Diario de una cocainómana - Lorena Campos Lillo - E-Book

Diario de una cocainómana E-Book

Lorena Campos Lillo

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Beschreibung

Siempre he pensado que de los libros no hay que hacer tráiler en la contraportada. Que hay que meterse de lleno en el libro, de cero, sin previa sugestión. Simplemente porque ese libro te llama, te da curiosidad. Y una vez inmerso en su historia, disfrutarla. Y en las mejores y más reales historias, replantearte muchas cosas. Cuestionarte. Hacerte preguntas. ¿Cómo se llega hasta el pozo más oscuro de la vida? ¿Cómo sabes que estás tocando fondo o incluso si ya lo has tocado? ¿Tienen patrones comunes todas las personas que tienen una adicción? ¿Uno sucumbe al problema porque quiere o porque no puede salir? ¿Este tipo de personas lucha por salir del hoyo o son felices en la zona de confort? ¿Quién es más valiente, quien no cae en una adicción o quien lucha por salir de ella después de haber caído? Todas estas preguntas y más te vendrán a la cabeza con este libro. Seguramente, hasta las respuestas. Pero, a veces, las respuestas son subjetivas en función de quién se las pregunte y cómo se las responda uno mismo. Quiero que disfrutes de esta historia, que la vivas y que saques tus propias conclusiones. Tus propios pensamientos hacia ello. Seguramente, hasta puedas sentirte identificado en algunas o muchas de las vivencias de la protagonista. Siéntate y disfruta de esta historia tan real como la propia vida.

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Seitenzahl: 309

Veröffentlichungsjahr: 2024

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Lorena Campos Lillo

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz

Diseño de portada: Rubén García

Supervisión de corrección: Ana Castañeda

ISBN: 978-84-1181-953-4

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

Letrame Editorial no tiene por qué estar de acuerdo con las opiniones del autor o con el texto de la publicación, recordando siempre que la obra que tiene en sus manos puede ser una novela de ficción o un ensayo en el que el autor haga valoraciones personales y subjetivas.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

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A todas las personas que me quieren y siempre confiaron en mí.

0 A veces somos tan felices que no somos conscientes de lo felices que realmente somos

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Nací en pleno invierno, cuando más frío hacía. Quizá presagio de la familia donde había sido destinada a nacer. Nací Sagitario, y siempre he creído en los signos del zodiaco, que no en los horóscopos. Creo que eso marcó la personalidad que tendría conforme fuera creciendo.

Nací en una familia de dos, un padre y una madre, Leo y Ágata, que decidieron traerme al mundo en una relación tóxica y prácticamente rota. No tengo demasiados recuerdos de esa época, ya que se separaron cuando apenas tenía 2 años y medio, pero sí puedo llegar a recordar ciertos episodios de malos tratos hacia mi madre. Nunca había entendido el porqué de las mujeres que aguantan ese tipo de situaciones y sufrimiento hasta años más tarde.

Cuando mis padres se separaron, al parecer fue el desencadenante de una especie de ‘Guerra Civil’, aunque cuando se calmó la tormenta y todo pasó, mis padres llegaron a tener una relación cordial. Empezaron a tener madurez en su relación interpersonal, por lo menos para no convertir sus vidas en un infierno, ya que tendrían que seguir teniendo trato al menos hasta mi mayoría de edad.

Mi madre no tardó mucho en rehacer su vida. Cuando yo tenía 3 años ya tenía nueva pareja, Jesús. No parecía tener muy buen ojo para elegir las parejas. Creo que yo heredé eso de ella. Eligió a un hombre con todas las cualidades que ella, se supone, detestaba. Cosa que yo no entendía, pero bueno, cosas del ser humano, o del amor, supongo. Él era un hombre fiestero, derrochador, que le gustaba mucho la fiesta, la noche y la mala vida. Eran la noche y el día entre él y mi madre.

Mi madre aun así decidió apostar por esa relación. A pesar de tener toda esa lista de ‘cualidades’, hay que decir que realmente era un hombre con muy buen corazón, y supongo que eso era lo que a mi madre le compensaba realmente después de todo el daño amoroso vivido en el pasado.

No tardaron en querer darme un hermanito y cuando tenía 6 años llegó. Fue muy anecdótico cómo me enteré de la noticia, sobre todo porque hace un guiño a la inocencia que un niño de esa edad puede tener. Vino mi madre a recogerme del colegio y me dijo ilusionada:

—¡Vas a tener un hermanito! —Me quedé mirando desconfiada y le aseguré que no me lo creía. Mi madre se sorprendió y me lo confirmaba una y otra vez. Al día siguiente cuando se levantó por la mañana la mire y la dije:

—¿¡Ves como no estás embarazada?!

—¿Por qué dices eso? Sí lo estoy hija.

—Pues porque no tienes la tripa gorda y grande.

A mi madre le dio un ataque de risa al ver semejante inocencia e ignorancia. Yo estaba convencida de que la panza salía de un día para otro.

