Detrás de los barbijos - Celeste Del Bianco - E-Book

Detrás de los barbijos E-Book

Celeste Del Bianco

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Beschreibung

Este libro se empezó a escribir a manera de catarsis. En marzo de 2020 los trabajadores de la salud comenzaron a vivir en un estado de alarma e incertidumbre permanente. José María Malvido, jefe de la Unidad de Infectología y Control de Infecciones del Hospital Dr. Alberto Balestrini, y Eugenia Traverso Vior, médica internista, encontraron en la escritura una vía de escape para alivianar la carga de una pandemia que se pronosticaba voraz. "Escribir para soltar", decían. A ellos se sumó la periodista Celeste del Bianco que hizo un recorrido federal para saber cómo se vivía la pandemia a través de las voces de trabajadoras y trabajadores de la salud en todo el país. Lo que siguió después es el camino hacia este libro que es también un homenaje a quienes ponen el cuerpo en todo el país: intensivistas que ven morir a sus colegas, ambulancieros que cantan en los pasillos, trabajadoras de limpieza que prestan sus celulares a pacientes en aislamiento, agentes de salud que hacen más de 500 kilómetros para vacunar. La escritura como una manera de eclipsar este tiempo inédito plagado de incertidumbre y dolor. Una catarsis compartida con los lectores y lectoras que encontrarán en estas páginas las muchas maneras de elaborar la pandemia personal y colectiva.

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Seitenzahl: 260

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Contents

Prólogo. Los curadores del alma

Introducción. Crónicas “para soltar”

Capítulo 1. La previa (marzo / abril 2020)

Capítulo 2. Odio esta profesión (mayo / junio 2020)

Capítulo 3. Semana récord (julio / agosto 2020)

Capítulo 4. Antes, la vida (septiembre / octubre 2020)

Capítulo 5 . Las manos (noviembre / diciembre 2020)

Capítulo 6. La esperanza de las vacunas (enero / febrero 2021)

Capítulo 7. Ayudame a respirar (marzo / abril 2021)

Capítulo 8. Tsunami (mayo / junio 2021)

Capítulo 9. Ver las olas pasar (julio / agosto 2021)

Agradecemos

Landmarks

Cover

Del Bianco, Celeste

Detrás de los barbijos : curar y cuidar en la pandemia : crónicas del personal de salud / Celeste Del Bianco ; José María Malvido ; Eugenia Traverso Vior ; prólogo de Víctor Hugo Morales. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Marea, 2021.

Libro digital, EPUB - (Historia urgente / Constanza Brunet ; 89)

Archivo Digital: descarga

ISBN 978-987-8303-70-3

1. Pandemias. 2. Salud Pública. 3. Crónicas. I. Malvido, José María. II. Traverso Vior, Eugenia. III. Morales, Víctor Hugo, prolog. IV. Título.

CDD 362.1042

Edición: Constanza Brunet

Coordinación editorial: Víctor Sabanes

Diseño gráfico de tapa e interiores: Hugo Pérez

Fotografía de tapa: Ariel Torres

Fotografía de contratapa: frente del Hospital Dr. Alberto Balestrini, por Eugenia Traverso Vior.

© 2021 Celeste del Bianco, José María Malvido, Eugenia Traverso Vior

© 2021 Editorial Marea SRL

Pasaje Rivarola 115 – Ciudad de Buenos Aires – Argentina

Tel.: (5411) 4371-1511

[email protected] | www.editorialmarea.com.ar

ISBN 978-987-8303-70-3

Depositado de acuerdo con la Ley 11.723. Todos los derechos reservados.

Prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio

o procedimiento sin permiso escrito de la editorial.

Impreso en Argentina – Printed in Argentina

A mis hijes Alma y Matías, mi todo

y mi siempre. A la memoria de Fernando y a

todes quienes sufrieron en esta pandemia.

José María

A Simón. Porque desde que llegó,

todos mis días tuvieron sonrisas.

A mis viejos. Porque son todo lo que

está bien en este mundo.

Eugenia

A mi papá, Carlos Alberto del Bianco,

que en algún lado estará celebrando este libro.

A las mujeres de mi familia,

un aquelarre de amor y contención.

