Déjame gritar - Jorge Mario Betancur Gómez - E-Book

Déjame gritar E-Book

Jorge Mario Betancur Gómez

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Beschreibung

Las seis crónicas que conforman Déjame gritar narran historias que tuvieron lugar en Medellín, entre 1896 y 1968. Además de relatar sucesos considerados célebres en su momento, por extraordinarios, crueles o violentos, estas crónicas son, en cierto modo, un esbozo de la intimidad de las parejas en una sociedad en la que la coquetería, las caricias, la desnudez, la sensualidad y la sexualidad estaban en las fronteras mismas del pecado. Casi una década después de su primera edición, Déjame gritar sigue siendo un libro vigente y pertinente, pues llama la atención sobre las ignominias sufridas por algunas mujeres y, a la vez, da cuenta de la evolución de una ciudad viva, con sus metamorfosis y personajes memorables, moldeados por la textura del tiempo y el espacio. El lector comprobará que los acontecimientos que aquí se relatan, ocurridos a mujeres y hombres de este pequeño lugar del mundo, y que en su tiempo propiciaron acalorados debates en cafés y periódicos y avivaron el fuego de las murmuraciones, en el fondo plantean interrogantes universales sobre la condición humana.

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Seitenzahl: 277

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Déjame gritar

Jorge Mario Betancur Gómez

2.ª edición

Periodismo

Editorial Universidad de Antioquia®

Colección Periodismo

© Jorge Mario Betancur Gómez

© Editorial Universidad de Antioquia®

ISBN: 978-958-501-104-5

ISBNe: 978-958-501-102-1

Segunda edición (primera en la Editorial Universidad de Antioquia®): abril del 2022

Primera edición: 2013

Motivo de cubierta: Juliana Arango Álvarez (@julianarangoa). El alma de las flores. Collage análogo, 2019

Diseño de cubierta y diagramación: Imprenta Universidad de Antioquia

Hecho en Colombia / Made in Colombia

Prohibida la reproducción total o parcial, por cualquier medio o con cualquier propósito, sin la autorización escrita de la Editorial Universidad de Antioquia®

Editorial Universidad de Antioquia®

(57) 604 219 50 10

[email protected]

http://editorial.udea.edu.co

Apartado 1226. Medellín, Colombia

Imprenta Universidad de Antioquia

(57) 604 219 53 30

[email protected]

A mis abuelas Ana Libia y Margarita

In memoriam

Saúl Muñoz

José Libardo Porras

El amor, como la guerra, es una sed infinita del alma; un abrazo y una estocada. Son dos maneras distintas de vigorizarse, de duplicarse interiormente, eliminando o queriendo eliminar a otro ser

Luis Tejada

Nota del autor

Gratitud, alegría y, por supuesto, un honor que Déjame gritar sea publicado bajo el sello Editorial Universidad de Antioquia.

En esta segunda edición, nueve años después de la primera (Alcaldía de Medellín, 2013), se hicieron ajustes y modificaciones a la composición del texto y se cambió el título a dos de los relatos.

Este libro de seis crónicas agrupa los avatares acontecidos a igual número de parejas en Medellín, en diferentes fechas, desde 1896 hasta 1968. En su tiempo, cada una de estas historias propició acalorados debates en cafés y periódicos, alentó la escritura de libelos y folletines callejeros, avivó el fuego de las murmuraciones y alimentó infinidad de relatos populares que, durante años, y de boca en boca, perduraron en la memoria de la gente de esta ciudad cercada por montañas.

Para su confección, se consultaron diversas fuentes —procesos judiciales, periódicos, memorias, historias clínicas, archivos familiares, libros, entrevistas y fotografías—. El proceso de indagación y estudio contó con el apoyo del Programa de Becas a la Investigación de la Secretaría de Cultura de Medellín en el 2012. Si bien parecen cuentos inverosímiles, los seis relatos fueron escritos con estricta sujeción a los hechos investigados —con nombres, fechas y lugares reales—.

Estas crónicas, además de narrar sucesos considerados célebres en su momento —desde la última década del siglo xix hasta la de los sesenta en el xx—, en cierto modo son un esbozo de la intimidad de las parejas, en una sociedad en la que la coquetería, las caricias, la desnudez, la sensualidad y la sexualidad estaban en las fronteras mismas del pecado.

Con Déjame gritar intentamos contar, más allá de los hechos extraordinarios, escandalosos por su crueldad e infamia, la evolución de una ciudad viva, con sus metamorfosis y personajes memorables, moldeados por la textura del tiempo y el espacio, para que cada lector pueda formarse su propio criterio con las peripecias ocurridas a mujeres y hombres de este pequeño lugar del mundo, que, en el fondo, nos plantean interrogantes sobre la condición humana.

