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El abuso no es un espectáculo es una historia personal de la animadora de televisión y actriz Katherine Salosny. Este recorrido de una vida, narrado en primera persona y asociado a las luminarias de la TV podría inducirnos al equívoco de suponer un registro más de anecdotario complaciente, usual en figuras públicas del espectáculo que han alcanzado la fama. Nada más lejos de aquello. Este relato es la memoria de una mujer que decide contar una parte íntima de su vida que la ha perseguido desde la infancia: las secuelas tortuosas del abuso sexual de su progenitor sobre su hermana y luego sobre ella misma. Son años muy duros de padecimientos, abandonos, decepciones y fracturas, también de restauraciones, afectos y un largo psicoanálisis que le dan las herramientas para salir del pozo encarando la cruda realidad con singular valentía. Los delitos de abuso sexual son imprescriptibles por definición y cada persona decide el momento adecuado para afrontarlos. En ese encuentro con la verdad, Katherine no trepida por las consecuencias sobre la imagen pública y los artificios propios de la sociedad del espectáculo. Su gran objetivo es el autoconocimiento y la paz interior. Pero el trayecto para llegar a esa meta es largo y sinuoso. Junto al lado lúgubre coexiste la realidad del éxito, la belleza y los oropeles de la fama. Personajes que marcaron el entretenimiento televisivo del Chile de los 80 y 90 forman parte de esta tensión que acompasa estos dos mundos y que terminan decantados por la fuerza decidida de mujer, fiel a su dignidad y conciencia de género.
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Seitenzahl: 241
Veröffentlichungsjahr: 2022
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SALOSNY, KATHERINE
El abuso no es un espectáculoCrónica personalInvestigación y recopilación de Gabriela García Bustos
Santiago, Chile: Catalonia, 2022
132 p.; 15 x 23 cmISBN: 978-956-324-979-8NARRATIVA CHILENA863
Diseño de portada: Amalia Ruiz Jeria
Corrección de textos: Hugo Rojas Miño
Diagramación interior: Salgó Ltda.
Dirección editorial: Arturo Infante Reñasco
Editorial Catalonia apoya la protección del derecho de autor y el copyright, ya que estimulan la creación y la diversidad en el ámbito de las ideas y el conocimiento, y son una manifestación de la libertad de expresión. Gracias por comprar una edición autorizada de este libro y por respetar el derecho de autor y copyright, al no reproducir, escanear ni distribuir ninguna parte de esta obra por ningún medio sin permiso. Al hacerlo ayuda a los autores y permite que se continúen publicando los libros de su interés. Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, en todo o en parte, ni registrada o transmitida por sistema alguno de recuperación de información. Si necesita hacerlo, tome contacto con Editorial Catalonia o con SADEL (Sociedad de Derechos de las Letras de Chile, http://www.sadel.cl).
Primera edición: octubre 2022
ISBN: 978-956-324-979-8
ISBN digital: 978-956-324-980-4
RPI: 2022-A-7771
© Katherine Salosny, 2022
© Editorial Catalonia Ltda., 2022
Santa Isabel 1235, Providencia
Santiago de Chile
www.catalonia.cl - @catalonialibros
Diiagramación digital: ebooks Patagonia
www.ebookspatagonia.com
La mejor tierra para sembrar y hacer crecer algo nuevo otra vez está en el fondo.
En ese sentido, tocar fondo, aunque extremadamente doloroso,
es también el terreno de siembra.
CLARISSA PINKOLA ESTÉS, Mujeres que corren con los lobos.
Porque a algunos Dios les da caminos seguros y tranquilos,
mientras que a otros se les abre a cada paso un precipicio bajo los pies.
IRÈNE NÉMIROVSKY, Los perros y los lobos.
Índice
La chimenea
Uno
Dos
Tres
Cuatro
Agradecimientos
La chimenea
A los 15 años tuve un sueño que curiosamente se desarrolló durante tres noches seguidas y que me marca hasta el día de hoy. En este aparezco de la mano con mi mamá, Carmen, y mi hermana, Marisol. Estamos chicas entrando a un hotel completamente redondo, con paredes de mármol y columnas majestuosas, y que tiene una chimenea al medio que siempre está prendida. Me siento tan atraída por el fuego que, de repente, le suelto la mano a mi mamá y me acerco a mirarlo detenidamente.
—Hay algo allá adentro, quiero entrar a esta chimenea —recuerdo que pienso en el sueño.
