De sultán en sultán - May French Sheldon - E-Book

De sultán en sultán E-Book

May French Sheldon

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Por primera vez se traduce al español el libro Sultan to sultan: Adventures among the masai and other tribes of east Africa, publicado por primera vez en 1892, en el que May French Sheldom nos relata su famosa expedición a África en el 1891 en la corte del Sultán de Zanzíbar, en la región del Monte Kilimanjaro (África Oriental). A diferencia de la mayoría de las mujeres viajeras de este período, Sheldon recorrió más de mil millas, saludando a jefes africanos o sultanes, como la gran "Reina Blanca". Vestía extravagantes vestidos largos de corte blanco con grandes joyas, junto con una peluca rubia hasta la cintura y una brillante diadema. May Sheldom, mitad turista, mitad exploradora, con sus dos pistolas al cinto, su arrogancia, su ingenuidad y temeridad, fue el contrapunto trágico-cómico de la era de los grandes descubrimientos, inmortalizando su papel de turista estadounidense con complejo de explorador. Veinte años antes de que Karen Blixen pisara las faldas del Kilimanjaro, ella trepó por sus cumbres y la llevaron a hombros los masai. Cuando llegó el momento, no perdonó ni una, dio muestras de ser una experta negociadora, planificó, organizó y llevó a cabo su objetivo y, aunque fueron discutidos sus métodos para mantener a raya a los porteadores, consiguió con éxito lo que se propuso: "Finalmente, sin derramamiento de sangre, con tan solo la pérdida de un hombre que resultó devorado por un león y con la atmósfera de compañerismo que acompañó en todo momento la expedición, tuve el privilegio de atravesar un territorio habitado por treinta y cinco tribus africanas, regresando a la costa con todos mis porteadores y dejando tras de mí un logro que muy pocos habrían considerado posible llevar a cabo", escribió en esta obra, De Sultán a Sultán, que fue publicada a su regreso, en 1892.

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Seitenzahl: 327

Veröffentlichungsjahr: 2019

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DE SULTÁN EN SULTÁN

Aventuras entre los Masai (1892)

por

MAY FRENCH SHELDON,

«Bébé Bwana»

Título original: Sultan to Sultan: Adventures Among the Masai and Other Tribes of East Africa

De Sultán en Sultán: Aventuras entre los Masai (1892)

ISBN: 978-84-120012-5-9

© May French Sheldon, 1892

© Ediciones Casiopea, 2019

Traducción: Mari Carmen Boy

Diseño cubierta: Anuska Romero y Karen Behr

Maquetación: Diana Fernández Tascón

Impreso en España - Printed in Spain

Reservados todos los derechos.

Índice

Introducción

Capítulo 1:Partimos hacia África Oriental

Capítulo 2:De Adén a Mombasa

Capítulo 3:De Mombasa a Zanzíbar

Capítulo 4:Formando mi caravana

Capítulo 5:La primera marcha

Capítulo 6:Primera señal de alarma. Los porteadores se inquietan

Capítulo 7:Los wanyika y waduruma

Capítulo 8:Sublevación y muerte

Capítulo 9:Los depravados wateita

Capítulo 10:Hacia Taveta

Capítulo 11:La Taveta arcadia

Capítulo 12:Circunnavegando el lago Chala

Capítulo 13:Los vulcanos de Chaga

Capítulo 14:La Kimangelia primitiva

Capítulo 15:Los masáis

Capítulo 16:El valiente Hamidi y los demás

Capítulo 17:El sultán Mireali

Capítulo 18:Personajes

Capítulo 19:El sultán Mandara de Moshi

Capítulo 20:Vistas efímeras

Capítulo 21:Rumbo a casa

Capítulo 22:Conclusiones

Hay quienes, por tu último sueño,

nunca más tendrán dulces sueños;

Llorarán, pues tu ya no puedes llorar,

lamentando que tu dolor haya cesado1.

Para E. L. S.

Dedicado a EliLemon Sheldon,

A quien debo todo lo que he conseguido. Mi inspiración, mi crítico, mi defensor, mi refugio, mi ancla,

mi admirador, mi amigo, mi compañero y mi esposo.

Honorable, talentoso, noble, generoso, amable y amado por todos cuya muerte repentina me ha sumido en el peso de la tragedia y la melancolía durante la realización de este volumen.

M. French-Sheldon

Boston, Estados Unidos, 1 de agosto de 1892

INTRODUCCIÓN

Espero que el público sea indulgente por los errores, pues les aseguro que, bajo el peso aplastante de la tristeza que se ha apoderado de mí mientras estaba en imprenta De sultán en sultán, he completado la obra con el corazón roto. He tratado de hacerlo lo mejor posible y con entereza para hacer que mis lectores se hagan una idea de la naturaleza de aquellos de los que me siento orgullosa tanto en llamar amigos como de ser su amiga y demostrar que, si una mujer pudo viajar miles de kilómetros por África Oriental entre tribus hostiles, sin otra supervisión que la de los mercenarios zanzibareños y sin derramar sangre, las medidas extremas empleadas por algunos colonizadores resultan innecesarias, atroces e inhumanas. A los esfuerzos incansables de mis editores, especialmente a H. H. Boyce, quien personalmente, con simpatía y consideración, ha sido benévolo con los innumerables detalles de la obra; a los artistas, que han captado el espíritu de las ilustraciones, por haber reproducido las fotografías y haber renunciado a su curiosidad y deseo artístico de hacer cambios; a los impresores y editores de Mánchester, Inglaterra, por el boceto de mi ruta y, finalmente, a los amigos que me han apoyado; os debo mi agradecimiento incondicional.

