De la URSS a Rusia - Carlos Prieto - E-Book

De la URSS a Rusia E-Book

Carlos Prieto

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Beschreibung

Del interés que tuvo de joven Carlos Prieto, el renombrado chelista mexicano, por la cultura, la lengua y la música rusas, surge la fructífera relación que ha habido por casi 30 años entre este artista y la nación europea. Las páginas de la presente obra son memorias que atestiguan los cambios políticos y culturales de los sesentas a nuestros días.

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Veröffentlichungsjahr: 2014

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Carlos Prieto

es hombre de polifacética personalidad, que se formó en su juventud como ingeniero, economista y músico. Fue prominente industrial antes de dedicarse plenamente al violonchelo y convertirse en uno de los más destacados concertistas mexicanos. Ha tocado en los principales escenarios a lo largo de sus múltiples giras por Europa, los Estados Unidos, Rusia y las antiguas repúblicas soviéticas, Canadá, Japón, China, la India y América Latina. Ha recibido numerosas distinciones internacionales, entre ellas el Premio Nacional de Ciencias y Artes en la categoría de Bellas Artes; la Orden de las Letras y las Artes por parte del gobierno francés; la Encomienda de la Orden del Mérito Civil, otorgada por el rey de España; la Medalla Pushkin, otorgada por el presidente de Rusia; el premio Eva Janzer titulado “Chevalier du Violoncelle” de la Universidad de Indiana; el Premio al Liderazgo Cultural de la Uni versidad de Yale, y el título de Maestro Emérito de la Juventud Venezolana, otorgado por el presidente de la Fundación del Estado para el Sistema Nacional de las Orquestas Juveniles e Infantiles de Venezuela. Ha grabado ochenta obras y es autor de siete libros, cuatro, con éste, publicados por el FCE. En 2011 fue elegido miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

VIDA Y PENSAMIENTO DE MÉXICO

DE LA URSS A RUSIA

CARLOS PRIETO

DE LA URSS A RUSIA

Tres décadas de experiencias y observaciones de un testigo

Prólogo de ISABEL TURRENT

Primera edición, 1993      Segunda reimpresión, 2013 Primera edición electrónica, 2014

D. R. © 1993, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 México, D. F. Empresa certificada ISO 9001:2008

Comentarios:[email protected] Tel. (55) 5227-4672

Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, sea cual fuere el medio. Todos los contenidos que se incluyen tales como características tipográficas y de diagramación, textos, gráficos, logotipos, iconos, imágenes, etc. son propiedad exclusiva del Fondo de Cultura Económica y están protegidos por las leyes mexicana e internacionales del copyright o derecho de autor.

ISBN 978-607-16-2039-2 (ePub)

Hecho en México - Made in Mexico

A MARÍA ISABEL A JUAN LUIS

AGRADECIMIENTOS

Debo expresar, en primer lugar, mi profundo agradecimiento a mi hermano Juan Luis Prieto quien, con gran generosidad, leyó y releyó el manuscrito original de este libro y aportó ideas e innumerables mejoras a su texto.

Agradezco también las sugerencias de Masha y Vladimir Kaspé y las de Juan Bushdid, así como la infatigable y eficaz labor secretarial de Gilda Vásquez de Iglesias.

Es de justicia que haga también mención de mi amigo Carlos Lagunas, recientemente fallecido, con quien compartí durante muchos años el interés por los asuntos soviéticos y me hizo al respecto valiosas observaciones.

Como siempre, fueron para mí fundamentales el apoyo de María Isabel, mi esposa, y la oportunidad de contrastar con ella puntos de vista tanto durante los viajes que hicimos juntos a la URSS como a lo largo de los meses en que permanecí recluido para redactar este libro.

Al Fondo de Cultura Económica y muy especialmente a don Miguel de la Madrid, su director general, agradezco su estímulo y su interés en la publicación de este libro.

CARLOS PRIETO

PRÓLOGO

Los artistas —sobre todo los poetas y los escritores— fueron durante siglos en Rusia y después en la Unión Soviética la conciencia y la guía de la sociedad. A través de sus obras y del ejemplo encabezaron la resistencia al autoritarismo del siglo XIX y al totalitarismo soviético después de 1917.

Los artistas eran más que escritores; eran profetas, predicadores y, en última instancia, héroes de la disidencia. Para el poderoso, la palabra, los mitos y símbolos, los sonidos y el color, eran armas más temibles que el veneno o la espada. En esta tradición que transformó a la literatura en la patria espiritual del pueblo ruso y que proclamaba la primacía de las palabras sobre la vida, el artista tenía dos opciones aparentes: el heroísmo o el sometimiento.

Por ello en Rusia y en el este europeo nunca se perdió de vista que el trabajo del artista y del poderoso son dos cosas totalmente diferentes. Para llevarlos a cabo ambos tienen que mantenerse lo más lejos posible. Mientras que el político busca la eficacia por cualquier medio, “el poeta sólo puede soñar con que la perfección de sus escritos despierte la sed de perfección del mundo… triunfar irrevocablemente sobre el caos de la realidad por medio de la pluma”.1 Y a fin de cuentas, mantener su compromiso irrenunciable con la verdad.

Las terribles consecuencias de este compromiso del artista con la verdad y la moral en la Rusia stalinista son sabidas en relación con escritores y poetas. Muchos conocen la odisea que acabó por silenciar la vida de Borís Pasternak y a la poetisa Anna Ajmátova; llevó a la muerte a una pléyade de escritores desde Gumilev hasta Osip Mandelstam y al exilio a muchos más, desde Evgeni Zamiatin hasta Brodsky.

Muy pocos se han detenido, sin embargo, a estudiar el destino trágico de cineastas y músicos y, menos aún, la suerte de aquellos que optaron por un camino intermedio entre el heroísmo y la humillación. La de esos artistas que fueron sometidos por el terror del sistema stalinista pero lograron enarbolar la bandera de la resistencia a través de símbolos más abstractos e inasibles que la palabra en el ámbito estético. Es difícil encontrar un mejor ejemplo de este artista “con grilletes” que la vida y la obra de Dmitri Shostakovich. El relato biográfico que Carlos Prieto nos regala en este libro tiene en consecuencia un doble mérito: llena el vacío que ha dejado la historia de la disidencia soviética en relación con intérpretes y compositores y analiza con minuciosidad la peculiar relación de Shostakovich con el poder y su resistencia ante el comunismo encarnada en su música.

Carlos Prieto siguió la trayectoria de Shostakovich desde una atalaya privilegiada: es un violonchelista reconocido internacionalmente y un conocedor profundo de la Unión Soviética. Desde ahí afirma que la música de Shostakovich le produjo, primero, desconcierto. El compositor firmó manifiestos contra diversos disidentes y en su música alternan obras maestras con composiciones banales. Era el reflejo en su obra de la extraña mezcla de sometimiento y resistencia con las que Shostakovich enfrentó a Stalin y a sus sucesores. Shostakovich no estaba hecho, como otros artistas cuya trayectoria recoge Carlos Prieto, con la madera del héroe. No obstante, a pesar de haber dado la espalda a varios disidentes y de temer toda su vida la irrupción nocturna de la policía secreta, nos legó su oposición al comunismo stalinista a través de sonidos. Es privilegio de compositores e intérpretes guiarnos, como lo hace Carlos Prieto, entre la copiosa producción de Shostakovich para distinguir aquella música que respondía a sus resortes internos de las obras que escribió como una concesión más al “realismo socialista”. Carlos Prieto salva a Dmitri Shostakovich de un destino tan paradójico como su vida: lo rescata de entre aquellos que optaron por la humillación total y descendieron a escribir y cantar loas a Stalin como personajes públicos y como artistas.

Nos enseña algo más: la capacidad del público soviético —que posee, afirma Prieto, una notable cultura musical— para diferenciar, sin ser profesionales de la música, entre las obras del verdadero Shostakovich y las del genio humillado por Stalin. En octubre de 1975, poco después de la muerte del compositor, al abrirse la temporada de conciertos en la sala Glinka de Leningrado, el programa concluyó con el estreno de su última obra, la Sonata para viola. Sólo una butaca estaba vacía pero llena de flores: la que Dmitri Shostakovich había ocupado siempre.