Deshonra

Carolina Botero y Alejandro Fernández (1896)

Por aquel tiempo, todo en la rutina del centro de Medellín, separado en dos por el riachuelo de Santa Elena, auguraba un desenlace feliz para el naciente amor de Alejandro y Carolina; el viudo y la joven parecían destinados a unir sus cuerpos en lechos de rosas y a continuar su vida juntos, en la delicia de los juegos amatorios. Pero no fue así. La tragedia, que ninguno presagiaba, fue atizada por una incontenible, cuantiosa y ardiente correspondencia amorosa.

En ella, hermosa muchacha de 17 años, Alejandro despertó el primer amor. En él, reconocido médico de 42, Carolina reactivó el maltrecho corazón de un viudo católico. Tal vez, ¿quién lo sabrá?, se miraban de soslayo, se hacían gestos traviesos o cruzaban alguna palabra de cortesía; o tal vez, observados por ojos vigilantes, engordaron el gusanillo del querer después de encuentros discretos en una iglesia vecina, en un colorido mercado, en una procesión multitudinaria o en una calle solitaria y polvorienta, marcada por pisadas de caballos, vacas y perros.

Por encrucijadas irremediables, sin que pudieran advertirlo, llegaron al amor Carolina Botero y Alejandro Fernández. El señorío, la prudencia, la inteligencia y la riqueza del médico encajaban de maravilla con la belleza, la clase y la gracia de la floreciente hija de José María Botero Pardo, prestigioso comerciante, habitante de una quinta ubicada en la avenida derecha del riachuelo principal de la población, a cuatrocientos cincuenta metros de distancia del lugar donde la vida de estos tres personajes cambiaría para siempre, en el inicio de la noche del 27 de mayo de 1896.

Al finalizar aquel día, Alejandro yacía, frío e inerte, en el anfiteatro local, ante la mirada perpleja de dos colegas suyos, Vespasiano Peláez y Ernesto Rodríguez, médicos legistas, quienes auscultaron su cuerpo y observaron, con ojo clínico, el orificio dejado por la bala, que le atravesó el cuello de izquierda a derecha. A unos cuantos minutos de caminata de este nicho de cadáveres, la hermosa Carolina era presa de una especie de sinrazón, refugiada en su aposento a esa altura de la noche; mientras su padre, José María, y sus hermanos, Eduardo y Enrique, se disponían a esperar la llegada de un nuevo sol tras las rejas, incomunicados, en la cárcel municipal.

El drama de la calle de El Palo, como los vecinos de Medellín empezaron a nombrar esta tragedia, se había incubado un par de años antes, en 1894, cuando Alejandro decidió poner su consultorio de medicina general en un local comercial situado en una de las edificaciones de la avenida izquierda de las aguas del Santa Elena, desde donde podía observar, a placer, la mansión de los Botero, ubicada en el lado opuesto del arroyo, en la avenida derecha, casi al frente de la ventana de su despacho.

Además de la imponencia de las crecientes ceibas, del paso del agua proveniente de la montaña de oriente y de los males de los parroquianos que buscaban alivio a sus achaques, el médico comenzó a prestar cuidado a los movimientos de las dulces muchachas de José María. La camada del rico comerciante, que también incluía algunos varones, empezaba a mudar de la niñez a la juventud y llamaba poderosamente la atención de los vecinos, que vivían deslumbrados con los memorables bailes ofrecidos por la acaudalada familia a gente de la alta sociedad de Medellín.

Más temprano que tarde, los Botero recibieron la visita del viudo de la familia Fernández, que, generoso en cortesías con la matrona de la casa y discreto en manifestaciones de simpatía por las muchachas, no pudo sustraerse a la belleza de una de ellas, quien a partir de ese momento le robaría el corazón. Al ver los atributos de Carolina, una chica de 15 años, hermosa como suelen serlo las mujeres a esa edad, debió sentir, de repente, que la vida le daba una nueva oportunidad. Muerta su esposa, aquella joven le proporcionaba razones suficientes para volver a soñar con una mujer. Ella, de una hermosura abrumadora, respondió con igual interés a las miradas de ese sujeto fino y bien vestido, conocido por su devoción cristiana y su temprana viudez.

