su conversación. La mujer era pequeña e impecable, vestida con un gusto exquisito, muy bom desenho. Finalmente, Lota se dirigió a ella de manera directa; alzó la voz y dijo: «¿Le gustaría acercarse para escucharnos mejor?». La mujer dio media vuelta y, durante un momento eterno, se miraron a los ojos. Su rostro era de muñeca perfecta; sus ojos azul del norte. Lota sonrió. No quería asustar al curioso pajarillo, pero era demasiado tarde. Con voz segura, la mujer respondió: «No, muchas gracias», y huyó. Así son las cosas del destino; menos de una semana más tarde, cuando su amiga Louise llevó a una nueva invitada a la cena, Lota la reconoció inmediatamente: la mujer de bom desenho.

Durante la cena, Elizabeth dijo no recordar el incidente en el museo. Tiempo después se convertiría en una broma privada, un juego: admitir o no admitir que recordaba ese primer encuentro y el sobresalto que había provocado en ambas. ¿Cómo marcar un principio? ¿Cómo saber en qué momento comienzan las cosas? ¿La primera vez que dos miradas se encuentran? ¿Tras una presentación con nombre y apellido? ¿O más tarde, cuando la inevitabilidad de algo más ya no puede negarse, cuando enunciarlo se vuelve obligatorio?

Cuando Mary se fue, Lota condujo el todoterreno cargado de rocas hasta la casa. Llegó justo a tiempo. Los trabajadores estaban empezando a hacer marcas cuadrangulares en el hormigón a punto de secarse y tuvo que gritar: «¡Dejadlo liso, payasos! ¡Esto no es una acera!».

Sí, Elizabeth traería una bocanada de aire fresco a su montaña. Pero, aún más importante, traería la chispa de su genio. Lota se moría de ganas de mostrarle todo aquello, todo lo que había construido.

Pero, aun así, ¡qué irritantes resultaban las interrupciones!

3

Dejó descansar su cabeza sobre el asiento del taxi. A través de la ventana, todo un espectáculo para la vista: rascacielos, la costa rodeada de montañas, barcos que iban y venían, Cristo en la cumbre de una colina con una espiral de nubes entre sus brazos extendidos, automóviles a toda velocidad, hombres que perseguían un balón de futbol. Una calle empedrada en la que la luz del sol se filtraba entre la fronda de los imponentes árboles. «Ya llegamos», dijo Mary. Altos edificios de apartamentos y árboles repletos de ramas con lianas y flores. Se parecía un poco a Nueva York, pero aquí crecían orquídeas en los cables de teléfono.

Al llegar al apartamento se sentaron en la sala y una criada ofreció una diminuta taza de café a Elizabeth. Habían llevado su equipaje por un pasillo trasero. De inmediato, las tres mujeres comenzaron a charlar de nimiedades, como si se tratara de la visita casual de una amistosa vecina. La peculiar cadencia de las preguntas y respuestas: ¿Qué tal el barco? Maravilloso y terrible. ¿Y qué tal el tren? ¡Esos paisajes imposibles! ¿Qué tal São Paulo? Un caos total, me perdí mil veces. A pesar de haber vivido tantos años en Brasil, Mary aún se sentaba tan erguida como si su columna fuera una vara de hierro. Descubrir lo contrario habría, sin duda, resultado mucho menos previsible. De todas maneras era una mujer encantadora. Y Pearl, una de sus favoritas de Yaddo; tan hermosa e impulsiva, aunque demasiado joven para estar sola en Brasil, o prácticamente sola.

A Mary le había sorprendido enterarse de que Elizabeth llegaría en tren; por algún motivo creía que la línea de São Paulo había sido suspendida.

–Sí, me dio la sensación de que el servicio es irregular –aclaró Elizabeth–. Mi amiga, la señora Breen, conoce gente en São Paulo, y ellos me ayudaron a obtener la información.

A Elizabeth le encantó el viaje en tren, el paisaje de exuberantes cumbres, las vacas encaramadas en abruptas vertientes. No había dormido un solo minuto esa noche, estaba absolutamente exhausta; sin embargo, se sentía despierta y alerta. Una fina película de sudor cubría toda su piel, pero eso era algo que la hacía sentirse en casa, era el ambiente de Cayo Hueso.

–El café está delicioso –dijo.

–¿Más café?

–Por favor.

Mary se dirigió a la criada. ¡Precisamente Mary!, bostoniana por excelencia, hablando portugués en Río de Janeiro.

