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Los Diálogos sobre la educación son una colección de conversaciones breves, escritas por Joan Lluís Vives, y dedicados al futuro emperador español Felipe II, con la intención de instruir al monarca en moral, buenas costumbres, así como darle un mayor y profundo conocimiento de la sociedad de su época. Luis Vives dice al principio de sus Diálogos dirigiéndose al joven príncipe Felipe: «Para el conocimiento de la lengua latina escribí estos primeros ejercicios, que espero sean provechosos a la niñez, y me pareció que debía dedicártelos a ti, Príncipe dócil y grande esperanza, y ello por ti y por la benevolencia que me mostró siempre tu padre, que educa tu ánimo excelentemente en las rectas costumbres de España, que es la patria mía, cuya conservación estará mañana fiada a tu probidad y sabiduría.» Vives había nacido en Valencia en 1492, en una relevante familia de la comunidad judía que se convirtió al cristianismo para proteger su integridad y sus propiedades. Sin embargo, los Vives practicaban el judaísmo en una sinagoga que tenían en su casa. Los descubieron en pleno oficio religioso y la Inquisición los condenó. En 1509, su padre decidió enviarlo a París, donde estudió en la Sorbona y se graduó 1512 con el grado de doctor. Por entonces se fue a Brujas y allí recibió la noticia de que su padre había sido ejecutado en la hoguera. Pese a dicha tragedia Vives tuvo una influencia relevante en la Corte española, a través de estos Diálogos. Edición en la 1940, Buenos Aires, Espasa Calpe. Traducción de Juan Francisco Alsina.
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Seitenzahl: 227
Veröffentlichungsjahr: 2010
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Juan Luis Vives
Diálogos
Barcelona 2024
Linkgua-ediciones.com
Título original: Diálogos.
Traducción de: Juan Francisco Alsina
© 2024, Red ediciones S.L.
e-mail: [email protected]
Diseño de cubierta: Michel Mallard.
ISBN CM: 978-84-9007-627-9.
ISBN tapa dura: 978-84-9897-324-2.
ISBN rústica: 978-84-9816-796-2.
ISBN ebook: 978-84-9897-179-8.
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Créditos 4
Brevísima presentación 9
La vida 9
A Felipe, hijo de César Augusto Carlos, y heredero de su grande entendimiento 11
Despertar matutino 13
Salutación primera 18
Camino de la escuela por primera vez 21
Los que van a la escuela 23
Una lección 30
La vuelta a la casa y los juegos pueriles 33
Ni aun aquel que es más diestro, vence siempre en el juego 37
Refección escolar 38
Los habladores 52
El camino y el caballo 70
La escritura 80
El vestido y un paseo matutino 97
La casa 111
La escuela 119
El aposento y la velada 128
La cocina 136
El triclinio 143
El convite 150
La ebriedad 170
El palacio real 183
El príncipe niño 191
El juego de naipes 203
Las leyes del juego 218
El cuerpo del hombre por defuera 229
La educación 241
Los preceptos de la educación 257
Glosario. De nombres propios que aparecen en estos «diálogos» 267
Libros a la carta 291
Joan Lluís Vives (Valencia, 6 de marzo de 1492-Brujas, 6 de mayo de 1540). España.
Nació en Valencia en una relevante familia de la comunidad judía que se convirtió al cristianismo para proteger su integridad y sus propiedades. Sin embargo, los Vives practicaban el judaísmo en una sinagoga que tenían en su casa hasta que fueron descubiertos en pleno oficio religioso y fueron condenados por la Inquisición.
A los quince años, Juan Luis Vives empezó a estudiar en la Universidad de Valencia. El proceso contra su familia continuó y en 1509, su padre decidió enviarlo a París, donde estudió en la Sorbona y se graduó 1512 con el título de doctor.
Por entonces se fue a Brujas y allí recibió la noticia de que su padre había sido ejecutado en la hoguera. Deprimido, marchó a Inglaterra tras rechazar una oferta para enseñar en la Universidad de Alcalá de Henares.
En el verano de 1523, fue elegido lector del Colegio de Corpus Christi por el cardenal Wosley en Inglaterra. Allí se hizo amigo de Tomás Moro y la reina Catalina de Aragón.