Sin dudarlo, con la intuición y el desenfreno propios de los amantes, en unas cuantas semanas Alejandro y Carolina habían estrechado el cerco. Ensimismados por el enamoramiento, los dos olvidaron seguir los protocolos. Aprovechaban sus pocos encuentros con discretas insinuaciones, un carraspeo, una sonrisa, una mirada, el levantamiento del sombrero o los golpecitos del bastón. De aquellas expresiones, vistas como complacientes e íntimas por las almas de aquel fin de siglo, la pareja saltó a la pluma y el papel. El médico viudo y la jovencita habían caído en la trampa. Las palabras, por momentos dulzonas y chocantes, hicieron de las suyas en una correspondencia mutua y secreta, ideada por Alejandro y secundada por un grupo de sirvientas que servían de mensajeras de la pareja.

Descalzas, arrastrando faldones hasta los tobillos y cubiertas con mantillas del cuello a la cintura, Balvanera, Rosaura y Victoriana, mujeres de pieles agrietadas por el sol, parte de la servidumbre de la casa de Botero Pardo, fueron las emisarias de las furtivas, frecuentes y copiosas cartas de amor escritas por Carolina y Alejandro; pergaminos de esos que, casi siempre, dicen más o menos lo mismo, y cuya única novedad era que las promesas de felicidad y amor eterno llegaban rubricadas con los nombres de dos protagonistas de un romance imposible.

Vaya usted a saber por qué razón Alejandro no había seguido los pasos correctos con el comerciante José María. No le escribió una carta, no le solicitó una conversación, no le hizo saber de intenciones matrimoniales. Celosos del honor femenino, sagaces y estrictos, amamantados en las fuentes de una sociedad cerrada, virginal, seguidora de obispos, curas y monjas, los padres de Carolina adivinaron de inmediato las intenciones del médico con su imprudente hija. Sin apelación posible, prohibieron a la bella joven alentar las pretensiones del viudo Fernández.

El ambiente se volvió pesado en la mansión de Botero Pardo. El padre, con semblante descompuesto, modificó los hábitos de la comunidad doméstica. A sus ojos, más cuidadosos que nunca, se habían sumado los de su esposa. Todo les resultaba sospechoso, todo era fisgoneado y controlado por ellos, en especial las actitudes y las conversaciones, a media voz, de las sirvientas y, claro, todos los movimientos de Carolina.

Contrario al deseo de José María, su pertinaz oposición, antes que matar la pasión nacida en su hija por el médico viudo, la acrecentó. La correspondencia se multiplicó. Con astucia, Balvanera, Rosaura y Victoriana consiguieron que nadie las descubriera, mientras iban y venían, de la mansión a los fueros del consultorio del viudo, con los pretextos propios de la vida familiar: que los víveres, que un remedio, que una misa, que una visita de pésame.

Por algunos minutos Alejandro abandonaba sus tareas de médico y leía las cartas de Carolina refugiado en su despacho, donde, como acostumbraban sus colegas, debía tener un cráneo humano, un vademécum, unos cuantos libros, un escritorio de madera, un candelabro con velas, papel, pluma y tinta. Allí repasaba las letras de su amada, que, juntas, formaban requerimientos y requiebres inaplazables: que no aguantaba la opresión de sus padres, que le cortaban las alas, que se sentía asfixiada, que medían cada paso suyo con celo felino. Y que tomaría veneno antes que continuar la vida sin él.

Si era de noche, Alejandro encendía las velas; si de día, abría los ventanales de madera para que pasara la luz, y procedía a contestar, una a una, las cartas de Carolina. A sus palabras amorosas, propias de un pretendiente, agregaba otras cautas, de hombre maduro, obediente de iguales preceptos religiosos y sociales a los profesados por el comerciante Botero Pardo. En aquellas líneas, que ponía a consideración de algunos amigos, le pedía sosiego y calma a su desesperada amante: que actuara con tino y moderación, que rezara algunas oraciones, y que respetara y obedeciera la autoridad de sus padres.

El médico observaba el movimiento de la gente en los alrededores del arroyuelo, sus puentes y sus malecones arborizados, y estudiaba el segundo propicio para entregar sus mensajes a cualquiera de las tres mujeres de la servidumbre de la casa de su amada, que parecían sincronizadas con él. Alejandro guardaba las cartas de Carolina en un cajoncito de su escritorio. Allí las habían encontrado los gendarmes pocas horas después de su muerte, junto con cuatro de su autoría, que la destinataria nunca recibió.

La correspondencia rescatada se transcribió en los ochenta y siete folios del sumario abierto contra José María Botero Pardo y sus dos hijos varones. El 30 de septiembre de 1896, el juez Clodomiro Ramírez, después de leer las cartas enviadas por la joven, creyó haber encontrado la génesis del suceso. El agente judicial no leyó en ellas un cuento de amor común y corriente; vio, eso sí, una catarata desbordada de frenética pasión, llevada hasta el delirio. Con respecto a las escritas por el viudo, le resultaban insuficientes, para mayor ilustración, las cuatro halladas en su despacho, porque Carolina había quemado las demás luego de leerlas, por temor a que sus padres la descubrieran.

