4,49 €
"El Chapu" es la biografía autorizada de Andrés Nocioni, la primera de un jugador de la Generación Dorada de básquetbol, campeona olímpica en el 2004 y bronce en el 2008. El libro cuenta la vida de Nocioni desde sus inicios en Ceci de Gálvez, su paso por la Liga Nacional, su despegue en Europa y su consagración en la NBA. 356 páginas para conocer al jugador del pueblo, el Alma dentro del Alma. El autor habló mano a mano y recogió testimonios exclusivos de Manu Ginóbili, Luis Scola, John Paxson, Dusko Ivanovic, Sergio Llull, Luka Doncic, Pablo Prigioni, Carlos Delfino, Pepe Sánchez, Fabricio Oberto, Gregg Popovich, Facundo Campazzo, Leo Gutiérrez, Walter Herrmann, Pablo Laso, Felipe Reyes, Rubén Magnano, Sergio Hernández, Julio Lamas, Sergio Scariolo y muchos más. Desde adentro, un libro imperdible de un jugador único.
Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:
Veröffentlichungsjahr: 2018
Andrés NocioniEl Chapu
Andrés NocioniEl ChapuMemorias de un guerreroBiografía autorizada
Fabián García
Portadilla
Legales
Prólogo / Por Adrián Paenza
Prólogo / Por Fabián García
Orígenes
Se agranda la familia
Los hermanos Macana
El monaguillo
Un nene grande e inquieto
El germen del aro
El cambio
Venado, segunda escala
Golpe, despegue y cambio
Aerolíneas Chapu
El salto
Un paso atrás, para tomar envión
La explosión
La gloria, o casi
La transición
Se abren los puentes
El año D
Chicago: bienvenido al show
Consolidación entre los mejores
Japón 2006, el torneo bisagra
Un año accidentado
El gran contrato
El comienzo del fin
Una nueva aventura con final feliz
La caída
Receso y desilusión
La frustración de Turquía y con los Sixers
Los Rolling Stones reloaded
Volver a vivir por duplicado
Vuelta a la (in) actividad
La vuelta a Europa
¿Los últimos Juegos?
El placer del retorno
Ciclo cumplido
La segunda despedida
El broche perfecto
La vuelta del no retiro
El año de transición hacia Río
Río, el primer golpe al corazón
La última
Agradecimientos
García, Fabian
El Chapu : memorias de un guerrero / Fabian García ; prólogo de Adrián Paenza. - 1a ed. ilustrada. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Fabian García, 2018.
Archivo Digital: descargaISBN 978-987-778-093-2
1. Biografía. I. Paenza, Adrián, prolog. II. Título.
CDD 920.71
Foto tapa: AP Foto contratapa: FIBA / José Jiménez Fotos retiraciones de tapas: Gentileza CABB
El Chapu Fabián García 1º edición
Editorial Básquet Plus. Betbeder 1237 (1428) Buenos Aires, Argentina
Diseño: Juan Martín Fernández Puenzo / Sebastián Yáñez
Primera edición en formato digital: noviembre de 2018
Digitalización: Proyecto451
Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del “Copyright”, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento informático.
Inscripción ley 11.723 en trámite
ISBN edición digital (ePub): 978-987-778-093-2
Dedicado a Andrea,
Manolo, Carmen y Daniela,
por estar, siempre,
donde sea.
PRÓLOGOPOR ADRIÁN PAENZA
El potro indomable
El episodio tuvo lugar hace 13 años. Tengo acceso a algunas notas de la época que me sirven para refrescar mi memoria. El estadio de Chicago, que Michael Jordan ayudó a construir, estaba repleto, como casi siempre. Chicago, a pesar de que Jordan se retiró hace tanto tiempo, sigue teniendo una base de aficionados constantes/leales, que le permite mantener un estadio lleno en virtualmente todas las participaciones de los Bulls. Es como que el recuerdo de esa época se mantiene vivo, como si los que van/vamos a la cancha, lo hacemos con la secreta esperanza de que en algún momento, el tiempo volverá hacia atrás y aparecerá esta suerte de Dios en el que se convirtió el mejor jugador de básquet de la historia. Pero me desvié. Y me desvié porque quiero proponerle que se sitúe en el lugar que quiero describir.
La cultura argentina (por poner el ejemplo que nos interesa a noso- tros, pero que es fácilmente extrapolable a casi todo lo latino), hace que sea natural y/o esperable que en una cancha cualquiera, de cualquier deporte masivo, frente a una gran actuación, como una cascada caiga el nombre del actor, coreado o vitoreado por la multitud. Es algo así como la gran caricia al corazón. Elija usted el deportista y/o el deporte y seguro que encontrará algún ejemplo local que le sirva para identificarse. Los casos mundiales, como el famoso Maradooooo o incluso de Messi o Riquelme en la cancha de Boca o el de Francéscoli o Alonso en River, y solo por poner algunos ejemplos que estoy seguro que le resonarán a usted. Me faltaría agregar el nombre “Manu, Manu”, que también viene bajando, en reconocimiento al más grande basquetbolista de la historia que dio la Argentina y seguro integrante del Hall de la Fama (¿el primero, no es así?).
La noche del 24 de abril del 2005, Chicago jugaba un partido de los playoffs contra Washington cuando el Chapu Nocioni, en su primer año como jugador de los Bulls, había logrado ya romper una marca particular: capturar 18 rebotes, un record para un rookie, como se conoce en Estados Unidos a cualquier jugador debutante. Y el Chapu lo era. En el sentido técnico y estricto de la palabra, seguro que no. De hecho, ya había triunfado no solo en la Argentina sino muy especialmente en Europa y muy en particular en España. Empezaba a quedar claro, por si hiciera falta algún símbolo más, la gran diferencia en actitud que le permitiría a Andrés sobresalir en un mundo de sobresalientes.
Estoy a punto de escribir aquí algo que he pensado muchas veces y, de hecho, lo he comentado con él. Sepa usted entenderme si es que se va a pelear conmigo por la frase que sigue, pero, si tiene un instante de generosidad, creo que nos podremos poner de acuerdo.
Jugadores con las condiciones naturales del Chapu hay miles. Sí, miles. Y ni hablar en Estados Unidos, que es reconocido mundialmente como una potencia que supera todo lo conocido. De hecho, el Dream Team de Barcelona 1992 fue quien determinó para siempre la diferencia abismal que hay entre los jugadores de la NBA y el resto del mundo. Pero, entonces... ¿en qué consiste la diferencia? ¿Por qué puede jugar Nocioni en la NBA? ¿Por qué no solamente juega, sino que se transformó en un jugador imprescindible en su equipo en Estados Unidos como en todos los otros equipos que integró? Es que Nocioni trae de fábrica un atributo muy difícil de encontrar: ¡el corazón! El Chapu quiere todo lo que se le ponga por delante y un poco más. Lo quiere con un poco más de pasión, un poco más de voluntad y es una suerte de desafío personal: si las estadísticas le obran en contra, si el mundo que lo rodea espera que él no pueda, entonces, eso transforma el objetivo en muchísimo más apetecible y, de hecho, termina siendo el motor de esa misma búsqueda. Esa noche, yo estaba en Chicago junto a mi sobrinito Max, de siete años en ese momento. Estábamos parados, como todo el estadio. Me miró sorprendido porque no entendía bien qué pasaba. Allí me di cuenta de que no es que tuviera los ojos húmedos... !No! Las lágrimas me chorreaban por el cuello, caían a borbotones reflejando mi emoción. No alcancé a fijarme bien, pero creo que en algún momento casi me explota el pecho.
