Danza Integradora - Susana González Gonz - E-Book

Danza Integradora E-Book

Susana González Gonz

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"En este libro, la autora nos invita a entrever su vida, los detalles en que se enmarcan sus travesías, laberintos y encrucijadas, y que desde muy pronto se entremezclan con la búsqueda de un sueño relacionado con el movimiento, la danza, los cuerpos, la diferencia. La Danza Integradora se vuelve el punto de partida y destino de una serie de encuentros con la alteridad, a la que se pone en escena de un modo completamente diverso de lo que se espera, de lo frecuente, de la aviesa normalidad: es la concreción social de un anhelo singular, que ha recorrido distintos territorios hasta convertirse en un deseo de mucha gente. La Danza Integradora surge a partir de una vivencia personal con su hijo mayor, quien de un día para otro pasó a integrar la lista de las llamadas personas con discapacidad motora. Esto, sumado a su vasta formación profesional, lleva a Susana González Gonz a concebir una nueva metodología del movimiento consciente y expresivo accesible a todas las personas, con y sin discapacidades. Danza Integradora. Vida, arte, inclusión, otredad nos muestra la inclusión no como un concepto vacío, huérfano de hechos, sino como una potencia activa que busca y rebusca el modo en que lo extraordinario, lo que está al alcance de unos pocos, se pueda volver posible para cualquiera. Es un libro sobre una trayectoria personal, sí, pero sobre todo acerca de una obra de la cual cada uno de nosotros no podremos sino sentir inmensa gratitud" (Carlos Skliar).

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Seitenzahl: 300

Veröffentlichungsjahr: 2025

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DANZA INTEGRADORA

En este libro, la autora nos invita a entrever su vida, los detalles en que se enmarcan sus travesías, laberintos y encrucijadas, y que desde muy pronto se entremezclan con la búsqueda de un sueño relacionado con el movimiento, la danza, los cuerpos, la diferencia. La Danza Integradora se vuelve el punto de partida y destino de una serie de encuentros con la alteridad, a la que se pone en escena de un modo completamente diverso de lo que se espera, de lo frecuente, de la aviesa normalidad: es la concreción social de un anhelo singular, que ha recorrido distintos territorios hasta convertirse en un deseo de mucha gente.

La Danza Integradora surge a partir de una vivencia personal con su hijo mayor, quien de un día para otro pasó a integrar la lista de las llamadas personas con discapacidad motora. Esto, sumado a su vasta formación profesional, lleva a Susana González Gonz a concebir una nueva metodología del movimiento consciente y expresivo accesible a todas las personas, con y sin discapacidades.

Danza Integradora. Vida, arte, inclusión, otredad nos muestra la inclusión no como un concepto vacío, huérfano de hechos, sino como una potencia activa que busca y rebusca el modo en que lo extraordinario, lo que está al alcance de unos pocos, se pueda volver posible para cualquiera. Es un libro sobre una trayectoria personal, sí, pero sobre todo acerca de una obra de la cual cada uno de nosotros no podremos sino sentir inmensa gratitud.

Carlos Skliar

 

 

Susana González Gonz. Pionera de la Danza Integradora. Fundadora y titular de la cátedra abierta Danza Integradora (una) y creadora y directora del proyecto Todos Podemos Bailar. Fundadora y directora del Grupo Alma Compañía de Danza Integradora, primero en la Argentina en la modalidad de danza inclusiva. Recibió el premio Inadi a las Buenas Prácticas contra la Discriminación (2008) por su labor artística y cultural. Ha recibido diversos premios como personalidad destacada en la Argentina, por contribuir con el desarrollo de una sociedad realmente inclusiva. Su actividad artística y pedagógica la ha llevado a exponer sus trabajos en festivales, jornadas y congresos de educación, arte y salud, en la Argentina, Alemania, Rusia, México, Cuba, Brasil, Ecuador, Guatemala, Chile y Uruguay. Fundadora y actual directora de la Asociación Danza Integradora Argentina (adia).

http://www.danzaintegradora.com.ar

SUSANA GONZÁLEZ GONZ

DANZA INTEGRADORA

VIDA, ARTE, INCLUSIÓN, OTREDAD

Índice

CubiertaAcerca de este libroPortadaDedicatoriaPrólogo. Silvia Mónica César1. Mi corazón al sur2. Danza y vida3. Dis-capacidad, des-hechos, derechos4. Danza Integradora, una actividad transformadora5. Todos Podemos Bailar6. Cátedra Danza Integradora, un nuevo espacio de formación7. Grupo Alma, Danza Integradora en silla de ruedasA modo de cierre. De capullo a mariposaEpílogo. Danza Integradora-transformación. Demián Ariel FronteraAnexo. OpinionesÁlbum de imágenesBibliografíaMás títulos de Editorial BiblosCréditos

A mis padres y a mi hermana.

A mis hijos, Demián, Javier, Darío y Natalí Frontera.