–¿Comentabas que te perdiste en São Paulo? –preguntó.

–Por lo menos veinte veces en dos días. La ciudad es un laberinto.

–¿A pie?

Elizabeth asintió.

–Qué valiente –opinó Pearl.

Se levantó de golpe. No podía estar quieta un segundo más. Había permanecido sentada las últimas doce o catorce horas. Los últimos veinte días, o quizá años, los había pasado sentada. Al otro lado del apartamento destacaba una pared de cristal, Elizabeth se dirigió hacia ella. Desde allí admiró la amplia superficie azul de mar y cielo, exactamente que igual que la que se veía desde el barco, y, más abajo, una franja amarilla de playa. Todavía en su asiento, Mary hacía preguntas de cortesía a Pearl en voz baja. «¿Cuánto tiempo llevas en Río? ¿De verdad? ¿No ha pasado ni un año? Parece que te encuentras como en casa». De pronto, Mary apareció junto a Elizabeth y puso su mano sobre el pestillo de la ventana. La pared entera se deslizó; no era una ventana, sino una puerta. El aliento del mar acarició el rostro de Elizabeth. La vista desde la terraza era aún más impresionante. A la izquierda una montaña y una segunda montaña asomándose por detrás –¿acaso Pan de Azúcar?– y, a la derecha, un enorme trecho de Copacabana.

–Magnífico –dijo Elizabeth–. No me había dado cuenta de que vivíais en las nubes.

–Si te gusta estar entre nubes, espera a conocer Samambaia.

–¿Vuestra casa está en la montaña?

–Así es.

La decidida presencia de Mary implicaba que esperaba más preguntas al respecto, pero ante el silencio de Elizabeth decidió volver adentro. Hacía un calor insoportable. Una pesada nube cubría el cielo como una tapadera de hierro, cocinándolas vivas. Más abajo, cientos de hombres correteaban por la playa mientras pateaban y se lanzaban balones, sobre redes en la arena. Elizabeth no comprendía cómo lograban moverse a pesar del calor.

–Me encantaría salir a explorar –dijo cuando volvió con sus amigas.

–Sí –respondió Pearl, con entusiasmo y un dejo de desesperación–. Me muero por llevarte de paseo.

Mary tomó su bolso.

–No podré acompañaros, debo volver a Samambaia. Por supuesto, el apartamento está a tu disposición mientras estés aquí. Lota bajará a Río dentro de unos días para recogerte, tal y como acordamos. Llámanos mañana para fijar la hora.

–Eso haré.

–Bueno, Pearl, ha sido un placer.

Tan pronto como se fue, las dos se dejaron caer aliviadas en la silla.

–¡Qué estirada! –dijo Pearl–. Estaba a punto de abofetearla.

–Siempre ha sido muy amable conmigo, pero con ella siento que debo comportarme de cierta manera.

Pearl, que había presenciado sus peores momentos, era su extremo opuesto.

–Pensaba que vivir en Brasil la habría relajado un poco. Dios es testigo de que a mí me ha relajado y eso que ya era bastante tranquila. Es inevitable preguntarse por qué está aquí.

–La historia es que conoció a Lota en un barco, sonaron fanfarrias, y eso fue todo.

De hecho, la propia Elizabeth conocía pocos detalles además de eso. Era una lástima no poder preguntar qué había pasado, cómo había sido su primera conversación, quién atrajo la atención de quién y cómo, y cómo supieron, tan rápido, que Mary se mudaría a Brasil.

–Eso sucedió hace diez años. Ahora viven juntas abiertamente, o al menos eso me han contado.

Pearl tomó su taza de café y concentró la mirada en su interior, su bello rostro se encogió en una mueca de disgusto. Elizabeth pensó que quizá tendría que haberse callado esa última frase.

–Este apartamento es increíble –dijo–, ¡tienen un Calder original ahí colgado! Lota es amiga suya. Ya la conocerás. Es magnética, brillante y graciosa. Habla varios idiomas. Han pasado cinco años desde que estuve con ella en Nueva York, pero es de esas personas a quienes recuerdas claramente.

–¿Y si salimos?

–Sí, claro. ¿Puedes caminar?

Cuando en la estación de tren Elizabeth expresó preocupación por el tobillo hinchado y amoratado de Pearl, su amiga le explicó que se lo había torcido al bajar de una acera. Sin embargo era normal hacerse preguntas. Nadie se explicaba por qué había venido al sur a casarse con Victor Kraft. Era un hombre infame.