En la misma tradición del doctor Chejov, Carlos Prieto vivió mucho tiempo sirviendo a una esposa —la música— y a una amante —la ingeniería—. Sin embargo, a diferencia del gran cuentista ruso, Carlos Prieto optó por el violonchelo y abandonó la ingeniería. Este libro es antes que nada la obra de un músico. No obstante, Prieto no pudo evitar que su formación técnica matizara la imagen de la Unión Soviética que se desprende de muchas secciones de su libro.

El sistema económico que Stalin implantó en la URSS estaba profundamente entrelazado con la cultura y la política. Todas estas esferas respondían a los mismos principios: un férreo control central y la abolición de la libertad individual. Más allá de la erección de la sociedad sin libertades donde la política, la cultura y la economía eran mecanismos tan dependientes entre sí como las piezas de un reloj, la economía explica no sólo muchas de las conductas que Prieto retrata en su libro —como la interferencia burocrática en todos los resquicios de la sociedad— sino también la fragmentación final de la Unión Soviética en 1991.

Carlos Prieto explica con detalle cómo funcionaba la economía en los años de Jrushchov y las reformas, a fin de cuentas inútiles, que este líder intentó introducir en el sistema que le había heredado Stalin. Prieto tuvo la inmensa ventaja de conocer a fondo el desempeño de la industria siderúrgica de la Unión Soviética. Por ello la descripción de sus experiencias en estas plantas industriales es de especial interés. Para mí, por ejemplo, fue una novedad la existencia en los años sesenta de lo que Prieto llama “coordinadores fantasmas”: especialistas que sustituían el trabajo que corresponde a la mano invisible en las economías capitalistas. Estos funcionarios se encargaban de viajar entre las plantas para asegurar la coordinación en la producción y el buen abasto de insumos entre las empresas.

El autor recoge en el recuento de cada una de sus giras la evolución de la economía. Su relato comprueba que la crisis no era aparente. En 1985, Carlos Prieto afirmaba que el estándar de vida de la población soviética se había elevado desde su primera estancia en los sesenta. Y sin embargo, para mediados de los ochenta el crecimiento del PNB se había desplomado a menos de 1 por ciento y las nuevas inversiones en el campo y en la industria arrojaban desde hacía muchos años rendimientos decrecientes. Para demostrar la improductividad agrícola basta tomar algunas cifras sobre las importaciones soviéticas de granos: en 1960, la URSS compró 0.2 millones de toneladas; para 1974 la cifra aumentó a 7.1 millones de toneladas de granos; en 1981, cuando Mijaíl Gorbachov era ya el encargado en el seno del Politburó del desempeño agrícola, la URSS importó 46 millones de toneladas y, en 1984, la cifra creció a 55.5. En contrapartida, y como prueba del desastre que era la colectivización agrícola, la producción de las pequeñas parcelas privadas llegó a representar en 1977 casi 30 por ciento de la producción agrícola del país.

En el ámbito de la producción industrial, la Unión Soviética estaba a la zaga de la moderna revolución de las computadoras y los microchips y el pesado sistema burocrático de planificación central se había convertido en el obstáculo principal para la modernización.

Parte de la población, nos dice Prieto, estaba descontenta con la corrupción y el atraso inherentes al sistema comunista. Pero la gran mayoría se sentía orgullosa del avance del país y de las conquistas científicas y tecnológicas de la URSS. Los efectos de la crisis económica eran apenas visibles para esta mayoría; por ello, cuando Mijaíl Gorbachov llegó al poder se enfrentó a dos opciones claras: reformar el sistema abriendo los ojos del pueblo a la realidad económica y política del país y a su historia, con los costos psicológicos y sociales que ello implicaba, o navegar con la corriente, como lo había hecho Brezhnev, y dejar que el sistema económico hundiera muy gradualmente al país en el subdesarrollo. Gorbachov optó —como lo describe Carlos Prieto— por el camino más difícil: la reforma económica y política del sistema. Eliminó la censura y recuperó la historia, pero no pudo modernizar a la Unión Soviética. Destruyó los viejos mecanismos de planeación y distribución central sin sustituirlos por un mercado eficiente y la Unión se hundió en el caos económico y en las demandas nacionalistas de las repúblicas que la conformaban.

Los últimos capítulos del libro muestran con nitidez la brecha que se abrió entre el avance político y cultural de la era de Gorbachov y la carestía de productos y el desorden económico. Los retratos que acompañan estos capítulos sobre la reacción de los soviéticos que conoció Prieto en sus giras a la URSS, son más elocuentes que los muchos análisis y estadísticas que se han publicado sobre la profunda crisis de la economía soviética y el fracaso de la Perestroika.

Rusia ha fascinado desde siempre a los occidentales y ha sido, por su situación geográfica y su cultura, el puente entre Asia y Europa. El recuento de las impresiones que la vieja Rusia, oculta tras el manto de la URSS, dejó en Carlos Prieto forma parte de una larga tradición de viajeros. Tal vez el más conocido de ellos sea el marqués de Custine, que nos legó un hermoso libro sobre la Rusia de Nicolás I en la primera mitad del siglo XIX. Una comparación superficial entre las observaciones de Custine y las de Prieto permite concluir que uno de los problemas más graves que enfrenta la reforma encabezada ahora por el presidente ruso Borís Yeltsin, es transformar los hábitos mentales que se forjaron por centurias en Rusia y que se oponen a la modernización política y económica.

El paralelismo más notable toca a la burocracia. Tanto Prieto como Custine tuvieron el mismo recibimiento: “me hicieron tantas preguntas —escribió Custine— y fue tal la cantidad de formalismos por los que tuve que atravesar, que fue claro que estaba entrando al Imperio del Miedo”.2 Los administradores del terror eran los burócratas, ineficaces y corruptos —afirma Prieto—, una “clase de empleados subalternos”, que acumularon —según Custine— “un poder terrible”. Sus abusos se hacían entonces como ahora “en el nombre del orden”.3 En la Rusia de Nicolás, como en la Rusia de Brezhnev, “la tiranía administrativa sustituyó al despotismo”.

Carlos Prieto retrata la desesperanza del pueblo ruso ahora en los mismos términos que utilizó Custine hace más de 100 años; ambos subrayan el peso en Rusia de una historia sin libertades, rica antes que nada en promesas incumplidas. Sin embargo, el paralelismo termina ahí. Custine concluyó que la opresión zarista culminaría en un feroz estallido revolucionario. Nada en Rusia alimentaba su optimismo. La Rusia de ahora, hundida en el caos económico, es al menos un país libre. Y es precisamente la libertad el mejor inicio “hacia un futuro más digno, en el que puedan florecer en plenitud —como concluye Carlos Prieto— todas las espléndidas potencialidades materiales y espirituales” de Rusia.

ISABEL TURRENT

1 Fazil Iskander, “Poetas y zares”, en Mosckovskie Nóvosti, abril de 1991.

2 Marqués de Custine, The Empire of the Czar. A Journey Through Eternal Russia, Doubleday, Nueva York, Londres, 1989, p. 81.

3Ibid., p. 388.

INTRODUCCIÓN

El 25 de diciembre de 1991, día de Navidad, señala la defunción oficial de la Unión Soviética. Hasta poco tiempo antes, nadie había previsto un terremoto histórico de tan colosal magnitud. Igual que la Atlántida súbitamente desapareció tras el cataclismo que la sepultó bajo las aguas del Mediterráneo, se extinguió de repente la Unión Soviética, la segunda potencia mundial, uno de los imperios más poderosos del siglo XX, un vasto conglomerado euroasiático dominado por una ideología mesiánica convencida de su superioridad y, por lo tanto, intolerante y fanática. Dicha ideología aspiró inicialmente a crear un mundo nuevo, mejor y más justo, y durante casi 70 años despertó los más contradictorios sentimientos y pasiones. Atrajo y sedujo a millones de individuos e inspiró incontables actos de idealismo y heroísmo y ello a pesar de que, desde el principio mismo, desde 1917, existió un abismo entre los nobles y utópicos objetivos anunciados y la realidad dramática e inhumana.