En la correspondencia, Clodomiro notó que el drama de la calle de El Palo se habría evitado si la joven no hubiera renunciado a la decisión de terminar con sus amoríos. La muchacha, que presentía un final trágico, afectada por la culpa, había cumplido la promesa hecha a sus padres de terminar con el viudo Fernández, y así se lo hizo saber a su amante de papel. Mas aquella decisión frágil se derrumbó pocos días después, cuando Alejandro recibió una nota en la que Carolina se excusaba por su acto de debilidad. Como era de esperarse, la correspondencia interrumpida se reanudó con ardor.

De seguro, el contenido de las cartas del viudo Fernández a la bella hija de José María era la comidilla de los pobladores de ese Medellín chiquito, que se acostaba a la misma hora que las gallinas y se levantaba con los primeros cantos de los gallos. Versiones aumentadas, fecundas en adjetivos, acabaron de enmarañar la historia: que el médico abusaba de aquella criatura, que la niña estaba loca, que era amor puro, que el padre era un tirano, que a la familia de Botero Pardo la habían deshonrado. Acusaban de escandalosos los amores de la pareja porque habían preferido los vericuetos inciertos de los afectos epistolares a la exposición pública de sus anhelos. Defendían unos, y atacaban otros, a cada uno de los personajes del drama, y solo parecían coincidir en que la pareja no había seguido los pasos correctos.

Alejandro poco o nada pudo hacer cuando se enteró del encierro al que Botero Pardo había sometido a su hija. La insistencia de la muchacha sembró de desconfianza y malestar la vida de José María, que solo pareció retomar el control unos ocho días antes de la tragedia, cuando decidió apelar a su autoridad de padre contrariado. Al comerciante, conocido de trato, vista y comunicación por los habitantes del centro, servido por su carácter iracundo y exaltado, le fue sencillo habilitar el cuarto de Carolina, uno de los aposentos de la quinta, como celda para su díscola hija. Escogió entre la servidumbre a las mujeres para que le llevasen sus alimentos, y aguzó vista y oídos para impedir cualquier contacto de su hija, prisionera en su propio hogar, con el mundo exterior.

El encierro acabó con el correo de los amantes. El silencio obligado del paso de las horas, interrumpido por breves charlas a la hora de las comidas con las tres sirvientas de la casa, sirvió para que la retenida tramara una salida. El 24 de mayo le dijo a Victoriana que el día menos pensado se iba a volar de aquella prisión, su cuarto de antes, y que correría a buscar refugio en la casa de su amado.

En la escena habitual de la población, el 27 de mayo de 1896 parecía un día más, de esos que todos terminan por olvidar. El arroyuelo de Santa Elena se deslizaba sin apuros ni novedades, como de costumbre; en las iglesias hombres y mujeres, vestidos para la ocasión, participaban de los oficios en honor de María, y en las calles y cafetines, entre el humo de los tabacos, los parroquianos de ruana y saco, casi todos descalzos, se aceitaban la lengua con la chismografía local. Al atardecer de aquel día Carolina acumulaba ocho días de encierro, Alejandro oraba a la Virgen en la iglesia de San Francisco, y José María caminaba por las calles rumbo a su hogar.

Cuando este último cruzaba el puente de Junín, se encontró con Luis María Botero, pariente, amigo y socio comercial. Con el sonido de los pájaros y del agua como fondo, el tema de los negocios, predilecto entre ellos, no se hizo esperar. La conversación ganó en interés y el escenario callejero cedió su lugar a la quinta de Botero Pardo, donde este invitó a Luis María a cenar una preparación casera, beber un trago y fumar un cigarro. Promediando las seis de la tarde, la matrona de la casa los atendía en la habitación matrimonial. Allí hablaron de amigos comunes, de asuntos familiares y probaron un brandy como aperitivo. A esa hora del día, las sombras tomaban posesión de la población; cientos de velas encendidas en las casas y unos cuantos faroles públicos rescataban a la gente de la oscura noche.

Encerrada, Carolina intentaba descifrar los movimientos de sus familiares y debió adivinar la presencia de la visita. Acaso escuchó cuando Luis María solicitó el teléfono, una de las cincuenta líneas de la población, para decirle a su mujer que esa noche no lo esperase a comer. Quizá había reconocido la voz del invitado, intercalada con la de su padre, hablando de novelas francesas, elogiando la exquisitez de la cena y la moderación y franqueza del vino español ofrecido por el anfitrión.

