El arte de la conversión - Raúl Gutiérrez - E-Book

El arte de la conversión E-Book

Raúl Gutiérrez

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Beschreibung

Los símiles de la línea y la caverna expuestos en la República de Platón son una de las imágenes más impactantes e influyentes de la historia de la filosofía, pero también la expresión fundamental de la filosofía platónica. En ellos se despliegan las fases del proceso formativo del filósofo hacia la contemplación de las Ideas y del Bien y su consecuente retorno para hacerse cargo de los otros. El guía en ese camino es Sócrates, quien desarrolla su "arte de la conversión", un arte que adecúa sus medios de enseñanza al nivel intelectual y moral de sus interlocutores. Así, Raúl Gutiérrez nos propone leer la obra maestra de Platón siguiendo el camino trazado en estos símiles. Vistos de esta manera, los símiles sirven de clave hermenéutica del diálogo en su conjunto, pero, al mismo tiempo, ellos mismos son iluminados por los resultados de esa lectura. En el capítulo fi nal, el autor aplica su propuesta a uno de los diálogos más enigmáticos de Platón, el Parménides.

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Veröffentlichungsjahr: 2020

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Raúl Gutiérrez es magíster y doctor en Filosofía por las Universidades de Friburgo y de Tubinga, en Alemania. Es profesor principal de la PUCP. Desde 2009 es el editor responsable de Areté.Revista de Filosofía. Ha sido presidente de la Asociación Latinoamericana de Filosofía Antigua (ALFA) y es miembro de la International Plato Society. Ha publicado Schelling. Apuntesbiográficos (1990), Wille und Subjekt bei Juan dela Cruz (1999) y ha editado Los símiles de la República VI-VII de Platón (2003) y Μαθήματα. Ecos de filosofía antigua (2013). Es autor de varios artículos sobre Platón, Plotino y el platonismo medieval en diversas revistas especializadas y ha colaborado en una traducción de la correspondencia entre Kant, Fichte, Schelling y Hegel (2011).

Raúl Gutiérrez

El arte de la conversión

Un estudio sobre la República de Platón

El arte de la conversión. Un estudio sobre la República de Platón© Raúl Gutiérrez, 2017

© Pontificia Universidad Católica del Perú, Fondo Editorial, 2018Av. Universitaria 1801, Lima 32, Perú[email protected]

Imagen de portada: Ricardo Wiesse Rebagliati, detalle de la pintura Pachacámac, 2003, óleo/tela de 1.40 x 0.60 m

Diseño, diagramación, corrección de estilo y cuidado de la edición: Fondo Editorial PUCP

Primera edición digital: abril de 2018

ISBN: 978-612-317-345-6

A mi hijo Gabriel,con él nació y creció esta idea

Prólogo

Todo comenzó por el final de este libro, es decir, por la propuesta de leer el Parménides a partir de la estructura de los símiles de la línea y de la caverna (capítulo 10). Las objeciones no se hicieron esperar. La primera alegaba que, al igual que las reglas lógicas en Aristóteles, los símiles solo tenían una función programática y no tenía sentido pensar que Platón había escrito sus diálogos tomando en cuenta su estructura. La segunda argüía que el uso alegórico del espacio era de origen neoplatónico y que mi lectura era excesivamente sistemática. En ese entonces ya tenía argumentos para elaborar una respuesta a esas réplicas. Por un lado, la concepción platónica del discurso como un ser vivo felizmente ordenado (Fedro 264c) que remite a la imagen del alma racional como la «acrópolis del alma» (República 560b6-7). Por otro lado, la comparación, en la alegoría de la caverna, del ascenso del filósofo con el realizado desde el Hades hasta el ámbito de los dioses (521c3, 534c7). Sin embargo, no me imaginé que a lo largo de las dos décadas siguientes descubriría que la República en sí misma también recurre a la comprensión alegórica del espacio y ha sido compuesta a partir de la estructura de los símiles. Incluso cada vez me convenzo más de que el desarrollo de la obra platónica en su conjunto —desde los diálogos aporéticos del primer período, los diálogos constructivos del período medio, hasta los más técnicos del último período— corresponde a la visión plasmada en esos símiles, una mirada eminentemente pedagógica. Si en el principio ya se hallaba esa perspectiva o si es, más bien, el resultado de una reflexión sobre el camino seguido hasta entonces, son hipótesis que exceden mi propuesta. No obstante, considero que este libro contribuye a una toma de decisión en este sentido.