Desapareció, pues, la Unión Soviética, pero Rusia subsistió o más bien renació, con un sino que en este momento se antoja tan imprevisible como apasionante y que constituirá una de las claves del siglo XXI.

El fin del sistema soviético ocurrió abruptamente. Pero, como observó Octavio Paz:

El proceso histórico es tan lento que muy pocas veces sus cambios son perceptibles para aquellos que los viven. Pero el trabajo subterráneo del tiempo se manifiesta con repentina violencia y desencadena series de mutaciones que, a la vista de todos, se suceden con impresionante rapidez. Para la Antigüedad fue una terrible sorpresa la noticia del saqueo de Roma por las tropas de Alarico en 410; hasta entonces sólo unos cuantos se habían dado cuenta de la decadencia del Imperio, iniciada mucho antes.1

Por azares del destino me tocó a mí ser testigo de algunas de dichas mutaciones, ser testigo de treinta años de evolución soviética.

Mi primer contacto con la URSS ocurrió en 1962, como estudiante de la Universidad Lomonosov de Moscú y como joven ingeniero que pasó varias semanas de estudio en plantas siderúrgicas rusas y ucranianas. Eran los años de Nikita Jrushchov, el primer renovador tras la terrible dictadura de Stalin. Se vivía —en pequeña escala— una primera “glasnost” y una primera “perestroika”. Grandes logros tecnológicos y científicos habían permitido a la URSS ser la pionera de la exploración espacial, con el primer satélite artificial, el Sputnik, y con el primer vuelo orbital humano de Yuri Gagarin. El optimismo reinante había inducido a Jrushchov a predecir que en veinte años la URSS sobrepasaría el nivel de vida de los estadounidenses y que el sistema soviético llevaría a Estados Unidos a la tumba. “Los sepultaremos”, había proclamado.

Regresé luego muy frecuentemente a la URSS y en circunstancias de lo más diversas. A mediados de la década de los setenta, mi vida experimentó una verdadera metamorfosis. Pasé de ser director general de uno de los principales grupos industriales de México y presidente de diversas agrupaciones patronales, a ser violonchelista profesional, dedicado en cuerpo y alma a la música y a dar conciertos en todo el mundo. Desde mi más temprana niñez había estudiado el violonchelo con pasión y fue obedeciendo a los dictados de mi vocación profunda como logré hacer la muy difícil transición de industrial a músico.

Mis viajes a la URSS se hicieron más frecuentes pero ahora ya no iba como estudiante o como industrial sino como concertista del violonchelo. Esto me permitió conocer otras muchas facetas de la vida soviética y enriquecer mi visión y comprensión de la problemática de Rusia y de la URSS.

Volví varias veces durante la época de Brezhnev —hoy llamada la “era del estancamiento”— y luego durante los años de Andropov, Chernenko y, en múltiples ocasiones, en la era de Gorbachov. Mi último viaje tuvo lugar en octubre y noviembre de 1991, dos meses después del fallido golpe de Estado y apenas unas semanas antes de que dejara de existir la Unión Soviética y de que cesara de ondear sobre el Kremlin la bandera roja de la hoz y el martillo.

Durante mis estancias en la URSS escribí un detallado diario y múltiples notas y observaciones que más tarde se convirtieron en dos publicaciones. La primera consistió en la compilación de la mayoría de las cartas que escribí desde Rusia en 1962 y que apareció como un pequeño libro llamado Cartas rusas. En cuanto a la segunda, se trató de un libro que escribí en 1986, dedicado en buena parte a mis experiencias y observaciones en la URSS hasta 1985, y que publicó en México Alianza Editorial con el título de Alrededor del mundo con el violonchelo.

Desde mi último viaje a la URSS y, en particular, desde el día de Navidad de 1991 en que se cerró un ciclo de la historia, me pareció que podría tener un cierto interés el que, en un nuevo libro, recogiera mis experiencias a lo largo de treinta años de contacto con la URSS, mi testimonio como testigo de tres décadas de historia.

No pretendo considerarme un experto sovietólogo ni afirmar haber vivido en carne propia la evolución de los acontecimientos soviéticos. Más bien he sido un observador intensamente interesado, no sólo desde mi primer viaje a Rusia sino desde 1957, cuando empecé a estudiar el ruso y a descubrir el mundo tan misterioso y apasionante que se encontraba allende la “cortina de hierro”. Mi interés y mi experiencia se fueron acrecentando en cada estancia, primero en los dormitorios y aulas de la Universidad de Moscú y en las naves de varias fábricas siderúrgicas y, luego, durante las largas e intensas giras musicales que me permitieron conocer Rusia desde el Norte hasta Crimea y el Cáucaso y desde Leningrado hasta más allá de los Urales, en la Siberia occidental. También tuve la oportunidad de conocer casi todas las antiguas repúblicas soviéticas, en las que estuve, por lo general, en varias ocasiones: las tres bálticas (Lituania, Estonia y Letonia), las cinco del Asia Central (Kirguizia, Kazajstán, Uzbekistán, Tadjikistán y Turkmenia), Ucrania, Moldavia y, en el Cáucaso, Georgia.

Durante los recorridos, varios de ellos en compañía de mi esposa María Isabel, nos tocó viajar en toda clase de aviones, autobuses, trenes y automóviles. Conocimos todo tipo de hoteles y restaurantes, desde lujosos establecimientos de Leningrado, Moscú o el Báltico hasta hoteluchos y fondas de tercera categoría en el Asia Central o en Siberia.

Las condiciones de los viajes a lo largo y ancho del inmenso territorio de la URSS, invitados por Gosconcert, la Agencia Soviética de Conciertos, nos dieron la oportunidad de conocer gente muy diversa y palpar mucho más de cerca la realidad soviética que la que viven los turistas durante los tours organizados por Intourist o los diplomáticos en las visitas oficiales.

Resultó para mí invaluable el conocimiento de la lengua rusa, una especie de llave que me abrió muchas puertas y me permitió —lo cual es esencial en cualquier régimen totalitario— no depender de intérpretes oficiales, cuya responsabilidad consistía en exaltar los gloriosos logros del socialismo y en ocultar o paliar todos sus aspectos negativos.

La forma de este libro es la siguiente. El primer capítulo sintetiza mis cartas de 1962 y, en algunos casos, las reproduce al pie de la letra. El segundo capítulo, “Comentarios sobre la evolución soviética de Jrushchov a Chernenko”, fue escrito en 1984 y 1985, con excepción de breves adiciones hechas en 1987. El capítulo III está dedicado totalmente a la obra y a la figura del compositor Dmitri Shostakovich y al entorno político y artístico en el que vivió. Los capítulos IV y V —que se refieren a mi primera gira en la era de Gorbachov y a mis impresiones acerca del principio del nuevo régimen— fueron escritos básicamente en 1985 y 1986. Los capítulos VI, VII y VIII tratan del periodo 1988-1991 y de mis viajes en dicho lapso.

He intercalado en el relato de los viajes algunos resúmenes históricos y observaciones sobre asuntos políticos, económicos, artísticos y otros porque me pareció que ayudan a ilustrar o aclarar mis vivencias y mis testimonios.

Se puede decir que empecé a escribir el libro en 1962. Lo termino ahora, en la primavera de 1992. Al releer lo redactado hace años, tuve la leve tentación de reescribirlo parcialmente. Hubiera podido así evitar algunas repeticiones y omitir apreciaciones cuya justeza ha quedado desmentida por el paso del tiempo. Pero me abstuve, pues ello hubiera atentado contra la espontaneidad y autenticidad del libro y hubiera violado una de las principales normas que me impuse: guiarme siempre por la buena fe y la objetividad.

Finalmente, unas palabras sobre las razones que me indujeron a dedicar un capítulo a la vida y la obra de Shostakovich.

