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Esta biografía del recién proclamado santo Carlos de Foucauld, escrita por quien ha sido vicepostulador de su causa de canonización, se centra en los aspectos más sobresalientes de su espiritualidad y de su actividad pastoral. El libro arranca con una descripción del periodo histórico que le tocó vivir a Carlos de Foucauld para centrarse a continuación en su perfil biográfico y místico. La fascinación que nuestro santo sigue ejerciendo todavía hoy en la Iglesia y fuera de ella reside «en haber vuelto a proponer un retorno puro al Evangelio». La elaboración de este libro fue inspirada por la beatificación de los mártires de Argelia, que tuvo lugar el 8 de diciembre de 2018, y cuya historia fue contada en Simplemente cristianos. La vida y el mensaje de los beatos monjes de Tibhirine, escrito por Thomas Georgeon y François Vayne, y que fue publicado por Encuentro en esas fechas.
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Seitenzahl: 311
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Andrea Mandonico
¡Dios mío, qué bueno eres!
La vida y el mensaje de san Carlos de Foucauld
Prólogo de monseñor Ennio Apeciti
Traducción de Fernando Montesinos Pons
Título en idioma original: Mio Dio, come sei buono.
La vita e il messaggio di Charles de Foucauld
Agradecemos la amable cesión para la reproducción de las imágenes del pliego y la cubierta: ©Piccole Sorelle di Gesù
© Libreria Editrice Vaticana, 2020
© Ediciones Encuentro S.A., 2021
Traducción de Fernando Montesinos Pons
Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con la autorización de los titulares de la propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (arts. 270 y ss. del Código Penal). El Centro Español de Derechos Reprográficos (www.cedro.org) vela por el respeto de los citados derechos.
Colección 100XUNO, nº 83
Fotocomposición: Encuentro-Madrid
ISBN EPUB: 978-84-1339-405-3
Depósito Legal: M-18406-2021
Printed in Spain
Para cualquier información sobre las obras publicadas o en programa
y para propuestas de nuevas publicaciones, dirigirse a:
Redacción de Ediciones Encuentro
Conde de Aranda 20, bajo B - 28001 Madrid - Tel. 915322607
www.edicionesencuentro.com
Índice
Cronología
Prólogo
Introducción
I. La época histórica de Carlos de Foucauld
La Iglesia
II. Perfil biográfico
Nacimiento
Adolescente
Soldado
Explorador
Conversión
Peregrino en Tierra Santa
Monje trapense
Nazaret
Sacerdote
Beni Abbes
Tamanrasset
Muerte
III. Nazaret
Las siete características de la vida de Nazaret
IV. Eucaristía y Evangelio
La Eucaristía
El Evangelio
V. Visitación
Beni Abbes
Tamanrasset
VI. «El justo vive de la fe»
VII. «Amorosa contemplación y apostolado fecundo»
VIII
1. Se convierte en servicio
2. Se vuelve buen ejemplo
3. Se vuelve amistad
4. Se vuelve intercesión
IX. «Predicar el evangelio... con la vida»
X. «Vosotros tenéis un solo Padre que está en los cielos»
XI. Hermano universal
XII. «La esperanza de morir por su Nombre»
XIII. «He aquí que llega el Esposo, ¡salid a su encuentro!»
Apéndice I
Caminando con la Iglesia y con el papa Francisco tras las huellas del beato Carlos de Foucauld, para abrir un nuevo camino
Apéndice II
Escritos de Carlos de Foucauld
Bibliografía
Obras y correspondencia de Carlos de Foucauld citadas en el libro
A la hermanita Jeanne de Jésus (†2019), que me enseñó el largo y gozosocamino de la fidelidad a la vida de Nazaret
Cronología
15 de septiembre de 1858
Nace en Estrasburgo (Francia)
1864
Huérfano: 13 de marzo muere su madre; 9 de agosto muere su padre
30 de octubre de 1876
Entra en la Academia militar de Saint-Cyr
Marzo de 1882
Presenta su baja del ejército
10 de junio de 1883
Exploración de Marruecos
23 de mayo de 1884
29/30 de octubre de 1886
Conversión
Noviembre de 1888
Peregrinación a Tierra Santa
Febrero de 1889
16 de enero de 1890
Entra en la trapa de Notre Dame des Neiges de Francia
11 de julio de 1890
Entra en la trapa de Akbés de Turquía
23 de enero de 1897
Deja la trapa
10 de marzo de 1897
Eremita-doméstico de las clarisas en Nazaret
9 de junio de 1901
Recibe la ordenación sacerdotal
28 de octubre de 1901
Llega a Beni Abbes (Argelia)
11 de agosto de 1905
Llega a Tamanrasset
1 de diciembre de 1916
Muere en Tamanrasset
13 de noviembre de 2005
Beatificación
26 de mayo de 2020
El papa Francisco anuncia su inminente canonización
Prólogo
«Asemejarse a ti, compartir tus obras, esta es la mayor alegría para el corazón que te ama. Asemejarse, imitar es una violenta necesidad del amor; es uno de los grados de la unión a la que aspira por su propia naturaleza el amor. La semejanza es la medida del amor».
