Diario de un confinamiento - Eduardo Galán - E-Book

Diario de un confinamiento E-Book

Eduardo Galán

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Beschreibung

Diario de un confinamiento es una obra poliédrica. Lo que empieza como diario abierto, un diario que se pretende bálsamo para el autor y medicina para el alma de aquellos contactos a los que cada noche, religiosamente, envía sus páginas, se va convirtiendo poco a poco en un cajón de sastre de emociones y vivencias. En palabras del autor, el diario le permite narrar sus historias cerca de los políticos, anécdotas del mundo educativo, los procesos de creación, introducir fragmentos líricos, pensamientos filosóficos o existencialistas u al mismo tiempo cultivar el humor, la frase hecha, el refrán, las expresiones malsonantes y el tópico. En un diario cabe todo, concluye, menos la mentira vital.

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Seitenzahl: 466

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Diario de un confinamiento

Cubierta y diseño editorial: Éride, Diseño Gráfico

Dirección editorial: Ángel Jiménez

Diario de un confinamiento

© Eduardo Galán

© Éride ediciones, enero 2022

Espronceda, 5

28003 Madrid

Éride ediciones

ISBN: 978-84-18848-33-9

Diseño y preimpresión: Éride, Diseño Gráfico

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

Eduardo Galán

Autor teatral, guionista, novelista, profesor de Lengua y Literatura, ensayista y conferenciante habitual. Ha publicado numerosos estudios literarios y varias ediciones críticas de obras de la literatura española. Sus obras teatrales se han representado en numerosos países extranjeros.

De 1993 a 1996 fue presidente de ASSITEJ, (Asociación Española de Teatro Infantil y Juvenil). Entre 1996-2000 ocupó el cargo de Subdirector General de Teatro del INAEM (Ministerio de Cultura). En 2004 fundó Secuencia 3 Artes y Comunicación. Actualmente forma parte de las Juntas Directivas de SGAE, de la Academia de la Artes Escénicas y de la Asociación de Productores y Teatros de Madrid (APTEM), de la que es secretario general.

Entre sus obras más representadas, sobresalen Nerón, La curva de la felicidad, Los diablillos rojos, Hombres de 40, Historia de 2, Maniobras, Felices 30, La mujer que se parecía a Marilyn, Esperando a Diana, Tres hombres y un destino, La posada del arenal. Su último estreno es Blablacoche.

Ha realizado numerosas adaptaciones de obras clásicas, todas ellas representadas: Un marido ideal, de Wilde; Tristana, de Peréz Galdós; El zoo de cristal, de Tennessee Williams; Anfitrión, de Plauto; La Celestina, de Fernando de Rojas; El Galán Fantasma, de Calderón de la Barca; El fantasma de la ópera, de Lloyd Weber; La dama duende, de Calderón de la Barca y también adaptaciones de cuentos clásicos para niños, como La Cenicienta, de Charles Perrault.

Como novelista sobresalen La pasión de Alma y la novela para niños SOS Salvad al ratoncito Pérez.

Para mi hijo Armide,

quien, sin saberlo,

me ha ayudado a encontrarme

en estos tiempos del confinamiento.

Y para los niños etíopes, compañeros

de Armide, que fueron adoptados

en el mismo verano de 2014.

Prólogo

Hay muchos tipos de prólogos. Cuando estos preliminares —aperitivos que edulcoran, justifican, explican, agradecen y tratan, en definitiva, de captar la benevolencia del lector, en una suerte de introito halagador de voluntades y motivador de aquiescencias— son escritos por uno mismo, el autor de la obra literaria protege su mundo de voces externas que enturbien o distorsionen su sentido, impidiendo que el curioso observador y amistoso opinante lo anticipe en un fugaz y ligero vuelo. Pero, en otras ocasiones, la generosidad del creador invita a expresarse en su obra —siquiera tangencialmente— a una voz distinta, a la que abre y confía su secreto, antes de que este, vestido de libro, inicie su viaje.

Hay muchos tipos de prólogos. Escritos siempre desde la confianza y la amistad, existen prólogos que constituyen cartas de presentación para quien toma la alternativa en el difícil ruedo de las letras. En estos casos, el prestigio del presentador ofrece lustre y apoyo a la obra presentada, de cuya valía da fe al anteponer su nombre en ella. En otras ocasiones, escribir un prólogo es un guiño cómplice entre colegas que comparten intereses y vivencias comunes, y deciden vincular sus nombres en un testimonio de afecto y respeto mutuos. Pero también existe el prólogo que, como los teloneros que acompañan a las grandes figuras del rock en sus giras, cobra lustre por preceder a estas en su espectáculo, amenizando los minutos de espera previos a su aparición sobre el escenario. A dicha categoría pertenece este, que Eduardo Galán me ha confiado en un acto de amistosa complicidad de la que me siento orgulloso y halagado. En cualquiera de los casos mencionados, un prólogo no es más —no debe serlo— que la antesala desde donde se anuncia la llegada del verdadero anfitrión de una fiesta a la que hemos sido invitados.

Para quien tenga este libro en sus manos, Eduardo Galán probablemente no necesite presentación alguna. O quizá sí, pues esta obra se aleja del medio y el género habituales del autor, uno de los dramaturgos de mayor recorrido en la escena española contemporánea, con más de tres décadas de teatro a sus espaldas. Lo conocí personalmente hace ahora dos años, en la última representación de Nerón —una de sus creaciones— en el Teatro Bellas Artes de Madrid. Yo acababa de publicar una Historia del teatroespañol en la que le dedicaba algunas páginas, y las primeras palabras que crucé con quien era para mí un referente de nuestra dramaturgia, a quien admiraba desde la cómoda distancia que otorga el anonimato, confirmó la idea que me había creado de él a partir de la lectura de sus obras: cercano, distendido, sincero, humilde y deliciosamente frágil en la inocente confianza con que abría su mundo a quien solo acababa de conocer. Creo que la conexión fue rápida y, junto con el respeto recíproco, no tardó en surgir el afecto.