LA AUTORA.

BOSTON, MASSACHUSSETTS, ESTADOS UNIDOS

20 de agosto de 1892.

CAPÍTULO 1PARTIMOS HACIA ÁFRICA ORIENTAL

No pude sacarme de la cabeza el viaje a África Oriental en cuanto estuvieron listos todos los preparativos que debíamos hacer antes de llegar a Adén y tras enviar un sinfín de cajas y objetos de todo tipo (mi tienda, armas, una mesa, sillas, mi revólver, cámaras fotográficas y efectos personales) en un barco de vapor hasta Nápoles. Por primera vez sentí que de verdad partía. Un centenar de amigos y conocidos que simpatizaban con mi causa se amontonaban en la estación de Charing Cross a pesar de que Londres estaba sumida en la negrura de una niebla densa, húmeda y fría. Sentía un placer indescriptible por la emoción. Los comentarios morbosos se entremezclaban con palabras inspiradoras que auguraban mi éxito: «Rezaré para que vuelvas a salvo». «¡Menuda historia tendrás que contar siregresas con vida!». «Sé razonable y abandona esta locura de proyecto». «Eres una mujer valiente, lograrás todo lo que te propongas; agradecemos tu coraje y sacrificio».

—Ten cuidado, estate atenta y lista para cualquier imprevisto, cuida tu salud y vencerás —aconsejó el cirujano T. H. Parke.

A. Bruce, el fornido yerno del gran Livingstone, me puso entre las manos unos binoculares de larga distancia, instándome a ser previsora.

—Recuerda que sin entrega y sacrificio no se logra nada y que un fracaso honrado no es ninguna derrota. Confiamos en que lo conseguirás.

Sus sinceras palabras se grabaron a fuego en mi mente y se hicieron eco en incontables ocasiones.

A mi alrededor se arremolinaban muchachas encantadoras, amigas que me adulaban y dejaban muda de asombro cuando, al darme un beso de despedida, susurraban: «¡Cómo desearía poder ir contigo!».Con una apariencia más tranquila, los amigos miraban con compasión a mi marido, calculando que no pasaría mucho tiempo antes de que se arrepintiera de haberme dado su consentimiento (lo cual yo había pasado por alto) demostrando que, al cuestionar mi empresa en un primer momento, no lo hizo de forma irracional.

Partimos entre vítores, una lluvia de flores y la típica conmoción frenética que acompaña a la partida de un amigo cuando su vida parece estar en juego. Finalmente, los coches se alejaron a toda velocidad de la ciudad de Londres y mi marido, dos amigos (H. S. Wellcome y el cirujano T. H. Parke) y yo misma, fuimos los únicos ocupantes en el vagón con destino a Dover. La conversación resultó algo forzada. Sin embargo, el buen doctor me dio innumerables consejos prácticos, producto de su vasta experiencia, con respecto a cómo cuidar mi salud y restablecerme del posible padecimiento de la fiebre africana, así como sobre la mejor forma de administrar a mi caravana el contenido de mi botiquín. Se había tomado la molestia de escribir sus indicaciones de forma tan simple que hasta un niño podría seguirlas al mínimo detalle.

En Dover nos despedimos de nuestros dos amigos. Al llegar a Calais, hicimos un recuento apresurado del equipaje y nos encontramos con el primer contratiempo. Los ferroviarios no habían notificado correctamente al responsbale indicado las dimensiones de mi palanquín, que demostró ser demasiado grande para entrar en el vagón de equipajes. Enviamos un telegrama a Londres. Suplicamos a los empleados del ferrocarril que pusieran la caja que lo contenía sobre el vagón destinado al carbón e incluso que arrancaran la cubierta, bajo responsabilidad nuestras de los posibles daños, pero todo fue en vano. Los trámites burocráticos llegaron a tal punto que ningún empleado al cargo tenía autoridad para lograr el mínimo progreso. El jefe de estación agitó la bandera verde. Luego, vino el chirrido demoníaco de la máquina acelerando y, con una sacudida, salimos de la estación gritando por la ventana a los empleados hasta que ya no pudieron oírnos, para finalmente sumirnos en silencio rumiando cuál debía ser nuestro siguiente paso.

Considerando que habíamos pagado más de noventa y cinco dólares (dieciocho guineas) para registrar el palanquín como equipaje personal, nos sentimos estafados. Personalmente, consideraba absurdo haber confiado en poder llevar el lujoso artículo conmigo cuando fue casi imposible transportarlo desde Inglaterra hasta la costa de Italia. Asaltamos las oficinas telegráficas en cada estación, hablamos con los jefes de estación y visitamos a varios cónsules americanos. Por desgracia, el equipaje que llevábamos con nosotros fue dejado a cargo de un ineficaz mozo que se quedó de brazos cruzados mientras sacaban del tren una parte del mismo. Tuvimos que hacer gestiones para traerlo de vuelta. Luego, al alcanzar la frontera italiana, sospecharon de las cajas que contenían mis medicinas, pero, felizmente, el cónsul italiano me había proporcionado en Londres un inventario certificado, así que aquello se resolvió pronto.

Al llegar a Nápoles, no había señales del barco de vapor Madura, aunque llegaría de un momento a otro y no se quedaría más que unas horas en puerto. También nos dieron la noticia de que el palanquín estaba a Roma y llegaría a la mañana siguiente. ¡¡Al ritmo de los acontecimientos, no llegaría a tiempo de subirme al vapor! Como último recurso, tendrían que llevarlo a Bríndisi y embarcarlo con la Compañía Francesa para cargarlo en mi barco en Adén. Sin embargo, gracias a la cortesía de los directores de la Compañía de Navegación a Vapor de la India Británica, autorizaron a un agente para que demorara el vapor durante un día por el palanquín.

