De Tomic a Boric - Pedro Felipe Ramirez - E-Book

De Tomic a Boric E-Book

Pedro Felipe Ramirez

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Pedro Felipe Ramírez es un testigo invaluable de los procesos políticos y sociales de Chile en los últimos cincuenta años y esa prerrogativa de excepción le otorga a este libro un significado de documento histórico para la mejor comprensión de nuestro pasado. Protagonista de hitos claves de nuestra historia, comenzó como un destacado dirigente juvenil, presidente de la FECH y muy joven fue parlamentario democratacristiano durante el gobierno de Frei Montalva, donde patrocinó la "vía no capitalista de desarrollo", con la Reforma Agraria y el cambio educativo. Impulsó la formación de la Izquierda Cristiana (IC), apoyó al gobierno de la Unidad Popular y fue estrecho colaborador del presidente Allende como ministro de las carteras de Minería y de Vivienda. Padeció la represión de la dictadura siendo confinado en la isla Dawson, y luego recluido durante varios años en diversas prisiones a lo largo de Chile. Partió al exilio en Venezuela para retornar al país en plena dictadura y pasar a ser uno de los primeros dirigentes públicos de la izquierda, juzgado y encarcelado por promover las demandas democráticas. Fue embajador de Chile en la Venezuela de Maduro, donde como diplomático debió afrontar la crisis democrática y la proscripción de opositores. Un relato de gran valentía y transparencia que aborda episodios inéditos de este tramo decisivo de nuestra historia y no escatima una dimensión privada del autor en la defensa de su orientación sexual en tiempos que significaban una irremediable marginación social. Como señala el poeta Jorge Montealegre: "Hay mucho dolor en estas vivencias, así como hay una porfiada esperanza. Y más enseñanzas que nostalgias, y eso se agradece."

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Seitenzahl: 461

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Ramírez C., Pedro Felipe

DE TOMIC A BORICMemorias (De lo público y lo privado)

Santiago de Chile: Catalonia, 2023

236 pp. 15 x 23 cm

ISBN: 978-956-415-035-2

Autobiografía

CH 920

Diseño de portada: Amalia Ruiz Jeria

Imagen de portada y fotografías de interior: archivo personal del autor

Corrección de textos: Cristina Varas Largo

Composición: Salgó Ltda.

Dirección editorial: Arturo Infante Reñasco 

Editorial Catalonia apoya la protección del derecho de autor y el copyright, ya que estimulan la creación y la diversidad en el ámbito de las ideas y el conocimiento, y son una manifestación de la libertad de expresión. Gracias por comprar una edición autorizada de este libro y por respetar el derecho de autor y copyright, al no reproducir, escanear ni distribuir ninguna parte de esta obra por ningún medio sin permiso. Al hacerlo ayuda a los autores y permite que se continúen publicando los libros de su interés. Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, en todo o en parte, ni registrada o transmitida por sistema alguno de recuperación de información. Si necesita hacerlo, tome contacto con Editorial Catalonia o con SADEL (Sociedad de Derechos de las Letras de Chile, http://www.sadel.cl).

Primera edición: junio, 2023

ISBN: 978-956-415-035-2

ISBN digital: 978-956-415-036-9

RPI: N° 2022-A-4106

© Pedro Felipe Ramírez C., 2022

© Catalonia Ltda., 2022

Santa Isabel 1235, Providencia

Santiago de Chile

www.catalonia.cl - @catalonialibros

Diagramación digital: ebooks [email protected]

A mis hijas, nietas y nietos,el mejor regalo que me dio la vida.

Índice

Prólogo (Luis Maira)

PrefacioRecuerdos al servicio del futuro

Capítulo I FORMACIÓN DE UNA IDENTIDAD PERSONAL

Mis primeros años

El colegio/ Mis padres

Dios mediante

A contracorriente/ El orden social/ Violeta Parra/ El punto Omega/ Teología de la Liberación/ Tiempos de pandemia

La Escuela de Ingeniería

Grandes compañeros

La FECH

Don Mamerto/ Elecciones

Mi sexualidad

Sociedad hipócrita/ Soy homosexual/ Mi vida sexual/ Experiencia heterosexual/ Primera vez/ Otra mentalidad/ Otro siquiatra/ Los parias/ Represión en Chile/ La crónica de Pedro Lemebel/ Prisión y homosexua­lidad/ El precepto cristiano/ Todo cambia

Capítulo II DE LA REVOLUCIÓN EN LIBERTAD A LA VÍA CHILENA AL SOCIALISMO

El gobierno de Frei Montalva

Comisión tripartita de Economía y Hacienda/ Jorge Ahumada/ Raúl Sáez/ Servicio de Cooperación Técnica/ Terceristas/ Directiva de Gumucio/ Conflicto con el gobierno/ Los “chiribonos”/ Paro nacional/ Pérez Zujovic/ La Junta de Peñaflor/ Pampa Irigoin/ Diputado por Osorno/ Los rebeldes renuncian al partido

La candidatura Tomic

Radomiro Tomic

La Democracia Cristiana en mi vida

Eduardo Frei Montalva/ Muerte de Frei/ Revolución en Libertad/ Patricio Aylwin/ Bernardo Leighton/ Jaime Castillo Velasco/ De la Falange a la IC/ Las garantías constitucionales/ El Congreso Pleno

La Izquierda Cristiana

Por una vía no capitalista de desarrollo/ Pan para hoy…/ El voto político de Las Vertientes/ Nace la Izquierda Cristiana/ Autonomía de la organización social/ Asamblea constituyente de la IC/ En la casa de Kirberg/ Una larga jornada/ Del MAPU a la IC/ Cristianos y marxistas/ Castro-Guevarismo/ Ingreso a la Unidad Popular/ Crear poder popular/ Ministros de la IC/ Bosco Parra

La Izquierda Cristiana en el gobierno de Allende

Derechización de la DC/ Fidel Castro/ Reuniones de jefes de partidos/ Proyecto Hamilton-Fuentealba/ Las movilizaciones opositoras financiadas por la CIA/ Ministerio de Minería/ Ministro de Vivienda/ Salvador Allende

Capítulo III LA DICTADURA: EL GOLPE, LA REPRESIÓN Y LA RESISTENCIA

El golpe y la cárcel

¿Había fuerzas para resistir el golpe?/ La detención/ Ajedrez y “Plan Troya”/ El amigo de Krassnoff/ Cigarrillos/ Academia de Guerra Aérea/ La oscuridad ilumina/ Cumpleaños/ De ministro a ministro/ Recorriendo cuarteles/ Isla Dawson/ Noticias de muertes/ Suicidio de Allende/ Dawsonianos/ El coronel Otaíza/ Visitas en la AGA/ ¿Cuántas hijas tiene?/ Ritoque y el bautizo/ Impuestos Internos/ Cárcel Pública/ Capuchinos/ Memoria de título/ Tres Álamos/ Cárcel de Valparaíso/ Solidaridad internacional/ Allanamiento de celdas/ Valparaíso/ Examen de grado/ Sororidad y autoexilio

Exilio en Venezuela

Colonia Tovar/ Grupo de Caracas/ Béisbol/ Retorno/ La diáspora

Retorno y Resistencia

Coordinador de la UP/ Fin de año en París

Vector

Represión contra la IC

El exilio en Chile

Discotecas/ Boccaccio/ La Concertación

En papel y tinta

Presente/ Desfile/ Pepe Gómez y el Flaco Lira/ Testimonio Hernán Mery/ Ercilla/ Análisis

