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Breve y muy interesante ensayo que analiza e ilustra varios momentos históricos en los que se tomaron decisiones críticas y que abarca desde la guerra civil americana (1861-1865) hasta la guerra de los Seis Días (1973) pasando por la guerra de Corea (1950-1953), la crisis del canal de Suez (1956) y la crisis de los misiles de Cuba (1962). Decisiones críticas es brillante por su capacidad de sintetizar y narrar con claridad situaciones de nuestra historia que hoy día parecen enterradas en la desmemoria y que convendría desempolvar.
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Seitenzahl: 300
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Carles M. Canals
DECISIONES CRÍTICAS
Un análisis de factores clave en los momentos cruciales de la humanidad
Prólogo de Pedro Nueno
Primera edición en esta colección: junio de 2023
© Carles M. Canals, 2023
© del prólogo, Pedro Nueno, 2023
© de la presente edición: Alfabeto Editorial, 2023
Editorial Alfabeto S.L.
Madrid
www.editorialalfabeto.com
ISBN: 978-84-17951-40-5
Ilustración de portada: Alba Ibarz
Diseño de colección y de cubierta: Ariadna Oliver
Diseño de interiores y fotocomposición: Grafime Digital S. L.
Reservados todos los derechos. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos. Si necesita fotocopiar o reproducir algún fragmento de esta obra, diríjase al editor o a CEDRO (www.cedro.org).
El trabajo de Carles M. Canals es excelente. Un detalladísimo repaso de procesos de decisión por parte de altos niveles de los Gobiernos de muchos países que muestran claros errores que en muchos casos acabaron en guerras. Estos procesos incluyen personajes como De Gaulle, Eisenhower, Kruschev, Kennedy, Huseín de Jordania, Yasser Arafat y muchos otros. El libro contiene siete «casos» muy relevantes en nuestra historia durante los años 1860 y 1970, muy bien estudiados, con una información muy completa y todo bien analizado.
Sin duda, el estudio de este libro puede facilitar reflexiones sobre las cosas que están ocurriendo actualmente a nivel mundial en el entorno político.
Pero este modelo de análisis nos puede llevar también a reflexionar sobre las decisiones que tenemos en curso o que deberemos tomar. En muchos casos caemos en el autoengaño, no analizamos suficientemente la información que nos facilitan para la toma de decisiones, nos faltan valores como la humildad.
El trabajo de Carles M. Canals tiene también una relevante calidad académica, proporcionando incluso las referencias sobre las fuentes de los datos.
Entender mejor nuestra historia nos ayudará sin duda a comprender el entorno global en el que nos hemos de mover en nuestro trabajo empresarial o profesional y a estudiar con más profundidad las alternativas sobre los temas en los que tengamos que decidir.
Estudiar este libro debería ser obligatorio para los políticos, pero puede ser muy útil para empresarios, directivos y profesionales.
PEDRO NUENO
Profesor del IESE
Fundador de la China Europe International Business School (CEIBS)
La guerra es el peor mal que puede sufrir una sociedad, pienso. Además de provocar muertos y heridos en el campo de batalla y en la retaguardia, induce a la población militar y civil —en el mejor de los casos, por afán de supervivencia— a cometer injusticias. No obstante, a veces la guerra es la única opción posible para superar una situación en la que están en juego la vida o la libertad. El ejemplo más claro es la decisión de Gran Bretaña y Francia de enfrentarse con las armas a Alemania cuando en septiembre de 1939 Hitler invadió Polonia.
Si la guerra (o el modo en que se evitó) es el argumento de este libro, el tema es la toma de decisiones políticas en situaciones dramáticas. Es en esos momentos críticos cuando cuesta más dilucidar cuál es la respuesta apropiada a los desafíos que se van presentando. En esas ocasiones trágicas, con frecuencia el directivo (político o militar) ha de adoptar resoluciones rápidamente y sin disponer de todos los datos relevantes. No siempre es capaz de prever en todo su alcance las consecuencias de su determinación. No sabe si, para poder aplicar con eficacia lo que indica su buen juicio, contará con los medios suficientes: recursos materiales, tiempo o apoyo de personas clave como colaboradores en el Gobierno, una mayoría en el Parlamento o aliados internacionales.
En una democracia, el dirigente siempre ha de tener en cuenta la opinión pública. Este sistema de gobierno se basa —debería basarse— en la persuasión. No es inusual que en casos concretos la mejor decisión sea impopular: muchas veces porque la gente no tiene información relevante para comprender las razones subyacentes a la medida que ha adoptado el directivo, ni es prudente que reciba esos datos precisamente porque se está en guerra o a punto de llegar a ella y es importante mantener el secreto. El gobernante necesita el apoyo de la opinión pública, pero ganárselo no puede ser el único criterio que le guíe en la toma de decisiones. Las coordenadas que orientan a un buen líder son la eficiencia y la moralidad.