El embarazo transcurrió con normalidad, esperábamos con ansia y alegría la llegada del nuevo miembro en la familia. Se adelantó el parto. Y lo que se supone que es un día bonito y lleno de alegría como el nacimiento de alguien, se tornó en triste.

Al nacer mi hermana, Paola, nos dieron lo que en ese momento fue el peor jarro de agua fría que puede recibir alguien. Tenía síndrome de down. Y a ello le sumaron el tener que operarla a vida o muerte el mismo día de su nacimiento por problemas en algunos de sus órganos.

Estuvo ingresada en el hospital varios meses, en los cuales, tanto mi madre como Jesús, fueron la viva imagen de lo que es querer a un hijo y de lo que eres capaz de hacer por ellos. Fueron meses de incertidumbre, ya que, en estos casos, no te ves con experiencia de saber afrontar algo así, pero no te queda otra, aunque te de miedo.

Esos meses se compensaron al momento, en el mismo segundo que, cuando por fin pudo venir a casa, pude verla allí en su cunita. Dormida y preciosa. Un sentimiento indescriptible. Ojalá mi hermana hubiera nacido sin esta condición, pero a día de hoy, no la cambiaría ni por mil hermanas sin síndrome de down.

Mi etapa en el colegio fue muy feliz. La verdad que añoro muchísimo aquella época. Creo que cuando estamos en esa etapa somos tan felices que no somos conscientes de lo felices que somos realmente.

1 En ocasiones es peor el remedio que la enfermedad

.

Pronto cambiaron las cosas y empezó a torcerse la vida. El paso al instituto no fue nada fácil. El primer curso ya empecé «haciendo amigos» y sufrí acoso escolar a diario. Me acosaban en el recreo y a la salida. Se metían conmigo, me intentaban pegar, me insultaban…

El problema era que, como buena sagitario, aunque supiera que tenía las de perder contra tanta gente, tenía claro que yo igualmente les iba a plantar cara y demostrar que no tenía miedo. Aunque por dentro estuviera hecha un flan. Aun así, no era una situación muy agradable. Con suerte, con el tiempo se fueron aburriendo y acabaron por dejarme en paz.

Ahí ya empecé a darme cuenta del verdadero significado de la palabra amistad y de cómo corría la gente en cuanto veían problemas.

Esa etapa dio paso a empezar a descubrir el mundo de las chicas. Quererse empezar a arreglar, ponerse guapas, los primeros tonteos con los chicos, empezar a salir…

Sería la edad del pavo o llámalo como quieras, pero yo en esa etapa de transición de niña a mujer me veía horrible. Me empecé a obsesionar con el físico y mi autoestima iba cayendo por momentos. Empecé a dejar de comer en condiciones, hasta el punto de que estaba tan delgada que pensaban que tenía anorexia. La verdad, el físico no era por lo único que empecé a dejar de cuidarme.

En mi casa, a pesar de que Jesús ganaba un buen sueldo y teníamos la casa pagada, había problemas económicos. Todavía no entendía el porqué.

Con tan solo 11 años me enteré de que a mi madre le habían diagnosticado cáncer. El golpe más duro de mi vida. Ni siquiera me lo contaron, lo escuché por una conversación de la cual me enteré sin intención ninguna. Mi madre estaba muy grave, a parte del cáncer en el pecho, tenía metástasis en el 75% del cuerpo. No daban un duro por su vida. Creo que nunca lo acepté. Llevé la procesión por dentro y creo que eso hicimos todos. Jesús no se iba a desahogar con una niña de mi edad. Además, es el padre de familia y si se derrumbaba él… malo. Mi hermana Paola no era consciente de lo que estaba pasando realmente, aparte de por tener síndrome de down, porque era muy pequeña.

Mi madre se transformó completamente. En ese momento no lo entendía. Ahora sí. O por lo menos lo intento justificar. Mi madre siempre fue una mujer luchadora, con energía, alegre… Pero todo eso cambió. Puedo decir que no la reconocía en absoluto.

Cuando empezó el tratamiento se volvió arisca, negativa, amargada y en algunas ocasiones incluso hasta cruel. Desde luego otra persona en el lugar de Jesús se habría marchado sin mirar atrás, pero una vez más demostró que la quería y estuvo al pie del cañón con ella.

Cada vez me trataba peor. Y lo peor de todo es que a veces sentía que se reía de mí o quería ridiculizarme, sobre todo en público. Nuestra relación se enfrió mucho. Ella estaba pasándolo mal y lo estaba pagando con las personas más cercanas a ella, que éramos Jesús y yo. Yo también lo estaba pasando mal, como todos, comiéndomelo sola y aguantando ciertos malos comportamientos y eso lo fui reflejando en el instituto. Siempre fui una buena alumna y de repente mis notas bajaron notablemente. Empecé a suspender todo, mi comportamiento hacia los profesores y hacia todo el mundo en general también empeoró… En el instituto las cosas estaban yendo mal y en casa peor.