A mis nietos, Uma, Gaspar, Gael, Manú y Juana.

A mis amigos, bailarines, docentes y alumnos, de ayer, de hoy y de siempre.

COLECCIÓN EL CUERPO PROPIO Dirigida por Daniel Calmels

PrólogoSilvia Mónica César*

No se trata de temer o esperar, sino de buscar armas.

Gilles Deleuze, El Anti Edipo

Una de las características que mejor define al hombre es su indefinición desde la proverbial plasticidad del ser humano, que lo revela como una criatura milagrosa, cuya naturaleza contiene todos los elementos capaces de convertirlo en su propio arquitecto. Podemos entender entonces las palabras del Génesis:“No te he hecho ni celeste, ni terrestre, ni mortal, ni inmortal, para que tú mismo como un hábil escultor te forjes la forma que prefieras”.

Susana quiso lo que hizo… pero también hizo lo que quiso, por suerte para nosotros y para su hijo Demián, al que le brillan los ojos cuando ella cuenta y canta su vida… una vida que como toda vida, es maravillosa. Pero renacer, rehacerse, ponerse de pie ante el dolor y la tragedia, no es muy común, estar preparado para ello, más allá de las circunstancias, es poner las manos en la carne viva, para reconstruirse.

Las artes, las ciencias y la filosofía tienen por delante una tarea esquiva, la de abrir grietas en la seguridad de lo ya pensado y atreverse a imaginar nuevas preguntas, ensayar provocaciones, porque la verdad al fin y al cabo no es más que una especie de error, que tiene a su favor el hecho de no poder ser refutada, dado que la lenta acción de la historia la ha hecho inalterable.

El proceso de formateo de los cuerpos de los homínidos es complejo, pues presenta una doble faz: por un lado tenemos las fuerzas corporales incrementadas y estimuladas en términos económicos de utilidad, para que la aptitud del sujeto adiestrado se potencie por medio de entrenamientos y capacidades y, por el otro, las fuerzas corporales son disminuidas y subyugadas en términos políticos de obediencia, porque la dominación del sujeto disciplinado se acentúa por la imposición de reglas, normas y sistemas de vigilancia. Pero hay un detalle muy importante: la capacidad de oponer resistencia está siempre presente y es un componente fundamental de la liberación de los hombres y la construcción de las personas.

Siempre creí en las posibilidades de los otros y siempre busqué en la realidad puntos de apoyo para comunicar y participar de saberes y de los “saber hacer” de los otros.

Un día de los años 90, una mujer con una carpeta aferrada a su corazón quería contar, quería ofrecer, cómo a través del movimiento, del danzar, del amor y del arte, cómo parió nuevamente a su bello hijo Demián, a quien la ciencia había sentenciado de futuro un cuerpo inmovilizado.

En un mundo de espejos, egos, equilibrio, búsqueda de perfección, excelencia y virtuosismo, dejar pasar e ingresar en donde bailan las “etoiles” a vidas humanas en sillas de ruedas era algo parecido a un sacrilegio.

Durante más de veinticinco años desarrollé una gestión institucional generalmente provocativa en las instituciones donde trabajé, de manera que me pareció un desafío genuino la Danza Integradora que proponía Susana.

No fue fácil generar el espacio, no es fácil la inclusión del diferente.

La expresión “danza integradora” es tan polisémica como todos los eslóganes de moda, se la utiliza en relación con prácticas contradictorias que persiguen objetivos múltiples dentro de contextos grupales o institucionales muy diversos, y como expresión en boga, corre el riesgo de ser vaciada de su contenido; en algunos casos se ha vuelto una palabra mágica, como si bastara pronunciarla para conseguir los cambios anhelados; en otros, se ha trivializado por ser empleada en sentidos contradictorios. Por ello, resulta difícil delimitar las fronteras y la dinámica de este fenómeno. Es en el transcurrir de estos capítulos donde se encuentran los límites epistémicos y se podrá situar frente a la distinción clásica entre la educación formal, no formal e informal.

Existen cantidad de artículos, relatos, reseñas de experiencias, informes de congresos, pero por el momento no hay ningún tratado que parta de la sistematización de las experiencias más significativas y que dé razón de la complejidad de los modelos y la riqueza de las prácticas realmente existentes en este campo.

Por ello, al estructurar el proyecto de Susana, descubrí el propósito de poner a disposición de un amplio público las ideas fundamentales que conforman la propuesta político-pedagógica y artística de la educación inclusiva. Este material bibliográfico tiene un tema central: la Danza Integradora. Desde un núcleo teórico conceptual, tiene la peculiaridad de limitar, en el mismo gesto de su enunciación, el horizonte epistémico desde el cual nace y hacia donde se perfila en el mundo del movimiento y de la sociedad toda. Desde esta perspectiva, los textos se presentan como ámbitos privilegiados para indagar el estatuto epistémico de los procesos inclusivos de los actos humanos, a través de un lenguaje artístico.