Estas fueron las palabras del hermano Carlos que acudieron a mi mente cuando el padre Andrea Mandonico me dijo que Carlos de Foucauld iba a ser proclamado «santo».
O mejor aún —para ser precisos—, cuando me comunicó la próxima «canonización» del hermano Carlos.
«Canonizar» es el término preciso para indicar que alguien es proclamado «santo» por la Iglesia. Y esto tiene un significado profundo.
El canon es un modelo, algo que no se cambia y que se toma para repetirlo continuamente: acuden a mi mente los cantos a canon, esos en los que se repite una estrofa por diferentes coros y la misma estrofa del canto se sigue una tras otra, entonada por diferentes voces, hasta la conclusión, cuando las voces de los distintos coros se funden en un grandioso y solemne final.
Canonizar significa proponer a una persona como modelo de auténtico cristiano. Significa señalar a una persona, hombre o mujer, que ha encarnado en su vida plenamente el Evangelio y precisamente por eso puede ser propuesta como modelo convincente a los otros hermanos y hermanas, a todos nosotros.
Por eso es el papa quien canoniza, porque señala a ese hermano o esa hermana como «modelo precioso» de cristiano, como modelo para imitar y lo hace con la autoridad que le viene de su ministerio de sucesor de Pedro y de guía de la Iglesia.
Carlos de Foucauld es, por consiguiente, un modelo auténtico de cristiano, un ejemplo también para mí, y para todo el que se plantee la pregunta: «¿Cómo tengo que hacer para llegar a ser santo? En la Biblia —estoy pensando en el capítulo 19 del Levítico— Dios llama a todos a ser santos. Pero ¿cómo llegar a serlo?».
En el fondo, todos tenemos necesidad de modelos: los necesita el artista para pintar un cuadro o esculpir una estatua. Los necesita el ingeniero o el científico que —ayudado hoy por los ordenadores— prepara un «modelo», un «proyecto», para verificar su posibilidad y confiar a sus colaboradores su realización. Los necesita el estudiante para aprender: se leen las poesías de los grandes poetas o las novelas de los grandes autores para aprender a escribir, para tener un modelo de escritura. Los necesita el niño para llegar a ser hombre: cada uno de nosotros tiene su «héroe», ese que de pequeño quería imitar. Uno se hace sacerdote o monja o misionero porque, normalmente, se ha encontrado con un «modelo», con un ejemplo, con un sacerdote o con una monja o con un misionero, que le ha impactado y que le ha provocado y ha hecho nacer en su corazón la pregunta: «Si él es así, ¿por qué no podría serlo yo también?».
Por ese motivo, cuando supe que el padre Carlos iba a ser canonizado volví a pensar en la frase que he escrito al comienzo: «Imitar es una violenta necesidad del amor. La semejanza es la medida del amor».
Esto también vale para mí. También ha sido verdad en mi caso. No solo con respecto al Señor Jesús, al que el hermano Carlos quiso «imitar», al que quiso «asemejarse» con todas sus fuerzas y todo su deseo: «Cuando se ama, se imita, cuando se ama, se mira al Bienamado y se hace como hace él; cuando se ama, se encuentra tanta belleza en todos los actos del Bienamado, en todos sus gestos, en todos sus pasos, en todos sus modos de ser, que se imita, se sigue todo, nos configuramos en todo. Es algo instintivo, casi necesario».
El «Bienamado». Se trata de un término que en nuestros días casi nos da un poco de pudor pronunciar, mientras que para Carlos de Foucauld fue la exigencia de toda su vida, el deseo que persiguió con todas sus fuerzas y por el que estuvo dispuesto a todo y en el que lo encontró todo.
Por Jesús estuvo dispuesto a todo: dejó su vida acomodada, abandonó sus comodidades, sus mismas diversiones, sus mismos vicios, porque fue «conquistado» por Cristo. Dejó su patria, deambuló por Palestina y por el desierto de África, viviendo solo de lo esencial, porque lo había encontrado todo en Jesús.
Había buscado la alegría en su adolescencia, pero no la había encontrado. He releído a menudo esta reflexión suya: «Hacía el mal, ¡pero yo no lo aprobaba ni lo amaba!... Me hacías sentir un vacío doloroso, una tristeza que no he experimentado más que entonces...; esta volvía todas las noches cuando me encontraba en mi alojamiento... Me tenía mudo y abrumado durante lo que se llaman fiestas; las organizaba, pero cuando llegaba el momento las pasaba en un mutismo, una repugnancia y un fastidio inaudito... Tú me dabas esa vaga inquietud de una conciencia mala, que, por dormida que estuviera, no había muerto del todo...».