Debido a mi comportamiento me expulsaron varias veces. Cada vez que había alguna movida, sabían que yo estaba metida en el ajo, así que ya ni me preguntaban, actuaban directamente.

Me pillaron en el baño fumando, contestaba mal a los profesores, hacía novillos, e incluso le «tuneamos» el coche a un profesor. Ese día a la salida del instituto estaba con dos de mis mejores amigas de ese momento, Yolanda y Sara. De camino a casa siempre nos entreteníamos por el camino y ese día nos encontramos con el coche de un profesor. No se nos ocurrió otra cosa que putearle…

Le rayamos el coche entero con las llaves, le pusimos «TOPO» en la puerta del piloto, le desinflamos todas las ruedas y lo peor de todo es que, cuando nos levantamos del suelo, nuestro profesor nos estaba viendo desde la puerta de un bar cercano. Al día siguiente, para variar, al despacho del director evidentemente.

Otro mes expulsada…

Mi madre, además de la tensa relación que teníamos, lo que tenía encima ella ya de por sí con su enfermedad y que estaba harta de mis novillos, de mi mal comportamiento en el instituto, de mis malas notas, etcétera, al final me dio por imposible y directamente pasaba de mí.

La mala economía se iba notando cada vez más en casa. Entre eso, que seguí sin entender el porqué, la enfermedad de mi madre, su comportamiento conmigo y la transición a la edad del pavo, cada vez estaba más quemada. Jesús, al trabajar tantas horas fuera de casa, de la mitad de las cosas ni se enteraba y la que se comió mayormente toda la mierda era yo.

A veces me preguntaba ¿cómo una madre puede querer hacer daño a su propio hijo? No lo entendía, intentaba humillarme, hablar de mi a la gente victimizándose, no sé con qué fin, parecía que me odiaba, que disfrutaba haciéndome daño…

El colmo, que marcó un antes y un después decisivo en nuestra relación, fue que un día yendo a servicios sociales, como normalmente hacía para hacer terapia con una trabajadora social, mandada por el instituto por mi comportamiento y absentismo, me encontré fuera fumando a la vigilante de seguridad, que era conocida de la familia. Se me acercó y me dijo:

—Que sea la última vez que yo me entero de que maltratas a tu madre —Me quedé blanca, se me hizo un nudo en la garganta y solo me salió responder mientras aguantaba como podía las lágrimas.

—¿De verdad eso te ha dicho? ¿Y tú te lo has creído?

Al ver mi reacción, se quedó pensativa, viendo que me había sorprendido tanto aquella pregunta. Cuando volví a casa, por el camino lloré mucho y me preguntaba una y otra vez porqué, por qué me hace estas cosas, por qué miente sobre mí, por qué… no lo entendía.

Llegué a casa y lo primero que hice fue llamar a mi tía Patricia, que vivía justo en frente y quería que hubiese testigos de la conversación. Con ella delante le pregunté a mi madre:

—¿Alguna vez te he pegado, tocado o hecho amago de ello? —Su respuesta a todo siempre fue no.

No pude evitarlo y me puse a llorar.

—¿¡Y cómo puedes ser tan hija de puta de irte inventando eso por ahí!? ¡Te odio! ¡No quiero saber nada de ti! —Jesús de esto tampoco se enteró. Y desde entonces nuestra relación siempre fue pésima.

Jesús lo achacaba a la rebeldía normal de la edad del pavo, y mi madre nunca le contó el verdadero porqué de nuestra mala relación. Ni su comportamiento conmigo ni nada.

2 Empezar a ver el mundo por un agujerito duele, a veces más que una hostia

.

Cuando cumplí 14 años conocí al que sería mi primer amor, Carlos. Hasta que no cumplí los 15 años no empezamos a salir. Como se suele decir, el primer amor está súper idealizado. La verdad es que me enamoré perdidamente y al principio era realmente feliz con él. Él consumía porros, solamente, y jamás tuve tentación ni de probarlo estando con él. Era más mayor que yo y tenía piso, felicidad absoluta que no cualquier chica de mi edad podía decir. Pasábamos mucho tiempo juntos, prácticamente medio vivíamos en su piso y acabé dejando el instituto. También, en aquella época en las que las cosas no andaban muy bien por casa, fue como mi bote salvavidas. Mi vía de escape.

No tardaron en llegar los problemas. Él era muy celoso e inseguro y empezaba a mostrar cierto tipo de violencia. Al principio solo fueron empujones, gritos, amenazas… pero pronto fue a peor.

Me puso los cuernos con una amiga. ¿Quién quiere enemigos teniendo amigos así? Un momento muy doloroso que me dejó destrozada pero aun así hice lo que hace cualquier persona joven, tonta e inocente. A ella le dejé de hablar, pero a él lo acabé perdonando y volvimos.