Son muchas las personas e instituciones a las que quiero agradecer. Entre estas últimas, a la Pontifica Universidad Católica del Perú, que, al otorgarme primero la condición de docente investigador y, luego, un año sabático, hizo posible —con la discusión de la idea en sus aulas y en los diversos foros internacionales a los que me facilitó el acceso— el desarrollo y la culminación de esta investigación. Este libro no es, empero, una mera recopilación de los artículos que he publicado a lo largo de dos décadas; en todos los casos, estos han sido sometidos a una completa revisión que ha conducido a nuevos resultados, aunque la idea central se haya mantenido y, por lo general, también los títulos originales1. A Thomas A. Szlezák va mi más profundo agradecimiento por el interés con que acogió la propuesta desde un inicio. Agradezco, asimismo, a los estudiantes que atendieron mis seminarios sobre la República y el Parménides, especialmente a Gabriel García, Alexandra Alván, Rodrigo Ferradas, Rafael Moreno y Carlos Schoof, quien listó los pasajes de las obras de Platón para el indexlocorum. Alexandra y mi amiga Fortunata Barrios revisaron cuidadosamente el estilo del manuscrito. Luego, Militza Angulo Flores, del Fondo Editorial PUCP, hizo la corrección final. Mi especial agradecimiento a ellas. Por último, pero ante todo, a Lyda y Gabriel, que me han acompañado todos estos años.

1 Todos estos artículos son citados en la bibliografía.

…tododiscursodebeestarcompuestocomounservivo,conuncuerpopropio,deformaquenoseaacéfalo,nilefaltenlospies,sinoquetengamedioyextremidades,yque,alescribirlo,secombinenlaspartesentresíyconeltodo.

Platón, Fedro264c2-5

…quelafilosofíaesla«música»másexcelsa.

Platón, Fedón61a3-4

La músicaesunejerciciodemetafísicainconsciente,enlacualelespíritunosabequehacefilosofía.

Schopenhauer

El largorecorridodelamateriaatravésdelafunciónhastaeltrabajocreativotieneunúnicoobjetivo:ponerordenenladesesperadaconfusióndenuestrotiempo.Necesitamostenerunorden,asignandoellugarcorrectoacadacosaydandoacadacosaloqueleesdebidodeconformidadconsunaturaleza...

Ludwig Mies van der Rohe

Capítulo 1. Disputas sobre las sombras de la eikasía y las estatuas de la pístis. República I y II

En la sección de la República en la que presenta su interpretación de los símiles de la línea y la caverna, Sócrates señala que, después de haber accedido a la visión de la Idea del Bien y, en consecuencia, haber concluido, entre otras cosas, que esta es la causa de todo lo recto y lo bello, el filósofo desciende de las contemplaciones divinas a los males humanos mostrándose inicialmente torpe y ridículo, debido a que aún ve mal y no se ha acostumbrado suficientemente a la oscuridad que lo rodea. Entonces, aun cuando no hubiera querido ocuparse de los asuntos humanos, sino que, más bien, hubiera preferido permanecer en el ámbito inteligible, se ve obligado (ἀναγκαζόμενος)29 a contender, en los tribunales o en cualquier otra parte, sobre las sombras de lo justo o sobre las estatuas que proyectan estas sombras (περὶ τῶν δικαίου σκιῶν ἢ ἀγαλμάτων ὧν αἱ σκιαί), y a disputar al respecto con aquellos que no han visto jamás la Justicia en sí (República 517c-e). Si bien Platón utiliza aquí el término ágalma en lugar de andriás que aparece en la alegoría de la caverna (ἀνδριάντας καὶ ἄλλα ζῷα, 514c1), dado el contexto, es claro que no lo está usando para contrastar las estatuas de los dioses con las de los hombres, sino que ágalma es usado, más bien, como una denominación genérica (LSJ, 5,4) que, entre otras, incluye las estatuas de hombres. Si, además, tenemos en cuenta que el filósofo se ve obligado a discutir con aquellos que no conocen la Idea de justicia (517e1-2), podemos concluir que las disputas en cuestión se refieren a las concepciones comunes de la justicia y el hombre justo y a sus modelos o supuestos teóricos30. Precisamente sobre ellas, sostengo, se discute respectivamente en República I y II.