Mi interés por Rusia comenzó con el descubrimiento de Shostakovich. En septiembre de 1954, a la edad de diecisiete años, ingresé al Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) para estudiar las carreras de ingeniería y de economía. El MIT no es solamente uno de los grandes centros de la enseñanza e investigación científica y tecnológica. Las humanidades tienen allí una importancia considerable y, en particular, la música. Lo comprobé con el alto nivel de su Orquesta Sinfónica —de la que fui primer violonchelo y solista— y con la Biblioteca Musical de la Universidad. Allí escuché por primera vez, en 1955, una sinfonía de Shostakovich. Me impactó profundamente y, al poco tiempo, había yo escuchado toda la obra grabada de este compositor y leído todas las partituras que de él tenía la biblioteca. No es que me gustara toda su música; por el contrario, al lado de obras que me entusiasmaban había otras cuya banalidad, superficialidad y bajo nivel musical me producían asombro y decepción. El más completo misterio rodeaba una significativa fracción de su obra. Su segunda y tercera sinfonías y su ópera Lady Macbeth de Mtsensk se habían tocado en la Unión Soviética y pronto, condenadas como “formalistas, burguesas y decadentes”, habían quedado proscritas del repertorio. Su Cuarta sinfonía se había ensayado y en las vísperas de su estreno, el autor, extrañamente, la retiró. Habían pasado más de veinte años y la obra no se había tocado jamás. Esperaba yo la aparición de cada nueva obra o la resurrección de obras anteriores con gran impaciencia y hacía lo indecible para conseguir sus nuevos discos. A veces, la novedad en cuestión era para mí una total desilusión; en otras ocasiones se trataba de obras maestras que volvían a multiplicar mi entusiasmo y mi curiosidad por su figura y su música.

Mi interés por Shostakovich pronto se extendió a la lengua, la historia y la cultura rusas. Me inscribí en el Departamento de Ruso del MIT y tomé todos los cursos que allí se impartían, bajo la dirección del profesor George A. Znamensky.

Una segunda razón justifica, creo, la inclusión de un capítulo sobre Shostakovich en este libro. No puede uno formarse una cabal idea de Rusia y de la URSS sin entender el papel que desempeñaron los intelectuales y los artistas y sin comprender el drama de sus vidas que, en incontables casos, acabaron desapareciendo en los vastísimos territorios carcelarios del Gulag o bajo las balas de la policía secreta. El caso de Shostakovich, el más eminente de los compositores “soviéticos” (apenas tenía 11 años en 1917), es particularmente interesante y arroja una luz penetrante sobre muchas facetas de la vida en la URSS.

1 Octavio Paz, Pequeña Crónica de grandes días, Fondo de Cultura Económica, México, 1990, p. 17.

I. PRIMERA ESTANCIA EN LA URSS. 1962

ANTECEDENTES Y UNA INVITACIÓN DEL VICEPRIMER MINISTRO A. I. MIKOYÁN A LA URSS

DESDE mis épocas de estudiante en el Instituto Tecnológico de Massachusetts tenía intensos deseos de conocer la Unión Soviética. En 1958 presenté mi solicitud para viajar a Rusia y trabajar como intérprete en una gran exposición que Estados Unidos montó en Moscú. Tuve la gran desilusión de que no me aceptaran porque era requisito ser ciudadano estadounidense. Por una serie de casualidades, la oportunidad se presentó poco después en 1959. Durante ese año vino a México una importante delegación oficial soviética encabezada por Anastas I. Mikoyán, a la sazón viceprimer ministro de la URSS, habilísimo político, uno de los pocos en sobrevivir a las purgas desde la era de Lenin hasta nuestros días. Formaron parte de la delegación los compositores Shostakovich y Kabalevsky, a quienes tuve entonces la oportunidad de conocer.

La misión oficial soviética incluyó, en un recorrido por la capital de Nuevo León, una visita a la Fundidora Monterrey, empresa en donde yo trabajaba. No recuerdo qué ocurrió con el intérprete oficial. Me parece que sufrió una pequeña indisposición. El hecho es que se quedaron sin intérprete y a falta de mejor opción lo remplacé temporalmente. Acompañé durante algunas horas a Mikoyán, al embajador Bazykin y a otros delegados y asistí con ellos a una comida que, en el restaurante Luisiana, les ofreció el gobernador Raúl Rangel Frías. Al despedirse esa noche, Anastas I. Mikoyán me dijo: “Usted, amigo Prieto, debería ir a conocer la Unión Soviética. ¿No le interesaría ir?” “Por supuesto; me interesaría no sólo ir, sino quedarme algún tiempo y tomar cursos intensivos de ruso.” “Eso lo podemos arreglar. ¿En dónde le gustaría estudiar?” “Me interesaría mucho la Universidad de Moscú o la Universidad de Leningrado. Lo que no me interesaría sería la Universidad de la Amistad entre los Pueblos”, me atreví a decirle. “Le encargo a usted, camarada Bazykin, que organice usted el viaje y la estancia del ingeniero Prieto”, terminó ordenándole Mikoyán al embajador, dejándome estupefacto.

Por mi lado, obtuve los permisos del caso para ausentarme algunos meses de la fábrica. Empezaron a pasar las semanas y no había noticias del viaje a la URSS. Pasaron los meses; mi decepción iba creciendo. Transcurrió un año y me olvidé del asunto. Pero yo no conocía entonces la burocracia soviética. A los dos años y medio recibí una llamada del embajador Bazykin. El viaje estaba arreglado así como mi inscripción en la Universidad de Moscú. También estaba organizado que, al terminar el periodo de estudios, pasara yo varias semanas en diferentes plantas siderúrgicas.

LLEGADA A MOSCÚ

El 11 de septiembre de 1962 tomé el avión París-Moscú. Me parecía imposible la idea de que en cuestión de horas llegaría a la URSS.

En el aeropuerto me esperaba Pavel Nikitovich Ulyanenko, alto funcionario del Comité Estatal Coordinador de la Investigación Científica del Consejo de Ministros de la URSS. Dicho comité, de tan largo y rimbombante nombre, fue el que organizó mi estancia en la URSS y P. N. Ulyanenko, la persona encargada de coordinar mis actividades. Lo vi con frecuencia, sobre todo durante la etapa de visitas fabriles.

EL COMITÉ ESTATAL COORDINADOR DE LA INVESTIGACIÓN CIENTÍFICA

Transcribo mi carta del 12 de septiembre:

Hoy, a las 4 de la tarde, me reuní en las oficinas de la Calle Gorky núm. 11 con Y. I. Levin, director adjunto del Comité, y con Pavel Nikitovich Ulyanenko, quien me recibió la víspera. El propósito de la entrevista era arreglar detalles de mi estancia en este país. Y. I. Levin es un hombre joven, simpático e inteligente que estuvo muy amable. Quedó todo organizado y me dijo que era yo el primer mexicano en venir invitado por el Comité Coordinador de la Investigación Científica, que tenían informes elogiosos sobre mis conocimientos de la industria mexicana y que esperaban tener alguna reunión conmigo para “hacerme muchas preguntas acerca del desarrollo industrial de México, particularmente en el campo de la siderurgia”.

LAS CLASES DE RUSO Y DE MARXISMO

El 13 de septiembre, a los dos días de mi llegada, fui con Ulyanenko a la Facultad Preparatoria de la Universidad Lomonosov. Tuvimos una breve entrevista con el decano, A. Zhijariev, y ese mismo día empecé los cursos intensivos con una joven y simpática profesora llamada Svetlana S. Popova. Éramos sólo cuatro estudiantes en el grupo: dos físicos hindúes, que pronto iniciarían en la Universidad estudios de posgrado, y un doctor mexicano cuya total incapacidad para acertar las terminaciones de las declinaciones rusas pronto se hizo famosa así como su costumbre —que nunca pudo erradicar— de intercalar el vocablo “mano” en todas sus frases en ruso. Aunque el doctor lo ocultaba, pronto descubrí que trabajaba como locutor y difundía noticias y propaganda comunista en las emisiones de Radio Moscú en español, dirigidas a España y América Latina.

El plan de estudios consistía en conversar lo más posible —“la repetición es la madre del aprendizaje”, dice un proverbio ruso—, estudiar intensivamente la gramática y el vocabulario y leer a autores clásicos y modernos que luego debíamos resumir verbalmente en clase.

