El corredor - John L. Parker - E-Book

El corredor E-Book

John L. Parker

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Beschreibung

Publicado en 1978 por iniciativa propia del autor, en una edición muy limitada, "El corredor" ha sido un libro de culto, fotocopiado y pasado de mano en mano durante muchos años. Sus páginas retratan vívidamente la esencia de la competición atlética, razón por la cual es considerado uno de los libros de deporte más admirados y mejor escritos. Inspirado en la propia experiencia del autor como atleta universitario, ilustra el duro trabajo y la dedicación necesaria para llegar a ser un deportista de élite. La historia se centra en Quenton Cassidy, un corredor de la Universidad del Sureste cuyo sueño siempre ha sido correr una milla en cuatro minutos. Cuando está a punto de conseguir su objetivo, la agitación de la época contra la guerra de Vietnam llega hasta el departamento de atletismo de la universidad. Envuelto en las protestas de los atletas, Cassidy es suspendido del equipo. Tras renunciar a su beca, a su novia, y con casi toda probabilidad a su futuro, se aísla en el campo, donde comienza a entrenar para la carrera más importante de su vida, con la ayuda de su amigo y mentor Bruce Denton, un estudiante de doctorado y ex medallista de oro olímpico. A través de la narración, Parker refleja de manera insuperable y desde dentro la intensa vida de los corredores de fondo de élite y el duro sacrificio que supone trabajar cada día para ser el mejor.

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Seitenzahl: 448

Veröffentlichungsjahr: 2017

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John L. Parker

Título original: Once a Runner (1978)

© Del libro: John L. Parker Jr.

© De la traducción: Lucía Barahona

Edición en ebook: febrero de 2017

© De esta edición:

Capitán Swing Libros, S.L.

Rafael Finat 58, 2º4 - 28044 Madrid

Tlf: 630 022 531

www.capitanswinglibros.com

ISBN DIGITAL: 978-84-946737-3-3

© Diseño gráfico: Filo Estudio www.filoestudio.com

Corrección ortotipográfica: Victoria Parra Ortiz & Ángela Eguzquiza

Maquetación ebook: [email protected]

Queda prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento.

John L. ParkerEstados Unidos, 1947

Abogado y escritor estadounidense, Parker se graduó en Periodismo y Derecho en la Universidad de Florida, y desde entonces ha trabajado como abogado, periodista y columnista. Ha sido director editorial de la revista Running Times y ha escrito para Outside, Runner’s World y otras publicaciones especializadas, pero es conocido sobre todo por ser autor de la novela de culto El corredor (1978) y las más recientes De nuevo a Cartago (2007) y Carrera en la lluvia (2015).

Basada en su experiencia como atleta universitario, la famosa trilogía de Parker narra las luchas de Quenton Cassidy, un apasionado corredor de media distancia, y logró un éxito sin precedentes en la comunidad de corredores. El autor dijo en una ocasión que se necesita un corredor para contar la historia de un corredor, por lo que tardó cerca de ocho años en gestar el libro: siete como corredor y uno para escribirlo. Convencido de que la historia conquistaría a los deportistas, Parker no se limitó a escribirla, sino que fundó su propia editorial y se encargó en persona del diseño e impresión, y se dedicó infatigablemente a enviarla a fabricantes y distribuidores de calzado deportivo.

«Este libro es para Jack Bacheler y

Frank Shorter, viejos amigos,

fantásticos corredores. En cariñoso

recuerdo, compañeros, de muchos

Juicios y muchas millas…»

Contenido

Portadilla

Créditos

Autor

Dedicatoria

01. Érase

02. Doobey Hall

03. El entrenamiento matutino

04. Campo a través

05. Jugando a los bolos por dinero

06. Bruce Denton

07. Andrea

08. Dick Doobey

09. Una tarde

10. Demonios

11. Apuntes de una seguidora

12. La acusación

13. El juicio

14. Pista cubierta

15. De baja

16. Nuevo territorio

17. Desmoronamiento

18. Reuniones

19. El espectacular asalto a medianoche

20. Escapada nocturna

21. Steven C. Prigman

22. Brady Grapehouse

23. Más caballo que jinete

24. Mudanza

25. El bosque

26. Misión de reconocimiento

27. Una muerte muy temprana

28. Tiempo

29. Veinticuatro bajo la lluvia

30. Hidromasaje

31. Cogorza irlandesa

32. El entrenamiento de intervalos

33. Orquídeas

34. Pausa

35. El círculo

36. La carrera

37. La ciudad más sosegada

38. El corredor

Epílogo

01

Érase...

Los corredores nocturnos estaban fuera, como de costumbre.

A pesar de la pálida luz, el joven podía ver sus figuras tenues en la pista corriendo lentamente, vuelta tras vuelta, la ruta más infinita de todas. Habría, lo sabía bien, mujeres rollizas de aspecto decidido avanzando pesadamente mientras sus rodillas carnosas temblaban. De tanto en tanto se retirarían con ímpetu mechones de pelo húmedo de los ojos y soñarían con ciertos maestros de ceremonias, crueles y sonrientes: bikinis, inauguraciones y cosas por el estilo. Y también, por supuesto, con partidos de tenis con hombres musculosos de dientes blancos y con tangos salvajes a la luz de la luna.

Habría también hombres en edades y estados de deterioro muy diversos, tal vez pulverizando sus fantasías más secretas (¿acaso a medida que completaban cuartos de vuelta de noventa segundos se imaginaban a sí mismos como un Peter Snell1 en ciernes, únicamente frenados por la grasa o el miedo?).

El joven se detuvo unos instantes al otro lado de la valla. Una nube de polillas atacaba las farolas, dejándolo bajo un débil foco de luz apagada por sombras temblorosas. Le encantaba el principio del otoño en el Panhandle de Florida.2 En otros lugares las hojas estarían palideciendo, pero allí aún se sentía el cálido aliento del verano. No obstante, era posible apreciar una leve corriente en el calor húmedo, una promesa distante de aires más fríos colgaba de las copas de los árboles y junto al musgo español. Recogió su pequeña bolsa de viaje, franqueó la puerta y caminó por la pista en el sentido de las agujas del reloj hacia el poste de salida, que se encontraba al comienzo de la primera curva. Los corredores ignoraban al extraño vestido con ropa de calle, y él, de la misma manera, tampoco les prestaba ninguna atención. Siempre estarían allí.

El foso de recepción del salto de altura había sido reestructurado, se había añadido una nueva sección de gradas descubiertas y habían instalado un salto de agua para la prueba de obstáculos. Por lo demás, el aspecto era el mismo que el que había tenido cuatro años antes, el mismo que probablemente siempre presentará una pista oval de cuatrocientas cuarenta yardas para alguien que conoce todas y cada una de las 440 pulgadas de un cuarto de milla.