–No duele tanto como parece. El médico me ha aconsejado que camine un poco todos los días.

–Entonces caminaremos. Ahora será tu turno de apoyarte en mí. –Se levantó y tomó su mano–. Podríamos ir a algún lugar cercano donde pueda beber algo.

–¡Elizabeth!

–No es que lo necesite.

–Apenas es mediodía.

–No te preocupes, de verdad, solo me permito una copa al día. Así no le tengo miedo. Es como una vacuna.

Enormes olas verdes azotaban la playa en la que enjambres de personas flotaban o esperaban en la arena con el agua hasta las rodillas. Gente de todas las edades paseaba a pie o en bicicleta sobre el mosaico blanco y negro del camino. Bastaba caminar unos pasos para encontrar un puesto callejero donde vendieran bebidas y algún tipo de pescado frito. Varias personas descansaban en sillas de plástico alrededor de estos puestos; conversaban y bebían cerveza o sorbían cocos con pajitas, prácticamente sin ropa, incluso las mujeres. Su cabello era negro y grueso, sus dientes blancos y su piel de un hermoso tono ocre o más oscuro aún. Gente de todos los colores parecía convivir libremente. En cada grupo que pasaba una o dos personas reían. Los hombres, con sus diminutos trajes de baño y las piernas abiertas, dejaban muy poco a la imaginación. Muchos de ellos no tenían reparos en mirar a otros directamente a los ojos. Mostraban gran curiosidad hacia ella y Pearl; las observaban con ojos negros y brillantes, aunque no de manera amenazante, sino como las vacas miran cuando alguien pasa junto a ellas en una carretera rural. Uno de ellos metió la mano en su traje de baño para colocarse, sin vergüenza alguna, mientras charlaba con sus amigos.

Se alejaron de la playa para adentrarse en Copacabana y, tras caminar unas calles, llegaron a un mercado callejero. Los puestos estaban repletos de frutas y verduras, pescados y carnes. No era que Elizabeth no fuera una mujer de mundo; ya había visitado los mercados de la América tropical. Reconoció la papaya y el maracuyá e incluso aquella fruta que parecía un pangolín, la chirimoya y el mango, por supuesto, el cual no podía consumir por ser alérgica a la cáscara. Sin embargo, algunas cosas la sorprendieron: higos del tamaño de manzanas, pequeños chiles lustrosos en pequeños platos, más variedades de pescado de las que jamás había visto, ni siquiera cuando vivía en Florida, con rayas negras y plateadas, bermellón y amarillo. Había un mero tan grande como un hombre adulto, diez variedades de camarón, numerosos pulpos y enormes cangrejos espinosos conservados en hielo que movían sus patas lentamente.

–¿Qué es esa cosa obscena? –Señaló una pirámide de frutas amarillentas y anaranjadas del tamaño de su puño. Un falo verde y flácido extrudía de la parte superior.

–Cajú –dijo Pearl–. Muy agrias para mi gusto. La parte verde es la nuez, pero la fruta también es comestible.

Condujo a Elizabeth hasta un bar pequeño y decadente que invadía parte de la calle. Algunos hombres mayores estaban sentados en bancos en la entrada, atentos a la retransmisión radiofónica de un partido. Pearl dirigió algunas palabras en portugués al hombre que estaba detrás de la barra, quien sirvió dos vasos de un líquido transparente. Pearl deslizó uno hacia la mano de Elizabeth.

–Aquí va tu vacuna –dijo–, si te bebes más de uno entrarás en estado catatónico.

Elizabeth puso el vaso bajo su nariz para olisquearlo. En absoluto un licor apetecible, comprobó con agrado.

–¿Qué es?

–Cachaza –dijo Pearl–. El pasatiempo nacional, después del fútbol.

El sabor, intenso al principio, se suavizó poco a poco.

–Pearl, lo que dije es verdad. Estoy mucho mejor. Hace dos años me viste en un estado lamentable, el cual hasta empeoró. El invierno pasado ingresé de nuevo en el hospital. Quería dejar de beber, pero no podía hacerlo sin ayuda.

–Sí, mencionaste todo eso en tus cartas.

–Fue una época terrible. –Elizabeth dejó de hablar. La presión en sus ojos era lo más cercano al llanto que se permitía en presencia de otros–. Pero lo he superado, ahora estoy del otro lado. No sé muy bien cómo lo conseguí, pero me mientras viajaba en el barco fui consciente de ello. Me volví productiva otra vez. Estoy harta de ser una poeta falsa que nunca escribe nada.

