Diario de un roto - Nicolás Lucca - E-Book

Diario de un roto E-Book

Nicolás Lucca

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Beschreibung

En cada crisis profunda tardé semanas en agarrar un libro. Si los dedos no me respondían para tocar la guitarra, mucho menos servían para escribir. Con los días, el aletargamiento del sistema nervioso afecta el andar y me convertí, esporádicamente, en un señor muy mayor. Hablar es un lujo. ¿De corrido? Un milagro. A una velocidad normal es imposible. Olvidarse de lo que se habla se convierte en un habitué en la mesa de los miles de estados de ánimo. Casi todos negativos y una lucecita que cree que todo estará, eventualmente, bien. Cualquiera que haya pasado por esto sabe de lo que hablo.El mundo se divide entre los que nos tienen lástima, los que no nos respetan ni un problema de salud ("sos un loquito, no estás enfermo") y sólo se comunican para saber cuándo termina nuestra licencia, como si tuviéramos que traer alfajores. Y por suerte están los que menos abundan: los empáticos que te llaman sin siquiera conocerte para que te quedes tranquilo, que esto no afectará tu trabajo; los que te preguntan si necesitás algo; los que te dan aliento, los que saben que a cualquiera le puede tocar y se comportan como si a cualquiera le pudiera tocar.   Diario de un roto habla de salud mental en primera persona. Es un texto libre, tan genuino como descarnado, comprometido y vulnerable, que no teme a los prejuicios y que nos interpela acerca de los tabúes que arrastramos, las hipocresías que sostenemos y los aciertos que alcanzamos.

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Seitenzahl: 207

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Diario de un roto

Diario de un roto

Nicolás Lucca

Índice de contenido
Portadilla
Legales
ALGO FALLA
BIENVENIDOS A LA VIDA
LA CASITA DEL TERROR
NO SÉ
DOS BATERÍAS
NO LO MEREZCO
PARÁSITOS
SOBREVIVIENTE
FRÁGIL
LICENCIAS
ALGUIEN DEBE SABERLO
ANSIEDAD A LA CARTA
YA ESTOY CASTIGADO
DESVELADO
HIJO PADRE
IMPOSIBLE
CARAMELOS
¿QUÉ PRECIO LE PONDRÍAS A TU FELICIDAD?
¿VALE LA PENA INTENTARLO?
NO ME HAGAN HABLAR
NO ME DEJES IR
LE PUEDE TOCAR A CUALQUIERA
EPÍLOCO
AGRADECIMIENTOS

Lucca, Nicolás

Diario de un roto / Nicolás Lucca. - 1a ed - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Galerna, 2024.Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga ISBN 978-631-6632-00-5

1. Salud Mental. I. Título.

CDD 808.883

©2024, Nicolás Lucca

©2024, RCP S.A.

Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna, ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopias, sin permiso

previo del editor y/o autor.

Diseño del interior: Cerúleo | diseño

Imágenes de tapa: Nicolás Lucca

Digitalización: Proyecto 451

Dedicado a todos los que nos reconocemos a simple vista.

Espero que mis padres no lo lean; espero que mis hijos sí.

ALGO FALLA

My heroes had the heart to lose their lives out on the limband all I remember is thinking: I wanna be like them.(1)

A lo largo de nuestras vidas tenemos distintas formas de contabilizar el tiempo. Para algunos casos contamos años del calendario gregoriano estándar. Yo uso mi edad. Ventajas de cumplir años en enero, es difícil pifiar a una fecha. Si algo ocurrió cuando yo tenía veinte años, fue en 2002 y punto. Así, con un cálculo matemático, ayudo a la memoria a ubicar un recuerdo en el fichero de la cabeza.

Cuando comento algo sobre mi tratamiento puede que reciba una pregunta curiosa: ¿cuánto hace que estás con esto? Y yo, automáticamente, pienso que la otra persona tiene mi mismo instinto de calcular cuántos años tenía ella cuando a mí se me volaron los pájaros del nido. Durante un buen tiempo contesté siempre lo mismo: finales de 2013. Y la verdad es que es una mentira, o una verdad a medias. Esa es la fecha del diagnóstico y nada más. O sea: de entre todas las formas de medir el tiempo que podría elegir, hay una que no puedo cuantificar. Sé cuándo me diagnosticaron, no sé cuándo comenzó mi ¿mal funcionamiento? ¿desorden químico cerebral? ¿locura?