Ahora bien, si se toma en cuenta la coincidencia entre la caverna y la línea (517b1), República I correspondería a las sombras de la eikasía y República II a las estatuas de la pístis. De esta manera, la frase inicial de la obra —κατέβην χθὲς εἰς Πειραιᾶ: «descendí ayer al Pireo»— no sería meramente casual ni serviría únicamente como representación del descenso del filósofo Sócrates a la caverna, sino más bien indicaría que toda la obra habría sido concebida como un desarrollo de los símiles de la línea y la caverna31. Un apoyo textual encuentra esta lectura en el pasaje 361d4-6, en el que Sócrates, refiriéndose a los perfectos ejemplares de los hombres justo e injusto que ha presentado Glaucón, le dice: «¡Es maravilloso […] el modo vigoroso en que has pulido a estos dos hombres, como estatuas (ὥσπερ ἀνδριάντα), para juzgarlos». Pero, además, Glaucón se refiere más adelante a Sócrates como un andriantopoiós, un escultor, pues ha construido un modelo de gobernantes (540c), los verdaderos filósofos, cuyas concepciones de la naturaleza humana y divina contrastan con las de los poetas tradicionales y los sofistas en quienes, como veremos, Glaucón y Adimanto apoyan sus discursos o, siguiendo la sugerencia de Sócrates, la construcción de sus estatuas. Sin embargo, como trataré de mostrar, hay una diferencia notable entre las estatuas de Sócrates y aquellas de los hijos de Aristón. Por un lado, los poetas no hacen más que «imitar lo que le parece bello a la multitud y a los que nada saben» (οἷον φαίνεται καλὸν εἶναι τοῖς πολλοῖς τε καὶ μηδὲν ειδόσιν, τοῦτο μιμήσεται, 602b2-4) y los sofistas «no enseñan otra cosa que las opiniones de la multitud» (μή ἄλλα παιδεύειν ἢ ταῦτα τὰ τῶν πολλῶν δόγματα), «sin saber verdaderamente nada de lo que en estas convicciones y apetitos es bello o feo o bueno o malo o justo o injusto», y las elevan al nivel de una téchnē, con lo que les otorgan incluso el nombre de «sabiduría» (σοφίαν, 493a-c). En cambio, los verdaderos filósofos, como el pintor platónico, han de instituir (τίθεσται) en este mundo o, si la polis justa ya existiera, preservar (σῴζειν) las normas (νόμιμα) relativas a las cosas bellas, justas y buenas dirigiendo la mirada al modelo inteligible (484c-d, 540a8 ss.; cf. 520c). Así pues, en este sentido, Sócrates distingue dos tipos de estatuas de la justicia, aquellas en las que cada parte ha sido pintada según lo que le corresponde (τὰ προσήκοντα), de modo que formen un conjunto hermoso, y aquellas que han sido pintadas sin tomar esto en cuenta (420d). De esta forma, tendremos estatuas elaboradas sobre la base de la dóxa y otras según la epistḗmē32. Sin duda, ambas solo serían semejantes a la Idea correspondiente, pero las segundas lo serían en mayor grado33. En conformidad con ello, podremos también distinguir distintos tipos de sombras, distinciones que, como trataré de mostrar, se ven reflejadas en República I y II.

1.1. Eikasía y pístis en el símil de la línea

Teniendo en cuenta el paralelismo entre las fases de la línea y la caverna, tendríamos que equiparar, como sostengo, la condición de los prisioneros en la caverna a la de la eikasía en la línea. No quiere ello decir, sin embargo, que los objetos a los cuales se refieren sean los mismos. Pues aun cuando en ambos casos se trata de unas imágenes (εἰκόνες) y sus originales, hay diferencias por considerar. Las imágenes de la eikasía en la línea son «sombras» y «reflejos (φαντάσματα) en el agua y en cuantas cosas tienen una consistencia compacta, lisa y brillante, y en todo lo de ese género» (509e1-510a3). Sus originales, los objetos de la pístis, son «los animales (ζῷα) que nos rodean, todas las plantas y el género entero de lo que es fabricado (σκευαστόν ὅλον γένος)» (510a5-6). En suma, los originales a los cuales se refiere la pístis en la línea son seres vivos y artefactos, entes visibles en general, de modo que la eikasía estaría referida a sombras y reflejos suyos (510a1-3). Ahora bien, a diferencia de la línea, los originales de las sombras proyectadas al fondo de la caverna son «artefactos de todo tipo» y «unas estatuas de hombres y otros animales hechas de piedra, de madera y toda clase de materiales» (514c1-515a1). Todos estos objetos son transportados por unos hombres detrás del muro que se encuentra al interior de la caverna; no se nos informa nada en la caverna sobre la identidad de estos hombres ni sobre los fabricantes de esos objetos. Pero, además, no son estos los únicos objetos cuyas sombras ven los prisioneros en la caverna. También se dice que los prisioneros ven sombras «de sí mismos y los otros [hombres]» (515a6). Curiosamente, esta última precisión suele ser ignorada por los intérpretes34, como es el caso de Dominick, quien, precisamente, en contra de la interpretación que defiendo, dice que los prisioneros no discuten sobre estatuas de la justicia y sus sombras, sino sobre «gente y otros animales» (514c1-515a1, 2010, p. 7). Este autor no tiene en cuenta la distinción entre los dos grupos de objetos cuyas sombras ven los prisioneros: a) «de sí mismos y los demás [hombres]» y b) de los objetos «transportados» (παραφερομένων, 515b2; cf. 514b8-c1) y «fabricados» (εἰργασμένα, 515a1). Si consideramos los primeros como «seres vivos» y los segundos como «artefactos», estaríamos ante los mismos objetos cuyas sombras y reflejos ve quien, según la línea, se encuentra en eikasía. Ello sería suficiente para identificar la condición de los prisioneros con la de quienes se encuentran en el estado de eikasía. Sin embargo: a) en la caverna, ya que sirve de ilustración de la condición de nuestra naturaleza según disponga de educación o no, se precisa que estos artefactos son «estatuas de los hombres y otros animales/seres vivos»; b) en el comentario se añade además que esas estatuas son estatuas de la justicia (περὶ τῶν δικαίου σκιῶν ἢ ἀγαλμάτων ὧν αἱ σκιαί, 517d9); y c) en República II se refiere Sócrates a los sendos ejemplares del hombre justo «pulidos» por Glaucón como «estatuas» (ὥσπερ ἀνδριάντα). De ninguna manera se trata, entonces, de hombres y otros animales, sino de ciertas concepciones del hombre justo —por eso ἀνδριάντα— y, por consiguiente, de la justicia y sus sombras, o de la manera en que esas concepciones son entendidas por el hombre común que desde niño ha sido formado en ellas. Por esta razón, Sócrates compara la condición de los prisioneros y, por consiguiente, de la eikasía con la nuestra (ὁμοίους ἡμῖν, 515a5)35.