En el comedor los acompañaban los dos hijos varones de Botero: Eduardo, de 22 años, y Enrique, de 19, y las hermanas de Carolina. Los cuchicheos y los alternados abandonos de la mesa por parte de las jovencitas inquietaron a Luis María, que los asoció con el castigo al que era sometida la hija ausente. Terminados los platillos de la noche, en evidente desazón que fue notada por el invitado, las hermanas dispusieron la recogida de la vajilla, mientras José María y su esposa lo convidaban a continuar su conversación, de nuevo, en el cuarto matrimonial. Ignoraban los tres que, aprovechando las distracciones ocasionadas por la visita, Carolina se había escapado de su doméstica celda.

Con el corazón en la boca, y sin mirar atrás, la muchacha corrió por la avenida derecha del riachuelo y dobló en la esquina hacia la vivienda de la familia Fernández, ubicada en la calle de El Palo. En el zaguán tomó aire, se acercó al portón y llamó. Dolores Mosquera, criada antigua de la casa, abrió los ojos sorprendida con la extraordinaria presencia de Carolina a esa hora de la noche. Que dónde está Alejandro, que lo llame, que le diga que acá está su amada, que es urgente, que ella no se mueve hasta hablar con él. La sirvienta apuró la entrada de la muchacha a la sala, como quien oculta a un prófugo y salió a buscar al viudo, que estaba por fuera de la casa, para contarle semejante embrollo. Mientras tanto, Carolina daba algo de sosiego a su cuerpo palpitante ocupándose, con mimos y caricias, de las dos niñas de la familia: la hijita de Alejandro, de 5 años, y la sobrina, de 7; además de aquellas pequeñas, el viudo vivía con su padre, Tomás; su hermana, Emilia, y su hermano, Wenceslao, cónsul de Colombia en Barcelona, pero ninguno de ellos estaba allí en ese momento.

Pocos minutos después de sonar el toque del Ángelus, Dolores encontró al viudo, que salía de misa, en el atrio de la iglesia de San Francisco. Sorprendido con las noticias de su fiel servidora, despachó las escasas calles que lo separaban de su casa en un santiamén.

Sin perder la compostura, y a prudente distancia, como le había asegurado después Dolores al juez Clodomiro, el viudo conversó, en voz alta, con la hija de José María, primero en la antesala y luego en la sala de la moderna vivienda. Las dos niñas, un mandadero —de apellido Jaramillo— y otra criada —de nombre María— completaban el cuadro de personajes, todos con la atención puesta en la pareja. El médico mandó llamar a su padre, Tomás, que estaba por fuera, y ordenó café para él y Carolina.

Alrededor de la mesa del comedor, desconcertados, los dos viudos Fernández (padre e hijo) cavilaban sobre cuál sería la mejor estrategia para enfrentar la imprudencia de aquella muchacha, que permanecía pálida en un sofá de la sala. El viejo aconsejó actuar rápido a su desconcertado hijo. Consultada, Carolina aprobó lo convenido.

En un corredor exterior de la mansión de Botero Pardo, José María se paseaba de lado a lado sin parar. En ese momento, Tomás Fernández llegó precedido de Eduardo y Enrique, quienes los presentaron. Recibido de mala gana por el dueño de casa, el padre del médico lo encaró sin dilaciones y le descargó la propuesta: que su familia acataba su fuero paterno y quería su consentimiento para el casamiento de sus hijos en un plazo de tres días. Iracundo, José María interrumpió el habla del emisario, quien se atragantó con el resto de su proposición: que si no consentía el apurado matrimonio, por lo menos permitiera que Alejandro visitara la ventana de Carolina, y que ella, virtuosa y bien nacida como era, fuera tratada bien y perdonada por la falta cometida. Sin miramientos, Botero Pardo le dio la espalda y en un rincón del pasillo conferenció en voz baja con sus muchachos. Luego se volvió y le dijo: “Usted es un caballero, lo comprendo; vaya usted con estos dos jóvenes y entrégueles a mi hija”. Las malas lenguas, no son pocas en un poblado de unas cincuenta mil almas, aseguraban días más tarde que, en ese secreteo, el comerciante había ordenado a sus hijos matar al hijo del viejo Fernández por mancillar el honor de la familia.

Eduardo y Enrique cubrieron el corto trayecto entre las dos residencias mucho antes que el padre del médico viudo. Llegaron descompuestos por la furia y de revólver en mano. Desde la puerta de la sala, Alejandro les suplicó que no lo mataran en su casa. Tomás, que venía siguiendo los pasos de los hermanos, presintió lo peor y mandó a volar en busca de la policía a Jaramillo, el paje que lo acompañaba.

