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"¡De haber sabido!" es un libro en el que descubrirás que el mundo cambia cuando cambias tú. Así se genera un efecto en el que todo a tu alrededor se modifica y mejora en todos los niveles: espiritual, personal, familiar, profesional y, por supuesto, económico. Pero para cambiar y tener una mejor vida solo es necesario cambiar tus creencias limitantes, agradecer lo que tienes y aprender a disfrutar el aquí y el ahora. Este libro autobiográfico narrado de forma sencilla y divertida no pretende enseñarte a vivir más sino a vivir mejor. A través de sus vivencias el autor comparte como él cambió y finalmente alcanzó el éxito en su vida una vez que aprendió a ser feliz.
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Seitenzahl: 93
Veröffentlichungsjahr: 2024
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d.r.©2023 Arturo Ibarraránd.r.©2023 Ponle Acento
Primera edición, abril 2024isbn: 978-607-69770-0-2
Publicado por Ponle AcentoOntario 1292Colonia ProvidenciaGuadalajara, Jalisco, Mé[email protected]
Corrección de estilo: Andrea OrozcoIlustración de portada: Rolando Ibarrarán CarbajalDiseño editorial: Antonio Marts / Antígrafo ediciones
Queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de la autora, la reproducción total y parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento.
editado en méxico
Prólogo
Cuando mi amigo Arturo me invitó a escribir el prólogo de su libro, la verdad, me sentí un poco abrumado. Una poca de inseguridad brotó en mi interior ante la petición de una persona con una red de negocios tan grande como la de él.
Para empezar, debo decir que lo conozco por poco más de diez años, y ha sido un amigo con el que he compartido varias etapas de su vida y algunas de la mía. He sido testigo de su crecimiento acelerado como profesional, como ser humano, y de cómo una crisis destapó esta versión más pulida del Arquitecto de Empresas.
Lo conocí a inicios de 2013 en BNI, un círculo empresarial y red de networking, y de todos los presentes, fue de los primeros con los que entablé amistad. Fácil de reconocer con sus casi 1.90 metros de estatura, el pelo largo e increíblemente canoso a sus menos de 35 años, era alguien que, con sólo verlo, sobresalía.
Era una época en la que se dedicaba de lleno a la arquitectura, pero en sus disertaciones siempre hablaba de las leyes de la vida, del karma o de algún tema empresarial. Se veía que era un alma con un conocimiento más profundo que el común de su generación. Las reuniones fueron épicas: negocios, ideales, tequila, Chavela Vargas y ganas de cambiar a México a través de las redes empresariales. Se veía ya en esos ayeres que algo más se gestaba en su interior.
Arturo se ha vuelto un referente en temas empresariales en la sociedad jalisciense, e incluso en temas espirituales para los cercanos. Al leer el libro, entiendo que el camino no siempre le fue fácil. Entiendo de mejor manera al hombre que lo escribe, y comprendo por qué es ahora un coach de negocios exitoso.
Invito a la lectora o al lector a que recorra las páginas con el interés que genera ver el crecimiento de una persona. En una lectura amena y con un lenguaje muy digerible, podrá encontrar muchas coincidencias consigo misma(o), pues Arturo, a mi juicio, vierte su corazón en la escritura, y permite ver entre líneas cómo pareciera que su vida tiene unas pinceladas que guían su existencia, como dice él al principio, “conectando los puntos”.
Quetzalcóatl López Ochoa
Introducción
Si algo he aprendido en la vida y en los negocios es que las oportunidades se presentan de la siguiente manera: la primera simplemente se da, la segunda se gana, pero la tercera nunca llega.
En este libro intento plasmar de forma simple y divertida momentos importantes de mi vida cargados de experiencia y mucho aprendizaje a lo largo de mis casi 44 años, en el entendido de que de los fracasos se aprende mucho más que de los éxitos. Aquí encontrarás bastantes sucesos que me han permitido transformarme en mi mejor versión espiritual, personal, familiar y profesional. Sí, en ese correcto y mágico orden.
¡De haber sabido! pretende contagiar a más personas de la idea de que todo en esta vida tiene un fin y un propósito. Como dijo Steve Jobs: “No puedes conectar los puntos mirando hacia adelante, sólo puedes hacerlo mirando hacia atrás”. Yo he sido testigo de que los puntos sí se conectan; sólo debes hacer todos los días la parte que te toca y confiar en que Dios hará la suya.
Es importante aclarar que algunos nombres que aquí menciono fueron cambiados por razones de confidencialidad, para evitar así herir susceptibilidades o recibir posibles reclamos, ya sea por aparecer en el libro o por no ser mencionados. En su mayoría, esperaría lo segundo.
Agradezco infinitamente a todos aquellos ángeles y maestros que me ha enviado la vida a lo largo de todos estos años, quienes me han ayudado a cruzar los momentos más complicados —que no me gusta decir que fueron varios; fueron los necesarios—. Trataré de mencionarlos, si no a todos, sí a los más importantes.
Aprendí que el Universo nos pone de vez en cuando de espaldas al piso para valorar y agradecer todo lo que sí tenemos, y siendo honestos, ¡es mucho! El problema es que preferimos enfocarnos y darle energía a todo aquello que no tenemos o que hemos perdido en el camino. Aunque parezca trillado, el aquí y el ahora son lo único que importa y por lo único que vale la pena vivir. Si quieres cambiar tu vida, basta con aprender a agradecer todo lo que tienes, y, por supuesto, todo lo que no tienes. Dios no les da alas a los alacranes, diría mi mamá.