Eduardo Galán, hombre, era —es— un vivo reflejo de todos los personajes emanados de sus ensueños de autor. La humanidad que transmiten sus textos se manifiesta en cada uno de los actos de su vida mortal —la otra, la del creador, es imperecedera—, en una absoluta coherencia entre existencia y obra que el paso del tiempo ha venido a demostrar. Más aún en este tiempo precipitado y detenido que acabamos de vivir y en el que estamos aún inmersos, detonante de la obra que el lector tiene ahora en sus manos: el Diario deun confinamiento que, además de ser la plasmación diaria, durante sesenta y ocho días —más alguno añadido, en su colofón—, de la angustia colectiva vivida en Madrid, en España y en el mundo, en una primavera robada que jamás olvidaremos, constituye la expresión íntima de un yo encerrado, confinado, enfrentado diariamente al ejercicio de adentrarse en su interior, en sus recuerdos y en su conciencia, en un viaje íntimo —compartido por un grupo de allegados a quienes se lo mostraba «religiosamente»— al pasado, desde la perspectiva de un presente incierto y amenazante, puesta la mirada en un futuro anhelado. Interesante meditación, realizada en circunstancias semejantes a las de tantos otros escritores y artistas que crearon sus obras en momentos históricos de terribles catástrofes colectivas; lo que convierte este texto en mucho más que un relato en primera persona de los sucesos vividos por todos nosotros entre marzo y junio de 2020, sino en unas memorias, un libro epistolar y unas confesiones llenas de interés, que nos trasladarán desde la Guerra Civil hasta nuestros días, en un recorrido plagado de anécdotas e intimidades, públicas y privadas, que harán las delicias de los aficionados a conocer la intrahistoria de las diferentes épocas. Con muchas insinuaciones —el autor tuvo, en otro tiempo, cargos de responsabilidad pública que lo acercaron a los círculos de poder y le permitieron ver y vivir acontecimientos dignos de ser ocultados en la prudencia del silencio— y confidencias abiertas, Eduardo Galán traza un recorrido sin plan previo, en el que las ideas saltan de su mente al papel, en un verdadero fluir de conciencia solo filtrado por su inequívoca —e ineludible— condición de escritor.

Son muchos los amigos que Eduardo ha ido creando a lo largo de un recorrido biográfico lleno de anécdotas y experiencias al alcance de pocos. Muchos de ellos aparecen en las páginas de este diario, normalmente con su nombre de pila. La mayoría son personas pertenecientes al mundo del arte y la cultura —también de la política—, destacados representantes de la vida teatral española de los últimos cuarenta años —Enrique, Jesús, Ramón, Celso, Fernando, Antonio…—, cuya mención invita a reconocer a los personajes que se adivinan tras ellos. Otras veces las menciones se hacen explícitas, dando entrada en su obra a figuras fácilmente reconocibles: Juan Carlos Pérez de la Fuente, Pérez Sierra, Calixto Bieito, Lina Morgan, Luis Lorente, José Luis Alonso de Santos, Fernando Rojas, Adolfo Marsillach…

Sus recuerdos del periodo entre siglos en que ocupó el cargo de Subdirector General de Teatro, o de los tiempos en que escribía discursos para los políticos durante su etapa como asesor del Ministerio de Educación y Cultura —experiencia suficiente para que el autor confiese su desencanto hacia estos—, ofrecen algunos de los momentos más interesantes —también más comprometidos— de una obra en la que resulta difícil no sentirse atrapado por cada nuevo capítulo. Cual si de una novela por entregas se tratara, pero sin ruta establecida alguna, movidos —tanto el autor como sus lectores— al albur de la sorpresa, la intriga por conocer el contenido de cada uno de los setenta latidos que componen este mosaico de recuerdos y permanentes reflexiones sobre la existencia, mantiene vivo el interés por seguir descubriendo al personaje que se oculta —más bien se muestra, se descubre, se revela— en las páginas de este diario.

Aprenderemos con él a compartir —haciendo viva la expresión «diario compartido», empleada por el autor para definir su obra— las emociones que afloran en la rememoración de un tiempo anterior a su propia existencia, cuando su padre estuvo a punto de ser fusilado dos veces en plena Guerra Civil y el miedo que dejó impregnado en su progenitor esta experiencia; un miedo que revoloteará en la obra como una sombra que se extiende hasta conectar con un presente en el que la amenaza de la muerte y el temor han vuelto a dominar y determinar nuestra vidas; o el aliento de generosidad y vida mostrado por su madre enfermera, cuando atendía con amorosa dedicación a los moros heridos en el frente de batalla. La historia de aquellos días bien podría ser el argumento de una novela digna de ser llevada al cine. Pero también nos adentraremos en los recuerdos de un Eduardo Galán que nos dejará conocer al Eduardo que fue cuando niño; su educación en uno de los muchos colegios religiosos de la España del franquismo; las incipientes dudas nacidas en su pubertad, entre la fe y la razón, la moral y el deseo, donde se gestó la permanente contradicción vital que lo ha acompañado hasta hoy —«Sé que vivo en la contradicción, como mi admirado Unamuno»—; sus anhelos de juventud, cuando aspiraba a convertirse en un novelista de éxito; su accidentada relación con las motos y otras múltiples anécdotas de su vida, entre las que destacan las vinculadas a su experiencia como profesor de literatura —interrumpida por su larga etapa ministerial—, que dejará una indeleble huella en el dramaturgo en que pronto se convertirá, muy presente en este diario de marcado componente literario, donde las citas de autores y textos que lo han acompañado —citas que emanan cultura y lecciones de vida— y construido como hombre y escritor son permanentes: Quevedo, el romancero, Gil de Biedma, Machado, San Agustín, Espronceda, Dámaso Alonso, Lorca, Juan Ramón Jiménez, Salinas, Baroja, Unamuno…

La literatura ha sido también ese refugio conocido y fiable al que Eduardo Galán ha acudido durante su confinamiento. Las obras que lo han acompañado en su obligado retiro asoman en un baile de tentadores títulos, incitadores de conciencias letraheridas: El diario de Ana Frank, Terra alta, La sociedadliteraria del pastel de piel de patata de Guernsey, Rayuela… Pero es en el séptimo arte donde el autor ha encontrado mayor consuelo y compañía en su encierro, rescatando películas de un cine clásico que son parte primordial de la formación estética de quien se formó y forjó, como hombre y autor, en el siglo XX: Casablanca, La reina de África, 1984, 2001: Odisea en el espacio, El planeta de los simios, Vacaciones en Roma, El malvado Carabel, Doctor Zhivago, Sabrina, Desayuno con diamantes, Vacaciones en Roma, Una habitacióncon vistas, Anny Hall, Anna y sus hermanas, Bésame tonto, Primera plana, Con faldas y a lo loco…

Adentrándose en la metaliterariedad en muchos momentos, las referencias a su propia obra literaria son también frecuentes en las páginas de este diario. Descubrimos los procesos creativos del escritor, su método de trabajo, sus estímulos y modelos, sus proyectos actuales y futuros… Galán no guarda nada —o casi nada— en el tintero y desnuda su forma de enfocar la creación; pero también, abriéndonos la puerta a la estancia donde habita su yo más sincero —el de sus contradicciones, sus hipocondrías y debilidades—, su manera de pensar y sentir, sin dobleces, arriesgándose a ser juzgado y sin que parezca importarle en exceso. Es aquí donde asoma la verdadera fortaleza y autenticidad del Eduardo Galán hombre, dispuesto a ejercer su derecho y obligación de ser libre, adentrándose en la incorrección política si es preciso —«lo políticamente correcto me aburre y trae al fresco»—, en una actitud que resulta hoy heroica ante la imposición avasalladora de los modernos valores, monopolizadores de las nuevas virtudes morales de nuestro tiempo —«Siempre pensé que la lengua evolucionaba por el habla espontánea del pueblo y no por el empeño de una élite de poder»—; o al denunciar la crispación enfermiza de una sociedad dispuesta a devorarse, desde el enfrentamiento y el odio permanentes, con o sin virus.