Otro problema decisional que se plantea con especial crudeza en situaciones bélicas es la contradicción (al menos aparente) entre diversos principios éticos. A veces hay que elegir entre el menor de los males: ninguna de las soluciones posibles reúne todos los requisitos de moralidad y, sin embargo, es imperativo actuar.
Decidir no es una acción exclusiva de la inteligencia: intervienen también elementos como voluntad, imaginación, emociones, creencias, formación cultural (sobre todo, conocimientos históricos), experiencias previas, entorno familiar y social… Es la persona entera la que se enfrenta a la tarea de optar entre diferentes alternativas.
Ayuda mucho a adoptar decisiones acertadas vivir personalmente la prudencia, que —escribió hace veintitrés siglos Aristóteles— es «la única virtud propia del que manda». Según el filósofo griego, la prudencia es aquella cualidad que, «guiada por la verdad y por la razón», determina nuestra conducta con respecto a las cosas que pueden ser buenas para el hombre. Su objeto principal es «deliberar bien». No se limita solo a saber fórmulas generales: la prudencia es esencialmente práctica.
En este libro se relatan y analizan siete episodios históricos. No pretende ser una narración exhaustiva de lo sucedido: se ha puesto el foco en algunas decisiones críticas, dejando de lado hechos en sí mismos destacados pero poco relevantes para el tema central. Cada capítulo puede leerse como un relato independiente y se ha estructurado en torno al aspecto concreto reflejado en el título, que sirve de hilo conductor. Toda frase entrecomillada responde literalmente a la realidad: no hay ficción.
Decisiones críticas es un resultado inicialmente no buscado de las lecturas de su autor durante décadas y refleja sus intereses intelectuales. No es casualidad que en tres de los siete capítulos el estado de Israel tenga un protagonismo destacado.
Mi agradecimiento a mi hermano Rafael Canals, profesor de Historia en el Colegio Viaró de Sant Cugat del Vallès (Barcelona), y al president Jordi Pujol i Soley. En ambos casos, sus agudos comentarios ayudaron a mejorar el texto original.
El autor espera que estas páginas ayuden al lector a reflexionar sobre el modo en que adopta sus decisiones (en el ámbito profesional, político, asociativo y familiar) por si puede mejorar en algún aspecto. Aspira modestamente a contribuir a que seamos más prudentes y aumentemos y extendamos la paz a nuestro alrededor y así entre todos forjemos un mundo más humano.
Barcelona, 22 de noviembre de 2021
PERSONAS CLAVE
UNIÓN (NORTE)
Abraham Lincoln: presidente de los Estados Unidos.
George B. McClellan: general.
Ulysses S. Grant: general.
CONFEDERACIÓN (SUR)
Jefferson Davis: presidente.
Robert E. Lee: general.
Cuando en noviembre de 1860 Abraham Lincoln fue elegido presidente de los Estados Unidos, muchos conciudadanos consideraban un patán al próximo inquilino de Casa Blanca, donde reside y tiene su despacho el primer mandatario del país. La impresión respondía a la estudiada imagen que el candidato había presentado durante la campaña: un antiguo leñador hecho a sí mismo que aspiraba al puesto más elevado. El prototipo del sueño americano.
Hasta poco antes Lincoln había sido un abogado y político de Springfield (Illinois), desconocido en la mayor parte del país. Pero se convirtió en una figura nacional cuando en las elecciones para el Senado en 1858 retó al candidato demócrata Stephen A. Douglas a una serie de debates sobre la esclavitud.
Los ánimos estaban entonces muy encrespados. Conforme nuevos territorios del Oeste se incorporaban a la Unión como estados, los del Sur (donde un tercio de los habitantes eran negros) veían amenazada la preeminencia política de la que habían disfrutado en las primeras décadas. Tenían claro que antes o después los estados del Norte tendrían mayor representación que ellos en las cámaras legislativas y abolirían la esclavitud.
Señala la historiadora Susan-Mary Grant que «para mediados del siglo XIX, la esclavitud era mucho más que un sistema de trabajo para el Sur. Definía el estilo de vida de los blancos de esos estados».1 Para los blancos del Sur, esa institución simbolizaba un sistema cultural, social y económico propio. En el ámbito económico, el Norte industrial estaba a favor de los aranceles altos, el Sur agrícola los quería rebajar; el Sur se sentía explotado económicamente por el Norte.2
Tanto Lincoln como Douglas estaban contra la esclavitud, el segundo se había apartado de la doctrina oficial de su partido, el demócrata. Pero en sus debates con Lincoln, por miedo a sembrar discordia y perder votos, Douglas rehuyó entrar a fondo en el tema. Se limitó a argumentar que lo esencial era respetar la soberanía popular en los nuevos estados que se iban creando en la zona Oeste del país: si serían o no esclavistas lo decidirían en las urnas los habitantes de cada uno de ellos. Orilló las implicaciones morales y se centró en el cumplimiento formal de la legislación vigente.