Hasta que encontró a Jesús. Y todo cambió. Del fastidio resurgió el entusiasmo: «En cuanto descubrí que había un Dios, comprendí que no podía hacer otra cosa que vivir únicamente para él: Dios es tan grande, hay tal diferencia entre Dios y todo lo que no es él...».
Tal vez sea también, o precisamente sea por esto, por lo que amo a san Carlos de Foucauld: porque es alguien que nunca se dio por contento; alguien que nunca se resignó; alguien que siempre esperó.
El hermano Carlos no emprendió nunca procesos contra la sociedad, contra el mundo de su tiempo, que es tan semejante al nuestro, semejante al tiempo de todos los tiempos. El hermano Carlos prefirió otro modo de afrontar el presente; escogió otro programa de vida: «He aquí el programa: amor, amor, bondad, bondad. Mi apostolado debe ser el apostolado de la bondad. Al verme se debe decir: ‘Puesto que este hombre es tan bueno, su religión debe ser buena’. Si se me pregunta por qué soy manso y bueno, debo decir: ‘Porque soy el siervo de uno que es mucho más bueno que yo. Si supieras cómo es de bueno mi señor Jesús’». Y tenía razón.
Hoy es tan fácil mostrarse quejumbroso, pesimista, crítico. Parece que nunca vaya nada bien. Incluso entre nosotros, los cristianos, parece que el mal humor se encuentra más difundido que la «paz» y que la serenidad que Jesús nos prometió y vino a traernos.
Tal vez estemos aburridos y seamos gruñones porque hemos perdido —o ha disminuido— el entusiasmo, la convicción de poder conseguir transformar el mundo y a nosotros mismos; de embellecer la vida de los otros y la nuestra: «Toda nuestra existencia, todo nuestro ser debe gritar el Evangelio sobre los techos. Toda nuestra persona debe respirar a Jesús. Todos los actos de nuestra vida deben gritar que le pertenecemos y deben ser una imagen de la vida evangélica. Todo nuestro ser debe ser una predicación viva, un reflejo de Jesús, un perfume de Jesús, algo que grita a Jesús, que haga ver a Jesús, que brille como una imagen de Jesús».
Él estaba convencido. Yo también quisiera estarlo siempre. Por eso amo a san Carlos de Foucauld.
Monseñor Ennio Apeciti1.
Introducción
Contar la historia de un santo significa también describir su tiempo, echar una mirada a la sociedad en la que vivió, acompañarle en su itinerario histórico, descubrir ahí la huella de su amor a Cristo y a los hermanos, intentando identificar no solo su meta sino también su corazón. Me parece que podemos encontrar el corazón del camino de santidad de Carlos de Foucauld —y, por consiguiente, la posibilidad de comprender toda su vida— en el momento decisivo de su conversión, que tuvo lugar a finales de octubre de 1886. En una carta dirigida a un amigo dice: «He perdido el corazón por este Jesús de Nazaret crucificado hace 1900 años y paso mi vida intentando imitarle en la medida en que puede mi debilidad». Una imitación que se concentra en el misterio de Nazaret. Dios le había llamado a imitar a Jesús en su vida oculta «abrazando la existencia humilde y oscura del divino obrero de Nazaret». De esta imitación pende todo lo que «despliega» la vida del hermano Carlos. Enamorado de Jesús, le conoce en la lectura cotidiana del Evangelio y plasma su ser en la celebración y en la adoración eucarística, para convertirse después en caridad/fraternidad para con todos los hermanos «sin distinción ni excepción», ya sean cristianos, judíos, musulmanes, ateos, buenos o malos. Es una evangelización que nace de la contemplación del misterio de la Encarnación y encuentra en el misterio de la Visitación la modalidad propia del hermano Carlos, que escribe:
Toda nuestra vida, [...] debe ser una predicación del Evangelio por el ejemplo; toda nuestra existencia, todo nuestro ser, debe gritar el Evangelio sobre los tejados; toda nuestra persona debe respirar a Jesús, todos nuestros actos, toda nuestra vida deben gritar que nosotros somos de Jesús, deben presentar la imagen de la vida evangélica; todo nuestro ser debe ser una predicación viva, un reflejo de Jesús, un perfume de Jesús, algo que grita a Jesús, que hace ver a Jesús, que brilla como una imagen de Jesús...2.
