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"Las Abuelas no somos ningunas heroínas, sino mujeres comunes, con vidas comunes, cada paso que dimos fue un aprendizaje. Quizás hay quien no ha luchado ni luchará nunca por la Memoria, la Verdad o la Justicia, pero desde el momento en que te quitan a un hijo, cualquier mujer saldría a la calle a buscarlo", escribió Delía Giovanola. La noche del 16 de octubre de 1976 un comando del Ejército irrumpió en el departamento donde vivían Jorge Ogando y Stella Maris Montesano. Ella cursaba el octavo mes de embarazo. Se los llevaron encapuchados. Virginia, la hijita de tres años, quedó durmiendo en su cuna. A la mañana, Delia recibió un llamado telefónico: "Se llevaron a los chicos". Así comenzó para Delia y su nietita un periplo de incertidumbre y llanto escondido. Soledad Iparraguirre es la encargada de construir una biografía a dos voces, donde hace de puente para narrar las memorias de Delia, fundadora de Abuelas de Plaza de Mayo. Un relato familiar en el que se funde lo personal y lo social, las pérdidas irreparables, el trágico desenlace de Virginia, en 2011, pero también la determinación de la búsqueda infatigable y la alegría por el reencuentro con el nieto Martín, en 2015. Luego de la muerte de Delia, el 18 de julio de 2022, este libro, a punto de imprimirse, se convirtió en un homenaje a su vida y a su lucha. Un compromiso de continuar con su legado y su búsqueda de las nietas y nietos que aún nos faltan.
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Seitenzahl: 216
Veröffentlichungsjahr: 2022
Prólogo
Introducción
1 - Aquella apacible vida
Tiempos fundacionales
Una infancia sosegada
La vocación de enseñar
Jorge, el gran amor
Los veranos en Los Tilos
Solos
Pablo
Jorge Oscar, “Jorgito”
Nunca me permití quebrarme
Los chicos
2 - Se llevaron a los chicos
Peor que saber
Miedo
Cercados
Yendo a Plaza de Mayo
En la boca del lobo
3 - El abismo
“Abandonad toda esperanza, quienes aquí entráis”
Luchar cada día de mi vida para que sea justicia
Destino final
La esperanza de vivir
El largo camino de la (in)justicia
Negar el olvido
4 - El encuentro en la Plaza
Aquella bandada de palomas
En camino
Paridas por las Madres
Los primeros pasos
Abuelas detectives
Desaparecer Madres
Las doce bajo el jacarandá
Pañuelos de dignidad
Visibilizar la búsqueda
Una esperanza en medio del desamparo
Suerte sellada
5 - Abuelas al mundo
Escribirle al mundo
Con la esperanza latente
Informaciones
Madre con cartel
6 - Virginia
Buscando aturdirla
A fondo
Suscitar inquietudes
Ocho cartas
La decepción
El quinto elemento
“Desaparición forzada de persona”: el acompañamiento del Banco
El despertar de la militancia
Contra todo olvido
Búsqueda ciega
La felicidad aferrada a la búsqueda
Un día de sol
Charly, su gran amor
El quiebre
Tarde
Conmoción
7 - Martín
Los hilos de Virginia
Identidades adulteradas
Tiempo de anuncios
El sinuoso camino hacia la verdad
Cambio de planes
Lo que tendría que haber sido
Guardado en la memoria
Vueltas
Seguir
Epílogo
Hasta encontrarte
Acariciar el rostro de la Patria
Conmigo y a mi lado
Consecuencia del genocidio
Nuestra búsqueda
Soy
Palabras para Delia
Anexo fotográfico
Agradecimientos
Bibliografía
Tapa
Iparraguirre, Soledad
Delia : bastión de la resistencia / Soledad Iparraguirre ; prólogo de Angela Pradelli.- 1a ed .- Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Marea, 2022.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-8303-93-2
1. Derechos Humanos. 2. Abuelas de Plaza de Mayo. 3. Dictadura Militar. I. Pradelli, Angela, prolog. II. Título.
CDD 323.092
Dirección editorial: Constanza Brunet
Edición: Víctor Sabanes
Asistencia de edición: Ángeles Prisco Cosulich
Comunicación: Fernando Brovelli
Diseño de tapa e interiores: Hugo Pérez
Corrección: Emilia Ghelfi
Fotografía de tapa: Delia Giovanola y Pina Ogando, ronda de los jueves, Plaza de Mayo, 1982. Foto de Mónica Hasenberg.