Muchas veces terminamos noches de partido discutiendo sobre tal o cual acción, y sobre tal o cual jugador, pero acá es donde quiero contar una anécdota particular. Uno de los más grandes jugadores de la historia fue David Robinson, exjugador de San Antonio. Quizás usted recuerde esa sonrisa infecciosa que lo acompañó a cualquier lugar en donde haya estado. San Antonio era un equipo más, aún con Gregg Popovich en el mando, pero cuando finalmente Robinson, que había sido elegido por San Antonio en el draft (pero que no podía integrarse porque tenía un compromiso en la Marina), se integró al grupo de jugadores de San Antonio, allí cambió el destino de la franquicia y la cantidad de títulos que le siguieron.
Pero a Robinson, un jugador maravilloso, elegante, que se desplazaba como una gacela, aún con sus casi 2 metros 15 (sí, de nuevo, 2 metros y 15 centímetros), con una zurda portentosa, un toque suave, como si fuera de seda, le alcanzaba su talento y destreza natural para conquistar al mundo del básquetbol, incluso antes de que le llegara un refuerzo particular a su vida: Tim Duncan. ¿Por qué hablar de David Robinson acá?
Un conocido exentrenador de básquetbol, un integrante del Hall de la Fama, alguien híper respetado en Estados Unidos, me dijo un día en una convención, en un apartado: para saber qué posibilidades tiene San Antonio, hay que saber si Robinson jugará con el corazón abrochado... ¡o no!
Fue una frase impactante y prefiero reservarme el nombre del técnico que me lo dijo porque mantengo con él una gran amistad y no querría que la relación de él con Robinson se viera mortificada por una observación tan sencilla como contundente y cierta. Pero al mismo tiempo, me permite aprovecharme de ella, para decir que, si hay alguien que nunca tuvo botones, que nunca tuvo ningún lugar en donde poner su corazón que no fuera su propio pecho, que fue inconsciente, que nunca especuló, que siempre quiso todo un poquito más, ese fue el potrillo indomable, ese fue el querido Chapu.
Tengo infinita curiosidad por leer el libro que cobija este texto pero yo sé con qué me voy a encontrar. Cualquier biografía que pretenda encorsetar la figura de alguien como Andrés, terminará siendo injusta, no hay manera. Por otro lado, ¿cómo no exagerar? Yo mismo me peleo internamente para no enfatizar una y otra vez, todas las aristas que me hacen quererlo. Pero... ¿podría yo escribir algo que exhiba con claridad todo lo que es el Chapu y no exagerar? ¿Cómo hago yo para saber exactamente en dónde parar? Y por otro lado, ¿quién dice que tengo que parar?
Una anécdota más, que seguramente estará reflejada en alguna parte. En uno de los entrenamientos antes del Mundial de Japón, los jugadores iban practicando todas las jugadas que el cuerpo técnico tenía preparadas para ellos. Por supuesto, Manu llevaba la mayoría, pero después aparecían Luifa, Carlitos... y así siguiendo. ¡Lo curioso es que en ningún momento había jugadas específicas para el Chapu! Cuando el Oveja se dio cuenta, pidió disculpas y le dijo: “Ahora practicamos las tuyas Chapu”. La respuesta de Andrés ya no sé si es esperable pero es típica. “¡No te preocupes por mí! ¡No te preocupes en practicar jugadas para mí! ¡Yo me arreglo! ¡Yo me arreglo con todas las que sobren! ¡Aprovechá a los otros!”
Si el mundo tuviera más personas como él, toda esta vida sería mejor. Por supuesto que no es infalible, por supuesto que habrá miles de lugares en donde explorar y descubrir que hay flancos vulnerables pero, si no fuera porque la expresión me disgusta por el tono bélico, quiero terminar escribiendo esto: cualquiera sea la guerra que tenga que enfrentar... si pisamos para ver a quién elegir primero... ¡a mí dame al Chapu! ¡El resto, el resto me es irrelevante! ¡Yo empiezo con él!
Y sí... es por eso que el estadio todavía sigue cantando, como si el tiempo no hubiera pasado... ¡No-ci-o-ni! ¡No-ci-o-ni!
¿Sabrán ellos que se los prestamos nada más, pero que en realidad es nuestro?
Gracias por el fuego Chapu, como diría Cortazar... gracias por el fuego.
PRÓLOGOPOR FABIAN GARCIA
Único e irrepetible
Si algún día se inventara el pasadizo que tan divertidamente mostró la película ¿Quieres ser John Malkovich?, que permitía penetrar directamente a la mente de otra persona, no lo dudaría un segundo: sería a la de Andrés Nocioni. Por una cuestión de edad, tuve el privilegio de ser contemporáneo de la Generación Dorada, y sin demasiada diferencia de años, por lo que, de alguna manera, yo crecía periodísticamente al tiempo que ellos lo hacían dentro de una cancha. Y, básicamente desde el Mundial 2002, hubo algo en Chapu que me atrapó para siempre. Sería simple decir que era su carácter, la energía que transmitía, las ganas que le ponía, pero creo que había algo más, imposible de descifrar, al menos para mí.
Sin embargo, por algún motivo que no logro entender, le hice muy pocas entrevistas a Andrés, fuera de los torneos internacionales. La variable cambió 180 grados a partir de la Copa del Rey 2013. De ahí en más, fueron varias, y empecé a descubrir a un tipo distinto. Esa sensación se confirmó y potenció por mil cuando pude disfrutar en vivo su coronación como MVP de la Final Four de la Euroliga 2015, en Madrid. Chapu, con 35 años, alcanzaba uno de sus mayores logros individuales y colectivos cuando buena parte de sus colegas ya están pensando en el retiro. Ese día se me puso en la cabeza que, cuando llegara el momento, quería escribir el libro de su vida. Por eso, cuando anunció en abril de 2017 que a fin de esa temporada dejaría de jugar, me comuniqué con su representante, Claudio Villanueva, para comunicarle mi idea. Claudio y Chapu aceptaron y, en setiembre del año pasado, comenzaron once de los meses más sufridos y placenteros de mi vida.
Fueron más de 50 horas de charla con Andrés, en las situaciones más diversas (en persona, con Chapu entre tazas de café, en el supermercado, lavando el coche, tomando sol, en su auto), que hicieron que, cada nueva llamada la esperara como quien aguarda una película. En esos 11 meses me encontré con un tipo, obviamente, muy distinto al pibe que había conocido cuando jugaba en Racing. Chapu confunde mucho al exterior. Se piensa que es solamente una persona similar a la que jugaba: impulsivo, temperamental, calentón. Y lo es, pero con un agregado de claridad mental para analizar cada cosa que le pasó fuera de lo común. Es lógico, realista, verdadero, sincero y muy autocrítico.
Quizá suene adulador, pero creo que no se tiene conciencia de lo que fue Nocioni como deportista. Varios entrevistados me dijeron frases diferentes, pero con un mismo denominador. Chapu fue único. No copiable. No repetible. Intenté buscar para este prólogo algún referente, de cualquier deporte y de cualquier época, pero no lo conseguí. Seguramente hubo muchos con un gran corazón, otros con más talento, cientos con condiciones superiores para este juego, pero ninguno que yo recuerde tuvo la energía contagiosa y positiva que siempre irradió Andrés en cada equipo, en cada ciudad y en cada lugar donde puso un pie.
El libro es también un recorrido paralelo a la Generación Dorada, a través de uno de sus principales representantes. Y al ser contado por primera vez por uno de ellos en primera persona, se pueden entender muchas cosas que quizá, hasta ahora, no se entendían.
Nadie, absolutamente nadie, me dijo algo malo de él. Ni en off the record. Chapu supo siempre, en sus 21 años de carrera profesional, adaptarse al sitio que le tocó. Pudo hacerlo al principio casi sin comer, después enfrentándose al que fuera, aunque tuviera 18 años, más tarde en un hábitat difícil como Estados Unidos y, ni que hablar, en su cierre con el Real Madrid. Como popularizó alguna vez Magic Johnson, Chapu siempre ejerció al ciento por ciento la premisa ¿qué puedo hacer yo por el equipo? Todo lo que pudo hacer, lo hizo. Y jamás pidió nada a cambio.