En el corredor de su quinta, con la negrura de la noche por testigo, José María había entrado en una especie de trance maligno y, con la cabeza revuelta, regresó a su cuarto, donde lo esperaban su esposa y el visitante. Con un inusual tono declamatorio, soltó once palabras, como si estuviese en el escenario del circo de toros de la ciudad. “Don Luis, me sucede una gran desgracia. Mi familia está deshonrada”. El invitado, sorprendido con el cambio abrupto en el semblante de su anfitrión, buscó con los ojos el apoyo de la esposa y luego pidió explicaciones. Con el movimiento del cuerpo, José María le anunciaba sangre; con el de los labios, respondía a su inquietud. “Es que un viudo Fernández me ha sonsacado y robado una muchacha inocente”.

Entretanto, en la sala de la casa de El Palo, Alejandro enteraba a Carolina del propósito de los invasores. Ella se negó a regresar a casa con ellos. Jorge Sepúlveda, un guardia civil, apareció en el momento preciso en que los hermanos, coléricos, discutían con el viudo por la negativa de la joven, y se había interpuesto entre ellos. Los hijos de Botero Pardo, tensos, observaron al viudo tomar del brazo a Sepúlveda. “Retírese a la puerta de la calle y estese allí, que si ocurre algo, yo lo llamo; si he de morir, moriré tranquilo”. El policía obedeció y los hermanos murmuraron algo en el zaguán. Acto seguido, con igual prisa, Eduardo y Enrique tomaron caminos opuestos. El primero buscó la calle, mientras el segundo irrumpió en la sala de los Fernández, donde permaneció como custodio de Carolina hasta el final del suceso.

Para que no saliera de casa, esposa e hijas, conocedoras del temperamento de Botero Pardo, se abalanzaron sobre él, aferradas a su espalda y sus manos, ante la sorpresa del invitado de esa noche. No obstante, José María logró llegar al cuarto contiguo, abrir un baúl y tomar una navaja de barbero. La acción fue seguida por las súplicas de las mujeres y los consejos de Luis María, que lo persuadió de no saldar la humillación a navajazo limpio, como lo hacía la gente de pueblo. Demudado y en silencio, al fin, aceptó la propuesta de su pariente, que se había ofrecido para ir por la fugitiva.

Enrique, fuera de pie o sentado, no despegaba la mirada vigilante de su hermanita y permanecía atento al menor suspiro del médico. Pasados unos minutos desde la salida apurada de Eduardo, Carolina no había aguantado más. Su cuerpo, que apenas se hacía el de una mujer, se desvaneció. De inmediato, Fernández intentó auxiliarla, pero el guardián se lo había impedido. Por las buenas, y con el debido permiso, Alejandro logró convencer al muchacho, vencido por la inexperiencia y el miedo. Fue, entonces, a la despensa y trajo un frasquito de botica, que le entregó a su hermana Emilia, acabada de llegar a la casa. Enseñada a tratar con pequeños, la mujer se sentó al lado de la joven, inmóvil y sin sentido, la tomó entre sus brazos y le puso en la nariz un trapo humedecido con aguardiente alcanforado, único remedio que había en la despensa doméstica.

Tal vez, si Luis María no se hubiera confundido al salir de la quinta de Botero Pardo, se habría evitado el drama de la calle de El Palo; pero, por la agitación o por la tremenda tarea que llevaba entre manos, se había extraviado. Por esas cosas de la vida, no buscó la residencia del viudo en cercanías al cruce de las calles de El Palo y La Amargura, sino que había desviado sus pasos hacia una antigua y conocida casa de Tomás Fernández. Frustrado su propósito mediador, de regreso, por la avenida izquierda del riachuelo, había distinguido las siluetas de José María y su hijo Eduardo en el malecón opuesto. Les dio alcance y se unió a ellos camino a la esquiva casa. El alma le había vuelto al cuerpo cuando escuchó que el padre le reclamaba a su hijo el revólver, posiblemente un Smith & Wesson, de los que vendían en el almacén de Leocadio María Arango e Hijos, en el Parque de Berrío. Y se había tranquilizado por completo cuando el comerciante guardó el arma en un bolsillo de su pantalón, mientras le decía a su primogénito que esos eran disparates, que eso no se arreglaba así, que solo acusaría a Fernández por el rapto de su hija, y ya.