Siempre pensé que era el hombre con el que estaría el resto de mi vida, formando una familia… ¡Qué ilusa!

Poco a poco todo fue empeorando. Estábamos en su piso y habíamos discutido. Lógicamente después de discutir bastante fuerte, lo que menos me apetecía era tener relaciones sexuales, pero él sí quería. Echó la llave, cosa a la que no le di importancia. Yo estaba en el baño llenando la bañera y él insistía en tener relaciones. Me volví a negar y se puso violento. No se me olvidará jamás esa cara de rabia y locura que tenía en ese momento, me cogió de los pelos y me metió la cabeza en la bañera. Me tuvo varios segundos con la cabeza bajo el agua mientras yo forcejeaba para intentar sacarla. Los segundos más largos de mi vida. Parece que en un momento de lucidez se dio cuenta de lo que estaba haciendo y me soltó. Me puse a llorar y salí corriendo, pero la puerta estaba cerrada con llave y corrí hacia el salón. Él al ver que quería irme a toda costa, corrió hacia mí y me dijo:

—Esto no habría pasado si no fueras tan cabezona, ¿qué te costaba? —Volvió acercarse con intención de besarme y calmarme a lo cual le quité la cara.

Su cara volvió a cambiar, me tiró encima del colchón que había en el salón, me cogió del cuello y pego un puñetazo a mi lado para intimidarme.

—¿¡Por qué tiene que ser siempre cuando tú quieras?! ¡Cómo te muevas te mato! —Me giró violentamente para ponerme boca abajo, con la cara pegada al cojín que apenas me dejaba respirar bien, yo paralizada de miedo y me penetró…

Cuando acabó me quedé casi en la misma postura, llorando hasta quedarme dormida… Al día siguiente, se volvió a disculpar conmigo como casi siempre que se ponía violento, aunque nunca había llegado tan lejos. Y yo como siempre, tenía esperanza de que cambiaran las cosas, que fuera todo como al principio, y siempre le creía y le perdonaba.

Los episodios violentos cada vez eran menos espaciados. Habíamos quedado para ir al cine y mientras yo terminaba de arreglarme en casa, él estaba en el bar de abajo tomando algo, esperándome. Cuando bajé se me borró la sonrisa rápido, ya que vi que se le había ido la mano bebiendo y me imaginaba cómo podía acabar esto. De camino al cine le pregunté:

—¿Era necesario que bebieras tanto para ir al cine conmigo? Mira cómo vas… —En cuestión de segundos se puso a golpear a todos los coches y señales que se encontraba a su paso gritándome.

—¿¡Qué me estás llamando borracho o qué!? —Al ver que se ponía cada vez más violento salí corriendo, cruzando un parque cercano para irme a casa de mis padres, pero él me alcanzó.

Me intentó agarrar como pudo, dentro de lo bebido que iba, y al forcejear nos caímos al suelo los dos, nos llenamos de barro toda la ropa. Me intentaba levantar, pero el me cogía de la cabeza por la nuca y tiraba de mí hacia abajo.

De repente se escuchó una voz.

—¡Eh!, ¡qué pasa! —Era Jesús, apareció en el momento justo. Fue un momento para mí un poco bochornoso que se encontrara semejante estampa, pero daré siempre gracias por ello…

Me fui a casa con Jesús y como siempre, intentó llevar la situación de la mejor manera. Admiro su templanza y su saber estar en situaciones difíciles. Todo lo que tiene de cabra loca lo tiene también de adulto cuando quiere.

Ese día no paré de recibir mensajes de Carlos diciéndome que como le dejara se iba a suicidar. Yo me sentía culpable si por dejarle le pasaba algo, pero era solamente un intento de manipulación más y yo ya estaba empezando a cansarme de esta relación insana y tóxica.

Llegaron las fiestas de Torrejón de Ardoz y como es tradición salimos en grupo a beber y salir por las peñas. Ese día ya presagiaba que no venía nada bueno. Él estaba más raro de lo normal, nunca me lo llegó a reconocer, pero creo que ese día no solo consumió alcohol y porros, sino alguna droga más… dura.

Tenía la cara desencajada y estaba más celoso y paranoico de lo normal. Y en un ataque de celos sin sentido empezó a recriminarme cosas que no entendía, porque no eran reales, solo estaban en su cabeza. De la rabia me cogió del pelo con una mano y del cuello con la otra y me dio un bocado en la cara. Me puse a llorar y justo llegó un amigo de él y lo abracé diciéndole:

—Me está pegando otra vez…

A lo que este contestó riéndose y dirigiéndose a Carlos: —Joder tío, no le pegues. —Me sentí imbécil.

La noche siguió entre discusiones, hasta que me harté y quise irme a casa. Él trató de impedírmelo y me cogía a la fuerza. Me apretaba tan fuerte con sus brazos que me hacía daño hasta que me soltó y me dio un puñetazo. Me quedé en shock, se le había ido la cabeza… Llorando me quise ir de nuevo, pero su cara de susto me paró. Se quedó mirándome y se acercó a mí despacio, asustado.

