De las margaritas 5 - Liliana Saro - E-Book

De las margaritas 5 E-Book

Liliana Saro

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Beschreibung

Julio de 1976. Luego de sufrir un secuestro y vivir con el terror de que otra vez golpearan su puerta en medio de la noche, Liliana parte al exilio. De Buenos Aires al Asia Soviético en una tournée con cantantes, músicos y bailarines. Y de allí, semanas después, a la República Democrática de Alemania que le dará asilo y donde seguirá su carrera de medicina. "Hay que ser joven para procesar esos cambios", dice. Aprender otro idioma y recorrer las callecitas adoquinadas de Leipzig siempre con un plano en la mano. Hasta que un día, su profesora de alemán le ofrece un apartamento. "Tienes que tomar el tranvía 29 en la Central de Ferrocarriles, hacer tres estaciones hacia el Este. Bajas en Elsa-Strasse y caminas 120 metros". Así da por fin con su morada en el exilio, un tranquilo apartamento en la calle De Las Margaritas 5. Ya instalada, una tarde de otoño mira a través de la ventana de la cocina y toma un caté sorbo a sorbo. Piensa en los que se quedaron. Cuenta los días que le faltan para volver, pero no los que lleva sobrevividos. Es muy joven todavía para hacer esos cálculos. Las noticias que llegan de la Patria siempre son dolorosas y el regreso parece cada vez más lejano. Mientras tanto, la rutina del recorrido a la Universidad Karl Marx, las reuniones con esa nueva familia de amigos venidos de todas partes del mundo y el amor. Increíblemente hay un lugar donde puede estar a salvo, estudiar y enamorarse. Un país socialista donde el trabajo es un derecho, pero también un deber. Donde no existe la impuntualidad, las navidades son blancas y para empezar a tutearse con alguien, primero hay que cumplir con una ceremonia. Pasan seis años y termina su carrera en el Hospital de la calle Lenin. "Alli operé mi primer apéndice, mientras seguía a la distancia la Guerra de Malvinas", recuerda. En Argentina, la Dictadura está en retirada y llega la hora de comenzar el desexilio. Pero, ¿qué tenía Leipzig? ¿Cuál era su misterio? ¿Por qué aún hoy, luego de tantos años, sigue soñando con ese hogar en Margaritas 5?

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Seitenzahl: 220

Veröffentlichungsjahr: 2022

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de las margaritas 5

de las margaritas 5

Liliana Saro

Saro, Liliana

De las Margaritas 5 / Liliana Saro. - 1a ed - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Punto de Encuentro, 2022.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-4465-93-1

1. Literatura Contemporánea. 2. Literatura Argentina. I. Título.

CDD A863

© Punto de Encuentro 2022

Diseño de interior: Cutral servicios editoriales

Diseño de tapa: gentileza Joaquín Gómez

www.puntoed.com.ar

ISBN: 978-987-4465-93-1

Queda hecho el depósito que establece la Ley 11.723

Libro de edición argentina.

No se permite la reproducción total o parcial, el almacenamiento, el alquiler, transmisión o la transformación de este libro, en cualquier forma o por cualquier medio, sea electrónico o mecánico, mediante fotocopias, digitalización u otros métodos, sin el permiso previo y escrito de la editorial.

Índice
Portada
Portadilla
Legales
Dedicatoria
De las margaritas 5

“......Y nada podrá contra la vida

porque nada pudo

jamás

contra la vida.”

Otto René Castillo

A mis hijos, Marina, Irene y Juan.

A mi nieta Serena.

A Ricardo, in memoriam.

Comencé a escribir estas páginas hace unos cuantos años. Exactamente en diciembre de 2012, luego de un viaje a Chile programado, que incluía una cita con Payo, a quien no veía hacía ya bastante tiempo.

Circunstancias de la vida hicieron que ese encuentro fuera muy diferente de lo que esperábamos.

Muchas cosas se me dispararon por esos días y comencé a escribir. Quiero decir que comencé a escribir algo que no fuera poesía, o prosa poética, que es lo que siempre había hecho.

Escribí y escribí durante años; borré, reescribí y lo dejé sedimentando para tomar distancia; entonces comencé a dudar sobre el sentido último de mis textos.

Coincidentemente, el país se sumergió en aguas difíciles, y mi vida, como la de tantos otros, se complicó. Mi rutina diaria se desordenó, se modificaron mis horarios, debí cambiar algunos hábitos y resignar actividades que me prodigaban una faceta vital y creativa. Y así pasaron años. Nuevamente resistiendo. De otra forma, pero resistiendo.