Los Juegos de aquel año ya habían terminado. Él sabía muy bien que, en su caso, habían terminado para siempre. En ciertos círculos, cuatro años es muchísimo tiempo; en el tiempo real —el de los tenderos, los vendedores de seguros, el interés compuesto, etcétera— quizá no lo es en absoluto. Pero en su propia mente el tiempo descansaba en receptáculos particulares; para él, el paso de un minuto asumía todo tipo de significados excepcionales. Un minuto era la cuarta parte de una milla de cuatro minutos, un ápice de sus días y rutinas.

Como les sucedía a muchos otros, no tenía ni idea de qué haría ahora que todo había terminado. Era algo tan exigente, tan definitivo, tan catártico, que la mayoría simplemente jamás pensaba más allá. Suponía que estarían desperdigados por todo el mundo, haciendo algo muy parecido a lo que él estaba haciendo en ese momento: reflexionando sobre ello, dándole vueltas, haciendo el cómputo de lo perdido y lo ganado.

Otra vez iba a tener que retomar el hilo de una vida normal y, aunque no sabía exactamente por qué, debía empezar por volver allí, al calor del invernadero del Panhandle, regresar al óvalo de cuarto de milla que todavía retenía su sudor, un sudor que se había secado hacía mucho tiempo. Un nuevo septiembre, el mes de las promesas.

Dejó la bolsa en el suelo junto al foso del salto con pértiga, miró hacia atrás para asegurarse de que no venía nadie por la pista hacia él y a continuación avanzó hasta la línea de salida. «Dios —pensó—, otra vez en la salida».

Aguardó muy quieto en la calle 1, bajó la vista a sus zapatos de calle (los corredores lo rodeaban dirigiéndole miradas curiosas) y trató de evocar la sensación. Tras unos instantes, le llegó un vestigio de ella y supo que eso sería todo. «Puedes recordarlo —se dijo—, pero no podrás volver a experimentarlo de aquella manera. Tienes que conformarte con las sombras». Después pensó en cómo eran la segunda y la tercera vueltas y decidió que a veces con las sombras era suficiente.

Tenía veintiséis años, cinco meses y dos días, y aunque allí de pie en la línea de salida se sentía bastante más mayor que eso, los músculos definidos que ondulaban de arriba abajo por el interior de la pernera del pantalón solo podían ser el resultado, en términos biológicos, de más millas de las que estaba dispuesto a recordar de una sola vez.

Trató de centrarse en las emociones borrosas, tal y como haría un fotógrafo metafísico que enfocara los contornos nítidos para ajustar el centro del cuadro. ¿Qué era lo que sentía en aquel momento? ¿Nostalgia? ¿Arrepentimiento? Su mente se contrajo y se hizo eco de la pregunta: ¿estoy ablandándome?

Era una pregunta para la que no tenía respuesta. Una vez más se dio cuenta de lo experto que se había vuelto en no saber responder a esa clase de cuestiones. Sus emociones, igual que su piel, estaban cubiertas de callosidades.

El juez de salida les pediría que se colocaran en sus puestos, así que durante un instante él se quedó allí de pie, en mitad de la noche. Daría las órdenes de salida: «en sus puestos, ¿listos?», y enseguida vendría el pistoletazo. Respiró profundamente y echó a andar hacia la curva en el sentido contrario a las agujas del reloj, una acción con la que estaba de sobra familiarizado, pues así eran todas las carreras, y pensó: «La primera vuelta se pierde en un instante de adrenalina y pasos resonantes».

1 Peter George Snell (1938) está considerado el mejor deportista neozelandés del siglo xx. Como atleta se especializó en pruebas de media distancia y a lo largo de su vida deportiva ganó tres medallas olímpicas.

Todas las notas de la presente edición corresponden a la traductora. A lo largo de todo el texto se emplean diversas unidades de longitud que no forman parte del sistema métrico decimal, como milla, yarda o pulgada. Una milla equivale a 1609,344 metros, una yarda equivale a 91,4 centímetros y una pulgada equivale a 25,4 milímetros.

La carrera de la milla —prueba atlética en la que compite el corredor protagonista, Quenton Cassidy— fue muy popular en 1950 y 1960. Sin embargo, en 1976 la Asociación Internacional de Federaciones de Atletismo decidió formalizar todas las carreras con el sistema métrico internacional, y la carrera de una milla se vio reemplazada por la de los 1500 metros. La prueba de la milla sigue realizándose a día de hoy debido a su enorme peso histórico en el atletismo de medio fondo. Desde 1999, el marroquí Hicham el Guerrouj ostenta la plusmarca masculina (3:43.13). La rusa Svetlana Masterkova logró la marca de 4:12.56 en 1996, convirtiéndose en la plusmarquista femenina actual en esta prueba.

2 El «Panhandle» de Florida es un término no oficial para designar a la región noroeste del estado de Florida.

02

Doobey Hall

Doobey Hall era una de esas antiguas construcciones retumbantes de madera que parecían conservar los fluidos y las esencias de todos cuantos habían residido allí a lo largo de los años. Como una butaca de tela, olía a humedad, pero era agradable.

Como ocurre con tantas otras estructuras que en algún momento han sido el hogar de alguien, había logrado mantener una cierta calidez familiar en medio del alboroto institucional actual. Los golpes y los ruidos sonaban más profundos que los repiqueteos secos y discontinuos de otras residencias más funcionales y modernas.

Tras haber sido en su momento el hogar del alcalde de Kernsville, Hiram «Sidecar» Doobey, y de su estrepitosa parentela; durante los últimos años la gran casa familiar se había destinado a dar cobijo a los treinta y pico miembros del agradecido equipo de atletismo de la Universidad del Sureste. Situado por fortuna a tan solo dos manzanas de donde se encontraba el campus propiamente dicho, el edificio emitía de la mañana a la noche una cacofonía constante pero imprevisible de aullidos que apenas resultaban humanos, gritos primitivos y fragmentos desafinados de las canciones de moda del momento, todo ello cortesía de un grupo singular de jóvenes sapiens cuya función principal en la vida era correr, saltar y lanzar objetos pesados de un lado a otro, y hacerlo además mucho mejor que el común de los mortales. Toda la energía que se necesita para realizar un lanzamiento de peso de veintiún metros y treinta y tres centímetros o un salto de dos metros y trece centímetros de altura a veces no logra estar contenida por una simple estructura de yeso y madera.

Las paredes temblaban y sucedían cosas inquietantes.

El viejo Sidecar Doobey —fallecido hacía ya algunos años— habría sentido un cosquilleo. Su apodo era un artefacto de aquel pasado sin preocupaciones que se vivió durante la Depresión, en el que los sábados por la noche, por pura diversión, Doobey daba cuenta de una jarra del brebaje local libre de impuestos, alzaba en brazos a su diminuta y sorprendida esposa —una guapa mujer de ojos grandes llamada Emma Lee—, la sentaba en el sidecar de su Harley Davidson de 1932 con motor Flathead de setenta y cuatro pulgadas cúbicas y, sin más preámbulos, procedía a aterrorizar a los rebaños de ganado vacuno.

—Mujer —decía sosteniéndole durante un instante la mirada de ojos verdes desorbitados—, ¡vamos a hacer algo de conducción nocturna!