Cabe aclarar que cada persona que vaya a cursar un trastorno o padecimiento mental, no precisamente tiene un largo historial. Puede ocurrir en cualquier momento de la vida y por motivos inmediatos, o se puede arrastrar décadas sin saber que algo falla.

De chico tenía pesadillas con una periodicidad casi semanal. Nada del otro mundo, nada que no le pueda ocurrir a otra persona. También fue en la infancia que desarrollé una profunda sugestión por hechos, objetos, circunstancias y acciones. Si un día me iba bien en algo, la ropa que tenía puesta se convertía en obligatoria, la rutina tenía que ser la misma, las calles debían caminarse de la misma forma, el camino debía ser exactamente el mismo.

No es una cuestión de cábalas, como podría verse en el ámbito deportivo: si no hacía lo que tenía que hacer, sufría.

No lo sabía ni a palos, pero es obvio que había desarrollado un Trastorno Obsesivo Compulsivo de manual. He tenido todas las conductas que se imaginen y ninguna era placentera. Para apagar la luz, debía desactivar, activar y volver a desactivar el interruptor. Pero, ojo: debía hacerse mientras mentalmente aparecía determinada imagen. Si esto no coincidía, el reglamento me obligaba a continuar con el castigo al interruptor en números impares hasta que ocurriera la coincidencia. Siempre y cuando ese número impar no fuera una cifra que yo consideraba de mala suerte.

Todo mi mundo era una mezcla de magia numérica amenazante. Realmente envidiaba a los demás niños, a mis compañeros a quienes veía felices y ajenos a cualquier conocimiento de las amenazas imaginarias que me rodeaban. ¿Cómo hacían para vivir sin cansarse? Al tomar un colectivo, se subían a cualquiera de la línea que debían elegir. Yo, en cambio, debía sumar velozmente los números de unidad al número de la línea y de la patente hasta reducir todo a un número natural entre 1 y 9. Y que no diera 4. No sé por qué 4. Nunca pude saberlo ni con hipnosis regresiva.

Esta incomodidad aumentó a medida que pasaron los años. Colores, números de fechas, canciones, números de canales de televisión, numeración de casas, imágenes mentales a la hora de un acto tan estúpido y natural como el de cerrar una puerta, la cantidad de veces que debía girar una llave hacia un lado y hacia el otro. Mi visión del mundo era la de un lugar compuesto de números flotantes que debía sortear. Todo era un impedimento que nadie notaba y que me avergonzaba compartir. Y que me dejaba agotado mentalmente, con lo cual era más complicado concentrarse en una imagen que coincidiera con números. La cantidad de veces que he llegado tarde a lugares por estos contratiempos solo aumentó mi autoflagelación. Una enorme obviedad: también me obsesiona la puntualidad. La mía. ¿A qué nivel? Si digo que llego a un lugar a las 14.30 horas y estoy en la puerta a las 14.27, espero esos tres minutos antes de tocar el timbre. Ni un segundo más ni uno menos.

Probablemente haya sido depresivo desde chico. Cuando era un purrete a nadie se le ocurría medicar a una criatura por cuestiones psiquiátricas. Y si llegaba el caso, era una desgracia.

Una vez, en una reunión familiar, escuché a una tía decirle a mi abuela que le daba pena que yo tuviera tanta tristeza encima. Yo tenía 6 años. No recuerdo si fue en una Navidad, un año nuevo o algún cumpleaños, pero recuerdo la situación y el comentario. Lo recuerdo con sonido, como si fuera un archivo de audio. Yami, la persona que encarna mi verano de 1994, ya de adultos me dijo que siempre conservé mi mirada triste. Conservé, de chico, de siempre. No es la única persona que me lo ha dicho, pero sí fue la primera y la única que da fe de ello. Y no es una cuestión de rasgos.