Me había partido el labio y también le había empapado su camisa blanca con mi sangre. Creo que al ver eso fue consciente de lo que acababa de hacer.

—Perdóname, por favor —me decía en voz baja muy despacio, y me acompañó a casa en absoluto silencio los dos.

¿Esta era la vida que yo quería? Tenía ya 16 años, llevaba año y medio en esta porquería de relación y ¿ya estoy viviendo esto? ¿Esto es lo que quiero para el resto de mi vida? Era el momento de tomar decisiones y de ser valiente.

Necesitaba pedir ayuda, pero no sabía ni por dónde empezar. Así que decidí ir al Área de la Mujer a asesorarme. Me ayudaron en todos los sentidos, psicológica y judicialmente. También tuve que hablar con mi familia, aparte de ser por consejo profesional, para que estuvieran al tanto de todo por si a mí realmente me llegaba a pasar algo.

Él al ver que quise dejar la relación en varias ocasiones siempre reaccionaba igual, violentamente. Cuando vio que aun así yo estaba decidida, empezaron las amenazas y cada vez eran más fuertes, ya no solo hacia mí sino también hacia mi familia: «Yo me voy a ir al otro barrio, pero a ti te voy a llevar conmigo». «Voy a prender fuego tu casa contigo y tu familia dentro».«Si no estás conmigo no vas a estar con nadie más» …

No podía más y decidí denunciar, sabía que si no lo hacía esta pesadilla no acabaría nunca. Fueron unos días muy desagradables. Cuando fueron a detenerle su madre me llamó:

—Pero ¿qué ha pasado? ¿Sabes qué vergüenza ha pasado mi hijo que le han ido a detener al trabajo? —Aluciné.

—¿Perdona?, más vergüenza y peor lo pasa mi madre cada vez que me veía llegar marcada y le tenía que dar explicaciones que no me creía ni yo —Colgué el teléfono.

Llegó el momento del juicio y como era lógico yo estaba hecha un flan, pero lo que más me aterraba era el momento de verle. Para sorpresa de todos, aparte de declararse culpable, reconoció que todo lo que yo había contado era verdad. Le pusieron una orden de alejamiento hacia mí y por fin sentía que podía respirar tranquila. Cuando la jueza vino a verme se me saltaron las lágrimas, de alegría y agradecimiento, y la dije: —No sabes lo que acabas de hacer por mí, te estaré siempre agradecida. Yo no quiero ni cárcel para él ni dinero para mí, solo quería que me dejara en paz y a mi familia —Y mi madre me abrazó.

3 La curiosidad mató al gato y es que, a veces, es preferible no enterarte de las cosas, porque cambia completamente tu forma de ver todo y tu realidad

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Para lo joven que era, ya había vivido cosas bastante marcantes. Situaciones, decepciones, amistades que van y vienen, un corazón roto, un hogar tenso… Y aunque de cara a la galería siempre tengo una sonrisa, por dentro ya estaba bastante tocada.

No le contaba a nadie mis problemas, ni me desahogaba. Solamente quería salir y desinhibirme, pasármelo bien y olvidarme de todo por un momento. Así que entré en un círculo vicioso de salidas, fiestas, beber y divertirme.

Y es lo que hice. También así pasaba menos tiempo en casa, en la cual cada vez estaban peor las cosas. Seguía sin entender por qué ganando Jesús un buen sueldo y con una casa pagada, no llegábamos a fin de mes nunca y a veces hasta pasaba hambre.

Dicen que la curiosidad mató al gato y es que, a veces, es preferible no enterarte de las cosas, porque cambia completamente tu forma de ver todo y tu realidad.

No se me olvidará nunca esa tarde. Como de costumbre, muchas veces pasábamos la tarde mi tía Patricia y yo en casa de mi primo David, que vive cerca. Empecé a desahogarme con ella porque era una persona cercana a mí, de mi familia. Y encima viviendo en frente de mi casa se enteraba de muchas cosas. Cosas que es más fácil que alguien las viva y te dé su opinión, a que las tengas que contar.

La verdad es que mi tía mostró un gran apoyo hacia mí y me daba la razón en muchas cosas, cosa de la cual empezó hacer que entre mi madre y ella se empezara a generar bastante mal rollo. Para mi madre, quien no estaba con ella estaba contra ella.

Dicha tarde estábamos en casa de mi primo, y comenzó la hora de la tertulia y debatir. Y una vez más me acecharon las mismas preguntas:

—¿Por qué siempre están tan mal en mi casa? Si tendríamos todo para vivir de puta madre. No lo entiendo, ya solo me queda pensar que como no estén metidos en algo de drogas… ya no sé qué pensar —dije en modo jocoso medio riéndome esto último. Jamás imaginé la respuesta que recibiría.