Eran las ocho y media de la noche y, a la entrada de su casa, Tomás Fernández enteraba de las novedades a su vecino José María Zapata y a dos policías, cuando escucharon el paso de tres individuos. Los recién llegados ofrecieron saludos de rutina, tranquilos y corteses. El padre del médico, aprovechando la compañía de los uniformados, levantó la voz, y se le quejó a Botero Pardo por el atropello de sus hijos, que, minutos antes y armados, habían atacado su domicilio. Sin perder la compostura y saludándolo de mano, José María le contestó: “No, don Tomás, qué revólver ni qué matar”, y, como si fuera su casa, siguió hacia el interior sin que nadie se lo impidiera. El comerciante aumentó el paso de modo notorio y dejó atrás a los personajes del zaguán, escoltado por su pariente y su hijo mayor. Alejandro, de pie sobre el umbral de la puerta, lo vio pasar y tomar posesión del centro de la sala, retador, parado justo al frente de él. Carolina, Enrique, Emilia, las dos niñas, Luis María, Eduardo y algunos sirvientes de la casa, sorprendidos, aturdidos y alelados, eran los espectadores de aquel escenario extraordinario.

Luis María dijo, días después, que aquella noche el médico viudo había enfrentado al comerciante con una amarga queja. “No debe entrar así, cuando yo he procedido con tanta decencia”. Como única respuesta, Alejandro recibió un balazo, que le destrozó la arteria aorta. De inmediato, el pariente y los hijos se abalanzaron sobre el agresor, a quien no lograron desarmar. Emilia, sin saber qué hacer, se debatía entre socorrer a su hermano moribundo o enfrentar al atacante. Y Carolina, en conmoción, cayó de la silla. Segundos después, José María, acompañado por su corte, se retiró de la escena del crimen. En el zaguán le devolvió el arma a Eduardo. “Tome usted este revólver y sépalo manejar como su padre”. Al salir de la casa, el comerciante gritó a la gente que se congregaba en la puerta. “Lo maté y cumplí mi deber”.

Con las manos en el cuello, conteniendo la sangre que salía con una generosidad espantosa, Alejandro intentaba frenar la llegada de su muerte, mientras todos iban y venían. Como si le sirviera de alivio, y sin retirar sus manos de la herida, el agonizante intentó salir a la puerta de su casa en la espesura de la noche, y luego regresó a la sala, confundido como puede estarlo un hombre cuando sabe que va a morir, pidiendo un crucifijo y un sacerdote.

Los policías capturaron a José María y a sus dos hijos, y los vecinos, que ya eran romería, siguieron llegando. Unos llevaron a Carolina, como muerta, a su dormitorio, en la quinta de Botero Pardo; otros auxiliaron a los Fernández y cargaron hasta su cama al tiroteado, que seguía arrojando sangre a torrentes por la nariz. Hasta el suspiro final, ocurrido quince minutos después del disparo, Alejandro permaneció en silencio y dando vueltas, con el crucifijo en las manos, mientras su hermana lo abrazaba, y su hijita, pegada al lecho, lloraba a todo pulmón.

Al día siguiente, los deudos del médico preparaban todo para el sepelio, José María y sus dos hijos paliaban la tragedia en una celda, y Carolina lloraba las peores lágrimas de su corta existencia, oculta en su habitación. Las campanas de las iglesias anunciaban lo que ya todos sabían, que Alejandro era difunto. En las siguientes semanas, la noticia, como fuego que arrastra el viento, dominaba las charlas de los habitantes de Medellín, que, con holgura y gusto, se habían dedicado a parlotear sobre las distintas versiones del suceso. Que Botero Pardo había matado al viudo porque encontró a su hija con el vestido revuelto y tendida en el sofá, en una actitud que daba la idea de una caída efectiva; que Enrique confundió al padre, pues la muchacha se hallaba en perfecta compostura y había salido del lugar del crimen tan pura como había llegado; que después del disparo, Emilia había enfrentado airada a José María. “¿Por qué mató a mi hermano?”; que, como respuesta, el comerciante intentó disparar contra ella, pero el arma se le había trabado; que las autoridades comprobaron que había otro cartucho, además del propinado al finado, martillado por el gatillo, aquella noche; que Botero Pardo no había sido incriminado por tal asunto porque la acusación de Emilia era inaceptable ante la ley y porque alguien más pudo haber accionado el arma, que pasó por varias manos después del homicidio; que Eduardo había intentado ocultar el revólver a la vista de los policías; que Botero Pardo y sus hijos, sin arrepentimiento alguno, no habían protestado ni su reclusión ni las alusiones en su contra hechas por la prensa de esos días; que Alejandro Fernández debió morir tranquilo porque había obrado como cumplido caballero en el curso de sus castos y desventurados amores; y que su muerte le había llegado porque no contaba con la imprudencia de Carolina ni, mucho menos, con la saña de José María, que había creído lavar con sangre una deshonra imaginaria.