—¡Eeeeeh! —decía ella.

Esto no quiere decir que Sidecar fuese exactamente un criminal, puesto que era el dueño de la mayoría de las vacas del condado de Kalhoun (y, de hecho, de mucha de la tierra y de numerosas hipotecas en situación de riesgo). Simplemente era lo que algunos llamaban «alegre». Sidecar era uno de esos hombres realistas y enérgicos que comprenden muy pronto en la vida cuáles son las palancas y las poleas que de verdad funcionan y cuáles no sirven más que como elemento decorativo. Y también era consciente de las grandes probabilidades de que un buen día todo aquello llegara a su fin. Suponía que era algo irremediable.

La única vez que se metió en un problema digno de mención fue una noche en la que armó especial alboroto, destrozó varias cercas y (con Emma Lee chillando a su lado como un murciélago herido) entró en Kernsville rugiendo deseoso de «bombardear a las malditas palomas» para regocijo de los vejestorios arrugados de mirada triste que lo observaban sentados en la plaza del juzgado.

—Dios, sheriff, le juro que… yo…, Dios, no sé por qué a veces me pongo tan agresivo —dijo con verdadero arrepentimiento la mañana siguiente a su arresto, con la cabeza greñuda y punzante sujeta entre las manos.

—Verás, papi —dijo el sheriff—, la gente está empezando a hablar y eso es algo que no se puede negar. —El sheriff William «Botas» Doobey era su primogénito—. Lo que no consigo comprender —continuó el agente del orden público— es por qué siempre te empeñas en llevarte a mamá.

Sidecar se enderezó de repente:

—¡Cómo! —graznó con gran violencia—, ¡ella disfruta como loca con esto!

Es posible que fuera un reflejo del sentido del humor colectivo de aquella ciudad universitaria lo que un año después llevó a sus habitantes a elegir como alcalde a Sidecar. Su campaña estuvo basada en la expulsión de los bastardos, un programa cuyo único interés residía en que los bastardos eran, casi sin excepción, sangre de su sangre. Fiel a su costumbre, se salió con la suya y logró echarlos a todos.

La elección de Sidecar fue, como buena parte de su vida, un premio que le había caído del cielo prácticamente sin preguntar. El único dolor profundo que le tocó vivir llegó con el nacimiento del más joven de sus hijos, cuando él tenía cincuenta y dos años y Emma Lee, casi cuarenta. El chaval resultó ser un simple negado. Botas podía haber recibido un nombramiento para ingresar en West Point,3 Sheryl Ann había sido la reina del baile de graduación del Instituto de Tecnología de Georgia (antes de abandonar los estudios para casarse con un linebacker4 medio). Sidecar sentía un profundo dolor en el pecho al observar a su hijo pequeño, que en realidad se parecía más a un nieto, tratar de dominar la configuración elemental de la palanca de cambios del gran tractor John Deere. Cuando, durante una simple partida de cartas, el chaval se vio obstaculizado por un primo la mitad de joven que él, Sidecar deambuló por los campos y lloró de rabia.

En ese momento Sidecar decidió, siendo un hombre de grandes conceptos, así como un mecenas de la ironía, obtener para aquel chiquillo ligeramente confundido lo que a sus otros hijos les faltaba (y en cualquier caso no querían): estatus académico. Años más tarde, este curioso encargo se llevaría a cabo de la forma habitual en que los hombres poderosos y de escasos escrúpulos logran objetivos difíciles o imposibles, es decir, de extranjis. Cedió a la Universidad del Sureste (desesperadamente necesitada de espacio para el incipiente departamento de Entomología) la casa que había ocupado durante los siete años que había sido alcalde. La escritura contenía el clásico texto estándar: «A cambio de diez dólares y otros principios de buena fe y uso lícito…». Únicamente estaban al tanto de la naturaleza de estos otros principios de buena fe y uso lícito el propio Sidecar, su abogado y el rector de la universidad, el Honorable Steven C. Prigman, antiguo miembro de la augusta Corte Suprema de Florida. Por aquel entonces, Emma Lee llevaba cinco años enterrada y el viejo Sidecar quería distanciarse de la «maldita política urbana» y regresar al rancho, donde «¡maldita sea!, al fin podré morir con el noble olor de la paja y el estiércol fresco en los orificios nasales». No mencionó que en realidad estaba barajando la idea de resucitar la vetusta y preciada Harley que en aquel momento yacía oxidada en el granero bajo una lona salpicada de manchas de pintura.

Su hijo pequeño tendría que simular que asistía a la universidad, puesto que la ceremonia de entrega de diplomas no tendría lugar hasta dentro de otros cuatro años. Sidecar mataba el tiempo en el rancho: incordió al capataz todo lo que quiso, compró una arboleda de nogales de cincuenta y cinco acres y finalmente lograron convencerlo para que adquiriera un paquete turístico que le permitió visitar diversas ciudades mexicanas de interés. Volvió ensalzando las propiedades regenerativas de ciertos destilados de cactus e insinuando apuntes enigmáticos sobre el «negocio de la importación y la exportación».

En el entorno académico, las cosas se desarrollaron sin un solo tropiezo y el viejo Sidecar vivió para contemplar la marcha embobada de su hijo, aturdido y sudoroso como un peón de campo ataviado con la toga y el birrete, al ritmo de Pompa y circunstancia.5 En pocos años, Doobey Hall se quedó pequeño para el departamento de Entomología y el equipo de atletismo, unánimemente encantado, lo heredó. Sidecar falleció al poco tiempo, pero llegó a decirse que trató de escapar a patadas del féretro de camino al cementerio de Kernville llamado «Jesús camina entre nosotros».

Gran parte del folclore dedicado a Doobey se había extendido por todo Kernsville y alrededores, y justificaba muchos de los grafitis que lucían desperdigados por todo el campus. Un semestre, en uno de los laterales del viejo gimnasio, grandes letras rojas advertían de manera siniestra: «¡Sidecar vive!».

Hiram Sidecar Doobey, zascandil vigoroso, terrorista bovino y tocapelotas por excelencia, acabó convertido en una especie de Kilroy6 regional y rústico.

Y el último heredero varón de su dinastía, el mentecato de falsa titulación e inexplicable predilección por lastimar insectos, el más joven de su prole, Dick Doobey, acabó convertido en el entrenador jefe del equipo de fútbol americano.

3 La Academia Militar de Estados Unidos, conocida también como West Point, es una escuela militar creada en 1811. Está ubicada en West Point, a unos ochenta kilómetros al norte de Nueva York.

4 Posición del fútbol americano y canadiense que forma parte del equipo defensivo.

5 Serie de cinco marchas orquestales compuestas por el maestro inglés Edward William Elgar (1857-1934). La más conocida es la Marcha n.º 1, y Pompa y circunstancia suele referirse únicamente a esta pieza. En Estados Unidos, se conoce la Marcha n.º1 simplemente como «Himno de graduación» y está directamente asociada a la ceremonia de entrega de diplomas.