Paradójicamente, esta densidad significativa se despliega a través de nuestros propios actos. Por ejemplo, Pier Paolo Pasolini en su “Manifiesto por un nuevo teatro” explica la realidad: “El teatro representa un cuerpo mediante un cuerpo, un objeto mediante un objeto, una acción mediante una acción”. Lo que advertía provocativamente Pasolini, poniendo en evidencia cierta cristalización de la lengua académica, es la cualidad de la docencia de explicar el estatuto semiótico de lo que llamamos realidad.

Posicionándonos desde el paradigma de la inclusión que pretende educar a todos, teniendo en cuenta que la diversidad existe y es un valor en sí misma, debemos corrernos del sujeto definido por la modernidad e inventado por teóricos: único, racional y por tanto necesitado de un método igual para todos. Algo que en absoluto se corresponde con los sujetos que se nos presentan hoy en las aulas y en la sociedad toda, porque son mucho más complejos, escindidos, desfondados, fragmentados, diversos y plurales. Y, por lo tanto, nos están demandando diversidad y multiplicidad de propuestas e intervenciones para la construcción del saber y la sobrevivencia en el planeta.

Esta concepción político-pedagógica y artística que está éticamente enraizada en el pensamiento y en los valores emancipadores proclama que la participación y el diálogo son el camino para la generación de un conocimiento válido y para la constitución de sujetos liberados de las diversas formas ancestrales de dominación y enajenación y, por lo tanto, el camino hacia un mundo más justo, libre y humano.

Y este puede ser uno de los motivos válidos que permanecerá latente a lo largo de estas páginas, e intentará generar esa atmósfera, ese aire que Friedrich Nietzsche describe en Ecce Homo: “Quien sabe respirar el aire de mis escritos, sabe que es un aire de alturas, un aire fuerte. Hay que estar hecho para ese aire, de lo contrario se corre el no pequeño peligro de resfriarse en él”.

Los invito a compartir las páginas de este libro, que no brinda recetas, sino senderos, en muchos casos difíciles y llenos de riesgos, que obligan a pensar crítica y creadoramente de forma inevitable si queremos hacer perdurables las conquistas y alcanzables los sueños sin realizar.

Primer Encuentro Rioplatense de Danza Integradora Argentina-Uruguay, una, 2014. Foto de Facundo Ballesta.

* Especialista universitaria en Didáctica, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires.

1. Mi corazón al sur

Nací en un barrio donde el lujo fue un albur, por eso tengo el corazón mirando al sur.

Mi viejo fue una abeja en la colmena, las manos limpias, el alma buena…

Eladia Blázquez, El corazón al sur

Hace un tiempo que tengo en mi interior la melodía y la letra de ese tango… desaparece… y, en el momento menos pensado, vuelve a aparecer. Cada verso resuena en mi interior como si hablara de mi historia, trayéndome desde el sur cantidad de recuerdos, imágenes, personas, risas, colores, olores y sabores que se disputan por salir. Será porque nací en zona sur, en un barrio cerca de Pompeya y más allá la inundación, como lo dice el tango.

Sí, mi viejo, como dice Eladia, “las manos limpias y el alma buena”, con una secundaria deseada sin poder concluirla por ser el mayor de siete hermanos, vino desde el Uruguay buscando un mejor pasar, teniendo que trabajar desde chico, para colaborar con el sustento familiar. Amante de la buena escritura y el buen decir, de pocas palabras y pocos abrazos, heredé su pensamiento científico, analítico y lineal, su honestidad y su coherencia y una cultura ciudadana, el tango y la lectura. Siempre trabajó, hasta que pudo tener su propio negocio, una tienda muy reconocida en el barrio, en la que yo jugaba con mi hermana a ser vendedora. De él aprendí la responsabilidad por el trabajo, el respeto por los valores, el gusto por la escritura y la lectura, a escribir bien, sin faltas de ortografía, y su impulso para que estudiara.

De mi madre, la menor de diez hermanos que vivieron en el campo, heredé su percepción, su pensamiento mágico, su cultura popular campesina, su sensibilidad y creatividad, la fuerza de sus mitos, su sentido de la vida, su capacidad de juego y sus deseos de liberarse de sus ataduras. Sabía de yuyos caseros, amaba mucho las plantas, su casa, y le gustaban mucho la costura y el tejido. Era feliz, haciéndonos a mí y a mis hermanos la ropa que lavaba y planchaba con amoroso cuidado. Me enseñó a usar su máquina Singer, con la que aprendí a hacerles vestiditos a las muñecas con los pedacitos de tela que me daba para jugar. Hoy en día conservo esa habilidad, creando y transformando ropa, actividad que me genera mucho placer, alegría y me aleja de los rollos mentales.

Mi madre tenía buen humor y se divertía jugando con sus nietos y, aunque me legó también sus prejuicios y sus miedos, la vida me fue poniendo a prueba y aprendí a desandarlos, transformándolos en sabiduría.