Y he pronunciado por fin la palabra virus, esa que he tratado de esquivar desde el comienzo, como Eduardo se obstina en su diario en emplear el eufemismo «esto» para evitar referirse con su nombre propio a la pandemia que desde hace meses azota a la humanidad, y que en el momento en que escribo estas palabras acumula el dato desorbitante de más de 13 millones de contagios en el mundo y cerca de 600.000 fallecidos; y la cifra no deja de aumentar. Pocos días después de nuestra reclusión, cuando Eduardo Galán inicia su relato, el 18 de marzo de 2020, España despertaba con 14.500 contagios oficiales, que se elevarían a 72.000 diez días después. Inconscientemente, a medida que transcurren los días, y sin ser este el propósito de su autor, que rehúsa dar fuerza con sus palabras a una realidad con la que ha convivido muy de cerca, el diario se convierte en una suerte de cuaderno de bitácora que nos permite comprobar la evolución de una epidemia que extiende imparable, e implacable, su poder destructivo. El 7 de abril ya son 140.000 los contagiados, y a comienzos del mes de mayo se superan los 215.000 contagios, con más de 25.000 muertos… Cifras, números, estadísticas que pasarían a integrarse en nuestras vidas, diluyendo el terrible dolor oculto tras ellas en la fría e insensible parsimonia del dato informativo, a las que no tardamos en acostumbrarnos como nos acostumbramos hace tiempo a convivir con una realidad convertida en ficción gracias al poder sedante e ilusorio de la pantalla.

Como es ilusión para la mayor parte de nosotros cuanto sucede lejos de nuestros hogares, al otro lado del mundo; en Etiopía, por ejemplo, ese rincón de África que transformó la vida de un ya maduro Eduardo Galán, en 2014, cuando se trasladó a su capital, Adís Abeba, para encontrarse con su nuevo hijo, Armide, a quien va dedicado este libro, junto al resto de niños etíopes que fueron adoptados en aquel verano de hace tan solo seis años, cuyo recuerdo, por muchas razones, ha aflorado en el transcurso de un confinamiento que le ha hecho revivir, con renovada intensidad y emoción, aquellos días.

Si este diario nació con la finalidad de las rayas que trazan los presos sobre la pared de sus celdas, para ser dueños del tiempo al aprisionarlo en la ficticia sensación de control que ofrece el cómputo de los días y las horas, o como remedio contra el tedio de la monotonía y, muy pronto, al comprobar su efectividad balsámica, para servir de cómplice consuelo o curioso entretenimiento de muchos de los amigos a quienes se lo enviaba, su escritura no tardó en manifestar su reparador efecto sobre el propio autor, quien, al sumergirse en un viaje interior que lo llevó a encontrarse consigo mismo, descubrió lo que fue y, tras un sincero análisis de su pasado inmediato, obtuvo una enseñanza de vida, saliendo de esta experiencia decidido a modificar sus prioridades: «no quiero vivir aceleradamente como antes del confinamiento. Quiero sacarle el jugo a la vida antes de que el jugo me saque de la vida. Quiero saborear el placer de los afectos y el valor de la conciliación».

Las reflexiones de contenido existencial que acompañan cada una de las peripecias del autor —en mi opinión, uno de los principales valores y aciertos de este libro— evolucionan desde la duda y la contradicción permanentes, el agnosticismo esperanzado de quien, como Unamuno, hubiera querido creer, y un escepticismo vital que trata de trascender su componente agónico a través del humor —rasgo ineludible de su obra teatral, visible también en este diario—, hacia una madurez emocional, un equilibrio interno y una fe renovada en el hombre basados en el amor y el deseo de vivir: «sueño con una vida plena y distinta, a corazón abierto. […] Sueño con un mundo en el que la conciliación sea algo habitual y no el enfrentamiento […]. Creo que habrá un mundo en el que cada vez más seres humanos pensarán en el otro».

Eduardo Galán es un hombre agradecido. Agradecido por todos los dones recibidos en la vida, entre ellos sus muchos amigos, a quienes tiene presentes en todo momento y con quienes dialoga, en un largo monólogo donde su voz se encuentra recogida; agradecido de sus experiencias, de sus padres, sus amores y sus hijos; y por el privilegio de haber tenido la fortuna de vivir su confinamiento con las comodidades de quien vive en el «primer mundo».

La experiencia de compartir con él este Diario de un confinamiento, a lo largo de su confección, en cada una de las entregas que nos enviaba a quienes le seguíamos, y de haber vuelto a leerlo después, cuando poco a poco, aún con recelo, nos hacemos la ilusión de haber retomado nuestras vidas, me ha permitido conocer mucho mejor a Eduardo Galán; no al que ha nacido, sino al que ya era. Te invito, amigo lector, a realizar con él este viaje personal y compartido en el que no existe espacio para el aburrimiento, la desesperación, la negatividad o la apatía; y, como su autor, aprender a vivir en el otro, a revivir, agradeciendo siempre el maravilloso regalo de la existencia.

José Luis González Subías

Julio de 2020

A modo de prólogo

Hay fechas en la vida de una persona que nunca podrá olvidar y siempre las llevará consigo. Hay fechas en los pueblos, y sus gentes, que perfilan su idiosincracia. Hay fechas en la humanidad que forman parte de la historia universal y de su acervo. Así es el día a día de todos nosotros, marcados por nuestros hechos singulares, los de nuestra cultura y, muy por encima, los de nuestra genética.

Todos recordamos el cumpleaños de algún ser querido. Es de común memoria fechas que se marcaron en el almanaque popular y se celebran con festejos locales, incluso recordamos acontecimientos o sucesos mucho más allá de nuestras fronteras pero que no forman parte de nosotros. Sucesos en otros países o continentes que, por su gravedad, impactaron en nuestra mente, pero no en nuestra formación. Se han necesitado muchos siglos para que las comunicaciones globarizaran el planeta y las noticias, acontecimientos y sucesos se conocieran a la par en todos los lugares del planeta.

Hay una fecha, variable en pocos dígitos, que afectó a todos los continentes por igual, y a nosotros, en particular, el 14 de marzo de 2020. Ese día se decretó el estado de alarma en España y, por tanto, el confinamiento.

Con fechas similares todos los países del mundo fueron decretando estados de alarma más o menos restrictivos. Toda la población mundial estaba afectada por un mal difícil de combatir y contra el que no teníamos armas adecuadas ni conocidas con las que hacer frente. Nos vimos abocados a permanecer en nuestros domicilios por temor y prevención ante las consecuencias de la pandemia como años atras sufrió la población de muchos países, protegiéndose en los túneles del metro y refugios ante la amenaza de los bombardeos.

Ahora no sentíamos el estruendo de las explosiones, no había signos de violencia ni bocinas que anunciaban la llegada de la aviación, tan solo contábamos con la televisión que nos anunciaba, tenaz y perseverante, el número de heridos y fallecidos en la contienda.