Capítulo IV AMANECE EN CHILE

El Movimiento Amplio de Izquierda (Maiz) y la Izquierda Ciudadana

Una nueva fuerza de izquierda/ La movilización ciudadana/ Génesis de la Izquierda Ciudadana/ Nace la Nueva Mayoría/ La victoria de Bachelet/ Realismo sin renuncia/ Una obra gigantesca

Embajador en Venezuela

Embajador chavista/ Un UDI en apuros/ Polarización/ Diálogos/ Refugiados/ Parada de carros/ Punto de encuentro/ Ruptura institucional/ Desastre económico/ Maduro no es Chávez/ Migrantes/ Despedida/ Doble estándar/ “Por otros medios”

Estallido Social, Pandemia, Nueva Constitución y Nuevo Gobierno

Diferencias sociales y endeudamiento insoportable/ El acuerdo del 15 de noviembre/ Pandemia

Cienfuegos 15

“Dueño de casa”/ La casa simbólica/ La casa virtual

Epílogo Palabras finales

Colofón

Post Scriptum

Prólogo

Las Memorias que ha escrito Pedro Felipe Ramírez, y que abordan explícitamente lo público y lo privado de su vida, ha resultado un libro del mayor interés para una más directa y lúcida comprensión de un periodo largo y decisivo de la historia de Chile.

Recuerdo la importancia que este género tenía en la época en que me tocó entrar al Parlamento, a mediados de los años sesenta del siglo pasado. A menudo, cuando nos reuníamos en el comedor de la Cámara de Diputados, los días que teníamos trabajo de Comisión por la mañana y sesión en la sala por la tarde, un tema recurrente en las largas conversaciones informales era el de las memorias que cada parlamentario pensaba escribir tras su retiro. No era un designio solo de los que presentaban los grandes proyectos; también de los que dedicaban su esfuerzo al trabajo en sus distritos, muchas veces de apenas dos o tres pueblitos pequeños, donde ocurrían pocas cosas significativas de las que, sin embargo, ellos sabían extraer enseñanzas y lecciones que tenían una utilidad más general. Eso ya no ocurre, y son cada vez más escasos esos recuentos que tanto ayudaban a los historiadores cuando buscaban iluminar un episodio o una época de nuestro pasado reciente.

Pedro Felipe ha hecho un trabajo de la mayor envergadura, tanto por la magnitud del recuento de la larga época que le ha tocado vivir asociado a los asuntos públicos, como por la admirable honestidad con que relata acontecimientos de su vida política personal, incluyendo reflexiones inusuales del ámbito privado y acumulando episodios de la mayor significación en que le tocó ser protagonista.

Para todas las personas de nuestra generación que tuvimos un temprano interés en los asuntos públicos, constituyó un hecho reiterado y hasta sorpresivo cuando al leer las historias de países vecinos o conocer a sus dirigentes, apreciábamos la elevada imagen que tenían sobre la vida política de Chile. En la caracterización de los veinte países que forman la América Latina siempre sobresale el peso y la influencia de México y Brasil en lo que podríamos llamar la América Latina del norte y la América Latina del sur, ya sea por la significación de sus culturas originarias, por el peso de su etapa colonial o por la densidad de las relaciones que establecieron al alcanzar su vida independiente, frente a vecinos de menor tamaño e influencia. Junto a ellos, cobraban significación algunos países menores que habían logrado organizar sus procesos políticos y encauzar el funcionamiento del Estado. Esto les permitió poner en marcha estrategias de desarrollo que condujeron a la formación de una clase media más educada, lo que a su vez posibilitó implementar proyectos nacionales que brindaron mejores condiciones de vida a la población. En ese segundo grupo, Chile se ubicó —junto a naciones como Uruguay y Costa Rica— como ejemplo de una democracia política con continuidad e instituciones estables.

Pero el rasgo diferencial que subrayaban los analistas más agudos y con mayor dominio acerca de los sistemas políticos era que, a medida que fue avanzando el siglo xx, Chile se convirtió en el país que con más frecuencia cambió en forma radical sus proyectos políticos y el contenido de las diversas visiones que iban dando sustancia a su vida nacional. Si bien en el primer siglo de su vida independiente, iniciada a comienzos de 1818, Chile siguió el mismo curso que las otras naciones, alternando regímenes liberales y conservadores, desde 1920 en adelante comenzó a observarse esta tendencia al cambio. Ese año nuestro país tuvo su primera experiencia singular cuando emergió un líder político carismático —Arturo Alessandri—, capaz de plantear una elección en que los sectores medios y las capas populares, fuertemente asociadas a su liderazgo, optaron por una dimensión de país que se apartaba de la rutinaria transmisión de poder entre los grupos tradicionales y acomodados turnándose en la conducción política. En torno a la “querida chusma”, como la llamaba Alessandri, la política se trasladó desde los salones a la calle y pasó a tener un aspecto multitudinario que en adelante prevaleció. Así las cosas, no resultó extraño que casi dos décadas después, en 1938, el nuestro fuera el único país de la región que estableciera un Frente Popular que, con el triunfo de Pedro Aguirre Cerda, reeditara el modelo francés o español de una influyente fuerza política de maestros y funcionarios públicos como la que aportó el Partido Radical, aliado con dos organizaciones marxistas de izquierda —socialistas y comunistas— que promovían cambios sociales sustantivos en el país, bajo la consigna “Gobernar es educar”.

Una vez que el Frente Popular se diluyó —en la única experiencia de nuestra historia en donde dos presidentes sucesivos, Pedro Aguirre Cerda y Juan Antonio Ríos, fallecieron a la mitad de su mandato—, seguimos en la alternancia de propuestas de cambio y gobiernos tradicionales, hasta que en la década de los sesenta, que fue de gran agitación en los países desarrollados, Chile pasó a optar abiertamente por una búsqueda activa de transformación social. Eso nos permitió tener un gobierno que impulsó a partir de 1964 las mayores reformas en la región, con Eduardo Frei Montalva y la Democracia Cristiana, y luego el único gobierno de izquierda que con Salvador Allende a la cabeza planteó una “vía chilena al socialismo”, bien definida por él como “un socialismo en democracia, pluralismo y libertad”.

Sabemos bien cuán profunda fue la polarización de Chile en esos años y cómo los grupos situados más a la derecha impulsaron, con el apoyo del presidente Nixon en Estados Unidos, la más cruenta de las dictaduras de “seguridad nacional” implantadas en América del Sur. Esta fue encabezada por Augusto Pinochet, que no se limitó a una administración autoritaria de la nación, sino que pretendió cambiarlo todo, fundando un país nuevo sobre la base de un modelo económico neoliberal que recogió la enseñanza reaccionaria de los economistas de Chicago y la sostuvo con una nueva Constitución, que sus autores definieron paradojalmente como “el camino a una democracia autoritaria”.