Desde mayo de 1526 hasta abril de 1527 residió de nuevo en Brujas, donde supo de la condena a muerte de su amigo Tomás Moro por oponerse al divorcio del rey. Allí escribió su Tratado del socorro de los pobres, que propone por primera vez un servicio organizado de asistencia social.
Vives dedicó sus últimos años a perfeccionar la cultura humanística de los duques de Mencia. En 1529 su salud era precaria: sufría dolores de cabeza y una úlcera estomacal. Murió el 6 de mayo de 1540 en su casa de Brujas de un cálculo biliar.
De utilidad suma es el conocimiento de la lengua latina para hablar y aun para pensar rectamente. Viene a ser esta lengua como un tesoro de erudición y como una disciplina, porque en latín escribieron sus enseñanzas grandes y óptimos ingenios. Y para la juventud este estudio no embaraza, sino que, al contrario, hace fáciles otros estudios y ocupaciones del entendimiento.
Para el conocimiento de la lengua latina escribí estos primeros ejercicios, que espero sean provechosos a la niñez, y me pareció que debía dedicártelos a ti, Príncipe dócil y grande esperanza, y ello por ti y por la benevolencia que me mostró siempre tu padre, que educa tu ánimo excelentemente en las rectas costumbres de España, que es la patria mía, cuya conservación estará mañana fiada a tu probidad y sabiduría.
Mas de todas estas cosas y de otras oirás copiosa y frecuentemente a Juan Martínez Silíceo, tu maestro.
Beatriz (criada), Manuel y Eusebio
Beatriz Jesucristo os saque del sueño de los vicios. ¡Eh, muchachos! ¿No vais a despertar hoy?
Manuel No sé qué me hiere en los ojos; veo cual si los tuviese llenos de arena.
Beatriz Desde hace mucho tiempo es ésta tu primera canción matutina. Abriré las dos hojas de las ventanas, las de madera y las de vidrio, para que a entrambos os dé en los ojos la luz de la mañana. ¡Levantaos! ¡Levantaos!
Eusebio ¿Tan temprano?
Beatriz Más cerca está el mediodía que el alba. Tú, Manuel, ¿quieres mudarte de camisa?
Manuel Hoy no, que ésta está bastante limpia; mañana me pondré otra. Dame el jubón.
Beatriz ¿Cuál?, ¿El sencillo o el acolchado?
Manuel El que quieras; me da igual. Dame el sencillo para que si hoy juego a la pelota esté más ligero.
Beatriz Siempre lo mismo; antes piensas en el juego que en la escuela.
Manuel ¿Qué dices, majadera? También la escuela se llama juego.
Beatriz Yo no entiendo vuestros sofismas y gramatiquerías.
Manuel Dame las pretinas de cuero.
Beatriz Están rotas. Toma las de seda, que así lo mandó tu ayo. ¿Y ahora? ¿Quieres los calzones y las medias porque hace calor?
Manuel De ninguna manera; dame los calzoncillos. Apriétamelos bien.
Beatriz ¿Cómo? ¿Tienes de paja o de manteca los brazos?
Manuel No, sino que los tengo como cosidos con un hilo delgado. ¡Oh, qué agujetas me das, sin cabos y rotas!
Beatriz Acuérdate que ayer perdiste las enteras jugando a los dados.
Manuel ¿Cómo lo sabes?
Beatriz Yo te acechaba por una rendija de la puerta cuando jugabas con Guzmancillo.
Manuel Querida, no lo digas al ayo.
Beatriz Pues se lo diré la primera vez que me llamares fea, como sueles.
Manuel ¿Y si te llamara ladrona?
Beatriz Lo que quieras; mas no fea.
Manuel Dame los zapatos.
Beatriz ¿Cuáles? ¿Los cerrados de capellada larga o los abiertos de capellada corta?
Manuel Los cerrados, por el lodo.
Beatriz El lodo seco, que por otro nombre se llama polvo. Haces bien, porque en los abiertos se ha roto una correa y falta una hebilla.
Manuel Pónmelos, por tu vida.
Beatriz Póntelos tú.
Manuel No puedo doblarme.
Beatriz Tú con facilidad te doblarías; mas por la pereza te es difícil. ¿Te tragaste una espada como aquel charlatán de hace cuatro días? Si ahora eres delicado, ¿qué te ocurrirá cuando seas mayor?