El 18 de marzo, Eduardo Galán, mi admirado dramaturgo, comenzó el ritual de enviarnos, diariamente, por whatsapp, a un grupo de «privilegiados», sus vivencias, sensaciones, angustias, pesares, sorpresas y todo aquello que brotaba de su interior. Tuvimos la suerte de comprobar cómo un sentimiento individual se convertía en una corriente universal. No importaba que fueras escritor, estudiante, ama de casa, policía, ingeniero, deportista, funcionario, artista, rector universitario o empleado de algún comercio. Todas y cada una de las palabras que iba sacando de la mochila del corazón, todo aquello que nos hace ser conscientes de ser y sentir, eran propiedad de cada uno de nosotros sin distinción de raza, sexo o religión. El ser humano cuando se despoja de su etiqueta social se convierte, en palabras de Eduardo, en un ser totalmente vulnerable: Frágiles. Somos frágiles y vulnerables. No ha hecho falta que salte una alarma nuclear ni que elcalentamiento del planeta nos lleve a la destrucción, y este virus nos tiene encerrados en casa a medio mundo. Noscreíamos dioses creadores y dominadores de la vida, nos sentíamos seguros con las comodidades del primer mundo,nos permitíamos el lujo de despreciar al diferente y poner frontera a los subsaharianos. Pero un virus ha echado portierra nuestra consistencia. No somos nada. Ni tan siquiera «polvo enamorado», como escribió Quevedo.

Y así, dos días después de acabado el estado de alarma, el 23 de junio de 2020, Eduardo dió por cerrado este diario que, sin pretenderlo, es el diario de todos y cada uno de nosotros, seres apátridas, víctimas de un verdugo sin rostro, pero que hemos escrito casi 100 días de nuestra historia.

Ángel Jiménez

(1) Miércoles 18 de marzo de 2020

Cuando esta tarde me he preguntado qué día era hoy: ¿martes, miércoles, jueves? ¿17, 18, 22…? He llegado a la conclusión de que debería escribir un diario o, mejor, unas divagaciones de un confinamiento. No lo escribo por afán de inmortalidad ni para que nadie me lea. No lo escribo para recordar cómo viví estos días cuando todo haya terminado. Lo escribo como hacían los presos políticos de la Dictadura, cuando iban haciendo rayas en las celdas, para saber el tiempo que iba transcurriendo.

Lo escribo para que mi cabeza, tan dada a la fantasía y a la especulación, se relaje y así evitar que me asolen las enfermedades somáticas que desde hace años me asedian con regularidad: colon irritable, herpes zoster, lumbalgias insoportables, lesiones de piel, ahogos como en los infartos… De hecho, el colon irritable me sorprendió anoche mientras escribía. Decidí parar y ver una película. Como no se puede ir a los médicos, me automediqué y me tomé un diazepam, que tenía en casa de otras ocasiones.

Durante el día no he respondido a algunos wasaps, más que nada porque en el río de mensajes recibidos con consejos e información sobre la enfermedad, se me han quedado retrasados. Y hace un rato he recibido dos mensajes iguales de dos amigos: «¿Estás bien? ¿Te pasa algo?». He contestado: «Estoy bien, ¿por?» Las respuestas han sido idénticas: «Como no respondías, pensaba que ya te habías contagiado».

Hoy el presidente Sánchez ha hablado en el Congreso ante los poquísimos diputados que estaban presentes para explicar el decreto que aprobó ayer el Consejo de Ministros (y Ministras para los políticamente correctos o quienes se sitúan en el feminismo militante). Advierto, por si algún día esto cayera en manos de algún lector despistado, que lo políticamente correcto me aburre y me trae al fresco.

Acabo de leer que en España hay ya más de 14.500 contagiados oficiales. A saber cuántos serán los reales. Hace nada, diez días, tenía lugar la masiva manifestación de la mujer del 8 de marzo. Desde el lunes 9 la enfermedad se hizo evidente y ha llegado el pánico. La guerra del virus.

Me estoy releyendo «El diario de Ana Frank». Ese sí que es un confinamiento real y duro. Sí que lo fue, y acabó con la detención de las dos familias judías holandesas a manos de los nazis alemanes.

Recomiendo su lectura en estos días. Nosotros podemos ir al súper, a la farmacia, incluso algunos deben ir a trabajar… Nosotros corremos el riesgo de contagiarnos. A la familia de Ana Frank le esperaba el seguro campo de concentración o la muerte. No hay comparación posible.

(2) Jueves 19 de marzo de 2020

Frágiles. Somos frágiles y vulnerables. No ha hecho falta que salte una alarma nuclear ni que el calentamiento del planeta nos lleve a la destrucción, y este virus nos tiene encerrados en casa a medio mundo. Nos creíamos dioses creadores y dominadores de la vida, nos sentíamos seguros con las comodidades del primer mundo, nos permitíamos el lujo de despreciar al diferente y poner frontera a los subsaharianos. Pero un virus ha echado por tierra nuestra consistencia. No somos nada. Ni tan siquiera«polvo enamorado», como escribió Quevedo.

Hasta los políticos poderosos se han contagiado. Recuerdo nombres: Torra, presidente de la Generalitat de Cataluña, Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, Irene Montero, ministra de Unidas Podemos, otra ministra del PSOE, la mujer del presidente del Gobierno… No hay fronteras. No hay límites.

Hoy he ido al súper. Me ha impresionado. A la entrada, una dependienta protegida con mascarilla nos obligaba a mantener la distancia antes de entrar, nos echaba desinfectante en las manos y nos entregaba unos guantes de plástico. Luego un silencio sepulcral en el interior, como si asistiéramos a un sepelio.

Caras largas, más bien asustadas o de angustia. Y muchas mascarillas. Más de la mitad de los compradores llevaban mascarilla. Yo no la tengo. Reconozco que me he dejado invadir por la ansiedad y el temor al contagio. He llegado a casa enfermo. Con todas las medidas de precaución tomadas.

No me queda tiempo para aburrirme. Al contrario. Ni siquiera para leer libros pendientes ni para escribir proyectos que esperan almacenados en el ordenador o en la memoria. Duermo más. El tiempo vuela. Pierdo el control de los días. Es jueves, pero podría ser martes.

Sexto día de confinamiento. Me gustaría imaginarme cómo se siente un recluso al que le han condenado a diez años cuando se encuentra en el sexto día de prisión.

Recuerdo ahora las historias que me contaba mi madre de la Guerra Civil. No le hacíamos ni caso.

Pasábamos de sus batallitas. Nos las contaba, no con aire de heroísmo, sino como explicación de unos hechos. Mi madre vivió la guerra en la zona de Franco, en Córdoba. Estaba terminando la carrera de Farmacia. Y tuvo que colaborar en el Hospital General de la ciudad como enfermera. Obtuvo allí su título de enfermera (más tarde terminaría su carrera de Farmacia). Allí, en el hospital, atendió a numerosos heridos del frente de batalla, a muchos moros, de los que vinieron de África a luchar junto al General sublevado Franco. Recuerdo que a finales de los años 60, siendo yo un niño, venían en Navidades y en verano por la casa de mis padres algunos moros con sus familias desde París en dirección a Marruecos.

