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Zack tiene 26 años y es abogado de oficio en el distrito de Brooklyn. Consume sus días enfrentando un sistema legal diseñado para hundir a los que ya tienen el agua al cuello. Pero Zack no tiene tiempo que perder, así que, al llegar a casa, dedica unas horas a escribir monólogos de humor, convencido de que conseguirá hacerse un lugar en la escena neoyorquina del stand-up comedy. Pero una mañana, al salir hacia el trabajo, Zack sintió una certeza incuestionable: estaba siendo filmado para un programa de televisión. Cada transeúnte era un actor y cada situación casual formaba parte del guion sobre el que debía improvisar. Después de un maratón maníaco que duró varias horas, Zack, agotado y semidesnudo, fue arrestado por la policía en una estación de metro e ingresado en el hospital psiquiátrico Bellevue. Así comienza la historia de Zack por superar un trastorno bipolar que lo llevará de Nueva York a su Kansas natal. Apodado "Gorila", Zack narra una historia oscuramente divertida que discurre entre episodios psicóticos, ingresos hospitalarios y un catálogo de personajes estrafalarios que conforman el universo disfuncional del que proviene y en el centro del cual se sitúa su madre, el "Pájaro", cuyo amor firme y feroz lo guiará por el arduo camino que debe transitar. "Magnífico... una de las mejores memorias que he leído en años... una joya tragicómica sobre la familia, la clase, la raza, la justicia y la espectacular rareza de Wichita. [McDermott] puede pasar de la hilaridad apenas controlada al borde de la rabia y de la ternura dolorida en un solo suspiro". —Marya Hornbacher, New York Times Book Review "McDermott ofrece una crítica apasionada de un sistema de justicia penal que, en su opinión, les falla por completo a los enfermos mentales. Es abogado de oficio en Nueva York y gran parte de ElGorila y el Pájaro está dedicada a su lucha por la 'impotencia desgarradora ante la injusticia sistémica'". —Glen Weldon, NPR
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Seitenzahl: 442
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Título original: Gorilla and the Bird.
A Memoir of Madness and a Mother’s Love
© del texto, Zack McDermott, 2017
© de la traducción, Sandra Caula, 2023
© de esta edición, Editorial Big Sur S. L., 2023
ISBN (edición digital): 978-84-126576-4-7
ISBN (edición rústica): 978-84-126576-3-0
Corrección ortotipográfica: Carlos González Nieto
Diseño y maquetación: Ulises Milla
Fotografía de cubierta: Aurélie Hagen
Web: editorialbigsur.es
Email: [email protected]
Instagram: @bigsureditorial
Twitter: @bigsureditorial
Esta traducción recibió el apoyo financiero de Casa de Traductores Looren.
Queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del Copyright, bajo las sanciones establecidas en la ley, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento informático.
Nota del autor
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Agradecimientos
Notas
Zack McDermott(Estados Unidos, 1983)
Nació en Wichita, Kansas. Se licenció en Ciencias Políticas y Estudios Afroamericanos en la Universidad de Kansas. Posteriormente cursó estudios en la Facultad de Derecho de la Universidad de Virginia. En 2008 comenzó a trabajar como abogado de oficio en el distrito de Brooklyn, Nueva York. Paralelamente a su labor profesional, comenzó a interpretar monólogos de humor hasta que un primer brote psicótico descarriló su vida.
Foto: Archivo familiar del autor
El Gorila y el Pájaro
Memorias de la locura y del amor de una madre
Zack McDermott
Traducción de Sandra Caula
Para la abuela, el Pájaro del Pájaro
Esta es una historia real y he hecho todo lo posible para contarla tal como pasó. Como mi memoria a veces falla, los diálogos son aproximaciones. En los casos en que era demasiado niño para darme cuenta de los eventos que narro, recurrí a mi madre, el Pájaro, para llenar los vacíos. He modificado los nombres y detalles de identidad de algunas personas.
La abuela odia a los cerdos hasta el día de hoy. Si está de buen humor, los llama “la pasma”, pero nunca simplemente “la policía”, ni siquiera “los maderos”. La mayoría de las veces dice “los cerdos”. “Zachariah, mira por la ventana. ¿Son los cerdos?”. Lo dice con la misma voz con que dice: “Mira, hay un cardenal en mi comedero de pájaros”. Despreocupada, sin malicia. Es pura observación: Hay un pájaro. Ahí están los cerdos. Una noche de 1978, los cerdos le dieron una paliza a su hijo Edward hasta dejarlo inconsciente en el jardín de su casa y ante sus ojos.
Cuando llegó la policía, mi tío estaba en la cabina del camión de Pa, el abuelo, totalmente enloquecido con pcp. Primero dos coches, luego tres, luego seis. Cuando empezaron a golpear la ventanilla del conductor, Pa les dijo que no tenían por qué hacerlo. “Déjenme hablar con mi hijo y lo sacaré del camión”. “Quédese en el porche, señor”, le dijeron. Luego “quédese en su puto porche, señor”. Pronto se dio cuenta de que no debía haber dicho a los polis que Edward era muy fuerte, que no sabía a ciencia cierta con qué se había drogado y que no estaba en sus cabales. Interpretaron eso como: Por favor, denle una paliza a mi hijo porque seguro que intentará darles una a ustedes.
Edward salió tambaleándose cuando lograron abrir la puerta, con tanto polvo en el cerebro que ni cuenta se dio de que no tenía ningún chance. Lo golpearon y siguieron golpeándolo con las porras mientras Edward pataleaba y se resistía. Luego lo golpearon cuando dejó de resistirse. Luego lo golpearon después de esposarlo. Luego lo rociaron con gas lacrimógeno. Luego siguieron golpeándolo.
Mi madre, el Pájaro, supo por qué la casa de sus padres estaba iluminada de azul y de rojo antes de acercarse lo suficiente como para ver las patrullas de la policía en el jardín delantero. Edward. No podía ser sino Edward. El abuelo estaba en el porche, con tres agentes que formaban un dique a su alrededor. Aullaba, lloraba tan fuerte que lo oyó antes de salir del coche. Edward estaba en el asiento trasero de una de las patrullas. La sangre le despeinaba el pelo y le empapaba las mejillas. La cara empezaba a hinchársele, pero por la mañana se vería mucho peor. Sonreía.
La abuela no pudo hablar por varias horas y lo que vio ese día la atormentaría el resto de su vida. A Edward esposado, gaseado y bañado por la luz de las patrullas, mientras seis hombres lo golpeaban con porras de madera. A su marido que gritaba, maldecía, lloraba y suplicaba. Las sirenas resonaban en sus oídos. La porra negra chocaba contra el cráneo como un bate contra una pelota de béisbol. La brutalidad de la paliza seguro que podría haberlo matado. ¿Cuándo pudo la abuela estar segura de que no era así? Nunca. Y si la paliza no lo había liquidado, todavía podía hacerlo el PCP.
El domingo después del Día de Acción de Gracias de 1982, unos meses antes de que yo naciera, fue la última sobredosis de polvo de ángel de mi tío Eddie, esquizofrénico. Lo llevaron en helicóptero a Kansas City con un aneurisma cardíaco. La intervención que le hicieron fue tan novedosa que luego relataron su caso en los libros de medicina. Los médicos dijeron que tenía menos de un treinta por ciento de posibilidades de sobrevivir a la operación.