Manuel Átalos con doble lazada, que es más elegante.
Beatriz ¡Nada menos! Al instante se desharía la lazada y te caerían los zapatos de los pies; más vale atarlos con dos nudos o con nudo y lazada. Toma la ropilla con mangas y el ceñidor de lienzo.
Manuel No me agrada éste, sino la correa de ir a cazar.
Beatriz No quiere tu madre; ¿has de hacer siempre tu gusto? Además ayer rompiste el clavillo de la hebilla.
Manuel No me la podía quitar de otro modo. Dame el ceñidor colorado de hilo.
Beatriz Toma; cíñete a la francesa. Péinate primero con las púas ralas; después con las espesas. Ponte el sombrero; no te lo eches al cogote ni a los ojos, como acostumbras.
Manuel Salgamos ya de aquí.
Beatriz ¿Cómo, sin lavaros las manos ni la cara?
Manuel Con tu molesta curiosidad ya hubieras abrumado a un toro, cuanto más un hombre. No parece que vistes a un muchacho, sino a una novia.
Beatriz Eusebio, trae el jarro y la jofaina. Levanta un poco la mano y vierte el agua despacio, por el pico, no de golpe, que se derrame. Lávate la suciedad de los artejos de los dedos; enjuágate la boca, gargariza, estrega bien las cejas y los párpados, así como las orejas; toma tu toalla y sécate. ¡Válgame Dios! ¡Todo hay que advertírtelo; no haces cosa que salga de ti!
Manuel ¡Bah! ¡Eres muy importuna y odiosa!
Beatriz Y tú muy encantador y hermoso niño. Dame un beso y un abrazo. Arrodíllate delante de esta imagen del Salvador y reza el Padrenuestro y las demás oraciones diarias antes que salgas del aposento. Mira, Manuel mío, que no pienses en otra cosa cuando reces. Espera un poco; cuelga este pañuelo de la correa para limpiarte las narices.
Manuel ¿Estoy ya compuesto a tu gusto?
Beatriz Sí.
Manuel Pues al mío no, porque lo estoy al tuyo. Apostaré que he gastado una hora en vestirme.
Beatriz Y aunque hubieras gastado dos. ¿Adónde habías de ir ahora? ¿Qué tienes que hacer? ¿Creo que no irás a cavar o a arar?
Manuel ¡Como si me faltara qué hacer!
Beatriz ¡Oh, grande hombre, muy ocupado en hacer nada!
Manuel ¿No te vas, chismosa? ¡Vete, o yo te haré ir a zapatazos y te quitaré la cofia de la cabeza!.
Niño, Padre, Madre e Isabelilla
Niño Buenos días, padre mío y madrecita mía; felices días, hermanitos; ruego a Jesucristo que os sea propicio, hermanitas.
Padre Dios te guarde y te dé grandes virtudes, hijo mío.
Madre Cristo te guarde, luz de mis ojos. ¿Qué haces, solaz mío? ¿Cómo estás? ¿Qué tal dormiste anoche?
Niño Estoy bien y dormí tranquilo.
Madre Gracias a Jesucristo. Él sea servido de otorgarte siempre este favor.
Niño Pero a medianoche me desperté con dolor de cabeza.
Madre ¡Desdichada y mísera de mí! ¿Qué dices? ¿Qué parte te dolía?
Niño La mollera.
Madre ¿Te duró mucho?
Niño Apenas medio cuarto de hora. Después me dormí otra vez, y no sentí más el dolor.
Madre Vuelvo en mí, porque me habías casi muerto.
Niño Isabelita, buenos días; aparéjame el desayuno. ¡Rucio, Rucio! Ven aquí, perrico gracioso. Mira cómo hace fiestas con la cola y se tiene derechito en las dos patas. ¿Cómo te va? ¿Cómo estás? Oye, tráeme unos bocados de pan para dárselos, verás qué juegos tan donosos. ¿No tienes hambre? ¿No tienes hoy apetito? Más entendimiento muestra este perro que aquel arriero gordo.
Padre Tuliolo, hijo mío, quiero hablar un rato contigo.
Niño ¿Qué quieres, padre mío? Para mí no puede haber cosa de más gusto que atenderos.