Dos veces a la semana teníamos “Historia de la URSS”, que era más bien un curso elemental de marxismo-leninismo. En la segunda clase estudiamos muy someramente “las tres contradicciones básicas del capitalismo”, a saber: “1) contradicción entre capital y trabajo (que conduce a las revoluciones); 2) contradicción entre los países capitalistas desarrollados (y, por definición, imperialistas) y los países atrasados (que conduce a las guerras de liberación); y 3) contradicción entre los propios países imperialistas (que conduce a las grandes guerras).”

Después de pasar los días iniciales de la estancia en el hotel Ucrania, me mudé a un dormitorio, un obshezhitie, de la Universidad de Moscú. En mi piso sólo había estudiantes rusos, lo cual mucho me benefició para el estudio de la lengua y conocimiento del medio.

PRIMER CONCIERTO DE LA TEMPORADA EN MOSCÚ

El 15 de septiembre asistí al concierto inaugural de la temporada de la Orquesta Estatal de Moscú, dirigida por Konstantin Ivanov, durante el que se tocó la Sinfonía número 12 de Shostakovich, obra estrenada apenas unos meses antes. La desilusión o el enojo que me produjo lo sintetiza una carta mía del 16 de septiembre que transcribo sin retoques:

La Sinfonía resultó verdaderamente un desastre. Sin duda es una de las peores obras de este compositor. Es una sinfonía programática sobre la Revolución de 1917 y está dedicada a la memoria de V. I. Lenin, quien hubiera merecido algo mejor.

Los cuatro movimientos son malos, pero el último lo es a tal grado que estuve varias veces a punto de irme. Pero me interesaba la reacción del público y me quedé. Gran entusiasmo en algunos sectores de la sala, silencio en otros…

VIAJE DE ÍGOR STRAVINSKY

Llevaba yo tres semanas en Moscú cuando ocurrió un acontecimiento sensacional. Llegó a Moscú Ígor Stravinsky, que llevaba medio siglo fuera de su país natal.

Stravinsky, al igual que muchos otros compositores occidentales, había sido objeto de las más virulentas críticas en la URSS. Los siguientes son apenas unos cuantos ejemplos de los comentarios dedicados a él a lo largo de varias décadas.

En 1933 el musicólogo Arnold Alshvang escribe:

Stravinsky es un ideólogo artístico de la burguesía imperialista. Con una receptividad asombrosa ha captado todas las tendencias, todos los cambios de la psique de su clase. En estos últimos años, junto con su clase se está rápidamente encaminando hacia su perdición, ejemplificada en el estrechamiento colosal y en el extremado empobrecimiento de su gran talento.1

En 1948, el secretario general del Sindicato de Compositores de la URSS, Tijon Jrennikov, lo llamó “apóstol de las fuerzas reaccionarias en la música burguesa”. Citó La consagración de la primavera como ejemplo de “música decadente”. La consagración expresa “salvajismo e instintos bestiales con sus sonoridades alborotadas, caóticas, intencionalmente vulgares y estridentes”. “En Petrushka y Las bodas se usan elementos de la vida rusa para ridiculizar las costumbres rusas y para enfatizar el asianismo ruso, la crudeza, los instintos animales, los motivos sexuales.”2

También en 1948 el gran musicólogo Borís Asafiev tuvo que acatar la línea oficial del Partido y afirmó:

En el pasado escribí mucho acerca de Stravinsky y debo admitir que elementos que me parecían progresistas en su obra no son, de hecho, más que sediciosos e individualistas. Como muchos otros insurgentes pequeñoburgueses, Stravinsky está ubicado del lado de la más negra reacción.3

En 1958, el musicólogo I. Nestiev lo calificó en el periódico Izvestia como el “desvergonzado profeta del modernismo burgués”. Acerca del Canticum sacrum de Stravinsky escribió Nestiev un artículo titulado “Sagrada cacofonía” en el que afirma: “Debe estar castrada y destrozada el alma de un compositor para poder crear música tan horrorosa como ésta.”4

Con tales antecedentes se comprenderá que la llegada de Stravinsky y su estancia de cuatro semanas en la Unión Soviética hayan constituido un fenómeno histórico notable. Su primer concierto, el 26 de septiembre de 1962, causó la más extraordinaria expectación. A invitación oficial del gobierno soviético, que tan virulentamente lo había criticado, retornaba a su tierra uno de los más grandes compositores del siglo XX, un antiguo discípulo de Rimsky-Korsakov, una figura legendaria que había salido hacía medio siglo de la Rusia zarista y regresaba ahora a la Rusia soviética.

Como es natural, las entradas se agotaron de inmediato. Tuve la suerte de que el propio Stravinsky me consiguiera una invitación. Lo conocía desde mi niñez. En cada uno de sus viajes a México iban él y su esposa Vera a comer o cenar a casa de mis padres. Meses antes de su viaje a la URSS había estado con nosotros en México e inclusive mi hermano Juan Luis y yo habíamos vivido la insólita experiencia de acompañar a los Stravinsky y a su amigo, el director Robert Craft, a una corrida de toros a la que nos habían manifestado su deseo de asistir.*

Apenas me enteré de su llegada a Moscú, en compañía de Vera y de Robert Craft, los fui a saludar y rápidamente me consiguieron un pase para todos los ensayos y para los dos conciertos de Moscú. El día del primer concierto quedé citado con ellos a las 18:15 horas en su suite del hotel Nacional y media hora más tarde Stravinsky, Vera, Robert Craft, un inglés amigo de ellos llamado Ralph Parker y yo nos dirigimos a la Gran Sala del Conservatorio.

Estaban presentes muchos personajes de la política soviética, encabezados por Ekaterina Furtseva, ministra de Cultura. Entre los músicos estaban Mstislav Rostropovich y su esposa Galina Vishnevskaya, Leonid Kogan, Yelisaveta Gilels, Konstantin Ivanov, Alexandr Gauk, Sviatoslav Knushevitsky y muchos más. Me llamó la atención la ausencia de Shostakovich, Gilels, Oistraj y Richter quienes, al parecer, estaban de gira fuera de Moscú. El secretario general del Sindicato de Compositores de la URSS, Tijon Jrennikov, el mismo que años antes había escrito opiniones tan viles contra Stravinsky, fue el encargado de pronunciar el discurso oficial de bienvenida a su tierra rusa. Fue atronador el aplauso cuando apareció Ígor Stravinsky.

El programa constó de tres obras: Oda, La consagraciónde la primavera y Orfeo. El éxito fue extraordinario.

Al terminar el concierto, regresamos al hotel Nacional en donde cenamos a solas en la suite de los Stravinsky. La cena consistió en champaña soviética, caviar, pollo frío, pan negro y mantequilla. Stravinsky estaba emocionado y eufórico por el calor del público ruso y muy contento, a diferencia de Robert Craft, de cómo había tocado La consagración de la primavera la Orquesta del Estado de la URSS. Había sido, según su autor, una de las mejores versiones que jamás había escuchado. No sólo en su euforia en torno a la orquesta sino en muchos otros detalles pude advertir cómo afloraba el “rusianismo” de Stravinsky. Todo le gustaba, el sabor del pan, el olor de su tierra, el sovetskoye champanskoye que bebíamos, el poder estar hablando constantemente su lengua materna.

Stravinsky hablaba varias lenguas con notable dominio —en particular el francés, el inglés y el alemán—, pero en todas se expresaba con un fuerte e inconfundible acento ruso. Era por su cultura y su genio un hombre universal y, aunque había vivido medio siglo fuera de su país natal, nunca dejó de sentirse profundamente ruso.

Los ensayos los había dirigido en ruso por primera vez en su vida, lo cual le había dejado una satisfacción muy especial. Los músicos se dirigían a él como “Ígor Fiodorovich”. Todo ello estableció una especie de relación familiar entre compositor y músicos lo que, ligado a la circunstancia tan emotiva de su retorno, contribuyó a su entusiasmo sobre la orquesta y sobre el primer concierto.