Y en esa infancia, la templanza me forjó, después la vida mil caminos me tendió. Y supe del magnate y del tahúr, por eso tengo el corazón mirando al sur.

Vivíamos en una casa con un patio grande y muchas plantas que mi madre cuidaba con esmero. En ese patio jugaba con Marta, mi hermana, dos años menor que yo, a la mamá, a la maestra, al doctor o nos disfrazábamos y armábamos obras de teatro. Por ser la más grande yo dirigía, actuaba y bailaba, mientras mi hermana hacía de público, ya que a ella no le entusiasmaba mucho bailar, le gustaba más pintar y dibujar, hoy es una excelente artista plástica.

Como en mi barrio no había estudios de danza, me enviaron a estudiar piano a una profesora cerca de mi casa. Me gustaba ir; todos los años la profesora nos llevaba a rendir al Instituto Santa Cecilia, que quedaba en el centro, en avenida Callao, cerca de Congreso. Para mí era un día de paseo. Mi madre me vestía de fiesta y yo tenía permiso para comprar chocolates en una casa que estaba al lado del conservatorio. Así rendí todos los años de piano, teoría y solfeo. Cuando mis padres vieron que avanzaba, con mucho esfuerzo me regalaron un piano.

En ese entonces, mi padre ya había comprado una casa vieja, que refaccionó, con un gran local adelante, donde funcionó la tienda que llevó mi nombre y el de mi hermana: Susy Mart (Susana y Marta), “su tienda de confianza”. El piano fue colocado en el comedor donde yo estudiaba, pero mi padre, que escuchaba desde el negocio, se asomaba para marcar mis errores. Su exigencia me daba mucha bronca y me hacía dejar de tocar. Después de muchos años de estudio, y faltándome dos exámenes para recibirme de profesora de piano, decidí dejar, porque me había dado cuenta de que lo mío era el movimiento y no me veía enseñando a tocar el piano sentada en un banquito y tampoco como pianista, solo leyendo partituras, ya que no sabía crear en el piano.

Esta decisión produjo gran tristeza y desilusión en mis padres, sobre todo en mi madre, pero yo sabía con certeza que no me veía como profesora de piano. A mi padre le importaba mucho que me fuera bien en matemáticas, castellano, historia y geografía. Si bien fui buena alumna en la escuela, lo que más me gustaba eran las materias a las que mi padre no les daba importancia: actividades prácticas, dibujo, música y educación física, en las que siempre me destacaba.

Mi barrio fue una planta de jazmín, la sombra de mi vieja en el jardín. La dulce fiesta de las cosas más sencillas y la paz en la gramilla de cara al sol.

Mi madre nos enviaba al colegio a mi hermana y a mí, con guardapolvo blanco de tablitas planchado con almidón y peinadas con trenzas o colitas. Los fines de semana nos llevaba a lo de mi abuela Juana, su madre, donde había un patio antiguo con jazmines, y donde muchas veces estaban nuestros primos, con quienes jugábamos en el patio y en la vereda. Mi padre, por entonces, había formado parte de la cooperadora para colaborar con la escuela y muchos fines de semana se reunían para hacer mejoras.

Cuando estaba por terminar mi educación primaria, nació mi hermano Néstor, al fin un varón en la familia, tan esperado por mi padre. Cambios y acomodación en toda la casa mientras yo me preparaba para comenzar la escuela secundaria. Estudié en el Normal 5 de Barracas, con la idea de recibirme de maestra, pero hice hasta tercer año, porque para pasar a cuarto, no había que llevarse ninguna materia y yo tenía para dar Geografía con el profesor Irursum, el más temido por el alumnado por su gran exigencia. Para no volver a rendir con ese docente, que gastaba sarcásticamente a los alumnos, me pasé al Normal 4 del centro, un cambio importante para mí, porque había otro grupo de compañeras con otros códigos de vida, y nunca terminé de integrarme.

Ya terminada la secundaria, venía el tema de lo que seguiría estudiando. Mi madre me proponía Farmacia, por su amor por las plantas y yuyos medicinales y las distintas formas populares de curar, porque pensaba que era una linda profesión para una mujer, y mi padre, Ciencias Económicas, pensando que podría colaborar en la prosperidad de su negocio. Yo había descubierto en la secundaria que lo que más me gustaba era la gimnasia, porque era feliz al participar en todas las exhibiciones de la escuela. Me gustaba la danza, pero no tenía ninguna formación. Me anoté en el Instituto Nacional de Educación Física Romero Brest (inef), para hacer el Profesorado de Educación Física, sin que mis padres supieran, sabiendo que a pesar de que muchas materias deportivas no eran de mi interés, tendría gimnasia moderna, ritmo, danza y las pedagógicas para el ejercicio de la docencia.

Desilusionada por no haber alcanzado el puntaje solicitado, ese año estudié francés en la Alianza Francesa, comencé a cantar canciones de Édith Piaf que me impulsaban a estudiar esa lengua y me preparé para volver a dar el examen de ingreso al profesorado, que aprobé con muy buen promedio.