6«Kilroy estuvo aquí» (Kilroy was here) fue un célebre grafiti de la Segunda Guerra Mundial que muestra a una persona mirando por encima de una cerca donde aparece la frase Kilroy was here.

03

El entrenamiento matutino

En el tercer piso de Doobey Hall se hallaba la habitación en la que Dick Doobey había dormido de niño. Ahora, en la maltrecha puerta de roble había dos fichas de tres por cinco cuidadosamente clavadas con chinchetas, una sobre la otra.

La primera decía en caracteres de una máquina de escribir Smith Corona:

Si puedes emplear el inexorable minuto

recorriendo una distancia que valga los sesenta segundos,

tuya es la Tierra y todo lo que hay en ella,

y lo que es más, serás un hombre, hijo mío.

—Rudyard Kipling, 1892

En la otra ficha ponía:

Rudyard Kipling corría una milla en 4:30.

—Quenton Cassidy, 1969

Se aproximaba el amanecer, y dentro de la habitación, el mismísimo Quenton Cassidy en persona dormía a intervalos irregulares envuelto en la esfera húmeda de sus peores miedos. Hay que reconocer que sus pesadillas no estaban exentas de cierta gracia. Una vez tras otra soñaba con el mismo tema, ya viejo y conocido: estaba en la última vuelta de una carrera y no había ni un solo corredor que no le estuviera dando una tremenda paliza. Él corría embadurnado de crema de cacahuete hasta la cintura y todos los demás lo adelantaban deslizándose a su lado con total facilidad. Trataba de usar las manos para agarrarse a algo que le permitiera impulsarse hacia delante, pero no servía de nada. ¿Qué era lo que iba mal? ¿Su entrenamiento no era el adecuado? ¿Dónde estaba su potencia?

Afortunadamente, se despertó. Lo hizo antes de que sonara la alarma, empapado en sudor de lo inquieto que estaba, pero enseguida se olvidó del sueño. Se sentó en el borde de la cama y comenzó a mover los dedos de los pies pensativamente, dejando que las telarañas de la ansiedad se desvanecieran en su cabeza llena de greñas. En el mundo consciente, vivía centrado en cuerpo y alma en la acción de cubrir distancias rápidamente a pie, una actividad en la que a decir verdad no tenía rival, salvo una docena de personas dispersas por todo el país, por el mundo incluso, que también se despertaban de la misma clase de sueños perturbadores. Quenton Cassidy conocía el nombre y el apellido de todos ellos.

Enfundado tan solo en los ligerísimos pantalones cortos de nailon que utilizaba para dormir, se acercó rígido y sin prisa hasta la ventana iluminada por la luz del amanecer y se quedó un momento allí de pie disfrutando aún medio dormido del pálido resplandor amarillo anaranjado que bañaba los robles americanos al otro lado de la ventana. La brisa ligera era lo bastante fría como para ponerle la piel de gallina. Aquel asunto de tener que madrugar le gustaba más bien poco, pero la idea de no hacerlo jamás se le pasó por la cabeza ni una sola mañana.

Quenton Cassidy medía casi un metro noventa y sus setenta y cinco kilos se extendían a lo largo de su complexión tal y como exigían las intensas necesidades diarias de su especial misión. Bajo la piel tensa fluía tranquilamente una musculatura lisa que le confería un aspecto de fortaleza liviana y elástica: la visión de un halcón joven y sin plumas.

En su cuerpo no había ni un solo ángulo o protuberancia superfluos; la forma había sido finamente cincelada, como si estuviera hecha a partir de madera erosionada por la acción de la arena de la playa, estriada con ángulos oblicuos y repliegues largos y delgados, delicado fruto de su firme dedicación. Incluso ahora, mientras permanecía completamente inmóvil en el resplandor del amanecer, los muslos con forma de lágrima invertida y la musculatura de las pantorrillas sugerían una única acción: velocidad constante y natural.

El dolor que le sobrevino al estirarse le resultó agradable. Se alejó de la ventana y volvió a sentarse en el borde de las sábanas arrugadas para ponerse las zapatillas de entrenar, unas Adidas Gazelle gastadas. Tenía la cara sonrosada, incluso a pesar de la suave luz. De nariz escandinava y pómulos afilados, su atractivo era cuestionable. El pelo desaliñado de color pardusco, aclarado por todas las horas que pasaba al sol, le caía de cualquier manera sobre la cara mientras se ataba las zapatillas con un doble nudo. Se enjuagó las manos en el lavabo (los cordones, depositarios de un sudor ancestral, olían como alguien que hubiera muerto detrás del frigorífico) y con un gruñido salió por la puerta y se marchó.

Quenton Cassidy era corredor de milla.

Por las calles, muy temprano, el pequeño grupo de corredores bajó por la avenida de la Universidad y giró hacia el norte a la altura de la calle 34; debían recorrer un gran cuadrado de siete millas de longitud al que se referían indistintamente como «el circuito de la mañana», «el curso de las siete millas» o «la loncha de beicon» (debido a la serie de colinas onduladas que presentaba). Cassidy corría en la cola del grupo, y sus zancadas eran tan relajadas que rozaban la torpeza. Para el corredor de milla, un ritmo de 6:30 era un traspié, pero la fatiga acumulada no le hacía desear nada más desafiante. Charlaba tranquilamente con Jerry Mizner, un corredor más delgado y moreno que lucía el verdadero aspecto de un hombre de larga distancia. Cassidy y él habían pasado por lo que ahora llamaban el «juicio de las millas». Como sucede con los supervivientes de un naufragio, con los rehenes y con otra gente que ha tenido que enfrentarse a circunstancias difíciles, sentirse presionado fomenta un tipo de intimidad ajena a los sentimentalismos. Había veces en las que Cassidy y Mizner parecían capaces de leerse la mente el uno al otro.

—No creo que de verdad pueda hacerse —dijo Mizner.

—Es totalmente cierto. Puedo dormir como mínimo hasta la primera media milla. Estoy seguro. Dicen que los soldados pueden marchar cuando…

—Qué va…

—Bueno, en cualquier caso siento como si durmiera, y con eso me vale.

—Sentir y hacer son dos cosas diferentes. Lo dijo Platón, o Hugh Hefner…,7 fue algún filósofo.

A Cassidy, aquella rutina matutina no le producía ninguna satisfacción. Dormía intensamente y tenía un despertar lento. Las personas madrugadoras que aseguraban disfrutar con aquellas incursiones al amanecer le irritaban enormemente. Sin embargo, la charla ligera lo hacía todo más fácil, convertía la actividad en una especie de acontecimiento social, puesto que, así como cada categoría cuenta con sus privilegios, lo mismo sucede con el comportamiento apenas comprensible de los buenos corredores de fondo: cotorrean como loros.