Su cuerpo sobrevivió, pero, en muchos sentidos, fue el final de su vida. Después del puente aéreo, la abuela y Pa se quedaron con Edward en la uci de Kansas City hasta poco antes de Navidad. La abuela rezaba el rosario y el abuelo bebía güisqui.
Esa última sobredosis, más su enfermedad mental, ya de por sí grave y sin tratar, borraron cualquier esperanza de que algún día Edward pudiera tener algo parecido a una vida “normal”. La esquizofrenia y la adicción —el huevo o la gallina proverbiales— se habían tragado al hombre. Tenía veintiséis años.
La abuela y Pa no querían internarlo, pero tampoco podía vivir solo. Apenas controlaba su cuerpo. Por su edad, la abuela y Pa no podían obligarlo a vivir con ellos. En un intento por recuperar la tutela, acudieron a los tribunales. Las cosas no salieron según lo previsto. El juez les quitó la carga del cuidado: les denegó la tutela. Ordenó que Edward fuese internado en una institución mental de Topeka.
El día que los hombres del psiquiátrico vinieron a recoger a Edward, mi madre se puso de parto conmigo. Su último día en el exterior fue el primero para mí.
Salí de mi piso en la esquina de St. Marks y la avenida A esa tarde y supe que estábamos rodando. Supe que las personas en las aceras eran actores. Se parecían a la fauna de siempre del East Village, pero eran arquetipos: todos los patinadores usaban zapatos DC y Levi’s caros ajustados; las botas de los obreros de la construcción estaban demasiado raídas, sus acentos eran demasiado de Brooklyn; ¿y qué clase de chica lleva Louboutins en este barrio? Hasta los vagabundos eran demasiado atractivos y, cuando me fijé bien, pude ver que los tatuajes de sus rostros eran en realidad maquillaje profesional.
Tenía sentido. Todo el verano lo había pasado haciendo stand-up comedy y escribiendo un episodio piloto de televisión con El Productor, un nuevo amigo con contactos muy buenos al que había conocido en un bar de micrófono abierto. Me aseguró que podía llegar hasta cualquier persona con la que quisiéramos trabajar en Hollywood, y a principios de la semana ya nos habíamos reunido con un productor de MTV que había expresado interés. Ahora, unos días después, yo estaba en una audición real. El planteamiento de El Productor era genial: dejarme hacer lo que quisiera, interactuar con gente común y corriente mientras se ocupaba de filmarlo todo. Era cosa mía que el espectáculo funcionara. Todos los asistentes de producción hacían las veces de extras y sus pasos me llevarían de una escena a la siguiente.
La multitud me condujo hacia el parque Tompkins Square, al final de mi manzana. No podía creer lo bien que habían hecho la audición del Anciano Cualquiera en un Banco del Parque. En una comedia, los pequeños detalles y los cameos separan lo bueno de lo genial, a fin de cuentas. Sabía que el viejo debía ser mi primer objetivo, así que me le acerqué de inmediato. Lo saludé. Parecía nervioso, pero me devolvió el saludo. Cogí su bici con la intención de dar unas vueltas. “¡No!”, gritó mientras me la quitaba de un tirón. El viejo tenía ciertas habilidades. Supuse que nuestra escena había terminado, corrí hacia el este, hacia el parque para perros, y salté la reja. Antes de salir del cercado, en cuatro patas, me puse a galopar con la manada.
Cualquier pequeña duda de que estuviéramos rodando se disipó cuando Daniel Day-Lewis cruzó la cancha de baloncesto. Iba vestido con el traje de Gangs of New York: sombrero de copa, abrigo y un bigote largo y cuidado. El Productor sabía que era mi actor favorito y debió de convencerlo para que hiciera un cameo. Day-Lewis, un bromista legendario, debió de hacerlo gratis porque no podíamos permitírnoslo. Esta pequeña broma interna fue la forma que tuvo El Productor de decirme: “Sí, está pasando de verdad. Confía en tus instintos. Dame humor del bueno”.
En la esquina de la calle Houston y la Primera Avenida, como sabía que habían cerrado las calles para mí y que los coches los conducían profesionales, crucé a toda velocidad en la intersección, esquivando por poco varios taxis que frenaban y se desviaban. La proporción entre taxis amarillos y coches normales era de setenta a treinta, muy parecida a la que hay en Nueva York, pero la habían exagerado en el caso de los taxis, porque ofrecía una buena visual.
Entré en uno de los edificios de viviendas sociales del Lower East Side. Como muchos de los lugares en los que había estado ese día, el interior de las viviendas parecía tan auténtico que tenía que ser artificial, una caricatura de sí mismo. ¿De verdad la gente deja las puertas de suspisos abiertas mientras sus televisores de mierda suenan a todo volumen en el pasillo? ¿De verdad Mami está cocinando comida puertorriqueña en ese hornillo de dos fuegos? ¿Qué es lo siguiente, un tipo con un jersey sucio de mujer bebiendo licor de malta y gritando en la escalera de incendios? Debían de ser encuadres de ambientación, diseñados para mostrar a la audiencia que, sí, estábamos rodando en Nueva York, en su versión no-Friends. Salí por una salida de emergencia y activé la alarma.
A una manzana del edificio de vivienda social había un parque con un minicampo de fútbol de césped artificial. Los jugadores de la liga recreativa se pasaban el balón; el partido estaba a punto de empezar. ¡Perfecto! Había jugado fútbol en el instituto y empecé a gritarles a los jugadores.
—¡A ver, pateen, enclenques! —grité con acento escocés.
Los delanteros empezaron a patear por mi presión. Nadie podía vencerme. Me movía sin esfuerzo. Podía leer la trayectoria del balón y anticiparme a sus descensos y a sus arcos en cuanto dejaban el pie del jugador, tal como un bateador de Grandes Ligas detecta una bola curva cuando sale de la mano del pícher. Atajé ocho o nueve antes de ceder el arco al portero del equipo. Parecía demasiado impresionado para enfadarse.
—Aprende cómo se hace, niñato —le dije, y salí sin prisas del campo.
—¡Sal de una puta vez del campo, joder!
Miré a mi alrededor, intentando averiguar a quién gritaban.
—¡Sal de una puta vez!
—¿Yo?
—¡Sí, tú!
Envidioso. Con tus putas espinilleras como si estuvieras jugando en la Copa del Mundo. Me bajé los pantalones cortos hasta los muslos y empecé a dar vueltas por el campo, con el culo al aire. De vez en cuando iba al centro del campo y corría por la línea central. Podría haber corrido por días.
—¡Sal de una puta vez!
Seguí corriendo, dentro y fuera del campo de fútbol, durante todo el primer tiempo, antes de darme cuenta de que muchos de los jugadores eran calcos de los chicos con los que había jugado en el instituto y en la universidad. Y no solo eso, sino que las chicas de la banda se parecían a Bailey, Quinn y Molly, mis primeros amores en la secundaria. Los asistentes de producción debían de haber hablado con mi madre. Ella tenía que haberles enviado fotos y debíamos de tener una agencia de casting formidable.