Uno de los motivos que me han impulsado a escribir esta breve biografía del santo Carlos de Foucauld ha sido la beatificación de los mártires de Argelia, acontecida el 8 de diciembre de 2018. Leyendo el bello libro publicado por la Libreria Editrice Vaticana, y publicado en español por Ediciones Encuentro, sobre la vida y el mensaje de los beatos mártires de Tibhirine3, he descubierto, una vez más, que la raíz de su espiritualidad y de su testimonio llevado hasta el martirio se encuentra precisamente en Carlos de Foucauld. Ellos vivieron, como él, en medio del pueblo argelino, acompañándolo y viviendo con ellos momentos dificilísimos, conscientes de que se les podría pedir que dieran su vida. Quisieron compartir el destino del pueblo argelino pasara lo que pasara, sirviéndolo con la oración y con la caridad, hasta la muerte. «Sus testimonios están, a buen seguro, misteriosamente ligados en el amor al pueblo argelino, a ochenta años de distancia»4. Y además existe entre ellos una afinidad espiritual sorprendente. Basta con pasar las páginas de este libro para descubrir que el hermano Célestin encontró en la Fraternidad sacerdotal Jesús Caritas un apoyo para su ministerio5; que el «hermano Bruno es el hombre de la vida oculta en Nazaret»6; que el hermano Christian de Chergè, prior de Tibhirine, no solo empezó su testamento —«obra maestra de la literatura religiosa contemporánea»— el 1 de diciembre de 1993, aniversario de la muerte de Carlos de Foucauld, sino que, como él, amaba la «espiritualidad de Nazaret» y «estaba convencido de que para comprender a los musulmanes era preciso sumergirse con humildad entre ellos, salir del cara a cara para ponerse codo con codo, en la veneración del Dios único, con los medios de la amistad y de la oración»7.
Un segundo motivo fue la lectura de la exhortación del papa Francisco Gaudete et exsultate. Una invitación a la santidad como meta elevada y última de toda vida cristiana. Al trasluz se puede leer la vida y la santidad de Carlos de Foucauld y, efectivamente, son muchas las páginas en las que lo podemos encontrar. Ya en el n. 1, donde el papa Francisco afirma que «el Señor lo pide todo, y lo que ofrece es la verdadera vida, la felicidad para la cual fuimos creados. Él nos quiere santos y no espera que nos conformemos con una existencia mediocre, aguada, licuada», ya en este n. 1 —decíamos—, podemos encontrar toda la vida del hermano Carlos.
En el n. 14 del mismo texto parece hacer Francisco una síntesis de la vida de Nazaret cuando escribe: «Muchas veces tenemos la tentación de pensar que la santidad está reservada solo a quienes tienen la posibilidad de tomar distancia de las ocupaciones ordinarias, para dedicar mucho tiempo a la oración. No es así. Todos estamos llamados a ser santos viviendo con amor y ofreciendo el propio testimonio en las ocupaciones de cada día, allí donde cada uno se encuentra».
En el n. 16 nos invita el papa Francisco a estar atentos a los «pequeños gestos», mientras que en los nn. 143-146 hace lo mismo con los «muchos pequeños detalles cotidianos». Se hace difícil no pensar en el hermano Carlos cuando decía en su vida en Tamanrasset:
Seamos infinitamente delicados en nuestra caridad; no nos limitemos a los grandes servicios, tengamos esa delicadeza que llega a los detalles y sabe con pequeñas cosas poner bálsamo en los corazones: [...] Con los que están cerca de nosotros, entremos incluso en pequeños detalles de salud, de consuelo, de oraciones, de necesidades; consolemos, aliviemos con las más minuciosas atenciones; para los que Dios pone cerca de nosotros, tengamos la ternura y delicadeza de las pequeñas atenciones que tendrían entre sí unos hermanos cariñosos, y la ternura de las madres con sus hijos, para consolar cuanto sea posible a los que nos rodean y ser para ellos un agente de consuelo y un bálsamo, como lo fue siempre Nuestro Señor para todos los que se le acercaron8.
Por otra parte, en el n. 17 nos dice que estemos atentos al Señor que «nos invita a nuevas conversiones». «Vivir solo para él» llevó a Carlos de Foucauld a vivir una «vida variada y atormentada, casi vagabunda» por las calles de Europa, de Oriente Medio y, por último, en el Sahara. Cuántas veces se vio obligado a elegir a Dios en los momentos cruciales y a ponerle de nuevo en el primer lugar, a través de continuas y nuevas conversiones que permitiera a la Gracia manifestarse mejor en su existencia y en la misión que Dios le había confiado para reproducir en su vida un aspecto del Evangelio (cf. n. 20).
Siempre según el papa Francisco, el camino de la santidad es el camino de las bienaventuranzas. Carlos de Foucauld fue capaz de manifestar en lo cotidiano de su vida esas bienaventuranzas en las que se trasparenta una vez más el rostro del Maestro (cf. n. 63). Escribe que «si alguno de nosotros se plantea la pregunta: ‘¿Cómo se hace para llegar a ser un buen cristiano?’, la respuesta es sencilla: es necesario hacer, cada uno a su modo, lo que dice Jesús en el sermón de las bienaventuranzas. En ellas se dibuja el rostro del Maestro».