Con ritmos que podrían pasmar y desalentar a cualquier corredor no profesional, por muy diligente que este fuese, los corredores profesionales mantenían toda clase de chácharas y se dedicaban a hacer payasadas. Cuando ocasionalmente pasaban volando junto a un gordito resoplante o un corredor de ruta entrado en años, de forma automática bajaban el volumen de la charla para no abrumar a nadie y evitar que los consideraran unos engreídos (esto no quiere decir que aminoraran la marcha en absoluto). Lo cierto es que respetaban a aquellos primos espirituales lejanos, pues eran quienes, entre todos los demás, podrían llegar a sentir un atisbo de comprensión por su dedicación. En cualquier caso, el parecido entre unos y otros era el equivalente al que hay entre un puma y un gato. Es la diferencia entre estirarse perezosamente sobre la moqueta y rondar por la jungla en busca de carne roja fresca.

—Supongo que enseguida sabremos quién ha llegado bien y descansado del fin de semana —dijo Cassidy. Se acercaban al punto que marcaba la mitad del recorrido.

—Tres intentos —dijo Mizner.

A pesar de la prohibición vigente de competir durante los entrenamientos largos, puesto que era una práctica que no tardaba en desmadrarse, algún joven corredor de vez en cuando salía disparado en pos de una victoria barata.

—Mira eso —dijo Cassidy, señalando la cabeza del grupo. Mizner miró hacia delante y sonrió al mismo tiempo que encogía los hombros, como queriendo decir «me da igual».

—Calenturas de lunes por la mañana —repuso airosamente Mizner. Se refería a Jack Nubbins, que en aquel momento iba casi veinte metros por delante y seguía apretando. Era un prometedor estudiante de primer año procedente de los territorios de maleza y pinos situados al norte de Orlando, a quien numerosas escuelas habían tratado de cortejar hasta que descubrían que su expediente académico revelaba algunas deficiencias alarmantes. A su llegada a la Universidad del Sureste en periodo de prueba, se dedicó a repetir al resto de compañeros de primer curso en Doobey Hall: «Me llamo Nubbins y corro una milla en 4:12.3, pero monto a caballo mejor que eso y en otoño salgo a cazar jabalíes con mi abuelito, unas veces usamos armas y otras no. Encantado de conocerte».

Los demás corredores, si bien fondistas o mediofondistas como él y acostumbrados a cierto grado de chaladuras, consideraban que Nubbins estaba como una chota y les resultaba absolutamente fascinante. Cassidy lo toleraba, pero pensaba que armaba demasiado escándalo al reírse y que abusaba de expresiones dialectales, como «amarrar cerdos» o «tiro a las entrañas». Además, parecía que le faltaba un cierto… respeto.

—Sospecho que esta mañana no va a ser capaz de contenerse —farfulló irritado Cassidy. Algunos de los otros corredores intentaban alcanzar el ritmo de Nubbins y en el grupo empezaba a haber descolgados. La regla tácita que prohibía esa clase de competiciones tenía una sanción: los que se empeñaban en hacerlo podían encontrarse de repente en mitad de una carrera a vida o muerte con alguno de los alumnos mayores.

—¿Ayer hiciste veintisiete? —preguntó Cassidy.

—Sí.

—Entonces no querrás acompañarme, ¿verdad? Para echarnos unas risas.

—No.

—Lo suponía. Hasta luego.

—Hasta luego.

Nubbins había sido un prodigio en el instituto. Era verdad que había completado una milla en 4:12 y que había estado a punto de bajar de los 9:00 en las dos millas. Que un atleta escolar lograra aquellas marcas era sin duda un logro impresionante y había proporcionado a Nubbins un estatus indiscutible entre sus jóvenes compañeros. Un corredor tan potente como él, despojado de cualquier sentimiento de pertenencia al equipo y sin ningún tipo de control, se dedicaría en cuerpo y alma a destrozar a la mayoría de sus compañeros. Pronto representaría para ellos la cúspide, el competidor definitivo; siempre personificaría el límite de sus virtudes. Si su personalidad hubiera sido otra, habría aceptado aquella responsabilidad con cariño y gran modestia. Siempre y cuando él no dejara de ser el vencedor, se reiría y bromearía con ellos y les daría palmaditas en el hombro en procaz camaradería para luego, cada día, en la pista o en los recorridos, pisotearlos hasta la sumisión como quien no quiere la cosa. Mizner lo llamaba el «síndrome del líder».

Todo el mundo competía contra sus colegas hasta cierto punto; que un compañero de equipo te superara en un entrenamiento diario no hacía presagiar nada bueno cuando lo que pretendías era comerte el mundo entero. Cassidy, no obstante, intentaba hacer entrar en razón a los corredores más jóvenes sin tener que recurrir cada vez a las comparaciones aleccionadoras. Era más fuerte que ellos, quería que lo supieran, pero no a base de insistir sobre ello. Hay tiempo, les decía; tiempo y más tiempo. Quería impartir algunas de las verdades que Bruce Denton le había enseñado: que no te conviertes en campeón solo por ganar un entrenamiento matutino y que el único camino es dirigir la ferocidad de tu ambición a lo largo de muchos días, meses y (si finalmente conseguías aceptarlo) años. El juicio de las millas; las millas del juicio. ¿Qué podía hacer para que lo entendieran?

Nubbins estaba lejos de ser un holgazán. Era rápido, luchador y tenía fuerza mental. Los nueve títulos estatales conquistados así lo atestiguaban. Como todos los buenos corredores, no regalaba nada. Cassidy sabía que daba las victorias por seguras desde hacía mucho tiempo, que estaba acostumbrado a mirar a los adversarios con una especie de compasión displicente para después dejarlos atrás sin despeinarse.

El sentimiento de desesperación gradual que ahora sentía era una experiencia nueva e incómoda. Nunca antes había corrido perseguido por una sombra innegociable. Aceleró un poco más, pero Quenton Cassidy (que llevaba una camiseta que ponía «Ser flaco es chic») simplemente lo miró sonriente y afable.

—Te sientes bastante bien, ¿eh, Jack? —preguntó al exhalar.

—Nada mal, supongo. —Nubbins intentó devolverle la sonrisa.

—Bien —repuso Cassidy mientras aumentaba el ritmo unos diez segundos por milla. Un minuto después, cuando Nubbins se había casi acostumbrado al alarmante nuevo ritmo, Cassidy se lanzó a por doscientas veinte yardas de treinta y dos segundos. Estaban esprintando en toda regla por la acera a primera hora de la mañana. La cara de Nubbins se veía a la vez tensa y pálida. Era la vívida expresión de un hombre metido en un buen lío.

Volaban a un ritmo inferior a cinco minutos, lo bastante rápido como para sobresaltar a los peatones. Entraron en la última milla como una exhalación, se toparon con una alumna adormilada que se dirigía a la primera hora de clase y cada uno la rodeó por un costado: un montón de apuntes de biología salieron despedidos por los aires.

Mizner llegó trotando hasta los escalones del porche de Doobey Hall, donde Cassidy se había dejado caer para descansar.

—¿Qué? —dijo—, ¿tenemos un nuevo creyente?

—¡Y yo qué sé! ¡Jesús! No veas si es duro el cabrón. La próxima vez te encargas tú de él. ¿Sabes dónde se ha metido?