Este llegó, pero lo retuvieron en el almacén de aduanas. Pasamos el día yendo de oficina en oficina, mostrando mis pasaportes, declarando quién era y qué me proponía hacer, desempaquetando, examinando, comentando y explicando el misterio de la caja. Por fin, al día siguiente —el barco había permanecido en el muelle para fortuna mía—, enviaron el palanquín a cargo de los aduaneros para que lo entregaran en persona en el vapor. Alguien pudo suponer que era un objeto portátil que podía guardar en el bolsillo y vender a escondidas.

El calor era sofocante. La preocupación y el febril esfuerzo habían ocupado nuestros pensamientos distrayéndonos de la inminente partida, lo que habría entristecido las últimas horas.

Mi marido me acompañó al vapor dejándome a cargo del capitán James Avern. Luchando para mantener a flote mi entereza, tomé algunas fotografías del puerto y, finalmente, de aquel hombre cuyo corazón se encogía con aprensión.

La hora de levar el ancla llegó. Luego, vino la señal de «todos a bordo». Nos separamos y los barqueros, esperando al último pasajero, alzaron los remos con una canción. Intercambiamos una última mirada y el pañuelo que había sacudido en señal de despedida pronto enjugó mis lágrimas mientras observaba a mi esposo desvanecerse en el horizonte. De pronto, fui consciente de que era el centro de atención de unos ojos desconocidos. Un paso firme sonó en la cubierta detrás de mí.

—Así que se dirige a África Oriental, ¿no es así, señora? —inquirió una voz amable.

—Si el vapor no se hunde, sí —respondí con cierta sorna para diversión del curioso e inoportuno entrometido.

Pobre hombre. Murió tras dos semanas en Zanzíbar, víctima de la imprudencia de la que son culpables tantos extranjeros cuando van a los trópicos y que muy a menudo resulta fatal. Los impacientes viajeros no toleran la excesiva exposición al sol y el ejercicio intenso les produce tal sofoco que se arrancan la ropa empapada por la transpiración sin pensarlo dos veces. Se dan el gusto de darse un baño frío, lo que causa un enfriamiento repentino y, normalmente, el resultado de la travesura se manifiesta con gravedad.

Me pareció que el capitán Avern, como marinero experto y comandante firme, así como hombre de dilatada experiencia, tenía innumerable recursos. Para mí resultó un consejero de valor incalculable que podía instruirme en casi cualquier materia. Mi proyecto en el este de África era un tema de conversación constante. Desde el comandante hasta el más insignificante de los trabajadores, se afanaban en beneficio de mi comodidad personal, mi diversión y alegría. A parte de mí, solo había otros dos pasajeros de primera clase y, pronto, el Madura adquirió el aspecto de un velero a vapor privado. El capitán, un anfitrión de lo más agradable, disfrutó contribuyendo a nuestro entretenimiento.

El Madura tiene su propia historia. Cada uno de sus tablones de madera se estremece por el recuerdo del paso de célebres viajeros y exploradores, motivados por todas las razones imaginables, que han paseado por sus cubiertas, yendo o regresando triunfantes o enfermos. Los recuerdos de este navío cuentan una historia de hazañas sorprendentes: líderes que han sido grandes exploradores y civilizadores, personas valientes, a veces presa de una obsesión equivocada, trabajadores honestos, benefactores, gentes de un egoísmo mundano, religiosos llevados por su ambición, víctimas de la desesperación... Con todo, aún sigue navegando tranquilamente, sin prisas, constante en su curso, sin que haya una muestra visible de la grandeza que le han otorgado estos hombres, impoluto, posiblemente a excepción de las salpicaduras de tinta con las que descuidadamente yo manché sus impecables cubiertas y que me supuso una reprimenda del jefe de cubierta.

La luz de la mañana era clara y resplandeciente como el cristal. La luna seguía brillando como si hiciera tiempo para sentir el abrazo del sol naciente. Atravesamos el estrecho de Mesina con una panorámica completa de los Montes Apeninos. Luego, pasamos por Sicilia y el Etna, el último retazo de tierra hasta llegar a la costa egipcia. Era un claro contraste con la niebla de Londres, lo que contribuía a mi euforia y vitalidad. Justo lo que una necesita para despejar la mente y permitir que esta se centre en lo que se tiene que centrar, así como para procurar descanso al cuerpo.

Después sufrimos un tiempo inestable. Los idus de marzo estaban de jubileo: los rayos del sol atravesaban las nubes, llovía e incluso granizaba. Un tiempo idóneo para leer, meditar, reordenar cajas, estudiar las cámaras fotográficas, etc.

Una de las ratas del barco estableció mi reputación de «mujer valiente». ¡El insolente roedor exploró mis piernas y puso a prueba mi templanza! Por algún motivo, no me alteraba lo más mínimo, solo me sentía sorprendida y nerviosa por averiguar cómo derrotar a mi enemigo. ¡Lo hice con un estornudo!

El cielo estaba especialmente despejado. Orión brillaba de forma extraordinaria y alguien empezó a marcar el rumbo del navío por el atlas estrellado. Avistamos el faro de Damieta y, apenas una hora después echamos el ancla en Port Saíd, donde las embarcaciones se reabastecían de carbón antes de entrar en el Canal de Suez. Ansiosos por tener noticias, nos asomamos por la borda. Entonces, un mensajero me trajo un telegrama del capitán Nelson deseándome buena suerte además de transmitiendo las palabras de unos amigos queridos que me llegaron al corazón.