Fotografía de contratapa: Delia y Taty Almeida festejan la restitución de Martín Ogando. Foto de Kaloian Santos Cabrera.
© 2022 Soledad Iparraguirre
© 2022 Editorial Marea SRL
Pasaje Rivarola 115 – Ciudad de Buenos Aires – Argentina
Tel.: (5411) 4371-1511
[email protected] | www.editorialmarea.com.ar
ISBN 978-987-8303-93-2
Impreso en Argentina – Printed in Argentina
Depositado de acuerdo con la Ley 11.723. Todos los derechos reservados.
Prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento sin permiso escrito de la editorial.
A mis hijos, Lola y Tomás.
A Virginia Ogando, in memoriam.
La memoria no es nada sin el contar.
Paul Ricoeur
Tal vez el dolor
esté primero
en la memoria
y recién después sigan los olores, la piel erizada, el viento
en la cara, un revoltijo en la boca, los estruendos,
las olas que rompen sobre la pared del barco, el tren
que cruza en el insomnio de las madrugadas,
la fiebre en el estómago; y habrá más, es un mazo
de recuerdos comprimidos por el deseo y las
ausencias, la omisión, y el consuelo que nunca
alcanza para cubrir la falta, un vacío,
el dolor que se queda para siempre en la memoria.
“En la memoria”, Ángela Pradelli
Prólogo
La escritora María Granata me dijo una vez que, en relación con las presentaciones personales, transitamos por diferentes instancias. Cuando nacemos, somos solo un nombre a partir del cual se genera el devenir de nuestra historia. Desde ahí hacia el futuro, paso a paso, día a día, empieza una constelación de papeles, títulos, oficios, acreditaciones, documentos, expedientes, denuncias, participación social, intervenciones sociales, etc., que acompañan ese nombre y presentan a la persona. Hay una tercera instancia, que solo se alcanza a veces, y que implica despojarse de todo en su vuelta al nombre. Es decir, cuando esa vida es intensa y sentida, la persona vuelve a ser solo ese nombre porque ya no necesita de pergaminos ni presentaciones.
Este es el caso de Delia Cecilia Giovanola. Puedo imaginarla en su nacimiento. Su madre Angélica y su padre Francisco llamándola Delia cuando la abrazan en sus primeras horas de vida. Luego, el mundo de papeles con los que seguramente la presentaron muchas veces. Docente, bibliotecaria, Madre de Plaza de Mayo, Abuela de Plaza de Mayo. Y ya, desde hace un tiempo, Delia otra vez. Delia Cecilia Giovanola, cuando decimos su nombre, viene una correntada fresca de amor con la que ella transitó aun en los días más oscuros, en los paisajes desiertos y en las noches silenciosas. Su nombre, ahora, está fundido en su historia de vida y, como cuando nació, pronunciarlo nos convoca al abrazo.
Soledad Iparraguirre es aquí la encargada de narrar las memorias, hilvanar los hechos y las voces, y lo que logra es un relato familiar que estremece sobre todo cuando esas voces se anudan al tronco de la última dictadura cívico-eclesiástico-militar y se funde en el relato histórico. Gracias a su oficio, las arrugas de lo personal y lo social, trágicas y dolorosas, se despliegan ante nosotros. Es esa expansión la que nos ayuda a comprender lo inefable a través de una escritura sin fisuras, aun en las aguas de esos largos años de opresión.
La pregunta siempre aparece. ¿Tenemos que narrar estos episodios? Sí, siempre, una y otra vez, cada vez más. ¿Por qué? La respuesta la dio Primo Levi hace ya algunos años: “Porque si pasó una vez, puede volver a pasar”.
Delia testimonia en este libro su experiencia, su dolor por las pérdidas, pero también la alegría de la búsqueda infatigable y el reencuentro con su nieto Martín. La memoria es un acto creativo. La palabra de Delia y la construcción de Iparraguirre tienen la luz de la creación e iluminan no solo la vida de la protagonista, sino también la nuestra.