Mi barrio fue mi gente que no está, las cosas que ya nunca volverán. Si desde el día en que me fui con la emoción y con la cruz, ¡yo sé que tengo el corazón mirando al sur!

Me encontré con mens sana in corpore sano,dualismo cartesiano disfrazado de integración, culto al cuerpo físico, esbelto y deportivo. Aprendizaje de técnicas, reglamentos y entrenamiento repetitivo para lograr un mejor rendimiento. No fui buena en los deportes, no me gustaban los reglamentos ni los profesores que incitaban a la competencia. Me costó mucho natación, recuerdo que para rendir mi último examen, una compañera nadadora, Alicia Rosas, hizo su prueba y luego la volvió a realizar acompañándome, haciendo los largos a mi lado, alentándome para que no me detuviera.

Hoy ese recuerdo me produce risa, alegría y agradecimiento, y la escucho diciéndome en cada respiración del estilo over que dominaba: “¡Dale!, seguí, ¡no aflojes!”, y agradecimiento al profesor que me decía: “¡González!, siga”, y al final me aprobó, reconociendo mi esfuerzo.

Fueron tres años de estudio, movimiento y camaradería; me producían placer los teóricos de todas las materias pedagógicas, estar en el gimnasio y tener clases al aire libre, donde disfrutaba del sol, el verde y el aire que nos despeinaba cuando jugábamos. Fueron años muy felices en los que pude comenzar a trabajar durante los veranos en colonias de vacaciones con niños de preescolar, primaria y en campamentos con maestros, coordinando los grupos de trabajo, los juegos recreativos y el cancionero. Con la influencia de Émile Jaques-Dalcroze, Rudolf von Laban, la gimnasia orgánica de Heinrich Medau y el trabajo con elementos de Ernst Idla, aprendí a trabajar con movimientos orgánicos y fluidos, y me destaqué en gimnasia rítmica y danza creativa.

En uno de mis viajes a Uruguay con el equipo de Gimnasia Rítmica, conocí a Jorge Frontera, reconocido gimnasta, profesor de Educación Física. Flechazo, amores, sentires y un noviazgo de un año que concluye en casamiento en 1968, con un viaje en carpa recorriendo el sur.

En paralelo a mi trabajo en escuelas, comienza otra etapa: búsqueda de departamento, aprender a compartir, convivir y llevar una casa adelante. Nunca terminé de irme del barrio donde nací, porque después de casarme vivimos cerca de dos años en otro barrio tranquilo de Lanús.

Participé como gimnasta en todos los equipos de gimnasia y rítmica, y formé parte del primer grupo del inef, que representó a la Argentina en la V Gimnaestrada de Basilea, Suiza, en 1969.

Mi primer viaje fuera del país, una experiencia fascinante, una ventana abierta a otros paisajes, otros sonidos, otras formas de movimiento que me impregnaron de nuevas imágenes y emociones. En ese entonces ya sabía muy bien que deseaba ser docente, para enseñar a conocer el cuerpo; por eso me impactó el pensamiento de Eduard Spragner, el educador nato, y todas las nuevas corrientes educativas de esa época influenciadas también por la danza.

Desde mis primeros pasos en la docencia, siempre busqué con las niñas y adolescentes que he formado, una experiencia intensa con sus cuerpos y la vida, desde un movimiento saludable, sentido y creativo. Recuerdo que terminaba las clases haciendo tomar conciencia del propio cuerpo, el grupo y del entorno: tierra, cielo, aire y sol, como una manera de integrarse con el todo.

Mi primer trabajo en escuelas fue en el colegio Cristo Rey de Lanús, donde hice una suplencia de un año. Fue para mí una experiencia muy valiosa, de mucho aprendizaje, ya que tuve a mi cargo casi todas las divisiones de la institución en Educación Física, y trabajé fundamentalmente en gimnasia, en la educación del movimiento y creando los interbandos deportivos, generando mucho entusiasmo y un intenso trabajo grupal en todas las divisiones. Al terminar la suplencia, me produjo gran sorpresa que el grupo de quinto año, con el que había establecido un excelente vínculo, me eligiera como acompañante docente en su viaje de egresadas.

Al año de recibirme, viajé con el grupo a Córdoba, a La Falda, para planificar las actividades grupales; fue una significativa experiencia como líder de grupo, que me enriqueció como persona y me fortaleció como docente. Me invadió una gran alegría y algunos miedos por la responsabilidad de llevar afuera a un grupo de quinto año, siendo apenas cuatro años mayor que mis alumnas. Subir a un cerro con el objetivo de plantar la bandera de Cristo Rey y perdernos para encontrarnos, ir a bailar, largas caminatas cantando bajo la luz de la luna, jugar con agua y bañarnos en los arroyitos del camino, bellas experiencias que tocaron nuestra piel.