–Leí el último poema que publicaste en el New Yorker. Es muy bueno.

El licor le dio el valor para preguntar aquello que se moría por saber.

–Dime, entonces, ¿cómo van las cosas con Victor?

Los ojos de Pearl pestañearon y sonrió. Victor la hacía feliz, eso era evidente. Quizá, después de todo, sí era verdad que se había caído al bajar de la acera.

–Adora vivir aquí.

–¿Y tú?

–Esto es tan ruidoso. Si te soy sincera, me siento un poco perdida. En seis meses no he conseguido trabajo. Aunque cada vez cocino mejor.

–Abandonaría encantada la escritura para dedicarme a cocinar. Eres valiente, creo, por haberte casado. Incluso yo lo consideré alguna vez, pero no fui capaz de hacerlo.

–Victor no es un hombre fácil, no es ningún secreto. Pero, desde que estoy con él, algo ha cambiado en mí. Es capaz de poner a prueba mi paciencia hasta el punto de acabar con ella y, sin embargo, en lo más profundo de mi ser, hace que me sienta en paz. –Sonrió de nuevo–. Veo por la expresión en tu rostro que no tiene mucho sentido.

–Bueno, no soy yo quien tiene que vivir con él.

–Entonces, los rumores son ciertos, ¿terminó tu relación con Tom?

–Definitivamente; es una de las pocas cosas sensatas que he hecho en los últimos tiempos. Ha sido un gran amigo, pero, si te digo la verdad, me parece que está bastante desequilibrado. Aunque en realidad ese no fue el motivo. No encuentro razones para estar con alguien, tengo tan poco que dar. Apenas puedo conmigo misma. Las personas a quienes intento amar siempre terminan en extremo insatisfechas y enfadadas –bebió un sorbo de su cachaza–, al final terminan queriendo matarme, o matarse ellas mismas.

–¡Eso no es cierto! Solo has arrastrado a un hombre al suicidio.

Elizabeth soltó una carcajada, estupefacta ante el comentario.

–Eres tan horrible como yo. Quizá por eso me caes tan bien.

Pearl la dejó allí, cruzó la calle cojeando y se internó en el mercado callejero. Por primera vez desde que dejó el Bowplate, Elizabeth tuvo la oportunidad de estar en silencio, de simplemente contemplar y escuchar. Al menos una docena de hombres descansaba bajo los árboles cercanos, muchos de ellos en traje de baño, algunos sin camisa, mirando a las mujeres que pasaban. Elizabeth notó que el tono de su piel era en general bastante oscuro y que dos o tres eran muy atractivos. En el bar, los hombres intercambiaban comentarios sobre el partido retransmitido por la radio; el portugués era muy distinto a los idiomas que conocía, ninguna semejanza con el español o el francés: una combinación de sonidos un tanto cómicos, nasales y guturales. En el mercado, al otro lado de la calle, muchachos adolescentes cantaban los nombres de sus productos. A la sombra el calor no resultaba tan sofocante, era perfecto. La intensa luz llegaba hasta sus ojos filtrada por las hojas de los árboles. A Elizabeth le parecía estar contemplando el mundo a través de una lente verde.

Terminó de beberse la cachaza y se percató de que Pearl apenas había tocado la suya. El vaso aún conservaba la calidez de la mano de su amiga. Elizabeth lo sostuvo, pero no se lo llevó a los labios. Quería poner su fuerza de voluntad a prueba.

¿Por qué diablos había mencionado el suicidio de Bob Seaver? Sin duda su ruptura sentimental más reciente había refrescado el viejo pozo de la culpa. Aunque hacía muchos años de aquello, con cuánta claridad (y de qué modo tan alarmante) aparecía Bob en su mente. Un joven sincero y adorable con el que jamás habría podido contraer matrimonio. Casarse con él no le hubiera hecho ningún favor, aunque en aquel momento no había sido capaz de explicarle por qué; ni siquiera ella lo entendía muy bien en aquel entonces. Por supuesto, él había atribuido el rechazo de Elizabeth a su poliomielitis, a su debilidad y no a la de ella; cualquiera propenso al autodesprecio lo habría creído así. Elizabeth fue firme, pero no lo suficiente como para evitar una segunda propuesta de matrimonio. Y nada pudo ser peor que su rechazo, luego, pocos días después de su muerte, llegó aquella horrible postal con una sola línea escrita en el reverso: «Vete al infierno, Elizabeth». La única de sus peticiones a la que ella había accedido. Le habría gustado saber que el infierno fue, ni más ni menos, su siguiente parada.