El muelle de Port Saíd era tan pintoresco que la primera impresión que me dio la ciudad árabe era que parecía demasiado hermosa.

La tendencia a cobrar siempre de más por cualquier objeto que uno quisiera comprar, me hizo pensar que aún prevalece una fuerte tradición judía y, salvo que el viajero espere que sean justos con él, seguramente acabará siendo víctima del engaño.

Los barrios árabes tienen un aspecto amedrentador. No es un lugar por el que alguien elegiría pasear solo durante las horas en que cierran las tiendas.

Aparentemente, habían prohibido los viejos antros de juego donde, en otros tiempos, se habían cometido tantas atrocidades, pero siempre había alguien a la vuelta de la esquina que se ofrecía a conducir a alguno a escondidas.

Las noches en las que se esperaba el barco del correo, incluso cuando este llegaba a las dos de la madrugada, la ciudad entera revivía y todas las tiendas del bazar abrían sus puertas. Si te acompaña alguien versado en las artes y trucos comerciales, el coste de los productos locales resulta muy inferior al de pagan los ingleses y franceses.

La desconfianza prevalece hasta tal punto que incluso los jeques a cargo de los barcos, a menos que les paguen por adelantado, acompañan a los pasajeros para asegurarse de que los barqueros no les dejen sin sus honorarios o se lleven propinas. Las barcazas resplandecen con el brillo de las lámparas de aceite o con faros impregnados de resina. Cada uno de los agentes de la compañía de barcos de vapor organiza los suministros de carbón antes de que llegue un vapor perteneciente a su línea particular. A su llegada, una barcaza atraca al lado y los estibadores y portadores egipcios suben las cestas llenas de combustible por una tabla inclinada con una precisión y una rapidez tan sistemática que me recordaba a la polea de un pozo.

No se ven mujeres por ninguna parte. Los hombres parecen afeminados por sus vestimentas largas y holgadas de un blanco impoluto y un negro sombrío, sus turbantes pintorescos, sus elaboradas sandalias y su gracia al andar. Sin embargo, en su semblante tienen un aire de represión, de secretismo, de falsedad, lo que me llevó a pensar que preferiría enfrentarme cara a cara a estos árabes antes que tenerlos a mis espaldas. Los egipcios y trabajadores indígenas saben dónde está la línea inconfundible entre señor y siervo.

Si un vapor no está equipado con luces eléctricas antes de que se le permita la entrada al Canal de Suez, deben alquilar el aparato requerido por una suma determinada y la asistencia de un ingeniero experto. El canal es una maravilla, sobre todo teniendo en cuenta que lo idearon bajo el reinado del faraón Necao, 600 a.C. En cambio, De Lesseps se hizo famoso por renovar el plan original de forma considerable.

Este camino de agua entre el Mediterráneo y el Mar Rojo supuso una bendición para el comercio mundial, reduciendo la distancia entre Londres y la India de 18 341 kilómetros a 12 276 y, por tanto, acortando 36 días de viaje por el Cabo de Buena Esperanza. La gran estrechez del canal en la mayor parte de sus 160 kilómetros hace que el tráfico esté algo congestionado. A veces, la cercanía de sus bancos de arena blanca daña la vista y, a lo lejos, las montañas recortan el cielo con sus picos desiguales limitando el horizonte, por un lado. Las luces eléctricas dispuestas en la flotilla le confieren al tránsito de la noche un esplendor insólito. Cuando dos o más embarcaciones se aproximan desde direcciones contrarias, las normas de navegación, estrictamente obligatorias a lo largo del canal, obligan a los barcos que están a la vista y a todos que les siguen desde el puerto, a echar ancla hasta que el otro pase. Esto supone un gran problema para los pilotos, ya que resulta una pérdida de tiempo y retrasa considerablemente la marcha. Sin embargo, la violación de esta ley lleva aparejado un grave castigo al culpable. Se aplica a todo el mundo con imparcialidad. Una señal desde el puerto cercano determina el derecho de paso para todos los navíos.

En Ismailía vimos cómo máquinas de dragado excavaban la arena del fondo del canal, transportándolas después y amontonándolas para aumentar los malecones. En esta zona, apenas visible de lejos, se encuentra la villa que construyeron para recibir a la emperatriz Eugenia de Montijo cuando se celebraron los diferentes actos con motivo de la apertura del canal. Las vistas me recuerdan a la caída de un imperio y posterior declive del ingeniero que una vez estuvo en la cima de la fama. También sugiere escenas que van más allá de los días bíblicos, hasta que los pensamientos se pierden contemplando los cambios asombrosos causados por el tiempo.

Vimos una caravana de camellos árabes y, por primera vez, contemplamos mujeres sin velo. Una de ellas, a quien estaba mirando a través de mis gafas antes de tomar una instantánea, me fulminó con la mirada, y con gran precipitación cogió un perrito de aspecto pintoresco, arrojando a la pequeña mascota sobre la joroba de un camello, y cubriéndolo con el nido con alfombras y mantas de la silla, para protegerlo de mi mal de ojo.