En el bando republicano, Lincoln siguió la estrategia contraria: afrontó directamente la cuestión que se debatía en todos los hogares del país. Sin entrar en sutilezas legales, afirmó que la esclavitud era un error moral, social y político. La Constitución americana, que él acataba, protegía su existencia en algunos estados. Pero él quería que la esclavitud se fuese extinguiendo y el primer paso era impedir que se extendiera a otros territorios.
Lincoln fue derrotado en 1858, pero gracias a la notoriedad alcanzada en esos debates se convirtió en el candidato republicano en las siguientes elecciones presidenciales. Douglas obtuvo su acta de senador, pero los estados esclavistas consideraron que su postura, formalmente correcta, era peligrosa. El Partido Demócrata se dividió: a las siguientes elecciones presidenciales los estados del Sur presentaron su propio candidato. Luego saltó a la arena otro espontáneo.
De este modo, en 1860 cuatro personas competían por la presidencia. Lincoln prometió que cada estado controlaría sus propias «instituciones internas», un eufemismo de la época para referirse a la esclavitud. Pero los del Sur temían que no cumpliría esa promesa y amenazaron con separarse de los Estados Unidos si se convertía en presidente.
Lincoln ganó, aunque por poca diferencia y sin apenas votos populares en el Sur. La mayoría del Norte se había impuesto en las urnas. Siete estados del Sur no esperaron a que tomara posesión y se separaron para crear una Confederación —a la que luego se sumaron otros cuatro— que eligió como presidente a Jefferson Davis. Fue la «secesión».
De alguna manera, los confederados no se consideraban rebeldes: sostenían que los Estados Unidos eran fruto de un pacto entre estados soberanos que podía deshacerse voluntariamente. Porque de fondo también había una polémica constitucional entre federalistas y antifederalistas que aquí solo se esboza de manera muy simplificada.3
Los del Sur se alineaban mayoritariamente con uno de los padres fundadores de los Estados Unidos y su tercer presidente (1801-1809), Thomas Jefferson, según el cual la soberanía residía en cada estado, no en la Unión. En palabras de la historiadora Susan-Mary Grant, los antifederalistas «depositaban su fe en el individuo en vez de en la institución, en el ciudadano en vez de en la Constitución, y deseaban conservar tanto poder como fuese posible en los distintos estados individuales en vez de cederlo totalmente a un Gobierno central».4
Por el contrario, los del Norte compartían la concepción de Alexander Hamilton o James Madison, otros de los padres fundadores de los Estados Unidos, que eran federalistas, es decir, partidarios de un Gobierno central sólido.
El actual presidente, Lincoln, identificaba la Unión con el proyecto de convivencia en libertad que surgió de la independencia americana. Consideraba que, con la secesión, una minoría se había impuesto a la mayoría. En su discurso de toma de posesión, en marzo de 1861, dirigió un dramático llamamiento a los estados del Sur:
«Está en vuestras manos, mis insatisfechos compatriotas, y no en las mías, la trascendental cuestión de la guerra civil. El Gobierno no os atacará (…). No habéis grabado en el cielo un juramento para destruir el Gobierno, mientras que yo voy a hacer el más solemne para preservarlo, protegerlo y defenderlo».
En su despacho de la Casa Blanca le esperaba un problema grave. Cuando se separaron, los confederados exigieron la entrega de todos los bienes federales que había en su territorio. Pero el jefe del ejército en la costa de Carolina del Sur se negó a aceptar órdenes que no vinieran de su Gobierno (el de Washington) y se acuarteló en Fort Sumter, una isla en el Atlántico, frente a Charleston, Carolina del Sur. La isla fue rodeada por los rebeldes.
El nuevo presidente de EE.UU. recibió una petición de socorro: en Fort Sumter empezaban a faltar provisiones.5 Lincoln tenía ante sí alternativas trágicas. La de romper el asedio mediante un ataque en el continente ni la consideró. Enviar suministros por barco podía precipitar las hostilidades. Aunque él no quería guerra, sí quería mantener la Unión, y no hacer nada implicaba reconocer al Gobierno rebelde, porque la guarnición acabaría rindiéndose. Lo que hizo fue comunicar al Gobierno sudista que enviaba un barco cargado solo con alimentos, no armas.6 Así, traspasó a los rebeldes la responsabilidad de disparar el primer tiro. El presidente confederado Davis ordenó el ataque el 12 de abril y Fort Sumter se rindió.7 Había empezado una tragedia que duraría 44 meses.