Graciela Ingunza, una de las egresadas del colegio, ahora profesora de Educación Física, cuenta desde su perspectiva esa maravillosa experiencia:

 

Durante aquel año de 1967 en que cursaba el quinto año de la escuela secundaria, una joven personita menuda, con su equipo de profesora de Educación Física, se apareció en el colegio Cristo Rey de Lanús, diciéndonos que estaría todo un año con nosotras por licencia de la profesora titular.

Susana González se convirtió para mí, desde aquel entonces, en mi punto de referencia en la profesión, mi ídola total y absoluta.

Ella fue la creadora de los bandos que bautizamos como “Iuri, el rojo” y “Cheri, el verde”; y la que nos guió para organizar todas las divisiones del colegio, cada división, los votos, las tareas y los interbandos. Creamos actividades deportivas y artísticas y toda la institución estuvo comprometida en estas actividades, apoyadas por la dirección de la escuela.

Todas las alumnas que participamos recordamos con verdadera admiración la personalidad y la pasión de Susana por la enseñanza, y en el poco tiempo que estuvo en el colegio fue muchísimo lo que nos transmitió sobre el amor por la vida.

Por todo lo que vivimos con ella, la elegimos como acompañante del viaje de egresadas, un viaje a La Falda, maravilloso, que quedó marcado en nuestro corazón por la intensidad de las experiencias vividas. Nos supo transmitir el poder de trabajar en grupo, la felicidad de seguir luchando y el amor por la docencia.

Hoy como profesora de Educación Física radicada hace veinte años en España, dedicada al trabajo corporal expresivo, en noviembre de 2017 me volví a reunir con todas mis compañeras para festejar los cincuentaaños de egresadas y la creación de los bandos, con una gran fiesta, donde Susana fue nuestra invitada de honor. ¡Gracias por tanto!

En el verano de 1969 me llaman del Club Gimnasia y Esgrima de Villa del Parque (gevp) para trabajar como profesora de la colonia de vacaciones de la división cadetes. Al ver mi dedicación y entusiasmo con las niñas y adolescentes, me proponen como coordinadora de la división cadetes y trabajo en esta institución durante más de diez años. Conformo los grupos con las niñas y adolescentes a mi cargo, y con la colaboración de Jorge Frontera como profesor de Gimnasia Artística, participamos en torneos nacionales y provinciales con muy buenos resultados y premios. En el primer Campeonato Nacional de Gimnasia, en 1971, en el que había doce equipos inscriptos, presento a un grupo de niñas en la categoría 10-12 años. Sabía que nuestro trabajo era muy bueno, pero por ser la primera vez, las niñas estaban preparadas para no desesperar por el puesto que nos designaran, sino para disfrutar de la experiencia. Comenzaron a nombrar desde el número doce en adelante y como no nos nombraban empezamos a inquietarnos. Sorpresa y júbilo indescriptible, abrazos, risas y alegría desbordante cuando nos nombraron en el primer puesto como ganadoras de la competencia.

Este premio nos incentivó a seguir trabajando fuerte y junto a Jorge Frontera, entrenador del equipo de gimnasia artística masculina, participamos durante varios años en numerosos torneos y eventos, recorriendo el país con los dos equipos de gimnasia rítmica y artística. En ese tiempo, fui integrante de la comisión de la Federación Argentina de Gimnasia (fag), a través de la cual tuve la oportunidad de viajar como delegada al curso internacional de jueces de gimnasia rítmica deportiva en Madrid, en 1976. Fui la primera docente argentina que asistió a ese curso. Allí aprendí a trabajar con cintas y mazas, que ya se usaban en las competencias internacionales. De regreso de mi viaje, dicté algunos cursos para docentes y entrenadoras, y llevé adelante la creación de la Escuela de Gimnasia Rítmica, en gevp, en la que introduje la cinta y las mazas, aparte de seguir trabajando con manos libres, pelota, aro y soga en forma individual y en grupo, como lo venía realizando.

En 1977 viajé como entrenadora, para llevar a una gimnasta en representación de gevp al VIII Campeonato del Mundo de Gimnasia Rítmica Deportiva realizado en Basilea, y en 1979 al IX Campeonato del Mundo, realizado en Londres.

Durante varios años formé gimnastas buscando la gracia natural, la organicidad y libertad creativa de movimiento y la alegría de trabajar y jugar con los elementos que se usaban en las competencias: soga, pelota, aro, mazas y cinta, creando nuevas secuencias y exaltando la expresión particular de cada adolescente. Cuando tuve la certeza de que la competencia había dejado de interesarme, dejé el club, porque se evaluaba más la altura y cantidad de los saltos, los giros y movimientos mecánicos por un reglamento con números de puntuación, que la belleza de cada joven y la gracia natural encerrada en cada cuerpo.