Ángela Pradelli
Introducción
Conocí personalmente a Delia en Beccar, San Isidro, en la colocación de la baldosa en homenaje a Héctor Oesterheld, en un emotivo acto llevado a cabo en la casa donde vivió el historietista. Fue en mayo de 2016. Sabía quién era y cuántas ausencias cargaba sobre sus espaldas, pero durante largos años me había conformado con seguir a muchas de ellas, mujeres faro –Madres y Abuelas de Plaza de Mayo– a una prudente distancia, ya fuera en charlas, en las calles o en la histórica Plaza cada 24 de marzo, sin acercarme siquiera a saludarlas. Una mezcla de emoción por su legado de lucha y respeto ante tamaño dolor padecido hacía que me mantuviera al margen. Delia no era la excepción.
Un compañero de militancia nos presentó aquella vez. Tras los discursos de rigor de los integrantes de Barrios por la Memoria y la Justicia Zona Norte –responsables junto a otros colectivos del necesario ritual de colocación de baldosas conmemorativas que interpelan nuestra memoria–, me animé a encararla. Le pregunté “cómo iba todo con Martín” o algo así. Pocos meses antes, uno de los nietos más esperados había recuperado su verdadera identidad. De inmediato me mostró varias fotos en su celular y conversamos un rato. Lorena Battistiol Colayago (colaboradora de Abuelas de Plaza de Mayo, que aún busca a una hermana o hermano nacido en cautiverio) la acompañaba ese luminoso día. Al poco tiempo, volví a verla, pero esta vez en su casa: había quedado pendiente una visita que le prometí y fui a pasar la tarde con ella a Villa Ballester. A todo esto, ya teníamos nuestros contactos telefónicos y charlábamos con frecuencia, aunque gran parte de la comunicación que manteníamos eran audios de uno y otro lado; ella ya era toda una “abuela cibernética” (así la llaman en la institución) que conocía al dedillo el manejo de las redes.
Pasó poco más de un año cuando le dije que deseaba escribir sobre su vida. Había venido a La Plata, su ciudad natal, a dar una charla en la librería El Aleph.
Por la noche, la llamé y le expliqué sintéticamente que me proponía escribir una biografía a dos voces, en la que ella fuera la relatora principal abriendo camino –¿acaso uno más?– a su propia historia. Yo oficiaría de puente. “Me gusta esa idea. ¿Cuándo empezamos?”, fue su inmediata respuesta.
Al día siguiente, fui a reunirme con ella en la casa de una de sus amigas de “aquellos años mozos”, e iniciamos un recorrido desordenado y por momentos caótico de sesiones de grabación que se extendieron a lo largo de un año. Mi rutina familiar no me permitía abocarme a fondo y finalizar el proyecto en el corto plazo como hubiera querido, algo que, algunas veces, lo tornó pesado por la ansiedad que generó el querer materializarlo, pero pasó a ser la excusa perfecta para seguir visitándola, acompañándola y disfrutar junto a ella fines de semana íntegros que quedarán guardados en mi memoria afectiva.
Durante ese año, Delia no solo me abrió las puertas de su casa, sino que me brindó su confianza, su sagaz sentido del humor, su sensibilidad y compañía. Algunas tardes, nos adentramos en su baúl de la memoria –un preciado tesoro–, desmenuzando su archivo personal repleto de fotos, cartas, textos, papelitos sueltos, homenajes y presentes recibidos todos estos años. Compartimos salidas y encuentros que excedieron largamente el objetivo de este libro. Siempre me esperó atenta a continuar la delicada y dolorosa tarea de hurgar en los más aciagos recuerdos para acercarles a las y los lectores su historia de desgarros y de lucha ininterrumpida y tenaz.
Me atraviesan todos y cada uno de los crímenes perpetrados por el terrorismo de Estado bajo la última dictadura cívico-militar. Soy una convencida de que cada historia merece ser contada, bajo el formato que sea, como aporte testimonial al sostén de nuestra memoria colectiva. Todas y cada una de estas mujeres fortaleza, que enfrentaron al más sangriento poder dictatorial con un pañuelo blanco sobre sus cabezas y su obstinado e implacable peregrinar en la búsqueda a tientas de sus hijos y nietos desaparecidos, merecen que su historia sea contada.