El papa Francisco nos hace intuir que las bienaventuranzas tienen su plena realización en Mateo 25: «Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme». «¿Cuándo, Señor?». «En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis». El hermano Carlos atestigua: «Me parece que no hay ninguna palabra del Evangelio que me haya producido una impresión más profunda y transformado más mi vida que esta: ‘Todo lo que hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis’. Si pensamos que estas palabras son las de la Verdad increada, las de la boca que ha dicho: ‘Esto es mi cuerpo... esta es mi sangre’, con qué fuerza hemos de sentirnos llevados a buscar y a amar a Jesús en estos pequeños, en estos pobres»9. A estos pequeños, a estos pobres los encontró en el Sahara, adonde quiso ir como sacerdote para ser, con Jesús y como Jesús, Salvador. Salvador no con grandes obras, sino con una vida cristiana heroica y con su humilde presencia, haciendo a todos con los que se encuentre todo el bien posible, como hizo Jesús en Nazaret, sin hacer ruido, sin hacerse ver, más bien «silenciosa, secreta, [...] pobre, laboriosa, humilde, suavemente, con bondad como él».
Se trata de una salvación que pasa a través de la intercesión y la súplica por estos hermanos «a los que les falta todo, porque les falta Jesús»; a través del apostolado de la bondad, la amistad cordial y fraterna, del ser mansos y humildes con todos y especialmente por medio de una vida entregada en un amor sin límites a cada hombre, sin exclusiones, sin fronteras, entreviendo en todos ellos el rostro del Padre, «porque en cada hermano, especialmente en el más pequeño, frágil, indefenso y necesitado, está presente la imagen misma de Dios» (n. 61).
Un amor infinito que experimentó el hermano Carlos sobre todo durante los tres años que pasó en Nazaret, donde vivió, en el convento de las clarisas, «sepultado en la vida de Nazaret como se sepultó él mismo [Jesús] en ella durante 30 años»; donde buscó cada día ser pequeño y pobre como lo había sido Jesús, en las largas horas de adoración, en la prolongada lectura del Evangelio «para tener siempre ante su mente los actos, las palabras, los pensamientos de Jesús, a fin de pensar, hablar, actuar como Jesús, de seguir los ejemplos y las enseñanzas de Jesús», hasta quedar transformado en Evangelio viviente.
Y es precisamente entre estos hermanos más pobres donde el Señor nos llama a ser verdaderos discípulos de nuestro santo. La Iglesia debe proseguir hoy la misión de poner a los últimos en el centro de su vida, precisamente porque esto fue lo que eligió el Hijo de Dios cuando se encarnó: ser el último, el siervo de todos, poniéndose en el último lugar, reconociéndose entre los pobres y compartiendo su humilde vida. Y hacerlo no de mala gana, sino «estimando infinitamente [a estos] hermanos nuestros más pequeños, los más humildes, los más rústicos: honrándolos como los preferidos de Jesús».
Tampoco a nosotros, como nos ha enseñado Carlos de Foucauld, se nos ha pedido realizar grandes obras o usar grandes instrumentos, sino simplemente contemplar
sobre todo con amor, [...] sin descanso al Bienamado JESÚS durante su trabajo cotidiano, velando por la noche en adoración a la divina hostia y en oración, dando siempre a lo espiritual el primerísimo lugar, imitando a JESÚS en Nazaret en su inmenso amor a Dios. Haciendo fluir, brillar este gran amor a DIOS y a JESÚS sobre todos los hombres «por los que Cristo murió», «rescatados a un elevado precio», «amándoles como él les amó»10.
Un tercer motivo fue que la fascinación que nuestro santo sigue ejerciendo todavía hoy en la Iglesia y fuera de ella reside, en mi opinión, en haber vuelto a proponer un retorno puro al Evangelio. El hermano Carlos no nos ha entregado una nueva espiritualidad, sino que nos ha hecho descubrir hoy, como san Francisco en su tiempo, que ser cristiano significa pertenecer a Jesucristo y vivir su Evangelio. El esfuerzo que realizó para traducir el Evangelio al tamashek y hablar su lengua no constituye una originalidad propia del hermano Carlos: todos los misioneros lo han hecho y lo siguen haciendo. Lo que constituye su característica es precisamente esta adhesión al Evangelio, y a través del Evangelio, en mantener la mirada fija en Jesús, el «Modelo único», «el Hermano y Señor Bienamado», el «verdadero Santo». Él, Jesús, es el centro de nuestra vida. Escribe:
Miremos a los santos, pero no nos detengamos en la admiración. Contemplemos en ellos a Aquel cuya contemplación ha llenado sus vidas. Aprovechemos sus ejemplos, pero sin detenernos mucho tiempo ni tomar como modelo perfecto a este o a aquel santo. Tomando de cada uno lo que nos parece más conforme a las palabras y a los ejemplos de nuestro Señor Jesús, nuestro único y verdadero modelo. De este modo sus lecciones nos servirán, no para imitarlos a ellos, sino para imitar mejor a Jesús11.