Un helicóptero sobrevoló el campo y esperé a ver si iba a aterrizar en el círculo central. No tocó tierra de inmediato, pero eso no significaba que no estuvieran allí por mi causa. Tal vez necesitaban algunas tomas aéreas primero, o tal vez estaban esperando a que yo les indicara que había terminado, o tal vez era solo un anticipo de lo que vendría más tarde. Sentí vértigos al pensar en quién estaría en el helicóptero con El Productor: ¿Jay Z? ¿Jermaine Dupri? ¿Missy Elliott? ¿Dave Chappelle? ¿Jimmy Fallon? Él los conocía a todos y había prometido presentármelos cuando llegara el momento.
Pensé que era mejor seguir adelante, no hacía falta grabar tres horas en el campo de fútbol. Enseguida localicé mi siguiente objetivo: un grupo de negros que formaban un círculo en la esquina hablando mierdas. Una batalla de rap me pareció apropiada, así que entré y empecé a disparar. Las palabras brotaban de mí como si recitara versos de memoria, tan familiares como el juramento a la bandera, pero más rápidos y fieros que los de Eminem.
—Caliente como la tetera cuando el pedal golpea el metal, Pinocho, cabriola, hijo de Geppetto, ¡hola!
Todo el grupo iba vestido con Timberlands, sudaderas holgadas y abrigos abullonados; uno de ellos incluso aspiraba un porro de hierba a lo Method Man.
—Oye, tío. Tienes que calmarte. Vas a terminar mal.
No estaba seguro de si sería por culpa suya o por el tráfico.
—Nada puede tocarme. Hoy es mi día —dije y tiré al suelo mi gorra ajustada de los Yankees, una demostración de victoria y una generosa ofrenda, ya que pronto sería un valioso recuerdo. Todo el mundo tiene una historia de Bill Murray. Si aquel tipo era listo y guardaba mi gorra, tendría la prueba de que una vez se había enfrentado a Myles McDermott (mi nombre artístico).
—Estás demente, colega. Piérdete. Ándate con cuidado.
Volví a cruzar corriendo la calle Houston para mostrarle a la pandilla de hiphop que de verdad habían cerrado la ciudad para mí. Una vez más, los conductores se desviaron para evitarme a mí y a los demás coches, mientras tocaban el claxon y gritaban una verdadera variedad de obscenidades. Me planteé entrar en Katz’s, la icónica charcutería donde Meg Ryan y Billy Crystal rodaron su famosa escena en When Harry Met Sally, pero me pareció demasiado obvio.
Corrí por la ciudad las siguientes diez horas, siguiendo las indicaciones que encontraba. En algún momento se me ocurrió que en Nueva York vivían ocho millones de personas; aunque tuviéramos el presupuesto de Scorsese, no habríamos podido permitirnos cerrar toda la ciudad. Mezclada con los extras, tenía que haber gente real entrando y saliendo de nuestra producción. Pero ¿cómo podría seguir el hilo si nadie me decía lo que tenía que hacer ni me orientaba?
No tuve mucho tiempo para pensarlo porque el difunto y gran “Macho Man” Randy Savage pasó dirigiendo una banda de moteros hacia el norte de la Primera Avenida. Es un camino directo al estadio de los Yankees, por eso era. ¿Y dónde estaba yo hace tres noches? En el estadio de los Yankees. ¿Qué pasó cuando me metí a mitad de la segunda entrada? Jay Z, la joya de la corona de los contactos de El Productor, estaba en la pantalla gigante. ¿Y qué canción pusieron cuando apareció en pantalla? “Brooklyn We Go Hard”. Entonces, ¿a dónde tenía que ir? A Brooklyn. Y a tope.
Pero espera. Y si tenía que seguir a los moteros hasta el estadio de los Yankees, no esperaban que fuese andando hasta el Bronx, ¿verdad? Me senté en la acera y me paré a pensarlo. Vi una peluquería de lujo: era perfecta para retocarme el pelo y el maquillaje sin detener el rodaje. El muy hijo de puta de El Productor había pensado en todo.
Entré en la peluquería y pregunté:
—¿Cuánto cuesta un retoque?
—¿Qué es un retoque?
—Usted sabe... —le guiñé un ojo y le agregué, con comillas exageradas— lo que se considere “habitual”.
Me pareció confundida.
—Bueno, los cortes de pelo empiezan en doscientos —dijo.
A la mierda. O quizá no. Quizá El Productor me estaba diciendo que pronto podría permitirme cortes de doscientos dólares. O tal vez daba una cifra prohibitiva adrede. El personaje de Myles McDermott no podía permitirse un corte de doscientos dólares; después de todo, es un abogado de oficio y un cómico en apuros. Supuse que debía largarme de allí y volver a la calle: no necesitamos un maldito corte de pelo. Entonces sonó el teléfono. La peluquera habló un buen rato —el tiempo es oro, mujer— y luego me dijo:
—Lo siento, señor, pero acabamos de reservar nuestro último hueco para esta tarde. ¿Quiere una cita para mañana?
Genial. Genial. Genial.
—Sí, claro, perfecto. Será mañana, señora.
Salí del salón y me di cuenta de algo importante: el Hotel Bowery estaba a dos manzanas. Había estado allí unas semanas antes y había visto a Mary-Kate o a Ashley Olsen, no sé cuál de las dos, no importa. El Productor había previsto un descanso para mí porque, por supuesto, iba a estar cansado a las nueve. Podía entrar y relajarme un poco, hasta tomar una copa. Además, es el lugar donde se cierran los tratos y tal vez yo estaba allí para cerrar un trato.
Atravesé el vestíbulo. Era el único que vestía pantalones cortos de fútbol, estilo swag, pero a otro nivel. No esperé a que me indicaran dónde sentarme, sino que me dirigí al patio trasero, pasando por delante de todos los trajeados y todos los famosos. Una mesera se acercó y me preguntó si necesitaba algo.
—Estaba pensando en tomar un poco de champagne —dije, dando por sentado que probablemente me traería una botella del mejor.
Los ejecutivos a mi alrededor hablaban en voz baja con sus BlackBerry. Aquí está el hombre, ¿qué quieres que haga? Puede que hoy solo estuvieran comprobando la mercancía y que las negociaciones sobre el patrocinio tuvieran lugar luego. De todos modos, no me apetecía hablar de negocios, así que me puse a ladrar hacia los micrófonos ocultos en los árboles.
—Solo mi madre. Mi madre y El Productor, si quieren salir. Esas son las únicas personas que quiero ver... nada de trabajo en este momento. El arte antes que el dinero.
La mesera estaba tardando demasiado y yo estaba perdiendo fuelle, así que me largué.
Volví a seguir el flujo de tráfico peatonal por el East Village, todavía seguro de que los productores que observaban los monitores estaban usando a los peatones para guiarme, e intentando resolver todavía el enigma de dónde habían instalado los productores su sala de control remoto. ¿Dónde está la cámara? Solo coniPhones no pueden estar captando todo esto. Acabé en la línea L con destino a Williamsburg. Me quité la camiseta, cogí la barra superior y empecé a hacer flexiones en el tren. Podríamos usar eso para promos o para edición B-roll.
Cuando el tren se detuvo, cada grupo salió en su dirección. La mitad iba a la izquierda, la otra mitad a la derecha y yo no sabía a quién seguir. ¿Cómo sabré adónde ir? ¿Cómo sabré que hemos terminado? No podía ver el ojo en el cielo. Esto empezaba a parecerse menos a un programa de televisión que a una vigilancia: un experimento social enfermizo para ver hasta dónde llegaba yo para las cámaras. Solo y sin guía, entré en pánico. Se me llenaron los ojos de lágrimas.