A continuación, se apresuró a la orilla y siguió el curso de nuestro vapor que se movía lentamente, imprecando y arremetiendo contra mí de la forma más vehemente, ¿por qué? la caravana estaba destinada a Tierra Santa, y estaba integrada por seres con la apariencia más villana que nunca vi. Seres inmundos, miserables y degradados, que conocen solo una vida migratoria, en común con sus camellos y sus parásitos, sin principios, y que arrastran una existencia dominada por la astucia, la extorsión y la mendicidad. Otras caravanas de carácter similar se fueron sucediendo; algunos iban cargados con dos grandes cajas que se balanceaban a cada lado, que contenían las fabulosas sumas de los viajeros en tránsito a través de los desiertos en su ruta hacia o desde Tierra Santa.

Suez muestra la arquitectura propia de una ciudad naviera y comercial. Con las formaciones montañosas de fondo, se rompe la monotonía, ofreciendo así una perspectiva agradable.

A partir de entonces, los días fueron espléndidos y el mar, rizado por las blancas olas, era realmente cautivador. El calor del sol, aunque con una alegre brisa, y el vapor con el doble toldo, hacían que el viaje por el Mar Rojo resultara agradable. Empleamos buena parte del tiempo en revisar los cofres y las maletas, separando y distribuyendo mis bienes en distintas cajas para los trueques y otras para los enseres personales en caso de pérdida o accidente. Era el plan más seguro y al final quedé muy satisfecha por haber tenido ocasión de aprender de las malas experiencias en tierras africanas sufridas por muchos de mis predecesores. Verme desprovista de cualquier artículo para hacer trueques, de la comida, las medicinas, la vestimenta o las cámaras fotográficas, me hubiera puesto en una situación de peligro o necesidad, de cara a culminar mi objetivo.

De alguna manera, cuanto más pensaba en mi aventura con la cabeza fría y revisaba los pros y los contras, más me convencía de que debía saltar los mayores obstáculos a base de tenacidad y de empeño para que todo mereciera la pena. El viaje era una oportunidad para conocer mis puntos débiles, lo que hasta entonces ignoraba. Podía moldear ideas vagas hasta darles forma y prepararme para posibles emergencias fortaleciendo de paso mi salud.

Al jerarquizar mi futuro trabajo, escribir las preguntas principales, anotar lo que debía observar antropológica y etnográficamente una vez estuviera en el campo, e indagar sobre cada tema, descubrí en mi un talento oculto para la organización. Después de todo, el trabajo bien hecho es un cúmulo de ideas puestas en práctica. Es la experiencia de quien busca el conocimiento en áreas sin ningún antecedente al que seguir.

Poco a poco, el mar fue adoptando un color turquesa con miles de olas espumosas que refulgían, y en el horizonte se adivinaba una bóveda azul límpida e inigualable. Las marsopas parecían escasear, aunque algunas pasaban por la noche a toda velocidad como rayos fosforescentes anunciando su presencia juguetona. El calor aumentó, por lo que tuvimos que aliviarnos de ropa y ponernos prendas más finas y cómodas. Avistamos el estrecho de Bab el-Mandeb en el golfo de Adén, al que los marineros llaman «las puertas del infierno».

A Adén lo llaman «el puerto del infierno». No se sabe por qué, a menos que sea por las arenas abrasadoras y la costa traicionera. Era de noche cuando echamos el ancla en el golfo. Los restos de los navíos naufragados asomaban en el agua recordando su lucha contra los elementos, como fantasmas que advertían de los fuertes vientos y el mar inquieto.

CAPÍTULO 2DE ADÉN A MOMBASA

Los escarpados acantilados de Adén, sus abrasadoras arenas desprovistas de vegetación, las casas bajas de estuco, la mezquita, el templo parsi, la iglesia anglicana y los hospitales, se confabulan para formar un cuadro singular, aunque no atractivo.

Los niños somalíes van desnudos excepto por el taparrabos y, a veces, se cubren con un trozo de sábana blanca que utilizan para toda clase de cosas. La usan a modo de turbante, también para cubrirse cuando se acuestan en la arena o se acurrucan en sus botes, para envolver su piel negra resplandeciente mientras reman e incluso las atan al mástil a modo de vela para aprovechar las brisas esporádicas.

Los hombres somalíes suelen ser fuertes y delgados y se mueven con una dignidad innata que impresiona. Las pocas mujeres que hay a la vista no suelen ser bonitas, exceptuando a la joven reina de Somalia, quien gobierna por su belleza y su tiranía autoritaria sobre una de las tribus más desesperadas de África. Resulta hermosa a simple vista.

La pronunciada diferencia en las tonalidades del color de las pieles somalíes le hacen a uno preguntarse dónde radica la razón. Los hombres adinerados llevan dos valiosas piezas de ámbar con forma de botón atadas al cuello con una banda de cuero. Compré una a su portador por diez dólares (dos libras). Cuesta lo mismo que comprar una nueva en las tiendas. Otros llevan brazaletes de cuero para sujetar los cuchillos, sencillos collares e incluso cordeles con cuentas.

Los niños que saben bucear nadan desde la orilla hasta los navíos anclados, pidiendo una moneda por zambullirse. Despacio y con voz aguda y graciosa, dicen algunas palabras en inglés: «Señora, nado fondo, poco dinero». Entonces, se zambullen y retozan en el agua cual marsopas.

Cuando los barqueros somalíes reman, lo hacen acompañados de un extraño y comedido plañido haciendo falsete. En cambio, cuando descansan, dejan flotar los remos o los atan, ríen y charlan sin cesar en voz alta repitiendo una y otra vez las mismas palabras y golpeándose los muslos desnudos con las manos.