No puedo decir que tuve una infancia triste. Ni a palos. Tengo infinidad de recuerdos híper nítidos de risas hasta que duele la panza, de abuelos cariñosos, de padres presentes a su manera. Pero también era un chico que se abstraía de un momento al otro y el mundo desaparecía. O yo desaparecía para el mundo. No conseguía integrarme ni con pegamento y en primer grado conocí la palabra psicología, aunque no tuviera idea de para qué servía. Solo sé que mi vieja debía caminar siete cuadras desde casa hasta la parada del 141 en Av. Eva Perón y Escalada, para luego viajar una hora y veinte minutos hasta Plaza Italia, donde una mujer se ponía a jugar a los palitos chinos conmigo mientras anotaba cosas y fumaba un cigarrillo increíblemente largo. Luego, la misma odisea, pero de regreso a casa y con la hora pico arriba de ese 141.

Duró poco. Le pregunté de grande a mi vieja por qué había ocurrido eso. Fue por una gastritis. El pediatra me mandó a la psicóloga. Me hicieron unos test en un hospital y surgieron episodios violentos en el colegio. Según mi madre, me hizo muy bien. Al menos se fue la gastritis. Todavía me gustan los palitos chinos.

Mi padre desconfiaba de los psicólogos. La que hacía terapia todas las semanas era mi vieja. Estaba de moda y a ella le gustaba. En cuanto a mí, no volví a pisar un consultorio psicológico hasta los 17 años, cuando le pedí a mis padres de ir a terapia. Debo haber estado unos seis meses bastante productivos. Ellos nunca supieron por qué fui, y puede que se enteren si es que leen estas páginas, pero se trató del desborde de los trastornos obsesivos que derivaron en noches sin dormir y días sin comer hasta que me desmayé delante de una docente. Sólo ella lo vio. Estábamos en los pasillos de la Facultad de Derecho de la UBA, en unas actividades preparatorias para el modelo de Naciones Unidas. Ella prometió no informar al colegio a cambio de que yo hiciera una consulta. Fue la primera vez que una figura de autoridad me trató como a un adulto. Y cumplí. Aunque salía enojadísimo de cada sesión porque la mujer no quería hablar si yo no hablaba. Y yo no quería hablar.

A veces, una serie de sesiones de terapia pueden funcionar como la poda de un arbusto: queda muy bonito por un tiempo, hasta que comienza a desfigurarse nuevamente. Las compulsiones volvieron y, cuando uno creía que no podían ser peores, el asombroso poder de la mente demostró que sí, que siempre puede ser peor si no se hace algo.

Y también hay variables que nunca cambian. Desde que tengo uso de razón soy una persona de emociones frías que pueden explotar. No lloro ni en los velorios, no lloro por absolutamente nada. Y, de pronto, un chiste zonzo en una comedia pasatista puede disparar una crisis de llanto de esas que ahogan, que dejan sin aire, que convierten la cara en una marea de fluidos que emanan por los ojos, la nariz, la boca. Ya saben, esas crisis de llanto que, luego de media hora, conseguimos emitir la primera palabra y parecemos nenes que se cayeron en la plaza, con sonidos guturales que se mezclan con burbujas de baba en una imagen espantosa que sólo quien nos ama puede abrazar.

Y eso nunca cambió. No, nunca.

Con este panorama, hoy no siento que fue un castigo haber sido diagnosticado a los 31 años: no entiendo cómo no fui diagnosticado antes de que las cosas empeoren.

Tengo cuadernos de mi época de la secundaria donde jugaba con las ideas de la locura. Sí, la adolescencia es genial para pensamientos oscuros, una etapa en la que todo nos confunde más de lo que podemos aceptar. Pero cuando los repaso desde la óptica de un adulto que podría ser, tranquilamente, el padre de aquel adolescente, me sorprende cómo es que nadie advertía que algo raro ocurría.

“Siento que si duermo ocho horas desperdiciaré un tercio de mi vida”, escribió un Nicolás de 13 años en una madrugada de 1995 para luego darse a la tarea de explicar todo lo que podía hacer con ese tiempo al que no llamaba “sobrante”, sino “descubierto”. Nicolás volvió a no dormir de noche, una costumbre que tenía de pequeño, según sus padres contaban a otros padres en esas charlas protocolares de reuniones sociales cuando llega la etapa de hablar, sí o sí, de esas cosas que hacen que nuestros hijos sean distintos a todos los demás.

Tampoco es que le quito mérito a la revolución hormonal, eh. Fui un adolescente hecho y derecho en todos sus aspectos, que en la mayoría de los hombres configura la indefectible e inevitable cualidad de ser un pavote que se ríe de boludeces, se lleva puesto todo, habla idioteces, se comporta como adulto delante de los hermanos menores y como un pez más del cardumen cuando se junta con los amigos.