—¿Qué queréis de mí? —grité. Grité, llorando tan fuerte que se me salieron las lentillas de los ojos. Había perdido la partida.
Se acercaron dos agentes de la Policía de Nueva York. Sus uniformes parecían de verdad. Tenía las manos cruzadas detrás de la cabeza como un soldado capturado.
Estaba descalzo y sin camiseta; solo vestía pantalones cortos de fútbol a finales de octubre.
—¿Qué te pasa, amigo? —preguntó el primer policía.
—No lo sé. Estoy intentando averiguarlo.
—Estás de pie en un andén del metro sin zapatos, sin camiseta, y estás llorando. Diría que tienes un problema serio —el segundo policía parecía estar interpretando el papel de poli malo.
—Creo que el problema es que tengo frío.
—No pareces violento.
—Soy completamente no violento.
—¿Entonces no te importa si te esposamos por seguridad?
—¿Pero ustedes no son policías de verdad? —pregunté mientras me inmovilizaban.
—No, hay una fiesta de disfraces más tarde.
Como los obreros de la construcción, sus acentos eran demasiado auténticos y sus radios estaban un poco hiperactivas. No eran reales; no necesitaba invocar mi derecho a un abogado según la Sexta Enmienda.
Me llevaron a una pequeña oficina satélite dentro de la estación del metro.
—Supongo que no tienes identificación —dijo el poli bueno.
—No en mis pantalones cortos sin bolsillos, no.
Me encontré en la parte trasera de una ambulancia en vez de en un coche patrulla. Los paramédicos me dijeron que teníamos que esperar, pero por lo demás no parecían interesados en nada de lo que yo dijera. Escuchaban en la radio el partido de los Yankees contra Los Ángeles por el campeonato de la Liga Americana, pero sonaba pregrabado. ¿Y quién de menos de setenta años realmente escucha los partidos de béisbol? Estábamos en un compás de espera, pero no sabía para qué.
Después de tres o más entradas, otra radio se encendió:
—Ingreso autorizado en Bellevue.
Yo no solía ser el tipo que llevan en una ambulancia a Bellevue. Yo era el tipo que representaba a personas a quienes la policía declaraba PEP —persona emocionalmente perturbada— y decidía que necesitaban una visita al psiquiátrico para estabilizarse antes de comparecer ante un juez. Gente que quizás se había cagado en el metro. Gente que quizás por el crack pensaba que tenía bichos bajo la piel. Gente tan drogada con metanfetamina que se convencía de que era el diablo y se clavaba dos cuchillos de carnicero en el cráneo donde deberían estar los cuernos.
Era mi primer año como abogado de oficio en Brooklyn y ya había visto más de cien de estos casos de PEP. Earl Miller júnior era el más memorable, y no solo estaba gritando enloquecido cuando la policía lo encontró: Earl decía tener un “conflicto arrendador-arrendatario”.
Como todos mis clientes, conocí a Earl en la “jaula”, una enorme celda en las entrañas del Tribunal Penal de Brooklyn que apesta a vagabundo, halitosis, orina y sándwiches de queso mohoso que nadie come. Las comparecencias nocturnas duran hasta la una de la madrugada y muchos de los detenidos —todos negros o morenos, salvo algún ruso borracho— han pasado por el sistema suficientes veces como para saber que, si no los llaman antes de la una de la madrugada, no verán a un juez hasta la mañana siguiente. El orden en el cual podrán ver a un abogado no tiene ni pies ni cabeza, y algunos llevan veinticuatro horas sentados en la celda. Desde luego que la posibilidad de pasar una noche erguidos sobre un banco de cemento no se traduce en un ambiente tranquilo: la inquietud, la desesperación y la ira son tan espesas como el olor. Cada nombre que se pronuncia cabrea a los otros veintinueve hombres hacinados como ganado.
—Earl Miller júnior.
Un hombre enorme —probablemente medía un metro de hombro a hombro— entró apretujado en la cabina de entrevistas. Antes de que pudiera entregarle mi tarjeta de visita y decirle “hola, soy Zack McDermott, voy a ser tu abogado”, Earl ya estaba gritando la primera pregunta que hacen todos:
—¿Me voy a casa?
Earl júnior tenía la cabeza rapada y brillante. Como sus hombros, era enorme como una caricatura. Tenía los ojos húmedos, grandes y vacíos, y las mejillas tan hinchadas que parecía que estaba conteniendo la respiración. Pero la mayoría de la gente es probable que fijara su atención primero en la cicatriz que iba desde la ceja izquierda hasta justo debajo del labio inferior. No podía imaginarme a este hombre sonriendo.
—Esto no es más que un conflicto arrendador-arrendatario.
Su voz era grave y lenta, como la de un oso al que han disparado con un dardo tranquilizante. Aún no le había dado mi tarjeta; estaba tan alterado que decidí saltarme el paso por el momento.
—Un conflicto arrendador-arrendatario. Eso es todo.
La denuncia penal que tenía en la mano sugería otra cosa.
—Earl, ¿tuviste un problema con el propietario de tu casa?
—Eso es todo, joder.
—Vale. Entiendo que pienses que esto es un conflicto arrendador-arrendatario, pero estás en la cárcel. ¿Puedo decirte de qué te acusan?
—¡No puedes decirme una mierda porque es un conflicto arrendador-arrendatario! ¡Tú no eres mi puto arrendador!
—No, soy tu abogado. Y ellos, la policía y el fiscal, creen que es algo más serio. La policía dice que amenazaste con quemar tu piso y que tenías un bate o una porra y que estabas amenazando a ese tipo, Daniel, diciendo que ibas a machacarlo. ¿Es cierto algo de eso? ¿Te amenazó?
—No voy a hablar contigo.
—Creo que deberías, porque, si no lo haces, en verdad no puedo ayudarte y nadie más lo está intentando.
Era tarde y, si quería llevar a Earl ante el juez y ahorrarle quizás una noche en Rikers, íbamos a tener que apurarnos.
—¡Cinco minutos, abogado, el juez espera su declaración! —me gritó un funcionario del tribunal.
La gente que ha entrado y salido del sistema suele detectar las gilipolleces con bastante rapidez y normalmente consigo que mis clientes, por muy beligerantes que se muestren en nuestra presentación, confíen en mí. Pero me di cuenta de que la desconfianza de Earl era distinta al desprecio habitual de un convicto respecto a todos los miembros del sistema. Simplemente no sabía qué coño estaba pasando. Seguí el guion que la oficina del fiscal nos había enseñado en casos como este.
—Earl, ¿puedes decirme si algo de esto que dicen de ti es verdad? No digo que sea verdad. Es la historia de la policía. Pero ¿cuál es tu historia? Tenemos que movernos aquí. Tengo que hacerte algunas preguntas, rápido, si queremos sacarte de aquí esta noche.
—¡¿Qué coño quieres decir con si?! ¡Esto no es más que un conflicto arrendador-arrendatario! ¡Me largo de esta mierda! ¡Déjame hablar con el juez! ¡Vete a la mierda, tío! —se levantó y golpeó el cristal con su carnosa palma.
—Muy rápido, Earl: ¿has tomado alguna medicación?
—Sí.
—¿Sabes qué tomas, Earl?
—Seroquel.