Si trasladamos esto a la línea, llama, empero, la atención que la eikasía sea referida a las «sombras» y «reflejos» de los entes visibles. Pues, efectivamente, como han señalado muchos intérpretes, es absurdo pensar que hay un estado inicial en el desarrollo del conocimiento humano en el que solo vemos sombras de objetos sensibles. Como señala Dominick: «Yo no quiero comerme la fotografía de un cono de helados» (2010, p. 4). Por esa razón, hay quienes piensan que la eikasía es un concepto introducido solo para mantener una simetría con la división del segmento de lo inteligible o que, en el mejor de los casos, conjuntamente con la pístis, sirve solamente como ilustración de la relación entre los dos segmentos de la parte superior de la línea36. Según nuestra interpretación, el caso de los prisioneros es más comprensible, pues ellos discuten sobre las concepciones comunes de la justicia y las teorías que les sirven de fundamento. Sin embargo, en la alegoría de la caverna, Glaucón se refiere tanto a la imagen de la caverna como a los prisioneros del modo en que muchos intérpretes se refieren a la eikasía según la línea, como «extraños, absurdos, fuera de lugar (Ἄτοπον […] είκονα καὶ δεσμώτας ἀτόπους, 515a4). Es más, a esos intérpretes les parece absurdo no solo que la eikasía sea referida a «sombras reales», sino que se caracterice por la confusión de esas sombras o, en general, de las imágenes con sus originales37. En definitiva, según esa corriente interpretativa, la eikasía sería la condición en la que se reconoce la imagen en cuanto imagen, se la distingue, por tanto de su original; más aún, sería una forma de aprender que consiste en hacer conjeturas sobre el original basándose en imágenes (cf. Dominick, 2010, p. 1)38. Por contraste, sostengo que quien se encuentra en la condición de eikasía no sabe nada sobre su propia condición —los prisioneros solo ven «sombras de sí mismos» (515a6)—, de manera que, en verdad, es el filósofo quien distingue las diversas formas del saber y sus objetos correspondientes. Pues, el camino de ascenso mostrado por la caverna tanto como sus diversas fases ontoepistemológicas establecidas en la línea solo adquieren sentido desde la perspectiva de la meta a la que conducen. Como sabemos por expresa declaración de Sócrates, es la Idea del Bien la que las ilumina, las hace útiles y beneficiosas (χρήσιμα καὶ ὠφέλιμα, 505a4; cf. 505a5-b1). En realidad, solo el que ha visto la verdad sobre las cosas bellas, justas y buenas, una vez que descienda de esa contemplación, estará en condiciones de conocer cada imagen y de qué es imagen (520c1-6). Semejante afirmación es, sin duda, válida para los diversos niveles. Solo quien asciende al nivel inmediatamente superior toma conciencia, al volver la mirada a los objetos del nivel inferior, de que estos no son más que imágenes. No hay que olvidar que la línea y la caverna muestran un proceso de ascenso y de despertar que, según la caverna, es un proceso de liberación de las cadenas y de curación de la locura o irreflexividad (ἀφροσύνης, 515c4-5) en la que están sumidos los prisioneros en razón de que «creen que la verdad no es otra cosa que las sombras de los objetos fabricados» (515c1-2). El inicio del proceso, sin embargo, no está a nuestra disposición, sino que somos «forzados» (ἀναγκάζοιτο, 515c6; cf. e1, 6) a emprenderlo con la ayuda y guía de «alguien» (τις, 515d1) que, sin duda, es el filósofo o, según la acción dramática del diálogo, Sócrates39.