No dormir es la conducta autodestructiva número uno. Pero por lejos, eh. No me refiero al insomnio, a una mala noche, a una indigestión que impide que podamos acercarnos a la cama. Hablo de lo que llamo “insomnio activo”: cuando por propia voluntad elegimos no dormir. Y yo, contrariamente a lo que cualquiera podría suponer, nunca tuve problemas para dormir. Apoyo la cabeza en la almohada y quedo seco. El tema es que siempre encuentro algo mejor para hacer antes que dormir. Una conducta no corregida, probablemente derivada de un trauma no resuelto cuando debía serlo, hoy es una costumbre. Aún hoy es una costumbre. Irme a dormir temprano me malhumora. De hecho, no puedo hacerlo.

Como casi todos, he aprovechado la noche para estudiar. Pero también elegí trabajar de noche cada vez que se me presentó la oportunidad. El horario que nadie quiere, me da la excusa perfecta para no dormir.

Esta conducta, indefectiblemente, termina por generar una dualidad de personas. Un Nicolás de la mañana, serio, adulto responsable, enojado con el imbécil de la noche que lo obliga a comenzar su día exhausto. Ese señor, malhumorado por tener que trajinar el día con los dolores físicos, la pesadez de la respiración y el dolor de cabeza de la falta de sueño es el que jura cada día que a la noche irá a la cama temprano. Pero cae la noche y comienza una fiesta organizada por el Nicolás vespertino, el que comienza a activarse cuando el sol se pone. Los dolores desaparecen, las ideas comienzan a surgir, las ganas de hacer cualquier cosa inundan su cabeza. Cualquier cosa que lo distraiga. ¿De qué? De todo.

La versión oficial dirá que todo comenzó a irse al tacho con los ataques de pánico. En noviembre de 2013 pensé que moría. Y no lo digo en forma figurativa. En la cola del supermercado, mientras un desconocido me daba charla de cosas que me importaban entre poco y el suicidio, tuve un subidón de energía imposible de explicar, acompañado de sudoración fría, una presión en el pecho apabullante y una sensación de desmayo que nunca llega. ¿Viste cuando te agarra un estornudo que nunca se desencadena? Bueno, pero a nivel “la quedo acá mismo”. No sabía si salir corriendo a una guardia, llamar al 911 o pedirle al tipo que se calle. Me moría y se apareció la voz de mi vieja recordándome todas las veces que me dijo que usara medias sanas por si terminaba en el hospital.

El torbellino fue tan brutal que trataba de encontrar una explicación a lo que me pasaba mientras intentaba no asustar al resto de la cola de la caja número tres. Pensaba en cómo me recordaría mi familia, en si tenía medias agujereadas o sanas, en si había borrado el historial del navegador de mi computadora y en que no había terminado una nota que debía entregar esa noche. Bueno, al menos sería interesante ver la cara de mi jefe al recibir la justificación: “No entregó porque se murió”. Seguro me mandaba a cubrir un feriado en castigo por morir sin avisar.

La conciencia pasó a un segundo plano, como en esos sueños en los que te ves desde arriba. Era una voz en off que me gritaba que no, que no me moría. Desde la cabina de control de mi cuerpo el director intentaba resolver el cortocircuito y sólo sabía que no tenía nada físico, pero no sabía explicarme qué me pasaba. Dejé la cola de la caja tres con changuito y todo ya que me resultaba un exceso ponerme a reubicar las cosas en las góndolas mientras me moría, salí a la calle y comencé a caminar una vuelta, dos vueltas, tres vueltas manzana. Hasta que se apagaron las luces rojas y las sirenas de mi cabeza, la respiración volvió a la normalidad y una sensación de calma me invadió.

Y el sueño, pesado, pesado sueño de agotamiento físico.

La cabeza se calmó y solo sirvió para dar paso a la reflexión racional de qué carajo me había pasado. Por primera vez sentí que tenían razón quienes me habían arrojado por la cabeza el calificativo de “loquito” –no sin justificación– desde la adolescencia. Pero esto era distinto. Esta vez no había revoleado un pupitre de una punta a la otra del aula. Esta vez no había arrojado otro por la escalera mientras subía la de Filosofía. Esta vez no me había bajado catorce shots de tequila en una ráfaga solo porque me desafiaron, ni había renunciado a un laburo después de mandar a la santísima madre que lo parió al forro que tenía por negrero laboral sin tener un peso siquiera para volverme a casa.