—¿Algo más? ¿Quizás Risperdal? ¿Depakote? —conocer los nombres de los medicamentos antipsicóticos más populares era parte del trabajo.
—Depakote.
—¿Has estado alguna vez en el hospital por algo?
—Sí. He estado en el hospital.
—¿Te dieron fármacos allí? ¿Fue ahí donde empezaste con el Depakote?
—Sí.
—¿Dijeron que tal vez eras bipolar? ¿O esquizofrénico?
—Sí. He sido eso.
—Muy bien, gracias.
En la esquina superior izquierda de mi expediente garabateé “¿730?”, la abreviatura de la Ley de Enjuiciamiento Criminal de Nueva York § 730.10, el estatuto que establece que cualquier acusado que, como resultado de una enfermedad o defecto mental, carezca de la capacidad para comprender los procedimientos en su contra o para ayudar en su propia defensa, debe ser sobreseído. Eso no significa que pueda irse a casa; en el mejor de los casos, acabará en el psiquiátrico de Bellevue en lugar de Rikers. Lo malo es que en Bellevue seguiría estando entre “delincuentes” y todos ellos serían enfermos mentales.
—Una cosa más. No hables con el juez. No digas una mierda. Solo yo hablo, ¿de acuerdo? Es tu única oportunidad de salir esta noche.
—Vete a la mierda, tío.
—Lo digo en serio. Nada. Si tienes algo que decir, me lo susurras al oído y se lo diré al juez.
Ayúdanos, santo patrón de las alegaciones bajo fianza, quienquiera que seas. Calla a Earl durante dos putos minutos, en nombre de todo lo sagrado. Amén.
—Abogado, ahora o nunca.
Al oficial del tribunal no le gustó que alargara la habitual entrevista de cinco a siete minutos.
Todo fue bien ante el juez... hasta que Su Señoría preguntó al letrado dónde, si quedaba en libertad (y ese era un gran “si”), se alojaría su cliente por la noche.
—Puede quedarse con su madre, señor juez.
—Necesito una dirección —dijo el juez.
Le susurré a Earl al oído:
—Dame una dirección. Puedes inventártela. Solo dame algunos números y una calle. Que sea la de tu madre si puedes.
Armagedón.
—¡Vete a la mierda! ¡Chupapollas! Dile a ese maldito juez que esto no es más que un conflicto arrendador-arrendatario. ¡No tengo que decirle ninguna puta dirección! ¡Es un arrendatario ilegal!
Un tipo del tamaño de Earl no tiene que agitarse demasiado para que cuatro o cinco funcionarios del tribunal lo derriben y lo arrastren por los pies fuera de la sala y de vuelta al calabozo. Me alejé un poco del atril, lo suficiente para evitar que me arrastraran con Earl, pero mantuve mi cara de póquer en un débil intento no verbal de convencer al juez de que no hay nada que temer. Es solo un leve conflicto arrendador-arrendatario. En otras palabras, mi amigo no es una amenaza para la sociedad.
—Señor juez, si puedo ser escuchado, bajo fianza…
—Abogado, deténgase.
—Pero, señor juez…
Mazo.
—¡Basta! ¡Decidido! Se fija una fianza de cinco mil dólares.
Mazo.
—Señor juez, es un delito menor...
—Se levanta la sesión de AR-3 y se reanudará mañana a las nueve y media.
La multitud chasqueó y gimió. Sus seres queridos pasarían la noche entre rejas.
—Abogado, ¿unas palabras? —el juez ahora era todo sonrisas, fuera del registro y en su camino a un taxi.
—Por supuesto, señor juez.
—¿Es un 730?
—¿Extraoficialmente? Tal vez.
Ese juez era muy inteligente. Consiguió deducir que algo no iba del todo bien con el gigante que se agitaba y al que aún se oía gritar “¡vete a la mierda!” camino a la “jaula”.
—Eso pensé, abogado. Buenas noches. Buen trabajo.
—Gracias, señor juez. A usted también.
Insensible, chupapollas.
***
Me hice abogado de oficio para representar a la escoria, a los desahuciados, a los adictos y a los tíos Eddie. Personas cuyo tipo de pobreza las hace robar detergente Tide en un Rite Aid 24h para venderlo en el mercado negro y entrar en la cárcel, en la misma fila que Earl en las comparecencias nocturnas. Mis oponentes: jueces que se ofenden por las blasfemias que salen de la boca de los esquizofrénicos; fiscales que piensan que la mejor solución para un tipo como Earl —un hombre que apenas podía atarse los zapatos y mucho menos prendería fuego a un edificio de ladrillos— es encerrarlo en una jaula; policías que arrestan y llevan a los Earl del mundo a la estación de policía en vez de al hospital.
Crecí en Wichita, Kansas, en una casa que estaba a tiro de piedra del parque de caravanas. Mi madre, el Pájaro —una profesora de instituto apasionada por ayudar a los niños “malos”—, acogía en nuestro hogar a cualquier matón, pandillero, exconvicto o miembro del montón general de desechos. Cuando yo estaba en el instituto, enseñaba a los Crips y a los Bloods —las bandas rivales— por igual, y a todos los sentaba a nuestra mesa todos los días después de clases. A algunos los mataron, otros fueron a la cárcel, otros a la universidad. Un par hizo las tres cosas.
Ver a mi madre dar clases particulares a jóvenes de dieciocho años que leían como si estuvieran en segundo de básica —y que consideraban que nuestra humilde casa era el Taj Mahal porque teníamos un banco de pesas y una consola Sega Genesis— me demostró que la diferencia entre el camino a la cárcel y el camino a la universidad se reduce a unas mil noches consecutivas de Clifford, el gran perro rojo y Donde viven los monstruos con alguien que te ame y te diga: “Un escritor escribe siempre” y “El trabajo del escritor es decir la verdad” y, una vez, “Un escritor es un mentiroso. Un buen escritor es un buen mentiroso. Y tú eres un mago de la palabra, muchacho”. En otras palabras, ser lo suficientemente afortunado para tener como madre al Pájaro o a alguien como ella.
Jugar videojuegos y baloncesto en la entrada de casa con tíos que acabarían en una cárcel federal me introdujo en el fenómeno estadounidense de meter-hombres-negros-entre-rejas. Estudié a Malcolm X y a Cornel West en la universidad, empecé a leer memorias de presos y eso me hizo pensar: ¿No es como demasiado encerrar a un hombre en una jaula y someterlo a palizas y a posibles violaciones y asesinatos por vender un poco de droga?
La Facultad de Derecho para mí no era solo un billete para salir de la clase media baja y de Wichita, también era una oportunidad para ayudar a mantener a los desfavorecidos fuera de la cárcel. Me había criado entre cervezas Natty Light, macarrones con queso y Camaros; nunca sería un capullo oportunista como esos abogados corporativos que beben cócteles de diecisiete dólares después del trabajo y golpean con el puño la mesa de la sala de juntas. No me atraía investigar contratos para los hermanos Koch1 o para Exxon. No, mi misión era luchar contra el peso de la injusticia racial. Triunfar en plan Malcolm X.
Aunque nunca dudé de haber elegido la colina adecuada para morir, ya en mis primeros nueve meses de trabajo no pude evitar preguntarme si llegaba demasiado tarde a la batalla. Después del trabajo que habían hecho las comunidades destruidas, las escuelas fallidas, los estupefacientes, las enfermedades, los prejuicios y el desprecio, mentiría si dijera que no me sentía como intentando limpiar el océano envase por envase.