De lo que no estaba igualmente satisfecho era de una nota que acababa de salir en Pravda. Stravinsky había extremado su precaución ante la prensa y la televisión. No quería que sus amigos rusos de Occidente, encabezados por Vladimir Nabokov, que intentó disuadirlo de su viaje, lo fueran a acusar de haberse prestado a ser un objeto de propaganda política. Cuando llegó a la URSS dijo: “Hace cincuenta años salí de Rusia. Hoy llego a la Unión Soviética. La saludo.” Cuando Pravda reprodujo los comentarios, añadió expresiones que no dijo Stravinsky y escribió: “…Saludo a la Unión Soviética, noble y admirable país.” Aparte de esto, no tenía queja alguna de cómo lo estaban tratando. La víspera del concierto lo habían llevado a visitar el Mausoleo de Lenin. Ante mis preguntas sobre sus impresiones sólo repuso: “La religión de Lenin es el opio de los pueblos.”

El dos de octubre se llevó a cabo su segundo y último concierto en la capital soviética, en esta ocasión con la Orquesta Estatal de Moscú. La atmósfera fue parecida a la del primero. El programa consistió en Fuegos de artificio (una de sus primeras obras, dedicada a la hija de Rimsky-Korsakov en ocasión de su boda en San Petersburgo hacía cincuenta y cinco años), la Sinfonía en tres movimientos, el Capricho para piano y orquesta y Petrushka.

Ekaterina Furtseva, ministra de Cultura, ofreció dos recepciones oficiales, de bienvenida y de despedida, en honor de Stravinsky. En ellas se conocieron dos eminentes petersburgueses, Stravinsky y Shostakovich. Según supe posteriormente por Robert Craft, en la cena final se acercó Shostakovich a Stravinsky y, en un rasgo emocionante, le confió que, al oír por vez primera la Sinfonía de los salmos, había quedado tan profundamente impresionado que había hecho una transcripción para dos pianos que quería regalarle, como recuerdo, en su despedida. Esta actitud generosa de Shostakovich contrasta con la de Stravinsky hacia el primero. Ante la pregunta que le formulé: “¿Qué piensa usted de Shostakovich?”, contestó: “Yo nunca pienso en Shostakovich; sólo pienso en él cuando alguien me pregunta ‘¿qué piensa usted de Shostakovich?’”

La ministra de Cultura, la camarada Ekaterina Furtseva, le había parecido una buena burguesa, de ojos bondadosos y con un total desconocimiento del arte, lo cual, dijo Stravinsky, tiene sus ventajas, pues le ha permitido dar un premio Lenin a un pintor “progresista políticamente” pero “decadente artísticamente” como Picasso, con la consiguiente indignación de los círculos ortodoxos del Partido.

Otra opinión de Stravinsky que anoté: “¿Quién puede necesitar música como la de Jachaturián?”, se preguntó en ruso y añadió en francés: “Toute sa musique est laide et vulgaire!”

El recorrido de Stravinsky incluyó Leningrado, el viejo San Petersburgo en donde pasó su niñez y su juventud. No pude acompañarlos en este viaje que resultó particularmente emotivo por los recuerdos que revivió, por sus dos conciertos y por el reencuentro con amigos de la niñez: Vladimir Rimsky-Korsakov (hijo del compositor y quien daba la casualidad que vivía en el mismo edificio de Anglisky Prospekt, en donde Stravinsky había compuesto El pájaro de fuego), un sobrino de Diaghilev, con quien tanto colaboró Stravinsky, y una hija del poeta Konstantin Balmont.

A partir de la estancia de Stravinsky en Moscú me otorgaron un tratamiento especial en la Gran Sala del Conservatorio. Como me vieron entrar con el ilustre compositor a tantos ensayos y a sus conciertos, deben haber supuesto que era yo un personaje de la música o del Partido. Nunca me detuve a indagar. El caso es que, cuando no había boletos, me dejaban invariablemente entrar o colarme por la puerta del escenario y escuchar los conciertos entre bastidores.

EL ESTRENO DE UNA SINFONÍA DE VAINBERG. PRESENCIA DE SHOSTAKOVICH

El 18 de octubre se estrenó una nueva obra del compositor Vainberg. Dice la carta que escribí ese día:

Pasemos al concierto. Me interesaba porque se estrenaba una sinfonía de un compositor muy poco conocido en Occidente, Vainberg, y me parecía indispensable conocer ésta y otras composiciones recientes para completar mis impresiones. La sinfonía resultó relativamente avanzada y muy interesante (naturalmente no dodecafónica, pero tampoco un ejemplo de “realismo socialista”). Dio la casualidad de que estuve justo detrás de Shostakovich, que aplaudía frenéticamente. Lo saludé y juntos fuimos hasta el salón en donde estaba Vainberg. Lo felicitó con extraños gestos. Igual que cuando lo vi en México, me dio una impresión curiosa. Su rostro parece aún juvenil y denota una extraordinaria energía mental. Pero se mueve como un hombre de mayor edad que sus 56 años. Todo en él traduce un intenso nerviosismo, fruto, seguramente, de las épocas de tensión y de angustia por las que atravesó en diversas etapas de su vida. Esto no parece disminuir en lo más mínimo su energía creadora ya que dentro de algunos días o semanas —ignoro todavía la fecha— se estrenará su Sinfonía número 13, con un último movimiento coral basado en versos del joven poeta Yevtushenko,* y un nuevo cuarteto, el noveno. La Sinfonía número 12, de la que he hablado anteriormente, ha causado en general una muy mala impresión, especialmente entre los músicos, y parece que el propio Shostakovich está consciente de su fracaso. Por ello estoy casi seguro de que con su Sinfonía número 13 se reivindicará algo.**

EL REGRESO DE OTRO HIJO PRÓDIGO: GEORGE BALANCHINE Y EL NEW YORK CITY BALLET

Apenas unos días después de los conciertos de Stravinsky tuvieron lugar otros acontecimientos artísticos de importancia. El 9 de octubre debutó en el Teatro Bolshoi el New York City Ballet, dirigido por George Balanchine, otro ruso, aunque de origen georgiano, que reaparecía en su país tras una ausencia de 38 años. El arte coreográfico de Balanchine, uno de los grandes innovadores del ballet de nuestro siglo, no podía estar más lejos de los tradicionalistas conceptos soviéticos sobre el ballet. Asistí a este debut, que despertó un gran interés dada la profunda afición que existe en este país por el ballet. El programa incluyó la Serenata para cuerdas de Tchaikovsky, Juegos de Morton Gould, Agón de Stravinsky y The Far West de Ulysses Kay. A causa de su lenguaje musical avanzado y de la insólita coreografía abstracta, fue Agón la obra que menos gustó.

El 21 de octubre se presentó el New York City Ballet en la Sala de Congresos del Kremlin con un programa que más bien parecía un reto por las obras escogidas: otra vez Agón, Episodios de Webern (el prototipo del compositor “non grato” por su estilo “formalista, decadente y antipopular”), y El hijo pródigo de Prokofiev, obra hasta entonces proscrita y que, por lo tanto, no se había representado jamás en la URSS.

LA CRISIS DE LOS COHETES EN CUBA

El 16 de octubre de 1962 estalló una crisis que acercó al mundo —como nunca antes ni después— al peligro de una confrontación nuclear. El gobierno del presidente Kennedy descubrió que, en medio del mayor secreto, los rusos estaban instalando en Cuba bases militares de lanzamiento de proyectiles balísticos de alcance medio dotados de cabezas nucleares. La instalación todavía no había alcanzado su fase operacional y barcos soviéticos se acercaban a Cuba, cargados de cohetes y equipos de infraestructura militar.

El 22 de octubre, el presidente Kennedy anunció un bloqueo naval de Cuba y declaró que se impediría —por la fuerza, en caso necesario— el paso de los barcos soviéticos.

Éstos, sin embargo, seguían su curso y se aproximaban a la línea de bloqueo. Submarinos de la URSS, cercanos a las islas Azores, desviaron sus rutas para dirigirse hacia el Caribe. En Cuba, los soviéticos aceleraron el ritmo de trabajo en las bases militares y en el ensamblaje de bombarderos IL-28. La tensión crecía de manera alarmante. Colaboradores de Kennedy lo instaban a adoptar medidas más radicales pero el presidente estadounidense optó por seguir esperando.