Celeste

Prólogo

Los curadores del alma

Me van a bañar por primera vez fuera de la cama. Tito me pregunta si me puedo sentar y le digo que me parece que sí.

–Dame la mano, a ver –me dice mientras voy tratando de enderezar mi espalda. Él toma las piernas y las va quitando de la cama hacia el vacío. Me acomodo mejor y quedo sentado.

Las piernas ahora se apoyan en el piso.

–Quedate así, no te apures –me ordena persuasivo.

Hace algo con el cableado del oxígeno que pasa con una cánula por mis narinas. Acerca el trípode que sostiene, en lo alto, el suero y los otros remedios que van directamente a las venas.

Me cambia la cánula por una máscara de oxígeno.

–¿Te mareaste? –me pregunta.

–Que no, que estoy bien –respondo.

–¿Seguro? –me insiste.

–Sí, Tito, vamos que puedo. Estoy bárbaro, me parece. –Tito se ríe y pone su hombro debajo de mi axila derecha.

–Agarrate bien. Uno, dos, tres. ¡Arriba! Bien, bien. Un guapo de aquellos sos. ¿Sentís algo? ¿Algún mareo? –El hombre me sostiene con un brazo mientras doy un paso tras otro. Al mismo tiempo lleva todo el aparataje que está atado a mi cuerpo. A tres metros está el baño. Al llegar, con un pie acomoda el banquito en el que debo sentarme. Tito me sostiene, ubica el trípode, y coloca el pequeño taburete de madera casi debajo de mi cuerpo. –Despacito, no tenemos ningún apuro. Andá bajando, ahí, ya casi está... ¡Ehhh! ¡Campeón!, ¡ya está, lo hiciste!

Alejandro Mira (Tito), Alejandro López y Elizabeth fueron los enfermeros que más cerca estuvieron en los días de la clínica, esos días en los que me alejaba lentamente de la muerte.

Es en la ternura y la paciencia de ellos que encontré el más profundo amor por lo humano.

Hubo otros, y todos con igual dedicación, pero la frecuencia y la onda con los nombrados los convirtió en personajes inolvidables. Elizabeth me curaba la cola herida como si un animal me hubiera rasguñado con prisa. Mostrar el culo a una mujer no estaba en mis previsiones.

Pero al poco tiempo, nada importaba menos que eso. Uno se va quedando sin el pudor que provoca la exhibición de su cola, de su pito, de sus testículos, de su panza. El cuerpo es nada. Es una nariz, las orejas, es todo igual. Al cabo, el disfrute de las caricias que significaban la crema, las gasas, las toallitas, el cuidado del toque se convirtieron en algo deseado, esperado. “En un rato te curo”, me decía y yo disfrutaba del alivio por anticipado.

No les veía las caras, las máscaras y los barbijos ocultaban sus rostros. Un día, Tito se alejó hasta la puerta como si fuera a patear un córner y dijo que me iba a mostrar su cara, así lo conocía. Era bien distinto de cómo me lo imaginaba. Tenía una idea de él muy diferente. Después, hasta verlo por segunda vez, era más fuerte la imagen que había inventado que la real. Aquel hombre astronáutico, que se movía con la suavidad de quien anda por la luna, un caminante del silencio, era la estatua que había esculpido en mi mente. Y el aspecto de hombre común, la foto del tipo bueno, sonriente y bien parecido perdía en la comparación.

Un enfermero, que en medio de la noche se desliza por la habitación cuando uno no duerme y las uñas han rasguñado las sábanas durante horas, es un amigo del alma. Esa sombra espectral que pasa a mirar cuánto suero hay, que toma el brazo y lo mira para ver si está todo en orden es lo único que se tiene en el mundo.

–¿No dormís? –pregunta Tito.

–No –dice uno buscando una respuesta–. Deben ser los corticoides, ¿no?

–¿Querés agua? Tomá líquido, todo lo que puedas. ¿Seguro que no precisás nada? En un rato vengo y cualquier cosa, ya sabés: tocás el timbre. Dormí un poco, quedate quietito y dormí.