Cuando Jesús deja a los suyos, a los que ha formado con su enseñanza y su testimonio, no les deja los Evangelios. Él era el Evangelio; los apóstoles —y, con ellos, todos los discípulos— llegan a ser a su vez en Pentecostés, según la gracia recibida, Evangelios vivientes. El Evangelio no es, para Carlos de Foucauld, en primer lugar, un documento escrito, sino una «buena noticia» para gritar con la propia vida en las relaciones cotidianas y en todas las ocasiones. El tesoro que ha recibido y que desea compartir con todos es un testimonio, un «fuego» para encender siguiendo a Jesús. Y lo hará con un celo ejemplar que incluye también el martirio.
Una última observación antes de cerrar esta breve introducción. No he tenido la intención de desarrollar en este libro lecciones sobre el hermano Carlos; más bien he intentado tocar y reflexionar sobre los puntos sobresalientes de su espiritualidad y de su pastoral, una pastoral que nace de aquella y en ella tiene su fuente, dejando, hasta donde sea posible, hablar a los textos.
Esta estrecha relación entre espiritualidad y pastoral la expresa el hermano Carlos así:
Desde el primer momento en que se ama, se imita y se contempla. La imitación y la contemplación son necesaria y naturalmente parte del amor, porque el amor tiende a la unión, a la transformación del ser que ama en el ser amado; y la imitación es la unión, la unificación de un ser con otro por medio de la semejanza; la contemplación es la unión con otro por medio del conocimiento y la visión… Imitemos, pues, a Jesús por amor, obrando en toda circunstancia por amor a Jesús...12.
Solo un enamorado puede utilizar este lenguaje místico al que hoy ya no estamos habituados, pero que debemos acoger simplemente si deseamos comprender el alma profunda, no solo de Carlos de Foucauld, sino de todos los santos. Cada vez estoy más convencido de ello: el inmenso deseo de evangelización del hermano Carlos brota de una verdadera santidad de vida.
Desearía terminar con otra imagen del papa Francisco, que, en el Ángelus del 1 de noviembre de 2017, se dirigía así a los fieles reunidos en la Plaza de San Pedro:
Los santos no son figuritas perfectas, sino personas atravesadas por Dios. Podemos compararlas con las vidrieras de las iglesias, que dejan entrar la luz en diversas tonalidades de color. Los santos son nuestros hermanos y hermanas que han recibido la luz de Dios en su corazón y la han transmitido al mundo, cada uno según su propia «tonalidad». Pero todos han sido transparentes, han luchado por quitar las manchas y las oscuridades del pecado, para hacer pasar la luz afectuosa de Dios. Este es el objetivo de la vida: hacer pasar la luz de Dios y también el objetivo de nuestra vida.
El 17 de enero de 1917, monseñor Bonnet, obispo de Viviers y, por consiguiente, obispo del hermano Carlos, que se había incardinado en su diócesis, escribe a la hermana de Carlos para darle el pésame:
En mi larga vida he conocido pocas almas más amantes, más delicadas, más generosas y más ardientes que la suya y raramente me he aproximado a otras más santas. Dios había penetrado tanto en él que todo su ser rebosaba de efusiones de luz y de caridad13.
Con su madre y su hermanita Marie en 1862.
Pentecostés de 1903: El hermano Carlos recibe al prefecto apostólico, monseñor Henri Guérin, en visita pastoral a Beni Abbes.
Tumba del hermano Carlos en El Golea.
Capilla de Beni Abbes.
El hermano Carlos en In Salah en mayo de 1909.
El hermano Carlos en Beni Abbes el año 1902
Mapa de Argelia con los principales lugares de la presencia del hermano Carlos.
El hermano Carlos delante de su casa en Tamanrasset (septiembre de 1907).
El hermano Carlos en su salida para Silet (9 de mayo de 1912).
Viaje a Francia. El 11 de septiembre de 1913 visita a su prima Marie de Bondy, con su yerno de Forbin y Ouksem, un joven tuareg.
El hermano Carlos en el patio de la Fraternidad de Beni Abbes con el pequeño Abd Jesu y Paul, dos esclavos a los que había rescatado.
El hermano Carlos en In Salah (enero de 1909).
En el desierto con su guía.
Una página del diccionario tuareg-francés. Reproducción fotográfica del manuscrito del hermano Carlos.