Finalmente Jrushchov cedió. Los barcos rusos se detuvieron cerca de la línea de bloqueo y algunos dieron la vuelta. Gracias a la prudencia mostrada tanto por Kennedy como por Jrushchov se evitó un holocausto. La URSS se comprometió a desmantelar sus bases y a retirar los proyectiles ofensivos; Estados Unidos, a no invadir Cuba.

A continuación daré la versión de cómo viví yo aquellos días en Moscú y cómo se fue proporcionando, al principio, información parcial y deformada hasta que salió a la luz lo esencial de los hechos, en buena medida gracias a las emisiones radiofónicas occidentales captadas en la URSS.

Me enteré del estallido de la crisis en circunstancias de lo más insólitas y, al mismo tiempo, tranquilizadoras.

El 23 de octubre asistí al Teatro Bolshoi. Se daba esa noche Borís Godunov de Mussorgsky, una de las pocas óperas que me entusiasmaban y que de ninguna manera quería perderme. Cantaba el papel de Borís el bajo estadounidense Jerome Haynes.

En el palco oficial estaban el primer secretario del Partido, Nikita Jrushchov, Anastas Mikoyán —gracias a quien, según relaté, estaba yo en la URSS—, Kozlov y otros funcionarios, así como una numerosa delegación rumana encabezada por Gheorgiu Dej.

Jrushchov parecía la imagen misma de la tranquilidad y del buen humor. Lo observaba yo hacer bromas con sus compañeros de palco y adivinaba sus risotadas. Aplaudía con entusiasmo al gran bajo Haynes. No podía yo imaginar lo que en esos precisos momentos estaba ocurriendo.

Al salir del teatro fui a tomar un sandwich a la cafetería del cercano hotel Moskva. Como siempre, mientras cenaba, leía el periódico El Vespertino de Moscú. De repente me sorprendió una nota en la última página del periódico. Era un breve comunicado de la agencia TASS acerca del discurso del presidente Kennedy en que anunciaba un bloqueo naval a Cuba. Leí también los editoriales que protestaban con indignación contra “semejante arbitrariedad”. No había mención alguna de los cohetes rusos en Cuba. Me quedé desconcertado. No entendía ni los motivos ni los propósitos de Kennedy. Infructuosos resultaron más tarde mis intentos de escuchar noticias del exterior en un radio de onda corta que tenía en mi cuarto.

La noticia me había parecido grave pero no llegó a inquietarme. La imagen de Nikita Jrushchov en el Teatro Bolshoi, sus risas y su excelente humor no me hacían presagiar una crisis verdaderamente alarmante.

El día siguiente tenía varias citas y durante horas seguí en la ignorancia acerca del desarrollo de los acontecimientos. Estuve con Ulyanenko para examinar el plan de visitas a fábricas. Luego me recibió en su laboratorio el Dr. Anojin, miembro de la Academia de Ciencias de la URSS y director del Instituto de Fisiología Sechenov. El doctor Anojin había sido maestro de mi amigo y pariente Ramón Álvarez Buylla y me invitó a su laboratorio cuando por teléfono lo llamé y le transmití los recuerdos de Ramón. Fue una experiencia interesante conocer a uno de los más eminentes hombres de ciencia de la URSS, sucesor de Pavlov.

Los periódicos matutinos proporcionaban poca información concreta pero, eso sí, sus múltiples editoriales reflejaban gran indignación por la “provocación estadounidense contra la Isla de la Libertad”. La sección de “Noticias de la prensa extranjera” no contenía nada de interés, tan sólo una mención de que “los gobiernos de Europa occidental están sumidos en la confusión y el disgusto por la acción norteamericana”. (¿Será cierto?, pensaba.)

La reacción de todas las personas con quienes hablé, estudiantes, meseros, taxistas, era la misma: “Es una locura del imperialismo estadounidense.” Yo disponía de la misma información que ellos y su reacción no me parecía ilógica, pero en el fondo sospechaba que pudieran existir otras razones no divulgadas en la URSS.

Regresé a mi cuarto. Me esperaba un telegrama en clave de mi padre:

TELEGRAMA. 22 DE OCTUBRE. 10:30 P.M. CONVIENE VAYAS URGENTEMENTE A PARÍS A ENTREVISTARTE CON TU TÍO. LE URGE TENER REUNIÓN CONTIGO EN VISTA DE LAS DIFICULTADES SURGIDAS CON TU TÍO JUAN.

CARLOS PRIETO

Inmediatamente comprendí que “Tío Juan” era John F. Kennedy y que me daba mi padre un pretexto para salir de Moscú. Hasta recibir este mensaje no me había cruzado por la mente la idea de salir de la URSS. Recordaba siempre a Jrushchov en el Bolshoi y, por otra parte, pensaba que si fuera a estallar un conflicto mayúsculo, el mismo peligro existiría en Moscú que en París o en Nueva York. Así que decidí quedarme y contesté telegráficamente:

MOSCÚ. 24 DE OCTUBRE.TELEGRAMA RECIBIDO. CALMA ABSOLUTA.

CARLOS

Hablé por teléfono con el embajador Lucio de México. No sabía nada concreto. En las embajadas de Cuba y Estados Unidos en Moscú me dieron idéntica respuesta telefónica: “No hay novedades.”

Compré los periódicos de la noche, El Vespertino de Moscú y, el más importante, Izvestia, el órgano oficial del gobierno soviético. Entre líneas se filtró una expresión que me llamó poderosamente la atención: “los cohetes cubanos”. Había aquí, pues, un elemento nuevo que no hizo sino incrementar mi interés por escuchar noticias sin censura. Me pasaba horas intentando captarlas en onda corta.

Mi estado de ánimo era bueno. Transcribo un párrafo de una carta del 24 de octubre a mis padres, escrita también, como muchas de mis cartas, en clave, lo cual me hacía sentir más interesante: “Debo decir que estoy tranquilo o más bien muy poco preocupado, y en ningún momento he tenido ni el deseo ni la idea de emprender el opus 133 de Beethoven.” Mis padres y mi hermano, que conocían de memoria todos los cuartetos de Beethoven, inmediatamente comprenderían que me refería a La gran fuga.

Una noche capté “The Voice of America” y escuché al propio Kennedy. Por fin logré entender lo que ocurría o, por lo menos, la versión norteamericana.

Dos días después, los medios de información soviéticos dieron a conocer que el problema estaba resuelto: Kennedy anunciaba la terminación del bloqueo, la URSS retiraba los cohetes y, a cambio de ello, Estados Unidos se comprometía a no invadir Cuba.

En mi carta del 30 de octubre relato la reacción general que percibí:

Nuevamente daré las impresiones del “hombre de la calle” y de muchos compañeros cubanos, tal como las he podido recoger: la crisis ha sido resuelta gracias sobre todo a la paciencia y sabiduría de Jrushchov. Pero no sólo se ha evitado un conflicto mundial y un desastre en Cuba. Los cohetes se llevaron para defender a Cuba. Ahora que Estados Unidos ha dado seguridades y garantías de no agredir a Cuba, ya no es necesario mantener los cohetes en ese país. Ya cumplieron sobradamente su objetivo. Ésta es, en esencia, la reacción aquí. En otras palabras, que Jrushchov, gracias a su superior sagacidad y habilidad, se ha anotado una importante victoria…

Se le ha dado aquí una enorme difusión a un telegrama de Bertrand Russell, que mucho alaba la actitud pacifista y digna de un gran estadista de Jrushchov y que critica la beligerancia estadounidense.

Mi propia reacción, basada casi exclusivamente en información local es que, como resultado de todo lo ocurrido, el régimen comunista quedará firmemente establecido en Cuba por mucho tiempo.

Mientras duró la crisis, experimenté en carne propia la ansiedad de información que durante tantas décadas padecieron los soviéticos. Leía y releía todos los periódicos para ver si entre líneas se filtraba algo de luz y durante las noches pasaba horas pegado a mi radio, intentando y a veces logrando captar emisiones occidentales.

Pasada la crisis, al conocerse más información, no dejaron de correr rumores sobre “la humillación que había sufrido la URSS debido a la política improvisada y aventurera de Jrushchov”.