Cuando los vientos comenzaron a mutar y pudimos volver a apostar a la alegría, me surgió la necesidad de bucear en mis papeles de aquella época lejana a la que referían mis textos y ver qué sentía, qué ponía en palabras en esos cuadernos y agendas que atravesaron mi adolescencia y mi juventud.

La lectura que se hace, después de muchos años, de las cosas que uno escribió, permite verlas de otra forma, con la perspectiva que da el tiempo; se las puede entender de otro modo y muchas veces encontrarles un sentido diferente, quizás, al que creímos entonces.

También abrí la caja de fotografías. Necesitaba encontrarme con aquella muchacha que siendo tan joven había debido partir al exilio, y con las imágenes y las vivencias del exilio mismo.

Así fue como, sin haberlo notado, me construí una cápsula del tiempo, un baúl donde guardar las historias que necesitaba salvar del olvido. Y así fue también como decidí que lo que hiciera, por pequeño que fuese, debía ser un aporte más a la memoria colectiva. Y seguí escribiendo.

Encontré en el camino almas hermanas que me escucharon, me leyeron, me consultaron y me aconsejaron. Miradas diferentes que venían a enriquecer mi propia mirada.

Entonces supe que uno escribe para alejar fantasmas, pero también escribe por la emoción de encontrar su verdad, por el simple acto de justicia de dejar testimonio. Para que el otro mire a través de las palabras y haga todo lo posible para que lo atroz, lo cruel, lo arbitrario no se vuelva a repetir. Uno escribe a puro amor, estremecido, desgarrado a veces, comprometido, poniendo el alma, volcando en esos papeles sus utopías, sus ideales, su militancia y su corazón.

–Con este calor no se puede hacer nada –me decías apoyado en la baranda del balcón que miraba a las colinas. Yo esperaba la noche y la vigilia para sentarme a escribir cartas que serían leídas en tempranos mediodías invernales. Cartas anacrónicas, viajantes de océanos o cielos, que llegaban con noticias desgastadas y a esa altura carecían de importancia. Sólo llenaban las horas ansiosas de espera de quienes nos recordaban y nos pensaban cada día, en la cotidianidad de los lugares vacíos.

–Nada de nada –insistías y, sin embargo, tomabas tu guitarra, tu cuaderno y tu lapicera y te sentabas a intentar darle forma definitiva a dos o tres canciones que venían rondando hacía unos meses. Y yo escribía cartas.

Años antes, cuando aún no existías en mi tiempo, el cartel de neón de “Takraf” frente a la ventana del octavo piso se encendía y se apagaba, y yo contaba esa monotonía binaria como quien cuenta nubes para conciliar el sueño.

Eran noches breves. Apenas alcanzábamos a descansar un trecho y la claridad nos despertaba. Noches de paso, como discretas estadías en tiempos ajenos. La sensación de no pertenecer a ese espacio, a ese momento. De ser un huésped, un pasajero que sólo toma fuerzas para seguir camino. Eso era en los comienzos, cuando los relojes conservaban todavía la memoria de las tierras que ahora eran lejanas. Cuando la angustia en la noche era un puño apretando la garganta.

Martes 23 de noviembre de 1976: hoy Leipzig se vistió de blanco y el paisaje de siempre se hizo totalmente nuevo. Irreconocible.

A miles de kilómetros veo por primera vez nevar...

Hay algunos recuerdos grabados como a fuego. Rostros, gestos, hechos, manos amigas.

Cómo olvidar, por ejemplo, el abrazo de mis padres después del secuestro. El abrazo de mi hermano el 25 de diciembre en Coronda. Cómo olvidarme de mamá pasándome los pedacitos de chocolate a través de las rejas a la hora de visita.

Es imposible olvidarlo. Es el equipaje que traje conmigo.

Diciembrede 1976, camino a Berlín

Bruder: warum bist du nicht hier?1

Por los desconocidos bosques de Berlín

la oscuridad y la niebla me remontan.

Un accidente en la carretera

es sólo eso, un accidente.

Por las ventanillas,

pasa mi vida.

Cuando hay tiempo para pensar

me parece mentira.

Tanta vida apurada tantas veces

y ahora tener ganas de verte

de tocarte las manos

de tenerte.