La mañana del 30 de noviembre de 1979 el mundo despertó conmovido. En Londres, Pink Floyd lanzaba The Wall, álbum que revolucionaría la música del planeta, sobre todo conceptualmente. Nada sería igual en el ambiente artístico desde ese momento en adelante.
Tampoco nada sería igual desde ese día a muchísimos kilómetros de allí, en la ciudad de Santa Fe, Argentina (1). La realidad era otra muy distinta. La espera había llegado a su fin. El segundo hijo del matrimonio entre Pedro José Nocioni y Ángela Palmira Roux venía en camino. Pablo José, el primero, ya tenía 5 años y esta vez, según los comentarios de las especialistas del barrio, no había dudas: sería una nena. Ángela había elegido el nombre: Roxana Guadalupe. Roxana porque le gustaba y Guadalupe por ser devota de esa virgen, que tiene su iglesia en Santa Fe y donde Ángela iba cada año a visitarla. Pilo, como todos conocían a Pedro, no se opuso.
La pareja vivía en Gálvez desde su casamiento, pero como ya había ocurrido con el primer hijo, Ángela pasó las dos últimas semanas en Santa Fe, con su madre Josefa, para que la atendiera hasta el parto en el sanatorio Mayo. Pilo se quedó en Gálvez, trabajando en la empresa SanCor, donde se desempeñaba como técnico químico. Aquella etapa de las comunicaciones era muy precaria. No existían los teléfonos celulares y para contactar a alguien en un horario poco habitual, había que hacer toda una operatoria. Eso ocurrió en la noche del 29 de noviembre, cuando Ángela comenzó con las contracciones. Le avisó por teléfono a Pilo y se fue al hospital. A las 4 de la mañana llegó la gran sorpresa: Roxana Guadalupe quedaba postergada para otra oportunidad, que finalmente nunca se daría. En su lugar llegó un varoncito, grandote él, y hubo que cambiar los planes.
1- La ciudad de Santa Fe es capital de la provincia, también llamada Santa Fe.
Orígenes
Pedro Nocioni nació en Santa Fe capital el 16 de agosto de 1949. Su bisabuelo, Giuseppe Nocioni (de Cíngoli, Macerata, Italia) fue el que se instaló en Argentina, sobre fines del siglo XIX, para hacer la América, como millones de europeos lo intentaron en esas décadas.
Ángela Roux era de Marcelino Escalada, una localidad ubicada 130 kilómetros al norte de Santa Fe. Sus padres trabajaban en la estancia de la familia Lupotti, dueña del molino más importante de la región. Era dos años mayor que Pedro (2 de julio de 1947). Pilo y Ángela habían coincidido en un baile del club Villa Dora, en el barrio Sargento Cabral de Santa Fe, el 10 de diciembre de 1968. Después de varios años de novios, el 26 de abril de 1973 contrajeron matrimonio en la iglesia La Salette y ambos se instalaron en Gálvez, de donde nunca más se fueron. En 1978, luego de mucho esfuerzo, pudieron comprar la casa en la que actualmente siguen viviendo, en Beethoven 242.
Se agranda la familia
No pasó mucho tiempo para que viniera el primer hijo de la pareja. El sábado 6 de julio de 1974 llegó Pablo, con 3.8 kilos y 50 centímetros. Al poco tiempo, Pablo, como casi todo varón, pedía a gritos un hermano para jugar a la pelota. Pero no llegó tan rápido y, lo peor, no iba a ser un compañero de aventuras sino una nena. “Va a venir la muchacha, decía mi papá -recuerda Ángela-. Y es que todos pensaban que iba a ser una mujer. Por la forma de la panza, básicamente”. Los planes se trastocaron en el comienzo del tormentoso viernes 30 de noviembre de 1979. A las 3.45 de la mañana asomó la cabecita el segundo hijo del matrimonio. Y ahí se produjo la gran sorpresa. Roxana Guadalupe ya no servía como nombre, porque el bebé era un varón. “En esa época no se hacían ecografías, por lo menos en Santa Fe -dice Ángela-. Cuando nació y lo vi tan gordo y grandote no me importó nada. Un rato más tarde, cuando cambiaron el turno, mi habitación se convirtió en un desfiladero de gente, porque todos querían verlo. Y es que parecía un bebé de 4 meses por el tamaño: pesó 4.4 kilos y midió 56 centímetros”.
Chapu bebé: gordo y grandote.
Con el tiempo, aquella historia del bebé que iba a ser nena y terminó siendo Chapu, llegó a los oídos de Andrés. “Me enteré de la historia una vez que, en un cumpleaños de una vecina, me disfracé de mujer. Yo tendría 6, 7 años. Me puse un vestido y accesorios de mi vieja y, cuando me vio, le dijo a mi papá: ‘Ahí está la nena que tanto querías’. Ellos esperaban una mujer y ahí me contaron cómo fue”.
El día que se disfrazó de mujer y conoció su historia.
Con la obligación de elegir rápido un nuevo nombre, y teniendo en cuenta que ni Roxana ni Guadalupe tenían su versión masculina, a Pilo le quedó la responsabilidad de definir. Tomó su Fiat 600 y, mientras manejaba desde Gálvez hasta Santa Fe, recordó que el 30 de noviembre era San Andrés, así que solucionó el nombre principal. Y le agregó Marcelo porque siempre les había gustado. Llegó a las 2 de la tarde al sanatorio Mayo. “El doctor Giménez Melo venía de vez en cuando a mi habitación y me decía ‘¿no apareció el autor del hecho?’ -recuerda con risas Ángela-. Tardó unas cuantas horas”. Por control, Ángela se quedó hasta ese lunes en el hospital y recién el 8 de diciembre llevó a Andrés a la ciudad que lo cobijaría hasta la adolescencia: Gálvez.
Ángela, Pilo, Pablo y el pequeño Andrés..
Los hermanos Macana
Cuando Andrés creció unos años como para poder entretenerse con su hermano, se hicieron muy compinches. Pablo, al fin, tenía alguien con quien jugar a la pelota. A los 4 años, Ángela llevó a Andrés por primera vez al club Ceci. Fue el contacto inicial de Chapu con el club donde daría sus primeros pasos en el básquetbol. Después se sumó al jardín de la Escuela 6034 José Pedroni. Los médicos aconsejaron a los Nocioni que los llevaran a hacer deporte, por eso los dos hermanos comenzaron a practicar natación en Ceci. El problema era en el invierno, porque el club no tenía pileta climatizada. Entonces Pilo aprovechó y los puso a jugar al básquet.
Andrés y Pablo.