I. La época histórica de Carlos de Foucauld
Los faros que la mano de Dios ha encendido al comienzo del siglo atómico se llaman Teresa de Lisieux, Carlos de Foucauld, los Hermanitos y las Hermanitas...
Cardenal Y. M. Congar
Se aprecia más a un hombre —así como su vida— cuando se conoce el contexto en el que vivió. Esa es la razón por la que, con la intención de comprender «la experiencia de Nazaret» de Carlos de Foucauld, que nos disponemos a describir, estamos convencidos de que, para comprender su grandeza humana y su experiencia espiritual, debemos conocer el tiempo y la historia del siglo en el que vivió14.
El siglo XIX se presenta en su conjunto como un siglo encerrado entre guerras y revoluciones: primero la francesa (1789-1799), después una guerra que, por vez primera, tendrá una dimensión mundial (1914-1918) y una revolución, la rusa (1917), que cambiará el rostro político no solo de Rusia, sino también el del mundo.
Todos estos trastornos, con su carga de ideales, y las nuevas situaciones políticas y sociales tienen necesidad de maduración y asentamiento en los diferentes países. Más aún, si fijamos la mirada en Europa, sorprende que todos estos trastornos no impidieran el desarrollo industrial ni la expansión colonial que, precisamente en este siglo, alcanza su máximo desarrollo.
Desde el punto de vista eclesial, el siglo XIX está influenciado por dos factores: el poder temporal de los papas y la crisis de ese poder hasta su desaparición. Tampoco en la vida espiritual hay grandes figuras de místicos, y, mucho menos, auténticas corrientes de mística; es un siglo de devociones. Sin embargo, es también un siglo que contempla un reflorecimiento de las antiguas órdenes suprimidas por la Revolución francesa, el nacimiento de nuevos institutos religiosos, más atentos a la realidad del pueblo de Dios en el que están sumergidos y un ejército de sacerdotes que, aunque carentes de una formación adecuada, saben imprimir una generosidad y una caridad admirables: es el siglo de Juan María Vianney, el santo cura de Ars (1786-1859) y del beato Antonio Chrevrier (1826-1879); de los santos sacerdotes turineses: P. B. Lanteri (1759-1830), G. Cafasso (1811-1860), G. Allamano (1851-1929) y Juan Bosco (1815-1888) así como del beato L. Guanella (1842-1915), de A. Rosmini (1797-1855), de H. Huvelin (1838-1910) y del cardenal J. H. Newman (1801-1890), por no citar más que a los más conocidos.
Desde el punto de vista político, Francia cuenta, en torno a 1815, con unos 30 millones de habitantes. La práctica totalidad de ellos están bautizados, pero son pocos los que frecuentan la iglesia; por otra parte, sufren una profunda ignorancia religiosa. Los protestantes son unos quinientos mil y los judíos unos sesenta mil. Francia tiene que afrontar también el problema de la reconstrucción religiosa: muchas diócesis llevan años sin obispo y muchas parroquias sin párroco. La revolución ha dejado unas huellas profundas tanto en el pueblo como en la élite cultural burguesa; el pueblo se ha alejado de la fe en muchas diócesis y los medios culturales están embebidos de un fuerte anticlericalismo. También quedan grupos y fieles muy próximos a la Iglesia y sinceramente abiertos al problema religioso, pero la situación se presenta muy complicada y como polarizada en torno a dos almas: una católica y la otra anticlerical. Este anticlericalismo, implicado en la difusión de la prensa contraria a la religión y a la Iglesia, tiene muchos seguidores también en el pueblo, contribuyendo a la disminución de la práctica religiosa y engendrando una profunda crisis de fe en muchos.
Aparentemente, la República francesa, con el golpe de Estado que dio Napoleón III en 1852, ha vuelto a ser un imperio hereditario y se encamina por nuevos senderos, senderos trabajosos, puesto que el imperio de Napoleón III estará repleto de toda una serie de guerras: Guerra de Crimea (1854-1855) y Guerra de Italia (1859), las expediciones a Siria, a la China (1860), a México (1861-1867) y la guerra con Prusia (1870), que le costará el trono al mismo emperador, con la consiguiente proclamación de la III República. Esta, proclamada el 4 de septiembre de 1870, debe afrontar, durante los primeros meses (marzo-mayo de 1871), la insurrección de la comuna de París, donde tiene lugar el fusilamiento del arzobispo Darboy, junto con otros 62 rehenes, la conclusión del Tratado de Fráncfort (10 de mayo de 1871) con la consiguiente pérdida de Alsacia y de Lorena, así como el pago de cinco millardos de francos en tres años.