A la noche siguiente, el fuego se apaga y lo que veo es un túnel. Estoy dentro de esta chimenea y volteo para ver dónde están mi mamá y mi hermana. Ellas siguen en la misma posición, fuera de la chimenea, en el hotel redondo y de la mano, como en un permanente check in de aeropuerto. Yo sigo, en cambio, entrando en el túnel y llego como una a pieza de cuento, tipo la de Hansel y Gretel, muy pequeña y con una camita muy infantil. Regreso y le digo a mi mamá con emoción:
—¡Hay una pieza dentro de la chimenea! —Mi intención es llevar a la Marisol hasta allá y al parecer lo logro, porque en la tercera noche que soñé esto estamos las dos en esa habitación. Entonces me doy cuenta de que hay una ventana. La abro y lo que vislumbro es un paraíso gigantesco. Le digo a mi hermana:
—Esto es muy lindo, ¡vamos! —pero ella se resiste. Me dice que le da miedo. Yo cruzo la ventana sin ella atraída fuertemente por la luz y los colores y no la vuelvo a ver.
Despierto.
Pasarían muchos años para poder descifrar este sueño que recordé durante los 18 años que estuve en sicoanálisis con Marta Duque. Un proceso durante el cual revisité toda mi historia y enfrenté verdades que tenía bloqueadas y que son muy dolorosas. Encontrarse con uno en este espacio terapéutico, en este trance, fue como armar un puzle que, a pesar de ser terrible, también me enseñó mi fortaleza, la luz.
Hoy entiendo que el sueño de la chimenea representa mi instinto de sobrevivencia. A pesar de todas las adversidades siempre he podido salir adelante y he cumplido mis metas. La pelea ha sido ardua y llena de sentimientos ambivalentes, sin embargo. Elegir este camino ha sido bien solitario.
Uno
Debe haber sido mediodía cuando sonó el timbre. Era el año 2005 y yo vivía en una casa antigua ubicada en la calle Los Maitenes, de esas que tienen postigos de madera, parroncito y minipiscina en Providencia. No me avisaron que irían, pero ahí estaban: dos sujetos de la Policía de Investigaciones (PDI), un hombre y una mujer con tifas (credenciales) en la mano, buscándome.
—Señorita Salosny, somos de Investigaciones —dijeron. Y cuando escuché eso me saltó la cuchara inmediatamente. Lo primero que pensé fue que le había pasado algo a mi mamá o a mi hermana, Marisol. Luego, que me llevarían presa por algo que había hecho, tal vez sin darme cuenta. Sin duda había pasado algo grave.
—¿Murió alguien? —pregunté enseguida. Pero la mujer policía negó con la cabeza.
—Es un tema delicado, tiene que ver con su padre y como usted es una figura pública, en lugar de citarla, creímos mejor venir a contarle.
Cuando escuché la palabra “padre” me estremecí. Como si mi vida pasara por mi cabeza en cámara rápida supe que lo que iba a escuchar era el horror. Inmediatamente hice pasar a los policías a la misma mesa en la que hoy me encuentro escribiendo este libro. Tenía un funcionario a cada lado cuando finalmente me explicaron lo que ocurría:
—Pertenecemos a la Brigada de Delitos Sexuales y Menores de la PDI. Estamos participando en una investigación en contra de su padre, Simón Salosny Hubner. La mujer de su socio y amigo lo denunció y se querelló por estafa y por abusar sexualmente de su hija de ocho años —relataron.
Ocho años. Esa fue la frase clave que me revolvió la guata.
—Quisiéramos saber si hay antecedentes de abuso en la familia de origen… —continuaron los policías. Hablaban con extremo cuidado. Mi respuesta, en cambio, fue como un vómito:
—Sí. Sí hay. Mi hermana. De los ocho a los 12. Y también yo. Si necesitan puedo declarar en su contra —les contesté sin titubear.
—¿Y su hermana también estaría dispuesta a dar su testimonio? —fue lo que preguntaron los funcionarios. Les pedí que me permitieran hablar con ella primero, que me dejaran su tarjeta con su número de contacto, y que en cuanto le preguntara a Marisol les informaría de su decisión. Ellos empatizaron y se fueron. Recuerdo que cerré la puerta con muchos sentimientos encontrados y que lo primero que hice fue llamar a mi madre.