Esta fórmula ajena a nuestra tradición, junto con el desplome de su proyecto económico con la crisis de 1982-1983, abrieron el escenario para otro periodo antagónico luego de la derrota del dictador en el plebiscito de 1988 y el inicio del proceso de transición a la democracia que, con matices y ajustes, duró treinta años a partir del gobierno de Aylwin iniciado en marzo de 1990. Aquel periodo fue un tiempo que sale bien parado si examinamos los indicadores económicos: Chile dobló por única vez en su historia el tamaño del PIB entre finales de los años ochenta y los noventa; la pobreza bajó del 45,4% al 14% y hubo prolongados periodos con pleno empleo y progreso de las fuentes productivas. Pero, al mismo tiempo, se profundizaron los fenómenos de abusos y desigualdades que hicieron crecer el rechazo a los proyectos políticos en vigor, hasta llegar a la rebelión social de octubre de 2019: sin duda, uno de los momentos de impugnación más radical que Chile haya tenido en el conjunto de sus experiencias políticas, que no llegó a resolverse y sigue pendiente por el efecto disruptivo y políticamente desorganizador de la pandemia de covid-19.

Con todo, una cosa quedó en claro, y es que el rechazo al balance de la transición dio lugar, con la elección de Gabriel Boric, a un tiempo nuevo que debe combinar la profundización democrática con un impulso de cambios sociales emprendidos con la mayor seriedad en un proyecto que, explícitamente, rechaza la sustancia del periodo anterior y, en particular, la incongruente propuesta conservadora de la segunda administración de Sebastián Piñera.

Hecho este breve recuento de los proyectos de cambio formulados en Chile en el último siglo, resulta interesante decir que a Pedro Felipe Ramírez le tocó vivir cuatro de estos seis procesos, y aquí nos los describe en alguna medida. Él comenzó siendo un destacado dirigente juvenil, presidente de la FECH y parlamentario democratacristiano durante el gobierno de Eduardo Frei Montalva, donde patrocinó la “vía no capitalista de desarrollo”, para tratar de acentuar los cambios que, con la Reforma Agraria y el cambio educativo que eliminó el analfabetismo en Chile, habían esbozado un nuevo escenario social. Pedro Felipe propició la fundación de la Izquierda Cristiana (IC) y apoyó con decisión al gobierno de la Unidad Popular, en el que fue ministro por tiempos breves en las carteras de Minería y de Vivienda, y mantuvo una estrecha cooperación con el presidente Allende.

Padeció de manera directa la persecución y represión de la dictadura. Fue parte del grupo de presos políticos confinados en la isla Dawson, y luego recluido durante varios años en diversas prisiones a lo largo de Chile. De ahí, partió a un creativo exilio en Venezuela y al retornar al país en 1979, pasó a ser uno de los primeros dirigentes públicos de la izquierda, juzgado y encarcelado por promover las demandas democráticas. Durante la transición a la democracia combinó las tareas de su profesión de ingeniero con algunas etapas de protagonismo democrático. En particular, fue un destacado embajador en la Venezuela de Maduro, a la que se aproximó con una visión abierta para acabar siendo un fundado crítico de una estrategia que excluía el diálogo y las consultas democráticas en la búsqueda de una salida a la aguda crisis de ese país, realidad que difundió en diálogos con jóvenes y trabajadores tras su retorno a Chile.

La lógica consistente que ha atravesado las búsquedas y el quehacer de Ramírez en Chile en las últimas seis décadas están descritas con la riqueza y sustancia de los muchos episodios que le tocó vivir. El relato que nos entrega es limpio, y lo que más se agradece en él es la ausencia total de egocentrismo o de pretensión por engrandecer su actividad de búsqueda de resultados sociales, que los hechos van mostrando como el propósito primordial de su conducta.

Especial importancia e interés tiene la transparencia con que el autor relata diversas dimensiones de su vida privada. Por ejemplo, cómo habiendo estudiado en un colegio asociado a grupos acomodados e influyentes, pudo hacer en la universidad el tránsito hacia una opción política nítida en pro de las perspectivas del cambio y la justicia en la sociedad chilena, evitando también sacar cualquier ventaja o provecho de las variadas funciones públicas que le tocó desempeñar.

En la consistencia ética de su relato, merece un comentario especial la forma en que ha defendido desde hace años su orientación sexual. Esto, desde los tiempos en que la hegemonía cultural conservadora consideraba la homosexualidad como un delito y excluía todas las expresiones y manifestaciones de afecto que se apartaran de una noción de familia asociada al matrimonio civil, visión que desconocía y perseguía la creciente diversificación de los grupos familiares existentes. Ha sido necesario que la investigación social seria muestre las múltiples modalidades que asumen las familias chilenas, que en su variedad pueden estar constituidas por mujeres solas jefas de hogar; madres adolescentes embarazadas que crían con sacrificio a sus hijos mientras consolidan sus opciones profesionales, entre muchas otras posibilidades, así como las diferentes trabas que enfrentan quienes asumen abiertamente su pertenencia a las disidencias sexuales.

Resulta interesante asociar la capacidad y persistencia de Pedro Felipe Ramírez para defender las causas de la justicia social y el progreso democrático en sus opciones en la esfera pública, con la consistencia que ha tenido su trabajo para abrir camino a la diversidad social y valórica que debe caracterizar a una sociedad genuinamente democrática.

La única conclusión que se puede desprender de estas Memorias es que tienen la virtud de mostrarnos el aporte que significa para la vida pública chilena contar con este relato, que a la vez le da un gran sentido a muchas de las batallas que ha llevado adelante el pueblo chileno en las últimas décadas y a un progreso que valoriza el enriquecimiento de nuestra vida social al dejar atrás la intolerancia y los prejuicios que tan a menudo se asocian con la defensa de los intereses más mezquinos.

Memorias como las de Pedro Felipe Ramírez ennoblecen un género que contribuirá, además, a la mejor escritura de nuestra historia y a nuevas perspectivas que recojan las esperanzas pendientes de las chilenas y los chilenos.

Luis Maira

Santiago, marzo de 2022

PrefacioRecuerdos al servicio del futuro

La memoria explica muchas cosas. La distancia en el tiempo nos ayuda a entender, y a veces a justificar. Y despierta añoranzas legítimas. También tiempos pasados imperfectos. Podemos pedirles a los recuerdos que iluminen la lectura del presente y los proyectos de futuro. Todo está en movimiento. No podemos fijar la memoria como si fuera un cuadro enmarcado con bordes infranqueables. Cuando nacimos, en la época que haya sido, el mundo ya estaba. En estos tiempos, es un planeta amenazado por el calentamiento global y al mismo tiempo maravillado por los avances científicos y tecnológicos; con cerca de ocho mil millones de personas, de las que me siento cada día más cercano al ser todos nosotros parte de una larga historia cuyo origen y destino intento comprender, ya sea a través de la fe o de la razón, con muchas dudas pero con entera tranquilidad.

Tengo 80 años y mucho que contar. Por largo tiempo pensé no hacerlo. Me parecía muy injusto que mi relato, en especial sobre los tiempos de la dictadura, sobresaliera entre los de tantos que perdieron la vida o sufrieron atrocidades infinitamente mayores a las que yo soporté. Pero varios amigos y compañeros me insistieron en que mi testimonio podía aportar algo más a los muchos y muy valiosos escritos en los que otros han contado las grandes y pequeñas historias del Chile de estos años.

El ejercicio de recordar —como el soñar— es desordenado; pero al momento de escribir el gran desafío es hacerlo en forma ordenada. Combinar la intimidad con la vida pública, la experiencia política con la contingencia actual y las inevitables conexiones que suscitan los recuerdos obliga a un vaivén narrativo más de conversación que de ensayo, que puede romper un deseable orden cronológico pero que finalmente estructura estas Memorias en cuatro capítulos. En el primero de ellos comparto antecedentes sobre la formación de mi identidad personal. Mi infancia y vida familiar, la educación inicial, mi relación con la fe y el cristianismo; mi vida universitaria e incluso mi sexualidad.