Padre Este tu Rucio, ¿es bestia o es hombre?
Niño Bestia, según creo.
Padre ¿Y qué tienes tú para ser hombre y no él? Tú comes, bebes, duermes, paseas, corres, juegas, y él hace las mismas cosas.
Niño Pero yo soy hombre.
Padre ¿En qué lo conoces? ¿Qué tienes tú ahora más que el perro? Pero hay una diferencia, que él no puede hacerse hombre, y tú puedes, si quieres.
Niño Os suplico, padre mío, que hagáis eso cuanto antes.
Padre Se hará, si vas a donde van bestias y vuelven hombres.
Niño Iré de muy buena gana, padre; mas ¿dónde está ese lugar?
Padre En la escuela.
Niño Estoy pronto para cosa de tanta importancia.
Padre Yo también. Oye, Isabelilla. Ponle el desayuno en la cestita.
Isabelilla ¿Qué pongo?
Padre Un pedazo de pan con manteca, y también higos secos o pasas para que coma con el pan, pero que estén bien soleadas y no de aquellas pegajosas que ensucian los dedos y los vestidos de los niños, salvo que quiera unas cerezas o unas ciruelas de fraile. Mete el brazo por el asa de la cestita para que no se te caiga.
Padre, Filipono, Vecino y Niño
Padre Santíguate, hijo mío.
Niño Sapientísimo Jesucristo, guíanos a nosotros los ignorantes y los flacos.
Padre Vecino, tú que has frecuentado los estudios, dime quién enseña mejor a los niños en este gimnasio.
Vecino Muy docto es Varrón; mas Filipono es hombre probo, diligentísimo y de no despreciable erudición. La escuela de Varrón es frecuentadísima, y en su casa tiene muchos discípulos a pupilo. Filipono no gusta de tener muchos discípulos; se contenta con pocos.
Padre Me agrada más éste.
Vecino Vedle; es aquel que se pasea por el patio del gimnasio.
Padre Hijo mío, ésta es la oficina donde se forman los hombres y éste es el artífice que los forma. Maestro, sea contigo Jesucristo. Descúbrete, niño. Dobla la rodilla como te han enseñado, y ahora mantente derecho.
Filipono Sed bienvenidos. ¿Qué se os ofrece?
Padre Te traigo a este hijo mío para que de bestia le hagas hombre.
Filipono Pondré en ello cuidado. Se hará, no lo dudes; de bestia volverá hombre; de malo, bueno.
Padre ¿Por cuánto enseñas?
Filipono Si el niño aprovecha bien, barato; sino, caro.
Padre Hablas aguda y sabiamente. Partamos este cuidado; tú le enseñarás con diligencia, y yo satisfaré bien tu trabajo.
Cirrato, Pretextato, Vieja, Teresica (criada), Titivilicio y Verdulera
Cirrato ¿Te parece que es horade ir a la escuela?
Pretextato Sin duda, ya es hora que vayamos.
Cirrato No sé bien el camino; creo que está en aquella calle cercana.
Pretextato ¿Cuántas veces fuiste allá?
Cirrato Tres o cuatro.
Pretextato ¿Cuándo empezaste a ir?
Cirrato Hará unos tres o cuatro días.
Pretextato ¿Y no basta eso para conocer el camino?
Cirrato No, aunque fuese cien veces.
Pretextato ¿Pero es verdad? Pues yo, aunque no hubiera ido más que, una vez, no erraría el camino. Es que tú vas de mala gana y jugando; no miras las calles, ni las casas, ni algunas señales que te muestren por dónde debes ir y volver. Yo observo todo esto con cuidado, porque voy gustoso.
Cirrato Este muchacho habita cerca de la escuela. Oye, Titivilicio, ¿por dónde se va a tu casa?
Titivilicio ¿Qué quieres? ¿Te envía tu madre? La mía no está en casa, ni mi hermana; las dos fueron a la iglesia de Santa Ana.
Cirrato ¿Qué hay allí?
Titivilicio Ayer fue la dedicación del templo y hoy las convidó una quesera a comer cuajada,
Cirrato ¿Por qué no fuiste con ellas?
Titivilicio Me quedé para guardar la casa. Se llevaron con ellas un hermanito mío, y prometieron traerme en la cestita alguna porción de lo que sobrara.