Este libro se centra particularmente en el drama familiar de Giovanola. No intenta acercar al lector la historia de Abuelas de Plaza de Mayo ni teorizar sobre el horror que implicó el terrorismo de Estado, temas abordados ambos en extensos y necesarios volúmenes de la historiografía nacional política y social.
Delia suele decir que no eligió ser Madre ni Abuela de Plaza de Mayo, que la vida la puso ahí. A sus 96 años, habiendo emprendido el infatigable camino de la búsqueda de verdad y justicia, soportando más de un drama familiar que hubiera doblegado a unos cuantos, ella sonríe y resiste. En esa resistencia –en su férrea lucha, la esperanza intacta y los pasos dados desde la fundación de Abuelas hasta su aporte al día de hoy– está su legado.
1
Aquella apacible vida
La vida, la verdadera vida estaba en algún lugar,
mucho más allá de los tejados.
Rosa Luxemburgo
Cuando Angélica Viñales fue a comprar arcilla para una tarea escolar, no imaginó que terminaría enamorándose. Para Francisco Giovanola, bohemio escultor, el flechazo fue inmediato.
Nacida en 1903 en Lobos, provincia de Buenos Aires, la joven quedó huérfana de pequeña. Angélica permanecía pupila en el Colegio Sagrada Familia, prestigiosa institución perteneciente a la congregación salesiana Hijas de la Cruz, con sede en distintas ciudades, entre ellas, La Plata. Había heredado la fortuna de sus padres, Isidora Montoya y Pedro Servando Viñales, terratenientes afincados en aquel poblado bonaerense, que fallecieron tempranamente. Pedro murió mientras Isidora cursaba el embarazo de la niña y su madre, tres años más tarde. El contador de la familia administró los bienes de la pequeña hasta su mayoría de edad.
Tras aquel furtivo encuentro, Francisco comenzó a visitarla con frecuencia. Allí, en el internado de monjas y al acecho de las miradas cómplices de las compañeras de estudio, pidió su mano. Al poco tiempo, se casaron. Las monjas le regalaron el ajuar con las prendas bordadas en seda natural: el vestido de novia, un camisón con costura y cofias.
Siempre me causó gracia cómo se conocieron mis padres y que él le hiciera de novio con su mamá. Se conocieron de casualidad y se enamoraron. Parece que fue mutuo. Al poco tiempo, mi padre fue al colegio y pidió permiso para verla. Su tutor, el doctor Ahumada, la ubicó ahí. Prácticamente no lo conocimos, aunque lo vimos una vez cuando vino a visitarla; mis hermanos y yo éramos chicos. En casa siempre estuvieron colgados unos cuadros grandes con los retratos de mis abuelos y del doctor Ahumada. Mis padres se casaron muy jóvenes. Guardé el ajuar durante mucho tiempo. Pero, cuando mi vida dio un vuelco tan grande y me dediqué de lleno a la búsqueda de mi hijo, primero, y de mi nieto, después, sumado a las mudanzas, tuve que ir desprendiéndome de algunas cosas y perdí otras.
Mi padre le llevaba varios años a “mami”. Siempre creímos que eran once, pero, una vez fallecido, mis sobrinas tramitaron la ciudadanía italiana, recobraron su partida de nacimiento y nos enteramos de que eran algunos más. También ocultó otros nombres. En la documentación, figuraba como Remo Francisco Abramo y la familia lo conocía solo por Francisco. Nos contó que había nacido en un barco francés y la verdad es que no sé si fue así. Lo cierto es que, de grande, ya estando en el Normal, yo seguía repitiendo esa historia que él nos transmitió.
Tiempos fundacionales
Delia nació un agobiante 16 de febrero de 1926 en una casa de altos en el centro de la ciudad de La Plata. Al hogar se accedía por una suntuosa escalera de mármol de Carrara, coronada por la fachada densamente ornamentada, fiel al estilo arquitectónico barroco de la época. La vivienda albergaba el taller de escultura del padre que supo dar empleo a cerca de cuarenta trabajadores entre obreros, escultores y artesanos.