Mi tía y mi primo se miraron el uno al otro, en silencio, y mi tía un poco nerviosa me dijo:

—Ven hija, siéntate, hay algo que tu primo te quiere contar. —Ante dichas palabras me puse seria y preocupada y me senté con impaciencia, esperando que me dijera lo que fuese.

Mi primo me miró y me dijo:

—No vas mal encaminada, Jesús tiene «problemas» con las drogas y estáis siempre mal de dinero porque tiene muchas deudas a causa de eso. —Me quedé blanca.

—¿Y… mi madre también?

—No ella no, tranquila —me respondió.

A lo mejor a otra persona le daría más igual escuchar esto mismo, pero a mí, sinceramente, es como si me acabaran de apuñalar. Hasta años más tarde no me enteré de que mi primo había omitido ciertos detalles y no me había dicho toda la verdad. Como que él también estaba metido en el ajo y no era todo como realmente me había contado. Mi primo también tenía mil problemas y deudas a causa de las drogas.

Pero en ese momento esa respuesta me valió y me sirvió para atar muchos cabos sueltos que no tenía atados. Mi puzle ya encajaba en mi cabeza.

Desde ese momento reconozco que mi imagen de Jesús había cambiado bastante, a peor. En la balanza seguía pesando lo que significaba él para mí y en mi vida, pero… eso había marcado un antes y un después.

A parte del momento que estaba viviendo y que realmente me sentía sola ante ciertas guerras abiertas de la vida, lo que más tenía dentro era rabia e impotencia.

¿Por qué tenía que pasar hambre o llevar una vida menos «normal» porque él quiera estar metido en tal mierda? ¿Por qué mi madre consentía eso, que su hija pasara hambre y que no llegáramos nunca a final de mes por su culpa y sus vicios?

Eso ocasionó que tuviera más rabia aún hacia mi madre, aparte de cómo se comportaba conmigo. Cada vez teníamos más discusiones. Sobre todo, por el tema económico, en el cual yo le tiraba alguna pullita, pero nunca le decía lo que sabía. Aunque supongo que con ciertas cosas que le eché en cara se podría imaginar que, al menos, algo me olía.

Y llegó el día que tarde o temprano iba a llegar. Llegó la hora de comer y otro día más no había nada. Le pregunté a mi madre que si no me iba hacer nada de comer, a lo cual me contestó que si quería comer que me lo hiciera yo. Me acerqué a la nevera y estaba prácticamente vacía. Me acerqué a mi madre de nuevo y le dije que no podría hacerme de comer porque no había nada, a lo que me respondió sin levantar la vista:

—Pues si quieres comer vete con tu puto padre. —Esas palabras fueron la gota que le hacía falta al vaso para que aceptara esa invitación a irme.

Sin pensármelo, hice mis maletas, llamé a mi padre, Leo, y puse rumbo hacia su casa, hacia Alcalá de Henares. Mi tía antes de irme me dijo:

—Si has decidido dar el paso e irte con tu padre, tienes mi apoyo, pero como vuelvas con tu madre no cuentes más conmigo —Menuda presión para una niña de 17 años…

Mi madre, nuevamente volvía a mentir. Supongo que, porque le avergonzaba decir realmente lo que había pasado. Su versión fue decirle a la gente que yo me había ido con mi padre porque se estaba construyendo un chalé y a mí me había prometido una planta entera para mi sola. En fin…

Mi estancia en Alcalá no duraría mucho la verdad. Se veía venir desde el principio. Mi padre es una persona bastante antisocial, amargada, seria, malhumorada, que todo le molesta y que vive enfadado con el mundo. Y su pareja, Lucía, una rumana que sacó de la prostitución, y yo, no nos llevábamos nada bien. Sobre todo, porque durante mi estancia allí la empecé a fastidiar el chiringuito contándole a mi padre los intentos de infidelidad, que veía a través de mi ordenador, de ella hacia él.

Mi padre me creyó, pero decidió perdonarla, lo que desencadenó que, aparte de conseguir salirse con la suya, la convivencia fuera más insoportable. Decidió ir a por mí e intentar poner a mi padre en mi contra. Cosa no muy difícil porque mi padre estaba perdidamente enamorado de ella y hacía con él lo que quería.

Mi padre empezó a castigarme por absolutamente todo, y todo por tonterías, y yo como rebelde que era ante las injusticias, intentaba escaparme de casa cada dos por tres para poder salir cuando él estaba trabajando.

Lucía, la verdad que me lo facilitaba todo, nunca supe muy bien porqué, supongo que para ver si alguna vez mi padre me pillaba y se enfadaba más conmigo. O porque le daba vía libre para seguir guarreando con otros hombres con el ordenador.