Cirrato ¿Cómo no estás en tu casa?
Titivilicio Luego volveré. Ahora voy a jugar y a jugar a la taba con el hijo de este zapatero. ¿Queréis venir vosotros?
Cirrato Vamos, Si te atreves.
Pretextato Todo menos eso.
Cirrato ¿Por qué no?
Pretextato Porque no nos azoten.
Cirrato ¡Ah! ¡No me acordaba!
Titivilicio No os azotarán.
Cirrato ¿Tú qué sabes?
Titivilicio Porque vuestro maestro perdió ayer la férula.
Cirrato ¿Cómo lo supiste?
Titivilicio Porque hoy hemos oído desde casa los gritos que daba buscándola.
Cirrato Vamos; juguemos un poco.
Pretextato Juega tú, si quieres; iré yo solo.
Cirrato No digas nada al maestro; dile que mi padre me retiene en casa.
Pretextato ¿Quieres que mienta?
Cirrato ¿Por qué no? ¡Por un amigo!
Pretextato Porque oí en el templo al predicador que decía qué los mentirosos son hijos del diablo, y los que dicen verdad, hijos de Dios.
Cirrato ¿Del diablo? ¡Calla! Por la señal de la santa cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro.
Pretextato No podrás librarte si juegas cuando has de estudiar.
Cirrato Vámonos; tú, quédate con Dios.
Titivilicio ¡Ay, estos muchachos no se atreven a jugar un poco por temor a los azotes!
Pretextato Es éste un muchacho perdido y saldrá un mal hombre. Mas se nos fue y no le hemos preguntado por dónde se va a la escuela; llamémosle otra vez.
Cirrato Vaya enhoramala, no quiero que me provoque de nuevo a jugar. Se lo preguntaremos a esta vieja. Madre, ¿sabéis por dónde se va a la escuela de Filipono?
Vieja Junto a esa escuela habité seis años y allí parí a mi hijo el mayor y dos hijas. Pasad esta plaza de Villarrasa, después seguid el callejón, luego la plaza del Señor de Bétera; allí torced a la derecha, luego a la izquierda y preguntad, que la escuela está cerca.
Cirrato ¡Ah! ¿Cómo podremos acordarnos de todo eso?
Vieja Teresica, lleva a estos muchachos a la escuela de Filipono, porque la madre de éste es aquella que nos daba lino para peinar e hilar.
Teresica ¿Qué malaventurado es ese Filipono? ¿Cuál hombre es? ¡Como si yo lo conociese! ¿Acaso habláis del zapatero remendón de junto a la Taberna Verde? ¿O del pregonero de la calle del Gigante, el que alquila caballos?
Vieja Harto sé que ignoras las cosas que son necesarias, mas no las que de nada aprovechan. ¡Torpe, Filipono es aquel maestro viejo, alto y corto de vista de enfrente de la casa en que hemos vivido!
Teresica ¡Ah! ¡Ya me acuerdo!
Vieja A la vuelta pásate por el mercado y compra hortaliza, rábanos y cerezas. Toma la cesta.
Cirrato Llévanos a nosotros por el mercado.
Teresica Más presto iréis por aquí.
Cirrato No queremos ir por aquí.
Teresica Y ¿por qué no?
Cirrato Porque me mordió el perro de la casa de aquel panadero, y también porque queremos acompañarte a la plaza.
Teresica A la vuelta pasaré por el mercado, porque está muy lejos de aquí, y compraré lo que me mandaron. Antes os dejaré en la escuela.
Cirrato Queremos ver por cuánto comprarás las cerezas.
Teresica Las mercamos a seis dineros la libra; pero, ¿a ti qué te importa?
Cirrato Es que mi hermana me mandó esta mañana que preguntara por cuánto las vendían, y hay allí una verdulera vieja, la que, si le mercares, no solo te las dará más baratas, sino que también nos regalará algunas cerezas o algún cogollo de lechuga, porque esa vieja sirvió a mi madre y a mi hermana algún tiempo.
Teresica Temo no os cueste algunos azotes el haber rodeado tanto.
Cirrato No, porque llegaremos a buen tiempo.
Teresica Vamos; así me pasearé un poco. ¡Desdichada de mí, que me consumo de estar todo el día sentada en casa!