El segundo capítulo se relaciona con la historia colectiva y generacional de quienes vivimos la “patria joven” en la Democracia Cristiana y transitamos desde la Revolución en libertad a la vía chilena al socialismo. Son mis momentos de vida pública como dirigente político, cofundador de la Izquierda Cristiana y ministro del presidente Allende. El tercer capítulo está dedicado al desenlace y las consecuencias del proceso anterior: el golpe de Estado, la represión, la resistencia; la prisión política, el exilio y la clandestinidad.

Por último, en el cuarto capítulo me ocupo de la democracia en la posdictadura y la posconcertación, de mi retiro temporal de la política, los ensayos de unidad de la izquierda en el MAIZ, el segundo gobierno de Michelle Bachelet y mi experiencia como embajador de Chile en Venezuela. Finalmente, la contingencia de estos últimos años: el estallido social, la pandemia, la Convención Constitucional y la elección de Gabriel Boric como presidente de la República.

Hay mucho que contar, pero también me queda tanto por vivir. Sin duda no por el ya poco tiempo que me resta, sino por lo maravilloso que me regala cada minuto. Tengo hijas, nietas y nietos que también me demandan que les deje estas memorias, donde se trenzan los afectos privados y la vida pública. Nuestro país está experimentando cambios culturales y políticos trascendentales. Cambios que siempre quise ver, como la Convención Constitucional, con su composición plural, paridad de género, participación popular y de pueblos originarios. Además, cuando escribo estas líneas, vivimos en medio de una campaña presidencial que ha concluido con el gran triunfo de Gabriel Boric, cuyo gobierno deberá iniciar la implementación de la nueva Constitución y las transformaciones que la inmensa mayoría del país demanda con urgencia.

Es nuestra actualidad, dinámica, teñida por la incertidumbre propia de una época de grandes cambios. Me entusiasma ser parte de este proceso desde la ciudadanía. Siempre me ha interesado la cosa pública. En las discusiones de hoy están todos los temas, incluso aquellos que fueron omitidos, que evocan experiencias y sueños de quienes, como yo, hemos sido testigos privilegiados de al menos sesenta años de nuestra historia política y social.

Reviso y comparto el pasado, atento a la actualidad y a los proyectos del futuro. ¿Por qué, mientras se escribe la Constitución de la Dignidad, no compartir los recuerdos que dialogan con este presente? Hago este ejercicio y veo que la memoria ilustra y puede ayudar a desmitificar episodios de la historia, de la mía y la de tanta gente con la que compartí estos años y que fueron determinantes, de una u otra manera, en la construcción de mi acervo de ideas y valores. Episodios que hoy en día son debatidos y enriquecen la conversación para hacer de Chile un mejor país con un pueblo más unido. Tiene sentido escribir ahora sobre el pasado: una memoria al servicio del futuro. En mi vida son temas inseparables.

Pedro Felipe Ramírez C.

Santiago, 11 de marzo de 2022

Capítulo I

FORMACIÓN DE UNA IDENTIDAD PERSONAL

Para mí toda la moral se resume en el respeto a los demás.

Mi padre

Si tu corazón te condena,

Dios es más grande que tu corazón.

San Juan

Mis primeros años

Nací en Talca en 1941. A mi padre, que trabajaba como abogado en Santiago, en la Caja de Empleados Particulares, lo habían trasladado a esa ciudad el año anterior. Ya tenía dos hermanos hombres y allá nacieron mis dos hermanas que me siguen y el hermano menor de todos. Volvimos a la capital cuando yo tenía ya seis años. No recuerdo mucho de ese tiempo, salvo algo de mi casa, que fui a reconocer un día que pasé por Talca veinte años después; en ese momento ahí funcionaba un laboratorio médico. También de la plaza, donde una tarde me caí jugando y me quebré la clavícula. Me enyesaron y para anestesiarme me pusieron lo que en ese tiempo se usaba: el horrible cloroformo.

Tengo vagas imágenes del pequeño fundo que mi papá compró, llamado La Quimera, con la casa de adobe que no tenía luz eléctrica, por lo que nos alumbrábamos con vela; de la vendimia y la fabricación del vino, machacando la uva a pie pelado; del río Claro, donde nos bañábamos aprovechando la playita que se formaba en un recodo. También del famoso cauque que se pescaba ahí, el mejor pejerrey que había en Chile, propio de la zona y que años después se extinguió porque en el río se introdujo otra especie que acabó con él. También recuerdo la escuela “de la Panchita”, que estaba en la Alameda, donde todos hicimos el primero básico, que entonces era la primera preparatoria.

El colegio

Al volver a Santiago, a los tres mayores nos matricularon en los Padres Franceses, colegio de la congregación de los Sagrados Corazones, que años después fuera entregado al Arzobispado. Funcionaba en un edificio ubicado en la Alameda frente al barrio Brasil. Allí estudié hasta que egresé en 1958 del sexto de humanidades, hoy cuarto medio. Era uno de los colegios a los que iban los hijos de familias acomodadas; católico y muy conservador. De él guardo hermosos recuerdos de buenos amigos que ahora escasamente veo; también de algunos sacerdotes y profesores; de los scouts, que me enseñaron a enfrentar pequeños desafíos en los campamentos de verano, a trabajar en equipo y a respetar la naturaleza. Siempre he pensado que esta es una buena escuela formativa para la difícil primera etapa de la adolescencia. Recuerdo las llamadas comunidades, grupos de seis a ocho compañeros con que nos reuníamos periódicamente para rezar y reflexionar sobre nuestra fe cristiana. También recuerdo cuando en un par de veranos, alrededor de cuarenta de nosotros acompañamos a varios sacerdotes a misiones católicas; un año a Chiloé y el siguiente a Llanquihue. Fue la primera vez que viajé al sur, entonces en carros de tercera clase en el “ordinario” a Puerto Montt, que se detenía en todas las estaciones y que a partir de San Rosendo se convertía en un viaje tumultuoso donde la gente viajaba con canastos de todo tipo y animales. Arriba del tren la vida era especial, y yo disfrutaba lo que pasaba afuera y lo que pasaba adentro.

Conocí maravillosos pueblos chilotes, como San Juan y Tenaún, con sus iglesias tradicionales y sus santos vestidos, y una religiosidad única y sobrecogedora. Los símbolos y ritos católicos se mezclaban con creencias en mitos y leyendas profanas, como el Caleuche, el Trauco y la Llorona. Pudimos escuchar de boca de los isleños historias de inundaciones y de maneras de sobrevivir alejadas de lo que nosotros llamábamos “civilización”. Observamos lo que para nosotros era una pobreza desconocida, pero nadie se moría de hambre gracias a lo que ofrecía la naturaleza y compartía la comunidad. Allí conocimos el curanto en hoyo y saboreamos el delicioso cordero que preparan como en ninguna otra parte.

También estuve en Puelo y Cochamó, antes de que en esa zona se iniciara la carretera austral. Entonces la única manera de llegar a esos pueblos era en barco. Cochamó es un lindo nombre indígena, que significa “donde se unen las aguas”, porque en ese lugar se reúnen con el mar varios ríos —Petrohué, Cochamó, Blanco, Puelo—, desembocando en el precioso estuario del Reloncaví. Ahí se junta lo dulce y lo salado. Son pueblos como nacidos de un cuento, con el paisaje fascinante que ofrecen las verdosas aguas que trae el río Petrohué desde el lago Todos los Santos. Y además de la maravillosa naturaleza del sur, empecé a conocer, sobre todo, al pueblo chileno, generoso y solidario, pero demasiado pobre y abandonado.