Cuando se iba mi padre a trabajar de noche, me empezaba arreglar y ella me sacaba una botella de alcohol de la “bodega” de mi padre. Volvía al amanecer justo antes de que llegara mi padre de trabajar. En esa temporada empecé a beber bastante. Botella que me llevaba, botella que me bebía entera, prácticamente sola. En lo único que pensaba cuando salía era en bailar toda la noche, beber hasta perder el sentido y olvidarme de todo por unas horas.

Era una existencia bastante triste con 17 años, vivir a base de eso simplemente. Pero era lo único que me daba felicidad durante un rato. Eso, y cuando estaba serena, mi hermana Jenifer, la hija que tenían mi padre y Lucía. Otro pedazo de mi corazón junto con Paola.

En esa etapa de salidas sin límite, una de esas noches conocí al que sería mi segundo gran amor, Hugo. Cuando me enamoré por primera vez pensé que jamás volvería a querer a alguien así, pero me equivoqué. Se podía volver a querer y mucho más.

Una de estas noches de salidas de incógnito, Hugo me acompañó hasta Alcalá. En mi portal nos dimos el primer beso. Y justo apareció mi padre… ¡Mierda, se nos había ido la hora!

Me miró súper intimidante y subió a casa conmigo en absoluto silencio y seriedad. Sabía que me tocaba reprimenda de la buena, pero lo de menos iba a ser haberme saltado el castigo de no salir. La mirada y actitud de mi padre intimidaban. Él decía que infundiendo miedo uno se hacía respetar. Yo creo que miedo y respeto son cosas totalmente diferentes.

—Qué bonito llegar de trabajar y encontrar a una puta dándose el lote con uno en el portal. Y resulta que al acercarme la puta era mi hija. —La verdad que estaba acostumbrada a las malas palabras de él. Ser así es su estado natural y desde luego recibir esas palabras de mi padre era como recibir una regañina light…

Por otro lado, Lucía iba encendiendo cada vez más a mi padre para que discutiera conmigo. La situación era muy tensa y prácticamente ella y yo llegamos a las manos. Me parecía muy mala persona…

Una mañana se acercó la hija de Lucía, Elena, a la habitación y me dijo:

—¿Sabes lo que he escuchado hablar a mi madre y a papá? Que mi madre no te quiere en casa y han pensado que en cuanto cumplas los 18 años te vayas de casa.

—No te preocupes, no hace falta que esperen a que cumpla los 18. —Me fui sin más.

Ahora, habiéndome ido de casa de mi madre y ahora también de la de mi padre, estaba completamente en la calle…

4Los ángeles de la guarda existen, viven en forma de personas con gran corazón

.

No tenía dónde ir así que dejé todas mis cosas en casa de mi padre y me marché con lo puesto. Volví a Torrejón de Ardoz con Hugo, mi nueva pareja, el chico con el que me pilló mi padre besándome en el portal.

Él vivía con sus padres así que no podía acogerme, pero intentó echarme una mano como podía. La primera noche me metió en su casa a escondidas, pero al día siguiente, para poder irnos teníamos que pasar sí o sí por donde estaban sus padres, así que le tocó hablar con su madre para explicarle que yo estaba ahí y que le cubriera con su padre para que pudiéramos salir disimuladamente.

Objetivo conseguido. Pero cada día me preguntaba dónde dormiría por la noche. Si no tenía dónde dormir imagínate para comer… Empecé a perder peso rápidamente, tanto que llegué a pesar 38 kg. Tenía muy mal aspecto y unas ojeras más grandes de lo que las tenía por naturaleza. Otra noche un amigo de Hugo tuvo el detalle de dejarnos dormir en su casa, ya que no estaban sus padres en unos días. De paso aproveché para poder pegarme una ducha. Me hacía mucha falta. Cómo lo agradecí…

Llamé a varias amigas para que me pudieran dejar algo de ropa prestada para poder cambiarme. Es lo máximo que las pobres pudieron hacer por mí, ya que vivían con sus padres y tampoco me pudieron acoger.

Sobre todo, mi amiga Soraima. Me brindó todo su apoyo en tales momentos y me invitó a comer varias veces a su casa. Incluso pasaba horas y horas conmigo por las tardes, para que no estuviera sola, hasta que ella tenía que volver a casa. Con 17 años aún se tenía toque de queda, como se suele decir.

Se nos acababan las opciones. Ya no teníamos más amigos que nos pudieran hacer el favor de darnos techo por horas o unos días. Veía que más de una noche me tocaría tener que dormir en la calle. Hugo tenía algo de dinero y pasamos varias noches en una pensión barata, pero no podíamos estar pagando habitaciones todos los días.

El último día que estuvimos en la pensión discutimos, empecé a descubrir lo extremadamente celoso que era, y dentro de su paranoia se creía que le había puesto los cuernos. ¿Cuándo? Si estaba prácticamente todo el día con él.

El caso es que después de la discusión me dejó tirada y se fue. En ese momento me pregunté: «¿Y qué hago yo ahora?».