Pretextato ¿Pues, qué haces? ¿Acaso estás ociosa?
Teresica ¿Ociosa? Nada de eso: hilo, hago ovillos, devano, tejo. ¿Piensas que la vieja me permitiría estar ociosa? Maldice los días de fiesta porque durante ellos no se debe trabajar.
Pretextato ¿Por ventura no son sagrados los días de fiesta? ¿Cómo, pues, maldice de lo que es sagrado? ¿Quiere, quizá, hacer que no sea sagrado aquello que lo es?
Teresica ¿Crees que yo aprendí geometría para que os lo pueda declarar?
Cirrato ¿Qué cosa es geometría?
Teresica No lo sé. Nosotros teníamos una vecina a quien llamaban Geometría. Estaba siempre en la iglesia con los sacerdotes, o éstos en casa de ella. Y así, según decían, era muy sabia. Mas ya hemos llegado al mercado. Ahora a ver dónde está vuestra vieja.
Cirrato Eso estaba yo mirando. Pero compra a ésta, con tal que añada algunas cerezas para nosotros. Tía, esta muchacha le mercará cerezas si nos diere algunas.
Verdulera A mí no me dan nada; aquí todo se vende.
Cirrato ¿Ni le dan esas suciedades de las manos y del cuello?
Verdulera ¡Desvergonzadillo, si no te vas de aquí probarán tus carrillos estas suciedades!
Cirrato ¿Cómo las probarán mis carrillos estando en vuestras manos?
Verdulera ¡Vuelve las cerezas, ladronzuelo!
Cirrato Es para catarlas, porque quiero comprar.
Verdulera Pues Compra.
Cirrato ¿Por cuánto, si me agradasen?
Verdulera A dinero la libra.
Cirrato ¡Puf! Son acedas. ¡Ah, bruja, vendes aquí a las gentes cerezas ahogaderas!
Teresica Vamos a la escuela, porque vosotros me enredaríais con vuestras agudezas y me detendríais mucho. Creo que ya estará la vieja en casa renegando por mi tardanza. Esta es la puerta; llamad.
Maestro, Lucio y Esquines (Muchachos), y Cota
Maestro Toma el abecedario con la mano siniestra y este puntero con la derecha para señalar cada una de las letras; tente derecho, guarda tu sombrero bajo el sobaco. Oye con atención como yo nombrare las letras, y pon cuidado como las pronuncio. Procura decirlas después, cuando yo te lo pida, del mismo modo que yo las digo. Sígueme ahora a mí, que voy delante diciéndolas una a una. ¿Has entendido bien?
Lucio Creo que sí.
Maestro Cada una de éstas se llama letra: de ellas cinco son vocales, A, E, I, O, U, que están contenidas en el vocablo español oueia, que en latín se llama ovis. Acuérdate de este nombre. Hacen sílaba éstas con cualquiera o con más de las otras; sin vocal no se hace sílaba, y aun una vocal sola es sílaba no pocas veces. Todas las demás se llaman consonantes, Porque no suenan si no se les junta vocal; así tienen un sonido imperfecto y manco. B C, D, G, que sin la E suenan poco. De las sílabas se forman las voces o palabras, y de éstas nace el hablar de que todas las bestias carecen; y tú no serás diferente de las bestias si no aprendes a hablar bien. Despabílate y pon cuidado. Anda, siéntate con tus condiscípulos y aprende la lección que te he dicho.
Lucio ¿No jugamos hoy?
Esquines No, porque es día de trabajar. ¿O has venido aquí para jugar? Este no es lugar de juego, sino de estudio.
Lucio ¿Por qué le llaman juego?
Esquines Se le llama juego, pero literario, porque aquí se ha de jugar con letras, y en otro lugar a la pelota, la trompa, la taba. Oí decir que en griego se llama skole, que es como ocio, porque es un verdadero descanso, y quiere quietud de ánimo el vivir estudiando. Mas aprendamos la lección que nos señaló el maestro, y ello en voz baja para no perturbarnos los unos a los otros.
Lucio Mi abuelo, que estudió algún tiempo en Bolonia, me enseñó que se queda mejor en la memoria lo que uno quiere si lo pronuncia en voz alta, y esto lo confirma la autoridad de no sé qué Plinio.