Debo decir que, más adelante, recibí todos los periódicos que me enviaron de México, así como revistas estadounidenses tan “subversivas y reaccionarias” como Time y Newsweek, las cuales leí de principio a fin con un insólito interés.

OBRAS DE TEATRO. LA LENGUA RUSA

Transcribo parte de otra carta del 30 de octubre:

El domingo fui al teatro a ver El cadáver viviente de Tolstoi. La obra me pareció estupenda y los actores y la puesta en escena, extraordinarios. Es la obra que más me ha impresionado de las cinco que llevo vistas (Ivanov y El jardín de los cerezos de Chejov; Amor tardío de Ostrovsky; La careta de oro de Leonov, y El cadáver viviente).

Entendí muy bien la obra. Quizá por eso me gustó tanto. A veces pasaban minutos y no perdía una sola palabra. Esto no significa que haya hecho progresos sensacionales en ruso. Por haber leído más obras de la literatura clásica rusa comprendo mejor el lenguaje de los autores del siglo XIX que el actual. La careta de oro, de Leonov, la comprendí mal y salí muy frustrado del teatro. Ayer me detuvo un niño por la calle y me preguntó la hora. “Las ocho”, le contesté simplemente, con un acento que me pareció moscovita puro, pero el niño inmediatamente me dijo: “¿De dónde es usted?”

Mañana iré a ver la muy esperada adaptación teatral de Los hermanos Karamazov de Dostoyevsky. Muy esperada porque, según dicen, es excelente y porque, aunque les parezca increíble, Dostoyevsky llegó a ser un autor “non grato” en años de Stalin y no se conseguían sus obras.

Me llama mucho la atención el conocimiento que tienen los rusos, hasta los más humildes, de sus grandes figuras. No he encontrado taxistas, jóvenes o prerrevolucionarios, por ejemplo, que no conozcan la obra de Tolstoi, Dostoyevsky, Gorky, Lermontov o Tchaikovsky, Borodín, etc. En Moscú hay frecuentes funciones de los mejores teatros —como el Teatro del Arte— especialmente dedicadas a escolares de 14 o 15 años. En todas las funciones he visto grupos numerosos de niños que muestran un interés y una disciplina admirables.

Dice mi carta del 2 de noviembre:

Anteayer fui al Teatro del Arte a ver la adaptación de Livanov de Los hermanos Karamazov. Como siempre, los actores eran formidables, especialmente el propio Livanov (Artista del Pueblo de la URSS), en el papel de Dmitri Karamazov y Shabykin en el papel de Smerdyakov. Esta adaptación teatral en cuatro actos y doce escenas resulta de un alto interés. Tengo la impresión de que Livanov siguió con gran fidelidad el texto original —que yo recordaba bien— con la excepción de que el problema religioso, tan importante en esta obra, es tratado con superficialidad. Supongo que esto se debe a las condiciones del medio. En épocas anteriores, como indiqué en otra carta, la lectura de Dostoyevsky era considerada peligrosa y hoy se organizan frecuentes conferencias para explicar a Dostoyevsky y señalar sus “errores de apreciación en materia religiosa”.

LANZAMIENTO HACIA MARTE Y OTRAS NOTICIAS DE LA PRENSA

Transcribo carta del 2 de noviembre:

Cuatro son las noticias que dominan hoy la prensa:

1.Mars 1 o Marte 1, el vehículo recientemente enviado a Marte, otra primicia y otro nuevo logro de la ciencia y la tecnología soviéticas.

2. Cómo trabajan campesinos y obreros para celebrar el cercano 45 aniversario de la Gran Revolución Socialista de Octubre. Titular típico ante la foto de una obrera textil: “La obrera Tatiana A. Smirnova produjo ayer 40 metros de tejidos. ¡Qué gran regalo de aniversario para nuestra patria!”

3. Las felicitaciones a Jrushchov, procedentes de todo el mundo, por su visión y por la manera como resolvió el problema de los cohetes. A este respecto, sospecho que el viaje de Mikoyán a Cuba tiene por objeto acallar los resentimientos cubanos ante el retiro unilateral de las armas.

4. Indignación por el arresto en Alemania Occidental del editor de Der Spiegel. Hace ya varios días que salen noticias muy críticas sobre la “dictadura de Adenauer”. Copio algunos párrafos de la primera plana de Pravda de hoy: “Hace cuatro o cinco años los alemanes, manifestándose en contra del militarismo, decían: ‘Alemania Occidental se ha convertido en una cárcel del espíritu, en una cárcel con paredes de hule…’ Hoy las paredes empiezan a ser de piedra. Todavía no cortan cabezas y sólo hablan de la necesidad de mantener la higiene. Pero en los calabozos de Bonn yacen miles de prisioneros políticos. No hay suficientes cárceles. Se están construyendo nuevas. Por cientos de miles se cuentan las víctimas de la justicia de Bonn.”

“Willy Brandt —ese führer socialdemócrata que asciende en carreta gracias a la crisis de Berlín Occidental—, después de su viaje a Washington, ha convertido los motto antes populares en su partido de ‘¡Que no haya guerra!’ y ‘¡Rearme sin nosotros!’ en un solo slogan: ‘¡Que no haya guerra sin nosotros!’”

CONCIERTO DE LEONID KOGAN. ESTRENO MUNDIAL DE UNA OBRA DE JACHATURIÁN

El 3 de noviembre quise ir a un concierto de Kogan. Dice mi carta:

Iba sin esperanzas de conseguir boleto y por ello decidido a colarme, como de costumbre, detrás de la escena. Pero al llegar al Conservatorio, un militar chaparrito, como salido del cielo, me ofreció un boleto. Inmediatamente se lo compré (dos rublos) ya que, pese a la comodidad de la silla a la puerta de escena, se oye mejor ante la orquesta.

En una butaca de séptima fila, antes del concierto, leí tu carta, Papá, en que relatas detalladamente las interesantísimas actividades de la semana anterior en que destacan la visita del presidente del Eximbank de Washington, Harold Linder, a la Fundidora.

El militar, sentado a mi lado, vio mi nombre en el sobre y empezó a hablarme de Indalecio Prieto y de México, “país democrático y progresista, cuna de antiguas culturas, país bellísimo”, “nosotros, los que nos interesamos en política mundial, conocemos bien a México”. Era un tipo chaparrito, gordito, tremendamente platicador y simpático. Paró de hablar cuando salió Kogan a escena.

Kogan tocó extraordinariamente bien. El militar estaba entusiasmado y me preguntó mi opinión. Espléndido, le contesté. Se entusiasmó aún más. ¡¡Espléndido!! ¡¡Ésa es la palabra!! ¡Debería tocar de bis el concierto entero de Beethoven!

El Concierto-rapsodia de Jachaturián me pareció una obra mediocre, muy inferior a su concierto para violín. Recordé los adjetivos de Stravinsky: “laid et vulgaire!”. Aram Jachaturián salió a escena a agradecer los aplausos y felicitar, con abrazo y beso, a Kogan y a Kondrashin.

Después del concierto me invitó a cenar Volodya Sajarov, administrador de la Gran Sala del Conservatorio y de quien me he hecho muy amigo. Fuimos con su esposa y un violinista de la Orquesta de Cámara de Moscú y su mujer. Cenamos en el hotel Nacional y fue la mejor cena desde mi salida de París.

VISITA A NOVY JERUSALIM

Carta del 5 de noviembre:

Me levanté a las 7 de la mañana y después de mucho viajar en Metro —ya que me equivoqué de estación de tren— llegué a la estación Rizhskaya a tiempo para desayunar (café y los demasiado habituales pastelitos del Trust Moscovita) y tomar el tren de las 10 a.m. Viaje interesante en el tren elektrichko, atravesando los inmensos suburbios de Moscú y luego una serie de pequeños pueblos agro-industriales. En estos pueblos desde el tren se podían apreciar casas de madera muy aceptables y calles sin pavimentar. A las 11:30 llegué a Novy Jerusalim (al lado de Istra, camino de Riga). El motivo del viaje era triple: 1) Conocer más el campo de la región; 2) visitar un viejo monasterio; y 3) visitar un museo de Chejov.