En mis años de colegio, vivíamos en un pequeño departamento que mis padres arrendaron al inicio del parque Bustamante, en Ramón Carnicer, donde no sé por qué los jóvenes del barrio jugábamos béisbol, aunque ese deporte casi nadie lo practicaba en Chile. Y a menudo íbamos a ver las películas de vaqueros e indios al Teatro Baquedano, hoy convertido en el Teatro de la Universidad de Chile. En vacaciones, veraneábamos en una quinta que mi abuelo materno tenía en Puente Alto, y luego retornábamos a Santiago para volver al colegio. Nos entreteníamos inventando toda clase de juegos, andando a caballo en un ya inservible palo de escoba y bañándonos en un tambor de fierro, o partíamos en bicicleta a la piscina que tenían los curas del Patronato de la Infancia, a un kilómetro de nuestra casa. Muchas veces acompañé a mi madre al matadero de Puente Alto —cuando era un pueblo alejado de la capital— a comprar carne, y más de alguna vez me hizo tomar un vaso de sangre aún tibia de un cordero recién degollado. Así nomás: sin aliño. No como el ñachi, que es sangre aliñada con ají, sal y limón. Mi madre decía que era muy nutritiva.

Durante mi época universitaria vivimos en un departamento de calle Seminario, también cerca del parque Bustamante, y después residí con mis padres en una parcela en Paine hasta que me casé. Por años esa parcela fue el lugar de encuentro de toda la familia, los fines de semana y los veranos. Memorables eran las celebraciones de la Navidad con todos: abuelos, hijos y nietos. Mis hijas siempre lo recuerdan como un lugar maravilloso.

Mis padres

La verdad es que todos mis hermanos y hermanas tuvimos una infancia y una primera juventud muy hermosas, con unos padres enamorados durante toda su vida, y enteramente dedicados a cuidarnos, educarnos y procurarnos la mayor felicidad posible.

Mi madre, Isolde “Tita” Ceballos, era muy católica. De mandas. De niños nos hacía rezar todas las noches al acostarnos y hacer las oraciones cada tarde del Mes de María arrodillados delante de la Virgen adornada de flores sobre su cómoda. Todos los años, el 8 de diciembre nos llevaba, en ayunas, si ya habíamos hecho la primera comunión, a la Gruta de Lourdes; allí nos acompañaba mi padre, a pesar de que en ese tiempo no daba muestras de ser creyente. Después él nos invitaba a todos a tomar un rico desayuno con pasteles y café helado en el Café Paula.

Ella era una mujer increíblemente empeñosa. No solo nos cuidaba con esmerado afán, sino que, además, para apoyar a mi padre a sobrellevar los subidos gastos que acarreaba el familión, instaló en un pequeño departamento vecino un taller de costura, donde se sacaba los ojos bordando sábanas. A veces la ayudaba mi abuela materna, una mujer hermosísima y amorosa, de quien éramos sus únicos nietos. Ella era descendiente de un médico alemán y su esposa, arribados a Chile en la segunda mitad del siglo xix. Mi madre recorría toda la ciudad cuando necesitaba comprar algo hasta que encontraba lo que quería al menor precio. Y cuando había apuros económicos, hacía aparecer algún billete de lo que llamábamos el “embuche” de la mamá.

Mi padre, Jorge Ramírez, era de una familia de Viña del Mar, bastante conservadora. Se cuenta que mi abuela paterna tuvo 18 hermanos, de los cuales conocimos como a cinco que eran muy cercanos con mi papá. Al abuelo paterno no lo conocimos: falleció cuando mis padres aún no se habían casado. Se dice que era muy estricto para imponer un código de comportamiento casi decimonónico a toda la familia. Como era abogado, quiso que sus tres hijos varones también lo fueran. Mi padre, que quería ser ingeniero y era el mayor de los hijos, logró que aceptara su traslado a Santiago a estudiar Ingeniería en la Universidad Católica, pero al fracasar lo obligó a estudiar Derecho y recibirse de abogado.

Mi padre era radical, pero no “comefrailes”; ya viejo se puso religioso, comulgaba. Sucede. Al final de la vida vuelven o llegan las preguntas, el misterio. Yo no entendía mucho por qué mi padre pertenecía al Partido Radical, cuando toda su familia era muy devota y conservadora. No aceptaba que alguien hablara mal de los radicales, sobre todo cuando se generalizaron las acusaciones de corrupción durante el gobierno de Gabriel González Videla. Más tarde fui comprendiendo que su filiación política era coherente con su manera de ser: una persona extremadamente tolerante y comprensiva, con una moral claramente definida. Una vez, al presenciar un sesudo debate que yo sostenía con algunos compañeros sobre este tema, me dijo, con su manera simple de ser y de hablar, pero con la profundidad de un sabio: “Pedrito, para mí toda la moral se resume en el respeto a los demás”. Como ven, nunca se me olvidó. Cuando en mi colegio no aceptaban a hijos de padres separados, él no se sumaba a ese tipo de rechazo y mantenía las buenas relaciones. Al enterarse de que un matrimonio de amigos se había separado después de muchos años, invitó a cenar a la casa primero a ella y después a él. No perdía el afecto hacia las personas por ese tipo de razones.

Tiempo después conocí más de la historia del Partido Radical, fui su aliado político en la Unidad Popular y compañero de prisión con muchos de sus dirigentes, y llegué al convencimiento de que ese partido fue, junto con la masonería, un actor determinante del espíritu democrático del pueblo chileno, que sostuvo durante muchos años nuestro sistema político.

Tuve la suerte de nacer y vivir en una familia hermosa y llena de amor. Con unos padres maravillosos que, junto con respetar el camino por el que cada cual de nosotros optó, nos formaron en una moral que bien podría resumirse en la confesión que mi hermano Sebastián me confió a pocos días de morir de un fulminante cáncer. Con el humor que lo caracterizaba, dijo ante un sacerdote que había sido su compañero de colegio: “Padre, de mis pecados puedo confesar que nunca le he robado a nadie, nunca he odiado a nadie, ni nunca he matado a nadie, pero anote todos los demás”. Fuimos todos muy unidos, aunque distintos en muchas cosas. Cada cual pudo llevar su propia cruz cuando la vida la puso sobre sus hombros, recibiendo la solidaridad incondicional de todos sus hermanos y hermanas.

Como ven, tengo los mejores recuerdos de mi familia, mientras que otras han sufrido discriminaciones insoportables. Al respecto, pienso que la nueva Constitución debe reconstruir un Estado fuerte, capaz de asumir como prioridad fundamental la protección de todas las formas de familia que conviven entre nosotros, hetero, homo y monoparentales, legales o solo convivientes, chilenas o inmigrantes, porque las familias están llamadas a darles el cariño e inculcarles los valores que todo niño y niña requiere para llegar a ser un hombre o una mujer de bien, constructores de una sociedad para todos y con protección de la naturaleza.

Una reflexión

Las manifestaciones sociales que tuvieron su punto culminante en la revuelta o estallido de 2019 eran de protesta contra la élite que ostenta privilegios, y ese movimiento se convirtió en una disputa de “élite versus ciudadanía”, distinta de la tradicional “lucha de clases” que compartíamos en la teoría socialista.