Mientras el esquife del capitán nos llevaba a la orilla junto con su tripulación india, los niños rodearon el bote y nos acompañaron todo el camino, entreteniéndonos por dinero. Algunos blancos, árabes, parsis, egipcios y africanos de cada rincón de la costa y las islas, bereberes, nubios, hombres de Dinkili, Galla, Jartum, Sudán, el Congo, y Somalia, se desplazan por estos puertos formando un grupo variopinto, lo que añade algo de interés para los extranjeros. Un árabe nos guió en cuanto nos instalamos en un cabriolé desvencijado de dos plazas que tironeaba un caballito diminuto, rechoncho y bien cuidado. El hombre llevaba un gran turbante de muselina verde pálido, con una corona de paja trenzada encima. Vestía una túnica de rayas que le llegaba hasta los pies y una chaqueta sin mangas de tela amarilla con galones dorados y tenía las manos salpicadas de anillos hechos con distintos materiales. Estaba gordo, iba arreglado, el olor que desprendía era una mezcla de especias y suciedad y parecía bastante indiferente a la comodidad de sus pasajeros. Sus sandalias descansaban a su lado en el asiento delantero.

El calor, las moscas y el despiadado resplandor del sol, por no hablar de las nubes de polvo, el aire que parecía salido de un horno, el tufo de olores desconocidos y el hedor de los camellos, burros, ovejas, de las personas y las ciudades, hacían que el viaje no resultara agradable, si bien era novedoso.

La calle principal estaba atestada de burros, unas criaturas diminutas cargadas con alforjas y paquetes enormes que viajaban a paso rápido. Al igual que en Port Saíd, había pocos búfalos que usaban como bestias de carga. Los camellos parecían el medio de transporte más fiable, pues galopaban a una velocidad admirable incluso con pesadas cargas.

En mi campo de visión se alzó la extraordinaria figura de una criatura humana que resultó ser una mujer, la primera de mi sexo que había visto en la ciudad. Se presentó como una masa de color azafrán. Cada tono que portaba era ese color: su cuerpo estaba teñido de azafrán hasta los pies e incluso sus sandalias, su vestido y su cabello eran de color azafrán. Llevaba cuentas de color ámbar en grandes cantidades y se paseaba por las calles sin velo. Este hecho, junto con su extraña apariencia, alentó mi curiosidad. No descansé hasta que averigüé la razón de su aspecto amarillento. Al parecer, el gobierno acota determinados barrios para cierto tipo de mujeres licenciosas como protección sanitaria para los soldados estacionados allí. El color azafrán se acentúa sobre las que habitan estos barrios como insignia de su abominable, aunque autorizada, vocación.

Mientras nos alejábamos del centro comercial de la ciudad y nos dirigíamos hacia las empinadas colinas sobre las que se sitúan los maravillosos aljibes y jardines construidos por los ingleses, pasamos por el fuerte erigido en la ladera al que se accedía por unas escaleras de piedra casi perpendiculares y muy difíciles de subir.

La formación arquitectónica de los aljibes, o reservas de agua, resulta extravagante y pintoresca. Están excavados sobre la misma colina en una piedra similar al granito y sus muros están hechos con losas de corte similar. Los recubren de cemento para que los aljibes preserven el agua y se encuentran dispersos por las colinas a distintas alturas. Las superficies desnudas de roca y despojadas de tierra de las pendientes, hacen que el agua salga relativamente libre de partículas de tierra o detritos. Sin embargo, aquellas que se acumulan, se recogen de la cuenca de los aljibes y empleándolas para fertilizar los jardines.

Era interesante ver cómo el cuerpecito de los niños, bajo la dirección de un jefe árabe, cargaban con pequeñas cestas sobre sus cabezas, repletas de los escasos detritos que habían recogido laboriosamente de los aljibes y que transportaban por escaleras y escalinatas para depositarlos en los parterres. Aunque el trabajo no era excesivamente duro, demostraba que los niños no holgazaneaban y se mostraban todo lo felices que cabría esperar mientras trabajaban, ya que hacían chiquilladas y daban rienda suelta a un aluvión de risas.

Toda el agua se vende y se reparte de forma eficaz entre los compradores. Hay aljibes privados y el gobierno alquila algunos a particulares o empresas. Habían pasado once meses en el momento de mi visita, desde que las últimas lluvias habían llenado los aljibes. Aun así, había agua suficiente hasta la temporada de lluvias. Es cierto que, a menudo, Adén pasa hasta cinco años sin lluvias. Me sorprendió comprobar que el agua no mostraba signos de hallarse estancada. Posiblemente, se debiera a cubrir cada fisura con cemento y a que se mantenían los aljibes libres de vegetación y a los fuertes aguaceros nocturnos.

Era complicado subir y bajar los escalones que conducían a las sinuosas galerías y que rodeaban los aljibes, pues los muros del acceso elevado eran traicioneros y estrechos, al igual que los escalones, y los puentes diminutos sin pasamanos producían vértigo. Me sorprendí estirando las manos al vacío de forma involuntaria, impaciente por agarrarme a algo y evitar perder el equilibrio y estrellarme contra el suelo. Al notar mi apuro, mi escolta me conminó a que cerrara los ojos y colocara las manos sobre sus hombros mientras descendíamos lentamente. Lo hice parándome para tranquilizarme cada vez que llegábamos a una plataforma más espaciosa.

Salpicados por aquí y por allá en rincones aislados, habían sido plantados algunos arbustos, acacias, enredaderas y flores que procuraban una sombra agradable. Aquí es donde se situaban normalmente los pozos, con extraños cucharones para sacar el agua, o bien con una cuerda y un cubo. Las palomas, asustadas, arrullaban de forma extraña o salían volando despavoridas.