Esquines Si alguno quiere aprender sus lecciones de ese modo, váyase a los huertos o a los cementerios de los templos; grite allí hasta que despierte a los muertos.
Cota ¿Es esto estudiar, muchachos? ¿Charlar, mover porfías? Ea, venid, que así lo manda el maestro.
Tuliolo, Corneliola, Escipión, Léntulo, Madre y criada
Corneliola Bienvenido seas, Tuliolo; ¿quieres jugar un poco?
Tuliolo Ahora no; luego jugaremos.
Corneliola ¿Qué tienes que hacer?
Tuliolo Repasar lo que el maestro me mandó encomendase a la memoria.
Corneliola ¿Qué te mandó?
Tuliolo Mira.
Corneliola ¡Oh! ¿Qué notas son éstas? Parecen hormigas pintadas. ¡Madre mía, qué de hormigas y mosquitos trae Tuliolo pintados en la cartilla!
Tuliolo Calla, loca; son letras.
Corneliola ¿Cómo se llama la primera?
Tuliolo A.
Corneliola ¿Por qué la primera es A y no es otra?
Madre ¿Por qué eres tú Corneliola y no Tuliolo?
Corneliola Porque así me llamo.
Madre Pues lo mismo sucede con estas letras. Mas vete ya a jugar, hijo mío.
Tuliolo Aquí dejo la cartilla, y el puntero; si alguno los tocare mi madre le azotará. ¿No es verdad, madrecita mía?
Madre Sí, hijo mío.
Tuliolo ¡Escipión, Léntulo, venid a jugar!
Escipión ¿A qué jugaremos?
Tuliolo Jugaremos a echar nueces en el hoyuelo.
Léntulo No tengo sino pocas nueces, y ésas cascadas o podridas.
Escipión Jugaremos con cáscaras de nueces.
Tuliolo ¿Y de qué me aprovecharán aunque gane veinte, si dentro no hay meollo que comer?
Escipión Yo cuando juego no como. Si quiero comer algo, se lo digo a mi madre. Estas cáscaras de nueces son, a propósito para hacer casas a las hormigas.
Léntulo Juguemos a pares o nones con alfileres.
Tuliolo Trae las tabas.
Escipión Léntulo, tráelas.
Léntulo Aquí las tienes.
Tuliolo ¡Cuán llenas están de polvo y suciedad, qué poco descarnadas y nada pulidas! ¡Tira tú!
Escipión ¡A ver quién es mano!
Léntulo Yo soy mano. ¿Qué jugamos?
Escipión Las pretinas.
Léntulo Yo no quiero perder las mías, que luego en casa me azotaría el ayo.
Tuliolo ¿Y qué quieres perder si te gano?
Léntulo Papirotes.
Madre ¿Qué hacéis tirados por el suelo? Destrozáis la ropa y los zapatos, y más en lugar tan sucio. ¿Por qué, antes de sentaros, no barréis el suelo? Traed la escoba.
Tuliolo ¿Qué jugamos?
Escipión Un alfiler por cada punto.
Tuliolo Mejor dos.
Léntulo Yo no tengo alfileres; si queréis pondré rabos de cerezas por alfileres.
Tuliolo ¡Quita allá! Jugaremos tú y yo, Escipión.
Escipión Yo aventuro mis alfileres.
Tuliolo Dame las tabas para tirar primero. ¿Ves? ¡Gané!
Escipión No, por cierto, que no iba de veras.
Tuliolo Para ti nunca se juega de veras. ¡Como si dijeras que lo blanco es negro!
Escipión Búrlate lo que quieras; esta vez no te llevarás mis alfileres.
Tuliolo Sea; te perdono esta mano; juguemos ya por la ganancia. ¡Que me valga la suerte!
Escipión Yo he ganado.
Tuliolo Toma la puesta.
Léntulo Dame las tabas.
Tuliolo Va el resto.
Léntulo Quiero.
Criada Muchachos, venid a cenar. ¿No os cansáis de jugar?
Tuliolo No hemos comenzado, y ya ésta dice que lo dejemos,
Corneliola Me enfada este juego. Juguemos al alquerque.
Tuliolo Rayemos este ladrillo con carbón o yeso para jugar.
Escipión Más quiero yo cenar que jugar. Ahora me voy sin alfileres por vuestras trampas.