El monaguillo
¿Alguien sabe cuándo comienza un ser humano a ser competitivo? ¿Qué lo provoca? ¿Quién lo genera? Andrés tiene su propia teoría, que refiere a su caso personal. Como Chapu siempre acompañaba a Pilo a jugar al básquet y también iban a pescar, la contrapartida que pedía Ángela era que fuera con ella a la iglesia. Daba catequesis a los padres de los chicos de la zona. A Andrés le gustaba ir, la pasaba bien. Pero llegó un momento en el que, tras un par de años, por edad, Chapu estuvo en condiciones de ser algo más: monaguillo. “La pelea empezó cuando hubo muchos monaguillos, porque no era lo mismo uno que otro. El que llegaba más temprano era la mano derecha del cura, y eso tenía otro atractivo. Podías robarle las hostias al padre, darle un sorbito al vino dulce que se usaba para la misa y, sobre todo, colgarte de la soga que hacía sonar el campanario de la iglesia. El tema era ver quién llegaba más temprano, entonces había domingos en los que yo me iba dos horas antes y me quedaba sentado en la puerta esperando, para ser el primero. Abría la iglesia. Cada vez que lo pienso me doy cuenta de que ahí empecé a tener un espíritu competitivo. Además de poder hacer algo durante la misa, la sensación de hacer sonar el campanario para mí era increíble. Era como un pozo y había que darle con fuerza para que empiece a sonar. Venías corriendo, pasabas dos escalones, saltabas, te colgabas de la soga, llegabas del otro lado y sonaba. Era un espectáculo. Y yo era muy inquieto. Entonces me empecé a ofrecer también para ir a las misas de entre semana. No me voy a olvidar nunca del párroco Domingo Balbiano. A él le gustaba mucho el fútbol, principalmente Atlético de Rafaela (ciudad situada a unos 110 kilómetros de Gálvez), y bastante seguido se iba en auto a verlo. Yo sabía cuando jugaba Atlético por la velocidad con la que Balbiano daba la misa. Cuando no había partido podía estar una hora, pero cuando se apuraba y en 20 minutos terminaba, quería decir que jugaba Atlético y él tenía que salir para llegar a tiempo”.
El destino hizo que Balbiano falleciera un día en un accidente de tránsito volviendo de ver a su querido Atlético. Hoy, en su homenaje, un Boulevard de Gálvez lleva su nombre.
Con su maestra, Mónica.
Un nene grande e inquieto
Como su hermano Pablo, Andrés hizo todo el jardín, la primaria y parte de la secundaria en la escuela 6034, que quedaba a 9 cuadras de la casa donde vivían. Desde muy chico se destacaba por su tamaño. De hecho, en el jardín, medía igual que su maestra Mónica, que debía mantenerlo ocupado porque su energía era distinta a la del resto.
“En la escuela hacía cagada tras cagada, pero por inquieto. No era mal alumno ni problemático”. Era flaco y alto, pero contra lo que muchos pueden imaginar, nada agresivo. “Era muy tonto para las peleas. Siempre ligaba. En el club me acuerdo que, siendo muy chico, me pegaron una trompada y no reaccioné. Me calentaba mucho, pero conmigo mismo, o con los árbitros cuando jugaba al básquet. Recién a los 12 años hice un clic. Había un pibe que me peleaba siempre y un día le levanté una mano y me di cuenta de lo grandote que yo era. Y no cobré más”. Justamente en esa época, 11-12 años, fue cuando Andrés pegó un estirón todavía mayor que lo hizo despegar en altura.
Aunque era muy pequeño de edad, cada vez que veía cuando a su padre lo iban a buscar en camioneta para ir a pescar, se volvía loco. Miraba las cañas y quería ser parte de esa aventura. Lo curioso es que Pilo odiaba (odia) pescar, pero si hay una característica que Andrés ha tenido desde que nació es su persistencia. Tanto le insistía con ir a pescar que Pilo terminó aceptando a regañadientes. A veces, Pedro zafaba y Chapu iba con su hermano. La primera vez que tocó un reel, lo rompió. “Quise traer algo que había enganchado y ¡pack!, se partió”. Pescar era el plan que más lo entusiasmaba los domingos por la tarde.
Como la pesca se volvió un vicio, y Pedro no estaba dispuesto a agregar cuotas de pesca a la salida de los domingos, Chapu se hizo muy amigo de Ezequiel Ramírez, cuyo padre era otro fanático de la actividad. Iban a los arroyos cercanos con caña y boya para pescar de flote. Hasta bogas salían. Incluso había una cascada en uno de los sectores donde los peces saltaban por arriba del agua. Los años y la contaminación hicieron de esa belleza solo un recuerdo.
Chapu y sus amigos se tomaron luego la costumbre de ir a pescar anguilas a un canal que estaba atrás de SanCor, tomando como base la casa de Andrés. Iban en bicicleta y, cuando pasaban por la fábrica, los operarios le avisaban a Pilo que habían visto pasar a Andrés. Estaba todo controlado. O casi. Una vez, un domingo de enero, Chapu repitió el esquema con sus amigos Guillermo Marcetti y Gaby Marangoni. Pilo y Ángela acababan de regalarle una bicicleta Bianchi nueva 15 días antes, para Reyes. Las anguilas aparecían cuando había agua en el Riachuelo. “¿Vamos a ver si hay agua?”, dijo Chapu, y se fueron hasta Irigoyen, el pueblito vecino, en las bicicletas. El problema fue que todo indicaba que se venía una tormenta. Pescaron y, a la vuelta, empezó a llover. Cada vez más. Hasta que las bicicletas no pudieron andar, porque el camino era de tierra, y se hizo un barrial. Entonces las dejaron escondidas entre los pastizales y completaron los 6-7 kilómetros que les faltaban caminando, bajo una lluvia torrencial. Ya era tarde. Andrés le había dicho a la madre que se iba a Ceci, no a pescar. Y en SanCor no lo habían visto pasar.
“A las 9 aparecimos los 3 llenos de barro. Nosotros, para zafar, empezamos a decirles que llamaran a los bomberos, que era increíble lo que había pasado, pero mi viejo no compró y me llevó a patadas en el culo hasta mi casa. Y me dejó sin comer. A las 6 de la mañana, se levantó y me dijo que fuera a buscar la bicicleta. ¿Me llevás? le dije. ‘No, andá caminando’, me contestó. Me levanté y arranqué. Cuando me estaba acercando al lugar, veo huellas de 4 personas, y donde habíamos dejado las bicis había una camioneta caída. Era del padre de Guillermo, que tenía una sodería. Había llevado la camioneta para sacar las bicis y en vez de sacarlas, perdió el equilibrio y a la mierda la camioneta. Volaba de calentura el padre. Volvió a Gálvez para buscar un camión. Estuvimos hasta el mediodía. Yo tendría 10 años, no me olvido más”.
Disfrazado en un acto escolar
El tema de las anguilas era una costumbre bastante repugnante. Para los que no las conocen, las anguilas son de un formato muy similar a las víboras, pero pequeñas. Chapu volvía con las que pescaban y le pedía a Ángela que se las guardara en la heladera, algo que ella odiaba, pero aceptaba. Y al otro día, con una cocinita a gas que tenían en un galpón, Andrés y sus amigos las cocinaban y se las comían.
Como hijo, para Andrés no había reproches. De hecho, se turnaba con Pablo para llevarle la vianda de comida a Pilo hasta SanCor todos los mediodías. Pilo trabajaba de 7 a 15.48 (para completar las 44 horas semanales), y no volvía a su casa para almorzar. Tan arraigada tenían esa costumbre que, aún estando ya en la NBA, Chapu le llevó la vianda en uno de los recesos que pasó en Gálvez.
Contradiciendo la tradición, cuando se trataba de habilitar a Andrés para viajar a encuentros de mini (2) fuera de la ciudad, Ángela era más permisiva que Pilo, a pesar de que Chapu era muy insistente con que su madre le marcara la ropa con su nombre con tiempo para no perder nada. Así viajó a Buenos Aires varias veces y muchas más a Santa Fe. Como se estilaba, luego recibía a chicos de otras ciudades en su casa y lo primero que hacía Andrés para sorprenderlos era llevarlos a pescar.
Chapu en segundo grado.
“Me acuerdo haber ido a Círculo General Urquiza, 3 de Febrero, Pinocho. Al principio viajaba como jugador y después ya como monitor (3). Mi mamá nunca me frenó. Mi viejo era más temeroso. Lo lindo era cuando los recibía después en casa. Como los encuentros eran de viernes a domingo y el sábado a la tarde no jugábamos, le decía a Pilo que nos llevara a pescar. Les quería enseñar a los que venían. Mi viejo se hinchaba las pelotas y me mandaba a sacar lombrices al patio, entonces me iba con la pala y empezaba a hacer pozos para sacar lombrices. Y los pibes de Buenos Aires no sabés la cara que ponían. Se volvían locos. Veían bichos, algo no habitual. ‘¿Sabés cómo vamos a pescar con esto?’, les decía yo. Y las metía en un balde con tierra. A las 4 de la tarde agarrábamos el coche y nos íbamos al río”.