—Tenemos que conversar —le dije al teléfono. Me era imperioso hablar con ella antes de hacerlo con mi hermana. Nos juntamos a almorzar en el Tiramisú. En ese lugar le conté que había llegado la PDI a mi casa.
—Están investigando a Simón —le dije a mi madre refiriéndome a mi padre. Muy lejos había quedado el tiempo en que le dije con cariño “Dada”, un apelativo que derivaba de daddy. Simón hablaba como cinco idiomas así que le gustaba que le dijéramos así cuando chicas, como papá en inglés. Miré a mi madre y le conté lo que les había dicho a los policías: que había antecedentes de abuso sexual en nuestra familia.
—¡Otra vez con eso Kathy! ¡Cuándo vas a dar vuelta la página si estas cosas pasan todo el tiempo! —fue su reacción. Quedé en shock. Sobre todo cuando ocupó como argumento que era normal que los familiares se te metieran en la cama y que no por eso la vida se detenía.
—A tu abuela le pasó y a mí también se me metían los viejos cochinos. Nunca falta el tío que se te mete a la cama, pero eres la única que se queda pegada en eso y no avanza —continuó mi mamá. Se me desencajó la cara. Que lo normalizara de esa forma me violentó.
—Perdón pero ¿no te das cuenta de que la única que no dio vuelta la página fuiste tú? —la increpé ese día en el Tiramisú—. ¡Fuiste tú quien se casó con un pedófilo y un abusador! Y ese abusador no solo dañó a mi hermana, sino que también a mí. Tenía 15 o 16 años y me chantajeaba con no seguir pagándome el colegio si te lo contaba, así que ¡tuve que aguantarlo en silencio hasta salir de cuarto medio! —le dije alzando la voz.
Mi madre apoyó abruptamente la espalda en el respaldo de la silla del restorán. Echada hacia atrás y sin preguntarme detalles, se largó a llorar sin parar.
—Sí, mamá. A mí también me pasó lo mismo que a mi hermana. Simón me embaucó y tú no tuviste idea… hasta ahora —continué. Era la primera vez que le contaba que Simón había abusado de mí. La primera vez que mi madre, que seguía llorando, oía mi verdad.
—¡Para de llorar! —le dije indignada—, yo sé que has cargado con una tremenda culpa durante toda tu vida, pero eso ya no nos sirve porque aquí la víctima más importante, la que ha sido silenciada durante todos estos años ha sido mi hermana, y esta es una oportunidad para redimirnos con ella. Necesito preguntarle si quiere declarar en contra de Simón y necesito que me apoyes en eso. No así, no con culpa, sino como una mujer fuerte. Necesitamos unirnos y rescatar, aunque sea tarde, a mi hermana y a esa niña. Además, va a ser necesario que estemos ahí si Marisol declara finalmente —le expliqué con vehemencia a mi madre.
Ocurrió, entonces, un hecho inédito: aparentemente mi madre lo entendió todo y se limpió las lágrimas. Fue la primera vez que nos conectamos realmente. Hasta ese momento yo, que había pasado por un largo proceso de sicoanálisis, la había castigado severamente por el impacto que había tenido en mi vida su abandono y su silencio.
Para mí era importante que ella hiciera por primera vez su rol de madre. Hasta ese instante el abuso de mi hermana no era un tema que hubiéramos hablado abiertamente. Es más, yo sentía que mi mamá intentaba rescatar a mi papá, quizá como una manera de expiar sus culpas, porque a pesar de que el abuso había ocurrido dentro del núcleo familiar nunca hizo nada. A veces decía cosas como: “Es que Simón era tan divertido…”. A lo que yo contestaba con rabia:
—¡No hables así de ese hijo de puta! —Pero hasta ahí llegaba la conversación y se cambiaba rápidamente el tema.
Ese día en el Tiramisú fue distinto:
—Ya, juntémonos con la Marisol —me dijo mi madre como si de pronto se armara de valor.
En ese entonces, mi hermana no veía a mi padre hace 15 años y yo por lo menos hace ocho. Aún así era un fantasma permanente, al menos para mí. Como sabía que vivía en Santiago igual que yo, siempre tenía el temor de encontrármelo. No sabía qué me iba a pasar o qué le podría llegar a decir si me lo cruzaba. Si me iba a saludar y yo lo haría de vuelta, o simplemente cruzaría la calle y me escondería.