Tuliolo Acuérdate que ayer se los ganaste tú a Cetego.
Corneliola Trae los naipes, que hallarás en el aparador a mano izquierda.
Escipión Otra vez, que ahora no hay tiempo. Temo que mi ayo se enoje si tardo más y me envíe a dormir sin cenar. Cuida tú, Corneliola, de tenernos prevenidos los naipes para mañana por la tarde.
Corneliola Si nos lo permite madre. Valía más jugar ahora que nos deja.
Escipión Ahora que nos llaman, lo mejor es cenar.
Criada ¿Y no me dais nada a mí, que estaba mirando?
Corneliola Te daríamos algo si hubieses sido árbitro del juego. Antes debes darnos tú, que te divertiste viéndonos jugar.
Criada Vamos, muchachos. ¿Cuándo vais a venir? La cena está mediada, ahora sirven la carne, y pronto sacarán el queso y las manzanas.
Neputolo, Pisón, Maestro, Repetidor, Floro, Antrax y Lamia (criada).
Neputolo ¿Vivís aquí espléndidamente?
Pisón ¿Qué preguntas; si aquí nos lavamos? Cada día las manos y la cara, y muy a menudo. La limpieza del cuerpo conviene a la salud y al ingenio.
Neputolo No pregunto eso, sino si coméis y bebéis a gusto de vuestro ánimo.
Pisón No comemos a gusto del ánimo, sino del paladar.
Neputolo Digo si coméis como y cuanto queréis.
Pisón Muchísimo, o sea con hambre, y el que quiere come, y el que no, se abstiene.
Neputolo ¿Os levantáis de la mesa con hambre?
Pisón Nos levantamos no hartos del todo; ni conviene la hartura, que saciarse es de brutos, no de hombres. Cuentan que hubo un rey sapientísimo que nunca se sentó a la mesa sin apetito, ni se retiró de ella harto.
Neputolo ¿Qué coméis?
Pisón Lo que tenemos.
Neputolo Pensaba que comíais lo que no teníais. Pero, en suma, ¿qué es lo que tenéis?
Pisón Molesto preguntador, comemos aquello que nos dan.
Neputolo ¿Y qué os dan?
Pisón A la hora y media de habernos levantado, almorzamos.
Neputolo ¿Cuándo os levantáis?
Pisón Con el Sol, que es caudillo de las musas, como la aurora es grata a éstas. Nuestro almuerzo es un pedazo de pan de harina sin cerner, con manteca y algunas frutas del tiempo. A mediodía comemos hortalizas o verduras cocidas o una escudilla de sepa, más un pedazo de carne, y unas veces nabos, otras berzas o fécula, o sémola, o arroz. Los días de vigilia comemos una escudilla de suero, del que se hace la manteca, con sopas, más pescado fresco, si le hay barato en el mercado, y, si no, pescado salado puesto en remojo, y después almortas o garbanzos o lentejas, o habas u otra legumbre.
Neputolo ¿Cuánto os dan de cada una de estas cosas?
Pisón Pan, cuanto queremos; de las viandas, lo bastante no para hartar, sino para sustentar. Busca comidas regaladas en otra parte, no en la escuela, donde los ánimos se instruyen en la virtud.
Neputolo ¿Qué bebéis?
Pisón Agua fresca, cerveza floja, y, raras veces, vino muy aguado. La merienda, o antecena —si así quieres llamarla—, la constituyen un pedazo de pan, y almendras, o avellanas, o higos secos, o pasas; y si es verano, peras o manzanas, o cerezas, o ciruelas; ahora que cuando vamos a la granja a recrearnos, tomamos leche o cuajada, queso fresco, leche de almendras, altramuces aliñados, pámpanos y algunas otras cosas. La cena se concluye con ensalada bien picada y aderezada con sal, aceite de oliva, de la alcuza, y vinagre.
Neputolo ¿Cómo, con aceite de nueces o de raíces?
Pisón ¡Con cosas tan desabridas e insalubres, no! Comemos también en un plato grande carne de carnero cocida en la olla con caldo, más algunas ciruelas pasas o raicillas u hortalizas, que son como verdura; también comemos longaniza alguna vez, que sabe muy bien.
Neputolo ¿Con cuál salsa?
Pisón