De vacaciones. Siempre le llevaban regalos a mi madre. Y mi madre se sentía muy orgullosa de ellos en una época en que ya se rechazaba a los moros en España. Por diferentes. Mi madre nos decía que eran personas honestas y muy agradecidas. Y eso era cierto. Mi madre, durante los bombardeos en Córdoba, en lugar de bajarse a los refugios del hospital, como hacía la mayoría de médicos y enfermeras y los pacientes que podían caminar, se quedaba con los heridos asumiendo que podía morir en el bombardeo.

Los moros le repetían que jamás en sus vidas lo olvidarían. Y no lo olvidaron.

Recuerdo esta anécdota porque en estos días hay muchos voluntarios jóvenes que están ayudando a los mayores a hacerles la compra, ir a la farmacia y atenderles en todo lo que necesitan. Siempre he creído que vivimos en un país solidario. Estoy seguro de que España es uno de los países más solidarios del mundo.

(3) Viernes 20 de marzo de 2020

Esta tarde me ha llamado mi amigo Juan. De mi edad. Necesitaba hablar, distraerse:

—Te llamo para pedirte que sigas escribiendo tu diario y continúes compartiéndolo con nosotros. Necesito leerte.

—Bueno, Juan, es una bobadita este diario. Son divagaciones para espantar el pesimismo y alentar la resistencia.

—Por favor, sigue. Estoy encerrado en una habitación en casa. Con mi baño y mi ordenador, eso sí.

Pero la comida me la dejan en una bandeja en la puerta y mi familia habla conmigo por el móvil. Hoy he estado en el centro de salud. Me encontraba muy mal, llevaba tres días con fiebre, tos seca y una debilidad espantosa. Por fin me han permitido ir al médico.

—Te has contagiado, ¿verdad?

—Sí. Un médico vestido como un buzo me ha atendido a dos metros de distancia. Me ha preguntado los síntomas y me ha dejado claro que es coronavirus. No me hacen pruebas. Medicación, la que ya sabes: paracetamol cada ocho horas. Parece que la fiebre baja y que se puede controlar. Que en casa estaré mejor.

Mi amigo Juan es biólogo, emprendedor, y acaba de publicar una novela sobre el sueño del hombre: la inmortalidad en la tierra, no tras la muerte. Excelente novela que hay que leer: «Atanathos». Y le he dicho:

—Tenemos que vivir hasta los 120 años como tú aseguras siempre. Confío en ti. Siempre digo que vamos a llegar a los 120. Así que vas a vencer al puñetero virus. Ponte bueno, que eres mi ejemplo y mi referencia.

—No me queda otro remedio o mi novela no se venderá. Iría contra las ideas que defiendo —me ha respondido con sentido del humor—. Estamos cerca de nuestro sueño de vivir eternamente en vida…

Inmortales. Nos soñábamos inmortales. Los de mi generación fuimos educados en la inmortalidad del alma por herencia del ambiente franquista de cuarenta años de dictadura, en los que vivieron y se educaron nuestros padres. Muchos fueron sinceramente creyentes y religiosos, otros lo fueron empujados por la situación política de entonces. Me eduqué en una época en la que predominaban los colegios de curas y monjas y se nos enseñaba el Catecismo de la Iglesia católica. Yo fui a un colegio religioso. Desde la muerte de Franco la vida en España ha cambiado. La mayoría de aquellos niños que acudíamos a misa lo hemos dejado de hacer y hemos hecho profesión del agnosticismo, ateísmo o simple enfriamiento de la fe. Sin embargo, nos hemos seguido considerando inmortales. La medicina nos prolonga la vida y nos permite soñar con llegar a ser centenarios con un razonable buen estado físico. La ciencia ha ocupado el lugar de la religión, como mostraba Pío Baroja en «El árbol de la ciencia». Los clásicos nos acompañarán siempre.

A finales de los años 90 del siglo XIX, Andrés Hurtado, el protagonista de la novela de Baroja, decide estudiar Medicina en la Universidad de Madrid. La religiosidad externa de su tiempo y el estudio de la filosofía de Kant y Schopenhauer le van alejando progresivamente de la fe religiosa. Poco a poco va sustituyendo la religión por la ciencia. Basa toda su esperanza en el conocimiento científico. Sin embargo, la ciencia le falla en un momento fundamental de su vida, como a nosotros ahora, que nos deja solos y vulnerables ante la pandemia.

Tengo la impresión de que ahora el mundo se nos ha venido abajo como se le vino a Andrés Hurtado.

¿Cómo es posible que la ciencia no hubiera previsto esta catástrofe mundial del coronavirus y su expansión? ¿Cómo es posible que los científicos no hubieran alertado a los dirigentes políticos del peligro real que corría toda la población? ¿O les alertaron, y son los políticos unos auténticos estúpidos? ¿Dónde podemos depositar nuestra fe? Este tiempo de confinamiento nos ayudará a situarnos a todos en una dimensión diferente en nuestras vidas.

Nos creíamos inmortales. Dato de esta noche de viernes: más de veinte mil contagiados y más de mil fallecidos en España. Y esto no se detiene. Seguimos encerrados en nuestras casas luchando contra un enemigo invisible. No, invisible, no. Un enemigo potencial. El enemigo es el otro, el vecino, el compañero de trabajo, el caminante que acude a la farmacia o al súper o, muy a su pesar, se dirige a su trabajo.

Cualquiera de nosotros es un potencial portador del virus. Cualquiera de nosotros es un leproso, un apestado. Por la calle nos apartamos en las aceras, nos esquivamos, nos alejamos, nos detenemos, hasta podemos gritar histéricos si el otro cruza la distancia de seguridad. Leprosos. Todos somos posibles leprosos. Es difícil vivir en el miedo al otro.

Recuerdo hoy otra batallita de la Guerra Civil. Esta es de mi padre. Ayer contaba una de mi madre.

Nada más empezar la guerra estuvo tres veces frente a un pelotón de fusilamiento. Y nunca llegaron a dispararle. Tenía veintiún años. Vivió hasta los 91. Se supo siempre frágil y vulnerable. Pero esa es otra historia. La contaré otro día.

De momento, sigo creyendo en los cientos, miles de personas que están trabajando por nosotros y desafiando al miedo en hospitales, farmacias, supermercados, laboratorios, policías, bomberos… Son frágiles y valientes. Gracias por vuestro valor y generosidad.

(4) Sábado 21 de marzo

En mi primera entrega de este diario hablaba de recuerdos de mi madre, que había sido enfermera durante la Guerra Civil. Contaba que, cuando yo era un crío, algunos marroquíes en las vacaciones cruzaban de Francia a Marruecos por España en coche y paraban a verla como agradecimiento por sus cuidados en el hospital en aquellos años en los que habían participado en nuestra guerra a las órdenes del general Franco.