Por otro lado, en mi fuero interno siempre supe que algún día la policía tocaría mi puerta. Tenía certeza de que esto no nos pudo haber ocurrido solo a nosotras y esa sensación, esa imagen de mi padre abusando de otra niña me carcomía por dentro. Independientemente de la decisión que tomara mi hermana en el encuentro que tendríamos, yo ya tenía tomada la mía: iba a declarar en contra de mi padre. Sentía que no podía quedarme de brazos cruzados.
Para mi sorpresa, el día que nos juntamos las tres con Marisol y le conté que estaban investigando a Simón por estafa y por abusar sexualmente de una niña de ocho años, ella tampoco tuvo dudas de participar:
—Chuta, lo volvió a hacer… —me contestó ensombrecida. Le expliqué que ella podía decidir libremente si asistir o no a la cita con la policía. Que podía declarar solamente yo si ella consideraba que era exponerse demasiado.
—No Kathy, yo también voy a ayudar a esa niñita —me dijo. Fue como si la noticia la empoderara:
—Cuenta conmigo. Yo voy a declarar todo lo que viví —agregó Marisol.
Mi mamá escuchó atentamente nuestro diálogo. Aun cuando no lo dijimos explícitamente, cuando hablábamos de rescatar a esa niña que no conocíamos, estábamos, en ese acto, rescatándonos también a nosotras, las niñas abusadas que fuimos. Por primera vez tocamos realmente el tema. Comenzaba así, y después de décadas de silencio, nuestra verdadera reparación.
Al día siguiente fui a buscar a mi mamá y a mi hermana en taxi para ir a la PDI. Fue súper potente porque íbamos las tres agarradas de las manos y sin emitir sonido. Que mi mamá se haya unido a nosotras para mí tuvo un significado tremendo, porque siento que ese día ella hizo clic y eso permitió que nos reconciliáramos. Al menos para mí fue como terminar de sacar los odios y las rabias que aparecieron en mi proceso de sicoanálisis y que estaban soterrados, para poner su rostro a la luz y lograr perdonarla.
Desde ese momento siempre fuimos las tres. No nos separamos más.
***
Nunca vi a la Marisol tan estoica como el día que fuimos a declarar en contra mi padre en calidad de testigos. Recuerdo que llegamos a un lugar de la PDI muy inhóspito y chico, lleno de carpetas y escritorios con archivos antiguos y olor a polvo. Y que mientras yo estaba asustada, preguntándome si estaba haciendo lo correcto, mi hermana se veía segura y le entregaba su testimonio a la policía con mucha firmeza, como si le hubieran puesto play a su memoria.
Yo estaba a su lado porque cuando los funcionarios nos preguntaron quién podía acompañar a la víctima en su declaración, me ofrecí de inmediato. Mi mamá, que es bien chora pero frágil emocionalmente, se quedó afuera esperándonos. Creo que entrar con Marisol fue mi manera de protegerla. Algo en mí no quiso que mi madre escuchara lo que íbamos a decir.
Lo sorprendente fue cuando la PDI comenzó a hacerle preguntas a mi hermana y me di cuenta de que ella prácticamente no tenía bloqueos. Rápidamente armaba el relato, es el que había tenido en su cabeza por años. Me acuerdo de que hablaba con soltura como si fuera una cosa muy naif, y que yo no la miraba mucho porque no quería encontrarme con sus ojos y que se sintiera invadida.
Su discurso era brutal y estaba plagado de detalles que yo no conocía. Todos me llevaron al pasado y me despertaron recuerdos dolorosos. Durante el tiempo que vivimos juntos, entre mi padre, Marisol y yo había una pared de diferencia. Hacerme consciente de que el abuso fue sistemático y que yo siempre estuve del otro lado de la muralla mientras eso ocurría en la casa que compartíamos me angustió demasiado.
—Mi padre me enamoró —le explicó ella a la policía luego de más de 30 años de silencio. Y es que cuando es el padre el que abusa de las hijas se establece una relación desde lo afectivo, desde la admiración, es así de épico y perverso. Yo también idolatré alguna vez a mi padre por lo bello y lo entretenido que era hasta que apareció el monstruo.
Todo era muy, muy triste. Acusar a mi papá, la culpa de mi madre, escuchar a Marisol diciendo que, además de ser abusada sistemáticamente, en una ocasión fue violada era la síntesis de una tragedia shakesperiana.