Llamé a mi amiga Soraima y estuvo conmigo toda la tarde junto con otro amigo, Aitor. Hacía un día espantoso, lloviendo a mares y yo tenía fiebre. Estaba cogiendo un constipado importante… Durante la tarde estuvimos intentando buscar un portal que estuviera abierto y que estuviera algo en condiciones para poder dormir, resguardada del tiempo, que tampoco me viera todo el mundo, pero nada, no hubo suerte. Resignados nos sentamos en el bordillo de un portal de la plaza, viendo como llovía y cada vez se iba haciendo más de noche. Quedaba poco para que Soraima se tuviera que subir a casa y yo me tendría que quedar sola.

Pero la vida tenía que saber que yo no era mala chica y me tendría que ayudar de alguna manera. Creo que lo hizo.

De repente pasó un hombre por allí y se quedó mirando hacia nosotros. Caminó un par de metros más, pero se detuvo, se giró y volvió a mirar hacia donde estábamos. Concretamente a mí y se acercó. Al ser un desconocido, no sabíamos qué intenciones podía tener, así que nos andamos con ojo. Yo no crucé palabra con él, con la fiebre que tenía me encontraba fatal y era lo que menos me apetecía. Mis amigos se hicieron pasar por mis hermanos.

—¿Qué la pasa? ¿Tiene dónde pasar la noche? —Preguntó el hombre.

—Está mala, tiene mucha fiebre y está en la calle, no tiene dónde dormir —contestaron mis amigos.

Él sonrió y respondió: —Ella no va a dormir en la calle, no voy a permitir eso. —Y junto con mis amigos se dirigieron a mí y me dijeron: —Vamos Lorena.

Yo me quedé un poco sorprendida. No entendía nada, ya que yo no había escuchado la conversación y pregunté: —¿A dónde vamos? —a lo que responde el hombre: —A dormir a un sitio resguardado.

Mi cara era un poema, no entendía nada, pero yo les seguí a todos.

Llegamos a una pensión y para mi sorpresa, el hombre me pagó una habitación individual para mí sola y me dio dinero para que pudiera comprarme algo para cenar. En la habitación había un teléfono y lo primero que hice fue llamar a Hugo para solucionar las cosas y que viniera conmigo, entre otras cosas para que no pensara cosas raras y se quedara tranquilo. Tenía el teléfono apagado. De todas maneras, estaba de fiesta como habitualmente hacía, con su mejor amigo, al que llamaban Freddy, y no es que se estuviera acordando mucho de mí precisamente.

Al día siguiente cuando me levanté parecía que estaba mejor de la fiebre. Al salir, la chica de recepción me dijo que el hombre que me pagó la habitación se había quedado preocupado por mi estado de salud y que por favor le llamara, por lo menos para saber que estaba bien, dándome un papel con el número de teléfono del hombre.

Desde luego, desde ese día pienso que los ángeles de la guarda existen. Viven en forma de personas con gran corazón. Y yo a este hombre le estaré siempre agradecida por lo que hizo por mí. Nunca más volví a verle y jamás pude darle las gracias. Cuando le conté a Hugo lo ocurrido, no me creyó. Se puso celoso y se imaginó mil películas para no dormir sobre este hombre y me obligó a romper su número de teléfono.

Siempre me quedará esa espinita de poder agradecer el gesto que tuvo conmigo. Después de unas semanas volví a casa de mi madre, por la policía. Ocurrió un episodio del que jamás me atreví a hablar después y que desde entonces fue tabú para siempre. Marcaría para siempre un antes y un después.

Para mi sorpresa, mi madre me recibió con los brazos abiertos. No dijimos nada, ni comentamos nada de lo que había pasado. Simplemente volvimos a la normalidad como pudimos, como si nada… Mi tía, pocos días antes de volver con mi madre, me vio por la calle y al verme en Torrejón dio por hecho, sin preguntarme, que ya había vuelto con mi madre, y sin más me retiró la palabra.

Mi relación con Hugo me recordaba a mi anterior relación, pero sin golpes. Era muy celoso, posesivo y sobre todo machista. No podía salir con amigas y mucho menos sin estar él presente. Y nada de tener amigos varones. Dejé hasta de poder tener teléfono móvil y para localizarme tenían que llamar a mi madre.

Me di cuenta de que estaba metiéndome en una relación más parecida a una cárcel y encima me trataba bastante mal, como castigo por seguir creyendo que le había puesto los cuernos. Nunca me puso la mano encima, pero fue una relación mucho más tóxica y dolorosa, incluso que la anterior.

Al sumarse esta relación tan negativa y machacante mentalmente a todo lo que había pasado anteriormente, empecé a caer en una profunda depresión. Mi día a día se convirtió en tomar un montón de pastillas diarias para sobrellevar todo lo que tenía a las espaldas. Diazepam, Lorazepam… me acompañaban todos los días, pero aun así sentía que no conseguía levantar cabeza.