Mis semillas crecieron y florecieron, ya que muchas de esas adolescentes, hoy excelentes profesionales en las artes del movimiento, como Susana y Alicia Vaccarini, Cecilia Zenobi, Claudia Bosso, Irina Esquivel, Marta Lanterno, Verónica y Marina Verdier, Adriana y Paola Parrondo y muchas otras mujeres comprometidas con lo que significa el movimiento y el arte en la vida de las personas, tomaron esa herencia y la transformaron enriqueciéndola con sus vidas. Así lo expresa Susana Vaccarini, profesora de Educación Física, directora del Centro Cultural Andares:

 

Llegué al club gevp de la mano de mi hermana mayor que pensaba que para una niña inquieta lo mejor sería realizar una actividad física, sin saber que me estaba proporcionando la suerte más grande que me acompañaría el resto de mi vida. Los mejores años los pasé con Susana González y su esposo Jorge Frontera, primero con la gimnasia artística deportiva y cinco años después con Susana, quien nos inició en la gimnasia rítmica deportiva, siendo yo la primera gimnasta en presentar el elemento mazas en el país, ya que ella, perteneciendo a la Federación Argentina de Gimnasia había hecho un curso en Madrid, trayendo al país todas las novedades sobre la gimnasia rítmica deportiva.

Si bien estas cuestiones como profesores pioneros en las disciplinas que abordaban fueron muy importantes en el medio de la gimnasia, lo que yo descubrí mucho tiempo después era que la manera de trabajar que tenía Susana sería la impronta más fuerte con la que yo me quedé, la que me marcó en mi futuro profesional. Cuando terminé la secundaria, sentía que mi vocación estaba en la docencia y a través del movimiento, por lo que decidí hacer el profesorado de Educación Física para convertirme en su colega.

Ya en la carrera, empecé a vivir una relación con el trabajo corporal que distaba mucho de lo que yo había vivido: no había respeto por el propio cuerpo y mucho menos por el del otro. Tampoco nadie se preocupaba ni tenía en cuenta cómo te sentías. El otro era solo una competencia, se aprendía a obedecer y no a plantear lo propio o a escuchar al otro y mucho menos a proponer soluciones.

Empecé a darme cuenta de que lo que yo había vivido en gevpno sucedía en todos los ámbitos. El país pasaba entonces, año 1973, por un momento tremendo de miedos y de incertidumbres, que fomentaba y albergaba el autoritarismo y la obediencia; pero tiempo después comprendí que la educación física estaba a años luz de aquellas premisas que yo había vivenciado, las que me habían impulsado a definir mi decisión vocacional.

Más allá del momento sociopolítico, ya que el concepto de sujeto y su corporeidad respondían al modelo vigente en el siglo XIX, todos los valores que enunciaba Susana eran vividos en nuestras clases de gimnasia. No puedo olvidar las charlas que tenía con el grupo, donde éramos todas muy diferentes, en edad, en nivelaciones técnicas y tiempo en la escuela. Ella nos hablaba a todas juntas y siempre respetando la tarea, nos decía: “Escuchemos a todas, es posible que algunas no entiendan ahora, pero más adelante lo van a entender… siempre tratá de decir lo que sentís, si el otro se ofende es un problema del otro… si no te gusta lo que se plantea, podés decirlo, pero pensá qué vas a proponer antes de hablar”.

Tantas cosas me acompañan de aquellos momentos, que hoy todavía las siento como las premisas más importantes que me ayudan a encontrar mi eje cuando lo pierdo. No eran frases vacías, estaban sostenidas en la acción, con un trasfondo ideológico que lo pude ver cuando comparé. Hasta ese momento tenían un valor enorme para mí, pero cuando tomé distancia me di cuenta de que yo era muy afortunada, de que nuestro país estaba muy lejos de este modelo y que tenía que seguir trabajando mucho para multiplicar la voz de Susana, ya que ella por aquellos años ya hablaba de Jean Le Boulch y André Lapierre, de Gerda Alexander y del trabajo de conciencia corporal y expresivo que estudiaba con Patricia Stokoe, proporcionándonos todo lo nuevo que iba incorporando en sus aprendizajes, usando una metodología muy difícil todavía hoy de encontrar en la Educación Física.

El trabajo minucioso, profundo y responsable sobre la toma de conciencia de nuestro cuerpo era un despabilarte permanentemente sobre la maravilla de tu cuerpo y el estar vivo. ¡Investigarte! Otro gran aprendizaje, si bien había muchísimas pautas de trabajo, era la estrategia didáctica por excelencia, que estaba orientada fundamentalmente a descubrir lo que hacías, cómo lo hacías, cuándo lo hacías y qué te pasaba con todo eso. Era la reunión perfecta de toda mi persona en cada acto. Las tareas de todos los días las desarrollábamos en lugares con muchas deficiencias y con escasos recursos, pero con alegría, amor y mucha presencia; es por ello que las atesoro como la esencia de un legado magnífico que me acompaña en mi tarea de todos los días.