El día empieza cuando entran como una tromba con inyecciones, toallas, gasas, elementos de trabajo. Todo a paso firme, casi alegre. Al anunciar el nuevo día, le ponen una nota de entusiasmo. Ofrecen un ímpetu arrollador que a uno le hace pensar que va a andar todo bien. “¿Desayunaste ya?”, “Hay que comer, hay que comer”, “Precisás estar fuerte, si no esto no camina”, te dicen mientras levantan la cama o acomodan la sábana. “A ver, date la vuelta un poquito. ¡Pero si estás mucho mejor!”. Toman el recipiente de la orina: “Hiciste bastante, perfecto, esto promete”, te animan.

Las escenas que este libro describe tienen que ver con el dolor, la pérdida, la lucha de la vida y la muerte. El personal sanitario es el protagonista. Héroes civiles que, en el caso de los enfermeros, ni siquiera en esta etapa de tanta entrega y profesionalismo son reconocidos de esa manera. No son considerados como profesionales de la salud. No conozco una estafa mayor en el mundo del trabajo. Tito y los demás llegaban a la habitación después de un largo trajinar por otras salas.

Habían intubado pacientes, dado vuelta a los que ya estaban en esa situación y calmado a los que estaban lúcidos. Horas trajinando entre quienes podíamos contagiarlos. Llevándose a sus hogares el peso de las muertes, los gritos, los dolores y el gesto desesperado de quienes buscaban el aire que faltaba. Mal dormidos, comiendo entre sobresaltos, angustiados por la posibilidad de llevar el contagio a sus hogares.

Cada testimonio que conservemos de los tiempos de la pandemia nos hará mejores. Cuando se ama, el humano alcanza su más valiosa dimensión. Alguien que ama parece encontrar un camino de salvación. El amor por los protagonistas de este libro, por estos curadores del alma, nos fortalece, nos reivindica, nos hace mejores personas. También eso les debemos.

Víctor Hugo Morales

Buenos Aires, agosto de 2021

Introducción

Crónicas “para soltar”

“En una casa de ladrillos a la vista en Villa Luzuriaga, La Matanza, hay carteles atados sobre las rejas negras. En la fachada sobresale una cartulina blanca con letras desprolijas: Queridos vecinos, no salgo por pudor y porque los teléfonos no paran de sonar. GRACIAS POR EL AMOR. Todo va a estar bien y nos vamos a abrazar.

El que firma es José María Malvido, jefe de la Unidad de Infectología y Control de Infecciones del Hospital Alberto Balestrini, un edificio gigante y solitario en el Camino de Cintura y Ruta 21, en el conurbano bonaerense. Tiene 42 años, trabaja allí desde que se creó, hace siete. No le gusta que le digan ‘doctor’, aclara que es médico.

Es el último sábado de marzo y está expectante: coordina el armado de protocolos, la distribución de camas, la capacitación del personal y el envío de muestras”.

Así comienza la crónica que escribí después de entrevistar a José María varias veces. Fue a principios de marzo de 2020 cuando el país se preparaba para la llegada del coronavirus. Hablamos por teléfono y chateamos durante semanas, esperando el “pico de casos”. Soy periodista y en esos meses empecé a conversar con el personal de salud para después publicar textos en la revista Anfibia, el diario Tiempo Argentino y la web Nuestras Voces. Cada semana le escribía para saber cuál era la situación en el hospital. Al principio se lo escuchaba con adrenalina, enérgico. Con el tiempo, el tono fue mutando. “Cansado”, me respondía y contaba que la espera era desgastante. El estado de alarma permanente y la incertidumbre generaba, por ejemplo, crisis de llanto en los pasillos. En sus audios hablaba sobre los días sin ver a sus hijos, las personas aisladas, el miedo de saber que el virus ya estaba en los barrios vulnerables de los alrededores del hospital y de la tristeza que le provocaba ver a un compañero intubado.

“Yo te cuento lo que quieras, pero en el Instagram está todo. Es un diario de la pandemia. Lo que brota, lo escribo”, me dijo un día. Así empecé a seguir a @detrasdelosbarbijos en la red social Instagram.