En un primer tiempo, la escena política está dominada por fuerzas conservadoras, sustituidas poco a poco por las liberales anticlericales, que lanzan una ofensiva contra el catolicismo, una ofensiva que golpea principalmente a la escuela y a las congregaciones religiosas. Uno de los motivos de esta ofensiva se encuentra en la oposición del clero. En efecto, este se encuentra demasiado apegado al recuerdo de los tiempos anteriores a la Revolución; el catolicismo se convierte, por tanto, en sinónimo de monarquía y la Iglesia católica aparece como una potencia extranjera y enemiga. Esta mentalidad origina profundas divisiones entre los católicos franceses, concretamente entre los intransigentes y los liberales. A decir verdad, esta división no afecta solo a la Iglesia, sino a toda la sociedad francesa. Un ejemplo clásico, que muestra hasta qué profundidad llegan en Francia ciertas fracturas y divisiones, sigue siendo l’affaire Dreyfus (el asunto Dreyfus) con toda la carga pasional, típicamente francesa, que suscita. Ahora bien, l’affaire Dreyfus supone también la ocasión que permite una transformación de la política francesa, una nueva redefinición de los partidos políticos, así como la consolidación de los radicales y de los socialistas, que gobernarán Francia desde 1900 a 1914, año en que comenzó la Primera Guerra Mundial. El anticlericalismo va aumentando de proporciones en el interior de estos gobiernos radicales y socialistas, y de este modo se va llegando, gradualmente, a la ruptura de las relaciones diplomáticas con la Santa Sede y a la ley de separación entre la Iglesia y el Estado de 9 de diciembre de 1905.
Más allá de este estado de cosas, la situación política que hemos descrito más arriba también debe hacer frente a la revolución industrial, al abandono de los campos con el consiguiente rápido desarrollo del urbanismo, a una extraordinaria rapidez de desarrollo, de cambio de los medios de producción y de las relaciones sociales. Aunque debe hacer frente también a la terrible condición de explotación y miseria crónica del proletariado.
La política exterior de los estados europeos, que se había caracterizado por la continuación de la expansión colonial, ya presente en los siglos precedentes, encuentra ahora un nuevo dinamismo. Los estados europeos tienen necesidad de colonias: fue en este período cuando África —para limitarnos a ella—, un continente de veintiocho millones de kilómetros cuadrados, fue dividida, conquistada y, efectivamente, ocupada por las naciones industriales de Europa. La expresión más clamorosa de esta mentalidad fue el Congreso de Berlín del año 1885, en el que África fue «dividida», mientras que con respecto a los otros continentes se decidieron «esferas de influencia».
La epopeya francesa comenzó en 1830 con la ocupación de Argelia, después de Senegal y de Túnez (1881), prosiguió con Indochina (1883), África central y ecuatorial (1880-1914), Madagascar (1895) y Marruecos (1904). Sin olvidar que cuando comienza la época del colonialismo, Francia posee ya territorios en ultramar (Martinica). El ministro Ferry convierte Túnez en un protectorado francés y desarrolla la presencia francesa en Asia. Un ejemplo que nos toca de cerca: Argelia se ha convertido en una «prolongación de Francia» y depende directamente del Ministerio del Interior. Eso es lo que convierte a los 3.800.000 magrebíes musulmanes en «nacionales franceses sin derechos cívicos» y permite gobernar a Argelia como si fuera una provincia francesa en la que se invita a sus ciudadanos a establecerse como colonos. Está dividida en tres provincias y tiene derecho a 6 diputados y 3 senadores, elegidos únicamente por los ciudadanos franceses. Los territorios del Sahara tienen un comandante militar. Al comienzo de la Primera Guerra Mundial, Francia es el segundo imperio colonial con 11 millones de kilómetros cuadrados y 48 millones de habitantes.
La Iglesia
En el interior del catolicismo podemos señalar la tendencia de la Iglesia a «un cierto espíritu defensivo», a un repliegue sobre sí misma. Se siente atacada y combatida en su poder temporal y, por otra parte, ve a sus fieles arrastrados por ideologías contrarias a su doctrina. En consecuencia, se siente empujada a crear medios con los que pueda dar testimonio de su doctrina espiritual como la única verdadera y beneficiosa. En este clima eclesial se comprende la proclamación solemne del dogma de la infalibilidad papal por parte del concilio Vaticano I (1870). La Iglesia se ve ayudada en esto por el romanticismo, que aparece a comienzos del siglo como elemento dinámico de reactivación. Al menos en un primer momento, la Iglesia considera que el mejor modo de hacer acoger y vivir la verdad espiritual cristiana es la restauración del orden social antiguo: magnifica los usos tradicionales prescribiendo su observancia, exalta el apego al marco religioso agrícola, establece que su teología espiritual está por encima de cualquier relatividad cultural, orienta a los fieles a practicar de manera inalterable los sagrados principios ascéticos.