—Sí, lo pasé hace una media milla. Dijo que se iba a levantar pesas al gimnasio. ¿Es lo mismo que te dijo a ti?

—No, a mí no me dijo más que: «Aaack».

—¿Aaack?

—Aaack. Justo antes de echarse hacia delante, agarrarse las rodillas y empezar a coger aire desesperadamente.

En el universo del corredor, igual que en el océano, existe una jerarquía de ferocidad. En el mar, la fulminante barracuda que se zampa al veloz jurel azul es a su vez comida por el impresionante tiburón mako. En la pista, estas posiciones relativas están más o menos establecidas en negro sobre blanco, y solo un precio tan contundente como elevado puede llegar a alterarlas. El orgullo necesariamente brota y crece, un orgullo que únicamente puede proceder del esfuerzo incansable de reblandecer la carne renuente, de meses de dolorosa trituración y combustión de todo aquello que pesa, que debilita las fuerzas y resulta inútil para que un cuerpo se asemeje a un proyectil. El corredor se vuelve casi altivo. Contempla a los que son más fuertes que él con respeto y miedo, mientras que se muestra simpático y tolerante con los que son más lentos (pisan un terreno que él ya conquistó hace tiempo). Deshacerse de un solo segundo se anuncia como si se hubiera producido un nacimiento en la familia.

Quenton Cassidy había corrido una milla en 4:00.3 y, a pesar de que el mundo del deporte había recibido esta hazaña con una actitud que rozaba la indiferencia, los corredores de milla que bajaban a cuatro minutos eran todavía una raza muy rara, tan excepcional como, pongamos, los astronautas. El nombre Cassidy aparecía en los libros de registro escolares un total de ocho veces, contando los diversos juegos atléticos. Aunque Jack Nubbins era un corredor joven con mucho talento, Quenton Cassidy había llegado a ver su espectro; bajo todas esas capas de melancolía y fatiga que tan bien conocía, generalmente solía encontrar algo más que un deseo indescriptible y efímero de adquirir trofeos de plástico. Nubbins y él ni siquiera jugaban al mismo juego.

—Buenos días, capitán Cassidy —lo saludó Michael Mobley, el lanzador de peso. Tenía el típico aspecto de tiarrón estadounidense. Su figura cercaba la mesa como si esta fuera de juguete.

—Buenos días, capitán Mobley —respondió Cassidy—. Enseguida me reúno con usted.

Probablemente Cassidy había sido el responsable de que los tres capitanes hablaran entre ellos con aquel exceso de respeto. Sentía una irreprimible afinidad por las tradiciones más simples.

El comedor de Doobey Hall era una muestra de lo que podría pasar si un avión de carga repleto de solomillo crudo se estrellara en un recinto lleno de leones. Varias decenas de atletas gritaban, reían, confraternizaban y se golpeaban unos a otros con la familiaridad simple y afectuosa que el deporte inculca en los grupos de jóvenes, y que consciente o inconscientemente echarán de menos durante el resto de su vida.

Reinaba un caos sumamente jovial, sobre todo teniendo en cuenta que la cantidad de calorías que ingerían resultaría más apropiada para el conjunto de una localidad de pequeño tamaño. Los corredores de fondo, que estaban relativamente delgados, comían más de lo que uno podría pensar (Cassidy llenó la bandeja con tres raciones de huevos revueltos, dos tortitas, salchichas, casi un litro de leche y dos rosquillas para más tarde). Un coloso como Mobley, sin embargo, se limitaba a devorar alimentos con total determinación. Con una meticulosidad y una concentración inquebrantables, se sentaba y consumía.

—¿Tengo o no tengo que mantenerme fuerte? —decía—. Si no, tienes que ponerte con los esteroides anabólicos y la verdad es que no tengo muchas ganas de que se me encojan las pelotas y se me queden como dos cacahuetes. —Su risa sonaba como un bombo.

Los lanzadores de peso solían ser unos machitos engreídos, aunque en realidad eran bastante amables; su presencia física resultaba tan amenazadora que nunca necesitaban recurrir al abuso. Estos especímenes iban por la vida a su manera. Se dedicaban a lanzar bolas de hierro de siete kilos y veintiséis gramos a distancias más que considerables, a tirar discos de fibra de vidrio hasta donde se te perdía la vista y a impulsar lanzas puntiagudas de aluminio hacia el horizonte. Encarnaban el retorno más directo a los tiempos remotos en los que aquellas artes se ejercitaban para golpear y perforar la armadura de los enemigos, para derramar sangre a distancia evitando el cuerpo a cuerpo. Equivalían a la artillería pesada de la antigüedad. La confianza en uno mismo de los que se dedican a tales menesteres es enorme y no requiere el apoyo de ninguna bravuconería. Solo se temían entre ellos.

Los corredores de fondo eran mensajeros serenos. Se deslizaban por los senderos boscosos y los caminos de montaña del mismo modo que sus ancestros espirituales guardaban silencio durante largas horas mientras portaban algún mensaje cuya trascendencia no constituía más que un ápice de la considerable incertidumbre que sentían. Vivían dentro de sí mismos; se comportaban así desde hacía muchísimo tiempo y continúan haciéndolo a día de hoy.

Entre los lanzadores de peso y los corredores de fondo existía un gran respeto implícito que todos comprendían, pero que nunca se examinaba a fondo. Si bien es cierto que, de una manera u otra, todos los atletas abordaban los límites absolutos del cuerpo y el espíritu humanos; los fondistas, mediofondistas y los lanzadores de peso parecían compartir un modo especial de entender las cosas, y entre ellos reinaba una buena amistad.

Los velocistas y los saltadores no tenían nada que ver con ellos. Su arte giraba en torno a un único instante explosivo durante el cual todo se ganaba o se perdía. Quizá eran los descendientes espirituales de las tropas de asalto que se abrían paso en las trincheras y escalaban barricadas para liderar el ataque. Eran nerviosos, eléctricos, y pasaban de estar absortos con el éxito a verse atrapados en un pantano hediondo. Eran los maníaco-depresivos del mundo del atletismo. Constantemente se daban fuerzas a sí mismos a base de fanfarronería, tanto para afirmar un coraje decaído como para intimidar a sus oponentes. La intensidad de sus competiciones era feroz, casi cruel. Un saltador de altura está en el aire menos de un segundo y medio. La carrera de un velocista dura diez segundos. Un saltador de pértiga sujeta la catapulta de fibra de vidrio mientras contempla su labor mucho más tiempo que los tres segundos que permanece en el aire denso luchando contra la gravedad. Cassidy se compadecía de la intensidad de sus certámenes, pero a la vez sentía envidia. El gruñido, fruto del enorme esfuerzo, los músculos elásticos que respondían a años de entrenamiento y ejercicio explosivos, el cuerpo que salía disparado hacia arriba, cada vez más alto, y que giraba sobre un eje de técnica perfecta (tan rápido que si no supieras dónde buscar te perderías su belleza), el instante terrible con la mirada penetrante llena de odio hacia la temida barra negra y blanca —una obstrucción frágil, colmada de vergüenza y repugnante al tacto— y a continuación la caída libre (lanzando los puños al aire con alegría y alivio), de vuelta a los cuidados terrenales. «Sí, desde luego tenía algo», pensaba Cassidy, particularmente en los calurosos días primaverales en los que él debía correr quince o veinte cuartos de milla en una pista pegajosa bajo el sol abrasador.