Warum bist du nicht hier, mein lieber Freund?2

Los cielos de otras tierras

pensar en las distancias

hacer cosas simples

y sentirlos bien cerca.

Hace exactamente un año

toda mi existencia preparaba el abrazo.

Hasta cuándo, me pregunto. Hasta cuándo.

A veces hoy, en las tardes de otoño en que dejo que la brisa me acaricie, creo experimentar aquella misma emoción. Un no saber, no creer, una mezcla de colores y sentidos. Plenitud, vacío, esperanza, angustia, no alcanzarme el pecho para la bocanada de aire. Me transporto a aquellos días en que la ciudad era un papel dibujado con calles circulares y nombres ilegibles. La ciudad era un cuento de hadas para mi aún cansado, equipaje de huidas y terror. La ciudad era aire fresco, paz, aromas diferentes, anónimas caminatas donde la historia tenía apenas días y no había razón para temer a los fantasmas.

“Aquella vez en que estaba yo haciendo travesuras –tendría cinco o seis años– y aparecí de pronto de un salto desde la puerta del pasillo, chillando: ‘¡Buuummm…!’. Tú gritaste, con la cara agachada y el gesto torcido, y luego te echaste a llorar, agarrándote el pecho mientras te pegabas a la puerta, buscando aliento. Yo me quedé allí de pie, desconcertado, con el casco militar de juguete ladeado en la cabeza. Yo era un chico norteamericano imitando lo que había visto en la televisión. No sabía que la guerra estaba aún dentro de ti, que –para empezar– había habido una guerra, y que una vez que entra en ti ya nunca te abandona… solo retumba, un sonido que da forma a la cara de tu propio hijo. Buuummm”.

Ocean Vuong, En la Tierra somos fugazmente grandiosos.

Llevar la guerra adentro. Eso es. No poder volver a oír los golpes en la puerta sin sobresaltarte. Creer que en la noche vendrán a buscarte. Terror al oír cerrar con violencia las puertas de un auto.

Llevar la guerra adentro. Y hacer terribles esfuerzos para vomitarla.

Los verdes iban virando a naranjas en septiembre, en octubre comenzaban a caer las hojas y ese mullido colchón protegía más tarde de la nieve a las raíces y bulbos subterráneos. Los parques eran paraísos donde flotábamos absortos ante tanta belleza. Había calor de amigos en las residencias y los comedores, y allí nos agrupábamos los domingos para soslayar la falta de familia.

Quisiera hoy describir esas vivencias con todos los sentidos. Volcar en palabras, por ejemplo, el dulce aroma de las tardes de mayo, con un sol apenas insurgente, con el viento arrebatado en las esquinas, con el ánimo de avanzar hacia el mañana, de gozar la libertad, de atragantarse de vida.

Si alguien nos hubiera dicho, nos hubiera hablado de lo efímero, del veloz paso de las horas que componían la vida; si hubiese osado enfrentarnos con un futuro compactado en burbujas de sueños, no hubiéramos querido escucharlo. Derrochábamos amor y ganas de ser nosotros. Nunca antes había experimentado esa hermosa sensación de ser dueña de mi tiempo. Aunque inmersa en el dolor de las ausencias, tenía la plena certeza de estar atravesando irrepetibles momentos de alegría.

Te había conocido una noche fría y nevada, en el período más oscuro de mi estancia en tierras ajenas. Cada mañana arañaba las paredes del pozo para poder trepar a la superficie. Una espada vertical me atravesaba en el silencio de la vigilia, cuando cerraba la puerta de mi cuarto.

Era diciembre. La noche de Nikolaus. Estabas en la sala del correo de mi residencia, con un sobretodo oscuro y un gorro de piel, acompañado por algunos amigos. Yo entré a buscar las cartas. Mi tesoro. Nada había más valioso que esa correspondencia de tantos colores y formas como países de origen. “Schade...”3, te oí decir. Tiempo después, alguien me lo aclaró:

–¿De dónde ha salido esta chiquilla?

–Es una argentina que llegó a estudiar medicina, pero no le echéi el ojo que vino acompañada.

–Shade...

Esa noche sólo cruzamos miradas y quizá saludos, sin embargo algo quedó flotando en la escena del encuentro. Como si se hubiera puesto el primer punto, la piedra fundamental de un camino que debíamos construir.