Por fortuna, la cura para la devastadora impotencia frente a la injusticia sistémica es la risa, y los abogados de oficio no nos privamos de reírnos de algunas cosas bastante jodidas. Y en el Estado penal contemporáneo, una vez superada la brutalidad abyecta, la injusticia sistémica y el olor rancio, no faltan las situaciones cómicas. Hay más colores hasta en una llamada de teléfono normal a un abogado de oficio que en toda la semana laboral de un abogado corporativo.
—Hola. Asistencia Jurídica Gratuita.
—Es Anne.
—¿Anne qué?
—Anne la del caso de prostitución.
—Anne la del caso de prostitución…
—La que acusan de haber hecho una mamada por diez dólares detrás de la estación de metro.
—¿Qué estación?
—Canarsie L.
Vale, Anne mamada-$10-Línea L.
—Ya, ¿cómo estás, Anne? Lo siento mucho. Déjame coger tu expediente. Oye, ¿puedes esperar un momento? Tengo otra llamada... ¿Hola?
—Es Keith.
—¿Keith qué?
—Keith tengo un caso.
Claro, Keith, lo supuse. Me llamas por eso.
—¿Qué caso?
—Dicen que golpeé a mi novia y tengo una orden de restricción.
Claro, Keith. Tengo doce casos de esos...
—Es la madre de mi hijo.
De esos tengo diez.
—¿Algún arma involucrada? ¿Cuándo te arrestaron? ¿Cuándo es tu próxima cita en la corte? ¿Puedes darme tu apellido?
A los amigos, y a los desconocidos también, les encanta preguntar:
—¿Cuál es el caso más interesante que tienes ahora?
No lo sé.
—¿Cuál es el más jodido?
No lo sé.
Pero luego, un minuto después, cuando pienso en mi día, me doy cuenta de que puedo decir con la cara muy seria:
—Ayer una mujer me dijo que por supuesto que no tenía crack. Que si hubiera tenido crack, se lo habría metido en el coño. “¿Por qué no me lo habría metido en el coño? Respóndeme a eso: si hubiera tenido una piedra, ¿por qué no me la habría metido en el coño?”. Es una buena pregunta. No estoy seguro de que yo la haría frente al juez, pero su punto es válido.
Así que ese era mi día a día: crack en el coño, gente sin techo que me grita, suplicar a fiscales de distrito que lleguemos a un acuerdo, vender esos acuerdos a los sin techo, celdas de la cárcel que huelen a meado, convulsiones en el atril, jueces mandones y funcionarios de tribunal que les gritan a las madres preocupadas de que enviarán a sus bebés a Rikers Island. Yo tenía un asiento en primera fila para asistir a una fascinante y horrible obra de moralidad posmoderna protagonizada por drogadictos, policías, aspirantes a policías, fiscales de distrito en cruzadas, colegas anarquistas hippies antisistema, colegas alcohólicos hastiados y desgastados, y un montón de otros relatos con moraleja. Aún no estaba seguro de cuál sería mi papel en esta producción, pero, Dios mío, era horrenda, absorbente y —bien mirada— mordazmente entretenida.
Había pasado exactamente cinco horas y media en Manhattan antes de mudarme allí, y tres de ellas las había pasado en entrevistas para mi trabajo en Asistencia Jurídica Gratuita. Todo lo que sabía antes sobre la ciudad lo había aprendido en la televisión, en las películas y en el hiphop de finales de los noventa. Seinfeld me enseñó que podía ser capaz de tener citas fuera de mi liga; Home Alone 2 que el Plaza era un buen lugar para echar una cabezada; y Biggie y Jay Z me informaron que, para un abogado de oficio joven y hambriento, la acción estaba en Brooklyn.
En mi primer año en Nueva York viví en media docena de apartamentos con quince compañeros de piso diferentes. Cada vez que me mudaba, me llevaba menos cosas conmigo. Para cuando me instalé en mi piso de St. Marks, podía meterme con todo lo que tenía en un taxi amarillo: solo dos horas pasaron desde empaquetar la primera camiseta hasta la fiesta de inauguración de la nueva casa. Fue exactamente tan excitante como suena —lo bueno y lo malo—, pero me estaba bebiendo Nueva York como de un hidrante.
Mi primera casa fue en Harlem, con los hermanos Regis. Tenían el mismo padre, pero diferentes madres. Sian-Pierre trabajaba en Black Entertainment Television y escribía un blog sobre moda. Joe, en banca de inversiones. Fumábamos y veíamos Planet Earth todas las noches después del trabajo con las chicas del piso de al lado. Fueron mis primeros amigos íntimos en Nueva York, pero resultó que Harlem estaba demasiado lejos de Brooklyn, aun al principio, cuando yo todavía ansiaba coger el metro cada mañana.
Luego, me mudé con tres abogados jóvenes de mi despacho a quienes les faltaba un hombre para firmar el contrato de alquiler de un piso de cuatro dormitorios. Allí también duré un mes. Me mudé después de que uno de ellos intentara pelear conmigo por declinar su invitación de bebernos su medio litro de vodka chupito a chupito, hasta el fondo; era miércoles. Nunca me quejé de que ese tío ni los otros dos se emborracharan cuatro noches a la semana, ni de que de vez en cuando rompieran vasos de cerveza contra la pared. Ni siquiera me molestaba su consumo desenfrenado de cocaína o que su camello tocara el timbre a la una de la madrugada a mitad de la semana. Pero de ahí a beber hasta la destrucción a los veinticinco años había un largo trecho.
Encontré un pedacito de serenidad en Fort Greene con un hombre gay y otro heterosexual. Tardé dos semanas en darme cuenta de que Jon era en realidad el gay. La revelación llegó cuando Jon me vio una mañana caminando hacia el baño con unos calzoncillos boxer bastante diminutos y me dijo: “Tú sí que sabes llevar calzoncillos”. Jon y Greg eran fantásticos y tenían un Roomba, pero mi habitación era demasiado pequeña y yo quería volver a la ciudad, así que aquello solo duró dos meses.
Siguió mi primer piso en el East Village, compartido con un fotógrafo de modas aficionado a las juergas duras. El primer sábado, llegué a casa a las cuatro de la mañana y me lo encontré frente a un montón de coca en nuestra mesa de centro con un francés sin camiseta y dos chicas que gritaban al ritmo de “Under Pressure” de Queen.
Después vino un quinto piso sin ascensor en la frontera entre Chinatown y el Lower East Side. Era julio, hacía mucho calor y no había aire acondicionado. La mayoría de nuestros vecinos eran chinos y gran parte del pescado lo cocinaban en calzoncillos con las puertas abiertas; ocho o nueve personas en apartamentos de dos habitaciones. Pero podía soportar el calor porque mi compañera de piso era una alemana guapísima con un cuerpo increíble que solía pasearse en ropa interior. El nivel de tensión sexual a lo Un tranvía llamado deseo duró hasta que empezamos a follar al final de la primera semana. También era un subarriendo de un mes, pero nos contagiamos nuestros sentimientos y, antes de que nos diéramos cuenta, nos habíamos metido sin quererlo en una relación semimonógama.