En cualquier caso, los compañeros de mesa de Cassidy contribuían a que las comidas fueran muy alegres. Mizner y él, todavía húmedos tras la ducha, terminaron de cargar las bandejas y se sentaron frente a Mobley, que parecía que comía con ambas manos.

—He oído que esta mañana os ha dado por espantar moscas —dijo Mobley sin dejar de comer.

—Vamos a ver, ¿qué interés pueden tener los detalles de una carrera matutina para un miembro del cuerpo de gorilas? Es algo que me supera —dijo Mizner, que sabía muy bien que Mobley no reaccionaba a los comentarios descarados. El gigante, con su metro noventa y ocho centímetros y sus ciento veinte kilos, apenas dejó de masticar. Levantó los ojos del plato con una expresión que no llegaba a reflejar fastidio.

—Por favor, capitán, asegúrese de mantener a raya a esos idiotas —pidió a Cassidy sin dejar de meterse media tortita en la boca, que tragó en el acto—. Este año tenemos posibilidades de ganar importantes metales en la liga y sus pajarillos van a tener que pelear para obtener buenas puntuaciones.

—Conque pajarillos, ¿eh? —intervino Mizner, golpeteando la mesa con la cuchara como si fuera un niño pequeño impaciente—. ¿Pajarillos? Tengo la suficiente capacidad mental para inflarme durante un par de meses y patearte el trasero.

La imagen que evocó semejante idea provocó una gran algarabía que rápidamente se extendió por toda la sala.

7 Fundador y editor jefe de la revista Playboy.

04

Campo a través

Para Cassidy, como para cualquier corredor, el año se dividía en tres partes. El otoño se destinaba al campo a través, la temporada de las carreras de seis millas que se extendía desde el caluroso y largo veranillo típico de Florida al aguanieve helada de noviembre en el norte y el oeste. El invierno era la temporada de la pista cubierta, la época de carreras fascinantes en pequeñas pistas de madera ligeramente inclinadas en las grandes ciudades del nordeste. La primavera y el principio del verano estaban dedicados a lo que Bruce Denton llamaba la «pista real». No obstante, durante el triste periodo del otoño y el invierno, la «pista real» era algo demasiado lejano como para permitirse pensar en ello.

A Cassidy no le gustaba el campo a través. La distancia era demasiado larga para un corredor de milla, le desagradaba no ser capaz de sentir la línea de meta durante la carrera. Seis millas se convertían en algo interminable para un corredor acostumbrado a la maravillosa e inflexible simetría de correr cuatro cuartos de milla en casi sesenta segundos cada uno. Él nunca sentía la primera vuelta, la segunda y la tercera suponían un verdadero infierno, pero pasaban enseguida, y la última contaba con la emoción vertiginosa del esprint y el gravamen de los andares zombis provocados por la deuda total de oxígeno.

—¿Qué hay de malo en el campo a través? —preguntó Denton. Poder dedicar tiempo a ejercicios suaves de recuperación era un lujo tranquilo, una milla fácil de profunda y dolorosa satisfacción.

—Ya sé que hay gente rara a la que le gusta. Soy muy consciente —repuso Cassidy. Denton y Mizner intercambiaron una mirada en silencio. No era la primera vez que oían aquel discurso.

—Seis millas…, diez mil metros —continuó Cassidy con indignación—, atravesar colinas y valles en mitad de la nada. Los malditos escupitajos que se te congelan en la barbilla. Quinientos hombres en el fango completamente salvajes, pisándote los talones con sus zapatillas de clavos. Es verdad, me encanta el campo a través. También me gusta que me desollen vivo con una navaja de afeitar oxidada.

—¿Cómo puedes hablar así, Quenton? ¡Pero si fuiste campeón del condado en el instituto! Lo he visto en tu álbum de recortes. Tenías uno del periódico de la mañana y otro del de la tarde. ¿No te acuerdas? —inquirió Denton con un ademán serio. Mizner se mordía el labio.

—También es muy divertido meter la lengua en el enchufe de la luz —prosiguió Cassidy de mal humor.

—Pero ganaste el…

—Sí, y para tu información esos recortes los hizo mi madre, y se puede ver por lo cuidadosamente recortados que están. Mi modus operandi desde luego no es ese.

—Quenton Cassidy, «campeón de campo a través…».

—Era una carrera de dos millas y media y la competición fue feroz, tíos. Varios participantes locales habrían supuesto un gran peligro si la carrera hubiese sido de solo dos millas y cuarto. Eran de los que corrían la primera milla chillando y alborotando como si se estuvieran divirtiendo y todo…

—Pero no pudieron seguir el ritmo, ¿a que no?

—No soporto que la gente grite y sea así de escandalosa, o que hablen entre ellos con tanta indiferencia, como si les diera igual. —El rostro de Cassidy reflejaba un verdadero desconcierto.

—Pero no por eso dejaban de ser unos huesos duros de roer, ¿verdad? —Denton no estaba dispuesto a dejar que se fuera de rositas.

—Todos ellos. —Cassidy sonrió a Mizner—. Me incliné sobre la cinta y saqué alrededor de media milla de ventaja al segundo. A lo mejor se equivocaron y enviaron al equipo de lucha libre. De todas formas, el condado de Palm Beach no es precisamente célebre por su potencia en el campo a través.

—Media milla es lo que te suele sacar Mize, ¿no es así?

Cassidy aparentó estar dolido.

—No tienes que restregármelo. Te acabo de decir que no me gusta. Por mí como si os lo quedáis enterito las bestias de fondo. Los corredores de milla estamos demasiado puestos a punto como para disfrutar de toda esta mierda rural.

—Eso mismo piensan los corredores de ruta, los de marcha, los lunáticos del mapa y la brújula y todos los demás tipos que quieren evitar las verdaderas confrontaciones —dijo Denton.

—Exacto —coincidió Mizner. Le gustaba que por una vez fuera Cassidy el que se llevara los palos.

—La verdadera confrontación son cuatro vueltas y polvillo de… tartán.8

—Muy ingenioso.

—¿Polvillo de tartán?—preguntó Mizner.

—Sí, muy pero que muy ingenioso. —Denton sacudió la cabeza de un lado a otro.

—Pensad lo que queráis…

—Tranquilo, grandullón —dijo Denton con voz grave impostada, como si fuera el Llanero Solitario apaciguando a Plata, su caballo, después de un duro día persiguiendo forajidos. Cassidy se echó a reír y dio un codazo poco entusiasta a Denton, que lo esquivó y puso los ojos en blanco.

Benjamin Cornwall, el entrenador, estaba a punto de meterse en el coche, cuando vio a los tres empujándose entre sí en la entrada del gimnasio. Su propio trabajo lo dejaba tan agotado que nunca entendía cómo había otros a los que después de correr veinte millas todavía les quedaban fuerzas para gastar bromas.