Miro las fotos. Intento reproducir algunos momentos. Recorro las calles que me llevaban diariamente a mi rutina de clases, comedor universitario, laboratorio, cine, disquería, supermercado, casa. Puedo ver la mesa baja en la que instalaba mis libros, mis cigarrillos, mis cartas. Era en aquella habitación de la residencia estudiantil de la Tarostrasse que estaba destinada a sala de limpieza y que había arreglado para vivir de la forma más parecida a una casa. Mientras todos mis amigos tenían las clásicas habitaciones compartidas, yo había conseguido ubicarme en el cuarto destinado a guardar los elementos de aseo, que era grande y luminoso y tenía un lavamanos.

Al finalizar el año lectivo, en julio, cuando la mayoría abandonaba el alojamiento estudiantil para instalarse en otras ciudades, recorrimos los ocho pisos con Ana, mi amiga brasileña, buscando muebles que me pudieran servir para armar ese cuarto en la nueva residencia.

–Espera aí, menina, essa prateleira pode ser usada para seus livros. E essa outra para suas roupas. Pegue este sofá.

Y sin preguntar, porque tampoco había a quién, fuimos cargando todo por esas interminables escaleras, mientras tarareábamos alguna bossa.

El Putzraum, como se llamaba en alemán el “cuarto de limpieza”, era lo suficientemente grande. Me las ingenié para separar un espacio como cocina. Colgué, para dividir los ambientes, una cortina vietnamita de paja de colores en zigzag, que al moverla provocaba un agradable sonido apagado de totora entrechocándose, y en el resto instalé la cama, tres sillones, una mesa, la biblioteca, el armario. Compré una lámpara de pie. Mis amigos pasaban a verme y permanecían horas sentados en el sofá escuchando música, conversando, dejando pasar el tiempo.

Concluí que había sido una buena elección. Y ahí me quedé, sola, con mis fantasmas, mis recuerdos y mis otras ausencias.

En marzo volvió Mariano de París y le dejé esa habitación armada y cálida. Una vez más, como en Buenos Aires, junté mis petates y me busqué una morada. ¿Por qué lo hice? No lo sé. Sentí que él merecía un lugar de paz donde poder desarrollar sus ideas. Era yo quien abandonaba el barco al que nos habíamos subido un par de años antes. O por lo menos era yo quien claramente abordaba nuestro fracaso como pareja y me animaba a nombrarlo. Pero lo comprendí después, con el paso de los años.

Ya para ese entonces había ampliado mi círculo de amigos y existía Manfred –Manne–, un gigante alemán de corazón enorme, que fue mi hermano hasta el último día de su vida. Él me consiguió “asilo” en una vivienda que su amigo Gottfried tenía en el este de la ciudad, en el 29 de la calle Rabet. Sólo llegaba a esa casa unos pocos fines de semana y le venía bien que alguien la habitara, proveyera la heladera con algo para comer y encendiera las estufas a carbón de piedra.

La casa era un témpano. Llegaba de la “Uni” tarde y no me daba el ánimo para encender esos hornos. Prendía sólo un par de minutos el fuego de la cocina y las hornallas, me calentaba los pies, volvía a apagar todo y me metía en la cama que había armado sobre el piso del cuarto más pequeño, donde también había arrumbado mis bártulos, hasta encontrar destino definitivo. Por suerte, siempre me llevé bien con el frío.

En esas largas noches, muchas veces, mi cabeza volaba sobre la historia que me parecía lejana, que tan impregnada estaba aún en cada cosa. Las marcas de las balas en las paredes de las viejas construcciones, la memoria en los filmes y en los libros, el silencio de quienes no pudieron desconocer la existencia de los campos de exterminio. No tenía yo aún, en esos tiempos, la más somera idea de lo que iría a ocurrir con nuestra propia historia, con los sobrevivientes de tanta barbarie. En 1976 me parecía imposible que permaneciera tan viva en los alemanes la memoria de los hechos que habían ocurrido hacía ya –¿o apenas?– treinta años. Hoy hace más de cuarenta de los nuestros y seguimos buscando la verdad y la justicia. La memoria.

La situación era de una precariedad absoluta. Sin embargo, en esa casa helada e inhóspita, con alguna esporádica visita de Manne, de Suzanne, de Gottfried o de Mathias –mis amigos alemanes, que me ayudaban a subir el carbón hasta la estufa–, fue donde comencé a sentir la paz de las decisiones bien tomadas.