De niño no le daba importancia a lo que aquello significaba: el agradecimiento es algo que no debemos jamás olvidar. Y estos marroquíes, a los que a veces miramos con distancia y les relegamos en nuestro país, saben de la gratitud. Esta misma gratitud que ahora estamos mostrando con nuestros aplausos de las ocho de la tarde a los sanitarios. Hoy me ha llamado mi hermano mayor (somos seis, y yo el menor) y me ha dicho que no recordaba la visita de nadie. Durante el día he mantenido mi duda: ¿no habré fabulado la historia de mi madre y jamás existieron esas visitas? Temía haberme inventado el recuerdo.

Afortunadamente, mi hermano Jose me ha confirmado que eran ciertos mis recuerdos. Y cierta la gratitud de los marroquíes.

Me pregunto cómo serán nuestros recuerdos de este confinamiento dentro de unos años y cómo lo contaremos a hijos y nietos... ¿Nos habrá dejado alguna huella? ¿Nos habrá hecho mejores personas?

Escribiendo estas líneas me ha venido a la memoria una de las mejores obras de teatro (convertida en cine) sobre la Guerra Civil: «Las bicicletas son para el verano», de Fernando Fernán Gómez. El autor (y actor y director) había vivido la guerra y había padecido el hambre de Madrid durante aquellos años de asedio. Lo que más me gusta de su obra es el espíritu de solidaridad que se respira. Hoy los voluntarios que ayudan a los mayores son un ejemplo más de solidaridad en estos tiempos.

Poco a poco, voy hablando con amigos que están siendo infectados por el coronavirus. Hoy he vuelto a hablar con mi amigo Juan. Parecía animado y me aseguraba que estaba mejor, cuando le ha entrado un golpe de tos interminable y ha tenido que colgar. Luego me ha enviado un wasap: «Estoy bien. Sigue escribiendo por favor». Sanará sin duda. Es fuerte y optimista. A media tarde he recibido la llamada de mi amigo Enrique, del mundo del teatro, para pedirme que siguiera escribiendo este diario y se lo enviara:

—Me entretiene en el tiempo que paso en la cama, con fiebre y con pocas ganas de hacer nada.

Enrique es un hombre que se ha hecho a sí mismo. Huérfano desde niño, empezó siendo boxeador de jovencito en su Valladolid natal y muy pronto compró una carpa para ir llevando espectáculos. Ha sido un hombre triunfador en el mundo del teatro. Inteligente, amable, educado, saldrá adelante seguro. Pero me ha impresionado oírle. Tampoco le han hecho pruebas.

A media tarde, me ha dado las gracias por el segundo envío de este diario Victoria, amiga, madre de un hijo de dieciséis años con el que vive. Los dos están contagiados. Me enviaba wasaps con mucho ánimo. Esta enfermedad hay que vencerla, me decía.

Hace poco rato, mientras estaba escribiendo este diario, leo un wasap en el que me informan del coronavirus que está padeciendo Juan Antonio, que ha salido en televisión y en prensa. Juan Antonio es profesor de Inglés de secundaria y productor de cine («El jugador de ajedrez»). Fuimos compañeros en el Instituto Beatriz Galindo (Madrid). Una persona encantadora, sensible y emprendedora. Una historia terrible la de su contagio y su experiencia hasta que le acogieron en La Milagrosa. Dura su estancia. Ya en casa, pero todavía sin recuperarse del todo… Le escribí un wasap y me respondió al instante.

He tenido que ir a la farmacia a la caída de la tarde. Estaba anocheciendo. Las calles desiertas. Personas solitarias con sus perros. Cerca del metro, dos jóvenes iban juntos para entrar en el solitario suburbano de Madrid. En la farmacia, amabilidad extrema. Pero impresiona la imagen de la farmacéutica y de su auxiliar: protegidas por una pantalla de plástico transparente con visera, para evitar que las gotitas que transmitimos al hablar les puedan llegar a boca, ojos o nariz. ¡Cuánto personal de las farmacias habrá sido contagiado ya!

Miedo. Percibo el miedo allá donde voy. Percibo el miedo en todos nosotros. No sentir miedo sería temeridad. El miedo sirve para poner en estado de alarma nuestros sentidos y evitar en lo posible la propagación del virus. Miedo de quienes se saben más vulnerables por la edad o por patologías anteriores.

Miedo de los familiares y amigos. Miedo de todos nosotros. Hay que vencer el miedo y hay que resistir alegres y positivos, me repito. Pero soy consciente de nuestra fragilidad. Mortales. Somos mortales, y no dueños de nuestro destino. Apenas somos una gota de agua de lluvia que va a caer a un río y se funde con sus aguas hasta desembocar el mar. Y a veces nos creemos que somos la dura montaña que resiste las olas del océano. No somos más que una sombra imperceptible en la historia de la humanidad.

Miedo. Miedo de vivir y de morir. Miedo de no saber vencer el miedo. Miedo. No puedo olvidarme del miedo que debieron de pasar en la guerra. Y ya no nos quedan padres que lo vivieran. Mañana contaré la experiencia de mi padre. Del miedo que padeció. Creo que nuestro miedo no puede ser superior al que sintieron nuestros padres y abuelos entonces. Cuánto podíamos haber aprendido de aquellas generaciones.

A ser positivos, como ellos lo fueron.

(5) Domingo 22 de marzo de 2020

Dicen que en las circunstancias de máximo riesgo se conoce la realidad íntima de los seres humanos, nuestras grandezas y nuestras miserias. Esta mañana entrevistaban en la radio a un hombre del teatro madrileño (un gran artista, sin duda), muy querido por los medios de comunicación y por las administraciones. Durante los cinco minutos que ha durado la entrevista solo se ha quejado de su amargura por haber tenido que cancelar un próximo estreno y el perjuicio económico que iba a sufrir al no recibir ingresos y tener que afrontar muchos gastos, difícilmente superables cuando se restablezca la situación. Ni una palabra de solidaridad para el resto del teatro madrileño, ni una palabra de preocupación para los ciudadanos (que están sufriendo ERTES, despidos, problemas de salud) ni de cariño y reconocimiento para nuestros héroes de los hospitales. Como artista y creador le admiro, por supuesto.

Pero en estos momentos necesitamos grandeza para iluminarnos el camino de la esperanza.

La anécdota me recuerda a los comentarios sobre Séneca que escribía mi amigo Pepe (pintor y estudioso de las artes) y que compartía conmigo esta mañana. En su escrito señalaba las contradicciones y las sombras en la obra y en la vida del filósofo cordobés. ¿Fue Séneca un gran hombre? ¿Quién es un gran hombre (o una gran mujer)? En mi opinión, la vida de un gran hombre está llena de sombras, como la vida de cualquiera de los mortales. Pero la diferencia entre un gran hombre y uno de nosotros es que en la vida y obra del primero encontramos momentos de indudable luz para todos los de su tiempo y para los de todas las épocas. Esa luz, que transmitía y sigue transmitiendo, es lo que le hace grande. Las sombras son las que le hacen humano.

Cada día en Madrid tienen lugar numerosas historias anónimas de grandeza humana. No solo en los hospitales. En todas las familias que cuidan a sus enfermos y a sus mayores. En los numerosos cantantes que están subiendo a las redes canciones nuevas de este momento para compartirlas con todos y animarnos. La solidaridad es la norma y no la excepción.