De hecho, pasó por allí en más de una ocasión. Una visitante frecuente, turista habitual. Desde entonces había intentado llevar una vida normal, una vida de trabajo, amigos y amores, pero algo en ella no andaba bien. No resultaba fácil identificar el problema –sí, envalentonada por la cachaza, podía ser franca consigo misma– de que simplemente prefería la intimidad con personas de su mismo sexo. Sus relaciones con mujeres también se habían echado a perder por la decepción y los malentendidos. El estribillo constante de Marjorie: «Solo ofreces retazos de ti misma». No podía negarlo, era lo único que podía ofrecer: algunos retazos con palabras garabateadas en la superficie. A veces alguien se los encontraba en el suelo, donde habían caído, acumulando polvo.

Bueno, bueno… ¿de verdad era todo tan diferente? Aquí estaba de nuevo: una mujer bebiendo sola en un bar y riendo para sí misma. Gracias a Dios, Pearl ya estaba cruzando la calle de nuevo. Verduras y colas de pescado sobresalían de su bolsa. Pidió la siguiente ronda.

–Cocinaré esta noche –dijo Pearl–. No tienes otros planes, ¿verdad?, ¿o sí?

Elizabeth dijo que aun de haberlos tenido, los habría cancelado de inmediato para pasar el resto de la noche con Pearl y Victor. En ese momento el mundo se tambaleó un poco, como si el transporte público en el que Elizabeth viajaba hubiera acelerado bruscamente–.

–Creo que primero iré a casa a descansar –dijo.

4

Despertó desorientada en una habitación extraña. Su equipaje, las tres piezas, estaba abierta, sus cosas tiradas por el suelo. Pasó un momento largo antes de que Elizabeth recordara dónde estaba, que el día anterior había llegado a Río, que había pasado la noche en un club de samba repleto de humo con Pearl y Victor. Estaba soñando con su madre. Las dos eran adultas, casi de la misma edad, y conversaban mientras bebían té. Tal y como había hecho con Mary y Pearl. «Es un alivio que no murieras en ese incendio», dijo su madre y se sirvió otra taza. Llevaba un vestido púrpura.

Hasta en sueños, la indiferencia de su madre paralizaba a Elizabeth. «Sí, ¡pero era tu obligación salvarme!», quería gritar. Se levantó de la cama y recorrió el apartamento vacío y luminoso. Tan solo pasaban unos minutos de las ocho y el sol ya quemaba como fuego. Elizabeth se humedeció el rostro y la nuca, apoyada sobre el fregadero de la cocina. Abrió la puerta corredera de la terraza con la esperanza de que la brisa marina refrescara un poco el ambiente, pero la temperatura exterior era aún más bochornosa.

Detrás de la cocina, la radio en el cuarto de la criada emitía un tenue zumbido. ¿Lucinha? ¿Rocinha? Elizabeth no recordaba su nombre, ni siquiera si las habían presentado formalmente. Era consciente de que debía ponerse algo de ropa en lugar de pasearse por el apartamento en camisón, por si la mujer salía en algún momento, pero sencillamente hacía demasiado calor. Además, no quería molestar a Lucinha, ni a Rocinha, para el caso. Preparar una taza de café no excedía su gama de habilidades. Resultó tan deliciosa como la taza que había bebido el día anterior, aunque, a decir verdad, echar a perder un café tan intrínsecamente bueno sería en extremo difícil. Por fin desplegó sus papeles y notas sobre la mesa, decidida a terminar un borrador de la última reseña que debía escribir.

Decidió trabajar en ropa interior; resultaba ciertamente imposible hacerlo de otra manera.

Antes del viaje, su reseña de los poemas más recientes de Marianne Moore le había parecido imposible. ¿Cómo escribir sobre el trabajo de quien había sido lo más cercano a una mentora o guía poética que Elizabeth tuvo nunca? Elizabeth admiraba mucho de lo que había en su poesía que, le debía tantas cosas…, pero –con toda franqueza–, al mismo tiempo, la enfurecía. Sin embargo, la reseña era para el Times y nadie en su sano juicio decía que no al New York Times. Había dedicado más horas a escribirle cartas de disculpa al editor para explicar su retraso que a la reseña misma.

Pero hoy había trabajado dos horas seguidas y se merecía otro café.