La primera guerra moderna
Se ha dicho que este fue el primer conflicto armado moderno. Hizo su aparición la ametralladora. Por primera vez fue enrolada masivamente población civil. Los periódicos publicaban fotografías de cadáveres en los campos de batalla, algo que no tenía precedente. No solo se luchaba por territorio, sino también por ideas.
Desde luego Lincoln no era un patán. Los primeros en advertirlo fueron sus ministros. Paso a paso, el inexperto presidente afirmó su autoridad. Superó su ignorancia en cuestiones militares estudiando libros que pidió a la biblioteca del Congreso. Su presunta inactividad era en realidad prudencia. Supo combinar firmeza, habilidad y persuasión. Él, un republicano moderado, logró mantener en el Congreso el apoyo de los demócratas y de los republicanos radicales, grupos rivales a los que solo unía el objetivo de recuperar la Unión.
Resistió las presiones de aquellos grupos políticos, sociales y religiosos que exigían la inmediata abolición de la esclavitud. Lincoln compartía sus ideales: «si la esclavitud no es mala, nada es malo»,8 pero como presidente tenía en cuenta las realidades políticas. Él trataba de mantener en su bando a los estados fronterizos que, aun siendo esclavistas, eran fieles a la Unión y luchaban contra los confederados. Si el presidente abolía la esclavitud, los estados fronterizos volverían sus armas contra el Norte y se perdería la guerra.
Así, Lincoln anuló o modificó las proclamas de abolición que algunos de sus generales habían emitido sin consultarle antes.9 Resultaba paradójico. Los sudistas habían abandonado la Unión por miedo a perder la esclavitud, y Lincoln no la abolió por temor a consolidar la ruptura. Al poco de estallar las hostilidades, el Congreso del Norte declaró que el único objetivo de la guerra era restablecer la Unión.
Una y otra vez el presidente trató de convencer a los estados fronterizos de la abolición gradual de la esclavitud. Incluso ofreció compensación económica a los antiguos dueños. Fracasó en sus repetidos intentos, el último de ellos en julio de 1862. El día 22, Lincoln reunió a su Gobierno y comunicó que había tomado la decisión: consultó únicamente el modo de hacerlo. Como en el frente de batalla eran tiempos malos para los unionistas, se decidió esperar a obtener una victoria militar.10 De lo contrario, se interpretaría como «la última medida de un Gobierno agónico, nuestro último alarido en plena retirada».11
Hubo que sufrir aún varias humillantes derrotas hasta que el 17 de septiembre el Norte ganó la batalla de Antietam y así expulsó a los rebeldes del estado de Maryland, invadido poco antes por el ejército sudista, alejando así el peligro de que Washington DC quedara rodeada.
Cinco días después, el presidente reunió a su gabinete. Emocionado —anotó en su diario el secretario del Tesoro—, Lincoln comentó que diez días antes «me hice una promesa a mí mismo y… (titubeo) a mi Creador» en el sentido de que «si Dios nos daba la victoria en la batalla que se aproximaba, yo lo consideraría una indicación de la voluntad divina»12 a favor de la emancipación. Uno de los ministros le advirtió que provocaría la oposición demócrata, a lo que Lincoln respondió: «Usarán sus garrotes contra nosotros hagamos lo que hagamos».
Ese mismo día anunció la proclamación. Según el historiador Paul Johnson, es «el documento más revolucionario de la historia de Estados Unidos desde la declaración de independencia».13
A partir de entonces, para el Norte la guerra adquirió un motivo más noble: ahora también luchaba por la libertad humana. La euforia inicial que provocó la noticia entre los abolicionistas no podía ocultar que era una emancipación muy limitada. Los antiesclavistas más doctrinarios y la prensa británica se apresuraron a destacar sus carencias: entraría en vigor el 1 de enero del año siguiente y solo beneficiaría a los esclavos de los estados confederados, que no reconocían la autoridad de Lincoln.
Pero era lo máximo que Lincoln podía hacer. No tomó la disposición como jefe de estado, sino como comandante supremo de las fuerzas armadas. Por tanto, no estaba sujeta a la aprobación de las cámaras legislativas. Dejó claro que respondía a una necesidad militar y se adoptaba para debilitar a la Confederación y acelerar el final de la guerra.