En la escuela Pedroni, Chapu tenía ventajas y desventajas. Era muy comprador con las maestras, aunque no le gustaba mucho el estudio. “Lo veía como algo que había que hacer y listo. Teníamos un director, que se llamaba Monti, que le encontró la vuelta a nuestro exceso de energía, primero con Pablo y después conmigo. Para bajarnos los decibeles, nos ponía a hacer cosas como para mantenernos en actividad. Por ejemplo, a mí me hacía cortar el pasto de la escuela, o llevar bolsas de cal de un lado a otro en un taller que él había inventado. Si no me aburría”.
Cuando salía del colegio, además de ir a Ceci todas las tardes, con sus amigos tenía algunas costumbres cotidianas. Ir a la vía (la gran diversión), jugar a la payana, a la rayuela, a las bolitas, a las figuritas (4). Había muchos cañaverales, porque las raíces ayudan a afianzar las vías. Ahí tomaban mate, hacían asados. O remontaban barriletes, otro juego que le gustaba mucho. Gustavo Parisi y Ezequiel Ramírez (que ahora vive en Barcelona), eran del grupo más cercano. También construyeron una casita junto al tren donde se reunían como si fuera su refugio íntimo. Vida de pueblo. Vida feliz.
Con uno de los perros que recogía de las calles, en una habitación decorada con poster y banderín de Boca, mural de Schwarzenegger (ya se identificaba con un todo poderoso) y póster de David Robinson y Magic Johnson.
Su relación con Pablo era la típica de dos hermanos varones que se llevan 5 años. “Me acuerdo algunas cosas puntuales -dice Pablo-. Cuando jugábamos a la pelota, lo mataba a patadas. Después, él me quería seguir a todos lados, siempre. Entonces yo salía por el garaje y, apenas pasaba, me daba vuelta, le pegaba un empujoncito, lo volvía a meter adentro y lo encerraba. Se quedaba a los gritos, llorando, pero era la única manera de sacámelo de encima”.
2- Encuentro nacional de mini. Es un intercambio recíproco entre clubes de distintas ciudades de la Argentina de gran tradición en el básquet. La idea nació entre dirigentes de varias federaciones, en 1973.
3- Monitor. Es la función de entrenador o árbitro que cumple un jugador entre los 15 y 18 años con otras divisiones menores de su mismo club.
4- Payana es un juego de habilidad, con una sola mano, en el que se utilizan seis piedras de tamaño parecido. Rayuela es un juego de saltos, con uno o los dos pies, con salida en el casillero 1 y llegada en el 10. Bolitas, o canicas, son unas pequeñas esferas de vidrio o metal generalmente, que se utiliza en distintos juegos, con unas reglas que tienen como esencia lanzar una para intentar aproximarse a otras o a agujeros. Figuritas: cromos.
El germen del aro
¿Dónde nació el amor por el básquetbol en la familia Nocioni? Pilo se había enganchado de joven en el club Unión Progresista, de Barranquitas. Después pasó a República del Oeste. Con 1.87, jugaba de ala pivote o pivote. En esa época, era una buena altura. Había heredado el tamaño de su abuelo checo, Wenceslao (“recuerdo perfectamente que era muy alto, cercano a los dos metros”, dice Pedro), porque el resto de los familiares tenían medidas normales.
El básquet era su pasión, pero por las obligaciones laborales no pudo dedicarle el tiempo que le hubiese gustado. Quizá por eso, pero también para sacarlos de la calle y fomentarles la vida sana, desde muy chicos les inculcó a Pablo y Andrés la importancia del deporte. Primero, la natación. El lugar, obviamente, era Ceci de Gálvez. Allí arrancaron los hermanos y, como Pilo jugaba en veteranos, cuando terminaban natación, tanto Pablo como Andrés le empezaron a tomar el gustito al aro. Se quedaban tirando y Chapu, ya con 12 o 13 años, se mezclaba en los picados de los mayores.
Chapu en uno de los primeros equipos que integró de Ceci.
Uno de los nietos del fundador del club, Javier Ceci, de la misma clase que Andrés (1979), se hizo rápidamente amigo íntimo del flaco alto que llamaba la atención por su pelo rubio furioso: “Chapu tenía una locura linda, especial. No era de pelear. Usaba ortodoncia móvil y a veces entrenando se le caía, entonces la pateaba desde un aro hasta el otro y, cuando paraba el juego, se la volvía a poner”.
Ceci pasó a ser entonces el sitio permanente de los chicos cuando no estaban en la escuela o en la casa. Andrés llegaba del colegio, hacía rápido la tarea (aunque no le gustaba demasiado), para irse corriendo al club a pasar toda la tarde. Era, según lo recuerdan todos, muy voluntarioso. En natación era muy bueno, al punto que su profesor, Claudio Balaudo, viendo su potencial, quiso hacerlo competir en un torneo argentino. Chapu se destacaba especialmente en estilo pecho. Balaudo también entrenaba a los chicos en mini básquet, así que tenía a Andrés en ambas disciplinas. “Lo tuve varios años -recuerda Claudio-. Lo apasionaba el básquet, pero en natación era muy bueno. Por su tamaño. Tenía pies que parecían patas de rana. Obviamente, cuando tuvo que optar, eligió al básquet. En natación llegó a tener marcas para competir a nivel nacional, pero justo el campeonato argentino coincidió con un partido muy importante con Ceci y no pudo ir”.
Chapu dice: “Era muy vago. Había que hacer 100 metros en la pileta de 25, entonces a la tercera pasada miraba que nadie me viera, me metía para abajo y pegaba la vuelta. La natación la hacía porque mi viejo decía que había que complementar el físico, pero no me gustaba. Íbamos a San Jorge a competir y eso sí me encantaba, porque nos quedábamos tres días en carpa. Ahí me enamoré de la primera chica, en un fogón. Nos juntábamos el sábado y tipo 8 de la noche se prendía un fuego. Cada equipo de cada ciudad hacia un sketch. Pero yo ahí iba a competir, a ganar. Y lo conseguía igual sin entrenarme como otros. Jorge Newbery de Gálvez se especializaba más en natación. Todo el año viajaban 2 o 3 veces por semana a la pileta climatizada de Santa Fe. Yo con los tres meses del verano competía contra ellos palo a palo. Y eran buenos nadadores. Tengo un cajón lleno de medallas. Siempre terminaba ganando de alguna manera. Pero entrenar no me gustaba”.
Las medallas en natación, prueba de su nivel.
Justamente en esos veranos de pileta, aunque no hay una versión absolutamente confirmada, surgió su apodo de Chapu. A Andrés le pegaba el sol y se ponía colorado enseguida. En esa época, el personaje del mexicano Roberto Gómez Bolaños, el Chapulín Colorado, era el favorito de todos los jóvenes argentinos. También de Andrés. “Lo de Chapu mi hermano dice que fue por la pileta, porque me ponía muy colorado. Otros cuentan que copiaba al Chapulín Colorado, que era la sensación de esos años. Pero la verdad es que no sé por qué quedo”. Sea como sea, lo empezaron a llamar así. Y le quedó para toda la vida.