También hubo un breve paréntesis de un amor que fue piel, juventud, explosión de sentires, verano ardiente, el retorno a la sangre, el proyecto de un hijo. Nos separó la nieve temprana en noviembre y las cartas fueron un puente tendido, por donde no me animé a andar para abordar un futuro acuarelado e incierto, del que no tendría escapatoria.

Eran tierras en llamas. Arenas movedizas. Países en guerra, el suyo y el mío. Y decidimos quedarnos cada uno donde estaba.

Volvimos a encontrarnos varias veces a lo largo de los años y siempre tuvimos la sensación de que nada había muerto. Aun cuando así, apaciguado, el sentimiento se mantenía intacto. Nos quedó esa forma nuestra de entendernos hasta en los mínimos detalles y la idea de que, si hubiera otra vida, en ella sin duda estaríamos juntos.

Hay silencios estridentes

pobladas soledades

retratos de uno mismo

que se borran

tras el primer espejo.

Fronteras de papel

que de por vida

prefabrican misterios.

Hay días eternos

y noches que se ciernen

sobre apenas nacidas alegrías.

A modo de presagio

he visto también

miradas que se unen en un punto

una única vez

para continuar su rectilínea manera

de alejarse

irreversiblemente

del calor dulce y primero

del encuentro.

En ese terrible invierno de pérdidas, ausencias, lejanía, hubo una mano fuerte que me sacó del pozo. Me hizo sentir querida y protegida. Me convenció de que era necesaria. Instaló su poesía y su música en el mejor lugar de mi universo. Y allí se quedó durante varios años.

Al poco tiempo, Suzanne, que había sido mi profesora de alemán en el Herder, tuvo una hija. Recibió un departamento más grande y me dejó el suyo. Ese maravilloso departamento de la Margaretenstrasse 5, cuarto piso debajo del techo,en un edificio de principios de siglo, que debía ser demolido, y lo fue, al final del mismo. Aún hoy sueño con ese hogar mío de Leipzig. Increíble. Aún hoy lo sueño, con pasadizos secretos a la casa vecina, donde vive Conni, quien tira abajo el tabique y se ubica en todo aquel piso cuarto. Fue ella quien se quedó a vivir allí cuando me fui. A ella le entregué la llave en ese último, controvertido y doloroso gesto de despedida.

Cuál será la circunstancia que hizo que todos quienes pasamos por allí lo recordemos como un lugar maravilloso. ¿Lo era? Leipzig, esa ciudad gris, con rincones teñidos de medioevo, con tranvías puntuales y chirriantes, con iglesias, parques y cementerios de acogedora belleza, ¿era nuestro paraíso?

Sin duda, para algunos de nosotros lo fue. El lugar donde desarmar las valijas y quedarse. La ciudad donde aprenderse las calles en el mapa. Donde comprar bicicletas para ir al campo y cacerolas grandes para la cocina entre amigos. Un lugar donde poner el cronómetro a cero, porque allí comenzaba la otra historia.

Alcancé a preguntarte cuándo y dónde, para cotejar con mi memoria.

–En el 77 boreal –me respondiste–, en la Kalinin, cantando.

–Te equivocás –le dije–. Esa fue la segunda vez. La primera fue la noche de Nikolaus, en el hall de mi residencia.

–Oye, me cuesta mucho esto de conversar sin verte; me pone muy nervioso esta virtualidad.

–También yo detesto los chats... siempre busco la forma de escapar.

Y ya no pudimos continuar tecleando.

No importa, me dije. Tenemos días de charlas por delante. Mi viaje en noviembre de ese año 2012 también serviría para refrescar la memoria. Nunca imaginé que este chat desprolijo y a medias, que conservo en un archivo como el oro, iba a contener las últimas palabras que cruzamos.

Busco en el Google Streets la Neumarkstrasse, la Kupfergasse. Por ahí debía estar la Mensa Kalinin, un lugar de reunión de los estudiantes, un comedor académico, donde esa noche se conmemoraba algo de Chile. Me desespera la fragilidad de la memoria y hoy quisiera haber retratado cosas que no volveré a ver, porque ya no existen. Y no es que no lo haya hecho yo. Nadie lo hizo. Ni siquiera en el Archivo Federal pude hallarlas. Apenas una deslucida fotografía de ese comedor, suficiente para la evocación, en una página sobre la vida reservada de Ángela Merkel.