En realidad, lo que hacía la proclamación era extender a los esclavos el derecho de confiscación que tiene el vencedor sobre los bienes del vencido. Por eso solo podía aplicarse a los estados enemigos: extenderla a los demás hubiese sido inconstitucional. Se trataba de que los negros de los territorios que se iban conquistando, una vez liberados, efectuasen las tareas logísticas (construcción de trincheras, transporte de impedimenta, cocina…) que antes desempeñaban soldados y que ahora podrían dedicarse a combatir en primera fila.14 La medida, además, posibilitó incorporar como combatientes a los negros recién emancipados.
Una decisión paradigmática
Esta decisión de Lincoln sobre la emancipación fue paradigmática. Impulsado por motivos religiosos personales, Lincoln aplicó un principio moral universal (ante el que muchos conciudadanos estaban ciegos) como medio para solucionar un problema político-militar y lo hizo utilizando procedimientos democráticos, en los que creía con idéntica firmeza.
Con tanta firmeza, que hubo de limitarse a cumplir sus aspiraciones solo parcialmente para ajustarse a la Constitución, que otorgaba al presidente un poder limitado. Además, no adoptó la decisión hasta que aparecieron unas circunstancias (que él había contribuido a crear) gracias a las cuales la medida obtendría el mayor consenso posible. Por último, una vez decidido, no le arredraron las previsibles críticas.
El anuncio de la emancipación fue decisivo para que Gran Bretaña y Francia no reconociesen a la Confederación como estado independiente. También influyó mucho que la Unión hubiese ganado la batalla de Antietam. Las guerras solo se ganan con victorias. Lincoln las necesitaba desesperadamente para sostener su inestable equilibrio político, conseguir que los estados reclutasen soldados y obtener recursos financieros. Y después de la proclamación, la situación militar del Norte era incluso peor que antes. Los confederados tenían mejores generales.
Entre los generales del Sur, Robert E. Lee brillaba con luz propia. Estaba casado con una descendiente del primer presidente americano, el general George Washington, y a través de su esposa poseía una casa en Arlington, con una vista magnífica sobre la capital federal. Graduado por la academia militar de West Point en 1829, había descollado en la guerra contra México.
En el pasado se había manifestado en contra de la esclavitud, a la que consideraba «un mal moral y político»15 y «un mal mayor para los blancos que para los negros».16 En el plano político, no imaginaba «un desastre mayor para el país que la ruptura de la Unión (…). Secesión no es otra cosa que revolución».17 Cuando estallaron las hostilidades, Lee tenía 54 años. Por encima de todo se consideraba virginiano y le abrumaba la posibilidad de que su estado natal se uniese a los rebeldes. Comentó a un amigo: «No puedo alzar mi mano contra mi lugar de nacimiento, mi casa, mis hijos».18
Sucedió lo que temía. Virginia se separó de la Unión el 18 de abril de 1861. Ese mismo día el Gobierno del Norte le ofreció ser el comandante de las fuerzas armadas. Rehusó y, con evidente tristeza, se dio de baja en un ejército al que había servido con lealtad durante 29 años. Seis días después estaba al frente del ejército de su estado natal.
Lee personificó la audacia. Creía que el Sur, con menor población y riqueza que el Norte, no podría aguantar una larga guerra de desgaste. Solo podía ganar mediante ofensivas impetuosas que perjudicaran decisivamente al ejército enemigo. El mayor riesgo quedaba compensado por las posibilidades de éxito. Lee tuvo que aguantar críticas en su propio bando. Cuando reforzó las fortificaciones de la capital confederada, Richmond, se le acusó de tener mentalidad defensiva. Pero pretendía lo opuesto: si la ciudad estaba bien protegida, su defensa exigiría menos soldados, que podían ir al frente a combatir.19
Jackson «Muro de Piedra»
Otro gran general del Sur fue Thomas J. Jackson. Era un devoto presbiteriano, duro e inflexible. Según cuenta el escritor y biógrafo Emil Ludwig, antes de que se iniciase el conflicto Jackson había dicho: «Ustedes no conocen los horrores de la guerra. Yo he visto los suficientes como para considerarla la suma de todos los males (…). Es mejor para el Sur luchar por sus derechos dentro de la Unión que fuera de ella».20 Pero cuando hubo de guerrear, actuó con gran profesionalidad. Recibió el sobrenombre de «Muro de Piedra» (Stonewall) por la firmeza con que paró una ofensiva unionista en la primera batalla de Bull Run (o Manassas, 21 de julio de 1861). A partir de ahí se convirtió en una leyenda. En mayo de 1863, cuando volvía de un reconocimiento nocturno previo a un ataque en Chancellorsville (que fue la fue la primera gran victoria confederada), Jackson fue alcanzado por los disparos de un centinela de su propio ejército, que se puso nervioso y le tomó por enemigo. Hubo que amputarle un brazo, contrajo una neumonía y murió una semana después, con 39 años.21
La contraparte de Lee en el ejército del Norte era George B. McClellan. En julio de 1861 Lincoln le puso al frente del ejército del Potomac, que empezaba a constituirse. En noviembre asumió el mando de prácticamente todos los ejércitos de la Unión.22 McClellan tenía entonces 34 años y era un triunfador. Había combatido en México, estuvo en la guerra de Crimea como observador en las filas británicas y luego había ocupado altos cargos en empresas de ferrocarriles. Tenía carisma para ganarse la lealtad de sus oficiales y tropas y era un gran organizador. La prensa le llamaba «Pequeño Napoleón».