Union Square fue lo siguiente, allí viví con un becario francés de las Naciones Unidas. Idolatraba —y se parecía— a Henry Kissinger. Lo introduje en el mundo de la marihuana y la música trap; se hizo fan de los Three 6 Mafia. Nuestro otro compañero estaba tatuado, comía sándwiches preempacados de Trader Joe’s en casi todas las comidas y se bebía un par de botellas de Two Buck Chuck2 cada noche.
En septiembre encontré lo que pensé que sería una solución a largo plazo: un piso sin ascensor de tres habitaciones en la esquina de St. Marks Place y la avenida A, encima de un bar de mala muerte regentado por un irlandés guapo con aspiraciones de actor. Mi compañero de piso, Lucas, era el hermano pequeño de mi mejor amigo en Asistencia Jurídica Gratuita. Suena un poco dramático etiquetarlo como traficante de drogas —solo vendía marihuana—, pero de ese modo pagaba el alquiler. Así que supongo que Lucas era un traficante de drogas.
La mayoría de la gente que vive en Nueva York con un presupuesto limitado acaba emigrando a Queens o Jersey. Pero, aunque mi estilo de vida vagabundo se debiera en parte a la necesidad económica —vivir en Nueva York con cincuenta mil dólares al año requiere cierto ingenio—, lo que me atraía en verdad era conocer a tanta gente y tantos estilos de vida diferentes. Casi todas las personas que conocí tenían un trabajo extra o perseguían un sueño, y casi ninguna me demostró ni el más mínimo atisbo de burla hacía sí misma por ello. Dejé de sonreír con superioridad cuando conocía a camareros que me decían que aspiraban a ser actores o músicos. Aquí eso significaba algo distinto; tener objetivos a largo plazo no era el chiste que yo siempre había creído. Miembros de grupos musicales emblemáticos sí empezaron trabajando de camareros en el Lower East Side; futuras estrellas de Hollywood sí sirvieron mesas mientras asistían al Actors Studio. Y, a diferencia de Wichita, aquí nadie te llamaba “maricón” por perseguir un sueño imposible.
En mi caso, quería hacer stand-up comedy. Mientras crecía, siempre había preferido escuchar “eres muy cómico, ¿no has pensado en ser comediante?” que “eres un gilipollas que todo lo discute, ¿no has pensado en ser abogado?”. Pero hay una receta fácil para ser abogado: buenas notas y una buena puntuación en el examen de admisión de la Escuela de Leyes, ciento sesenta mil dólares para la carrera de Derecho y obtener una nota por encima del percentil setenta en el examen de la Asociación Profesional de Abogados, que es el examen de admisión a la jurisprudencia. El camino para llegar a ser un comediante de éxito era más difícil de recorrer. Pero al mes de vivir en Nueva York me di cuenta de que, sin advertirlo, había completado el primer paso: mudarme a Nueva York. El segundo paso era: si no vas a dedicarle cinco años, no le dediques ni cinco minutos. Yo tenía los cinco años para dedicárselo. El tercero: subir al escenario cada noche.
Al principio me enfrenté a la actuación como cualquier otro comediante inexperto: me puse de pie, ignoré que las manos y las piernas me temblaban y recité muerto de los nervios chistes mal construidos que había emborronado la noche anterior, tratando de repetirlos textualmente. Pero entonces me di cuenta de que, si quería ser bueno, tenía que dejarme llevar, ser “yo” en el escenario. O, mejor dicho, tenía que aislar y encarnar el rincón más loco de mi personalidad. Y, para lograrlo, decidí adoptar como método de actuación una versión exageradamente loca de mí mismo.
De ese modo, nació Myles McD. No podía usar Zack como nombre artístico porque no quería que los fiscales me buscaran en Google y me vieran contando chistes sobre el día en que encontré a mi madre cabalgando sobre la enorme polla negra de su novio Terry: “¡Así, Terry, así!”. Pero, razones profesionales aparte, mientras que Zack podría haber tenido el potencial para ser un cómico decente, Myles era un as en la manga, una posibilidad remota de triunfar.
Myles era la versión vaya-qué-subidón y me-importa-una-mierda de mí mismo. Era una suerte de capullo gafas-de-sol-de-noche y no-llevo-ropa-interior. Llevaba un corte mohicano y un bigote de manubrio imperdonable. No vestía el uniforme casual de Zack de camisetas negras y vaqueros oscuros con tenis; sino camisetas retro ajustadas, vaqueros recortados, bandanas y gafas de aviador.
Como Myles, me pasé todo el verano fumando porros y subiéndome al escenario. En una noche normal, iba a cuatro o cinco bares de micrófonos abiertos antes de empezar el verdadero trabajo frente al televisor a la una o a las dos de la madrugada: porro y bloc de notas en mano, ver primero un documental sobre mi material y luego un especial de stand-up para estudiar a los profesionales. Estaba tan obcecado que dormir era un lujo que no podía permitirme y para el que no tenía tiempo.
Empecé a llamar a clubes, “haciéndome pasar” por el mánager de Myles:
—¿Puede Myles ir y hacer un set esta noche? Está trabajando en un especial y quiere afinarse en algunos locales pequeños.
—¿Quién?
—¡¿No lo conoces?!
Era increíble, pero a veces funcionaba y conseguía como Myles un lugar que no merecía en el escenario. Sin embargo, seguía necesitando un cambio radical si quería dar el salto de joven promesa a artista de cabecera.
Conocí a El Productor en el circuito de micrófonos abiertos y nos hicimos amigos enseguida. Fue en mi segundo mes en Nueva York. Al principio no sabía quién era, pero estaba claro de que era alguien. No parecía tener un trabajo fijo, pero vivía en un lujoso edificio con portero en el Upper West Side y vestía como una estrella del pop. Calculé que su alquiler ascendía a cinco o seis mil grandes, sus zapatillas a un precio medio de quinientos dólares y sus chaquetas de cuero a casi un mes de alquiler. Vestía como si tuviera un estilista —gorras de repartidor de periódicos y pantalones de cuero de vez en cuando— y parecía que nunca se ponía nada dos veces. Sabía que no era famoso porque ni siquiera había reconocido su apellido, pero la ropa, el piso y el hecho de no tener trabajo le daban un aire de celebridad.
Empezamos a ir juntos al Comedy Cellar, pero no como unos clientes cualesquiera. Por alguna razón que yo entonces desconocía, nos permitieron sentarnos en la legendaria mesa del fondo. El Comedy Cellar es la meca de la comedia y esa mesa es exclusiva para los cómicos; no es raro que Chris Rock o Louis C. K. se sienten allí. En resumidas cuentas, un asiento allí significa que has triunfado como cómico. En seis meses, pasé de actuar en micrófonos abiertos sin público a codearme con los legendarios. Ni Myles ni yo estábamos cerca de poder subirnos al escenario… todavía, pero no parecía descabellado pensar que esa proximidad significaba algo.
Resultó que la hermana de El Productor era famosa: una estrella del pop que había trabajado en algunas películas importantes. Lo supe antes de que ella me lo dijera, en un McDonald’s, cuando la cajera la reconoció.
El Productor también había empezado a hacer monólogos, pero con el tiempo dejó de actuar y se centró en dirigir a Myles. Me presentaba a la gente del sector como “la mayor promesa de la comedia”, “mi proyecto” y “la futura estrella, Myles McDermott”.