El apartamento era maravilloso para escribir: lleno de luz, con esa vista espectacular; sobrio y moderno. La mano de Lota era tan evidente que Elizabeth sintió una creciente impaciencia por volver a verla en persona. En Nueva York, Lota había expresado fascinación por todo: libros, arte, moda, política, jardines y costura. Lo que lograba capturar su interés no tenía límites; quería verlo y hacerlo todo. Resultaba imposible no maravillarse ante una mujer con tal energía. Qué extraña pareja: Mary, la tortuga, y Lota, la liebre. Aunque claro, la tortuga nunca ganaba la carrera (eso era pura fábula).

Mientras sorbía su café junto a la ventana, Elizabeth contempló un barco que, más allá de la entrada del puerto, se dirigía a alta mar. El paisaje era absurdamente hermoso, montañas e islas descollando por doquier, el océano, la selva, todos esos hombres de piel oscura que corrían por la playa tras un balón de fútbol y las mujeres con su radiante tez acaramelada.

Sola en una ciudad exótica, mirando el mundo detrás de un cristal.

Una noche, sentada en la oscuridad de la cubierta con la señora Breen, Elizabeth dijo «perdí el camino por un momento». Exhaló las palabras con tanta naturalidad como si tan solo hubiera respirado; ni siquiera estaba segura de haberlas pronunciado. La señora Breen se limitó a murmurar «mmm». El año anterior había sido el peor de su vida. El peor hasta entonces. No obstante, nunca había considerado acabar con su vida. Alcohol, sí; suicidio, no. No le parecía la solución. Incluso en sus momentos más bajos, en el abismo del autodesprecio, estaba decidida a resurgir de sus cenizas. Sin embargo, lo había vislumbrado. Ahora entendía por qué algunas personas llegaban a la conclusión de que toda esta estupidez, la lucha sinsentido, debía terminar.

Regresó a su trabajo. Satisfecha con el borrador de la reseña, Elizabeth comenzó a esbozar con un poema en el que había estado trabajando mentalmente durante el viaje en tren. La imagen de ella y la señora Breen, una junto a la otra, mirando el puerto de Santos desde la cubierta del barco. La sensación que se había apoderado de ella mientras la gabarra se aproximaba: la esperanza de una vida diferente. ¿No era ese el propósito de viajar? Y el miedo a no ser capaz de lograrlo.

Lota contestó el teléfono, su voz ronca, inesperadamente seductora.

–Elizabeth –dijo directa, nada de rodeos innecesarios ni de palabrería.

–¿A qué hora llegarás a Río mañana? –preguntó Elizabeth, también directa al grano.

–El arquitecto acaba de llegar. Estamos esperando la entrega de materiales para el tejado esta tarde. –En el tono de Lota había cierto deje de irritación. Al fondo se escuchaban gritos de niños y de un adulto regañándolos, estrépitos y bullicio: la vida del hogar.

–¿Es un mal momento para ir? –dijo en tono alegre, aunque sintió como se revelaba un secreto, un íntima esperanza.

–Eres bienvenida si quieres subir ahora. Puedo indicarte cómo venir en autobús. Es bastante simple.

–No me importa posponer mi visita hasta que sea más conveniente.

–Ven si quieres. Como prefieras.

Elizabeth anotó las instrucciones, pero ya sabía que no iría a Samambaia. Al menos no ese día. Se dio cuenta de que había algo de excesivo en su deseo de ver a Lota, al igual que en su decepción cuando la perspectiva se debilitó.

Pearl le aclaró las cosas.

–Es una manera muy brasileña de expresarse –le advirtió al recibir la llamada de Elizabeth–. Suelen ser muy «sueltos» para cosas como esta.

«Sueltos», diría Lota más tarde, dejando cada sílaba vibrar en su lengua. Sí, en Brasil las personas pueden ser bastante «sueltas».

–Pero sí quería ir, y Lota dijo que era bienvenida.

–Entonces, sin duda, deberías ir –dijo Pearl–. Su invitación fue sincera.

–«¿Ven si quieres? ¿Como prefieras?» Si de verdad quisiera verme hubiera dicho: «Querida, debes subirte a ese autobús y trae ese trasero estadounidense hasta aquí ahora mismo». Es lo que yo hubiera dicho.

–Elizabeth, vete de una vez y llámame cuando vuelvas.

Pero para entonces ya había perdido buena parte del día y era demasiado tarde para salir. Cuando uno titubea deja pasar las oportunidades. La manera de corregirlo era hacer algo, cualquier cosa.