McClellan preparó un ejército formidable, pero era tardo para entrar en acción. Era un perfeccionista en «una profesión donde nada podía ser perfecto jamás».23 Sobrevaluaba el número de enemigos que tenía enfrente, nunca acababa de estar preparado y siempre necesitaba más refuerzos, armas o alimentos. Él, que siempre había triunfado, no se arriesgaba por miedo a fracasar. Según escribió casi un siglo después Winston S. Churchill:
«McClellan, a pesar de sus cualidades de jefe, carecía del detalle final de espíritu combativo. Lincoln, con su astuto juicio de los hombres, sabía eso. Pero sabía también que McClellan era probablemente el comandante más capaz del que pudiera echar mano».24
Lincoln empujaba al ataque a McClellan, pero el general arrastraba los pies. En marzo de 1862 Lincoln le retiró el cargo de comandante en jefe de todo el ejército y quedó como general en jefe del ejército del Potomac.25
En junio de 1862 (batalla de los Siete Días) McClellan llegó a ocho kilómetros de la capital confederada, Richmond, pero se retiró sin plantar cara a la contraofensiva sudista que lanzó Lee. Hechos así ocurrieron una y otra vez. Para complicar más las cosas, el ministerio de guerra abrumaba a McClellan con órdenes atribuidas al presidente en persona, lo que solo ocasionalmente era cierto. La desconfianza entre ambas partes iba en aumento.
Si después de ganar la batalla de Antietam (la que dio paso a la abolición parcial de la esclavitud) en septiembre de 1862 el general McClellan hubiera continuado la ofensiva, habría destruido al ejército enemigo. Pero —ante el estupor del presidente— con su inactividad permitió que se escabullese, con lo que a los pocos días podía volver a combatir: eso suponía alargar la guerra.26
Los historiadores siguen sin entender la compleja personalidad de McClellan. James McPherson comenta que quizá el general tuvo demasiado éxito en su carrera profesional:
«McClellan nunca tuvo, como Grant, la desesperación de la derrota o la humillación del fracaso. Nunca aprendió las lecciones de la adversidad y de la humildad. La adulación que experimentó durante sus primeras semanas en Washington se le subió a la cabeza».27
Varias veces Lincoln se planteó cesarle, pero no era una decisión fácil. Primero, porque sus hombres reverenciaban a McClellan. En medio de una guerra, ¿cómo reaccionará el ejército a la destitución del general más popular? Segundo, porque McClellan era del Partido Demócrata, cuyo apoyo quería retener el presidente. Los republicanos radicales acusaron al general de connivencia con el enemigo, lo que era falso. Lo que sí era cierto es que McClellan no era antiesclavista y compartía la opinión de los demócratas partidarios de llegar a un acuerdo con los confederados y acabar la guerra.
Al proclamarse la emancipación de la esclavitud, McClellan emitió una orden en la que exigía a su ejército que obedeciese a la autoridad civil. «El remedio para los errores políticos, si es que se comete alguno, se encuentra en la acción del pueblo en los comicios», añadía.28 Era evidente que el general tenía puesto un ojo en la campaña electoral de 1864.
Cuando en noviembre de 1862 se negó a obedecer una orden explícita del presidente, McClellan fue cesado como responsable del ejército del Potomac.29 Fue su momento de mayor honra. Sus tropas querían dar un golpe de estado, pero él les pidió que manifestasen a su sucesor la misma lealtad que habían mostrado con él y se desvaneció.
Unos meses después de retirarse de la vida militar, el general McClellan reapareció, pero esta vez en la esfera política. Se enfrentó a Lincoln en las elecciones presidenciales de 1864. Parecía que podía ganar, pero una inesperada victoria militar del Norte consiguió la reelección a Lincoln. Después de emprender un largo viaje por Europa, McClellan fue ingeniero jefe del departamento de puertos de Nueva York y gobernador del estado de Nueva Jersey.