Para caracterizar a la élite se alude a personas que van al mismo colegio, a las mismas universidades, que veranean juntos y viven en los mismos sectores del barrio alto de la capital, simbolizados ahora como las “comunas del rechazo”. Quienes pertenecen a la élite en Chile se encuentran también en la vida social y continúan conviviendo entre “gente como uno”, con cargos de privilegio en las empresas, en la política, el clero, la oficialidad de las fuerzas armadas. Y es cierto. Yo estudié en los Padres Franceses, y por mi trayectoria sería de la “clase política”.

Pero ¿hasta qué punto soy de la élite y hasta qué punto he sido un disidente y detractor de mi propio origen social? Debo reconocer que no es fácil salir de la burbuja.

En las actuales circunstancias, marcadas por la elaboración de una nueva Constitución, mis pretensiones —y se lo digo a mis compañeros y compañeras del Cabildo Cienfuegos 15— son simplemente que aportemos un granito de arena, sin ánimo de dirigir ni de “iluminar” ni de ser vanguardia. Sin arrogancia intelectual ni juvenil ni de viejos sabios. ¡Alguna vez seamos pueblo! Cuando Allende dijo “la historia es nuestra y la hacen los pueblos”, quizás pensaba en la sabiduría de la sencillez del pueblo y en la esterilidad de algunas discusiones ideológicas que nos separaron más de la cuenta. Y siento que el pueblo chileno está haciendo su historia.

Mi colegio, en efecto, era para familias acomodadas. No hay que esconder el origen, hay que mostrarlo. En mi caso, éramos de clase media; de origen alto, pero con estrecheces económicas al ser una familia con muchos hijos y con un padre y una madre que trabajaban. Es curioso que de un colegio como los Padres Franceses salieran personas con destinos tan diversos. Es verdad que la mayoría son de derecha o de esa mayoría silenciosa más bien conservadora. Fíjense que yo estudié en el mismo colegio que Jaime Guzmán, que estaba uno o dos cursos más abajo. No teníamos amistad, nos conocíamos de vista; y al mismo tiempo entre mis compañeros de curso estaba Enrique Moreno, con quien compartimos —alternadamente— el honroso título de mejor compañero. Enrique fue sacerdote de los Sagrados Corazones, parte del movimiento de Cristianos por el Socialismo; después del golpe estuvo preso en el Estadio Nacional, e hizo misa en las catacumbas. En el nuevo colegio de los Sagrados Corazones, en Vitacura, estudió Raúl Ruiz, quien llegó a ser el realizador más importante del cine chileno y que, en buena hora, recibió el Premio Nacional de Artes de la Representación y Audiovisuales. Falleció en París, en un exilio que se prolongó para siempre.

De adulto, no tuve encuentros con Jaime Guzmán ni con Enrique Moreno, y vi alguna película de Ruiz; pero qué destinos tan diferentes los de los cuatro. Con Enrique Moreno compartimos un episodio de vidas paralelas con un mismo drama. Él me contó un duro momento vivido en el Estadio Nacional, y resulta que al mismo tiempo a mí me estaban torturando. ¿A cuántos les estaría pasando lo mismo, a la misma hora y en distintos lugares? El drama no fue personal, fue colectivo. Fue el drama de un pueblo. Otros, en tanto, colaboraban con los torturadores. Y veníamos del mismo origen, habitualmente de familias conservadoras o pudientes que nos criaron en una burbuja, lejos de la mayoría de la gente sencilla, esforzada y soñadora.

Dios mediante

Para mí es inevitable relacionar mi recorrido católico con la política. Fui bautizado por don Manuel Larraín Errázuriz; fíjense los apelliditos que tenía: de las más rancias familias conservadoras. Me bautizó antes de ser obispo. Es un personaje histórico que vale la pena recordar. Había sido compañero de curso del padre Hurtado, con quien tenía un gran nivel de coincidencia respecto del pensamiento social de la Iglesia. Don Manuel tuvo mucha importancia cuando los conservadores trataron de que se excomulgara a Frei Montalva y compañía; entonces él salió en defensa de los falangistas diciendo que era legítimo lo que habían planteado en 1958 a favor de derogar la ley de defensa de la democracia, la llamada “ley maldita”, que mantuvo en la ilegalidad durante diez años al Partido Comunista, desde González Videla hasta el final del gobierno de Ibáñez. Don Manuel Larraín intervino y el papa Pío XII se echó para atrás. Fue un decidido partidario de la sindicalización campesina. Como obispo de Talca entregó a los campesinos un fundo de propiedad del Obispado, en la época de la llamada reforma de macetero de Jorge Alessandri, dando una poderosa señal en pro de la Reforma Agraria que emprenderían después Eduardo Frei y Salvador Allende. Y fue un activo impulsor del Concilio Vaticano II convocado por Juan XXIII para aggiornare1 la Iglesia a los nuevos tiempos. Al respecto, don Manuel dijo: “Sin justicia social, la caridad fraterna y la paz duradera son imposibles”. Se le llamó el pastor de la patria joven. Falleció en 1966 en un accidente automovilístico.

Por supuesto, lo de mi bautizo lo supe mucho después. Y me gustó. Seguramente por ello también me interesó saber quién era el personaje, que fue una suerte de guía secreto en mis decisiones posteriores como cristiano. Me interesó conocer su pensamiento y lo que había hecho. Saber y no necesariamente recordar es también una manera de construir la memoria social y personal. Más adelante, retomando y proyectando esa línea, el cardenal Raúl Silva Henríquez hizo lo mismo que Manuel Larraín, donando tierras de la Iglesia para la Reforma Agraria de Frei. Y en abril de 1968 los obispos católicos publicaron el documento Chile, voluntad de ser, en el que señalaron una ruta de compromiso social que contradecía las posturas más conservadoras. Decían: “Paulatina y arduamente todos los chilenos quieren ser los protagonistas de su historia. Esta es la dimensión más ricamente humana de la progresiva democratización del país”. Nada de eso lo podía prefigurar yo cuando era un niño católico sin interés en la política. Pero la política es historia. Si la sacas de la historia, es nada.

Al graduarme del colegio quise partir a Los Perales, el Seminario de la Congregación, para ser sacerdote. El provincial, quien la dirigía en Chile, después de leer el informe del siquiatra —lo que era una consulta usual en esos casos—, me sugirió postergar un año la decisión, después de lo cual mi interés se diluyó.

A contracorriente

A pesar de mis deseos de ser sacerdote, fui un contestatario respecto de la Iglesia desde muy joven. A los 16 años empecé a cuestionar a la Iglesia más conservadora. Cuestionaba asuntos teológicos; por ejemplo, la existencia del infierno, el pecado mortal y el pecado venial, el purgatorio y esas cosas. Creo que no existe el infierno, creo que es una mentira para asustarnos a todos. Si Dios es padre, no va a castigar a sus hijos por las maldades que hayan hecho, mandándolos al fuego eterno. Hay una frase de San Juan que dice: “Si tu corazón te condena, recuerda que Dios es mucho más grande que tu corazón”. Por entonces todavía no me planteaba cuestiones más sociales, como la homosexualidad y el aborto.