El 30 de septiembre de ese año, el juez Clodomiro Ramírez le abrió causa criminal y le negó el beneficio de excarcelación a José María Botero Pardo. En ese mismo auto de enjuiciamiento dictó que sus hijos, Eduardo y Enrique, que habían sido puestos en libertad, tres días después del crimen, fueran sobreseídos del delito de homicidio.

En las semanas de octubre, por el mismo tiempo en que las librerías vendían la recién publicada novela de Tomás Carrasquilla Frutos de mi tierra, los alrededores de las iglesias, la plaza de mercado, el circo de toros y las calles del centro sirvieron de vitrina a voceadores que ofrecían un folletín titulado El drama de la calle de El Palo, que se vendió como arroz, relato con apartes de aquel proceso judicial, autorizado y avalado por los parientes del finado. La publicación había sido preámbulo suficiente para que el juicio contra el acaudalado comerciante, celebrado los días 3, 4 y 5 de diciembre de ese año de 1896, estuviera abarrotado de curiosos. La multitud que había concurrido el primer día al Palacio de Justicia, con el ánimo de saber el final del suceso, obligó a continuar las diligencias judiciales en el teatro local en las dos jornadas restantes.

Durante el proceso, Carolina dijo que el médico siempre la había respetado, pero insinuó, acaso por salvar a su padre, que el café que le había ofrecido la noche del 27 de mayo contenía una sustancia tóxica. También mencionó una extraña inyección hipodérmica. Decenas de habitantes fueron testigos del veredicto del jurado a favor de José María Botero Pardo, quien se libró de los grilletes de la prisión o de los balazos, frente a un grupo de fusileros. La absolución, según sostenían los tres defensores del acusado y algunos periodistas, era de esperarse así muerto y matador hubieran sido personajes insignificantes. El jurado concluyó que no se había cometido un delito, en la acepción filosófica y legal de la palabra, y que aquel crimen solo había sido una desgracia social para dos familias notables de Medellín.

Otro diciembre, el de 1915, diecinueve años después, Eduardo, hermano mayor de Carolina, proveniente de Nueva York, ingresaba en el manicomio de Bermejal, ubicado en una colina oriental de la ciudad, con una confusión mental crónica e incurable, incubada por una enfermedad infecciosa y por el consumo excesivo de alcohol. Acaso, las monjas y los vigilantes del establecimiento pudieron distinguir entre las frases que repetía todo el día y todos los días, hasta el de su muerte, apartes de los sucesos de una tragedia de amor, ocurrida en una calle cualquiera, que, en tal circunstancia, debieron atribuir a un asunto imaginario, salido de la cabeza de un loco.

Fuentes

Laboratorio de Fuentes Históricas, Universidad Nacional de Colombia, sede Medellín, Fondo Hospital Mental de Antioquia, Historia Clínica núm. 096.

Periódico Ecos y Notas. Medellín, 1896.

Periódico El Aviso. Medellín, 1896.

Periódico Las Novedades. Medellín, 1896.

Ramírez B., Clodomiro. Archivo personal. Fundación Antioqueña para los Estudios Sociales (Faes), Medellín.

_____ El drama de la calle de El Palo: Visita fiscal y auto de enjuiciamiento. Medellín: El Esfuerzo, 1896.

Reyes, Catalina. Aspectos de lavida social y cotidiana en Medellín, 1890-1930. Bogotá: Colcultura, 1996.

Argollas para una mujer negra

Elisa Uribe y Lisandro Palacio (1898)

Dominada, Elisa Uribe tomó la lezna y rompió la débil carne de su sexo en cuatro ocasiones. Por los pequeños orificios la sangre se desató. En segundos, las gotas se convirtieron en chorritos rojos chocando contra el piso de barro, que dibujaban caprichosas formas. Atemorizada, segundos antes, había visto cómo su marido, Lisandro Palacio, se apoderaba de su cuerpo tendido en el suelo, amenazándola con un cuchillo de cocina, apretado en su puño. Apurado por la hemorragia de su mujer, el hombre apartó el arma, tomó dos argollas de cobre y, con sus manos ensangrentadas, las pasó por los cuatro huequitos. A una pulgada de distancia quedaron los aros rudimentarios que, desde esa Navidad del año de 1898, se vio obligada a llevar en la vulva esta mujer negra, habitante de Belén, un poblado en las afueras de Medellín.