Llegué a la Kalinin con Cecilia, la otra mujer de entre los pocos argentinos que estábamos allí. Era principio de 1978. Ya vivía en la Tarostrasse 12 y Cecilia, en el edificio de al lado. Así como es de frágil la memoria para algunas cosas, otras quedan grabadas a cincel. Recuerdo, por ejemplo, que esa noche tenía un pantalón beige de lanilla, con cuadros formados por tenues líneas oscuras, que había llevado de Buenos Aires y que para esa época me quedaba enorme. Lo ajustaba con un cinturón y lo cubría con un suéter largo. Los últimos meses, sola en Leipzig, me había sumido en el más absoluto ostracismo. Hundida en un pozo del que me costaba salir, había perdido mucho peso.

Mi lánguida inapetencia era acompañada por el tabaco de los Particulares 30 traídos en el equipaje y que aún no se habían acabado. Hacía poco más de un año de mi partida y a la tranquilidad que me daba el final de las persecuciones se contraponía el dolor de las ausencias, las malas noticias desde lejos, las separaciones.

Entramos precisamente mientras estabas cantando. Tu voz me sonó maravillosa. “Yo pisaré las calles, nuevamente, de lo que fue Santiago ensangrentada…”. Nos sentamos. Cantaste dos o tres canciones más. Me gustaste.

No recuerdo cómo, pero terminaste, junto con el Negro –tu amigo y compañero–, sentado a nuestra mesa. Creo que me convenciste para que cantara y me acompañaste con la guitarra. Creo que te convidé un Particulares y que la noche se hizo muy breve.

Al final de la Kalinin los invité a tomar café en mi cuarto. Amanecimos los cuatro allí, contando anécdotas, riendo, disfrutando. Con las primeras luces, el Negro y vos partieron. Cecilia cruzó a su residencia. Y yo quedé acomodando tazas, ceniceros y sentimientos.

Al mediodía siguiente me despertó tu voz a través de la puerta.

–Vamos. Vamos a almorzar que está muy flacucha. Tengo que cuidarla.

Y así comenzó todo.

Pasabas a buscarme para almorzar o para la cena. Nos quedábamos conversando largas horas. Me tratabas de usted y me gustaba. Chicoca flacuchenta, me decías. Y yo paseaba de tu brazo por las callecitas de Leipzig, como si fueses mi resguardo, mi protector, el salvador que había llegado a mi vida. Así transcurrieron semanas, meses. Noche tras noche cenábamos y conversábamos y cantábamos hasta darnos cuenta de que nos hacíamos falta.

En una de esas visitas viniste con una espina clavada en el dedo y pretendiste que te la sacara con una aguja. Y en la ceremonia de acercamiento nos dimos el primer beso.

Muchos años después, un 29 de febrero, me escribiste: “En un día como hoy, en un país como ayer, creímos y no pudimos”.

Vivías en Karl-Marx-Stadt y escribías tu tesis de posgrado de Periodismo en Leipzig. Un estudio comparativo de las canciones que se cantaban en los campos de concentración de Alemania y de Chile. Ibas y venías. Yo viajaba a visitarte algunos fines de semana. En el edificio de la calle Hans-Beimler residían familias de chilenos, muchos de los cuales se convirtieron con el tiempo en entrañables amigos; un médico árabe, con su adorable mujer y su hijo, y algunos alemanes.

–¿Cómo íbamos hasta la Hans Beimler 215? ¿Qué tranvía? ¿Cuánto y por dónde caminábamos para llegar? –insisto en preguntarte a través de la red.

–El número 6 desde la estación hasta el final, donde había una piscina, subir y subir, pasar por el boliche de Herr Zumwohl4, cruzar la calledonde era el HO5, la panadería más allá, y llegar a la calle de la oficina del Ministerio del Interior. En Lipsia era el 29... Más que pena me da frío y cansancio, ya no estoy para esos trotes ni subir con cuatro kilos de carbón los ciento veinticuatro peldaños de la Margareten –respondés.

Disfruto la evocación de ese camino que, ciertamente, era bastante largo. Una de las primeras veces que viajé, un viernes tarde, ya comenzada la primavera, llegué a la estación de trenes después de medianoche y me paré en la fila de los taxis. Todavía no conocía el recorrido desde el final del tranvía hasta tu casa. La cola para conseguir un auto era interminable. Me había puesto sandalias, sin calcular que la primavera recién comenzaba y las noches eran aún muy frías. Debo haber esperado el taxi una hora. Se me helaron los pies. Llegué aterida al timbre de tu departamento. Me aguardabas con una sopa humeante y música de Silvio. El sofá cama y la lámpara bajita. La calefacción y las mantas. Alguien en quien confiar, con quien compartir. Alguien a quien importarle.