En la formación moral que recibí respecto de la vida sexual, se nos imponía el precepto de que el acto sexual solo está permitido entre un hombre y una mujer, y que estos se unen solamente para tener hijos. Su única misión sería la de procrear; por tanto, el matrimonio debe ser heterosexual y para toda la vida. Pero a poco andar —al ir descubriendo mi homosexualidad, a lo que me referiré más adelante— cuestioné también el concepto que encerraba la unidad moral de sexo, amor y reproducción. Es lo que se impone al interior de la Iglesia y lo que causa tanta represión y abusos. Pero el sexo en el ser humano no tiene una función solo reproductiva.

En ese marco la Iglesia católica ha condenado y estigmatizado la homosexualidad. Algunos, como el ultraconservador cura Hasbún, se aprovecharon del sida para predicar que “el homosexualismo es antinatural”. Pero las cosas están cambiando. Inusitadamente, el actual papa Francisco ha dicho diversas cosas a favor de las parejas homosexuales: “Si una persona es gay y busca a Dios y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo para juzgarlo?”. Lo dijo en el año 2013. Hoy en Chile tenemos matrimonio igualitario, y la Iglesia católica, en buena hora, guardó silencio.

Yo discutía con los sacerdotes y casi que parecía un hereje. Después llegué a cuestionar algo que me dolió: la divinidad de Cristo, que era mi ídolo. En cierto sentido me acerqué a la interpretación del islam, que considera a Cristo solamente un profeta. Pero soy un seguidor de Jesucristo. Trato de serlo. Su enseñanza me parece notable. Le tengo un gran cariño. Sigo siendo católico, pero de manera menos dogmática. Quiero que exista Dios, de eso estoy seguro. Y si existe Dios hay eternidad. La gran novedad de la enseñanza de Cristo es el perdón, poner la otra mejilla. A mi torturador, por ejemplo, yo lo perdoné en mi interior. El perdón es la manera de sanarse a uno mismo.

El orden social

Cuando llegó Juan XXIII, me sentí interpretado y me interesó la evolución progresista en la Iglesia. En el siglo xix, León XIII fue el primer papa “comunista”, quien emitió la encíclica Rerum Novarum sobre la situación de los obreros. Lo eligieron bastante viejito, creyendo que se iba a morir muy pronto, para darse un tiempo para elegir al “definitivo”. Fue un papa para “por mientras”. Aquella encíclica sobre los obreros fue escondida en Chile. Y dejó latiendo en el Partido Conservador la idea de crear un Partido Demócrata Cristiano o Social Cristiano, que jóvenes como Frei, Tomic, Leighton, Garretón y otros hicieron realidad. La Rerum Novarum fue conocida en Chile cuarenta años después, para su aniversario, cuando Pío XI publicó Quadragesimo Anno sobre la restauración del orden social, en mayo de 1931. Son las primeras encíclicas que dan respuesta, desde el Papado, a la Revolución Industrial y a la llamada cuestión social. Así empezó un movimiento importante en Europa, que generó teóricos y pensadores entre los cuales estaba el filósofo Jacques Maritain, inspirador de la doctrina democratacristiana. Jaime Castillo fue su gran promotor interno. Maritain produjo el código socialcristiano, que era anticomunista y anticapitalista, las dos vigas que cruzan la flecha de la DC. También fue importante la influencia de Emmanuel Mounier, con su concepto del personalismo comunitario, inspirador de un ideario más progresista. En su caso fue Julio Silva Solar quien promovió su pensamiento. Son influencias europeas. Más tarde, como veremos, tuvo relevancia la influencia teórica del científico Teilhard de Chardin, a quien introdujo en Chile el jesuita belga Joseph Comblin, pionero de la Teología de la Liberación. En esos tiempos, en la DC se les llamaba “ideólogos” a quienes encabezaban las polémicas doctrinarias y lideraban la formación política; entre ellos claramente estaban Jaime Castillo, Julio Silva y Bosco Parra. La lucha ideológica era un frente en las disputas por el poder. Quien más quien menos, todos lanzaban citas teóricas en los debates políticos. Era importante la formación política y los fundamentos que la respaldaban. En ese diálogo la izquierda hacía ostentación de ser más científica que los “beatos”, como nos llamaban a los democratacristianos. El proceso de las discusiones doctrinarias explica la formación de la Democracia Cristiana chilena, que recoge ese pensamiento socialcristiano y la hace quebrar con el tradicionalismo católico, conservador e integrista. Hay papas intermedios, como Pío XII, al que le tocó la Segunda Guerra Mundial, y Juan XXIII, el “papa bueno”, quien convocó en 1959 el Concilio Vaticano II, iniciado en 1962 y finalizado en 1965. Juan XXIII, que no era tan doctrinal, murió en 1963 y su Concilio quedó como una gran obra póstuma de aggiornamento o actualización de la Iglesia a los tiempos modernos: se adecuaron estructuras y lenguajes, y se promovió el acercamiento al pueblo, a la gente, poniendo fin a las misas en latín y con los curas de espaldas a los fieles, e incorporando lenguas y cantos locales. Asimismo, nada menos, el Papa comenzó a salir fuera del Vaticano, visitando cárceles y hospitales. Dicen que salía de noche, eludiendo la guardia vaticana.

Violeta Parra

El folclore, los cantos locales, entraron a la liturgia con la Misa Criolla latinoamericana y otras. Algo impensado antes de Juan XXIII. Recuerdo que celebramos las bodas de oro de mis padres con una misa, y en ella cantamos “Gracias a la vida”. Las canciones de Violeta Parra son de un contenido cristiano impresionante. Ahí está la religiosidad del pueblo, que le enseñó los cantos cuando ella investigaba la música popular chilena. A mi juicio ella era más poeta que música. Y le llamaba la atención a la Iglesia con su canción “Qué dirá el Santo Padre” y otras en las que contrastaba el cristianismo popular con el de la Iglesia institucional, aunque cuando falleció el “papa bueno”, escribió “Juan XXIII, tu muerte llorando estoy”. En este orden, por supuesto, está su “Cristo negro” hecho en arpilleras y sus “Versos para una niña muerta”, que son desgarradores: “Ahora no tengo consuelo, / vivo en peca’o mortal, / y amargas como la sal / mis noches son un desvelo…”.

Muchas de sus canciones son poesía. Y muy buena. A mí me gusta mucho más ella que Nicanor. Fui dos veces a la carpa de Violeta Parra en La Reina. También fui un par de veces a la Peña de los Parra. No era muy asiduo, pero me gustaba el ambiente, que era muy cercano al de la universidad. Fernando Castillo fue quien le entregó a Violeta Parra el sitio para la carpa. Había una sintonía. Compré un disco de ella y lo ponía en la casa. Mis hermanos me decían “¡Apaga a esa vieja!”, porque no la ponía una vez, sino cinco o más veces. Mi madre fue la primera que se “convirtió” en seguidora de Violeta Parra. Es curioso cómo esta señora se me aparece. Cuando me hicieron una despedida como embajador en Venezuela un coro cantó “Gracias a la vida” en mi homenaje.