Y me daba pruebas concretas de que lo decía en serio. Cuando terminé el primer borrador del programa piloto que escribíamos juntos, alquiló un local en Midtown donde hicimos un casting. Hermosas actrices formaban fila en sillas plegables en el pasillo, esperando para hacer una audición para el papel de mi novia. Entraban en la sala, leían conmigo y les decíamos: “Vale, gracias. Estuvo genial”. Todo se grababa y todo lucía legal.
Parecía que me estaban contratando.
—Apenas apriete el botón, despegamos. Va a ser rápido. Prepárate. Estoy llamando a todos mis contactos.
Y a mí se me caía la baba ante ese botón, pero mi entusiasmo y mi empecinamiento tenían un precio. Al principio, no me costaba nada alternar entre Zack y Myles, pero, a medida que pasaban los meses, mi creación me consumía. Zack se fue disolviendo.
Convertirme en Myles afectó mi rendimiento laboral. Mi becario de aquel verano, Scott, un chico de Minnesota de ojos azules y cara de niño, puede que se diera cuenta de que pasaba algo. Las tareas normales de un becario incluyen buscar y redactar mociones, seguir a los abogados en los tribunales y buscar programas de ayuda a los sin techo y servicios de salud mental. Le di a Scott dos tareas para todo el verano: 1) revisar mi trabajo atrasado en los buzones de voz y transcribir mis mensajes; y 2) acompañarme a Best Buy y decirme qué cable HDMI necesitaba para transmitir los vídeos de YouTube de mi portátil a mi televisor mientras me fumaba un porro y escribía chistes.
La tarea 2 se ejecutó a las tres de la tarde de un día laborable, solo unos minutos después de que hubiera terminado la tarea 1. Había cuarenta mensajes de voz, unos tres días completos, pero solo porque mi buzón se había llenado. Los mensajes tenían semanas de antigüedad: había fiscales que me llamaban para hablar de acuerdos, clientes que se preguntaban por qué coño no les había devuelto la llamada, abogados defensores de otras oficinas que querían consultar casos con codefensores. Scott lo anotó todo en un bloc. Miré las cinco páginas y dije:
—A la mierda. Vamos a por ese cable.
Antes de subir al metro para ir a Best Buy, le dije que teníamos que hacer una parada en Lids, la tienda de sombreros. Quería poner GUCCI en mi gorra de los Yankees. La dependienta de la sombrerería me dijo que no podían hacerlo. “Es una marca registrada”. Discutí con ella y le dije que no quería la marca, sino el nombre. Como el rapero Gucci Mane. ¿Y si me llamara Gucci McDermott? Me preguntó si me llamaba Gucci y si tenía algún documento de identidad. Le pregunté si sabía algo de derecho de propiedad intelectual. Le dije que Gucci Mane tampoco se llamaba Gucci. Me dijo que tampoco lo haría por Gucci Mane. Estuvimos dando vueltas durante diez minutos, yo cada vez más furioso e irrespetuoso. Cuando nos fuimos, Scott me preguntó:
—¿Hasta qué punto eres bipolar?
Me lo tomé como un cumplido: para mí, la insinuación era un guiño a mi proeza. Compramos el cable HDMI en Best Buy y fuimos a mi piso.
—Supongo que tú fuiste quien cubrió las paredes con rotulador Sharpie rojo.
—Scottie, conecta el cable HDMI y abróchate el cinturón, ¿quieres?
Luego le mostré un vídeo casero de mí creando la obra maestra en cuestión. La noche anterior había estado despierto hasta las cuatro de la mañana, usando las paredes blancas como lienzo y a Nas como banda sonora. Alterné entre bailar medio desnudo con un sombrero, escribir chistes y poemas en la pared y llorar. También declamé poesía.
Solté a Scott sobre las seis de la tarde y le di las gracias por un día tan largo y productivo.
—Tienes un juicio mañana, ¿no? —me preguntó al salir por la puerta.
—Ah, joder. Sí, tío. ¿Nos vemos en la oficina a las nueve menos cuarto? Así te preparo.
—Vale. ¿De qué se trata?
—Eeeh… amenaza con cuchillo. Un tío mayor. El arrendador, no el loco.
Scott llegó media hora antes que yo a la oficina.
—¡Vamos, Scottie! La libertad de Lionel Brown espera.
De camino al juzgado, le pasé un bloc de notas y le dije:
—Toma, anota esta mierda.
Esto es lo que Scott sabía del caso: el tipo jamaicano, mayor, vestido de domingo y sentado junto a nosotros en la mesa de abogados, era nuestro cliente; el tipo estaba acusado de una amenaza (tal vez) y Scott tenía que tomar nota de esas chorradas.
Lo que yo sabía era que el cliente era Lionel Brown, un jamaicano de setenta y tantos años que llevaba casi un año volviendo al juzgado porque se negaba a aceptar una condena por alteración del orden público. Sabía que siempre acudía al tribunal con su traje dominguero. Sabía que tenía un aspecto fantástico. Sabía que me encantaba escuchar su voz grave y su ligero acento jamaicano. Pero no sabía un carajo sobre su caso.
El juez Pickett bebió un té helado gigante de Arizona con una pajita durante las tres horas que duró el juicio. Lionel Brown respondió con risas a las preguntas del fiscal. Interrogué al casero y conseguí que admitiera que no tenía miedo de LB cuando este supuestamente sacó el cuchillo.
—No tengo miedo de nadie, amigo.
Inocente.
Celebramos nuestra victoria en la happy hour de Asistencia Jurídica Gratuita, que coincidió con un acto de reclutamiento LGBTQ organizado por un bufete de abogados pijos. Como habían alquilado el local y nosotros estábamos colados en la fiesta, el camarero me dijo que necesitábamos permiso del bufete para poner música. Así que lo pedí. Petición denegada. Con un sesgo 95/5 en la proporción Myles/Zack, me puse los auriculares y me lancé un Lady Gaga a todo volumen.
—Scott, graba un vídeo.
Me desabroché la camisa hasta la mitad del pecho, me deslicé sobre el vientre como una serpiente hasta el centro de la pista de baile improvisada, me paré delante de unos cuantos jóvenes reclutados y empecé a hacer un striptease. Camisa fuera. Pantalones fuera. Algunos gritos salieron del gentío. Algunos “¡esto no forma parte del evento!, ¡esto no forma parte del espectáculo!” de los esbirros del bufete pijo. La encargada del bar dijo que iba a llamar a la policía, lo que me impulsó a hacer la vueltecita de los Chippendales3, con los pantalones en los tobillos. Poco después, un colega abogado de primer año me llevó hasta la puerta. Pero me importaba una mierda. Acababa de recibir el mensaje que cambiaría mi vida para siempre:
Amigo, ¿cuánto es lo más rápido que puedes llegar al Hotel Bowery?
Una hora.
Vamos. Luce como Myles. Reunión con alguien importante.
Llegué al Hotel Bowery justo antes de que llegara la persona con la que nos íbamos a reunir. El Productor estaba afuera fumando Marlboro Light en bucle. Nos abrazamos y le dije que me diera un cigarrillo.
—El tío con el que hemos quedado es la hostia.
—Vale, ¿quién es?
—Tú déjame hablar a mí. Siéntate ahí y sé Myles. Y no digas una mierda. Sé cómico.
—Vale. ¿Quién coño es el tío?
—Es un tipo que ha hecho un montón de mierdas. Déjame hablar a mí.
—Claro. Dame otro cigarrillo.