Francisco heredó el talante bohemio y artístico de su padre. Nacido en Milán, Italia, Abramo era el quinto hijo de una familia de doce hermanos. De joven, estudió Arte en Florencia. El 21 de diciembre de 1887, llegó al país en el Iniziativa, buque a vapor que arribó al puerto de Buenos Aires cargado de inmigrantes europeos, junto a su mujer Cecilia de Naro, joven maltesa, hija de marinos. Por un tiempo, se instalaron en los suburbios para luego mudarse al corazón de la ciudad.
La Plata transitaba tiempos fundacionales y Abramo respondió a la convocatoria lanzada por el gobierno nacional. Tras el acto oficial del 19 de noviembre de 1882, se requería de obreros y artesanos que materializaran lo establecido por Dardo Rocha en el acta de fundación de la capital de la provincia de Buenos Aires. La ciudad fue tomando forma de la mano de trabajadores mayoritariamente extranjeros. Giovanola formó parte de una camada artística de españoles e italianos que legó a La Plata monumentos, fachadas y bustos. Entre sus numerosas obras, se destacan el Monumento a Giuseppe Garibaldi, emplazado en la localidad homónima; la virgen del Asilo Marín, construida en mármol de Carrara, que el propio Abramo fue a buscar a Italia; el águila de Plaza Italia, titulada Monumento Alla Fratellanza (Monumento a la Hermandad), símbolo de la confraternidad argentino-italiana, y Primavera, estatua de figura femenina en mármol, instalada en el Jardín Zoológico y Botánico, valuada en quinientos mil dólares, que fue robada en los años noventa y nunca se recuperó.
En 1898, Abramo fue cofundador de la Academia de Bellas Artes, espacio dedicado a la promoción y formación de profesionales de la escultura y la pintura, entre otras disciplinas artísticas. También integró el plantel docente del Centro de Bellas Artes. Falleció en 1921, a los 69 años.
Gabriela Giovanola, hija de su hermano Mario, se dedicó durante años a investigar la genealogía familiar, que condensó en la escritura del Diario íntimo familiar. En sus páginas, rememora el carácter bohemio del artista: “Abramo descansaba en su mujer todo el manejo de la casa. Siempre vivió de la escultura y era un trabajador infatigable. Pero todas las tardes, con la puesta del sol, cumplía con un rito muy europeo y de artistas, compartir un vaso de vino. Sacaba a su perro, un enorme San Bernardo, y caminaba hasta una vinería con mostrador en diagonal 73 y 47”.1
Mi abuela paterna era de la Isla de Malta, en aquel entonces, posesión inglesa. Siempre bromeábamos con que teníamos sangre inglesa de parte suya. De apellido De Naro, bien italiano también. La recuerdo siempre vieja. Yo no me veo así de vieja como la veía a ella. No la recuerdo afectuosa ni que me haya tenido en brazos. Falleció cuando yo noviaba con Jorge, a mis quince o dieciséis años. La recuerdo en su casa escuchando las novelas por la radio. En casa compraron la misma radio que tenía ella, pero no tenían la costumbre de escuchar las radionovelas. Nací en esa casa del centro, donde mi padre tenía el taller de escultura. En esa época, se usaba mucho la ornamentación y, en el taller, había cerca de cuarenta obreros trabajando con mi padre. Él, a su vez, participaba junto a mi abuelo en trabajos para la ciudad.
Angélica y Francisco tuvieron tres hijos. Elsa nació en 1924 y fue la primogénita. Dos años más tarde, en 1926, nació Delia. Poco tiempo después, en 1927, llegó Mario, el único varón. Los hermanos crecieron unidos en el seno de una familia acomodada que no conoció privaciones. “Francisco –cuenta Gabriela Giovanola en las memorias que describen la historia familiar– fue dilapidando, poco a poco y con el correr de los años, cada peso de la fortuna de Angélica que estaba a su cuidado. No por derrochón, jugador ni mujeriego, sino simplemente por bohemio, bondadoso, crédulo y el poco sentido común que tenía para los negocios en los que se embarcaba”.2
Una infancia sosegada
Delia transitó una infancia apacible, sin mayores preocupaciones. Comenzó sus estudios en la Escuela Normal Superior N° 1 Mary O. Graham3 desde los iniciales años de jardín, que en esa época se llamaban mesas, hasta la secundaria. Allí mismo, en la escuela que inaugurara el presidente Marcelo T. de Alvear en 1932, se recibió de maestra a los diecisiete.