Esta vez no había algo que fallaba en mi relación con los demás. Esta vez había algo que fallaba en mí.

Yo ya estaba en terapia, pero esto era distinto. A los 26 años comencé a buscar el camino para bajar de esa montaña y me comprometí con una terapeuta. Me encontraba en medio de un divorcio conflictivo que no hizo más que empeorar en los meses siguientes, pero al menos ya estaba contenido por mi terapeuta. Siete años. Siete años de una terapia que me salvó la vida varias veces hasta que ya no sirvió más. Ningún licenciado se va a ofender por esto: los vínculos terapeuta-paciente también pueden agotarse y no hay ningún rencor ni oposición a dar por finalizado el vínculo.

Cuando en una guardia médica me derivaron a un psiquiatra, fue mi terapeuta la que me pasó el primer teléfono. Luego, nuestro vínculo quedó disuelto. Pero no porque comenzara un tratamiento psiquiátrico, sino por otras cuestiones más relacionadas con los viajes y la comodidad geográfica que otra cosa.

Otra cosa que caracterizó a mi vida antes del diagnóstico fue la necesidad de hacer todo para ayer. Pero una necesidad trascendental que choca de frente con la procrastinación. Nada que no le suceda al común de los mortales, pero…

Si le sumamos todas las obsesiones ya mencionadas, me encuentro con una versión de mí más joven que corría para todos lados. Y como nunca supe decir que no, todo lo hacía, aunque puteara en el medio. Me colocaba gratuitamente en el lugar de víctima, incluso cuando podría haber dicho “no” a un pedido sin que esto llevara a ninguna discusión.

La idea es estar siempre ocupado. Dormir no es opción. Incluso es una pérdida de tiempo. Y cuando parecía que lograba un listado completo de todas las obligaciones, un subidón inexplicable se apoderaba de mí al creer, aunque fuera por una fracción de segundo, que había olvidado hacer algo importante. Básicamente porque las veces que olvidé hacer algo importante recibí un castigo desproporcionado: sentirme un inútil reemplazable.

Esto no es una definición médica, sino una apreciación de mi vida: la ansiedad fue una construcción. Cada uno de los ladrillos que me llevaron a ser beneficiario de un cartel de Trastorno de Ansiedad Generalizado, fue debidamente colocado con cada acción que dejé pasar, con cada conducta a la que no le presté demasiada atención.

A principios de octubre de 2001 tenía una vida normal dentro de lo que es un adulto joven de clase media trabajadora. Tenía 19 años, estaba en mis últimos días de trabajo en un kiosco de diarios del barrio antes de entrar como meritorio a un Juzgado de Garantías. Estaba de novio, concurría a la facultad a diario y vivía con mi familia: padre, madre y mis dos hermanos adolescentes.

A mediados de octubre de ese mismo año, mis padres se divorciaron. Y no del mejor modo. En menos de 24 horas, el departamento quedó vacío. Ninguno de mis padres quiso quedarse. Y como yo ya era mayor, podía elegir. ¿Qué iba a elegir si ya se habían ido todos? Cuarenta días después se disparó una crisis política, social y económica que convulsionó a la Argentina. En menos de dos meses se derrumbó todo lo que daba por seguro. No sólo se caía el mundo a mi alrededor, sino que ni siquiera contaba con una familia de contención.

Fueron los peores años de las obsesiones compulsivas. No hay correlación, o sí, qué se yo. Simplemente les describo la escenografía. La única contención que podía llegar a tener era mi novia de aquel entonces, una chica de mi misma edad, con sus propios problemas familiares y ambiciones personales, y con las mismas escasas herramientas que yo para afrontar una vida en construcción.