No recuerdo si estuve sola o acompañada cuando me tocó declarar a mí. A diferencia de mi madre o de mi hermana, yo me puse una coraza en la vida para poder sobrevivir y tengo varias lagunas que solo con el tiempo se han ido despejando. No recuerdo, por ejemplo, que nos quedáramos con una copia de nuestras declaraciones, o que supiéramos el nombre de la niña que fue víctima de Simón en este proceso investigativo en el que fuimos testigos. Tampoco me acordaba de que finalmente mi mamá sí entregó su testimonio a la policía y ratificó nuestros dichos: que Simón era un hombre enfermo. O que la mamá de la niña de ocho años que fue víctima de mi padre me llamara por teléfono para agradecer nuestra colaboración y lamentar lo sucedido, que es lo que consigna la prensa en esos años.
Como fuera, entramos y salimos ese mismo día del caso. Nunca fuimos a una audiencia. Sabíamos que nuestro padre iba a estar ahí y al menos yo, siendo una figura pública, no quería encontrármelo. Aun así tenía una dicotomía interna. Me preguntaba cuánto daño le iba a hacer a Simón el testimonio de mi hermana y el mío, si lo iban a meter preso por nuestros relatos. Sabía que declarar en su contra era el sablazo final y me sentía culpable.
La situación era tan fuerte que ese día, y después de ir en bloque, nos retiramos de la PDI rápidamente en un taxi. Dejé a mi mamá y a mi hermana en su departamento antes de volver a mi espacio.
—¿Era lo que había que hacer, Marisol? —le dije a mi hermana antes de irme.
—Sí, Kathy —me respondió sin dudar, y nos abrazamos fuertemente al despedirnos.
Ya estando a solas me desarmé. Por fin en mi casa me pude quebrar y me largué a llorar. Estuve en una catarsis por algunas horas hasta que sonó el teléfono en la noche: era mi madre.
—La Marisol se volvió loca —me dijo—, tienes que venirte ahora —me rogaba.
Eran las tres o cuatro de la madrugada cuando agarré el auto. A mi hermana se le había desatado un brote esquizofrénico, según diagnosticaría más tarde el equipo de especialistas de la Fundación Sendero. Se fue a dormir tranquila, pero luego despertó y bajó en camisa de dormir del departamento donde vivían con mi madre, convencida de que había guaguas debajo de los autos.
Cuando llegué mi hermana estaba como poseída. Había reventado y el cortocircuito físico, mental e interno le duró varios días hasta que los siquiatras la empastillaron y la lograron estabilizar. Fueron como tres meses de pesadillas. Veía karatecas que se parecían a mi padre, quien era cinturón negro. O escuchaba voces. A veces me llamaba siete veces seguidas:
—Es que hay arañas en el rincón, Kathy —me decía.
Y yo:
—No Marisol, no hay arañas, mira bien.
—Sí, tienes razón, no hay.
Marisol es mi hermana mayor, pero producto del abuso es la que quedó con más limitaciones y se transformó para siempre en una niña. Yo, en cambio, fui la que se salvó. La única que cruzó la ventana tras internarse en la chimenea.
Dos
Antes de que el abuso marcara nuestras vidas o de que al menos yo me hiciera consciente de que habíamos sido abusadas, mis recuerdos de infancia fueron muy felices. Con la Marisol fuimos testigos de lo bien que lo pasaba mi mamá con mi papá, y sobre todo de lo mucho que él la amaba. Estaba loco por ella.
La conoció en una piscina en Santo Domingo y la historia que nos contó mi mamá fue que cuando mi padre la vio quedó prendado de ella. Un tipo la estaba molestando o acosando, entonces Simón apareció, lo espantó y lo correteó como un héroe, ganándose su confianza.
Mi papá era joven y taquillero, pero dependía económicamente de mi abuela María y eso a la madre de mi madre, a mi abuela Oriana, nunca le gustó.
—Cómo te vas a casar con ese pobre pelafustán —le decía. Pero mi abuela y mi madre nunca se llevaron bien y mis padres (Simón y Carmen) terminaron juntos igual.
—Yo voy a hacer lo que quiera con mi vida —le contestó mi mamá, quien siempre ha usado el pelo corto y de joven era guapísima, dueña de una figura que llamaba la atención de todo el mundo. Se casaron. A los dos años de matrimonio, el 13 de marzo de 1962 tuvieron a Marisol y luego, el 8 de abril de 1964, nací yo. Nos transformamos en una familia de cuatro integrantes.