En el Balestrini también trabaja Eugenia Traverso Vior, es médica internista y en esos meses recorría las salas en busca de espacios para nuevas camas para pacientes “respirados”, como se les dice en la jerga médica a los pacientes con asistencia respiratoria. Cuando todo comenzó, ella tenía 36 años. Está desde el inicio del hospital: en 2013 decidió renunciar a una clínica privada situada a seis cuadras de su casa para dedicarse a la salud pública. Ahora viaja 45 minutos desde Banfield hasta el hospital. Da clases en la universidad pública junto a José María.

La pandemia del coronavirus los unió. Él dice que escribe crónicas “para soltar” y ella saca fotos. Con el celular, con la cámara, muchas fotos. A ella le gusta escribir cartas y enviarlas. A él, hablar. Habla por radio, habla en el consultorio y, a veces, habla con un megáfono mientras hace campañas de HIV en el barrio Puerta de Hierro con la Fundación Huésped y el cura villero Nicolás “Tano” Angelotti.

–Tengo ganas de armar un Instagram. Subimos mis fotos y las que sacaste vos. A eso le sumamos tus textos, los que escribiste para Filo News –le escribió Eugenia en un mensaje de WhatsApp.

–Todo el día voy sacando fotos. Me gusta que sea un proyecto en común –respondió José María–, pensemos un @. Detrás de los barbijos, diario de una pandemia.

–Que nos quede un registro de todo lo que estamos viviendo –contesta ella.

José María dice que está roto. Eugenia también está rota. Usarán la escritura para alivianar la carga de una pandemia que se pronostica voraz.

“Avisame si no me escuchás bien, que me cambio de lugar. Yo hago un programa en una humilde radio de La Matanza y el entrecortado me pone como loco”, así se presentó José María en la entrevista. Me contó que era el conductor del programa Barrilete Cósmico por FM Fribuay y que le apasionaba la radio. Yo también amo la radio, crecí en ella, y mi primer trabajo como periodista fue con Víctor Hugo Morales, el hombre que hace 35 años creó esa frase mientras Diego Maradona hacía el mejor gol de la historia.

La pandemia también nos unió. Decidimos ponerles voz y sonoridad a los relatos de Detrás de los barbijos: armamos un podcast que publicamos en Spotify y en #LaGarcía y difundimos en el programa La Mañana por AM 750. José María grababa su parte en el baño de su casa para tener mejor acústica, Eugenia con el celular y yo con una pequeña consola.

En 2021, a un año del inicio del Aislamiento Social, Preventivo y Obligatorio, publicamos las crónicas de los primeros doce meses de pandemia en la revista Anfibia. Allí conocimos a Ariel Timmy Torres, fotógrafo de mirada sensible, que también unió su arte a este proyecto. Lo que siguió después es el camino hacia este libro de escritura apresurada que refleja las historias de quienes pusieron el cuerpo en todo el país: intensivistas que ven morir a sus colegas, ambulancieros que cantan en los pasillos, trabajadoras de limpieza que prestan sus celulares a pacientes en aislamiento, agentes de salud que hacen más de 500 kilómetros para vacunar. La escritura como una manera de eclipsar este tiempo inédito plagado de incertidumbre y dolor, pero también de uniones creativas que dan aire.

Celeste del Bianco

Buenos Aires, agosto de 2021

Capítulo 1

La previa

(marzo / abril 2020)

El 3 de marzo el coronavirus llegó al país. El ministro de Salud de la Nación, Ginés González García, confirmó al “paciente cero”, un hombre de 43 años que regresó de sus vacaciones en Italia. Así, Argentina se sumó a Estados Unidos, Canadá, Ecuador, México, Brasil y República Dominicana. Al día siguiente comenzaron los operativos de control en el Aeropuerto Internacional de Ezeiza y se cancelaron los vuelos provenientes de Roma. Cuatro días más tarde, el 7, en el Hospital Argerich se registró la primera muerte: un hombre de 64 años que había regresado de Francia. El virus se expandió, dos días después se registraron casos en Chaco, Río Negro y San Luis.