Elizabeth salió del apartamento y comenzó a vagar por las calles sin un destino en mente; giraba en una esquina aquí y allá cuando algo, un parque o una tienda, llamaba su atención. Un sinfín de chabolas ascendía por las laderas, casi verticales, de las montañas que separaban a Copacabana del resto de Río, tan próximas a los balcones de los edificios de apartamentos que ricos y pobres casi podían darse la mano. Un mundo de verdad disparatado: mitad selva –con bromelias y orquídeas y enredaderas colgando de las ramas, extravagantes árboles rojizos con sus explosivas florescencias en todas direcciones, ¡cuánto verde!, y la gente del lugar bailando al ritmo de los tambores emitido por sus radios– y mitad megalópolis del siglo XX, con los más modernos rascacielos de vidrio y acero y autobuses que amenazaban con atropellar a los transeúntes si bajaban de la acera.

El hecho de que la gente apenas llevara ropa comenzaba a parecerle sensato. No era necesario estar delgado. El calor era infernal. Someterse a la convención de llevar ropa no tenía ningún sentido.

El cielo empezó a escupir alguna gota de lluvia esporádica y, en el mismo momento en que Elizabeth se resguardó en una esquina bajo el toldo de un puesto de zumos y frutas, empezó a diluviar. En un instante quedó aplastada por el gentío que se refugiaba de la tormenta; a un lado un hombre de negocios y al otro una belleza de unos veintitantos con un vestido extremadamente ceñido. Elizabeth no pudo evitar ver que la piel alrededor de sus ojos poseía una tersura perfecta. Era extraordinario. La joven descubrió la mirada sorprendida de Elizabeth y sonrió. El cartel sobre la barra enumeraba los nombres de misteriosas frutas: abacaxi, maracuyá, fruta del conde. Cuando el chico detrás de la barra le preguntó que quería, ella señaló una de ellas e intentó pronunciarla. Durante un buen rato sorbió su zumo (deliciosamente ácido) y contempló el ir y venir de Copacabana. La lluvia amainó y sus compañeros de refugio abandonaron la marquesina y se dispersaron calle abajo. Ante la duda, pensó Elizabeth con agrado, lo mejor es actuar. Debería escribirlo en el dorso de su mano con tinta indeleble. Al llegar a un lugar nuevo siempre hay un momento, después de vivir allí cierto tiempo (sin importar dónde, ya sea París o Ciudad de México), en que el mapa completo finalmente se asienta en tu cabeza. Una vez alcanzado ese punto, uno ya no recuerda ese período inicial en el que no le era posible identificar una ubicación con certeza o saber cuál era su relación con los monumentos históricos o con los apartamentos de los amigos; cuando había un cincuenta por ciento de posibilidades de que un giro a la izquierda o a la derecha llevase al destino adecuado. Pero a Elizabeth le encantaban estos primeros momentos, previos al cambio, en los que un lugar aún escapaba a su comprensión. Se adentraba en un laberinto y cada esquina ofrecía algo nuevo, una sorpresa constante. Ese no saber adónde te llevará un camino, la confusión perenne. Pero no importa, no hay por qué no sentirse perdido porque, por supuesto, uno está perdido. ¿Cómo no estarlo?

Se había preocupado sin motivo. Por la mañana tomaría el autobús a Samambaia. Sería una aventura y, todavía mejor, llevaría un regalo, y algo para los niños. Prepararía una tarta.

Dejó de llover y Elizabeth terminó su suco de maracuyá. Era tiempo de comportarse como la turista que era. Buscó en su bolso el manual de conversación en portugués y entró en la tienda. Pronunciando mal una palabra tras otra y entre muchas disculpas preguntó dónde podía encontrar una tienda de ultramarinos.

No hablar el idioma era un martirio. Más tarde, al narrarle el episodio a Lota (quizá añadió algunos adornos con el fin de entretenerla), Elizabeth traduciría lo que le había preguntado al hombre de la tienda. Algo parecido a: «Disculpe, señor, ¿acaso tengo un faro?». Sin embargo, el hombre entendió su pedido a grandes rasgos (si bien, no las cantidades precisas) y pudo regresar a casa por la avenida Gustavo Sampaio, con una enorme bolsa de harina, por lo menos medio kilo de azúcar, una docena de huevos, polvo para hornear y coco rallado. Esperaba encontrar el resto de los ingredientes en el apartamento. Si no, improvisaría. En lo que se refería al arte culinario, no le faltaba confianza en sí misma.