La mejor época fue cuando vivimos en Viña del Mar, en el precioso edificio sesentero Costa Azul, que es re conocido porque está sobre el Reloj de Flores. Recuerdo que era como curvo y que tenía un túnel abajo, por lo que bajabas el ascensor y podías recorrerlo. Siendo chica era una verdadera aventura entrar allí, para luego ver una luz bien lejos y llegar a la playa, a Caleta Abarca.
En ese tiempo mi padre —ojos azules, cuerpo atlético de un metro 78 y rubio— y yo teníamos una complicidad enorme. Nos íbamos de paseo a todas partes, subíamos el cerro Castillo y, como él era full deportista y escalador además de cinturón negro, lo recuerdo corriendo y trepando sin parar por las paredes. Lo miraba mientras hacía esas locuras y era como mágico e increíble. Políglota, guapo y encantador, tenía un parecido a James Dean.
Hubo un momento en que el “Dada” se hizo cargo de un barco famoso de la época, el Argonauta. Era un barco turístico bien bonito que daba unas vueltas a la bahía y que llegaba hasta Reñaca. César Antonio Santis era uno de los anfitriones y se tomaba champaña arriba todos los domingos. Hay fotos de mis padres vestidos de etiqueta con Santis, todos de blanco, impecables. En otra fotografía, que es muy bonita y que alguna vez pegué en mi diario de vida (un cuadernito rojo y pequeño que ahora me da pudor releer y al que le arranqué gran parte de sus hojas cuando me di cuenta de que todo era una estafa), salían mis padres solos mirándose el uno al otro. “Los mejores papás del mundo”, escribí en esos días.
Era una época feliz o al menos así quieres verlo cuando eres chica. Hasta que el cuento de hadas luminoso se apagó y se separaron. Marisol tenía como diez años y yo ocho. Fue espantoso. Jamás se habían levantado la voz pero ese día los vimos tirarse literalmente los platos por la cabeza. La escena de que todo se rompe, del quiebre total, fue en la cocina de un departamento grande, alto, bonito, con piso de parqué y con chimenea en Apoquindo. Con mi hermana empezamos a escuchar los gritos y cuando llegamos mi papá estaba abriendo las puertas de la alacena y agarraba de a montones los platos para lanzarlos al suelo. Después mi mamá agarró otro turro y empezó a quebrarlos también.
—¡Mira lo que hago con tus cosas! —le decía mi padre a mi mamá. No se agredían entre ellos pero sí se desquitaban con la loza.
En mi versión de las cosas, mi papá estaba furioso porque mi mamá le había dicho que se había enamorado del que sería su segundo marido. Augusto era un abogado de izquierda y amigo de Allende que años después sería detenido y torturado en el Estadio Nacional durante la dictadura de Pinochet.
Mi madre lo conoció cuando, después de muchos años siendo dueña de casa, entró a trabajar como su secretaria ejecutiva. Su entrada al mercado laboral se debió a que mi papá, a pesar de haber estudiado en el Saint George y de que se presentaba como publicista, nunca fue a la universidad ni sacó un título de nada. Era bien busquilla, autodidacta y emprendedor. Pero, como buen gozador, cuando tenía plata la derrochaba, y como era fanático de los autos siempre los cambiaba.
Hubo veces que se quedaba sin lucas y de repente no teníamos plata ni para comprar leche. Mi mamá sufría y lloraba mucho con su inestabilidad laboral, discutían permanentemente por dinero y eso la fue desencantando. Cuando conoció a Augusto y comenzaron a trabajar juntos, ella cuenta que se enamoró perdidamente de él y también de su ideología política de izquierda. En la familia de mi mamá, y sobre todo en la de mi papá, todos eran de extrema derecha. Los almuerzos con algunos integrantes que no eran fachos —algunos primos— siempre terminaban en discusiones enormes que a veces se zanjaban con balazos al aire, según recuerda mi madre. En la casa de la abuela paterna, de la María, todo era así de extremo: la mesa abundante, las sobremesas eternas y las peleas radicales. Peleaban en ruso, además.
Mi padre llegó en 1949 junto a sus dos hermanas mayores a Chile como un hijo de inmigrantes ruso-judíos que huyeron de la Segunda Guerra Mundial. Tenía 13 años y estuvo en un campo de refugiados en Europa antes de embarcarse a Latinoamérica. Cuando llegó la Unidad Popular mis abuelos se radicaron en Australia, pero mi padre se quedó en Chile. La abuela María, que era muy chora, autónoma, lúcida, flaca, fibrosa y muy parecida físicamente a mí, vio morir a mi abuelo y desde ese momento no quiso vivir con nadie más. Fumó y nadó hasta el último día. Falleció de vieja a los 80 y tantos, durmiendo.