Al principio nos llevaba mami en el auto, ella manejó siempre. No recuerdo a mi padre haciendo eso. Ella era madre y padre. Fue una madre muy presente; él, en cambio, un padre bohemio, metido en lo suyo. Después ya íbamos caminando porque vivíamos muy cerca del colegio. Me acuerdo de cruzar Plaza Moreno con mi hermana y comer de los cocos que caían de esas palmeras gigantes. Ahora pienso que estarían llenos de orín, pero, no sé, pero eran otros tiempos. Andábamos tranquilos desde chicos y no nos cuidaba nadie en la calle. No había necesidad.
Su compromiso férreo con la enseñanza asomó mucho antes de concluir los años de magisterio. Josefina Passadori, prolífica escritora, política y educadora, fue clave en el despertar de su temprana vocación.4
En quinto grado, tuvimos a Josefina Passadori, el sumun de las maestras. Ella nos hizo amar las matemáticas. Lo mismo que ella hacía, su modo de enseñarnos, lo copié luego con mis alumnos. Tenía un lápiz rojo de pasta que envolvía en papel porque se gastaba pronto: presentaba el ejercicio en el pizarrón y corregía a los primeros diez que lo resolvían. Al primero, le ponía un muy bien 10 con esa pasta, que, cuando cerrabas el cuaderno, quedaba hecho un pegote. Era un trofeo esa nota suya. Josefina era más bien machona y fumaba como una condenada. Cuando entraba en el aula, el olor a pucho invadía el salón. Se me ocurre que era muy aventurera. Casi no usábamos libros de geografía porque nos quedábamos impregnados con los relatos de sus viajes. Fue una mujer de avanzada, marcó a fuego mi formación. Quise hacer lo mismo que ella cuando fui maestra.
La vocación de enseñar
“Me convertí en maestra de alma. Tengo alumnos desde que tengo conciencia”, explica, orgullosa de una vocación que sostuvo hasta pasados los noventa, mientras continuó dando clases de apoyo en su departamento de Villa Ballester, rebuscándosela con materias inexistentes en sus años de docencia, como filosofía e inglés. A los quince, ya preparaba a compañeras y amigas, y tenía sus propios alumnos en casa de sus padres.
Empecé a tener alumnos oficialmente dentro de mi familia. Mis primas hermanas venían para que yo las preparara para el ingreso al bachiller y lo hacía gustosa. También preparé a la novia de mi hermano, que luego fue mi cuñada; le decía “la enamorada” porque no dejaba de mirarlo, y me costaba que se concentrara y prestara atención. Me sentí maestra a tal punto que empecé a cobrar un valor irrisorio, simbólico, a algunos de ellos. Tuve alumnos desde siempre y lo disfruté toda la vida.
Una vecina le pidió clases particulares para sus hijas mellizas. Buscaba que adelantaran un año de escuela. Con Delia, las niñas se adentraron en la lectoescritura y la comprensión de sencillas resoluciones matemáticas. “Mi madre siempre nos decía que usted nos enseñó a leer y escribir”, le dijo años más tarde, una de ellas, Stella Maris Montesano, cuando su novio, Jorgito Ogando, la presentó oficialmente a su mamá.
La mujer quería que yo les enseñara los primeros pasos en la escuela. Me sorprendió la rapidez y facilidad para aprender que tenían ambas. Les enseñé en casa, pero le aconsejé a la mamá que no las forzara a adelantar los conocimientos porque lo de ellas era un aprendizaje muy espontáneo y natural. Al poco tiempo, se mudaron y desistió de la idea. Stella Maris terminó siendo mi nuera y fue alumna en el Normal 1 donde me recibí y ejercí.