Tiempo después conocí a mi primera esposa. Es difícil hablar de alguien con quien se terminó en tan malos términos y por eso ahorraré tinta. Cada uno recuerda los hechos desde el lugar que le tocó vivirlos. El único punto conector es que, un año después de finalizada esta relación y aún sumido en un doloroso divorcio, fui a una sesión con una psicóloga que me recomendó una compañera de laburo. Fue una sesión de emergencia, como para descomprimir un poco. Fui un hielo. A la semana la llamé de vuelta y nos vimos. El hielo se derritió y creí deshidratarme en aquel consultorio. Ana se convertiría en mi muleta, guía, consejera, terapeuta, cuestionadora. La persona más amorosa y más irritante que uno pudiera conocer. Como corresponde cuando uno encuentra a un terapeuta. A su terapeuta. Habrá buenos y habrá malos, pero incluso entre los mejores la conexión con el paciente puede darse por una cuestión inexplicable: hay o no hay química.

Vinieron años de reacomodarse, de comenzar desde cero –literalmente–, de conocer gente, de volver al circuito, de hacer nuevas amistades, de cambiar de empleos. Hasta que llega esa persona con la que uno decide volver a intentar. Y así fue. Y también cambié de rumbo laboral. Demasiados cambios fueron demasiado para una mente que se sostenía con chinches y, tras una serie de ataques, Ana concedió con la psiquiatra de guardia. Salí a buscar psiquiatra.

Primero viene el diagnóstico, el empastillaje, la licencia y a los quince días comencé a dormir de corrido. Y eso que la pasta podía voltear a un elefante cocainómano en minutos.

Me reacomodé, no sin grandes cuotas de humor autocondescendiente y paciencia de quienes me rodeaban. Pero cuando comencé a acomodar las cajas que me llevaron al trastorno de ansiedad, se cayó toda una estantería que estaba oculta. Y de pronto resultó que esos pozos depresivos configuraban un cuadro más grande. Tan grande que lo llamaron Depresión Mayor.

Y las situaciones comenzaron a repetirse con el paso de los años. Creí que ya estaba canchero, que otra vez no me tocaría. Pero cíclicamente aparecieron las ganas de no tener ganas. ¿Será tan solo una distimia o la depresión? A quién le importa. Lo que vale es que llega La Nada, todo lo que me aleja de mis obligaciones y, de vez en cuando, me provoca una profunda culpa por no cumplirlas.

En cada crisis profunda tardé semanas en agarrar un libro. Si los dedos no me respondían para tocar la guitarra, mucho menos servían para escribir. Con los días el aletargamiento del sistema nervioso afecta el andar y me convertí, esporádicamente, en un señor muy mayor. Hablar es un lujo. ¿De corrido? Un milagro. A una velocidad normal es imposible. Olvidarse de lo que se habla se convierte en un habitué en la mesa de los miles de estados de ánimos. Casi todos negativos y una lucecita que cree que todo estará, eventualmente, bien.

Cualquiera que haya pasado por esto sabe de lo que hablo. El mundo se divide entre los que nos tienen lástima, los que no nos respetan ni un problema de salud (“sos un loquito, no estás enfermo”) y sólo se comunican para saber cuándo termina nuestra licencia, como si tuviéramos que traer alfajores.

Y por suerte están los que menos abundan: los empáticos que te llaman sin siquiera conocerte para que te quedes tranquilo, que esto no afectará tu trabajo; los que te preguntan si necesitás algo, aunque lo que necesites no te lo pueda dar nadie; los que te dan aliento, los que saben que a cualquiera le puede tocar y se comportan como si a cualquiera le pudiera tocar.

Por lo demás, querés estar solo pero que no se alejen demasiado, que tus amigos estén pero que no cargoseen, que tus padres te abracen como si te hubieras tropezado a los tres años. O con 26. O con 42.

Vuelvo a releer estas páginas con cierta culpa y me sorprendo. Ya no sé si por sentir culpa o por no considerar un castigo haber sido diagnosticado, sino una bendición.

1- “Crazy”, canción por Gnarls Barkley, 2006.

BIENVENIDOS A LA VIDA

Les contaste un cuento sabiéndolo contar

y creyeron que tu alma andaba mal.

La mediocridad, para algunos, es normal

la locura es poder ver más allá.(2)

Todo comenzó con unas preguntas que comencé a hacerme. Llevaba unos años de haber recibido un diagnóstico que, por momentos, me pesaba y, por otros, ya tenía más que asumido. Algunos lo sabían, la mayoría, no. Muchos conocidos también se hacían preguntas, como por qué dejé de salir a bares, o cómo es que engordé tanto, o cómo es que luego bajé mucho de peso. Y yo respondía al que preguntaba. Bueno, eso creía.