Muchas veces, en los tiempos que quedaban libres entre sus prácticas con las divisiones menores y las de Pilo con los veteranos, ambos se trenzaban en furiosos uno contra uno. “Andrés siempre quería ganar en todo -dice Pilo-. Y me decía que me iba a superar, pero yo no lo dejaba. De hecho, nunca pudo”. Chapu se tenía tanta confianza que llevaba a sus amigos para que se colocaran alrededor de la cancha en esos duelos contra Pilo, pero siempre perdía y se iba con una calentura enorme. A Pilo, como buen piamontés, eso no le importaba. El fin llegó cuando, en uno de esos partiditos, Pedro sintió un dolor en la ingle, que terminó siendo una hernia. Ya no hubo más uno contra uno (Andrés tenía unos 11 años) y el historial fue inapelable: Pilo finalizó invicto. “Era muy sumiso, muy tímido. Y muy calentón conmigo mismo. Con los árbitros. Desde chiquito. Con mi viejo no era exactamente calentura. Quería vencerlo. Yo lo cagaba a trompadas, pero él me cagaba a goles”. Después de muchos años, Pilo le reconoció a Andrés que, de joven, tenía un carácter bastante parecido. “Yo era bastante calentón cuando jugaba -dice Pedro-. Muy temperamental, pero no al nivel de entrar en tantos conflictos como Andrés. Era protestón y cascarrabias, pero Chapu me superó largamente”.
Había algo en los genes. De eso no cabían dudas. Pero Chapu le agregó una dósis particular de entusiasmo, mezclada con tozudez y, sobre todo, convicción. Excesiva, quizá. “Me pasó algo de muy chiquito y es que ya pensaba que iba a terminar jugando al básquet, y eso que mi primer doble lo debo haber metido a los 10 años. No tengo registro de haber convertido uno entre los 5 y los 10. Es más, no tengo registro de haber tocado la pelota. Te lo juro. Tengo recuerdos de pelotazos en la cabeza, ser muy zaparrastroso. De caerme. No es que la rompí toda la vida. Yo tenía que llenar el equipo. Por eso estaba. Pero a mí no me preocupaba”.
En esos comienzos en el club, el que tenía siempre la pelota era Javier Ceci. Javier era lo opuesto a Chapu, salvo en lo de ser inquieto. Anotaba muchos puntos, era extrovertido y el gran compinche de Andrés en el equipo. “Teníamos un entrenador que se llamaba Jorge Mauro y que era de Rosario. Venía tres veces por semana. No nos enseñaba nada. Se ponía a tomar café con uno, con otro, y nosotros jugábamos cinco contra cinco. Corríamos como locos y siempre me ligaba algún cachetazo. Era la ley del más fuerte. A mí me miraban medio raro porque, si el entrenamiento era a las 5, por ahí a las 3 yo ya estaba en el club. Tiraba al aro, me movía. El problema era que no podía plasmarlo nunca en un entrenamiento o en un partido”. Andrés, de todos modos, no se amargaba. Seguía con su tesitura. Pero era evidente que en algún momento algo iba a pasar.
El cambio
“Un día estaba en Santa Fe, en el club Rivadavia, jugando un partido y, de repente, agarro un rebote ofensivo, la tiro y la meto. Me acuerdo de volver a Gálvez y ya en el siguiente entrenamiento querer hacer otras cosas. Enojarme si no me la daban. Tenía 10 años más o menos. Y entonces me la empezaron a dar, a tener algún tirito, a meterla. Hasta ese momento había sido autodidacta. Mi viejo me había enseñado a picar la pelota, a tirar al aro, pero no mucho más que eso”.
Andrés pegó un salto de altura de muy chico
De los 10 a los 12 años, Chapu evidenció un rápido crecimiento, no solo físico, sino basquetbolístico. El chip le había cambiado aquel día en Rivadavia. Y encima lo había ayudado el estirón de altura. “En mi primer año de categoría infantiles llegamos a una final del Oeste santafesino y la perdimos contra San Justo. Ellos tenían una mole que era muy superior. Me acuerdo de tratar de tocar el aro y volcarla. Incluso me acuerdo de mi primera volcada, bien justita. Medía 1.90 más o menos. Era muy bruto. La picaba, iba para adentro y listo. No más que eso”.
De ser solo un gringo alto, Andrés pasó a ser más alto todavía y atlético. Había algo en los genes del lado de su padre, pero también una parte tenía que ver con su formación de pueblo. “Mi físico se formó de vivir en la vía del tren con mis amigos, de caminar y de andar en bici. No había otra cosa. Algo genético también. Eso hoy cambió por completo. Los chicos hacen 3 cuadras con la bici y se cansan. Yo al auto lo veía salir del garaje una vez cada quince días”.
A partir de entonces todo empezó a suceder muy rápido. A los 13 años, aunque no entraba, siempre iba al banco de Ceci en los partidos de primera. Chapu recuerda especialmente ese año porque los que iban al banco y no jugaban no tenían obligaciones, y Andrés no fue al último partido, en el que salieron campeones, porque pensó que no lo iban a llamar. Se quedó en la tribuna y ahí siguió mientras sus compañeros festejaban en la cancha. Cuando después le preguntaron por qué no había ido, su respuesta fue simplísima: “No sé”.
También de ese año recuerda un día muy especial. Fue en un partido en el que volcó la pelota dos veces. “Deben haber sido mis primeras volcadas en un juego. Tenía 13 años y mi viejo justo no fue. Cuando le conté tenía una bronca que se quería matar”. La historia tiene una razón. Chapu venía jugando mal, siempre con la presencia de Pilo en la tribuna, entonces un día habló con él: “Le dije, ‘mirá papá, me parece que vos sos medio mufa y yo me siento incómodo’. Entonces no fue al siguiente, contra San Justo. En cadetes. Y la volqué dos veces. Yo estaba eufórico y mi viejo recaliente”.
Cuando ascendieron a la C, llegó como entrenador una gloria del básquetbol santafesino, Carlucho Verga, que incluso había sido parte de la selección argentina campeona en el Sudamericano de 1976 y que se había retirado jugando su último año en Ceci. Había sido parte de un equipo que se caracterizó por la llamada “corrida santafesina”, que era rebote y contraataque. Jugaban Adolfo Monachesi, Carmelo Mendoza, el Yeti Fidel Gutiérrez. Y Carlucho. Él dirigía a la primera división de Ceci básicamente, pero también participaba de las categorías menores.
Si bien Carlucho no le puso mucho énfasis a la enseñanza del juego, tomó algunas decisiones que influyeron en la carrera de Andrés. Una, sobre todo: hacerlo debutar en primera división con 13 años. “Yo viajaba todos los días desde Santa Fe a Gálvez -dice Verga-, y él me esperaba en la puerta del club. Cuando no había chicos para entrenar, se iba a dar una vuelta en bicicleta y volvía más tarde. Vivía en el club. Era muy agresivo para jugar y muy calentón, pero fuera de la cancha era un pibe muy accesible. Tenía una potencia física mayor al resto y una dedicación impresionante”.
Carlucho y Pilo se conocían porque habían sido rivales en la época en la que Pedro jugaba para República del Oeste y Carlucho para Unión. Un día, Ceci fue a jugar un partido de primera por la Liga Santafesina (Gálvez jugó por única vez ese año el torneo de la ciudad de Santa Fe) contra Gimnasia y Esgrima y Carlucho llevó a Chapu. A Pilo no le gustaba mucho la idea: “Le dije que me parecía que era muy chico. Yo sabía cómo eran esos partidos. Le comenté que tenía miedo que pudieran lastimarlo y ahí fue cuando él me contestó: ‘Pilo, yo tengo miedo por los rivales, no por él. A Andrés no le va a pasar nada’”.
Obviamente, Nocioni recuerda esa etapa con detalle: “El plantel que dirigía Carlucho era una banda descontrolada. Salían y no sabías cuándo volvían. Me acuerdo mucho de ese año porque, antes de empezar el torneo, el club me regaló unas zapatillas Topper negras de cuero y unas muñequeras. Fue mi primer sueldo, je”.