El 11 de marzo, con 4291 personas fallecidas en 114 países, la Organización Mundial de la Salud declaró la pandemia. El director general del organismo, Tedros Adhanom Ghebreyesus, advirtió que las cifras seguirían en aumento. En Argentina comenzaron las medidas: se recomendaba el aislamiento voluntario de mayores de 65 años, se prohibieron los vuelos provenientes de zonas de riesgo y los eventos masivos. Además, se suspendieron las clases presenciales y se habilitaron las licencias para las personas de riesgo. El 19 de marzo, el gobierno nacional decretó el Aislamiento Social, Preventivo y Obligatorio (ASPO) ante “una potencial crisis sanitaria y social sin precedentes”. “Nadie puede moverse de su residencia, todos tienen que quedarse en su casa. Es hora de que comprendamos que estamos cuidando la salud de los argentinos”, anunció el presidente Alberto Fernández. Aerolíneas Argentinas inició los vuelos de repatriación de las personas varadas, también se usaron aviones de las Fuerzas Armadas.

En abril, mientras se extendía el ASPO, el sistema de salud seguía preparándose para lo que vendría. Se realizaron vuelos a China para traer insumos, se compraron respiradores, se construyeron doce hospitales modulares en las zonas más complicadas del país para ampliar las camas. Clubes de fútbol, universidades y organizaciones sociales prestaron sus instalaciones para armar centros de aislamiento. Los gobiernos nacional y provinciales convocaron a personal médico retirado para ampliar el recurso humano.

En la primera quincena fueron más de 41 000 las personas detenidas, demoradas o notificadas por violar la cuarentena. En Pedro Luro, provincia de Buenos Aires, desapareció Facundo Astudillo Castro después de pasar por un control policial mientras viajaba a Bahía Blanca a ver a su novia.

A cuarenta días de iniciado el ASPO, en Argentina había 207 personas fallecidas. En los hospitales, los días transcurrían con ansiedad y nervios. Mientras se reacondicionaban las salas para ubicar mayor cantidad de camas, el personal de salud se entrenaba para evitar contagiarse.

Rezo por vos (José María)

“Yo rezo por vos”, me dijo ayer Silvia y me regaló unas tortas fritas. Me siento desagradecido con mis vecinos de Villa Luzuriaga. Ellos me dejan dibujos pegados en la pared, traen comidas, se juntan a las nueve de la noche en la puerta de casa y aplauden. Yo no sé cómo enfrentar ese cariño, lo siento, pero no me imagino saliendo a la calle. Los escucho y lloro.

Estamos en marzo, corremos y nos apuramos para evitar la desesperación que se ve en las imágenes de Europa. No descansamos, pensamos en lo que viene: necesitamos contar con los insumos, instruir al personal y conocer al virus que nos acompañará de aquí en adelante. Un enemigo no habitual. El tiempo vuela como las gotas de Flügge que esparcen el SARS-CoV-2 por todo el mundo en una pandemia que probablemente deje cicatrices en nuestras historias. Recibo a una pareja que vuelve de Italia, su vuelo de luna de miel termina en la sala de internación del hospital público de La Matanza donde trabajo; son derivados por Sanidad de Frontera desde el Aeropuerto de Ezeiza. Nos preparamos para nuestra población vulnerable de Puerta de Hierro y Villa Palito, pero recibimos como primeros pacientes a una pareja de turistas de Neuquén y a otra de Australia.

Una noche de esas, mientras en mi casa aplauden, en el hospital debatimos sobre el manejo de un cadáver. Se nos hace difícil poder diferenciar las patologías habituales de las que corresponden a coronavirus. Estamos en esos días donde muchos casos pueden ser relacionados y otros no, y en eso de la incertidumbre y el buen uso del recurso humano y del insumo, tenemos que ser muy estrictos. Todos coincidimos en que hay un punto de inflexión por estas horas: intentamos dormir y lo logramos solo por pocas horas. En la madrugada aparecen las cosas pendientes, me rebotan como una pelota de tenis. Me levanto y las anoto, para aliviar la cabeza de esas notas mentales.

Al levantarme me doy cuenta de que nunca cené y ahí están las tortas fritas. Como una y llevo el resto al hospital. Al salir, veo la imagen religiosa que Silvia, mi vecina, puso para que me acuerde de que está rezando por todos. Me persigno. Soy alguien que estuvo siempre cerca de la Iglesia, parroquia, mamá catequista, etcétera. Hoy creo más en un cura tercermundista que en la institución, pero me persigno. No sé, yo creo y son momentos en lo que necesitamos creer en algo que nos aliviane esta angustia.