No quiero dar números de contagiados. Prefiero recordar que esta mañana he salido a comprar el pan y un pollo asado. Las calles desiertas, silenciosas, en alerta. En la cola del pan, casi dos metros de distancia. Mascarillas que empañan las gafas de quienes las usamos. Mascarillas sin ninguna validez real, que nos envalentonan y nos hacen sentirnos más seguros. Mejor no mirar a la cara a nadie, volver la cabeza cuando nos cruzamos en una acera y separarnos al máximo. Incluso, si la acera es estrecha, bajarnos a la calzada de los coches: no moriremos atropellados. No hay tráfico. Sin embargo, al doblar una esquina, casi nos hemos chocado una jovencita y yo. Los dos girábamos por el interior. ¡Susto! ¡Frenazo!

¡Ay!, ha gritado ella. ¡Lo siento!, me he disculpado yo. Nos hemos separado inmediatamente y me he despedido diciendo: «¡Suerte!». Según me iba, me dice: «Perdona, es que soy muy hipocondriaca». Seguro que no más que yo, he pensado.

Me ha acordado de Nat, personaje de mi próximo estreno teatral «Blablacoche», previsto (si es posible) para finales de mayo en Colmenar Viejo. Nat va cargada de desinfectante de manos, toallitas limpiadoras y todo tipo de precauciones para no pillar ninguna bacteria durante su viaje en BlaBlaCar. La obra está terminada de escribir en el otoño, antes del alumbramiento de la nueva peste que nos asola.

¿Quién me lo iba a decir? Un personaje muy actual. Nat hoy seríamos todos. Y es que la realidad, como escribía García Márquez, es superior a la ficción. Hay que volver a leer sus memorias: « Vivir paracontarla», en donde hacía referencia a que la realidad de la selva colombiana era más mágica que la de« Cien años de soledad».

Luego en casa he seguido con mi rutina de lectura, escritura, pelis, aplausos… Y a preguntar a mis amigos contagiados cómo se encuentran. Buenas noticias, Victoria está bastante mejor y recuperada. Y

Juan, aunque esta mañana había entrado en crisis de ansiedad (habitual en los enfermos de coronavirus), al final de la tarde estaba más tranquilo y físicamente más recuperado.

La rutina (escribir este diario, tal vez leerlo quienes me leéis) nos ayuda a superar el confinamiento, como le ayudaba el avecilla al prisionero del romance anónimo medieval hasta que un día… Pero mejor recordaré el poema para terminar este domingo lluvioso (tendré que volver a posponer la historia del casi fusilamiento de mi padre, o más bien fusilamientos, al principio de la Guerra Civil):

Que por mayo era, por mayo, cuando hace la calor, cuando los trigos encañan y están los campos en flor, cuando canta la calandria y responde el ruiseñor, cuando los enamorados van a servir al amor, sino yo, triste, cuitado, que vivo en esta prisión, que ni sé cuándo es de día ni cuándo las noches son, sino por una avecilla que me cantaba el albor. Matómela un ballestero; ¡Déle Dios mal galardón!

(6) Lunes 23 de marzo

Décimo día de confinamiento. Pablo, maravilloso artista y excelente persona, me contesta a mi escrito de ayer: «Muy buena reflexión. No podemos quejarnos tanto los de la profesión». La misión del artista, como la de los grandes payasos, es reinventar la vida para los demás con nuestras historias, con nuestras obras de teatro, películas, series, programas… El payaso puede estar triste y sentirse angustiado, pero siempre parecerá alegre y festivo para los niños. Así es la mayoría de la profesión escénica. No lo dudéis. Y volveremos a entretener, divertir y emocionar al público en cuanto «esto» se termine.

Hoy he llamado a mis amigos contagiados. Juan ha mejorado considerablemente. No tiene fiebre, en su aislamiento escucha ópera, lee, escribe y se siente cómodo hablando por teléfono. Vive, eso sí, con el temor de que la enfermedad no acabe de irse y pueda amenazar con regresar. Como le ha ocurrido a mi amigo Enrique, que ayer estaba sin fiebre y hoy le ha vuelto con fuerza. Mi amiga Victoria está muy recuperada. Otros, sin embargo, van cayendo… Ánimo. No estáis solos. No es una guerra entre nosotros.

Al contrario, formamos parte del mismo bando: el de la vida.

Me he puesto a ordenar mi armario. Es increíble la ropa que acumulamos. La guerra consumista se nos antoja ahora absurda. Vivimos en el exceso. Con lo que acumulamos en los armarios en los países ricos vestiríamos a toda la población de los países del tercer mundo. ¿Nos servirá de algo este encierro? No estamos en un zulo, aunque queramos hacer el símil. Recomiendo la premiada película «La trincherainfinita». El protagonista se pasa más de treinta años encerrado en un zulo, viendo el mundo por un agujerito. Y nos quejamos de los treinta días que vamos a estar en nuestras casas, sin el miedo de que nadie nos venga a buscar para encarcelarnos o fusilarnos…

Cuando «esto» se termine… escribía en el primer párrafo. «Esto» es un eufemismo. Ya no quiero escribir «coronavirus». No se merece mi respeto este microbio que nos está envenenando la vida. En plena Guerra Civil eran muchos los que decían «cuando esto se termine»… Evitaban pronunciar la palabra«guerra», como si no nombrándola esta desapareciera. No desaparece, pero la condenamos a ser innominada. «Esto». La guerra me recuerda que prometí hablar de los casi fusilamientos de mi padre.

19 de julio de 1936. Madrid permanece mayoritariamente leal al Gobierno de la República salvo el Cuartel de la Montaña, en donde el general Fanjul y numerosos falangistas toman las armas… En menos de veinticuatro horas el intento de sublevación es sofocado. La destrucción es total. Mientras tanto, el coronel del Regimiento de Transmisiones del Pardo quiere sublevarse, pero no se atreve a acudir en defensa de sus compañeros. En la madrugada del 20 de julio da la orden de subirse a los camiones para cruzar por el Alto de los Leones y unirse a las tropas «nacionales», que controlan Segovia. Tres camiones se quedan sin gasolina poco antes de alcanzar la cima y no pueden continuar su viaje. En uno de ellos viajan mi padre, que hacía la mili en El Pardo. Se libra por los pelos el hijo de Largo Caballero, compañero y amigo de mi padre en el regimiento, porque marcha en otro camión. Más tarde su destino será trágico, cuando Franco se niega a intercambiar a Primo de Rivera, preso de los republicanos, por el hijo de Largo Caballero. En seguida llegan los milicianos y los guardias de asalto. Les ordenan formar una fila al borde de la cuneta. En un extremo los oficiales, a su lado los suboficiales y a continuación cabos y tropa. El que parece que está al mando ordena que apunten a todos. Los soldados gritan y aseguran que no son golpistas. La muerte les espera. Disparan contra los oficiales, que caen al instante. Vuelven a apuntar y disparan contra los suboficiales. Llega otro grupo de milicianos. Ordena que no disparen contra la tropa y que se los lleven presos a la Cárcel Modelo de Madrid.