Además de jugar en Ceci, Chapu se había enganchado mucho con la Liga Nacional, sobre todo porque su hermano Pablo se había ido a Santa Paula, también de Gálvez, con el que había ascendido a la máxima categoría en la temporada 1991/92, siendo juvenil. Pablo recuerda particularmente ese ascenso: “Yo era muy pibe, y en el festejo me emborraché. Volví a mi casa y seguía gritando ¡somos campeones! Mi viejo me quería matar. Entonces me fui a dormir. A la noche me dieron ganas de ir al baño, y fui. Eso creí yo. Cuando me desperté, lo vi a Andrés con la cara mitad roja y mitad blanca. ¡Lo había meado a él!”.
Andrés y Pilo iban a ver todos los partidos. Tenían abono a platea. Cuando jugaba de visitante, Pilo se iba a la cama temprano (se levantaba a las 6) y ponía la radio. Chapu se tiraba al lado con un almohadón y ambos escuchaban las transmisiones.
Andrés también se aparecía por los entrenamientos de Santa Paula. Alguna vez, incluso, a él y a su compinche Javier Ceci los invitaron a practicar con el equipo. Tenían 14 años. Eran tiempos de Robert Siler, Dennis Still, Rodolfo Bollecich, Walter D´Alessandro, Horacio Borghese, Flavio Bianchini, Aldo Marchesini. “En Santa Paula una vez terminó un partido y me senté al lado del Colorado Wolkowyski. Mi primer autógrafo de un jugador fue de él. Lo miré, me miró, me guardé el autógrafo en la billetera y me dijo: ‘Flaco, sos alto vos’. Yo tendría 14 años”.
A esta altura, el básquet se había convertido en una pasión. Y Chapu consumía todo lo que podía, por eso se prendió enseguida cuando Jorge Mauro, el entrenador que tenían en Ceci, los invitó a ir a ver el Panamericano Sub 22 de Rosario en 1993 donde la rompían, entre otros, Hugo Sconochini y Marcelo Nicola. También estaba Horacio Acastello, con el que después coincidió en Racing. “Organizó el viaje para ir a ver un solo partido. Cien kilómetros. En colectivo. Lo vimos desde arriba del todo en la cancha de Newell’s. La única imagen que me quedó fue de Sconochini. El otro día se lo comenté y me dijo que me estaba poniendo sensible. Pero es cierto. Tengo dos imágenes suyas. En Rosario, ese día, un costa a costa saliendo como un caballo. Y otra parecida en el Preolímpico de Puerto Rico en 1999. Agarra un rebote, sale corriendo y pone una bandeja tremenda. En los Juegos de Beijing hice una que me salió igual y de lo primero que me acordé fue de eso. Yo ya tenía 28 años y estaba en la NBA”.
Aunque era de Ceci, Andrés hinchaba por Santa Paula porque quería seguir teniendo la posibilidad de ver Liga Nacional. Le encantaba Robert Siler. Y de los argentinos, lo asombraban Marcelo Milanesio, Juan Espil, Pichi Campana. Y le gustaba mucho Wolkowyski por su físico. Encima, también había estado en aquella selección sub 22 de Rosario.
El comienzo de los ’90 era, además, el estallido de la fiebre por Michael Jordan y sus Chicago Bulls. “Me armaba toda una historia en la cabeza. Los meses de verano no había básquet, entonces tenía natación a la mañana y a la tarde. A la mañana nunca iba y siempre le decía lo mismo al profe: no me sonó el despertador. A la tarde las clases eran tipo 5 y dos horas antes me iba solo a la cancha de básquet y empezaba con mi película. Estaba Chicago en esa época y me armaba todo el partido. Yo era Pippen. Pero también hacía jugar a Jordan, a Horace Grant. Solo. Me miraban como a un loco”.
Por esos años, Chapu recuerda también con mucho cariño los viajes a Santa Fe para jugar. Duraban 45 minutos, pero hacían tanto lío que parecían 6 horas. “Éramos muy hijos de puta de pibes. Hacíamos cagar a todos los entrenadores. Llevábamos un delegado o jefe de equipo. Mi viejo a veces se anotaba, porque quería ver los partidos míos. Pero se volvía loco. Pasábamos por la zona roja al salir, entonces queríamos ver a las chicas. Tirábamos camisetas por la ventanilla para que frenara el bus. Había un viejo que se llamaba Malaria que tenía que bajarse a buscar las remeras. Y nosotros aprovechábamos y saludábamos a las chicas. Una vez llegamos de Santa Fe y habíamos hecho tantas cagadas que nos suspendieron a todos en el club. Le dijeron a mi viejo y el dio el ok para que nos sancionaran”. A Andrés le agarró desesperación: ¿dónde iba a jugar al básquet? En Santa Paula no podía por la rivalidad, lo mismo que en Centenario. “Entonces me fui a un club que se llamaba Tracción, único lugar del mundo con cancha de básquet, sin básquet. Piso de baldosas y al aire libre. Aros sin red, obvio. Agarraba la bicicleta y me iba solo ahí. Después de dos semanas mi viejo intercedió para que bajaran la sanción porque teníamos que jugar por la Liga Santafesina. Fuimos al primer partido sin entrenar, derecho, porque nos habilitaron el día anterior”.
En esa Liga Santafesina se enfrentaban contra equipos más fuertes como Regatas, Gimnasia, Rivadavia, Unión, Macabi. Había un roce importante. Jugaban, por ejemplo, Federico Van Lacke (Regatas) y Alejandro Reinick (Ateneo Inmaculada), que en ese momento era el capo de la ciudad. Reinick, como Chapu, era un jugador de una gran vehemencia. La cuestión es que, muy pronto, se dio una convocatoria para una preselección de cadetes de la ciudad, a la que fueron convocados Nocioni y Javier Ceci. Los técnicos eran Gachi Ferrari y Jorge Caballero. “Yo lo había conocido en un partido en el que mi equipo, Unión de Santo Tomé, le ganó a Ceci como por 40 puntos -dice Ferrari-. Y me sorprendió que, a pesar de la diferencia, él nunca bajó los brazos y siguió con la misma intensidad hasta que terminó el juego. A esa edad, los pibes normalmente cuando se abren los partidos se caen mentalmente, y él se seguía tirando de cabeza. Tenía una actitud ganadora poco común para la edad”.
Los que vivían en Santa Fe se entrenaban durante la semana y los sábados se sumaban los que venían de otras ciudades, como Gálvez. Pilo, entonces, agarraba el auto, subía a Chapu y pasaba por la casa de Javier para partir hacia Santa Fe. Indefectiblemente encontraban a Javier durmiendo. Había que sacarlo de la cama a los almohadonazos. Las prácticas no tenían despercidio. Por carácter y estilo, Chapu y Reinick se sacaban chispas. Se daban con todo, pero era una buena experiencia para el joven Nocioni. Sobre todo porque después ambos quedaron en el equipo final y pasaron a ser compañeros. Era un juego interior poderoso. Javier también formó parte del plantel que jugó el provincial y perdió la final contra Venado Tuerto, donde había mucho potencial, con pibes que prometían como Alejandro Burgos y Leonardo Ansaloni. Habían dado una gran ventaja en la definición al no poder contar con Reinick, esguinzado.