Las tortas fritas llegan a mis compañeros, siento que me estoy volviendo un administrador de insumos fanático. Nos preocupan mucho los insumos y las reuniones se transforman en catarsis colectivas, se ven ojos llorosos. Nos acompañamos, lo que vamos a vivir será de dimensiones difíciles de imaginar y estamos preparándonos para eso. Moviliza ver a médicos entrenando intubación, paso varias veces por la guardia y trato de recordarles cómo definir los casos. Entiendo la preocupación de mis compañeros. Muchos elementos de protección ya no se consiguen y, entonces, llegan donaciones: máscaras por acá, bolsas de papel, ganchitos para barbijos por allá y camisolines caseros. Seleccionamos y guardamos todo, no podemos desestimar nada. No sabemos si tendremos los elementos cuando todo explote. Mientras esperamos los refuerzos que vendrán de China, pensamos cómo vamos a manejar lo que tenemos. Prever y planificar, no podemos dejar las cosas en manos de Dios.

Al atardecer vuelvo en el auto, doblo por La Quila y atravieso los monoblocks de Ciudad Evita. Detrás de una montaña de basura, en una pared pequeña se lee “Spinetta-García”. En el auto suena Rezo por vos.

“Nos están mandando a morir” (Eugenia)

Hace unas semanas, en los primeros días de marzo, hablaban de tres mil muertes por coronavirus en todo el mundo y nosotros aún sentíamos que era cosa de otro planeta. Rápidamente en Europa los casos fueron aumentando de forma estrepitosa. Ya para la segunda quincena, lxs colegas nos mandan videos desde España mostrando centros de salud totalmente colapsados. Camillas amontonadas en pasillos, pacientes sentadxs en sillas con tubos de oxígeno portátiles. Caos en todos los rincones. Me cuesta pensar que está la posibilidad de que podamos vivir algo similar acá. Me genera mucha incertidumbre y angustia.

Tengo amigxs varados en Europa a los que están mandando de un país a otro (por no decir “echando”). No logran volver a Argentina porque no hay vuelos suficientes para repatriar a todxs. También tengo amigxs europexs encerradxs en sus casas, sin poder ver a sus familias, respirando miedo y con temor hasta de salir a comprar.

En Argentina se armó otra grieta. Lxs escépticxs, por un lado, lxs que tienen pánico, por otro. En el medio muchxs de nosotrxs que intentamos no exagerar con las medidas, pero tampoco subestimar el virus. Vivo preguntándome cuál es el equilibrio justo.

Escribo mientras veo en la televisión las calles vacías por el Aislamiento Social, Preventivo y Obligatorio. Todavía no hay transmisión comunitaria, pero veo gente con tapabocas de friselina. Otras personas compran los barbijos quirúrgicos o N95 y acá, en el hospital, ni siquiera tenemos suficiente insumo para el personal. En el pasillo me crucé con Xime y Leti, las farmacéuticas, estaban llorando. Les preocupa que no tenemos todos los elementos. Nunca las había visto llorar. No son las únicas. Sabemos que en poco tiempo vamos a necesitar mucho y eso angustia. Leo en las redes sociales a personal de salud del hospital que escracha a jefxs de servicios y directivxs. “Nos están mandando a morir”, escriben, y dicen que ir al hospital es como ir a la guerra. No creo que sea así, los insumos que tenemos ahora no son los de mejor calidad, pero no nos falta nada. Confiamos en que llegarán más y mejores antes de que el virus implosione en nuestras salas. La verdad es que los contagios en el personal de salud son una realidad a lo largo y ancho del mundo, en países del primer mundo también.

Entre tanta conmoción, también tenemos respuestas de la comunidad. Nos mandan donaciones de máscaras hechas con papel radiográfico, barbijos hechos con impresoras 3D o friselina. Todo es bienvenido. Mientras tanto, seguimos con las clases para conocer este virus. En los pasillos practicamos cómo ponernos y sacarnos el equipo de protección personal. Lo hacemos una vez, otra, otra y otra. Invitamos a todxs: médicxs, enfermerxs, policías, cuidadorxs, gente de maestranza, de cocina, de sistemas, de limpieza, secretarixs. Todxs.