El anuncio de la abolición de la esclavitud, en septiembre de 1862, fue un triunfo político. Pero lo que Lincoln sobre todo necesitaba eran éxitos en el campo de batalla. La destitución de McClellan no había solucionado el problema principal: poner al frente del ejército al general adecuado.
En febrero de 1863 el entonces general en jefe de los ejércitos de Lincoln, Henry W. Halleck, escribió a los generales Ulysses S. Grant y William S. Rosecrans que nombraría comandante supremo al primero que obtuviese una victoria. Sin duda pretendía motivarles.
Al ofrecerles un incentivo estrictamente material, lo que de hecho consiguió fue ofender a unos profesionales que, por razones más elevadas que un ascenso, ya estaban esforzándose al máximo.30 Grant no contestó al mensaje. En su respuesta, Rosecrans escribió con acritud: «Un patriota y hombre de honor no necesita incentivos adicionales para cumplir su deber».31
La batalla más cruenta fue la de Gettysburg (Pensilvania), ganada por el general unionista George G. Meade el 3 de julio de 1863. En total hubo cerca de 7 000 muertos, 33 300 heridos y 11 000 desaparecidos o prisioneros. Fueron bajas una cuarta parte de los combatientes del Norte y un tercio de los de Lee; el ejército del Sur quedó muy debilitado.
Al día siguiente, el también unionista general Grant ganó la batalla de Vicksburg, en Misisipi, concluyendo una campaña iniciada medio año antes. El territorio del Sur quedó dividido en dos. Lincoln había encontrado en Grant al militar que buscaba.
Difícilmente podía haber un oficial con peor historial que el de Ulysses S. Grant. Una década antes, afectado de alcoholismo, había tenido que dejar el ejército. Durante años estuvo dando tumbos de un oficio a otro: un fracaso seguía a otro. Cuando estalló la guerra, por fin encontró un motivo noble por el que luchar y su vida cambió radicalmente.32
Se reincorporó como coronel de un cuerpo de voluntarios y comenzó a ascender. Había aprendido logística en la guerra de México y ahora se manifestó como un buen planificador y conductor de hombres. La serie continua de adversidades pasadas había forjado su carácter y le había hecho humilde.
Grant sabía ponerse en la piel de los demás. Sus órdenes eran claras. Además, como no temía perder un honor del que nunca había disfrutado, no le importaba arriesgarse. Su estrategia no buscaba conquistar territorios ocupados por el enemigo, sino destrozar a su ejército. Cumplía las órdenes con los recursos que tenía a mano sin pedir más refuerzos y no era quisquilloso con otros generales.
En octubre de 1863 Lincoln nombró a Grant jefe del ejército del oeste y el 10 de marzo de 1864 comandante supremo de las fuerzas de la Unión.33 El Congreso rescató para él el cargo de teniente general, el mismo que había tenido George Washington, jefe del ejército que ganó la guerra de Independencia y primer presidente de los Estados Unidos.
«Del pueblo, por el pueblo y para el pueblo»
En diciembre de 1863, el presidente Lincoln acudió a Gettysburg para presidir la dedicación de un cementerio a los caídos en aquel campo de batalla. Fue una alocución breve. Algunas frases: «Nosotros no podemos santificar este suelo. Los valientes que aquí combatieron, los que murieron y los que sobrevivieron aquí, lo han consagrado mucho más allá de la capacidad de nuestras pobres fuerzas para sumar o restar algo a su obra. El mundo advertirá poco y no recordará mucho de lo que aquí digamos nosotros, pero nunca podrá olvidar lo que aquí hicieron ellos». Lincoln se equivocó.34 Un siglo y medio después, millones de personas de todo el mundo sigue recordando sus palabras finales:
A los que aún estamos vivos nos toca «dedicarnos a la gran tarea que tenemos por delante: (…) que tomemos la solemne resolución de que su sacrificio no ha sido en vano; que esta nación, por la gracia de Dios, tenga una nueva aurora de libertad, y que el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo no desaparezca de la faz de la tierra».35
Tras volver a ganar las elecciones en noviembre de 1864, apoyándose en el respaldo obtenido en las urnas (el 55 % de los votos populares), Lincoln promovió la XIII Enmienda de la Constitución, que prohibía la esclavitud y la servidumbre involuntaria. Tras ser aprobada por las dos cámaras legislativas, el presidente la firmó el 1 de febrero de 1865 y empezó a ser ratificada por cada uno de los estados, como era preceptivo.