Esto que vivimos haciendo gimnasia era, en verdad, el ser acompañados en la formación de la vida, en la búsqueda permanente de sentido, en todo lo que hacés, como siempre decía Susana: “Es aprender para la vida… esto que te pasa con tu cuerpo es lo mismo con una pareja, un hermano, los padres”.

Por eso seguí trabajando con ella en Expresión Corporal y en Danza Teatro, cuando estaba motivada por el trabajo de Ana Itelman (artista, pedagoga, pionera de la Danza Teatro), con la que estudió. Y hoy, cada vez que tengo la oportunidad de charlar o compartir algún evento, me doy cuenta de que más allá de lo que hagamos, hay una ideología que atraviesa todas las acciones. Y yo, como tantas otras que fuimos sus alumnas, no podemos soslayar su impronta; ya sea como docentes o como artistas, se nos nota su presencia y su intervención. Ella siempre fue a fondo con cada una de nosotras. ¡Eso es trabajar en serio! Gracias.

Cuando mi padre nos cedió la terraza de la casa para construir la nuestra, a los dos años nos mudamos. En 1972 y 1973, años políticamente difíciles para el país, nacieron nuestros hijos Demián y Javier, mientras trabajaba como profesora de Educación Física en diferentes instituciones educativas de nivel secundario y luego en institutos de formación docente. Siempre me interesó la gimnasia en todas sus formas, la música, la danza y el ritmo.

Tenía como norte la vida de Isadora Duncan, precursora de la danza moderna, y la enseñanza de la señorita Olga Cossettini,1 docente argentina impulsora de una escuela para la vida.

Ejercí durante muchos años en la Escuela de Formación Docente de Lanús, en el Profesorado de Educación Inicial y Primaria, impulsando a las maestras a que valoren su cuerpo y el cuerpo de los niños en la escuela.

Fui docente fundadora de varias instituciones, como el Instituto de Educación Física de Loma Negra en Olavarría, el Profesorado de Educación Física Almirante Brown de Haedo y Avellaneda, donde fui profesora de gimnasia y danza, y en la Escuela de Música Popular y Escuela de Teatro y Títeres de Avellaneda, en la que fui profesora de Expresión Corporal y Educación del Movimiento. Intenté siempre formar docentes comprometidos con la vida del cuerpo y nunca dejé de seguir formándome en las artes del movimiento, la música y la pedagogía.

 

La geografía de mi barrio llevo en mí, será por eso que del todo no me fui: La esquina, el almacén, el piberío… lo reconozco… son algo mío…

 

A pesar de comenzar a estudiar danza después de los dieciocho años y bailar en diversos grupos independientes, tardé muchísimo tiempo en considerarme bailarina. Tenía impreso el imaginario de la bailarina clásica que yo no era y en el ambiente de la danza contemporánea y la expresión corporal me costaba insertarme, porque me sentía fuera de los códigos que se manejaban. Fue un largo y costoso proceso de aprendizaje.

El encuentro con Patricia Stokoe

Mientras cursaba el profesorado de Educación Física, en los veranos asistía a los talleres que dictaba Patricia Stokoe3 en su estudio de la calle Monroe. En uno de sus cursos, me propuso como integrante de su grupo de muestras de Expresión Corporal. Me convertí así en miembro fundador del Grupo Aluminé, con quienes bailé en diversas instituciones y festivales del país, desde la creación del grupo en 1976 hasta 1984, año en que nació mi hija Natalí.

Mi madre no alcanzó a verme bailar, una enfermedad terminal acabó con su vida a los cincuenta y seis años, dejando en todo mi ser mucha tristeza y un inmenso vacío, muchas preguntas sin respuesta, e infinito dolor que tardé mucho tiempo en superar. La danza, los ensayos con el Grupo Aluminé y los talleres de juego, creatividad y escritura que realicé me permitieron expresar mi sentir, dando rienda suelta a mi sensibilidad, que estaba frenada y adormecida.

Carta de certificación firmada por Patricia Stokoe, 1984.

Ya recibida del profesorado de Expresión Corporal, Patricia Stokoe me invita a que me presente en el Profesorado Nacional de Expresión Corporal que se había abierto en la Escuela Nacional de Danzas en 1988. Me preparo todo el verano con cierta incertidumbre, pero después de una entrevista con la rectora de ese momento, la doctora Gladys Müller, me designan como profesora de Expresión Corporal en el tercer año de dicho profesorado, por considerar el recorrido que ya tenía en la formación docente.

No me fue fácil abordar este grupo, ya que la mayoría de las alumnas que venían del ámbito de la danza me cuestionaban algunos de los trabajos que proponía. Por eso fue una gran sorpresa cuando una alumna me esperó a la salida de una clase para decirme que estaba agradecida de mi postura frente a la enseñanza, porque había creído que para ser docente de Expresión Corporal tenía que vestirse siguiendo la moda del hippismo de los 70 y hablar de una determinada manera, como lo hacían algunos jóvenes.