Gracias también a todas aquellas personas con quienes he compartido los episodios más gloriosos, divertidos, ridículos y felices. A todos y todas mi cariño y reconocimiento infinito. En este tiempo he aprendido también que la felicidad consiste en aprender a “viajar ligero”, y muchos de ustedes me han ayudado a entenderlo. El verdadero reto es aplicarlo todo el tiempo y convertirlo en un estilo de vida. Ligeros de equipaje al viajar, ligeros de problemas, ligeros de cargas emocionales, ligeros de personas tóxicas, ligeros de deudas, ¡ligeros de todo!
Descubrí que el único objetivo de las personas en el deber ser es ser felices. Ah, y quererse un montón para poder así querer a los demás y construir un mejor mundo para todos, y claro, una vida llena de éxitos y bendiciones como recompensa si lo haces de forma genuina.
Por último, quiero hacerte una petición que sé que te será útil: pierde el miedo a equivocarte (aquí encontrarás numerosa evidencia de la importancia de dejar este temor atrás), porque de ser necesario para tu crecimiento, vas a cometer bastantes errores. Sí, lo único seguro en la vida es que la vas a regar, y por eso te doy este consejo: ¡atrévete siempre! En la vida a veces se gana y a veces se aprende, pero nunca se pierde. Este libro es una clara muestra de ello.
Sin más, dejo aquí lo mejor de mí. Disfrútalo y nunca olvides que siempre ¡lo mejor está por venir!
Arturo Ibarrarán
El hotel
Disfrutar de las cosas simples de la vidaes la forma más sencilla de trabajar en tu ser
A. I.
Aún recuerdo sus cuatro corredores interiores. Los pisos de mosaico eran tan brillantes que parecían espejos. Afuera, en el portal, el piso estaba formado por pequeños cuadritos con relieve en color gris y rojo. Lo más divertido era pasar sobre ellos en una patineta o en una avalancha. El sonido que se generaba con la fricción de las ruedas de nuestros vehículos en el piso nos hacía sentir que conducíamos verdaderos coches de carreras. Quiero pensar que aún existen niños que disfrutan de hacerlo. En especial los días 25 de diciembre, aquel portal se convertía en la mejor pista de carreras del mundo. Junto con mis hermanos Rolando y Luz María, y por supuesto, con nuestros primos, que eran varios y más o menos de la edad, nos reuníamos a estrenar los vehículos obsequiados por el Niño Dios la noche anterior.
El hotel Díaz en Sayula, Jalisco, fue por mucho el lugar en donde viví los años más felices de mi infancia.
Mis abuelos maternos, mamá Luz y papá Carlos, fueron los pilares de la gran familia Carbajal Díaz. Actualmente lo es la tía Rosy, pero de ella hablaré más adelante.
Recuerdo con mucha nostalgia infinidad de tardes en el corredor principal del hotel que, dicho sea de paso, se utilizaba como la casa de la familia: en las recámaras rosa, azul, verde y la principal ocurría la convivencia entre todos los parientes que por ahí pasaban, sin olvidar la biblioteca de papá Carlos, enmarcada al centro de los cientos y cientos de sus libros y una consola Telefunken que conservo con mucho cariño y engalana el recibidor de mi casa.
Afuera en las salas se realizaban casi todas las tardes juegos de cartas con modestas apuestas entre mis abuelos y sus amigos. Una vez concluida la partida, y habiendo compartido entre los jugadores ganadores y perdedores sus amenos y divertidos comentarios, mamá Luz llamaba a los nietos que jugaban en algún lugar del hotel, siempre con el grito amoroso: ¡Niños, vénganse a cenar!
En el centro de la mesa del comedor, en el interior de la gran cocina, siempre había piezas de pan dulce, cuyo sabor sigue siendo excepcional, y una gran jarra de leche bronca, de la que desde entonces y hasta la fecha me declaro no fan. Por eso la de mi vaso era previamente colada, para retirarle la nata que tanto caracteriza a ese tipo de leche y con el que mi abuela preparaba mantequilla o algo similar que a mi abuelo le encantaba untar en su pan.
El hotel fue propiedad de mi familia desde 1920, aproximadamente. Con excepción de la parte de la casa, el hotel contaba con 19 cómodas y mágicas habitaciones. Por cierto, en dos de ellas muchos huéspedes aseguraron ser “asustados” por las noches. La verdad nunca nadie de la familia vivenciamos eventos extraños al dormir en ellas. Claro, los valientes que lo hicimos.
Mis abuelos, cada tres años y en pro de ayudar a sus hijos, les permitían administrarlo durante una temporada; sí, el hotel Díaz en Sayula, en ese entonces con no más de 50 000 habitantes, era un gran negocio. Fue así que, ante la oportunidad, mis padres decidieron emprender esa nueva aventura, dejando temporalmente nuestra casa en Guadalajara.
Yo era el mayor de los tres hermanos, y en Sayula cursé cuarto, quinto y sexto año de primaria en el desaparecido Colegio Jalisco. Hice grandes amigos; aún conservo una relación cercana con algunos de ellos y a la fecha han estado en momentos importantes. Uri, Damián y Andrés fueron y son parte esencial de mi vida: gracias por seguir ahí, amigos.
Adicionalmente, y como piezas fundamentales de mi formación infantil, es imposible no mencionar a mis primos Carlos y Paco, que por azares del destino también vivían en Sayula en aquella época. ¡Cómo me divertí, pero también, cómo sufrí con ellos! Paco, a quien por desgracia no veo con la frecuencia que quisiera, era mi ídolo.
Mayor que yo por casi tres años, Paco me enseñó muchas cosas simples, pero muy significativas para un niño de diez años: a abrocharme las cintas de los zapatos, a hacer bombas con el chicle, a jugar con el trompo y a las canicas; bueno, hasta a fumar, hábito que por fortuna dejé hace poco, pero que me acompañó durante muchos años, a diferencia de él, que tal parece aprendió a fumar sólo para enseñarme.