El punto Omega

La cultura popular, la teología y la ciencia deben dialogar. Es difícil hacer una síntesis, que en cierto sentido llevamos internamente. Somos muchas cosas al mismo tiempo. Yo no dejo de maravillarme. Me interesa muchísimo la astronomía, la evolución de nuestro planeta y de los seres vivos hasta llegar al ser humano. El universo, calculan los astrónomos, existe desde hace trece mil setecientos millones de años; el hombre moderno, los humanos, descendemos todos de la llamada Eva negra, que vivió hace 170 mil años, en Etiopía. En el universo, además de la Vía Láctea, donde existen cien mil millones de sistemas solares, entre ellos el nuestro, hay unos doscientos mil millones de galaxias. Según los científicos, en nuestra galaxia existirían alrededor de un millón de civilizaciones. Son cifras literalmente astronómicas, difíciles de dimensionar. A muchas personas les cuesta comprender el significado de cifras que superan su cotidianidad; por ejemplo, cuando se habla de millones de dólares. Más difícil aún es entender estas cifras astronómicas y los años-luz en que se miden sus distancias. La evolución del universo es algo maravilloso. Hay mucha teoría y reflexión sobre esto, tanto de científicos ateos como de científicos creyentes. El asunto es que nada surge de la nada. Y en esta inmensidad es enteramente creíble que existan seres tanto o muchísimo más inteligentes que nosotros.

Entonces, ante la inmensidad: ¿Cristo vino a salvarnos solo a nosotros o a salvar a todo el universo? Somos menos que un grano de arena. Si nuestra humanidad tiene 170 mil años, dos mil años es como si fuera ayer. Jesucristo no solo nace en nuestro planeta, uno de entre miles de millones, sino que también tuvimos la suerte de que naciera en nuestro tiempo. ¿Es verosímil tanta casualidad? Que no existiera el infierno me alegraba; que Cristo no fuera el hijo de Dios, me molestaba.

Para mí, ser cristiano es creer en Dios y seguir las enseñanzas de Jesús. Frente a todo esto tengo más preguntas que respuestas y me fascinan los misterios que nos proponen la religión, la ciencia y la persona humana. Por ello, no es raro que haya sido lector de la obra del sacerdote jesuita Pierre Teilhard de Chardin, y en especial de su libro El fenómeno humano. Recuerdo haber asistido a un seminario —en verdad, unas clases— que le pedimos al teólogo Joseph Comblin, quien vivía en Talca, sobre el pensamiento de Teilhard de Chardin. Ese seminario se hizo en Santiago, en el Centro Bellarmino de calle Almirante Barroso. A la distancia, diría que ambos —Comblin y Teilhard— están entre los “culpables” teóricos de la Izquierda Cristiana y de la conciliación entre la fe y lo científico.

El autor de El fenómeno humano era geólogo, paleontólogo, biólogo, filósofo: un sabio que supo integrar sus descubrimientos dentro de una perspectiva humanista, considerando el dogma católico y relacionándolo con la ciencia moderna. En el Vaticano despertó sospechas y rechazos en los medios teológicos; sus obras estuvieron en la lista de los libros prohibidos. Sin embargo, nos abrió una ventana a muchos que sin ser materialistas no renegábamos de la ciencia ni de nuestra aproximación espiritual a los fenómenos del universo. En su “Misa sobre el Mundo”, el padre Teilhard de Chardin se dirige a Dios en un texto —una especie de oración en prosa— al menos para mí verdaderamente inspirador: “Con poder y derecho, lo queramos o no, estás encarnado en el mundo y nosotros vivimos pendientes de ti. Mas, de hecho, es necesario (¡y hasta qué punto!) que, en favor de todos nosotros, tú estés igualmente cerca. Llevados todos juntos en el seno de un mismo Mundo, formamos, sin embargo, cada uno nuestro pequeño universo”. Es fascinante leer este escrito teniendo presente la estructura de la misa, que es una cena —la última cena— donde se le ofrece a Dios el pan y el vino (la producción más elemental del ser humano), que se transforma en el cuerpo y la sangre de Cristo. En este caso, el Mundo —la Tierra, la Pachamama— para que lo consagre completamente. Y lo escribe una persona fascinada por la evolución y trascendencia de la humanidad.

Teilhard es una lectura difícil, porque es ciencia y filosofía; pero siempre me han interesado estos temas. El religioso jesuita, admitiendo el evolucionismo darwiniano, planteó una cosmología —una cosmovisión evolutiva— no materialista del cosmos. Decía, por ejemplo, expresando su concepción del universo desde su pensamiento cristológico: “Creo que el universo es una evolución. Creo que la evolución va hacia el espíritu. Creo que el espíritu se realiza en algo personal. Creo que lo personal supremo es el Cristo-universal”. Él da un salto con sus planteamientos sobre la conciencia en el proceso evolutivo, desde el mundo inorgánico a la producción de la persona y del pensamiento; el salto del Alfa al Omega, en su teoría de que el universo, el hombre y su historia convergen en un “punto Omega” que se identifica con un Cristo cósmico, el punto de unión de toda la humanidad. En palabras de Teilhard: la “cristósfera”, que representaría la esperanza humana.

De entre los científicos chilenos me han interesado mucho, también, los planteamientos de Humberto Maturana sobre la evolución y la conciencia, el sentido del Yo, dos elementos que nos caracterizan en tanto seres vivos. También, en esta línea, Jean Piaget y sus aportes sobre la formación de la estructura racional en el ser humano. Me maravillan estos temas. Y vuelvo a la fe. Desde Galileo, la razón y la fe han estado obligadas a dialogar. En cualquier parte del universo hay otras vidas inteligentes, seguramente más inteligentes que nosotros. Somos pequeñitos, y sin embargo, paradójicamente, en cada uno de nosotros está contenido el universo completo. Es una maravilla. Y de ahí saltar a la relación de cada cual con Dios hay un paso. Este enfrentamiento de los misterios, dentro de una misma cosmovisión, por momentos es religioso y por momentos es científico.

Teología de la Liberación

Descartado el sacerdocio, encontré en la política un lugar coherente con mi creencia, que superaba los dogmatismos que yo cuestionaba. Era estudiante universitario cuando fui reclutado para la Juventud Demócrata Cristiana (JDC), que en la Universidad de Chile era una fuerza política dominante. Como yo era de los mejores alumnos del curso, mis compañeros siempre me elegían delegado ante las autoridades de la escuela. Y así me vi en la dirigencia estudiantil. Mis reflexiones eran más teológicas que políticas. Participaba en comunidades religiosas, editaba una revista para ellas y todos íbamos a misa en el colegio los domingos. No estaba en contra de la política, pero tampoco me interesaba. En 1958, si hubiese tenido derecho a voto, quizás habría votado por Jorge Alessandri. Ingresé a la universidad en el 59, cuando Fidel entró a La Habana y el papa Juan XXIII convocó el Concilio Vaticano II. Dos hitos que, para bien o para mal, marcaron para siempre a mi generación. Aunque con algunas dudas, entre Bahía Cochinos y la crisis de los misiles, pensé que había que dar un paso hacia una postura más progresista. Entonces, vino la Revolución cubana y mi izquierdización, coherente con el movimiento que se llamó la Iglesia Joven en un PDC que, lamentablemente, fue renunciando a ser un instrumento para llevar adelante una política cristiana de izquierda.

La atmósfera, en especial en el año 1968, estuvo cargada de acontecimientos que tenían resonancia en los jóvenes cristianos de entonces. Recuerdo que un domingo de agosto de ese año unos doscientos laicos, junto con seis sacerdotes y dos religiosas, se tomaron la catedral de Santiago en nombre de la Iglesia Joven; ese mismo año fueron asesinados Martin Luther King y Robert Kennedy, mientras los estudiantes de París salieron a protestar contra la sociedad de consumo. A quienes nos importaba la “Revolución en Libertad” nos impactó la invasión soviética a Checoslovaquia, que aplastó la Primavera de Praga; en fin, el año de la matanza de Tlatelolco, de la publicación de Humanae Vitae por Paulo VI