A partir de ese torneo, como se estilaba en la época, se armó la selección provincial de Santa Fe para el Argentino de la categoría, básicamente con los equipos finalistas. En ese preselección, el entrenador era Chicho Porta, papá de Antonio, muy amigo de León Najnudel. El papá de Alejandro Reinick era el secretario de la asociación santafesina, y un día lo llamó a Pilo: “Andrés fue convocado a la preselección provincial, comunicate con este teléfono”, le dijo. Pilo llamó. Era el teléfono del entrenador. Cuando le dijo cómo tenía que hacer Andrés, Chicho le contestó: “¿Quién es su hijo? No lo conozco”. Prometió averiguar y llamarlo. Al rato, Porta devolvió la llamada y confirmó que Nocioni estaba convocado. Era natural que los técnicos no conocieran a muchos de los pibes. Porta le dijo que al viernes siguiente tenía que presentarse en Elortondo, donde iban a comenzar los entrenamientos. “A mí me complicó bastante -dice Pilo-, porque tenía que llevarlo, y eran 220 kilómetros. Encima Andrés había viajado a Mar del Plata con el colegio para visitar el Acuario y, cuando llegó de regreso, le dije que nos íbamos ahí mismo para Elortondo. Se tiró a dormir atrás en el auto y así fue todo el camino. Para no herirle el orgullo no le conté que el entrenador no sabía quién era”.
La familia arrancó entonces para Elortondo. Pilo manejando, Ángela de acompañante y Chapu atrás, durmiendo. Lo dejaron ahí con el compromiso de que el domingo se tomara un colectivo a Rosario, donde Pedro lo iba a ir a buscar. “Cuando fui -dice Pilo-, lo noté caído de ánimo. Me dio poca bolilla en el viaje, pero en un momento me dijo que creía que no iba a quedar. Yo le contesté que no perdiera la esperenza, pero la verdad es que tenía razón. A la semana siguiente llamé a la Asociación y Reinick padre me dijo que no había quedado. Se frustró bastante. Una de las pocas veces. La otra grande fue después, con la selección U22”.
Más allá de haber quedado afuera de la selección provincial, Andrés había modificado ya el rumbo de su historia. Ceci empezó a jugar la Primera C en la temporada 1994/95, con Hugo Basignana de entrenador, y Chapu fue titular durante la última etapa, antes de dar el paso que iniciaría una sucesión de hechos que le cambiarían la vida. Lo había conocido el ambiente grande de la provincia y era cuestión de esperar para que se vieran los frutos. Gonzalo García, entrenador de Libertad de Sunchales (jugaba en la segunda división argentina, el TNA), habló con la dirigencia para ver si podían llevar al pibe que pintaba de Ceci, pero no pudo convencerlos de invertir un dinero en esa operación. Gachi Ferrari y Jorge Caballero, además de entrenar a la selección de la Liga Santafesina, dirigían a Unión de Santo Tomé en juveniles y primera, y fueron a la carga por Chapu.
Pilo ofició como intermediario, de alguna manera. Fue a hablar a Ceci y terminaron aceptando en darlo a préstamo por un año. “No recuerdo bien, pero creo que Ceci recibió unas pelotas a cambio, pero no dinero. La situación de Ceci era complicada, porque sabían que no podían volver a mantener un equipo para competir en la Liga Santafesina, entonces Chapu iba a quedarse todo el año con una competencia en categorías inferiores que no era buena. Se llamaba NBA (Nuevo Básquet Amateur), y Chapu estaba en una edad (15) en la que no podía permitírselo. Los dirigentes lo aceptaron y entonces Andrés arregló en Unión de Santo Tomé. Fue en febrero”. Unión tenía a Ferrari y un buen proyecto deportivo, lo que motivaba a Chapu. Antes de irse, sus compañeros de Ceci le organizaron un asado de despedida, lo pelaron y le dejaron dibujado un 11 en la cabeza, por medio loco.
De alguna manera, Chapu empezaba a desandar el camino que lo llevaría hacia donde él quería. Cuando fue a Unión, se alojó en una pensión con otros 5 compañeros. “Unión le ponía mucha garra a la situación. Nos daba la comida la mamá de uno de los chicos que jugaba en el equipo, que tenía un almacén, y la vianda otra madre. Entonces salíamos del colegio, agarrábamos la comida y nos íbamos al club, porque teníamos la obligación de hacer una sesión de tiros. Teníamos que anotar lo que metíamos y lo que errábamos. De ahí nos íbamos a la pensión, comíamos y hacíamos una siesta antes del entrenamiento de la tarde. La que nos orientaba un poco era la señora de la despensa y el tutor era Gustavo Egel, padre de uno de los que trabajaba con Ferrari como entrenador”.
Pilo tuvo que tramitarle el pase de escuela y Chapu cursó tercer año de la secundaria en Santo Tomé. Pedro y Ángela iban todos los fines de semana, aprovechando que en Santa Fe estaba la mayor parte de la familia. “Fue mi primer desarraigo, pero no extrañé nada. Lo tomé natural. Me costó al principio, pero era lo que yo quería. Además, lo que había visto de Gachi, que me había enseñado un montón de cosas, me entusiasmaba”. Pese a la corta edad, Andrés se acostumbró rápido a moverse en colectivo, sobre todo para ir a visitar a los primos de Santa Fe. O para hacer sus primeras salidas nocturnas, teniendo en cuenta que se codeaba todo el tiempo con chicos mayores. También, cuando podía, se hacía una escapada a Gálvez.
Basquetbolísticamente, el salto era enorme. Pasaba a ser parte de un plantel con varios jugadores que eran promesas de la provincia, como Mauro Rotschy, Edgardo Agudo y los hermanos Negri. Otra vez: voluntad, decisión. Por eso, en la historia lineal de su carrera, el primer momento de corte podría decirse que se dio a partir de ese encuentro con el entrenador Gachi Ferrari. “La primera enseñanza de básquet fue con Gachi. Fue el primero que me dijo un movimiento de pivote es esto. Hasta ahí todos eran unos fenómenos, pero no había aprendido nada”. Pese a sus 15 años, Chapu tenía un carácter bravo, aun jugando con jóvenes de mayor edad. “Su temperamento era incontrolable -dice Ferrari-. Él no soportaba perder. No entendía que una de las posibilidades en el juego era que ganara el rival. No lo aceptaba”.
Gachi creía que, con ese temperamento y ese biotipo físico, era cuestión de darle lo que le faltaba: fundamentos. “A esa edad fue fácil enseñarle cosas, trabajarlo, porque lo que lo hacía distinto ya lo tenía. Y a mí dar fundamentos es lo que más me gusta. Técnica individual. Lo que costó de entrada fue acostumbrarlo a hacer entrenamiento físico. Una vez se me escondió cuando íbamos a correr por la costanera para evitar una pasada, lo agarré y le dije ‘vamos a ser claros de entrada, acá tenés que hacer esto porque si no te volvés a Gálvez, y no hay lágrimas, hay transpiración’. No le gustó nada. Unas semanas más tarde, empezó el torneo, tuvo un partido muy bueno y cuando lo fui a saludar me dijo ‘mirá la camiseta, esto es transpiración, no son lágrimas’. Me quedó grabado. Era muy orgulloso, pero tremendamente educado. Igual, siempre digo que un entrenador no puede darle talento a sus jugadores. Cuando me dicen que yo lo hice a Chapu, respondo que yo a los únicos que hice fueron a mis hijos. Si tuviera esa capacidad de dar talento ganaría millones”.
A los pocos meses de su llegada a Santo Tomé, donde integró el plantel de primera que ganó el torneo local, ocurriría el día D en la carrera de Chapu. Corría ya agosto, los primeros días. Gabriel Darrás, exjugador de la selección argentina, estaba en Buenos Aires y fue a tomar un café al bar El Dandy, famoso porque allí se había gestado la Liga Nacional Argentina, a partir de que su creador, León Najnudel, vivía enfrente. Y seguía siendo el sitio donde Najnudel, entrenador de Racing, pasaba sus tardes, siempre con amigos hablando de básquet. Darrás (santafesino), se encontró con Najnudel. “¿Gaby, que jugadores jóvenes están surgiendo en Santa Fe?”, preguntó León. “Mirá, en Unión de Santo Tomé están jugando con pibes muy jóvenes y me comentaron que hay uno que se destaca, Nochino, Nichino, algo así se llama”, respondió Darrás.