—¿Tres más? —preguntó Cassidy.

—Como mínimo.

Mizner y él hacían series de zancadas a lo largo de cien yardas en la hierba, tratando de ganar resistencia al ácido láctico y de poner el cuerpo en marcha. Querían estar completamente inmersos en lo que algunas personas llaman «el segundo aliento»9 antes de que comenzara la carrera. Los corredores habitualmente se referían a ello por su término fisiológico: homeostasis. Independientemente del nombre que se le dé, conlleva un calentamiento intenso. Antes de eso ya habían corrido tres millas a ritmo ligero.

Las competiciones entre dos equipos no suponían ningún tipo de esfuerzo frenético, y a Cassidy en realidad no le molestaba esta versión en miniatura del campo a través. Normalmente un único equipo no disponía del talento suficiente como para representar un desafío, ni siquiera para Cassidy. Ni Mizner ni él consideraron aquel sábado en particular lo bastante importante como para aflojar lo más mínimo su entrenamiento. El día anterior ambos habían corrido dieciséis millas, una táctica conocida como «atropellar» una prueba. Ser derrotado por un atleta que estuviera practicando esta técnica significaba que le pertenecías en cuerpo y alma, que se había establecido una especie de orden fijo de una forma más que contundente y únicamente podría verse alterado por alguna clase de conducta criminal que posiblemente implicara el uso de minas antipersona.

Bruce Denton apareció corriendo por detrás y se acopló al ritmo de las zancadas. Los movimientos de sus piernas, a pesar incluso del ritmo tan acelerado, denotaban una absoluta falta de esfuerzo, como si en realidad fuera un fantasma. Los corredores del otro equipo lo miraban de reojo. Cassidy pensó: «Esos pequeños hijos de puta no pueden estar más pasmados».

—¿Estás haciendo tu mañana? —preguntó Mizner.

—Sí. Se me ha ocurrido venir y contemplar el espectáculo.

—Odio tener que correr por la mañana —indicó Cassidy.

—Me parece que todo lo que tenga que ver con esto te gusta más bien poco, ¿eh, chico? —le sonrió Denton.

—Supongo que sí —admitió Cassidy con pesar—. Mi estómago se vuelve loco…

—¿Hay algún caballo en ese equipo? —preguntó Denton.

—El tipo pelirrojo —señaló Mizner con un gesto—. El que hace como que no nos mira de una forma tan obvia. Es Eammon O’Rork, una auténtica importación irlandesa. Supongo que no podían permitirse un africano. —Mizner imitaba inconscientemente a Cassidy.

—Es el que te dio un buen susto el año pasado en pista cubierta, ¿verdad? —Denton se giró hacia Cassidy.

—«Susto» no es la palabra. Fue en los Juegos de Mason-Dixon, en Louisville. El marcador fue: el niño, 4:03.2; el advenedizo irlandés, 4:03.2. Pero en verdad fue más ajustado de lo que suena.

Denton se rio, y comenzaron una nueva serie de zancadas. El rostro pecoso de O’Rork revelaba su concentración mientras realizaba su propio calentamiento. No dejaba de mirar la hora, minuto a minuto. Faltaban alrededor de ocho para que tuvieran que agruparse antes de recibir las instrucciones de salida.

O’Rork era mayor que el resto de los miembros de su equipo; mayor y muchísimo más maduro. Su talento y valentía lo habían llevado allí desde los rigores de la vida en Irlanda del Norte y se había introducido en la larga distancia con el sencillo ardor de los que pasan verdadera hambre. Denton valoró la zancada del irlandés a medida que calentaba y pensó: «Siempre hay algo más que no se ve, ¿verdad, tío? Con nosotros y con los boxeadores profesionales, los heridos y los veloces…».

O’Rork pensaba en la victoria de Cassidy, tan fina como un pañuelo, de la temporada pasada. Era algo que todavía lo exasperaba. Suponía que el estadounidense no debía de ser un mal tipo, pero tenía un espíritu demasiado jovial para su gusto. Varias semanas después de aquel mitin en Louisville, O’Rork había sufrido una gripe intestinal y había pasado la mayor parte de la temporada al aire libre incapacitado. Había sido un mal diciembre: un telegrama (dentro de un sobre de plástico de aspecto sumamente importante clavado en la puerta de su dormitorio) trajo malas noticias de casa. Permaneció cinco minutos sentado en silencio con los ojos fijos en el mensaje triste y amarillo. Luego se calzó las zapatillas de entrenar y salió a correr por las colinas que rodeaban el campus de Tennessee dispuesto a llorar a moco tendido hasta caer rendido. Después se vio obligado a guardar cama durante dos semanas, aunque lo cierto es que no le habría importado morir. «Diciembres fríos —pensó mientras observaba al despreocupado estadounidense—, he conocido demasiados».

Les quedaba menos de media milla para alcanzar la meta. Cassidy corría ligeramente por detrás de O’Rork, colgado a su hombro izquierdo y con los ojos clavados en el cuello repleto de pecas. Chupaba rueda sin malicia ni comedia ninguna. Si a O’Rork le fastidiaba que lo usaran de aquella manera, no daba ni una sola muestra de ello.

En algún punto más adelantado, Jerry Mizner se aproximaba a ritmo tranquilo, como si estuviera de paseo, a la línea de meta situada en lo alto de una pendiente pronunciada. Su rostro reflejaba una fatiga mucho más tolerable: la de la victoria. Había optado por el simple recurso de alejarse corriendo de todos los demás. Los dos corredores de milla, similarmente aislados del resto de competidores, luchaban entre sí en la batalla sin tensión de los que pelean por el segundo puesto.

Cassidy estaba en el límite de sus fuerzas. Habían terminado la primera milla en 4:37 y Cassidy pensó alarmado: «Dios santo, esto ha dolido». El duro entrenamiento de las semanas anteriores había minado sus fuerzas; cuando quiso tirar para hacer un arranque adicional, simplemente para no quedarse atrás, lo único que encontró fue una aguda sensación de agotamiento con la que se sentía íntimamente familiarizado: la línea roja que marcaba su límite. No estaba disfrutando en absoluto de aquel fin de semana.

Había sido capaz de mantenerse junto a O’Rork en las dos últimas millas gracias a la deprimente combinación de fuerza de voluntad e ilusión. «Vamos, cabrón», se decía a sí mismo. Después dejó la mente en posición neutra, se pegó al hombro pecoso y encontró la abstracción mental que precisaba: se deslizaba, flotaba y cubría terreno. Resistía con coraje el extraordinario malestar que sufría en aquel momento. Llegó a plantearse incluso tirar la toalla, un sentimiento que por otro lado era bastante habitual, pero sabía que no sucedería. También se repetía una y otra vez que no todas las competiciones serían así de horribles, porque si lo fueran, él de ninguna manera podría soportarlo. Lo cierto es que no se consideraba un tipo particularmente batallador.