El 13 de junio de 1943, le llegó el primer nombramiento como maestra. El nuevo cargo se dio en el contexto del golpe militar que derrocó al presidente Ramón S. Castillo y en un país convulsionado por los hechos que sacudirían el tablero político al dar origen al peronismo. La fecha quedó anclada en su memoria. Aquel día cayó martes y, desde ese momento, decidió que ese sería su número de la suerte.
Su suegro, en ese entonces secretario de la Dirección de Escuelas, firmó su nombramiento a una escuela diferenciada en Berisso. A los pocos meses, obtuvo el pase a la Escuela N.° 5, de Tolosa. Continuó el ejercicio de la docencia en la Escuela N.° 11 Florentino Ameghino y, finalmente, en el Normal N.° 1 Mary O Graham, donde se formó.
“Su casa era un anexo de la escuela, Delia era un apuntalamiento –recuerda Beatriz Sánchez Distasio, alumna suya en la escuela primaria Florentino Ameghino–. Delia fue una maestra muy querida, fue semilla. Logró una hermandad entre sus alumnos, que nos sintamos afectivamente fuertes. Eso no lo logra cualquier docente. Se imponía por su presencia y su calidez. Recuerdo sus tacones, los labios pintados de rojo, el pelo pesado y abundante sobre los hombros. Delia enseñaba con amor, sentía respeto por el conocimiento y, con su tono de voz firme pero decidido, sentías que estabas protegida dentro del aula. El nuestro fue un curso que se acostumbró a querer al compañero, porque ella daba ese ejemplo. Fue una docente de pisada fuerte pero amorosa, una mujer que caminaba el aula. Desde la firmeza, nos enseñó a tratarnos con igualdad y logró que el grupo funcionara como una unidad”.
Jorge, el gran amor
La vida se obstinaría en golpearla una y otra vez. El primer desgarro fue la temprana muerte, en 1962, de Jorge Narciso Ogando, su marido, su primer amor y el padre de su único hijo, Jorgito, tras un tumor pulmonar que doblegó sus fuerzas. Se habían conocido poco antes de que ella cumpliera los quince. Los presentó su inseparable amiga Ethel Angeli, “Tela”, en un baile de fin de curso en diciembre de 1940. Tela era una compañera de escuela y vecina, con quien compartía hasta las siestas por la tarde. En aquella ocasión, él pidió autorización a sus padres para visitarla, permiso prontamente otorgado bajo la mirada atenta de Angélica. Se volvieron inseparables.
Tela Angeli fue mi gran amiga. La conocí en quinto grado, pero ella estaba en otra división. Vivía a la vuelta de casa, sobre la misma manzana. Me la pasaba en su casa y recuerdo que su madre hacía trabajos de costura. Nos acostábamos con una revista y nos quedábamos dormidas. La madre se reía de nosotras porque dormíamos las siestas juntas. Ella me hizo el vestido de quince con un tul del vestido de novia de mami. Un año antes, para sus catorce, le pedí a mami y le compré un corte de género para regalarle un vestido blanco con lunares. En la escuela éramos rivales en pelota al cesto. Nos divertíamos y nos quisimos mucho. Creo que fui una de las primeras en ponerme de novia oficialmente, muy pocas compañeras lo hacían.
En ese tiempo nos habíamos mudado para achicar gastos. Correrse de la Plaza Moreno, alejándose del centro, era bajar de categoría. Jorge empezó a visitarme en casa. No salíamos mucho, no era como ahora. Mami nos llevaba a las fiestas de los clubes. Me acuerdo de ir caminando a las fiestas del club Estudiantes, que tenía un salón de baile enorme. Mami esperaba sentada a un costado. Yo decía siempre que “planchaba” por el aburrimiento que se pegaba.
No hubo fiesta de casamiento. “Mi suegra tenía la costumbre de pedir la extremaunción a cada rato”, recuerda Delia, con una mirada que se ilumina de picardía. Fue una ceremonia sencilla, sin vestido blanco ni ramo de novia. Usó un trajecito celeste y la celebración se coronó con una íntima reunión en casa de sus suegros. Un cura del barrio había visitado un día antes a María Zoila Pereyra, la madre del novio, para darle la extremaunción.