A principios de noviembre de 1978 recibí una carta de Suzanne, mi profesora de alemán, en la que me contaba que, por haber sido madre, la universidad le asignaba una vivienda más moderna. El momento tan ansiado estaba próximo.

“Respóndeme pronto si aún estás interesada en mi departamento. Puedes pasar cualquier tarde a partir de las 18 hs. Es en la Margaretenstrasse 5. Viajas con el tranvía 29, desde la Central de Ferrocarriles, tres estaciones en sentido Este. Bajas en la Elsa-Strasse y caminas 120 metros”.

Y a continuación dibujaba un plano orientador.

Cartas, tarjetas postales y telegramas eran los medios de comunicación que más se utilizaban. Había muy pocos teléfonos particulares y el correo funcionaba casi a la perfección. Por ello, las noticias iban y venían en papel y nadie se asustaba, como en nuestros países, por el arribo de un telegrama.

El departamento se ubicaba en el cuarto y último piso del bloque posterior de una construcción de principios de siglo. Los dos cuerpos que la componían estaban separados por un patio con piso de baldosas rotas y cemento resquebrajado, árido, triste. En un costado de ese predio estaban los contenedores para los residuos. Se accedía al cuerpo principal desde la calle de las Margaritas, a través de un portón doble de madera con el número cinco en una chapa.

Sobre el portal de entrada a la segunda unidad alguien había escrito con tiza o cal “Tür zu” –cerrar la puerta– con un zu borroneado, que perduró a lo largo del tiempo, quizás hasta el último día de existencia de ese edificio centenario.

Por supuesto, no había ascensores y para llegar al cuarto piso debíamos armarnos de paciencia y ganas, y subir por los innumerables escalones crujientes de madera gastada con la impronta de tanto paso anónimo.

Eran tres departamentos por planta y las construcciones antiguas no tenían baños privados. Había un toilette compartido en el amplio rellano de cada entrepiso.

Una vez que me instalé fui conociendo a los vecinos, casi toda gente mayor, que al principio se mostró reservada y desconfiada por la incursión de una extranjera.

Una tarde subió una de las mujeres a pedirme que no caminara con tacos porque retumbaba en su piso. Claro que yo no usaba tacos, sino las consabidas pantuflas que nos poníamos ni bien entrábamos a la casa. Veníamos de calles nevadas o mojadas y apenas llegábamos nos sacábamos las botas o los zapatos. También los extranjeros habíamos asimilado esa costumbre.

Con el tiempo, sin embargo, me adoptaron como una especie de nieta y se sentían seguros de tener una joven estudiante de Medicina cerca.

La pareja del departamento contiguo estaba conformada por una mujer de entre sesenta y sesenta y cinco años y un hombre bastante menor, aunque avejentado, que aparecía y desaparecía cada cierto tiempo. Era un alcohólico inofensivo que disfrutaba de pasar en su cama mirando televisión y tomando cerveza. Una vecina me confió, bajo promesa de reserva, que cada tanto dejaba de trabajar y terminaba preso durante un mes o dos. Y luego volvía a empezar. Le daba lo mismo la cama del departamento o la de la celda. Yo sabía cuándo estaba, porque a través de mi pared medianera se escuchaban los no siempre pacíficos diálogos de la pareja.

En aquel país, el trabajo desempeñaba un papel esencial en la vida de cada ser humano. Se valoraba la actividad socialmente útil como un deber de honor para cada ciudadano en condiciones de trabajar. El derecho al trabajo y el deber de trabajar constituían una unidad indisoluble.

Dos pisos más abajo, en el departamento del medio, vivía Elly Kellermann. Una mujer de casi setenta que velaba por mi comodidad. Una persona correcta, trabajadora y amable. Cada cierto tiempo le tomaba la presión y me ocupaba de su diabetes, no porque lo necesitara –había un policonsultorio a sólo dos cuadras de allí y la salud era gratuita–, sino como una forma de brindarle afecto. Cada mes le llevaba el dinero y ella pagaba el exiguo monto de mi alquiler, luz y gas en el municipio. En ese edificio, sin duda, fue Frau Kellermann quien más lamentó mi partida. El día que dejé definitivamente el departamento me regaló un foulard y una tarjeta de despedida colmada de palabras afectuosas.