El fin de la guerra parecía próximo cuando en marzo de 1865 el presidente pronunció su discurso de investidura. Lincoln preparó el ambiente para una reconciliación nacional:
«Con malicia hacia nadie, con caridad hacia todos, con firmeza en lo justo, según Dios nos conceda ver lo justo, prosigamos hasta concluir la labor en la que nos hallamos; para vendar las heridas de la nación; para cuidar de aquel que haya sufrido, y también a su viuda y a su huérfano, para hacer todo lo que pueda concluir y consumar una paz justa y perdurable entre nosotros mismos y con todas las naciones».36
En la primavera de 1865 el general unionista Grant había cercado al ejército sudista de Lee cerca de Appomattox, una aldea de Virginia. Si Grant hubiera presionado un poco más, habría aniquilado totalmente a las fuerzas sudistas, que en aquel frente comprendían 27 500 soldados. Pero ya había presenciado demasiado sufrimiento y el 7 de abril invitó a Lee a rendirse, asegurándole que sus oficiales y soldados serían puestos en libertad enseguida. De entrada Lee no aceptó el ofrecimiento, pero cuando los unionistas se apoderaron del tren que llevaba suministros a sus famélicas tropas, propuso una reunión para el día 9.
El general Lee acudió al encuentro vestido con uniforme de gala y con su sable, mientras que Grant se presentó con su desaseado uniforme de campaña y las botas manchadas de barro. Después de saludarse caballerosamente, Lee preguntó cuáles serían las condiciones de la rendición. Grant las dictó sobre la marcha: los rendidos debían dar su palabra de honor37 de que no tomarían las armas contra el Gobierno de los Estados Unidos.
Además, tenían que entregar sus armas y artillería, pero en estos conceptos no se incluirían los sables de los oficiales ni sus caballos. Así, sin siquiera mencionarlo explícitamente, evitó al vencido la humillación de ceder el máximo distintivo de su autoridad, que era lo que se solía hacer al acabar una batalla. Lee quedó profundamente conmovido y, animado por ese gesto, comentó que muchos de sus soldados eran los dueños de los caballos que montaban… Grant respondió que eso no estaba previsto en los términos de la rendición, pero añadió:
«Pienso que hemos luchado la última batalla de la guerra. Es dudoso que sin la ayuda de los caballos que ahora están montando (los soldados) sean capaces de cosechar para que ellos y sus familias sobrevivan al próximo invierno».38
A continuación, Grant ordenó a sus oficiales que permitiesen a todos los soldados que se llevasen a casa los caballos o mulos de los que eran propietarios.39 Entonces Lee comentó:
«Esto tendrá sobre los hombres el mejor efecto. Será muy gratificante y muy eficaz para reconciliar a nuestro pueblo».
«Fue el día más grande en la carrera del general Grant», escribiría el primer ministro británico Winston Churchill.40 Cuando un siglo después contaba este episodio, al viejo estadista le brillaban los ojos: «En medio de la sordidez de la vida, ¡qué gesto tan magnánimo!», exclamaba.41
Grant, un caballero
El novelista y poeta escocés Robert Louis Stevenson, autor de La Isla del Tesoro, señaló en un ensayo que, desde el primer momento, en Appomattox Grant estuvo dando vueltas al modo de no obligar a Lee a entregarle el sable. Una persona de carácter angélico pero sin las especiales virtudes de un caballero, sencillamente se lo hubiera quedado, decía Stevenson.42
Alguien que quisiera comportarse como un caballero pero no supiera cómo, lo hubiera aceptado para luego devolverlo: hubiera sido un canalla, porque el otro se habría visto obligado a darle las gracias. Grant, sin decir una palabra, añadió una frase al texto de la rendición, «y pasó a la posteridad quizá no como un refinado caballero, pero sí como un gran caballero», concluía el escritor escocés.
En la misma línea se manifestó el secretario del vencido general Lee, el coronel Charles Marshall: el general Grant «triunfó, pero triunfó sin exultación y con un noble respeto hacia su enemigo (…). Nunca hubo un caballero más noble que Grant en Appomattox, un caballero más magnánimo o más generoso».
Al finalizar el acto de la rendición, en el momento de despedirse, Grant explicó a Lee que llevaba el uniforme sucio e iba sin sable porque hacía muchos días que no podía pasar por el cuartel general donde tenía su equipaje. Muchos años después, alguien preguntó a Grant en qué pensaba en aquel sublime momento en el que estaban a punto de abrírsele los cielos de su gloria. «En mis botas sucias y en que no llevaba el sable», respondió.43
En sus memorias Grant escribió que «habría sido una humillación innecesaria exigir a los oficiales que entregasen sus sables». Añadió que la mayoría de las cosas que se dijeron sobre ese y otros episodios eran «romanticismo en estado puro». Por su parte no hubo premeditación: se le ocurrió sobre la marcha.