En la Cárcel Modelo van encerrando a militares, a políticos de derechas y a personas acusadas de apoyar la rebelión. Llegan a juntarse más de 5.000 presos en menos de un mes. El 22 de agosto, una galería del sótano arde y el fuego se va extendiendo por toda la cárcel. Ante el miedo de que puedan fugarse los presos, les conducen al patio. Han entrado numerosos milicianos, fundamentalmente anarquistas, con deseos de ajustes de cuentas; y familiares de los presos. En medio de la confusión, van colocando a los presos en las paredes y ordenando su ejecución sin mucho criterio y sin el consentimiento del Gobierno de la República. Familiares con carnés de los partidos republicanos acuden a salvar a los suyos, si consiguen encontrarlos. En el último instante, cuando mi padre ya está contra la pared con otro grupo de soldados, un amigo de mi abuelo consigue verle, enseña su carné de la UGT y lo salva. Se lo lleva inmediatamente.

Luego su historia se complica: le llaman a filas en la zona republicana, pero una lesión de corazón (posiblemente originada por una angina de pecho ante la angustia de sus dos fusilamientos) le impide volver a tomar las armas… Una noche del mes de noviembre del 36 tiene que huir de su casa con mi abuelo (militante de Izquierda Republicana) por los tejados de Madrid. Pero esa es otra historia que prometo contar. Mi padre vivió el miedo de una forma feroz y no lo perdió en su vida: «Niño, no montes en bicicleta, que te puedes caer… Eduardo, no llegues tarde de noche, que te pueden atracar…» No me gustaría vivir a partir de ahora instalado en el miedo por culpa de «esto». Lo superaremos.

(7) Martes 24 de marzo

Undécimo día de confinamiento. Fue mi amigo Pepe quien me instó a escribir este diario y a compartirlo.

En nuestra conversación telefónica de esta tarde elogiábamos a nuestros sanitarios por su valor y entrega.

También, por supuesto, a las fuerzas de seguridad del Estado, militares, personal de tiendas de alimentación, agricultores, ganaderos, transportistas… En tiempos de crisis el heroísmo deja de ser una excepción para convertirse en una norma y en un hábito. De ahí que sigamos aplaudiendo con entusiasmo a las ocho de la tarde. Nos planteábamos qué podíamos hacer el común de los ciudadanos por los demás, qué podíamos hacer nosotros en concreto.

—Tú, continuar escribiendo tu diario y compartirlo —me ha dicho.

Así es. Los que no sabemos hacer nada útil podemos contar historias. En los tiempos de las cavernas los hombres salían de caza para alimentar a la tribu y se jugaban la vida. Las mujeres se quedaban en la cueva cuidando de los niños y de los ancianos. Algunos hombres, pésimos cazadores, veían peligrar su sustento. De manera que tuvieron que inventar una forma de ganarse el favor de la tribu para comer con los demás. Unos desarrollaron la expresión plástica y nos dejaron muestras de las maravillosas pinturas rupestres. Otros desarrollaron sus capacidades verbales y empezaron a relatar las hazañas de sus compañeros, cómo rodeaban al bisonte, cómo uno le provocaba y salía corriendo para que los demás le sorprendieran con sus primitivas lanzas y armas de caza. Ponían emoción a la historia mientras la tribu comía la carne alrededor del fuego. Como premio, pintores y narradores orales podían también comer del asado común. De esta literatura oral nos hemos alimentado en nuestro oficio de escribir.

Aquí estoy, compartiendo mi diario con ciento veintisiete amigos o conocidos a través del WhatsApp y con más de 50 contactos de correo electrónico. Solo tres personas me han pedido que no continúe con los envíos por agobios, exceso de información... Y otros muchos me contestáis pidiéndome que continúe escribiendo y compartiendo. Sé que no tiene nada de heroica esta actividad, pero los que no sabemos cazar… contamos historias. En estos días de confinamiento son necesarias. Mejor que sentir la presión en el pecho cada vez que un amigo nos envía un wasap desde el hospital, nos deja un audio con los horrores que ha vivido en las urgencias, o sabemos de aquellos que están en casa pasándolo muy mal con la enfermedad. Pero «esto» no va a poder con nuestras ilusiones, con nuestro enorme apetito de vivir y mejorar la vida de todos.

Me ha emocionado escuchar hace un rato en Antena 3 a Antonio Banderas. Le preguntaban por la situación que estaba atravesando con su compañía de 90 personas en «A chorus line» y cómo saldría adelante. Su intervención ha sido ejemplar. Ha venido a decir que no podía quejarse de nada cuando tantos conciudadanos lo están pasando tan mal y les espera un camino incierto en cuanto nos recuperemos de «esto». Si el otro día comentaba la tristeza que me había producido uno de mi gremio (del teatro) con sus quejas personalistas por las pérdidas que «esto» le estaba ocasionando, hoy Banderas nos habla de la ilusión por mejorar, por seguir peleando una vez que se recupere la normalidad, por ser útil a los demás.

Ayer dejé sin terminar la historia de mi padre en la Guerra Civil. Después de haberse salvado de dos posibles fusilamientos, tuvo que huir con mi abuelo por los tejados de Madrid. Mi abuelo, que llegó a Madrid para hacer la mili desde su pueblo natal, Montoro (Córdoba), aprendió el oficio de carpintero. Con un amigo del pueblo montaron un modestísimo taller de carpintería en la calle (no paseo) de las Delicias, muy cerca de la estación del AVE. Poco a poco, aquel taller fue creciendo y especializándose en trabajos de ebanistería. Dio trabajo a muchos amigos de su pueblo, a muchas familias, a las que se trajo a Madrid…

Debió de ser (no lo conocí) un hombre comprometido con sus ideas sociales y con su gente. Al principio de la guerra siguió trabando con normalidad. Su piso se ubicaba sobre el tejado de su taller. Una noche del mes de noviembre del 36, a las dos de la madrugada, aporrearon la puerta. Se asomó mi abuela a la ventana y vio a milicianos del POUM armados. Por las acusaciones de aquel tiempo (mi abuelo era de Izquierda Republicana y no comunista), habían decidido ir a buscarle. Abrió mi abuela la puerta y preguntaron por mi padre y mi abuelo en el momento en que estos saltaban por una ventana trasera que daba a los tejados de viviendas de una manzana de casas. Les persiguieron sin éxito. Mi padre y mi abuelo lograron refugiarse en casa de unos amigos. Desde allí, con un salvoconducto que les facilitó Izquierda Republicana, se encaminaron a un pueblo de Jaén, en la sierra del Segura, junto al pantano del Tranco. En aquel pueblecito, ubicado en zona republicana, convivieron con unos amigos y familiares socialistas sin ningún problema hasta el final de la guerra.

Gratitud. De ello hablaba en días anteriores. Una vez terminada la contienda, mi padre fue a Córdoba a ver su novia (mi madre, la enfermera). Coincidía la visita con un desfile de los llamados de la «Victoria».