Naturalmente, la sequía reduce la tierra a un estado de aridez. En el exterior no crece ni una fruta, verdura o flor en toda la ciudad. En las afueras hay villas bonitas con vistas al golfo de Adén que habitan los mercaderes prósperos y los residentes profesionales buscando un respiro del calor y el tumulto de la ciudad. La pesca, pasear en barca y bañarse en el mar son las principales atracciones y diversiones.

Cuando volvíamos a la ciudad, observé a los niños al borde de la carretera haciendo pasteles y casas de barro mientras que otros jugaban a algo parecido a las damas con unas piedras.

Los somalíes y vendedores ambulantes de otras naciones circulan por las calles vendiendo escudos, espadas, plumas de avestruz, largas boas de plumas y cestas pequeñas. Sin embargo, a los extranjeros siempre les piden el doble del dinero y acosan a aquellos que se niegan a que se aprovechen de ellos, bajando el precio hasta que buenamente aceptan lo que puedan sacarle al cliente.

El mercado de Adén resultaba terrible. Los vendedores árabes y somalíes se sentaban en cuclillas sobre las alfombras sucias con la fruta y la verdura a su alrededor y metían los pies de forma indiscriminada entre sus bienes. Algunos se agachaban frente a sartenes de hierro colocadas sobre unos leños ardiendo o sobre lámparas de aceite manchadas en las que cocinaban mazorcas de maíz y plátanos secos y en mal estado. La calidad de la fruta a la venta era penosa.

Los mercados donde se vendía madera, camellos, ovejas y cabras presentaban un aspecto oriental más cuidado. La madera consistía en fardos delgados de leños transportados por camellos o mulas que parecían estar a punto de desplomarse. Cuando vendían la carga, conducían a los camellos al mercado para que descansaran o para alimentarlos mientras sus conductores se despatarraban fumando, comiendo o durmiendo, esperando una oportunidad para reabastecerse y volver a su país o para vender los animales.

El ganado vivo parece estar bien alimentado y en buenas condiciones, al igual que las personas. Solo vi un par de tullidos abatidos o mendigos ciegos que se sentaban a plena vista a la entrada del mercado o de los túneles. Para sacar el mayor provecho posible, exponían sus cuerpos deformes indiferentes a las moscas y a los piojos y desprendían un olor tan fétido que inundaba las fosas nasales de aquellos que se sentían inclinados a ser caritativos.

Las mujeres Fellah que vendían agua y las mujeres árabes que vendían caña de azúcar y maíz, aportaban un color local aquí y allá. Los túneles atravesaban las colinas y conectaban la parte este y oeste de la península, salvando una distancia de viaje considerable. Son fruto de un buen trabajo de ingeniería. Sin embargo, tienen un tachonado tan bajo que apenas son mejores que los callejones. El olor nauseabundo de los camellos y las cabras que pasan por allí se queda impregnado durante mucho tiempo después de haber salido de ellos. El istmo que hace que Adén sea una península es sorprendentemente estrecho y casi se ve extinto cuando sube la marea.

Es fascinante lo singulares que resultan muchas de las casas árabes. Están cubiertas por celosías de bambú y, ocasionalmente, hay un burdo intento de decorar el exterior con arabescos de color rojo, amarillo, azul, blanco, negro y verde produciendo un efecto llamativo. El templo parsi, la mezquita hindú y las iglesias cristianas son construcciones pintorescas. El camino que conduce a la Torre del Silencio parsi, erigida en lo alto de la cumbre de una colina, me produjo terror. Solo a los parsis se les permite visitar el lugar. Al tener prohibido el paso, no pude evitar imaginarme el espectáculo: allí, en lo alto, una torre abierta y atestada con camillas de piedra en la que yacían los muertos, expuestos a los estragos de los elementos y, finalmente, devorados por sucias aves carroñeras. La simple imagen resultaba repulsiva. Los lugares de enterramiento hindúes estaban indicados por montículos de piedras que apenas son dignos merecedores de llamarse túmulos. En las esquinas, hay ramas embadurnadas de rojo y clavadas en el suelo. En ellas ondean pequeñas banderas de algodón que producen una impresión extraña e inquietante.

—¿Están celebrando una subasta? —pregunté inocentemente cuando vi las primeras banderas a lo lejos.

—Sí —respondió mi escolta sin rodeos—, la subasta del diablo.

El cementerio de los Mohammed se hace notorio por las tumbas bajas y con forma de arco que llevan inscritas una cita del Corán. En cambio, el camposanto inglés, un lugar poco pretencioso y que apenas estaba ocupado, era de madera y piedra y había monumentos a sus pies.

A lo largo de los caminos eran visibles algunos cubículos para dar cobijo a los viajeros. En sus viajes, los árabes llevan un charpoy, un catre plegable de bambú trenzado, así como sillas grandes en las que se hacen un ovillo para dormir y que utilizan a modo de puestos para exhibir sus bienes. Cuando los árabes, somalíes e indios están cansados, se arrebujan en sus telas y se acuestan entre las piedras o sobre la arena caliente y duermen tranquilamente bajo el sol abrasador del mediodía, indiferentes a la incomodidad. Los negros se echan desnudos, tan solo con una tela fina en las horas más calurosas. Sus pieles brillan cuando el aceite de palma y de coco con el que se embadurnan rezuman por efecto del calor. Mientras que los blancos evitan los rayos directos del sol cuando tienen fiebre, los negros no pierden la oportunidad de someterse a tal remedio curativo. La simplicidad primitiva de la gente tropical se debe en gran medida al clima. Se las apañan con muy poco y parecen estar en condiciones admirables durante todo el día.