Estamos en abril y el “ritual de las 21”, como lo llama mi compañero Jose (así, sin acento, como le decimos en el hospi), ya casi no se oye. Se fueron apagando con el correr de los días. Acá, seguimos con las alarmas encendidas y necesitamos energía para mantenerla. No es que necesitemos ese aliento, no es que creamos que el personal de salud tiene que ser aplaudido en particular, pero era un mimo, un incentivo, un “¡vamos, no aflojen!”. Se vienen los peores momentos y el cansancio y el hartazgo se sienten. En cada recoveco del hospital, pero también fuera de él.

Centinelas (Celeste)

Es la mañana del primer domingo de abril. Gaspar del Giorgio, de 46 años, dirige una capacitación en el servicio de emergencia del Hospital San Juan de Dios en La Plata. En la sala de simulación un grupo de personas ensaya la forma correcta de vestirse con los elementos de protección. Minutos después, cada uno mira la filmación para detectar errores.

–Tenemos que ser centinelas, uno se cambia y el otro corrige. Si cometemos un error, perdemos un soldado para esta batalla –arenga Gaspar, jefe del área, y vuelve a repasar el entrenamiento para cuando llegue la hora.

En Italia, los médicos y médicas de Bérgamo escriben cartas abatidas: “Los pacientes mueren en soledad y nosotros estamos exhaustos y emocionalmente destruidos”. La Sociedad Española de Medicina Intensiva Crítica y Unidades Coronarias publica una guía ética para priorizar enfermos según su “valor social”. La cuestión es a quienes (no) deben dejar morir.

La guerra contra el enemigo invisible, como lo definió el presidente Alberto Fernández, activó la reorganización de los hospitales y las recorridas en busca de espacios para camas de terapia intensiva. En Argentina hay 8444 unidades para pacientes críticos, el Ministerio de Salud busca sumar 2000 más antes de que la meseta se descontrole. La clave está en la capacidad de respirados que puede contener el sistema de salud. El gobierno nacional construyó doce hospitales modulares en menos de un mes. Nueve en la provincia de Buenos Aires y otros tres en Chaco, Córdoba y Santa Fe. Tecnópolis, en Villa Martelli, se convirtió en un gigantesco centro de atención para enfermos leves con 2500 camas. Además, 350 clubes deportivos de todo el país cedieron sus instalaciones.

El recurso humano también es clave, el contagio representa una posibilidad que todos los hospitales contemplan, por eso piden refuerzos y los entrenan sin descanso. Durante abril, los gobiernos nacionales, provinciales y locales abrieron convocatorias para incorporar personal de salud en funciones o retirados. Otros establecimientos contrataron a profesionales con o sin título revalidado en el país.

“Tengo casi veinte años de médico. Uno ha tenido miles de batallas con la muerte, y hoy más que miedo le tengo respeto. Con lo que pasa en Europa, uno ve un reflejo de una situación ética dura”, reflexiona Gaspar del Giorgio.

Gaspar se encierra en el baño de su casa del barrio La Loma en La Plata. Se sienta en el borde de la bañadera, mira el celular y hace silencio. Se pregunta por qué está tan irritable con sus hijos e hijas y se reprocha el tiempo que pasa en familia abocado al celular. Repasa el planteo de Lulú, de seis años, que lo descubrió saliendo de su casa a las siete de la mañana rumbo al hospital: “¿Otra vez te vas?”. Últimamente ve poco a Lulú, a Juan Sebastián (en honor a la Brujita Verón, ídolo de Estudiantes), de nueve, a Simón, de once, y a María Alma, de trece. Su esposa María Laura también es médica, es gerontóloga y atiende en el PAMI. Los dos están afuera la mitad del día. A cada hora, llaman a su casa para chequear que todo esté bien, que no se quemen, que tengan cuidado con la corriente, que no se corten con los cubiertos, que no peleen.

“Te parte el alma, pero es lo que nos toca. Uno eligió esto, tiene vocación de servicio”, sentencia Gaspar el domingo desde el hospital. Al mediodía volverá a su casa, almorzará con la familia para salir a las siete de la tarde rumbo a Quilmes, donde trabaja como médico de ambulancia del PAMI.

Poliempleo (José María)