Había empezado a levantarse viento. Al girar en la esquina del edificio de Lota hacia la pequeña plaza, una ventisca húmeda la golpeó directamente en la cara, con tal fuerza que le pareció que podría arrancarle el vestido. Entró en el apartamento justo cuando empezaba otra tormenta.

Trabajar en la cocina mientras llovía siempre le había resultado un placer incomparable. La criada, cuyo nombre resultó ser Lucía, ayudó a Elizabeth a desentrañar el misterio del encendido del horno. Luego preparó café para ambas. Ahora recordaba todo lo que Mary había dicho sobre ella: Lucía provenía del norte de Brasil, y era un ser humano superior. Ninguna podía entender una sola palabra pronunciada por la otra, así que se tomaron el café y se comunicaron a través de los ingredientes. Aunque al principio se mostró escéptica, Lucía comenzó a murmurar su aprobación mientras veía a Elizabeth hacer la masa. La tormenta arreciaba sobre Copacabana y la lluvia golpeaba las ventanas como látigos. Después de introducir la tarta en el horno, la atención de Elizabeth volvió al cristal, iluminado con los destellos de relámpagos sobre el mar. Una pulsación blanca en la enorme oscuridad. Mientras contemplaba la playa más abajo, vio cómo un ventarrón levantaba las sillas de plástico de uno de los kioscos. Cinco o seis volaron hacia la avenida Atlántica, interrumpiendo el tráfico por un momento. Con el impulso del viento, las sillas emprendieron una carrera a lo largo de la calle desierta; varios hombres en traje de baño corrieron detrás de ellas.

Elizabeth se despertó temprano. Planeaba tomar el autobús de las once. Su maleta estaba empacada y su vestido doblado en la silla junto a ella. Todavía en su camisón, trabajó en el nuevo poema. Lucía había preparado café y un plato de fruta. En una hora más o menos se vestiría y pediría un taxi.

Y cautelosamente bajamos de espaldas la escalinata,

yo y una compañera de viaje llamada Miss Breen,

descendiendo bajo la bruma de veintiséis buques cargueros

esperando ser abastecidos con verdes granos de café.

Elizabeth percibía la presencia de la señora Breen de manera casi física; como si le dictara las palabras al oído. Capturar el puerto de Santos sería más difícil. Eran tantas las cosas que atrajeron su mirada, en la tierra y en el agua.

Dieron las diez. Estaba ordenando sus papeles cuando la puerta del apartamento se abrió con tal fuerza que golpeó sonoramente contra la pared. Elizabeth arrancó su vestido de la silla y lo apretó contra su cuerpo. En la entrada estaba Lota, arrastrando varias bolsas de lona repletas de lo que parecían cables eléctricos.

–Al parecer –dijo sonriendo–, si quiero que vayas a Samambaia, tendré que llevarte yo misma.

5

Elizabeth se aferró a la tarta en su regazo. Lota estaba concentrada en la carretera; giraba en las esquinas a gran velocidad y gritaba a los transeúntes después de casi haberlos aplastado contra el pavimento. El automóvil subió en zigzag por la colina de detrás de Copacabana. Lota tomaba las curvas de la calle adoquinada acelerando hasta que las llantas chirriaban y el impulso de cada giro hacía que el hombro de Elizabeth se apoyara en el de la conductora. El coche solo disminuyó su velocidad al llegar a la cumbre de la montaña; se balanceó un momento sobre la cresta como un águila admirando su reino. Las circunvalaciones de Río se extendían frente a ellas: sus pendientes y sus precipicios; sus colinas pobladas de favelas, apartamentos y los modernos rascacielos en el centro; Cristo arriba, el puerto, el anillo lejano de montañas. Después, salieron disparadas a toda velocidad colina abajo. Al cambiar de marcha, la mano de Lota rozaba constantemente el muslo de Elizabeth. Este contacto se produjo en tantas ocasiones que Elizabeth no pudo evitar pensar que había cierta intención en ello. Intentó colocar sus piernas de otra manera, pero no había espacio para maniobrar. El coche era poco más que una pequeña capsula. Cerca de la falda de la colina, Lota se detuvo en un cruce. Un tranvía pasó frente a ellas. A lo largo de la avenida había una fila de decadentes mansiones del siglo XIX.

–El vecindario se llama Santa Teresa –declaró Lota, aparentemente ajena al hecho de que sus nudillos rozaban la falda de Elizabeth–. Alguna vez fue muy rico, como puedes ver. La aristocracia se refugió en la montaña para escapar de la fiebre amarilla. Ahora estos edificios están en ruinas, abandonados en manos de artistas y ladrones.