Los herreros nativos trabajan en las orillas de los caminos improvisando sus forjas. Manejan sus herramientas: tijeras egipcias y afiladoras de cuchillos de formas pintorescas, con pericia.

Si estuvieran dispuestos a ello, encontrarían mucho trabajo en Adén, pues es un gran puerto de embarque. Sin embargo, y a menos que se muevan por una acuciante necesidad, la clase trabajadora no concibe la idea de mejorar su posición o de ahorrar para el futuro. Parecen contentos de vivir y morir en las circunstancias y la posición en la que han nacido.

Después de dar una vuelta, nos hospedamos con el célebre Cowasjee Dinshaw, un rico mercader parsi, cuya casa comercial es lugar de encuentro para cualquiera que visite Adén. Había preparado un desayuno delicioso con un menú exótico y variado mientras esperaba nuestra llegada. Resultó extraño que nuestro anfitrión no se sentara a la mesa con nosotros.

—Espero que le hagáis justicia a nuestro hogar sintiéndoos como en casa —dijo, después de sentarnos y a punto de retirarse.

Nos sirvió un musulmán. Era un hombre gordo, bamboleante, patizambo, con un gran turbante y escasa ropa que podría haber salido de Las mil y una noches. Los parsis visten prendas indias de algodón más delicadas y simples. Las suyas eran largas, caían hasta los tobillos y se abrochaban con botones dorados. La ropa que llevaban debajo no se distinguía bajo la túnica con forma de camisa. Llevaba sandalias. Dentro de la casa, visten una kipá, un gorro de seda sobre el que se ponen, cuando salen fuera, un extraño sombrero de copa negro. Algunos de los jóvenes emprendedores que viajan por negocios a otros países, adoptan costumbres europeas en el extranjero, excepto por el sombrero, que mantienen.

Todos parecían conocer bien mi plan de visitar África Oriental, aunque lejos de saber el verdadero motivo y, naturalmente, tenían muchos comentarios que hacer y numerosos consejos innecesarios que darme. Sir Francis de Winton, que había estado en Mombasa, se encontraba en Adén esperando el vapor a Inglaterra. Fue muy considerado por avisarme que me preparara para la lluvia si me dirigía al interior, pues había sido una estación anormalmente seca y era muy probable que cayeran abundantes lluvias. También se asombró de que hubiera decidido probar la ruta inglesa en lugar de la alemana. Entonces no comprendí el porqué, pero luego fue obvio que sabía de la oposición que me esperaba por parte de cierto oficial de la Compañía Inglesa. En Adén los rumores y las novedades volaban, ya que las distintas líneas de barcos de vapor con destino a India, Ceilán, Malta y África amarraban en el puerto y los pasajeros tenían tiempo de visitar la ciudad e intercambiar novedades.

Después de unas compras adicionales, me sentía contenta de embarcar en el vapor. Dinshaw estaba asombrado con mi palanquín. El director de la empresa tenía un palanquín indio para su mujer. Pesaba noventa kilos mientras que el mío solo pesaba treinta y uno al estar hecho de mimbre y con sujeciones de aluminio. De haber sido más voluminoso, habría resultado imposible que los hombres lo transportaran sobre sus cabezas y hombros a través de las junglas, ciénagas, montañas y valles.

Al revisar mis compras, organizando y familiarizándome con las mercancías que tenía, dónde estaban y haciendo inventarios por triplicado, me mantuve muy ocupada con estas responsabilidades que no estaba dispuesta a eludir o relegar a nadie.

Que el calor aumentaba no se podía negar, pero el doble toldo del barco y la tranquilidad predominante evitó mayores incomodidades. Cuando nos sentábamos a la mesa, uno de los marineros de cubierta y manteniéndose fuera de la vista, tiró de una cuerda a través de la claraboya de la que había colgado un punkah que evitaba que las moscas nos asaltaran. Las siestas vespertinas estaban a la orden del día en las hamacas de la cubierta. No había energía que pudiera con la perezosa languidez de los trópicos. Por las noches, cuando me decidía a escribir en el camarote, uno de los marineros, normalmente un chico malayo, se sentaba frente a mí para abanicarme. Me observaba con ojos curiosos, pero nunca decía una palabra ni dejaba su puesto a menos que yo se lo pidiera. Una noche me levanté de la mesa para irme a dormir sin pensar en aquel chico leal que favorecía mi comodidad cuando, después de dos o tres horas, abrí la puerta por casualidad y le encontré de pie, medio dormido, con el abanico en la mano esperando mi llegada.

Una mañana, estando reunidos en la mesa durante el desayuno, el oficial de máquinas se dirigió al capitán:

—No sé qué vamos a hacer con ese miserable borracho, capitán. No puedo controlarlo.

El capitán le miró con cierta sorpresa.

—Me ocuparé de ello tras el desayuno —respondió con brusquedad.

A todos los presentes nos pareció como si estuvieran violando la disciplina del barco, pero, por supuesto, ninguno de nosotros hizo comentario alguno y la conversación se reanudó con su frivolidad habitual hasta que terminamos la comida. Después de haberme acomodado en mi hamaca, preparándome para una lectura agradable en cubierta, el capitán, visiblemente nervioso y seguido por el oficial de máquinas que hablaba en voz baja, se apresuró a entrar en su cabina y cogió un bastón de mimbre. Después de bajar de forma apresurada de la cubierta superior a la inferiror, se detuvo a medio camino, se dio la vuelta y se acercó a mí. Era la viva imagen de la ira reprimida.