Ese día que mis padres se tiraron los platos por la cabeza, la escena fue tan violenta que con mi hermana lloramos sin parar. De repente ellos se dieron cuenta y se quedaron de pie, como congelados uno frente al otro. Al vernos a nosotras angustiadas y el desastre que dejaron en la cocina, se empezaron a reír a carcajadas, yo creo que de puro nerviosos. No recuerdo más. Es como si de ese borrón saltara a la escena en la que mi padre se despidió de mí. Fue un día tristísimo.
Fue en la entrada de los estacionamientos del edificio Apoquindo que habló conmigo y me dijo que se iban a separar con mi mamá. Recuerdo que se agachó para ponerse a mi altura y me abrazó diciéndome que se tenía que ir, que ya no iba a vivir más con nosotras. Yo me largué a llorar, lo amaba, me sentía su regalona y no podía creer que se fuera de la casa. Fue tan fuerte que hasta hoy tengo la escena grabada.
Posteriormente mi mamá me contaría que en realidad lo que ocurrió fue que ella se enamoró de Augusto tras aguantar por años que mi padre la engañara con todas sus amigas, pues era muy mujeriego.
A pesar de que mi mamá nos vestía iguales con Marisol, tanto ella como mi abuela Oriana —esta última obsesiva con la estética y otrora reina de belleza— solían decirme que yo era el patito feo. A diferencia de mi hermana, que tenía una hermosura supina y a quien la gente paraba en la calle para contemplarla desde que era guagua, yo tenía otro estilo y personalidad: era más achorada y más masculina, quería trepar las paredes como mi papá.
Supongo que parecerme a mi padre era mi manera de llamar su atención porque ni la de mi mamá ni la de mi abuela Oriana las tenía. La Marisol era todo para ellas, yo, en cambio, heredaba sus ropas. Era la segunda en tantos sentidos y sin embargo, qué brutal, pero fue eso lo que me salvó del abuso hasta que fui adolescente: no haber sido la elegida del papá. Marisol, que nació con la carga de ser preciosa, la querida, sí lo fue.
***
Pasó un tiempo hasta que mi mamá nos contó lo de Augusto. Pero cuando llegó el Golpe de Estado del 73 todo se aceleró. Tengo algunos borrones sobre esa época, pero recuerdo que nos lo presentó con mucha sutileza y que nos dijo que quería que nos fuéramos a vivir con él. Mi papá también se emparejó. Lo hizo con Cristina, una mujer muy rara que nunca nos quiso a Marisol ni a mí.
Tras la separación de mis padres y la llegada de Augusto a nuestras vidas nos fuimos a vivir a Reñaca. Allá él tenía unas cabañas y construyó una casa de madera muy bonita que estaba muy cerca del Topsy, donde nos instalamos. El clima político estaba muy agitado en los 70 y había veces que Augusto desaparecía. Nosotros no supimos el motivo hasta que éramos más grandes, pero lo que ocurría era que los agentes de la dictadura lo estaban buscando y tenía que arrancar y esconderse permanentemente.
Mi mamá también empezó a desaparecer con él. Quería cuidarlo y estaba enamorada hasta las patas, así que nosotras nos quedábamos solas y al cuidado de una nana en la casa de Reñaca sin entender muy bien lo que pasaba. De madrugada no faltaban los allanamientos. Llegaban los milicos con tanta fuerza que hasta el día de hoy le tengo fobia a los uniformes. Recuerdo sus botas entrando y revisando hasta el último rincón. Como la casa era de madera, esta sonaba completa cuando irrumpían.
—¿Dónde está este desgraciado? —preguntaban, y nosotras en la cama con mi hermana, en una suerte de abandono, porque mi mamá no estaba. Augusto estaba en peligro de muerte y ella buscaba las maneras de arrancar con él. Finalmente lo agarraron y lo metieron preso en el Estadio Nacional. Pero mi mamá tampoco volvió a la casa. Agarró un saco de dormir y alojaba en una carpa afuera del estadio, con todas las mujeres que tenían a sus maridos detenidos allí mientras nosotras seguíamos en Reñaca.
